Más allá del Mundial

A pocas semanas del comienzo del Mundial, no es ambiente festivo lo que se respira en Brasil. Otros problemas condensan la atmosfera y se convierten en bolas de fuego que el gobierno necesita detener en forma urgente. No solo de cara a la gran cita del futbol, que centrará las miradas del mundo en el gigante latinoamericano, sino también por lo que será el acontecimiento político que definirá una nueva etapa y que estará determinado por el resultado de las elecciones presidenciales, previstas para octubre de este año.

Dilma Rousseff busca la reelección. Sin embargo, el panorama se le está volviendo peligrosamente sombrío con la aparición de algunos puntos oscuros en áreas que antes eran banderas a exhibir, y que se ven reflejada en los números. Así, su nivel de aprobación bajó desde un histórico 80% a menos de la mitad (37%) según datos de Ibope. Petrobras, la otrora niña mimada y orgullo brasileño, se encuentra ahora bajo el escrutinio público. Hace sólo seis años era la sexta compañía más importante y prometedora del mundo; hoy sus acciones valen la mitad. Los escándalos de corrupción cambiaron la mirada que el brasileño tenía de esa empresa estatal y salpicaron, incluso, a la presidenta. Según el diario O Estado de Sao Paulo, en 2006, mientras Dilma Rousseff era ministra de gabinete y cabeza del directorio de la empresa, se aprobó la compra de una refinería de petróleo en los EE.UU a un precio de US$ 1200 millones. La misma había sido adquirida por su anterior dueño, solo un año antes, en apenas US$ 42 millones.

A modo de defensa, Rousseff dijo haber dado el visto bueno a la compra basándose en información incompleta obtenida por medio de un trabajo “sesgado”. La excusa fue tildada de “sincericidio” por la prensa local; además la hace igualmente responsable, por acción u omisión. Como señala el ex embajador argentino en Brasil, Jorge Hugo Herrera Vegas, “las tres operaciones de Petrobras investigadas por la Policía Federal brasileña (compra de refinería en Pasadena, EE.UU.; coimas de la holandesa SBM Offshore y venta de la refinería San Lorenzo en la Argentina) aunque antiguas, aparecen en el año electoral y han provocado una disminución de 6 puntos porcentuales en la intención de voto de Rousseff”.

A las acusaciones de contratos turbios y corrupción en las altas esferas del directorio de Petrobras, se suman también lo costoso que está resultando ser la extracción de petróleo del Presal (que tantas ilusiones generó) y el aumento de la deuda de la empresa en un 64% durante la presidencia de Dilma, y que se explicaría debido a maniobras de la empresa para tratar de contener la inflación, tema de preocupación creciente también en el país vecino. Así, y como Petrobras no alcanza a abastecer al mercado interno, el combustible comprado en el exterior es vendido en el mercado interno a un precio menor, diferencia que es financiada con deuda.

Por otra parte, en lo que se refiere a materia económica, sobran los pronósticos de estancamiento para este año y el próximo. El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial no ocultaron su pesimismo durante la reunión de Washington, a principio de mes. Sin embargo, como resalta el ex presidente, Inácio Lula da Silva, no se puede dejar de ver hasta qué punto la economía brasileña ha experimentado “un cambio cualitativo” que la ha vuelto “menos vulnerable, más diversa y eficiente”. Sin embargo, ser la séptima potencia económica mundial -líder en biotecnología, fabricante de automóviles, aviones, maquinaria agrícola, pasta de celulosa y aluminio, además de exportar carne, soja, etanol, azúcar, café y naranja – no alcanza para contentar a un pueblo enojado por la inflación, la corrupción y la inseguridad.

Como advierte Andrei Serbin, analista internacional radicado en San Pablo, se percibe “una desilusión en la sociedad brasileña, que siente la proximidad del fin de una etapa de prosperidad que no ha sido aprovechada al máximo. Años de crecimiento, inversiones extranjeras, balanza comercial positiva y de posicionamiento global, no están rindiendo los frutos que el brasileño promedio esperaba”. Esto parece exacerbarse con la proximidad del Mundial que “marca un antes y un después. Y ese después es probable que este dominado por las obras no terminadas, los miles de millones invertidos que no volvieron a la sociedad brasileña, los recursos consumidos por la corrupción, la continuación del crecimiento de los índices de delincuencia.”

Esto explica las actitudes hacia el Mundial que muestran las estadísticas de hoy. La euforia de los tiempos en que se escogió a Brasil como sede dio paso a una actitud negativa con un 55% de brasileños descontentos con el mismo, según Datafolha. Los enormes gastos en estadios que luego no van a servir de mucho (como el de Manaos), los recursos destinados a la seguridad y los billetes arrojados al agujero negro de la corrupción, llevan a que el ciudadano común no se sienta beneficiado ni siquiera por obras en infraestructura y transporte que mejoren su día a día. Del otro lado, los pronósticos de que el rédito económico derivado del turismo será muy modesto y los precios que crecen exponencialmente con la cercanía del evento, acaban en protestas periódicas bajo el lema “No habrá Copa”.

A estas manifestaciones se suman otras, las de las favelas. Los sectores que parecían haber sido “pacificados”, muestran ahora nuevos brotes de violencia y demostraciones de poder de los narco, con ataques orquestados muchas veces desde las cárceles. La política de seguridad, de la que tanto se jactaron los políticos brasileños, comenzó a mostrar fisuras e imposibilidad de readaptarse a nuevas situaciones y consolidarse en el tiempo. El delito, que había mermado, ahora, con la Copa llamando a la puerta, está volviendo a crecer. La fuerte respuesta estatal, con operaciones militares que involucran al BOPE (Batallón de Operación Especiales), al batallón de choque y otras unidades de las Policías Civil, Militar y Federal, trajeron también consigo un reguero de denuncias de violaciones de los derechos humanos, muertes de inocentes, ferocidad policial… y más protestas.

Sin embargo, para Herrera Vegas “ la campaña electoral recién comenzará después del mundial de fútbol. De modo que es prematuro extraer conclusiones definitivas. La evolución de la economía brasileña, que enfrenta serias dificultades, será seguramente un factor importante. Ni hablar de los resultados del futbol.” Pero para otros analistas el descontento brasileño habla de una maduración de su cultura política, del nacimiento de un nuevo ciudadano, que ya no se conforma con fútbol y telenovelas, sino que mira más allá y exige un país mejor. De ser así, estaríamos frente a un hecho muy positivo a extraer de lo que es hoy un río revuelto. Pero veremos qué pasa cuando la pelota comience rodar. Si los brasileños logran abstraerse de los resultados y del fervor deportivos, o si todo el resto de los asuntos a resolver en el Brasil terminan teñidos de “verde e amarelo “.

¿Petróleo para la gente o a pesar de la gente?

Al igual que en la Argentina, otros estado latinoamericanos también debaten profundos cambios vinculados con como hacerse del oro negro escondido bajo su suelo. Se trata de decisiones con gran impacto en sus economías, medioambiente y, sobre todo, en la clase de país que le dejarán a las generaciones futuras.

En Ecuador, el presidente Rafael Correa anunció que estudia autorizar la explotación del Parque del Yasuní, un paraíso enclavado en el Amazonas y reserva de la biósfera para la ONU desde hace 24 años. Se trata de un cambio de 180 grados en la voluntad inicial del mandatario, quien incluso, en otros tiempos, se avocó a convencer a la opinión pública de la importancia preservar la zona (tanto que hoy el 90 % de los ecuatorianos se opone a su usufructo). ¿A qué se debe semejante cambio? Él lo explica con una frase que suele utilizar a menudo: “No me gusta el petróleo, pero mucho menos me gusta la pobreza y la miseria”. Es que su plan inicial contemplaba buscar el apoyo de la comunidad internacional, que giraría a Ecuador el 50% de las ganancias que se podían obtener extrayendo el crudo. Las buenas intensiones brotaron por doquier pero, a la hora de poner la plata, al país llegó solo el 10% de los magros 10 millones de euros recaudados, cuando la cifra prometida era de 2700 millones a desembolsar en 10 años.

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