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	<title>Muriel Balbi &#187; FMI</title>
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		<title>Más allá del Mundial</title>
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		<pubDate>Wed, 30 Apr 2014 10:40:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Muriel Balbi</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>A pocas semanas del comienzo del Mundial, no es ambiente festivo lo que se respira en Brasil. Otros problemas condensan la atmosfera y se convierten en bolas de fuego que el gobierno necesita detener en forma urgente. No solo de cara a la gran cita del futbol, que centrará las miradas del mundo en el gigante latinoamericano, sino también por lo que será el acontecimiento político que definirá una nueva etapa y que estará determinado por el resultado de las elecciones presidenciales, previstas para octubre de este año.</p>
<p><strong>Dilma Rousseff busca la reelección. Sin embargo, el panorama se le está volviendo peligrosamente sombrío con la aparición de algunos puntos oscuros en áreas que antes eran banderas a exhibir, y que se ven reflejada en los números</strong>. Así, su nivel de aprobación bajó desde un histórico 80% a menos de la mitad (37%) según datos de Ibope. Petrobras, la otrora niña mimada y orgullo brasileño, se encuentra ahora bajo el escrutinio público. Hace sólo seis años era la sexta compañía más importante y prometedora del mundo; hoy sus acciones valen la mitad. Los escándalos de corrupción cambiaron la mirada que el brasileño tenía de esa empresa estatal y salpicaron, incluso, a la presidenta. Según el diario <em>O Estado</em> de Sao Paulo, en 2006, mientras Dilma Rousseff era ministra de gabinete y cabeza del directorio de la empresa, se aprobó la compra de una refinería de petróleo en los EE.UU a un precio de US$ 1200 millones. La misma había sido adquirida por su anterior dueño, solo un año antes, en apenas US$ 42 millones.</p>
<p>A modo de defensa, Rousseff dijo haber dado el visto bueno a la compra basándose en información incompleta obtenida por medio de un trabajo “sesgado”. La excusa fue tildada de “sincericidio” por la prensa local; además la hace igualmente responsable, por acción u omisión. Como señala el ex embajador argentino en Brasil, Jorge Hugo Herrera Vegas, “las tres operaciones de Petrobras investigadas por la Policía Federal brasileña (compra de refinería en Pasadena, EE.UU.; coimas de la holandesa SBM Offshore y venta de la refinería San Lorenzo en la Argentina) aunque antiguas, aparecen en el año electoral y han provocado una disminución de 6 puntos porcentuales en la intención de voto de Rousseff”.</p>
<p>A las acusaciones de contratos turbios y corrupción en las altas esferas del directorio de Petrobras, se suman también lo costoso que está resultando ser la extracción de petróleo del Presal (que tantas ilusiones generó) y el aumento de la deuda de la empresa en un 64% durante la presidencia de Dilma, y que se explicaría debido a maniobras de la empresa para tratar de contener la inflación, tema de preocupación creciente también en el país vecino. <strong>Así, y como Petrobras no alcanza a abastecer al mercado interno, el combustible comprado en el exterior es vendido en el mercado interno a un precio menor, diferencia que es financiada con deuda.</strong></p>
<p>Por otra parte, en lo que se refiere a materia económica, sobran los pronósticos de estancamiento para este año y el próximo. El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial no ocultaron su pesimismo durante la reunión de Washington, a principio de mes. Sin embargo, como resalta el ex presidente, Inácio Lula da Silva, no se puede dejar de ver hasta qué punto la economía brasileña ha experimentado “un cambio cualitativo” que la ha vuelto “menos vulnerable, más diversa y eficiente”. Sin embargo, ser la séptima potencia económica mundial -líder en biotecnología, fabricante de automóviles, aviones, maquinaria agrícola, pasta de celulosa y aluminio, además de exportar carne, soja, etanol, azúcar, café y naranja &#8211; no alcanza para contentar a un pueblo enojado por la inflación, la corrupción y la inseguridad.</p>
<p>Como advierte Andrei Serbin, analista internacional radicado en San Pablo, se percibe “una desilusión en la sociedad brasileña, que siente la proximidad del fin de una etapa de prosperidad que no ha sido aprovechada al máximo. Años de crecimiento, inversiones extranjeras, balanza comercial positiva y de posicionamiento global, no están rindiendo los frutos que el brasileño promedio esperaba”. Esto parece exacerbarse con la proximidad del Mundial que “marca un antes y un después. Y ese después es probable que este dominado por las obras no terminadas, los miles de millones invertidos que no volvieron a la sociedad brasileña, los recursos consumidos por la corrupción, la continuación del crecimiento de los índices de delincuencia.”</p>
<p>Esto explica las actitudes hacia el Mundial que muestran las estadísticas de hoy.<strong> La euforia de los tiempos en que se escogió a Brasil como sede dio paso a una actitud negativa con un 55% de brasileños descontentos con el mismo</strong>, según Datafolha. Los enormes gastos en estadios que luego no van a servir de mucho (como el de Manaos), los recursos destinados a la seguridad y los billetes arrojados al agujero negro de la corrupción, llevan a que el ciudadano común no se sienta beneficiado ni siquiera por obras en infraestructura y transporte que mejoren su día a día. Del otro lado, los pronósticos de que el rédito económico derivado del turismo será muy modesto y los precios que crecen exponencialmente con la cercanía del evento, acaban en protestas periódicas bajo el lema “No habrá Copa”.</p>
<p>A estas manifestaciones se suman otras, las de las favelas. Los sectores que parecían haber sido “pacificados”, muestran ahora nuevos brotes de violencia y demostraciones de poder de los narco, con ataques orquestados muchas veces desde las cárceles. La política de seguridad, de la que tanto se jactaron los políticos brasileños, comenzó a mostrar fisuras e imposibilidad de readaptarse a nuevas situaciones y consolidarse en el tiempo. El delito, que había mermado, ahora, con la Copa llamando a la puerta, está volviendo a crecer. La fuerte respuesta estatal, con operaciones militares que involucran al BOPE (Batallón de Operación Especiales), al batallón de choque y otras unidades de las Policías Civil, Militar y Federal, trajeron también consigo un reguero de denuncias de violaciones de los derechos humanos, muertes de inocentes, ferocidad policial… y más protestas.</p>
<p>Sin embargo, para Herrera Vegas “ la campaña electoral recién comenzará después del mundial de fútbol. De modo que es prematuro extraer conclusiones definitivas. La evolución de la economía brasileña, que enfrenta serias dificultades, será seguramente un factor importante. Ni hablar de los resultados del futbol.” Pero para otros analistas el descontento brasileño habla de una maduración de su cultura política, del nacimiento de un nuevo ciudadano, que ya no se conforma con fútbol y telenovelas, sino que mira más allá y exige un país mejor. De ser así, estaríamos frente a un hecho muy positivo a extraer de lo que es hoy un río revuelto. Pero veremos qué pasa cuando la pelota comience rodar. Si los brasileños logran abstraerse de los resultados y del fervor deportivos, o si todo el resto de los asuntos a resolver en el Brasil terminan teñidos de “verde e amarelo “.</p>
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		<title>La gran cuenta pendiente</title>
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		<pubDate>Wed, 29 Jan 2014 09:10:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Muriel Balbi</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Dicen que el primer paso para resolver un problema es reconocerlo. Ojalá esto se haga realidad ante el <strong>flagelo de la desigualdad económica</strong> que, recién ahora, está comenzando a ser un tema de fuerte consideración al interior de los organismos internacionales, gobiernos, organizaciones no gubernamentales e incluso en la Iglesia (con el giro impulsado por <strong>el nuevo Papa, Francisco</strong>, quien envió a una carta a <strong>Davos</strong> expresando la necesidad de &#8220;crecer con igualdad, más allá del puro crecimiento económico&#8221;).</p>
<p>Lo propio se refleja en el mundo académico, donde comenzaron a proliferar trabajos sobre esta cuestión. Como advierte el economista y ex director del diario <i>El País</i>; <strong>Joaquín Estefanía</strong>, “si se repasan manuales de Economía de las últimas tres décadas, en ellos las cuestiones relacionadas con la <strong>extrema riqueza</strong> y la <strong>extrema pobreza</strong> o no están, o figuran tan sólo en las páginas colaterales”. Hasta<strong> el FMI alerta</strong> ahora sobre esta problemática, a pesar de que antes, su antigua directora, Anne Kruger, sostenía que “parece mucho mejor centrarse en el empobrecimiento, que en la desigualdad”.</p>
<p><span id="more-139"></span></p>
<p>Vale aquí reconocer que, en otros aspectos, el mundo supo mejorar,  al punto de llegar a cumplir con los ambiciosos objetivos de la <strong>Declaración del Milenio</strong>, pensada por 189 jefes de Estado, un 8 de septiembre de 2000, en la ciudad de Nueva York. De entonces a hoy,  la <strong>mortalidad infantil</strong> se redujo un 30%., 500 millones de seres humanos salieron de la pobreza extrema y 200 millones accedieron al agua potable, cloacas y viviendas dignas. Se trata de cifras históricas que regocijan, pero que no alcanza.</p>
<p>A pesar de estos logros y del crecimiento económico mundial, la <strong>brecha</strong> entre los que más tienen y los que menos tienen se ha ampliado a nivel global. Tal como lo reconoció <strong>Barack Obama</strong> “la desigualdad es el mayor desafío de muestro tiempo”.  Así, en los EEUU, desde los años ´70, los salarios reales de la mitad de los trabajadores que menos ganan se vieron estancados  o reducidos, al tiempo que los ingresos del 1% más rico se cuadruplicaron; antes el 10% de los ciudadanos más acaudalados se hacían del 30% del ingreso nacional, ahora se quedan con el 50%. Lo mismo ocurrió, entre 2008 y 2013, en la gran mayoría de los países desarrollados y en Latinoamérica, tal como consta en el Informe 2013 publicado por el Programa de Desarrollo Humano de Naciones Unidas sobre el <strong>Indice de Desarrollo Humano (IDH)</strong> y seguridad ciudadana.</p>
<p>Las cifras globales son escandalosas al punto de quitar el apetito. Hace días quedaron expuestas en un informe presentado por la organización humanitaria, <strong><i>Oxfam</i></strong>: los <strong>85 multimillonarios</strong> más ricos del mundo ganan lo mismo que el 50% de todos los pobres del planeta, es decir, <strong>3500 millones de personas.</strong></p>
<p>La preocupación se hizo escuchar en el <strong>Foro Económico de Davos</strong> donde, los buenos augurios de  recuperación económica mundial y de mayores beneficios para las empresas y mercados de valores, se ensombrecieron con los pronósticos de desempleo y congelamiento de los ingresos. Así, según adelantó <strong>Guy Ryder, </strong>Director General de la<strong> OIT</strong>, en el informe <strong>Tendencias Mundiales del Empleo 2014</strong> que presentará esta semana, quedará claro que “la modesta recuperación económica no se ha traducido en una mejoría en los mercados laborales en la mayoría de los países” y que “la desigualdad se refleja en los ingresos deprimidos de la mayoría de las familias y por lo tanto frena el crecimiento del consumo, lo cual a su vez limita el crecimiento económico”.</p>
<p>¿Pero por qué surge ahora el interés por este tema? ¿Estamos asistiendo a un <strong>cambio de paradigma?</strong> ¿Se están estrellando contra la pared aquellas doctrinas neoconservadoras, fomentadas por Bush, Pinochet, Tatcher, que salieron triunfantes después de la caída del muro de Berlín y que continuaron atravesando décadas y países? Habrá que dejar correr más agua debajo del puente para poder saberlo a ciencia cierta.</p>
<p>La buena noticia es que la problemática de la desigualdad económica y las formas de resolverla están ahora en la agenda y en alguna parte de la cabeza de quienes  toman las decisiones. ¿Los motivos? Son varios. Por un lado, el puramente moral y ético, por la vergüenza y la indignación que genera. Por otro, el económico, con diversas investigaciones (Hovell, Bernstein, Kluger,Stiglitz, Krugman) que demuestran su<strong> impacto negativo en el crecimiento económico y el daño al consumo</strong>, a la vez que favorece las burbujas crediticias y las crisis financieras. Pero también el social, porque estanca la movilidad social, genera violencia e inseguridad y debilita las democracias ya que la elite económica ejerce un poder tal que mueve el pulso a los Estados en la definición de sus políticas.</p>
<p>Pero es <strong>el Estado</strong> la entidad que, por excelencia, debe tener a su cargo la reducción de la desigualdad. Para hacerlo, “necesita fondos con los que financiar inversiones en salud, empleo, educación o seguridad social”, como sostiene <strong>John Christensen</strong> de <strong><i>Tax Justice Internacional</i>.</strong> Sin embargo, desde la década del ’70, la carga impositiva para los ricos se vio reducida en 29 de los 30 países que poseen estadísticas para la comparación. Para colmo de males, <strong>gran parte de esta riqueza concentrada ni siquiera tributa</strong> y va a parar a los paraísos fiscales cuyas operaciones se  incrementaron exponencialmente, acaparando, según <i>The Economist</i>, unos 20 millones de millones de dólares, es decir, casi el doble del PBI de la principal potencia económica mundial.</p>
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