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	<title>Ricardo López Göttig &#187; purgas</title>
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		<title>¿Hay antídoto contra el autoritarismo?</title>
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		<pubDate>Wed, 23 Sep 2015 09:13:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ricardo López Göttig</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Tras la ola de democratización en América Latina y el sur y este de Europa, se creyó ingenuamente que la democracia liberal y de mercado había triunfado definitivamente y que ya no habría retrocesos hacia regímenes autoritarios. <b>Pero el auge de seudodemocracias que se esconden en elecciones de dudosa confiabilidad o el vendaval populista que viene azotado a América Latina en varios países, llevan a preguntarse si los cimientos de las democracias de la región son lo suficientemente estables</b>.</p>
<p>Una democracia liberal se asienta en tres componentes esenciales: en un marco institucional en el que hay controles y equilibrios, en que entre los líderes políticos relevantes haya consenso en el respeto a los principios fundamentales, y en que la ciudadanía tenga incorporados los valores democráticos y del Estado de derecho. Se suele creer, con gran ingenuidad, que la educación formal es el antídoto que evita que las sociedades caigan en tentaciones autoritarias, pero las experiencias históricas nos exponen que esto solo no es suficiente.</p>
<p>La Alemania de entreguerras era un país culto cuando el nazismo llegó al poder, con grandes cimas en las ciencias, las artes, la filosofía y la tecnología, con los más altos niveles de alfabetización. En su vecina, Austria, la ciudad de Viena fue uno de los grandes centros culturales del mundo de principios del siglo XX. Allí vivieron y estudiaron Sigmund Freud, Eric Voegelin, Friedrich Hayek, Hans Kelsen, Alfred Schütz, Ludwig von Mises y Karl Popper. Pero también fue administrada por el alcalde antisemita Karl Lueger desde 1897 hasta 1910. Y fue en la capital de la monarquía danubiana en donde Adolf Hitler se nutrió de las corrientes antisemitas y racistas, tomando como modelo político a Lueger. La Francia de la Tercera República, laica y humanista, también fue el terreno en donde germinaron autores antisemitas y reaccionarios que luego difundieron sus ideas por el resto de Europa y América. El Imperio de Rusia, y luego Unión Soviética, era un país en el que había grandes científicos y literatos, artistas geniales y profundos.<span id="more-82"></span></p>
<p>Los creadores e intelectuales de enorme relevancia no surgieron de la nada, sino en medios en los que se cultivaron las artes y las ciencias, en donde había escuelas y universidades de primer nivel.</p>
<p><b>Pero tener una formación académica y artística no es un antídoto contra la tentación autoritaria</b>. El escritor británico H. G. Wells admiró a Benito Mussolini y a Stalin, Ezra Pound declaró abiertamente su adhesión a Hitler y Mussolini. George Bernard Shaw y Romain Rolland viajaron a Moscú para demostrar su devoción a Stalin, en tiempos en que el régimen ejecutaba purgas criminales en forma masiva, envuelto en la paranoia persecutoria. G. B. Shaw llegó a justificar los crímenes de Stalin, al aseverando: “Nuestra pregunta no es matar o no matar, sino cómo seleccionar las personas correctas a matar”. Es a este tipo de razonamientos estremecedores al que se referirá el gran cuentista Rodolfo Wilcock, con su ironía magistral, en <i>La sinagoga de los iconoclastas</i>: “Los utopistas no reparan en medios; con tal de hacer feliz al hombre están dispuestos a matarle, torturarle, incinerarle, exiliarle, esterilizarle, descuartizarle, lobotomizarle, electrocutarle, enviarle a la guerra, bombardearle, etcétera: depende del plan. Reconforta pensar que, incluso sin plan, los hombres están y siempre estarán dispuestos a matar, torturar, incinerar, exiliar, esterilizar, descuartizar, bombardear, etcétera”.</p>
<p>Saber leer y escribir, tener conocimientos de ciencias y artes, o incluso alcanzar las cumbres del pensamiento, no son antídotos para no caer en las más aberrantes conductas autoritarias. <b>¿Qué es lo se puede hacer, entonces? Educar, sí, educar en los valores democráticos, humanistas y liberales, vivir y convivir en el respeto a la libertad, la diversidad y el pluralismo</b>. Y en esto deben contribuir familias, escuelas, instituciones, partidos políticos, denominaciones religiosas, medios de comunicación y sociedad civil. Aun así, el resultado no está garantizado.</p>
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		<title>Dos sentencias por el genocidio camboyano</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Aug 2014 15:33:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ricardo López Göttig</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Dos antiguos líderes del Jmer Rouge, el partido comunista de Camboya que gobernó salvajemente entre 1975 y 1979, fueron sentenciados a prisión perpetua por la deportación de la población de las ciudades al campo, en la que murieron miles de personas. Son dos octogenarios: Nuon Chea, de 88 años; y Khieu Samphan, de 83. Otros líderes del movimiento Jmer Rouge murieron durante el proceso; pero el principal de ellos, <strong>el enigmático Pol Pot, falleció en la selva en 1998 antes de que comenzaran los juicios por crímenes contra la humanidad.</strong></p>
<p>El Reino de Camboya se independizó de Francia en 1954 pero, siendo parte del convulsionado Sudeste asiático, fue también escenario colateral de las dos guerras de Vietnam. Cuando se abolió la monarquía, comenzó la guerra civil del gobierno militar de Lon Nol contra guerrillas marxistas, que finalmente tomaron la capital Phnom Penh en 1975.</p>
<p><span id="more-42"></span></p>
<p>Con el argumento de que querían proteger a la población urbana de posibles bombardeos de Estados Unidos, <strong>el Jmer Rouge obligó a todos los habitantes a partir hacia el campo</strong>. En estas marchas, que duraron días o semanas, fallecieron miles por falta de atención médica, agua y alimentos. Esta disposición no fue transitoria, porque el régimen de Pol Pot tenía el propósito de establecer una <strong>utopía comunista agraria</strong>, procurando dar un salto por encima de las etapas históricas por las que, según Karl Marx, debían pasar todas las sociedades en su evolución: el capitalismo y el socialismo. Se abandonaron las ciudades, asesinaron a los profesionales universitarios, antiguos funcionarios y monjes, fueron abolidas la moneda y la propiedad privada y se dividió a las familias. Los grandes complejos de palacios y templos fueron olvidados, devorados por la jungla. Por debajo de los líderes del Jmer Rouge, los soldados militantes eran adolescentes y preadolescentes, por lo que no tuvieron escrúpulos en intentar en barrer con todo lo que significara el pasado. Establecieron sistemas de clasificación social muy rigurosos en los campos colectivos, en los que únicamente se permitía la propiedad de un tazón y una cuchara, y en el que toda queja se interpretaba como una conducta burguesa a ser eliminada con la muerte.</p>
<p>Las purgas también se desataron contra miembros del propio Jmer Rouge, con las clásicas acusaciones de colaboración de aldeas completas con la CIA y el régimen socialista de Vietnam. Sólo la República Popular China sostenía al régimen comunista camboyano, y cabe subrayar que el reformista Deng Xiaoping mantuvo ese sostén político al Jmer Rouge.</p>
<p><strong>¿Cuántos muertos dejó esta utopía rural comunista?</strong> Las cifras varían y será imposible llegar a un número preciso, porque resulta difícil saber cuántos murieron por hambre, enfermedad –mataron a los médicos y enfermeras, y no producían medicamentos-, torturas y ejecuciones. No obstante, se estima que las víctimas fueron entre 1.700.000 y dos millones, lo que significa entre un cuarto y un tercio de la población del país. En 1979, el país fue liberado por el ejército de Vietnam, que instaló un gobierno aliado que puso fin a los campos de exterminio, pero la guerra civil continuó hasta los años noventa.</p>
<p>Fue con la restauración de la monarquía constitucional del Rey Sihanuk y el apoyo de la comunidad internacional que Camboya pudo comenzar a sanar sus profundas heridas, restablecer la paz e investigar los crímenes contra la humanidad. Como testigos silenciosos del horror, en cada aldea se levantan grandes osarios de las víctimas, para preservar la memoria: la memoria de ellos y la nuestra.</p>
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