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	<title>Mundo Asís &#187; literatura</title>
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		<title>La guerra privada y la sociedad rehén</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Apr 2014 10:32:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mundo Asís</dc:creator>
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		<description><![CDATA[escribe Carolina Mantegari Editora del AsísCultural “Los otros muertos”, de Carlos Manfroni y Victoria Villarruel, intenta representar, con suerte relativa, el reverso cultural del “Nunca Más”. Pero induce a tratar, por definitiva vez, el trillado “género literario de los ’70″ (según la acertada concepción de Pablo Avelluto). El calificativo “trillado” nos pertenece. No obstante, la... <a href="http://opinion.infobae.com/mundo-asis/2014/04/01/la-guerra-privada-y-la-sociedad-rehen/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><em>escribe Carolina Mantegari</em><br />
<em>Editora del AsísCultural</em></p>
<p>“Los otros muertos”, de Carlos Manfroni y Victoria Villarruel, intenta representar, con suerte relativa, el reverso cultural del “Nunca Más”. Pero induce a tratar, por definitiva vez, el trillado “género literario de los ’70″ (según la acertada concepción de Pablo Avelluto). El calificativo “trillado” nos pertenece.<br />
<strong>No obstante, la guerra privada de los años ’70 parece ser literariamente inagotable.</strong> Equivalente -para la producción literaria de Francia- a la ocupación alemana de los ’40. Fenómenos que cuesta superar.<br />
En nuestro caso, un conjunto de textos gravitantes permitieron reflejar aquella guerra privada. Desde el punto de vista, parcial y testimonial, de la militancia. O del humanitarismo, el refugio adoptado por los intelectuales que primero fueron militantes y después se entregaron a la aventura de testimoniar las peripecias del combate.<br />
Se asiste entonces a una multiplicidad de textos. Reiterativos e innumerables. A los efectos de diseñar un balance con algún rigor sólo quedan cinco o seis libros indispensables para entender la época, siempre desde el enfoque de la militancia, objetivamente tendencioso. El abanico puede abrirse con el clásico “Ezeiza”, de Horacio Verbitsky, o con “Recuerdo de la Muerte”, de Miguel Bonasso, o con los densos tomos de autoayuda revolucionaria que reflejan “La Voluntad”, de la dupla Anguita-Caparrós. Habría que incluir también el menos divulgado “Monte Chingolo”, de Gustavo Plis-Sterenberg, que trata la etapa desesperada del ERP y el suicidio del ataque entregado. Y sobre todo “La buena historia”, novela de José Amorim que pasó literalmente inadvertida.<br />
Se trata de títulos liminares que fueron complementados por un par de excelentes biografías. Como “Todo o Nada”, de María Seoane, dedicada a la peripecia de Roberto Santucho, y especialmente “Galimberti” de la dupla Cavallero-Larraqui. Debieran rescatarse también, para tener una idea más acabada del delirio, las Memorias de Gorriarán Merlo, que resultan más nutritivas que las justificaciones literarias de Roberto Perdía. Sin desdeñar tampoco otros productos menos ambiciosos, y bastante bien fundamentados. Como el meticuloso trabajo que indaga en el período clave del diario “Noticias”, de Gabriela Esquivada. O “Doble condena”, de Alejandra Vignolles, con un sobrio y ajustado relato sobre la epopeya de Roberto Quieto.</p>
<p><em><strong>Excesos de la represión y de la reparación</strong></em></p>
<p>Esta literatura parcial sobre los ’70 no tuvo una relevante vocación por la autocrítica. Pero sirvió como base anticipatoria de la onda oportunamente reivindicativa que el kirchnerismo venía a instaurar. Con una penitencia explícita hacia los excesos de la represión que derivaría, penosamente, en los excesos de la reparación.<br />
Incluso La Cámpora (hoy tratada por Sandra Russo en “Fuerza propia”), organización que apuesta por la continuidad del kirchnerismo, mantiene también un origen expresamente literario. Es “El presidente que no fue”, acaso el texto menos afortunado de Bonasso, que supo instalar la nostalgia por la revolución que pudo haber ocurrido. Si Perón (la presencia inmanente que revolotea en todas las obras), al circunstancial Cámpora, le hubiera permitido continuar con la presidencia prestada en 1973.<br />
<strong>La moda literaria de los ’70 se extendía, en consonancia con la política emblemática que implementaba Néstor Kirchner, que descolgaba cuadros mientras reponía los rencores de la problemática que el menemismo, en su error, creyó haber superado por decreto.</strong><br />
En simultáneo, y por acumulación, la onda alcanzó la extraña monotonía del agotamiento. Hasta registrarse un cierto desencanto por la cantinela monocorde de la denuncia. Y un cansancio por la reiteración esquemáticamente testimonial de los dolores que abrumaban, e iban a construir la necesidad de una réplica.<br />
Los que no se sentían representados por la facilidad interpretativa, y que atendían -seamos justos- las razones del otro bando. Y a los que no se podía cargar con la incómoda estampilla de “genocidas”.<br />
Consecuencias previsibles de la desigual guerra privada. Desatada, en los setenta, entre las organizaciones radicalmente revolucionarias y las institucionales fuerzas armadas que descendieron históricamente hasta utilizar la imperdonable metodología similar. El espanto del terrorismo faccioso fue superado, al fin y al cabo, por la virulencia del terrorismo estatal.<br />
Las espectaculares acusaciones violentamente recíprocas de ambos contendientes dejaron afuera al enorme sector de la sociedad, que quedaba en carácter de rehén. La sociedad que los padecía a ambos. Con ciudadanos que pagaban impuestos y se disponían, a pesar de todo, a trabajar y hacer lo suyo, a disfrutar de los atributos que les garantizaba el preámbulo, amar y tolerar el peso de los días mientras sonaban los estampidos. Y que iban a ser sindicados como cómplices por no escuchar los gritos anulados de las torturas, por no tomar oportuna consciencia de las desapariciones. Es precisamente la sociedad rehén, de la guerra privada, la que aguarda, hasta hoy en vano, su respectivo tratamiento literario.</p>
<p><em><strong>La otra mirada</strong></em></p>
<p>La literatura de la réplica, o de la reacción, dista de ser necesariamente reaccionaria.<br />
Si se rastrean sus orígenes, debiera citarse al periodista Carlos Manuel Acuña, con su irregular “Por amor al odio”. Un texto militante pero al revés, plagado de indignaciones básicas. Fue el que permitió inferir la existencia de un mercado amplio y disponible, que aguardaba, en condiciones de consumir otra interpretación de los mismos hechos.<br />
Aquí se impone rescatar los libros iniciales de otro periodista, Juan Bautista Yofre, siempre signado por el encanto del enigma. Con textos exitosos como “Nadie fue” y “Fuimos Todos”, hasta llegar a “El Escarmiento”, el ensayo más logrado de la serie que se eleva como indispensable para indagar los fundamentos de la otra versión.<br />
Conjuntamente con la obra de Yofre, debiera rescatarse también la literatura de Ceferino Reato. En especial la “Operación Traviata”, que alude al inconcebible asesinato de José Rucci, que Montoneros aún no tuvo la franqueza ética de asumir, aunque a esta altura sea innecesario. Con “Traviata”, Reato produce un enfrentamiento tácito entre intelectuales desconfiados que se sospechan, más que un debate teórico inspirado en la diferente interpretación política. Categorías que complementa con “Disposición Final” donde se alude a entrevistas del autor con el General Videla. <strong>Y sobre todo al espantoso asunto contable de los muertos. Si fueron 7 mil o los canonizados 30 mil.</strong><br />
La noción del arrepentimiento ético -que deriva en hecho literario- es aportada por Héctor Leis. A través del intenso “Testamento de los ’70″. En Leis, el deseo catártico de esclarecimiento se presenta como una reconfortante autocrítica, aunque, en el fondo, aquí nadie quiera ya discutir, ni corregir más nada.<br />
Para cualquier estudio medular, el texto de Leis podría tomarse como una continuidad de “Montoneros, la soberbia armada”, de Pablo Giussani, publicado hace treinta años atrás. Durante el esplendor de “la democracia recuperada”. Años de Alfonsín.</p>
<p>Es entre esta franja de la reacción, desde el otro ángulo, otra campana o mirada, donde debiera situarse también a Carlos Manfroni. Con el efectismo explícito de su opus “Montoneros, soldados de Massera”. Aquí Manfroni brinda la información, siempre atractiva, a veces indigerible, que convoca a consolidar las manías conspirativas que infortunadamente cautivan.<br />
En dupla con Victoria Villarruel, ahora Manfroni insiste con esta onda literaria de la revisión. Con la réplica lícita que reclama por el respeto hacia sus propios muertos, los “civiles del terrorismo”, con quienes la historia considera que “está en deuda”. “Los otros muertos” se inicia con el razonamiento típico de los revisionistas que reclaman la imposible equiparación. E incluye, en su primera parte, las selectivas historias de fácil conmoción, que ilustran la obviedad del propósito. Como la del asesinado ex ministro Mor Roig, que desacomoda hasta a los radicales. Y se cierra con la lista anunciada de las 1.094 víctimas. El reverso cultural del “Nunca Más”. Con los muertos que no tuvieron, al menos hasta hoy, el menor espacio moral para que florezca ningún tipo de reconocimiento. Editó Sudamericana, 319 páginas.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Cortázar y la primavera del 83</title>
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		<pubDate>Tue, 18 Mar 2014 17:28:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mundo Asís</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Cristina Fernández]]></category>
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		<description><![CDATA[Doble efemérides. A 100 años del nacimiento y 30 de su muerte Podría reconstruirse la motivación real del regreso furtivo de Julio Cortázar a Buenos Aires, durante la primavera de 1983. Volvía para despedirse. O volvía para facturar su recortada importancia personal, en el marco de la indiferencia popular y oficial que lo degradaba. La... <a href="http://opinion.infobae.com/mundo-asis/2014/03/18/cortazar-y-la-primavera-del-83/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><em>Doble efemérides. A 100 años del nacimiento y 30 de su muerte</em></p>
<p><strong>Podría reconstruirse la motivación real del regreso furtivo de Julio Cortázar a Buenos Aires, durante la primavera de 1983.</strong><br />
Volvía para despedirse. O volvía para facturar su recortada importancia personal, en el marco de la indiferencia popular y oficial que lo degradaba.<br />
La Argentina estaba por estrenar la democracia nueva. Recuperada, como consecuencia del gigantesco fracaso político y la derrota militar.<br />
El intelectual, ya en la frontera de los 70 años, interrumpía la perplejidad del “exilio”, o la solemne circunstancia de la voluntaria emigración. En la búsqueda lícita del romántico reconocimiento.<br />
Pudo haberse entristecido, pero aún nadie puede certificarlo. Los contactos se redujeron al diálogo precipitado con determinados colegas que estaban probablemente en otra onda. Sin graves deseos de retomar la magnitud de las discusiones pendientes. O indagar en las clarificaciones que derivaron en una polémica justamente olvidada con Liliana Heker.<br />
<strong>El radical Raúl Alfonsín, con sus 55 años, conmovía al recitar de corrido el preámbulo.</strong> Había triunfado sobre el peronista Ítalo Luder, y se preparaba para asumir la presidencia. Para despedir a la Comisión Liquidadora del Proceso Militar. La “Dictadura” se había suicidado en la dolorosa tergiversación de Malvinas, a los efectos de reproducir las bases inexorables de “la democracia de la derrota”. Como la calificaba el aún lúcido ensayista Alejandro Horowicz.<br />
Las capas medias exhibían la algarabía contagiosa de la victoria. Con el agregado aderezo de la agitación de los intelectuales eufóricos. Ejercían la fascinación por la maravillosa experiencia de haberle prodigado al peronismo la primera paliza fundacional. Pronto, los artesanos del lugar común atribuirían, más adelante, la caída, a la banalidad intuitiva del caudillo expresionista Herminio Iglesias. Por haber acercado su encendedor al infortunio del ataúd de fantasía, en el epílogo de la concentración popular más intensa que se tenga memoria.<br />
Pero Jorge Luis Borges fue quien mejor sintetizó la ideología subyacente en aquel momento sublime de “esperanza y de cambio”. En la selectiva reunión de “los intelectuales con el presidente electo”, en el hotel de la calle Carlos Pellegrini, <strong>un entusiasta Borges le dijo al impactado Alfonsín, con tierna franqueza “Gracias a su triunfo, doctor, volví a creer en la democracia”.</strong><br />
Poco costaba traducir políticamente el mensaje explícito de Borges:<br />
“Nunca creí en la democracia porque siempre ganaban los peronistas. Como usted les ganó, ya puedo creer”.</p>
<h3><span id="more-803"></span>Hora egregia del reparto</h3>
<p>Acontecía la alegría del reparto de cargos. El psicoanalista que escribía Pacho O’Donnell iniciaba su periplo de transformaciones y era designado Secretario de Cultura de la Ciudad. El novelista y cineasta Javier Torre, en el Centro Cultural San Martín, donde su gestión iba a adquirir una gran visibilidad. A la ya casi olvidada gran novelista Beatriz Guido se la enviaba como agregada cultural en Madrid (lo que acentuaba la soledad competitiva y la sensación de abandono que signaron los últimos meses de la novelista Martha Lynch). Y a Luis Gregorich -acaso el intelectual más brillante que tuvo el alfonsinismo- se lo estampillaba como embajador ante la Unesco. Pero con la incierta perversidad de saber que Gregorich no podía serlo, por haber nacido en Zagrev, Croacia. Aún se respetaban las normas. Y al consagrado dramaturgo Carlos Gorostiza se le encomendaba la Secretaría de Cultura de la Nación, donde anunciaría la creación idílica del “Trencito Cultural”. Un tren que planificaba democráticamente detenerse con el arte, la literatura y la música por todos los pueblos-estaciones del trayecto. Por suerte aquel trencito no arrancó nunca. Y don Manuel Antín asumía en el Instituto Nacional de Cinematografía. Aunque un inadvertido Aníbal Reynaldo iba a caracterizar el ritmo de la época. Asumía en el Banco Hipotecario Nacional, para instaurar las claves de la revolución pequeño burguesa de los cuantiosos recomendados que se iniciaban como propietarios.<br />
Entre aquella festiva distribución de próxima inmortalidad no se registraron siquiera las menores intenciones de cederle un poco de importancia al notable visitante de 69 años. Cortázar volvía sin ninguna medialuna enarbolada. Sólo como héroe principal de “la fundación mitológica de París”, según la concepción de David Viñas. Tal vez Cortázar apenas aspiraba a participar de los fastos finales de “la dictadura”. Pero al pobre consagrado no le dieron la menor bolilla. Se lo recuerda vagamente a través de la confesión que mantuvo un cierto sentido de factura televisada. Cuando le dijo al manifestante desinformado, un joven alfonsinista que no lo conocía. “Nosotros, desde el exterior, luchamos por ustedes para vencer a la dictadura”.</p>
<h3>Docena de cuentos memorables</h3>
<p>A treinta años de su muerte y cien desde su nacimiento, se prepara la multiplicidad de actos para evocar a Julio Cortázar. Escritor que -debe aceptarse- dejó también de ser consumido. Como dejaron de consumirse los textos formidables de Manuel Mujica Lainez, Marco Denevi, Ernesto Sábato, Manuel Puig, Bernardo Kordon o Leopoldo Marechal. Más allá de la excepcionalidad legitimadora. Del circuito cerrado de determinados ámbitos académicos signados por la intrascendencia.<br />
En la Argentina, en la práctica, “el que se muere pierde” (según la concepción de Asís).<br />
<strong>Probablemente puedan aprovecharse los aniversarios redondos (como los cien y los treinta) para que el desdichado escritor que partió hacia el olvido logre recuperar algunos lectores</strong>. O que se indague, al menos, entre los recursivos buscadores. En las solapas, en wikipedia y en contratapas.<br />
Si Cortázar subsiste es por la docena de cuentos memorables. De los más perfectos e impecables que se produjeron en la literatura universal. Equiparables a los cuentos de Edgar Allan Poe, Anton Chejov, el mismo Borges o Guy de Maupassant. Vaya como ejemplo <em>El perseguidor, La salud de los enfermos, La autopista del sur, Casa Tomada, La noche boca arriba, Torito o La señorita Cora</em>.<br />
Sin embargo la marca Cortázar será eternamente asociada a<strong> <em>Rayuela</em>. Es la novela de vanguardia que finalmente quedó en <em>off side</em>.</strong> Pero que revolucionó la literatura entre los sesenta y los ochenta.<strong> Motivó que su atractiva superficialidad encantara a millares de oficinistas que anhelaban aventurarse, crecer y recomponerse entre los bulevares de París</strong>, mientras proliferaban las muchachas veraniegas que querían ser como La Maga (alguna, ya definitivamente invernal, aún subsiste en la<em> rue de la Paix</em>, casi como clochard).<br />
Pero Rayuela es una novela que soportó mal el crecimiento del pasto salvaje sobre sus páginas. Se cargó del moho espeso. Para legitimarse su relectura como una suerte de guía ajada de turismo del París que se desvaneció. Aunque persista la magia de las maravillosas descripciones del Barrio Latino, del “fuego sordo” de la <em>rue de la Huchette</em>, y la caminata inolvidable con Berthe Trepat.<br />
Pero hoy las tribulaciones de su Morelli yacen como inofensivas veleidades del viejito dulce que fue superado hasta por el propio Juan Filloy. Y la arquitectura interior de la novela ya no sorprende a ningún lector inquieto que surja del cartel literario de la Universidad de Puan. Y el desparpajo humorístico de su “glíglico”, que originariamente generaba risas o sonrisas, hoy casi suena al tartamudeo grotesco del peor Lamborghini. Leónidas.<br />
Otra de sus novelas, “<em>Los Premios</em>”, es portadora de un costumbrismo saludablemente menor. Aún puede incitar una cierta ternura aquel Pelusa que se ganó de “premio” el pintoresco viaje en barco. Sobre todo cuando “bajaba a tomar la leche”. Pese a su colorida irrelevancia, <em>“Los Premios”</em> merece consumirse con más razones que la petulancia narrativa de “<em>62, modelo para armar”</em>. O la fragilidad de <em>“Un tal Lucas”</em>. O los presentables “<em>collages</em>” que resultaban ideales para los regalos empresariales de fin de año. Como “<em>Último round” y “La vuelta al día en ochenta mundos”.</em><br />
Por un sentido recatado de la misericordia, se aconseja no detenerse en la etapa esclarecida del “compromiso”. Lo menos significativo de su obra. Por la enfática producción de invariables tonterías como “<em>Nicaragua tan violentamente dulce</em>”. Un texto tan perecedero como la misma vigencia del sandinismo.</p>
<h3>Vísperas de otra primavera</h3>
<p>Pasaron tres décadas de la perdonable distracción oficial de aquella primavera sudamericana.<br />
En vísperas de la irrupción de la flamante primavera europea, hoy Francia y Argentina se disponen a tributarle juntas el reparador homenaje al gran cuentista Julio Cortázar. A través del máximo nivel de representación institucional.<br />
<strong> Después de sobreactuar en la nueva Puerta de Hierro -El Vaticano- su ostensible dependencia espiritual con el Papa Francisco, la presidenta Cristina Fernández, La Doctora, se traslada a París.</strong><br />
Para almorzar un martes con el presidente Francois Hollande, y disponerse un miércoles a inaugurar el Salón del Libro. Con la mano en el “corazón”, y emotivamente acompañada por el fervoroso cariño popular de sus “escritores para la Liberación”.</p>
<p><strong>Carolina Mantegari</strong></p>
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