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	<title>Iván Petrella &#187; Mauricio Macri</title>
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		<title>Algunas cosas ya cambiaron</title>
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		<pubDate>Sun, 22 Nov 2015 03:00:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Iván Petrella</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La victoria de Mauricio Macri frente a Daniel Scioli pone fin a uno de los procesos electorales más emocionantes de nuestra joven democracia. Y, aunque probablemente estos meses se estudien una y otra vez en los años por venir, ya se pueden hacer algunas observaciones para intentar explicar lo que sucedió el domingo. Las estrategias... <a href="http://opinion.infobae.com/ivan-petrella/2015/11/22/algunas-cosas-ya-cambiaron/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>La victoria de Mauricio Macri frente a Daniel Scioli pone fin a uno de los procesos electorales más emocionantes de nuestra joven democracia. Y, aunque probablemente estos meses se estudien una y otra vez en los años por venir, ya se pueden hacer algunas observaciones para intentar explicar lo que sucedió el domingo.</p>
<p>Las estrategias electorales de ambos frentes, en primer lugar, fueron diametralmente opuestas. Cambiemos, surgido del encuentro de PRO, la Coalición Cívica y la Unión Cívica Radical, optó por decidir su candidato presidencial mediante las PASO. Lejos de desgastar, esto legitimó a Mauricio Macri como candidato. El Frente para la Victoria hizo lo contrario: frustró con verticalismo las aspiraciones de Florencio Randazzo y se inclinó muy rápido por el resistido Scioli. Esta falta de competencia legitimadora hizo que el candidato oficialista tuviera que destinar mucha energía a convencer al kirchnerismo más ortodoxo de que él los representaba, mientras muchos de estos decían que lo votarían a regañadientes.</p>
<p>Algo similar ocurrió con el debate. Scioli, bajo la verdad no comprobada de que el que lidera la intención de voto no debate porque no le conviene, decidió no asistir y posibilitó que todos los candidatos no oficialistas compartieran un escenario y una foto ante un atril vacío. <b>Creo</b><b> que pocas cosas en toda la campaña hicieron más por acercar a los votantes opositores que esa decisión del oficialismo </b><b>de no reconocer que el debate tenía un significado que trascendía la campaña y los candidatos</b>: era el primer debate presidencial de la historia de nuestro país.<span id="more-75"></span></p>
<p>Otro factor clave fue la campaña para la segunda vuelta. Cambiemos optó por mirar a futuro y centrar su discurso en el objetivo de la pobreza cero, la lucha contra el narcotráfico y la unión de los argentinos. El Frente para la Victoria optó por el miedo: convertirse en voceros de todo lo que un Gobierno de Macri supuestamente haría, resaltar la idea de que quienes votaban por Cambiemos lo hacían engañados. Finalmente, uno de los candidatos les decía a las personas que podían estar mejor y otro les indicaba que podían perder lo que tienen. El error fue la vanidad: el ciudadano no estaba tan satisfecho con el Gobierno nacional como para no querer nada más.</p>
<p>También fue importante la comparación entre dos candidatos presidenciales que aún hoy ejercen la máxima función ejecutiva en sus distritos. Mientras Macri logró elegir a su sucesor tras ocho años de Gobierno y que este triunfara en tres elecciones consecutivas (PASO, primera vuelta y ballotage), Scioli no sólo falló en su apuesta por Julián Domínguez, sino que perdió la provincia de Buenos Aires ante María Eugenia Vidal, la revelación del año electoral. El resultado asimétrico puso de manifiesto algo que ya era una verdad incómoda para el oficialismo: Mauricio Macri se desempeñó mejor que Daniel Scioli, no solamente como gobernante, sino también como líder político.</p>
<p>Finalmente, no se pueden analizar las elecciones sin hablar del comportamiento de la ciudadanía. Paradójicamente, es a partir de conceptos de Ernesto Laclau, sostén teórico de gran parte del discurso kirchnerista, que se puede explicar la derrota del Frente para la Victoria. Según Laclau, el pueblo se constituye como subjetividad social a través de un proceso en el que demandas particulares, llamadas “democráticas”, se articulan de manera cada vez más amplia. El kirchnerismo, en su creciente divergencia entre relato y realidad, se alejó cada vez más de esas demandas. Dejó de oír los reclamos de la gente diciendo que eran la expresión de los poderosos y esas demandas democráticas fueron, precisamente, las que se unieron de manera cada vez más amplia y llevaron a la mayoría de argentinos a elegir un cambio.</p>
<p><b>Más allá de las enormes expectativas que recaen sobre el </b><b>nuevo Gobierno</b><b>, el proceso electoral ya trajo cosas positivas.</b> Será raro que, en el futuro, un aspirante presidencial opte por no competir en internas para ganarse su lugar y se niegue a debatir con sus oponentes. Será contraindicado centrar toda una campaña en el miedo y el rechazo al otro candidato y no en las propias propuestas y virtudes. Será difícil que se apueste por alguien que no tiene grandes logros de gestión anteriores que lo posicionen para ser presidente. Y, por sobre todas las cosas, probablemente se escuchará más a la ciudadanía cuando empiece a murmurar su deseo de cambio. Por suerte, algunas cosas ya cambiaron.</p>
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		<title>Una tarea ineludible</title>
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		<pubDate>Sat, 03 Oct 2015 10:20:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Iván Petrella</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El martes, Mauricio Macri anunció el Plan Belgrano para el norte argentino. Basta con una recorrida por las provincias a las que afectaría para encontrar una realidad ineludible: Argentina es un país que funciona a dos velocidades. Por un lado, tenemos el centro, relativamente integrado a la economía internacional y con estándares educativos, sociales y... <a href="http://opinion.infobae.com/ivan-petrella/2015/10/03/una-tarea-ineludible/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>El martes, Mauricio Macri anunció el Plan Belgrano para el norte argentino. Basta con una recorrida por las provincias a las que afectaría para encontrar una realidad ineludible: Argentina es un país que funciona a dos velocidades.</p>
<p>Por un lado, tenemos el centro, relativamente integrado a la economía internacional y con estándares educativos, sociales y económicos cercanos a los países desarrollados. Por el otro, el norte, donde la situación es completamente distinta y su desarrollo se dificulta cada vez más, con una desigualdad no atendida por las sucesivas políticas económicas y los distintos Gobiernos.</p>
<p>Para revertir este proceso <b>hay que hacer que el norte crezca de manera sostenida por encima del promedio del país. Y no hay forma de lograrlo sin una intervención específica por parte del Estado</b>, porque, con el marco actual, la brecha no hace más que ampliarse. Desde Cambiemos sentimos que la obligación de impulsar esta tarea no es solamente económica, es también moral.<span id="more-57"></span></p>
<p>Argentina tiene que aspirar a tener una sociedad equitativa. Todos los argentinos tendríamos que tener la posibilidad de desarrollar nuestro máximo potencial y no empezar condicionados por el lugar donde nacimos. El garante por excelencia de esa igualdad de oportunidades tiene que ser el Estado. Hay un dato que habla por sí solo: El 25 % de los niños menores de diez años de nuestro país vive hoy en el norte argentino. Lo mismo ocurre con la población de entre 10 y 17 años, 27 % de los adolescentes del país. <b>Una gran proporción de nuestro futuro crece hoy en zonas empobrecidas y sin capacidad para desarrollar proyectos ambiciosos de vida</b>. Es una situación que simplemente no podemos aceptar.</p>
<p>El marco moral lleva a las cuestiones técnicas: Un norte relegado conduce a una Argentina con menor producción. En zonas postergadas aparece, además, una fuerte vulnerabilidad territorial. Es el terreno fértil en el que crecen amenazas del siglo XXI como el narcotráfico y los Estados paralelos. La realidad es que hoy el Gobierno no planifica esta región y se limita a ser un empleador de último recurso. En otras palabras, cumple una función puramente paliativa que nunca puede ser suficiente. Tendría, en cambio, que actuar de manera proactiva: invertir en cloacas, agua, caminos, educación, salud; diseñar el futuro con políticas de largo plazo que ayuden a desarrollar el capital humano de toda la región.</p>
<p>En las economías regionales está el potencial del desarrollo, pero es imposible que se dé con los actuales impuestos al trabajo, las retenciones, los altos costos logísticos y de infraestructura productiva y social postergada. La solución sólo vendrá de la mano de un Gobierno que aplique políticas públicas inteligentes y sostenidas en el tiempo, pero también transparentes, automáticas y que no discriminen por personalismos o sectores. No hay demasiadas dudas de que este Gobierno no pudo o no quiso seguir ese camino.</p>
<p>En la vereda opuesta, el Plan Belgrano de Mauricio Macri representa un gran avance y una promesa que permite ilusionarse: un plan de acción específico para el Norte Grande, que intenta quebrar una tendencia histórica y permitir un desarrollo más armónico del país, de su integración regional y de la tan buscada igualdad de oportunidades. Pensar y planificar para esta región es una tarea ineludible de cara a la Argentina que todos queremos construir.</p>
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		<title>Intelectuales por el cambio</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Sep 2015 03:00:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Iván Petrella</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Hace unas semanas, en una reunión del Grupo Manifiesto, un reconocido filósofo argentino criticaba con dureza al kirchnerismo y a Daniel Scioli en particular. Respecto de Mauricio Macri, pese a expresar diferencias personales hacia él y algunas críticas al PRO, señalaba que la gestión en la ciudad de Buenos Aires había sido muy buena. Por eso sorprendió cuando cerró su exposición diciendo que, en un eventual ballotage, lamentaba inclinarse por Scioli y no por Macri.</p>
<p>Para justificar su postura ejerció un pesimismo resignado. En su intento por desterrar prácticas políticas como el clientelismo, el nepotismo y la corrupción, un Gobierno de Cambiemos tendría problemas de gobernabilidad. <b>Temía que eso, sumado al legado institucional y económico que deja el kirchnerismo, pudiera conducir a una crisis similar a la de diciembre de 2001.</b> El kirchnerismo en el poder, en cambio, significaría la continuación de la degradación actual, pero eso sería mejor que arriesgar otro estallido. Se trata de una postura frecuente en el ambiente intelectual opositor: creer que nada realmente puede cambiar y que lo máximo a lo que podemos aspirar es a hacer más lento el proceso de deterioro que sufrimos.<span id="more-49"></span></p>
<p>Esa falta de esperanza de cambio también asume otras formas en el mundo intelectual. <b>Están los que, como Beatriz Sarlo, opinan que Macri y Scioli son “hermanitos gemelos”: Dos candidatos que serían expresión de lo mismo</b>. Ante una alternativa que ven como falsa, suelen llamar a votar por candidatos minoritarios, que no tienen opción real de hacer frente al caudal de votos que acompaña al Frente para la Victoria. Acá también hay resignación: cerrarse en proyectos políticos que no terminan de encontrar el camino para convertirse en mayoría. Es una postura que favorece el <i>status quo</i> y en ese sentido <b>todo lo contrario a lo que el director de la Escuela de Frankfurt, Axel Honneth, recientemente definió como la tarea del intelectual: aumentar la confianza de la ciudadanía en su capacidad de mejorar su democracia</b>.</p>
<p>Ya estamos en camino. En las PASO, el Frente para la Victoria obtuvo 38 % de los votos, un claro retroceso respecto del 50 % de Cristina Kirchner en las primarias de 2011. También hubo un crecimiento de la oposición. En las elecciones de 2007, la opción opositora mejor posicionada fue la Coalición Cívica, que obtuvo 23 % y quedó a más de veintidós puntos del oficialismo. En 2011 el opositor más votado fue Hermes Binner, pero el 17 % de su Frente Amplio Progresista aparecía a 37 puntos de la fórmula ganadora. Mirando esto, los ocho puntos que separaron a Cambiemos del Frente para la Victoria son auspiciosos para una visión de cambio.</p>
<p>Ernesto Sanz entendió perfectamente lo que está en juego. Su planteo en la Convención de Gualeguaychú de formar un frente con la Coalición Cívica y el PRO fue el puntapié inicial para el surgimiento de Cambiemos. Para eso, tuvo que poner la necesidad del país antes que todo lo demás: Tuvo que pedirle a la Unión Cívica Radical y a los radicales que se atrevieran a hacer algo distinto para llegar a un futuro diferente. El PRO y la Coalición Cívica también tuvieron que cambiar. Nadie se ató a identidades fijas o prejuicios, todos vieron la relevancia histórica del momento e hicieron una apuesta por un nuevo experimento político de esos que hacen a la democracia. En ese experimento también hay lugar para los progresistas, los socialistas, los peronistas y todos aquellos que quieren un país mejor y a quienes hoy les cuesta encontrar opciones electorales competitivas que los representen. Cambiemos es un futuro donde hace falta de todos y donde se habla, se escucha, se discute, se vuelve a escuchar. Mientras que en la continuidad del kirchnerismo no parece haber mucho lugar para la palabra distinta.</p>
<p>En contra de posturas intelectuales como las anteriores, es fundamental mantener la esperanza de que nuestro país pueda cambiar. <b>No sirve entronizar a la gobernabilidad, un fetiche conveniente para Gobiernos que violan preceptos básicos de la democracia y nunca logran resultados aceptables ni en lo social ni en lo económico</b>. Tampoco es razonable cerrarse en decir que Scioli y Macri son indistinguibles, cuando tenemos en la memoria a la provincia de Buenos Aires bajo el agua, la muerte de Jorge Ariel Velásquez o las escandalosas elecciones en Tucumán.</p>
<p>Podemos hacer que los doce años de kirchnerismo no se conviertan en dieciséis. Pero para eso hay que dejar atrás la resignación de decir que todos los candidatos competitivos dan igual o que lo mejor es perseverar en la conocida decadencia controlada.</p>
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		<title>El desafío de ser mayoría</title>
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		<pubDate>Thu, 13 Aug 2015 09:00:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Iván Petrella</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Ya pasó más de una década, pero la historia es bien conocida. Con la crisis de 2001 y el final del Gobierno de la Alianza colapsó el sistema de partidos. Era la época del “Que se vayan todos”, el radicalismo había desaparecido del escenario político y el peronismo, con el Gobierno de Eduardo Duhalde, pasaba por una enorme crisis de legitimidad.<b> </b><b>Ese contexto de crisis y descreimiento fue el terreno en el que surgieron los dos grandes emergentes políticos del siglo XXI argentino: el kirchnerismo y PRO</b>. Sin embargo, lo particular y peculiar de PRO es que no surgió dentro de una fuerza ya existente, como el kirchnerismo dentro del peronismo, sino por fuera de la política tradicional.</p>
<p>Este arribo de <i>outsiders </i>a la política es un rasgo común en los últimos años en América Latina. En este sentido, muchas veces se dice que el PRO es moderno. Habría que agregar que lo es no solo como un deseo, sino también como una realidad inevitable: Es el único de los grandes actores de la política argentina que nació plenamente en este siglo y no en el pasado o en el anterior. Por eso le suenan tan externas y extrañas las críticas que lo vinculan con Gobiernos y experiencias políticas con los que nunca convivió; críticas que además lo desconciertan, porque, paradójicamente, esa es la situación de sus contrincantes y sus denunciantes que sí formaron parte de Gobiernos y experiencias políticas por lo menos erráticas.<span id="more-38"></span></p>
<p>En este 2015, PRO está en su mejor momento como partido político y también enfrenta sus mayores desafíos. Retuvo con autoridad el distrito que lo vio nacer, a pesar de la difícil prueba de no contar con Mauricio Macri en la boleta; crece hace dos años a nivel nacional, comienza a instalarse en varias provincias y a ser noticia en cada vez más municipios. Los resultados de las últimas elecciones lo colocan como ganador de su interna y la opción opositora más competitiva. Además, junto con Cambiemos, logró una elección excelente en la provincia de Buenos Aires, la columna vertebral de la política tradicional peronista, lo que sorprendió a los analistas políticos y demostró que hay nuevos liderazgos dentro de las filas.</p>
<p>Ese crecimiento trae una nueva discusión a la que tarde o temprano llegan las fuerzas políticas cuando logran proyección nacional. Es el dilema de ser un partido de ideas o convertirse en un partido de mayorías. El ejemplo histórico de un partido de ideas, aunque no el único, es la Unión del Centro Democrático o UCeDé, fundada en 1982 por Álvaro Alsogaray. Sus miembros predicaban y defendían una combinación entre el conservadurismo en lo político y la libertad de mercado en lo económico, que tuvo fuerte impacto en la escena política de la década de 1980, con un Gobierno que se colocaba en una posición bastante opuesta a esos lineamientos.</p>
<p>La declinación de la UCeDé es bien conocida: el Gobierno peronista de Carlos Menem adoptó un marco de ideas similares a las del partido de Alsogaray, cuyos miembros o bien se unieron al Gobierno para nunca más separarse del peronismo o pasaron al segundo plano de la política argentina. Pero no es el único caso de partidos que aparecen, crecen y luego desaparecen o se vuelven intrascendentes en el escenario del país. De hecho, es un riesgo bastante común para quienes pretendieron ocupar un tercer lugar o una tercera vía más allá del peronismo y el radicalismo.</p>
<p>El Frente Progresista Cívico y Social, por ejemplo, alcanzó en 2007 su primera gobernación con la victoria de Hermes Binner en Santa Fe. Cuatro años más tarde, en 2011, el Frente volvió a ganar a nivel provincial con Antonio Bonfatti, mientras Hermes Binner obtenía el segundo lugar en la elección presidencial como candidato del Frente Amplio Progresista. En 2015, el Frente retuvo por un margen muy pequeño la gobernación, pero no tiene candidato a presidente y Binner, como candidato a senador nacional, obtenía el domingo un inapelable cuarto puesto.</p>
<p>La UCeDé y el Frente Progresista tienen muchas diferencias y algo en común: Se constituyeron al principio como partidos de ideas, pero no pudieron o no quisieron dar el salto y transformarse en partidos de mayorías. En esa incapacidad estuvo marcada, aun en sus momentos de mayor popularidad, su fecha de vencimiento. La UCeDé perdió su razón de ser cuando sus ideas se convirtieron en agenda de Gobierno. El discurso del Frente Progresista, popular hace unos años, se aleja cada vez más del éxito en las urnas al corresponderse cada vez menos con el clima de época. Puede no sonar del todo bien, pero se necesita algo más que ideas para ocupar un lugar relevante y sostenido en el tiempo en la escena principal de la política.</p>
<p>PRO es un partido político y, como tal, tiene sus propias ideas, que han expresado su principal figura, Mauricio Macri, su bloque de diputados nacionales desde 2003 y sus acciones como el partido que gobierna la ciudad de Buenos Aires desde 2007. Nadie podría dudar de ello. <b>Con esas ideas se ha opuesto al kirchnerismo y a su Gobierno por más de una década, remarcando una y otra vez que no compartía ni el proyecto oficialista para el país, ni su concepción de la república o de la democracia</b>. Pero además de las ideas, PRO tiene la voluntad de ser un actor de primera plana de la política argentina. De allí, también, el surgimiento del frente Cambiemos. Quiere ganar estas elecciones presidenciales y muchas más elecciones en el futuro del país. El primer plano lo ocupa la voluntad de representar a la mayoría, de escucharla y de entenderla, y nunca de pelearse con ella desde la seguridad de cristal de un discurso para pocos. Eso se llama voluntad de poder.</p>
<p>PRO es un partido joven con aspiraciones grandes: disputar con Mauricio Macri la presidencia de la nación en una democracia en la que en los últimos doce años el kirchnerismo no ha tenido contendientes reales. Ahora sí la tiene, porque más allá de las ideas, el fondo de la cuestión es la voluntad política. La voluntad de convertirse en un nuevo partido de mayorías a partir de la interpelación de la ciudadanía de un modo acorde con el siglo en el que vivimos. Mostrar, ya en el día a día, desde el Gobierno nacional, que otra forma de hacer política es posible.</p>
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