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	<title>Jorge Castañeda &#187; Salvador Allende</title>
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		<title>Democracia y ex presidentes</title>
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		<pubDate>Wed, 21 May 2014 11:25:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Castañeda</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Al conmemorarse <strong>10 años de existencia de la Fundación Fernando Henrique Cardoso (presidente de Brasil entre 1995 y 2002), en Sao Paulo, se produjo una sorprendente y a la vez predecible coincidencia de opinión de cuatro ex presidentes de Iberoamérica</strong> (el que escribe, en realidad, no tenía mucho que hacer en tan augusta compañía) en torno a tres puntos centrales de democracia para toda América Latina y, en particular, para México. Sorprendente porque dos de ellos -Felipe González y Ricardo Lagos- fueron y son socialistas; uno -Julio María Sanguinetti-, francamente conservador, y otro -el propio Cardoso-, siendo una persona de izquierda, condujo a un gobierno calificado de centrista o incluso de centro-derecha. Se trata de <strong>una alineación plural de demócratas</strong>, ciertamente, mas no todos ubicados en el mismo sitio del espectro político. Previsible porque lo que ha sucedido en América Latina en estos últimos años está llevando de manera ineluctable a personas como éstas y otras a sostener posiciones cada vez más alejadas de otros líderes regionales, menos enfáticos a propósito de la defensa de la democracia y los derechos humanos.</p>
<p>¿Cuáles coincidencias? La primera, muy sencilla, es que <strong>no basta ser electo democráticamente para gobernar democráticamente</strong> <strong>o, como lo dijo Felipe González, la legitimidad de origen debe compaginarse con la legitimidad de gestión</strong>. No se pueden justificar conductas de gobierno antidemocráticas -represión, suspensión de libertades, censura de los medios, por el simple hecho de haber ganado una elección, aun suponiendo, que no siempre es el caso, que dicha elección haya sido limpia, y menos si no fue equitativa. Cardoso subrayó la deriva autoritaria creciente en la región: se justifican las sucesiones dinásticas y las reelecciones permanentes o elecciones cada vez menos transparentes debido a la utilización del aparato de Estado, de los medios y del dinero del erario para que gane el saliente o su esposa o su hijo o su hermano o quien fuera.</p>
<p>La segunda coincidencia fue<strong> lo que Lagos llamó la necesidad de una voz común para una América Latina cada vez más dividida entre Norte y Sur, entre Atlántico y Pacífico, y entre una izquierda radical, y en ocasiones autoritaria, y un centro izquierda o centro derecha moderado, democrático y globalizado.</strong> Pero esa voz común, agregué por mi parte, con el acuerdo de los demás, sólo puede basarse en ciertos valores: la defensa colectiva de la democracia y de los derechos humanos, tanto en los países de América Latina como en el mundo entero. América Latina no tiene mucho más que decir; hablar con esa voz común, como <strong>dijo Sanguinetti, implica abandonar el respeto sacrosanto al principio de no intervención</strong>, que si bien adquirió relevancia para combatir la injerencia de superpotencias en los asuntos internos de pequeños países, hoy es un pretexto para justificar la pasividad ante los excesos de gobiernos “amigos”.</p>
<p>La tercera coincidencia fue la concreción de esta tesis: <strong>los demócratas en América Latina no han elevado la voz ante la deriva autoritaria o represiva, en particular en Venezuela</strong> durante estos últimos meses, pero sí en varios otros países, en otros momentos, durante los últimos años. <strong>Lagos lamentó, casi desesperado, el intento de equiparar a Nicolás Maduro con Salvador Allende</strong>; él, que fue colaborador de Allende. Cardoso, que como Presidente fue un abanderado de la no intervención, lamentó el silencio del gobierno brasileño ante la situación en Venezuela; y Felipe González, hablando de una región que también le es cercana, lamentó la complicidad de la Unión Europea con el derrocamiento por la calle de un payaso corrupto y asesino como Yanukovych, en Ucrania, pero también un cierto silencio europeo ante la anexión rusa de Crimea y, mañana, de Ucrania Oriental.</p>
<p>Al igual que con la legalización de las drogas, los cuatro no necesariamente pensaban o decían lo mismo cuando se encontraban en funciones. Para eso sirve el debate, y el paso del tiempo.</p>
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		<title>Chile y Venezuela</title>
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		<pubDate>Tue, 11 Mar 2014 10:20:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Castañeda</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Entre las muchas estupideces que un sector de la izquierda mexicana sigue manifestando a propósito de la situación en América Latina figura una triple analogía falsa y aberrante. En este pensamiento troglodita, Venezuela hoy es Chile en 1973, Nicolás Maduro es Salvador Allende y Barack Obama es Richard Nixon. Hay que ser muy idiotas y... <a href="http://opinion.infobae.com/jorge-castaneda/2014/03/11/chile-y-venezuela/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Entre las muchas estupideces que un sector de la izquierda mexicana sigue manifestando a propósito de la situación en América Latina figura una triple analogía falsa y aberrante. En este pensamiento troglodita, <strong>Venezuela hoy es Chile en 1973, Nicolás Maduro es Salvador Allende y Barack Obama es Richard Nixon</strong>. Hay que ser muy idiotas y muy ignorantes.</p>
<p>En primer lugar, si bien tanto Allende como Maduro fueron electos, uno lo fue sin cuestionamiento por parte de los candidatos derrotados, al grado de que por no haber obtenido el 50% del voto, Allende fue electo por el Congreso chileno gracias a los sufragios de la democracia cristiana. No es que el margen de victoria de Maduro sea menor o mayor que el de Allende; la otra mitad de la sociedad venezolana cuestionó a tal grado la elección que desconoce a Maduro.</p>
<p><span id="more-508"></span>Pero sobre todo Maduro no es Allende porque El Chicho, aunque pudo haber gobernado mal, lo hizo de manera democrática<strong>.</strong> No cerró medios masivos de comunicación; no reprimió a estudiantes; no encarceló a los líderes de la oposición demócrata cristiana o del Partido Nacional; no cambió la Constitución, ni la Suprema Corte, ni buscó reformar a las instituciones. La gestión de Maduro difícilmente ha sido democrática, como tampoco lo fue la de Chávez. Ambos -Chávez y Maduro- han expropiado, comprado y censurado medios de comunicación, detenido a dirigentes de la oposición, manipulado las instituciones y, en general, han incurrido en una conducta gubernamental todo menos que democrática. <strong>Sólo la ceguera ideológica y la ignorancia histórica pueden comparar a un demócrata martirizado con un payaso.</strong></p>
<p>Otra diferencia radical reside en las características de cada oposición. En Chile, buena parte de la Democracia Cristiana, del Partido Nacional y del Ejército eran efectivamente fascistas. Tan golpistas fueron&#8230; que dieron un golpe de Estado. Algunos dirán que eso mismo sucedió en Venezuela hace 12 años. Pero justamente: hace 12 años.</p>
<p>Difícilmente se puede equiparar a<strong> Leopoldo López</strong> o a <strong>Henrique Capriles</strong> o a <strong>María Corina Machado</strong> con <strong>Augusto Pinochet</strong> o muchos otros fascistas de verdad de aquella época. Uno puede discrepar o avalar las estrategias de cada uno. Pero sus credenciales democráticas, al día de hoy están intactas. El que está en la cárcel es López, no Maduro.</p>
<p>La última vertiente de la analogía absurda es la de Estados Unidos. Nixon y Kissinger empezaron a conspirar contra el gobierno de Allende antes de que fuera gobierno. Quizás <strong>Bush</strong> lo hizo también en 2002; pero hace cinco años que ya no es presidente de Estados Unidos y no hay absolutamente ningún indicio de que Obama haya tenido o tenga la menor intención de conspirar para derrocar al pobre Maduro. A menos de que en la estulticia extrema de un sector de la izquierda mexicana, opinar sobre lo que sucede en Venezuela equivalga a intervenir en lo que sucede en Venezuela. En eso nuestra izquierda se identifica con nuestro gobierno priísta: decir algo es intervenir, y como no queremos intervenir, no decimos nada. Sólo en una cabeza asaltada por el trasnochado nacionalismo revolucionario cabe la idea que la comunidad internacional no debe pronunciarse sobre lo que acontece en Venezuela o en <strong>Ucrania</strong> o en <strong>Cuba</strong> o en <strong>Siria</strong>, aunque supongo que sí en Chile cuando Pinochet, en <strong>Sudáfrica</strong> bajo el <em>apartheid</em>, en <strong>Argentina</strong> bajo <strong>Videla</strong>, o en <strong>México</strong> bajo&#8230; el <strong>PRI</strong> (de antes, por supuesto).</p>
<p><strong>Nadie sabe cómo va a terminar lo de Venezuela, salvo que va a terminar mal. Hay como evitarlo: una intervención colectiva,</strong> defensora de la democracia representativa, en un país que suscribió la <strong>Carta Democrática Interamericana</strong> y, en su momento, el <strong>Pacto de San José</strong>. Como por distintas razones, ningún país de América Latina le quiere entrar al toro, o bien esa desdichada nación seguirá a la deriva, u otros empezarán a actuar, por sus razones. No conspirando, no subvirtiendo, no asesinando, sino simplemente cancelando visas y congelando cuentas. Que para las élites venezolanas, viejas y nuevas, es el peor de los mundos posibles: no ir de compras a <strong>Miami</strong> por el día.</p>
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