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	<title>Iván Petrella &#187; Kirchnerismo</title>
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		<title>Intelectuales por el cambio</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Sep 2015 03:00:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Iván Petrella</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Hace unas semanas, en una reunión del Grupo Manifiesto, un reconocido filósofo argentino criticaba con dureza al kirchnerismo y a Daniel Scioli en particular. Respecto de Mauricio Macri, pese a expresar diferencias personales hacia él y algunas críticas al PRO, señalaba que la gestión en la ciudad de Buenos Aires había sido muy buena. Por eso sorprendió cuando cerró su exposición diciendo que, en un eventual ballotage, lamentaba inclinarse por Scioli y no por Macri.</p>
<p>Para justificar su postura ejerció un pesimismo resignado. En su intento por desterrar prácticas políticas como el clientelismo, el nepotismo y la corrupción, un Gobierno de Cambiemos tendría problemas de gobernabilidad. <b>Temía que eso, sumado al legado institucional y económico que deja el kirchnerismo, pudiera conducir a una crisis similar a la de diciembre de 2001.</b> El kirchnerismo en el poder, en cambio, significaría la continuación de la degradación actual, pero eso sería mejor que arriesgar otro estallido. Se trata de una postura frecuente en el ambiente intelectual opositor: creer que nada realmente puede cambiar y que lo máximo a lo que podemos aspirar es a hacer más lento el proceso de deterioro que sufrimos.<span id="more-49"></span></p>
<p>Esa falta de esperanza de cambio también asume otras formas en el mundo intelectual. <b>Están los que, como Beatriz Sarlo, opinan que Macri y Scioli son “hermanitos gemelos”: Dos candidatos que serían expresión de lo mismo</b>. Ante una alternativa que ven como falsa, suelen llamar a votar por candidatos minoritarios, que no tienen opción real de hacer frente al caudal de votos que acompaña al Frente para la Victoria. Acá también hay resignación: cerrarse en proyectos políticos que no terminan de encontrar el camino para convertirse en mayoría. Es una postura que favorece el <i>status quo</i> y en ese sentido <b>todo lo contrario a lo que el director de la Escuela de Frankfurt, Axel Honneth, recientemente definió como la tarea del intelectual: aumentar la confianza de la ciudadanía en su capacidad de mejorar su democracia</b>.</p>
<p>Ya estamos en camino. En las PASO, el Frente para la Victoria obtuvo 38 % de los votos, un claro retroceso respecto del 50 % de Cristina Kirchner en las primarias de 2011. También hubo un crecimiento de la oposición. En las elecciones de 2007, la opción opositora mejor posicionada fue la Coalición Cívica, que obtuvo 23 % y quedó a más de veintidós puntos del oficialismo. En 2011 el opositor más votado fue Hermes Binner, pero el 17 % de su Frente Amplio Progresista aparecía a 37 puntos de la fórmula ganadora. Mirando esto, los ocho puntos que separaron a Cambiemos del Frente para la Victoria son auspiciosos para una visión de cambio.</p>
<p>Ernesto Sanz entendió perfectamente lo que está en juego. Su planteo en la Convención de Gualeguaychú de formar un frente con la Coalición Cívica y el PRO fue el puntapié inicial para el surgimiento de Cambiemos. Para eso, tuvo que poner la necesidad del país antes que todo lo demás: Tuvo que pedirle a la Unión Cívica Radical y a los radicales que se atrevieran a hacer algo distinto para llegar a un futuro diferente. El PRO y la Coalición Cívica también tuvieron que cambiar. Nadie se ató a identidades fijas o prejuicios, todos vieron la relevancia histórica del momento e hicieron una apuesta por un nuevo experimento político de esos que hacen a la democracia. En ese experimento también hay lugar para los progresistas, los socialistas, los peronistas y todos aquellos que quieren un país mejor y a quienes hoy les cuesta encontrar opciones electorales competitivas que los representen. Cambiemos es un futuro donde hace falta de todos y donde se habla, se escucha, se discute, se vuelve a escuchar. Mientras que en la continuidad del kirchnerismo no parece haber mucho lugar para la palabra distinta.</p>
<p>En contra de posturas intelectuales como las anteriores, es fundamental mantener la esperanza de que nuestro país pueda cambiar. <b>No sirve entronizar a la gobernabilidad, un fetiche conveniente para Gobiernos que violan preceptos básicos de la democracia y nunca logran resultados aceptables ni en lo social ni en lo económico</b>. Tampoco es razonable cerrarse en decir que Scioli y Macri son indistinguibles, cuando tenemos en la memoria a la provincia de Buenos Aires bajo el agua, la muerte de Jorge Ariel Velásquez o las escandalosas elecciones en Tucumán.</p>
<p>Podemos hacer que los doce años de kirchnerismo no se conviertan en dieciséis. Pero para eso hay que dejar atrás la resignación de decir que todos los candidatos competitivos dan igual o que lo mejor es perseverar en la conocida decadencia controlada.</p>
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		<title>El desafío de ser mayoría</title>
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		<pubDate>Thu, 13 Aug 2015 09:00:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Iván Petrella</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Ya pasó más de una década, pero la historia es bien conocida. Con la crisis de 2001 y el final del Gobierno de la Alianza colapsó el sistema de partidos. Era la época del “Que se vayan todos”, el radicalismo había desaparecido del escenario político y el peronismo, con el Gobierno de Eduardo Duhalde, pasaba por una enorme crisis de legitimidad.<b> </b><b>Ese contexto de crisis y descreimiento fue el terreno en el que surgieron los dos grandes emergentes políticos del siglo XXI argentino: el kirchnerismo y PRO</b>. Sin embargo, lo particular y peculiar de PRO es que no surgió dentro de una fuerza ya existente, como el kirchnerismo dentro del peronismo, sino por fuera de la política tradicional.</p>
<p>Este arribo de <i>outsiders </i>a la política es un rasgo común en los últimos años en América Latina. En este sentido, muchas veces se dice que el PRO es moderno. Habría que agregar que lo es no solo como un deseo, sino también como una realidad inevitable: Es el único de los grandes actores de la política argentina que nació plenamente en este siglo y no en el pasado o en el anterior. Por eso le suenan tan externas y extrañas las críticas que lo vinculan con Gobiernos y experiencias políticas con los que nunca convivió; críticas que además lo desconciertan, porque, paradójicamente, esa es la situación de sus contrincantes y sus denunciantes que sí formaron parte de Gobiernos y experiencias políticas por lo menos erráticas.<span id="more-38"></span></p>
<p>En este 2015, PRO está en su mejor momento como partido político y también enfrenta sus mayores desafíos. Retuvo con autoridad el distrito que lo vio nacer, a pesar de la difícil prueba de no contar con Mauricio Macri en la boleta; crece hace dos años a nivel nacional, comienza a instalarse en varias provincias y a ser noticia en cada vez más municipios. Los resultados de las últimas elecciones lo colocan como ganador de su interna y la opción opositora más competitiva. Además, junto con Cambiemos, logró una elección excelente en la provincia de Buenos Aires, la columna vertebral de la política tradicional peronista, lo que sorprendió a los analistas políticos y demostró que hay nuevos liderazgos dentro de las filas.</p>
<p>Ese crecimiento trae una nueva discusión a la que tarde o temprano llegan las fuerzas políticas cuando logran proyección nacional. Es el dilema de ser un partido de ideas o convertirse en un partido de mayorías. El ejemplo histórico de un partido de ideas, aunque no el único, es la Unión del Centro Democrático o UCeDé, fundada en 1982 por Álvaro Alsogaray. Sus miembros predicaban y defendían una combinación entre el conservadurismo en lo político y la libertad de mercado en lo económico, que tuvo fuerte impacto en la escena política de la década de 1980, con un Gobierno que se colocaba en una posición bastante opuesta a esos lineamientos.</p>
<p>La declinación de la UCeDé es bien conocida: el Gobierno peronista de Carlos Menem adoptó un marco de ideas similares a las del partido de Alsogaray, cuyos miembros o bien se unieron al Gobierno para nunca más separarse del peronismo o pasaron al segundo plano de la política argentina. Pero no es el único caso de partidos que aparecen, crecen y luego desaparecen o se vuelven intrascendentes en el escenario del país. De hecho, es un riesgo bastante común para quienes pretendieron ocupar un tercer lugar o una tercera vía más allá del peronismo y el radicalismo.</p>
<p>El Frente Progresista Cívico y Social, por ejemplo, alcanzó en 2007 su primera gobernación con la victoria de Hermes Binner en Santa Fe. Cuatro años más tarde, en 2011, el Frente volvió a ganar a nivel provincial con Antonio Bonfatti, mientras Hermes Binner obtenía el segundo lugar en la elección presidencial como candidato del Frente Amplio Progresista. En 2015, el Frente retuvo por un margen muy pequeño la gobernación, pero no tiene candidato a presidente y Binner, como candidato a senador nacional, obtenía el domingo un inapelable cuarto puesto.</p>
<p>La UCeDé y el Frente Progresista tienen muchas diferencias y algo en común: Se constituyeron al principio como partidos de ideas, pero no pudieron o no quisieron dar el salto y transformarse en partidos de mayorías. En esa incapacidad estuvo marcada, aun en sus momentos de mayor popularidad, su fecha de vencimiento. La UCeDé perdió su razón de ser cuando sus ideas se convirtieron en agenda de Gobierno. El discurso del Frente Progresista, popular hace unos años, se aleja cada vez más del éxito en las urnas al corresponderse cada vez menos con el clima de época. Puede no sonar del todo bien, pero se necesita algo más que ideas para ocupar un lugar relevante y sostenido en el tiempo en la escena principal de la política.</p>
<p>PRO es un partido político y, como tal, tiene sus propias ideas, que han expresado su principal figura, Mauricio Macri, su bloque de diputados nacionales desde 2003 y sus acciones como el partido que gobierna la ciudad de Buenos Aires desde 2007. Nadie podría dudar de ello. <b>Con esas ideas se ha opuesto al kirchnerismo y a su Gobierno por más de una década, remarcando una y otra vez que no compartía ni el proyecto oficialista para el país, ni su concepción de la república o de la democracia</b>. Pero además de las ideas, PRO tiene la voluntad de ser un actor de primera plana de la política argentina. De allí, también, el surgimiento del frente Cambiemos. Quiere ganar estas elecciones presidenciales y muchas más elecciones en el futuro del país. El primer plano lo ocupa la voluntad de representar a la mayoría, de escucharla y de entenderla, y nunca de pelearse con ella desde la seguridad de cristal de un discurso para pocos. Eso se llama voluntad de poder.</p>
<p>PRO es un partido joven con aspiraciones grandes: disputar con Mauricio Macri la presidencia de la nación en una democracia en la que en los últimos doce años el kirchnerismo no ha tenido contendientes reales. Ahora sí la tiene, porque más allá de las ideas, el fondo de la cuestión es la voluntad política. La voluntad de convertirse en un nuevo partido de mayorías a partir de la interpelación de la ciudadanía de un modo acorde con el siglo en el que vivimos. Mostrar, ya en el día a día, desde el Gobierno nacional, que otra forma de hacer política es posible.</p>
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		<title>¿Continuidad o cambio?</title>
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		<pubDate>Sat, 11 Jul 2015 03:00:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Iván Petrella</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>A solo unos meses de las elecciones presidenciales, la gran discusión política pasa entre prorrogar cuatro años más de kirchnerismo o apostar a otra alternativa: detrás de la consigna “continuidad o cambio” se esconde nuestro destino próximo como país. Pero, ¿qué contenido hay detrás del binomio? Intentar responder a esta pregunta es de una importancia enorme en la Argentina de hoy.</p>
<p>En su sentido más básico, continuidad y cambio refieren al apoyo o la crítica de los lineamientos políticos y económicos del actual gobierno. Sin embargo, muchos de los que dicen querer un cambio reconocen aciertos del Gobierno, tales como la asignación universal por hijo o el matrimonio igualitario. Del mismo modo muchos de los que quieren la continuidad del kirchnerismo no niegan la necesidad de modificaciones para solucionar problemas como la falta de empleo, la inflación o la inseguridad. Considerada bajo este lente, la discusión del cambio y la continuidad parece tan solo una cuestión de grados.<span id="more-32"></span></p>
<p>La realidad es que <b>las grandes diferencias entre continuidad y cambio no se encuentran en el apoyo o no a una serie de políticas públicas</b>. Eso hace parecer como si la cuestión fuera de índole técnica y no es así.  Las diferencias se hallan, de manera más profunda, en dos actitudes ante la actual estructura política y discursiva del país.</p>
<p>En este nivel más profundo, <b>hay una actitud conservadora, la de continuidad, que se empeña en que siga gobernando alguna expresión del partido justicialista</b>. El kirchnerismo y sus principales figuras son parte de una corporación política que gozó del monopolio del Estado durante casi la totalidad del tiempo desde la vuelta de la democracia. Esa corporación se sentó en el sillón de Rivadavia durante veintitrés de los últimos treinta y dos años y gobernó veintinueve de los últimos treinta y dos años en la provincia de Buenos Aires. Además, mantuvo y mantiene hegemonía absoluta en varias provincias. <b>Les sobró tiempo en el poder, lo que les faltó fue coherencia con una visión de país</b>: los actores del neoliberalismo noventista y del progresismo de la “década ganada” son los mismos y no titubean a la hora de defender posturas diametralmente opuestas. Hoy la continuidad es seguir siendo gobernados por un grupo que le da más importancia a aferrarse al Estado que a empoderar a los más necesitados.</p>
<p>La continuidad también es conservadora en la medida en que plantea un discurso del miedo. Se insiste una y otra vez con que un triunfo opositor desmantelaría aquello logrado por el gobierno. En un caso extremo y disparatado, se dijo que no habría más medicamentos para portadores del VIH. Mensajes de este tipo se repiten: no habrá jubilaciones, se echará a los empleados del Estado y no tendremos ni AUH ni planes sociales, más allá de que ninguna de todas estas posibilidades se deduzca de las opiniones o las acciones de los opositores. Hoy, el discurso de la continuidad propone poco de positivo. No vislumbra nuevos horizontes e instala temor respecto de lo que podrían hacer los demás.</p>
<p>Como si esto ya no fuera mezquino y conservador, la continuidad se basa en mirar siempre hacia atrás. Específicamente, la referencia se ancla en el estallido de diciembre de 2001 y en el final del gobierno de la Alianza. Poco a poco, el relato oficialista ha dejado de mirar al futuro para centrarse únicamente en la narración de un pasado trágico que ellos habrían logrado superar. Más allá de la conveniente lectura histórica que describe su llegada al poder en 2003 y en igualar falsamente esos días con la realidad del caos del 2001, hay pocas cosas más conservadoras que atemorizar a la ciudadanía evocando una crisis pasada. Es el mensaje que sirve como encierro funcional para quienes están cómodos con el estado actual de las cosas.</p>
<p>Finalmente, la continuidad es que continúen los mismos problemas. Pensábamos que habíamos resuelto el flagelo de la inflación, pero no fue así. Pensábamos que habíamos logrado solucionar la cuestión de la deuda, pero, nuevamente, tampoco fue así. A pesar de contar con los términos de intercambio más favorables de nuestra historia, no logramos reducir la pobreza, llegar con servicios básicos a los hogares más vulnerables del país, ni mejorar la educación. Ante esta realidad, la continuidad niega el problema o le echa la culpa a otro. El problema no es tener problemas, todos los países los tienen, el problema es que son siempre los mismos.</p>
<p>Si entendemos así a la continuidad, el cambio aparece delineado de manera muy clara. En primer lugar, cambiar significa no cerrar el grupo de los que nos gobiernan. Hoy, muchos de los políticos preeminentes de las últimas décadas actúan solamente para mantener el poder. Un buen ejemplo de esta supervivencia a toda costa se vio en el último año en la provincia de Buenos Aires: gran cantidad de dirigentes que habían sido incondicionales del kirchnerismo decidieron apoyar a Sergio Massa, para después, ante su baja en la encuestas, volver al oficialismo, como si nada hubiera pasado. Contra esta actitud, cambiar es abrir la toma de decisiones a políticos que no entiendan el poder como una posesión a cuidar, sino como la herramienta para mejorar la realidad.</p>
<p>En segundo lugar, <b>optar por el cambio es optar por dejar atrás el discurso del miedo y adoptar un discurso de lo posible</b>. En vez de ser conservadores y aferrarnos a lo que tenemos, significa avanzar a partir de lo ya logrado, abrirnos a pensar en lo que podemos tener y en cómo alcanzarlo. Que la política no se limite a conservar lo que ya está hecho, sino que, con creatividad y capacidad, se ocupe de pensar cómo hacer realidad todo lo que falta. El discurso del miedo busca cerrarse sobre lo que tenemos para que nadie mire un poco más allá, mientras que el discurso de lo posible quiere que, construyendo sobre lo construido, empecemos a trabajar pensando en cuánto mejor podríamos estar.</p>
<p>En tercer lugar, cambiar es levantar el ancla que nos amarra al pasado, no mirarnos más en el espejo conformista de la crisis de 2001, sino encarar hacia donde queremos estar en cinco, diez o veinte años. Hace un tiempo, el kirchnerismo pensaba este tipo de cosas. Cristina Kirchner decía que para el futuro de Argentina le gustaba un modelo de país como Alemania y a ese modelo solo se pudo llegar con declaraciones absurdas basadas en números de pobreza que nadie cree. Hoy, la continuidad obliga a no levantar la cabeza, a no aceptar que avanzamos mucho menos de lo deseado. Cambiar es hacerse cargo de eso, proponer una visión de futuro y no conformarnos con pensar que alguna vez estuvimos peor.</p>
<p>Finalmente, el cambio significa encarar la búsqueda de soluciones a desafíos pendientes sin prejuicios, con la mirada puesta no en ganar una discusión ideológica, sino en mejorar la calidad de vida de los argentinos. El eje de la discusión en torno al manejo de Aerolíneas Argentinas, para dar un ejemplo, no pasa por si debe ser privada o estatal, como les preguntaba Mariano Recalde a sus contrincantes en un debate electoral, sino por cómo conectar mejor al país, con todo lo que eso implica para la creación de trabajo y el desarrollo de las economías regionales. El cambio es dejar atrás los dos guiones facilistas de las últimas décadas, el noventista y el progresista, y enfrentar los problemas en su actualidad.</p>
<p>No niego que la corporación política que domina el país y que tiene al kirchnerismo como su expresión más reciente haya tenido, en el pasado, la épica de la revolución, el anhelo de cambiar la realidad. La tuvo al incorporar masas excluidas al proceso democrático y a las bondades del consumo, al forjar una conciencia popular y al consolidar nuevos derechos sociales y sexuales. Esos logros son la base sobre la cual hay que construir. Hoy, sin embargo, ese mismo espíritu de transformación e inclusión social se encuentra en el cambio. La continuidad es seguir encerrados con la misma corporación política y su apología del statu quo. Es el conservadurismo al extremo. Elegirlos nuevamente sería, creo, conformarnos con demasiado poco.</p>
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