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	<title>Jorge Castañeda &#187; Diego Fernández de Cevallos</title>
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		<title>La culpa del retraso</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Jan 2014 12:35:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Castañeda</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>La semana pasada comentábamos que para no pocos actores y analistas de la evolución política de <strong>México</strong>, en 1994 la resplandeciente transición mexicana desaprovechó una excelsa oportunidad para consumarse a tiempo, y cuando finalmente sobrevino, ya no pudo surtir todos los efectos deseados, ni logró detonar los círculos virtuosos anhelados. <strong>La reforma energética de Peña Nieto ¿correrá la misma suerte?</strong></p>
<p>Hoy los protagonistas más capaces del <strong>PRI</strong>, como los que se encuentran en el gobierno, o <strong>Manlio Fabio Beltrones</strong> y <strong>David Penchyna</strong> en el <strong>Congreso</strong>, reconocen de una manera u otra que quizás la reforma de fondo ahora aprobada pudiera haberlo sido doce o seis años antes. Saben bien, porque allí estuvieron, que tanto <strong>Vicente Fox</strong> como <strong>Felipe Calderón</strong>, con las habilidades y torpezas de cada uno, se propusieron una abertura a la inversión privada en <strong>CFE</strong> y <strong>Pemex</strong>, y que fracasaron porque el PRI no quiso regalarles esa medalla. Especialistas de gran talento y simpatía por México como <strong>Daniel Yergin</strong> postulan, posiblemente con razón, que sólo un presidente del PRI hubiera podido enterrar la herencia del PRI: <strong>Nixon</strong> en <strong>China</strong>, como nos lo anunció <strong>Enrique Peña Nieto</strong> en<em><strong> La hora de opinar</strong></em> hace casi dos años. Todos concluyen, de alguna manera, que fue una lástima que todo esto -lo cual, como ya dije, aplaudo y aquilato- no haya sucedido antes, pero lo esencial es que haya acontecido ahora. ¿Y si no? ¿Podrá pasar lo mismo que con la transición a la democracia, o la apertura de la economía?</p>
<p><span id="more-456"></span>Algunos, desde el 2003, sostuvimos que México debía encontrar el mecanismo jurídico, financiero y de gestión de proyectos, para incrementar de modo dramático nuestra producción y exportación de hidrocarburos en el corto plazo. Argumentamos que con los recursos procedentes de ese aumento, debíamos construir la infraestructura, la educación y la red de protección social que el país exigía y merecía. Planteamos que por diversas razones -los precios, el cambio climático, el descubrimiento de otros yacimientos en otros países, con otras tecnologías- no disponíamos de una eternidad para “sembrar” nuestro petróleo y gas natural. Pocos -y mucho menos que nadie, yo- sabíamos nada del shale, ni podíamos prever que los precios del crudo se mantendrían a los niveles de hoy tanto tiempo o que bajaran los del gas como ha ocurrido. Pero sí parecía evidente que necesitábamos crecer más; que carecíamos de los recursos necesarios para invertir con esa meta; y que sólo el petróleo y el gas, en las aguas profundas del Golfo, en el litoral de <strong>Tabasco</strong>, en <strong>Lancahuaza</strong>, y quizás en la <strong>Cuenca de Burgos</strong>, nos podía suministrar esos recursos. Y que únicamente en asociación con capital extranjero podríamos sacarlo y venderlo.</p>
<p>Por muchos motivos, como dice mi amigo <strong>Joel Ortega</strong>, si antes tal vez éramos la última Coca Cola del desierto, hoy hay miles. <strong>La reforma energética</strong> es una condición necesaria para sacar los hidrocarburos que hay -no creo que sepamos bien a bien cuánto- pero me salta la duda si no se nos pasó también de tueste, y que ya no sea una condición suficiente. Nada de esto es culpa de Enrique Peña Nieto, que ha hecho toda la tarea cuando ha podido hacerla, pero sí de su partido, que se negó sistemáticamente a hacerla cuando pudo. ¿Cómo quedaría el ejercicio contra-factual? <strong>¿Dónde se encontraría México si el PRI, o una parte por lo menos, hubiera accedido a una reforma de esta naturaleza al arranque del sexenio de Vicente Fox o del de Felipe Calderón?</strong> ¿Cómo nos hubiera ido con<strong> Diego Fernández de Cevallos</strong> de presidente en el 94, o con la inversión extranjera en hidrocarburos o electricidad en el 2001 o el 2007? Nunca lo sabremos, pero si dentro de cinco años efectuamos un primer balance del sexenio de <strong>EPN</strong>, tendremos que hacernos la pregunta. La respuesta encierra un doble enigma. ¿Es infinita la paciencia del tiempo histórico? <strong>¿Los responsables del retraso mexicano se reconocen a sí mismos?</strong> Feliz año nuevo a todos.</p>
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		<title>El retraso mexicano</title>
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		<pubDate>Sun, 29 Dec 2013 11:01:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Castañeda</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>A lo largo de las próximas semanas y meses, proliferarán los análisis y recuerdos de acontecimientos decisivos para el país, todos ellos sucedidos durante el fatídico año de 1994. Entre otros, el número de enero de la <strong>revista <em>Nexos</em></strong><em> </em>incluirá textos recordando el <strong>alzamiento</strong> <strong>zapatista</strong>, la entrada en vigor del <strong>TLCAN</strong>, el asesinato de <strong>Colosio</strong>, la campaña presidencial, la ejecución de <strong>Ruiz Massieu</strong>, los errores de noviembre y diciembre y el consiguiente colapso de la economía a fin de año. Los sucesos de ese año fueron muchos, y marcaron el destino del país por mucho tiempo -hasta la fecha. Nos dejaron muchas enseñanzas, pero una lección de suma pertinencia hoy en día puede haber pasado desapercibida. Quisiera dedicar mis dos últimos artículos de este sexagésimo año de mi buena vida a esa lección y su relevancia actual. Se trata de <strong>lo que no aconteció en 1994.</strong></p>
<p>La resplandeciente transición mexicana desaprovechó una excelsa oportunidad para consumarse a tiempo, debido a la ceguera de <strong>Carlos Salinas</strong>, a la indiferencia de los poderes fácticos, y a la insuficiente ambición de <strong>Diego Fernández de Cevallos</strong>. Algunos lectores recordarán cómo a partir del debate presidencial de finales de mayo, gracias a la aplastante victoria de Diego y la inmisericorde derrota de <strong>Zedillo</strong> (y de Cárdenas), se invirtieron las tendencias de las encuestas. Ascendió el panista, y aunque su campaña se pasmó, de no haber sido por la incorporación completa de Salinas y del gobierno federal a la contienda (a través del gasto, de la propaganda, del activismo del presidente y del aparente destierro de Diego de las pantallas de televisión), el <strong>PRI</strong> podría haber perdido.</p>
<p><span id="more-449"></span>La injerencia del gobierno en la competencia electoral de 1994 comenzó en realidad justo después de la muerte de Colosio. En lugar de soltar la paridad monetaria ante el inevitable nerviosismo de los mercados y asumir una devaluación, Salinas prefirió evitar a toda costa una depreciación de la moneda y un enfriamiento de la economía. Ni su gabinete (<strong>José Córdoba</strong> había sido exiliado a <strong>Washington</strong>) ni sus amigos, ni los grandes poderes tan beneficiados por él, reclamaron su actuación ni sugirieron alternativas. Así, el empecinamiento de Salinas en una victoria priísta no era privativa del mandatario y resultaba lógica, si se trataba de que el PRI venciera, también a toda costa. La pregunta es ¿para qué?</p>
<p>El ejercicio contra-factual resulta interesante. Si se cae la moneda, ya sea después de la tragedia de <strong>Lomas Taurinas</strong>, ya sea después del debate, se ajusta la economía y el PRI pierde casi seguramente la elección. Pero no hubiera sucedido la hecatombe económica de diciembre de 1994, no habría caído a la cárcel <strong>Raúl Salinas</strong> en febrero de 1995, <strong>Diego</strong> <strong>Fernández</strong> hubiera cuidado las espaldas de su amigo <strong>Carlos</strong> <strong>Salinas</strong> con todo el cariño del mundo, y la transición mexicana se habría consumado seis años antes, en condiciones más propicias para el país.</p>
<p><strong>El más perjudicado por los esfuerzos desmedidos de lograr la elección de Ernesto Zedillo fue Carlos Salinas,</strong> y el principal beneficiario de una derrota de Zedillo hubiera sido&#8230; Carlos Salinas. Y <strong>México</strong>, porque en ocasiones las cosas que no suceden en el momento oportuno, si bien acontecen después, ya no revisten el mismo éxito, el mismo impacto, la misma trascendencia histórica.</p>
<p>De allí la enseñanza: tal vez la alternancia mexicana, siendo mil veces preferible a su contrario, a saber, la perpetuación del <em>ancien régime</em> autoritario, se pasó de tueste. Cuando sobrevino, con por lo menos seis años de retraso -en la óptica descrita- o doce -en la visión de los vencidos de 1988- ya no pudo surtir todos los efectos deseados, ni logró detonar los círculos virtuosos anhelados. <strong>Me pregunto si la reforma energética de Peña Nieto, de enorme trascendencia para el país y pletórica de promesas implícitas y algunas expresadas con excesiva estridencia, no correrá la misma suerte. <em>Not too little, but just too late.</em></strong></p>
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