Explosiones de cinismo

La Presidente tiene una enorme facilidad para decir en público todo lo contrario de lo que hace. Ayer en Santiago del Estero presentó la idea de “empezar a pensar” el traslado de la Capital al interior del país -ella dijo, “¿por qué no Santiago del Estero, madre de ciudades?”- y en ese acto, sin perder ocasión para darle un palo a alguien, aprovechó para decir que estas ideas de avanzada había que llevarlas adelante más allá de lo que dijeran las encuestas.

“Estoy segura que mañana ya van a aparecer las encuestas diciendo que esto es impracticable, pero los líderes deben llevar adelante las ideas que benefician al país más allá de lo que dicen las encuestas… Estoy segura de que si San Martín hubiera sometido a una encuesta el cruce de los Andes le habría dado negativo..”

Más allá de que la referencia pendenciera era completamente inútil porque nadie la había atacado, el concepto, cuando se lo contrasta con las realidades con las que el gobierno se mueve, es completamente falso.

Si hay un gobierno que en decisiones fundamentales se ha guiado por las encuestas, ese gobierno es el de los Kirchner. Recuerden lo que los documentos prueban de su postura respecto de los derechos humanos. No existe un solo registro que pruebe la preocupación de Néstor o Cristina por el tema, mientras transcurrían los años de plomo en la Argentina e incluso luego, en democracia, cuando ya Alfonsín había puesto el drama sobre la mesa.

Fueron las encuestas las que torcieron aquel protagonismo y lanzaron al matrimonio a hacerse pasar por los adalides de esa la lucha.

Del mismo modo ocurrió con el proyecto de ley de matrimonio igualitario. La Sra de de Kirchner tenía una postura fuertemente contraria a su implementación. Lo mismo que su esposo. Fue Vilma Ibarra quien, desde Nuevo Encuentro, había presentado la idea y a quien le habían sugerido sutilmente que la abandonara. La diputada no se amilanó y presentó el proyecto. A partir de su conocimiento comenzaron a conocerse encuestas que le daban un amplio apoyo. Los Kirchner cambiaron en el acto, a tal punto que ese voto fue el único que emitió Néstor mientras fue diputado. La presidente tuiteó: “Sin Kirchner no habría matrimonio igualitario”.

Otro tanto sucedió con la AUH que, cuando era un proyecto de la diputada Carrió, recibía las críticas de la Presidente bajo el argumento de que se trataba de una iniciativa “asistencialista”. Bastó que las encuestas lo endosaran para que el gobierno girara sobre su propio eje y se apropiara de la idea.

Qué decir del cambio copernicano frente al Papa Francisco. De la frialdad más absoluta de “estamos contentos porque hoy tenemos un Papa latinoamericano” a convertir a Bergoglio practicamente en su confesor personal.

Y, más recientemente, en la cuestión de los buitres, la Presidente se envalentonó cuando las encuestas que le llevaban a su escritorio demostraban que una porción mayoritaria de la sociedad convalidaba su postura combativa.

Sin embargo, ayer la Sra de Kirchner la emprendió contra las encuestas bajo el argumento de que “los grandes líderes” no se deben dejar llevar por ellas. En fin…

Pero yendo al fondo de la cuestión del traslado de la Capital, la idea ha sido fomentada por el presidente de la Cámara de Diputados, Julián Dominguez que también ha lanzado su candidatura a Presidente.

Escuchar a Dominguez hoy profundizar sobre los fundamentos de su iniciativa le hace a uno preguntarse si nos están cargando, si en el gobierno existen cauces complemente contradictorios y sus protagonistas hacen como que no los ven para cuidar su puestito detrás de un liderazgo monolítico al que no se le animan, o si lo que prima es un cinismo excelso que hasta podríamos llamar “profesional”.

Preguntado el Presidente de los Diputados sobre las razones que lo llevaron a presentar la idea dijo que si uno estudiaba las principales inversiones de los últimos años y el flujo de negocios regional, llegaba a la conclusión de que era el norte del país donde todo ese movimiento se concentraba, por lo que era estratégico mudar el centro de las decisiones políticas más cerca de donde todo eso pasaba y que en particular Santiago del Estero reunía muchas de las condiciones que se precisaban para aprovechar esas ventajas. Una de ellas era la cercanía al Pacifico, al que definió como el “centro de los negocios y del comercio del mundo de hoy”. Dominguez también dijo que el país debía aprovechar esta ola y convertirse en una máquina de exportar para “salir a comerse la cancha…”

Uno se restrega los oídos y dice, ¿pero es verdad lo que estoy escuchando?, ¿qué está diciendo este señor? La razón de la incredulidad estriba en que todo el discurso ideológico del gobierno al que Dominguez pertenece es completamente contrario a esas ideas. Por empezar, la noción general de “mundo” es una idea aborrecida por el núcleo duro del cristinismo. La Presidente es la líder de una corriente aislacionista que persigue descolgar a la Argentina del mundo; “del flujo de intercambio”, en palabras del presidente de la Cámara de Diputados. El modelo que Kicillof y la Presidente representan odian los “flujos de intercambio”. Al contrario, promueven el encierro y el “vivir con lo nuestro”. ¿Desde cuando el ala que tiene la sartén por el mango en el gobierno promueve la integración global, y el “salir a comerse la cancha”?

Dominguez se refiere al “centro de los negocios y al comercio del mundo de hoy”, ¡pero si la usina central del pensamiento económico decisivo del gobierno aborrece los “negocios” y el comercio! Lo dijo Kicillof en el Congreso: “Hay dos conceptos que odio: la seguridad jurídica y el clima de negocios”.

Sin ir más lejos la propia Presidente acaba de lanzar en la Bolsa de Comercio la idea de generar un mercado de capitales propio con independencia del mundo, precisamente para no depender de él y para seguir encerrados en nuestras propias fronteras. ¿Cómo se compatibiliza eso con la idea de Domínguez de “salir a comerse la cancha”, si el mismísimo concepto de “salir” está mal visto?

En sus ensoñaciones, el presidente de los diputados salió a hablar de avalanchas de exportaciones, cuando la realidad es que decenas de industrias se han fundido por las prohibiciones de exportar, empezando por la industria láctea y la ganadería. Y otras miles se debaten entre mil trabas ridículas que seguramente se extrapolarán a la enésima potencia cuando la Cámara que él preside -y probablemente con sus ingentes esfuerzos personales para lograrlo- convierta en ley el proyecto de abastecimiento.

Por todo esto uno se pregunta ¿en manos de quien estamos?; ¿tiene esta gente una noción global, compatible y coherente sobre el set de ideas que quiere aplicar? Ni siquiera discutimos si estamos o no de acuerdo con esas ideas. Lo que preguntamos es algo previo: si tienen alguna idea enhebrada seriamente para presentarle al país. 

Da la sensación de que muchos personajes importantes del gobierno tienen una desconexión muy grande entre sus ideas, sus tácticas y hasta sus conveniencias personales. En el caso de Dominguez, por ejemplo, si este es su pensamiento real, debería estar peléandose con medio mundo en el gobierno, empezando por hacerlo con la propia presidente. Pero sus conveniencias políticas le indican lo contrario. Y Dominguez prioriza esas pequeñeces antes de salir a defender aquello en lo que cree. A veces cuando sale en público y manifiesta sus verdaderas convicciones estratégicas no tiene otro remedio que echar mano del cinismo, porque solo ese arte, pariente de la hipocresía, torna posible seguir perteneciendo al gobierno y decir todo lo contrario a lo que el gobierno hace.

Confusiones esenciales

La biografía no autorizada de la Presidente escrita por la periodista Laura Di Marco entrega varios costados interesantes sobre la personalidad de la Sra. de Kirchner pero también sobre cómo la Argentina define determinadas cuestiones y sobre cómo y por qué califica de tal o cual modo a las personas.

En el capítulo dedicado a la génesis de la Asignación Universal por Hijo (AUH), Laura cuenta que la iniciativa había surgido en el ámbito académico bastantes años antes del interés del Gobierno por implementarla. Tanto antes que sus orígenes se remontan a los finales de la década del 90, cuando la diputada Carrió presentó la idea basada en los estudios de Rubén Lo Vuolo y Alberto Barbeito.

La Presidente siempre se mostró contraria a su implementación bajo el argumento de que se trataba de una medida “asistencialista” y que, a esos fines, eran mejor los planes Jefes y Jefas de Hogar que manejaba su cuñada, Alicia Kirchner.

Sin embargo, el 9 de Septiembre de 2009 todo aquello iba a cambiar. Ese día apareció en la portada de La Nación un artículo que se basaba en un reportaje a la Dra. Roxana Kreimer bajo el título “La violencia social y el delito son frutos de la desigualdad”.

El artículo captó la atención del entonces ministro de Justicia y Seguridad, Julio Alak, que ni lerdo ni perezoso citó a Kreimer a su despacho. En ese encuentro, la filósofa le soltó la definición sobre la que basa la edificación de toda su teoría, volcada en el libro “Violencia Social y Desigualdad”. Kreimer le dijo a Alak que “no es la pobreza, la falta de educación o el desempleo lo que determina el mayor o menor grado de inseguridad en los países, sino la desigualdad social. Las sociedades de consumo proponen, en lo formal, las mismas metas para todos, pero, en la práctica, solo algunos las pueden alcanzar. La frustración, la violencia y el delito son los frutos de esa desigualdad.”

Alak confesó que la Presidente era muy afín a “este tipo de miradas” y que él estaba trabajando en un plan de seguridad “que no podía llevar a cabo” por razones políticas”, pero que su idea le parecía muy acertada y muy buena para encarar una temática tan controvertida.

Más allá de cómo continuó la historia -la AUH fue sancionada un mes después en octubre de 2009 por el decreto 1602/09- surgen varias conclusiones de esta historia que podrán parecer simples pero que tienen interesantes costados cómo para descubrir el proceso decisorio de la Argentina.

En primer lugar, salta a la vista que el Gobierno no tenía (ni tiene) ningún plan conexo prácticamente respecto de ninguna cuestión. Todos son arrestos individuales, movidos por la moda, las encuestas o “lo que dice la gente”. El propio Alak decía en esa reunión con Kreimer que él tenía una idea respecto de la seguridad pero que no la podía implementar por motivos políticos.

En segundo lugar, llama la atención cómo una iniciativa importante del Gobierno (para algunos la más importante que tomó la Sra. de Kirchner) fue finalmente gatillada por un artículo de un diario. Es decir, no respondió a una estrategia pensada dentro de un marco interconectado de ideas y tácticas para encarar y resolver un problema, sino que fue un espasmo eventual, que podría no haber sucedido nunca si La Nación no entrevistaba a Kreimer.

En tercer lugar, da cuenta de cómo el país suele encandilarse con personas y corrientes con una facilidad pasmosa, con la misma facilidad que tiempo después las deja de lado. También es curioso ver cómo la sociedad (o cierta clase dirigente) tiene la alegre discrecionalidad de colgarle el mote de “eminencia” a ciertos personajes que luego llevan esa cucarda por efecto de la repetición impensada del adjetivo, que queda adicionado a sus personas como las palabras que aprenden los loros quedan pegadas a su memoria irracional. El alto impacto que acusó Kreimer en Alak se encuadra dentro de este misterio.

No sabemos de dónde obtuvo la Dra. Kreimer su prestigio, pero si debiéramos inferir su versación de la frase que pronunció como si fuera una sentencia frente al ministro, la conclusión no sería muy halagüeña. En efecto, Kreimer dijo aquella mañana que “el grado de inseguridad de los países no depende de la (…) educación, sino de la desigualdad social (…) la sociedad de consumo propone, en lo formal, las mismas metas para todos, pero, en la práctica, solo algunos las pueden alcanzar” generándose de ese modo el caldo de frustración que genera en violencia y delito.

No sabemos de dónde ha sacado esto la Dra. Kreimer, pero sí sabemos que ha leído una historia, una filosofía del Derecho y una sociología económica o muy errada o muy sesgada.

Es una mentira total que “las sociedades de consumo” -si lo quieren más claro, que la “democracia liberal”, o, más claro aún, que el “capitalismo”- propongan “las mismas metas para todos”. Ese concepto, que es el embrión de toda la idea que Kreimer desarrolla después, es completamente errado. La democracia liberal o el capitalismo lo que proponen es la misma “caja de herramientas” para todos y el mismo “manual de instrucciones”. Esto es, los mismos derechos y la misma ley, igual, única y general para todos. A partir de allí lo que cada uno de nosotros haga con la “caja de herramientas” (el uso libre y combinado de los derechos de que disponemos) dentro del marco de legalidad general, será una cuestión nuestra y también una manera de diferenciarnos en la vida, de acuerdo a nuestras personalidades, a nuestros gustos, a nuestras preferencias y prioridades. Es una completa falacia decir que el sistema capitalista promete las mismas metas para todos y que cuando esas metas, en la práctica, no se cumplen de manera pareja para todos la gente se frustra y empieza a robar y a matar a congéneres por la calle. Eso es un disparate.

Los seres humanos no son robots que tengan objetivos por duplicado, copiados con carbónico, porque si eso fuera así, el sistema capitalista sería acusado justificadamente de no reconocer la variedad de las personalidades y de las preferencias humanas y de pretender estandarizar las metas de todos.

La democracia liberal es un sistema multicolor que permite la libre elección de un plan de vida. Qué brinda un “manual de instrucciones” (el orden jurídico) general e igualitario para todos y una “caja de herramientas” (los derechos y garantías de la Constitución) para que cada uno podamos darle forma a nuestra vida (y a nuestras “metas”) dentro del marco de prioridades personales de cada uno. La democracia liberal está muy lejos de ser un sistema que estandarice las metas de todos. La riqueza y vivacidad de su sistema de vida radica justamente en esa diversidad.

Pero para que el “manual de instrucciones” sea entendido y la “caja de herramientas” sea útil, se debe educar a la sociedad. Educarla en los valores de la libertad y de la honradez de modo que las diferencias de “metas” sean tomadas como la consecuencia de un sistema de elecciones, libre, individual, por el que cada uno se ha inclinado en la vida siguiendo sus gustos y preferencias y no como el resultado de la maldad intrínseca de un sistema que me ha llevado al fracaso.

Si el sistema educativo trasmite esa concepción envidiosa del mundo, entonces será ése, y no el sistema capitalista, el embrión del mal. En efecto si los chicos desde muy chicos no reciben el mensaje de que viven en una sociedad que les permite elegir lo que quieren ser y cómo quieren serlo, usando un sistema de derechos y garantías dentro de un orden legal justo, sino que, al contrario, son educados bajo la idea de que viven en una sociedad injusta por definición que debería entregar el mismo “output” para todos y que, como no lo entrega es discriminatoria en favor de unos y en perjuicio de otros, obviamente se está creando un germen de resentimiento que muy posiblemente genere violencia y eventualmente delito (también teniendo en cuanta las diferentes personalidades de los seres humanos y la diferente manera que tenemos todos de absorber aquellos mensajes de cizaña)

Pero, de nuevo, lo grave aquí es que una intelectual de aparente renombre elabore teorías alambicadas que parten de una premisa completamente errónea y que el Gobierno le dé predicamento sin analizar lo que se está diciendo. Para la Dra. Kreimer -y evidentemente para Alak y la Sra. de Kirchner- la no violencia en comprable por plata y el delito no existiría si “las metas” de todos estuvieran igualadas. Esa sí que es una banalización del problema y una visión “consumista” de la vida.

No hay dudas que el mejor camino para prevenir el delito, la violencia y otras tantas calamidades humanas es la educación y no la plata, o, si quieren, “la plata” pero  invertida en educación buena (esto es, de nada vale tirar millonadas de dólares -como de hecho ocurre en la Argentina que dedica el 6,5% del PBI al presupuesto educativo- si las premisas trasmitidas son aquellas basadas en la envidia y el resentimiento).

Los chicos desde chicos deben ser educados en el espíritu sano, libre, igualitario y diferente de la Constitución para que aprendan que cada uno es dueño de su destino. Que la ley es pareja, que las metas personales son diferentes, que los derechos son iguales y que la Justicia es imparcial. Por supuesto que todo eso (los derechos iguales, la ley única, la justicia imparcial) debe ser cierto en los hechos, pero no es  diciéndoles a  los chicos que  la democracia liberal  “asegura”  las mismas  metas  para  todos y que eso es una falacia -como dice la Dra. Kreimer- , porque eso es definitivamente mentira. Al contrario, la democracia liberal quiere que todos tengamos metas distintas y que eso haga que la vida tenga sentido para cada uno, como seres únicos e irrepetibles que somos.

Un jacobinismo de consecuencias imprevisibles

¿Por qué la Presidente eligió lanzar el país a un jacobinismo de consecuencias imprevisibles? Nadie lo sabe. El día jueves, en el marco del enésimo discurso anunciando un plan de subsidios y fomento, anunció que su Gobierno aplicaría la Ley Antiterrorista a la compañía RR Donnelley por considerar que la quiebra de dicha empresa fue una maniobra provocada a propósito para alterar el orden social y económico.

La Presidente dijo que parte del paquete accionario de la imprenta pertenecía a un fondo controlado por Singer, en una especie de “confabulación mafiosa internacional” contra la Argentina.

Se trató de un discurso preparado para amoldar las necesidades políticas de su gobierno a los términos de una ley dictada con todas las ambigüedades posibles del lenguaje para dar lugar, precisamente, a que su aplicación se adecue a una coyuntura determinada.

La Presidente también dijo que era “la primera vez” que se aplicaba. Se trató de un dato erróneo o, quizás de una desinformación presidencial. La ley antiterrorista pretendió ser aplicada antes contra manifestantes en Famatina y contra el periodista Juan Pablo Suarez en Santiago del Estero. Este último estuvo preso 10 días simplemente por filmar las escenas de una rebelión policial en su provincia.

La ley establece ciertos requisitos (coherentes al menos con el objetivo blanqueado al sancionarla, esto es, cumplir con una imposición del GAFI para evitar el lavado de dinero) que incluyen la necesidad de probar una vinculación con una red terrorista internacional, que se laven activos financieros, que existan armas y explosivos y que se incite al odio racial, étnico o religioso con el objetivo de causar terror a la población.

Cómo hará el Gobierno para probar la existencia de armas, explosivos, incitación al odio racial o religioso para causar terror en la población, tampoco lo sabemos. Pero lo que resulta evidente es que el intento pasará por describir la maniobra como una acción programada por los fondos buitres (que a estos efectos ocuparían el lugar de la “asociación ilícita internacional”) para aterrorizar a la población por la vía de hacerle creer que la economía se desploma con la inocultable consecuencia de la pérdida de empleos y fuentes de trabajo.

La Sra. de Kirchner agregó que para ese objetivo la empresa había contado con la inestimable colaboración de la prensa (tan buitre como Singer y Donnelley) que con “grandes titulares anunciaba la pérdida de 400 puestos de trabajo” y de la Justicia, en la persona del juez comercial Gerardo Santiccia, a quien acusó de fallar una “quiebra express” (“el que quiera una quiebra rápida ya sabe adónde ir… Hasta Griesa es más lento…”, ironizó). También dijo que el Gobierno pedirá que se revoque la quiebra y se investigue la “defraudación”. También anunció que irá a la SEC de Estados Unidos (la agencia que regula y controla Bolsas y valores de ese país) donde Donnelley informó de sus pérdidas por el cierre en Argentina.

Todo esto es gravísimo. La Presidente está embarcando al país en un sistema de vida peligroso que incita a la tacha de argentinos bajo el argumento de que son “buitres” locales. Está poniendo en peligro lo que queda en pie del sistema de garantías de la Constitución. Está tergiversando la aplicación de la ley retorciendo su interpretación para que ésta cuadre con sus objetivos y está acusando a individuos de pertenecer a organizaciones criminales con ramificaciones internacionales, todo de una manera temeraria, sin pruebas y sin seguir los procedimientos que la propia ley argentina prevé para casos como los que la Sra. de Kirchner insinúa.

En efecto, la ley de quiebras establece la figura de la quiebra fraudulenta cuando se sospeche que dicha declaración envuelve una estrategia para estafar a los acreedores o para evadir las obligaciones comerciales, laborales o impositivas de la empresa. Pero acudir a la Ley Antiterrorista  (olvidando que en el Derecho Penal no existe la analogía y no se puede aplicar una ley punitiva por “semejanzas”, sino que en cada caso deben cumplirse taxativamente los requisitos establecidos en el tipo penal para poder aplicar la ley) es una maniobra del tipo “quemar las naves y que se pudra todo”, francamente inconcebible en una jefe de Estado, en la que debería primar la cordura, el tino y la sensatez.

Si todo el argumento en el que se basa esta movida es que Donnelley tiene un socio minoritario llamado Black Rock al que la presidente vinculó con Singer (“todas las piezas comienzan a encajar”, dijo) sería conveniente que revise su información antes de seguir adelante con esta locura.

En efecto Black Rock posee unas pocas acciones en Donnelley (nada que le permita decidir la quiebra de una de sus subsidiarias en el mundo). Pero la Sra. de Kirchner omitió explicar -no sabemos si adrede o porque realmente no lo sabe- que ese fondo también posee un porcentaje minoritario de acciones en la petrolera estatal YPF. Además, Larry Fink, el CEO de Black Rock, fue una de las pocas figuras de primer nivel de Wall Street que apoyaron expresamente a Argentina en el conflicto con los buitres. Fink llegó incluso a presentarse como “amicus curiae” de la Argentina ante los tribunales neoyorkinos en defensa del país y en contra del fallo del juez Thomas Griesa.

En fin, cada vez son más los indicios de que toda esta tremenda complicación con los holdouts le ha venido como anillo al dedo al Gobierno. Le cayó del cielo, como la mano levantada del defensor de Nacional para provocar el penal que salvó a San Lorenzo de su peor momento en el partido por la final de la Copa Libertadores.

Ahora todas las vicisitudes económicas serán culpa de los “buitres”; quienes hagan comentarios de cualquier naturaleza que no sean del agrado del gobierno serán “buitres locales”, como ya lo dijo Kicillof; los partidarios de la venezuelización completa de la Argentina y del desacople final y definitivo de la Argentina con el mundo tendrán la excusa perfecta para perfeccionar sus anhelos.

En ese sentido. era hasta gracioso ver el viernes a la mañana la manifestación de estudiantes universitarios y secundarios en las inmediaciones del Obelisco “contra las empresas norteamericanas buitres”. Pero uno se pregunta, si se está dando lo que quieren ¿por qué se quejan? Si las empresas “norteamericanas buitres” están saliendo de la Argentina ¿por qué protestan? No era eso lo que reclamaban? ¿O al final querían que se quedaran? Es increíble: los muchachos revolucionarios salen a la calle a hacer bardo y ni siquiera saben por qué lo hacen.

La jacobinización de la Revolución Francesa terminó con la Revolución Francesa y arrojó a Francia a las manos de Napoleón, en una parábola entre graciosa y paradójica -aunque muy explicable si uno estudia el fenómeno de la Revolución y si uno estudia hasta la propia Francia- teniendo en cuenta que todo había empezado para liberar al pueblo francés de la dictadura de la monarquía.

Solo esperemos que la jacobinización de Cristina no genere un nuevo tipo de despotismo en la Argentina.

Ley de Abastecimiento: hacia un régimen de libertad condicional

Comentábamos con anterioridad en este mismo lugar lo que estaba por venir en la Argentina. Sin embargo, ahora que todo ese rumbo está por confirmarse, resulta francamente increíble, aun para nosotros que ya lo comentamos, que el Gobierno crea que transformando a la Secretaría de Comercio en un soviet, la Argentina va a resolver los enormes problemas que fueron creados justamente por aplicar teorías de esa misma raíz ideológica aun cuando los intentos hasta ahora hayan sido mucho mas larvados.

Es como si alguien que quisiera probar los beneficios de estar en buena forma física hubiera fracasado probando los virus de la gripe e intentara mejorar su condición con el del sida.

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La viabilidad de la Argentina

Cuando de repente uno advierte que muchas cosas que fueron argumentos para chistes, caricaturas y otras tantas representaciones del humor, forman el núcleo central del pensamiento de la Presidente, las preocupaciones crecen hasta transformarse en pánico.

Por segundo discurso consecutivo, la Sra. de Kirchner volvió a elaborar en público su tesis sobre por qué la Argentina atraviesa por las dificultades que atraviesa. Dijo, por otro lado, que este es un ciclo repetitivo (como dando a entender que no solo ha afectado a su gobierno) que se produce cada vez que el mundo advierte que el país empieza a “levantar la cabeza”.

Es en ese momento, de acuerdo con la idea presidencial, que el mundo cita a una secreta confabulación internacional para cortarnos las piernas de cuajo.

Para ilustrar su convicción contó una anécdota que le confesó un presidente de la región (“que no pertenece a nuestra ideología…” “Es un buen hombre” -dijo- “pero no piensa como nosotros… bueh… no importa…”, agregó). La Sra de Kirchner dijo que este colega le había dicho que, en una reunión con economistas norteamericanos, había surgido la teórica pregunta sobre cuál sería el único país que sobreviviría a una situación de aislamiento internacional. “¿Qué pasaría”, preguntaron, “si de pronto se suspendieran las exportaciones y las importaciones, nadie le vendiera nada a nadie y todos los países se recluyeran sobre sus propias fronteras…?, ¿cuál sería el único país que sobreviviría…?”. El aire se cortó por un instante hasta que un economista norteamericano dijo “La Argentina”.

Pasada la anécdota, la Presidente volvió sobre los argumentos que ya había dado el viernes por los cuales ella cree, efectivamente, que aquella reducción de la teoría es enormemente práctica. Dijo que el país es el octavo del mundo en dimensiones, que tiene una densidad de población baja, que tiene minerales, agua, energía, alimentos y una población altamente educada. Por eso podríamos prescindir de todos. Y por eso nos quieren tumbar. Por eso cuando toda esta verdad comienza a tomar cuerpo real “empiezan los misilazos y los bombardeos…”, dijo la Presidente.

Es decir, la presidente cree realmente que la Argentina puede convertirse en una amenaza para el mundo; la Sra. de Kirchner está convencida de que el país es tan excedentario en todo que el mundo lo tiene en la mira para bajarle el copete porque, si no lo hiciera, la Argentina se lo comería crudo.

El corazón de está creencia ha servido históricamente de base a innumerables cuentos, chistes, monólogos de humoristas, caricaturas y -en mucha medida también- ha servido para forjarnos el concepto que muchos países tienen de nosotros.

Ahora, que ese guión humorístico se haya convertido en la convicción principal de la Presidente de la República, es preocupante. Y mucho más cuando dicho pensamiento sea el que motoriza las decisiones que toma.

No caben dudas que más allá de las exageraciones que permite el lujo de la teoría (como preguntar retóricamente que ocurriría si, de pronto, dejara de existir el comercio internacional) es cierto que la presidente actúa en los hechos como si esa opción fuera realmente cierta. Y, para ser sinceros, no está sola en ese pensamiento. A todos nos resulta familiar la expresión “vivir con lo nuestro”, creída con vehemencia por Aldo Ferrer -un economista con simpatías por el gobierno- a tal punto de hacerla el título del que probablemente haya sido su libro más conocido.

Es decir, existe, efectivamente, en el país, una corriente fuertemente asilacionista que cree que la Argentina no solo podría entregarle aceptables niveles de vida a su gente viviendo aislada del mundo, sino que esa práctica sería hasta mejor como elección voluntaria y no solo por la obligación que le imponga una catástrofe.

Pero en este punto lo importante no es lo que piensa la presidente o Aldo Ferrer o los muchos teóricos que adhieren a la idea. Con todo lo grave que esto podría llegar a ser por los efectos de medidas tomadas en la creencia de que el mundo nos quiere hundir, lo que realmente importa es saber qué opinamos nosotros; qué sentimos nosotros frente a esto; si realmente pensamos que este disparate tiene algún viso de realidad.

La presidente tampoco ha explicado por qué a otros países se les permite el éxito y a nosotros no. Australia, Nueva Zelanda, Singapur, el propio Japón luego de la guerra, Irlanda, el sudeste asiático, son ejemplos de éxito por los que el mundo ni se ha mosqueado. Al contrario, ha recibido a todos ellos en el seno de una comunidad próspera que se interrelaciona para avanzar.

Otros países que no son una “joyita” pero a los que claramente mirábamos por encima del hombro no hace tanto tiempo (México, Brasil, Perú, Colombia, Chile y hasta el propio Uruguay) nos han superado regionalmente sin que el mundo se pusiera en guardia por ello. Frente a su crecimiento nadie convocó a una Convención Internacional en las sombras para idear un rápido plan de “misilazos y bombardeos”

La Argentina es un país importante. Claro que lo es. O podría serlo, para mejor decir. Pero son nuestras políticas y el tipo de instituciones políticas y económicas que nos rigen las que sabotean ese triunfo. El mundo recibiría con beneplácito a una Argentina desarrollada al seno de un conjunto de naciones de avanzada, interrelacionadas por el comercio y por la creencia en un conjunto de valores que probaron ser la base del buen nivel de vida. Nadie nos pondría un palo en la rueda en ese camino.

No sabemos por qué la Presidente cree que la opción a una Argentina exitosa debería ser un mundo fracasado. O por qué un mundo exitoso necesita de una Argentina derrumbada. No hay ninguna guerra aquí. No hay oposición entre el exito del mundo y el éxito de la Argentina. Repetimos: Australia pudo alcanzar el éxito mientras el mundo seguía con el suyo. Eventualemente, ambos se encontraron y se beneficiaron mutuamente de tal circunstancia. Pero el desarrollo no es binario; no deja de suceder en un lado porque sucede en otro: puede ocurrir en ambos lugares a la vez, si en ambos rigen el tipo de instituciones que lo hacen posible.

Con todo lo lamentable que es confirmar que la mandataria de una nación tiene un pensamiento tan irreal, lo más inquietante sería saber cómo es el pensamiento medio de la sociedad argentina respecto de estas cuestiones. Aunque si en la última década nos llamaron a votar seis veces y lo hicimos de la manera que lo hicimos, algunos indicios podríamos tener como para ayudarnos a saber cuál puede ser nuestro rumbo futuro.

La crisis económica como éxito político

No recuerdo a ningún argentino que reivindique a Leopoldo Fortunato Galtieri. Tampoco a nadie que abiertamente admita que votó a Menem. O a De la Rúa.

Todos los sucesos que hicieron posible la sustentabilidad temporal de Galtieri, los más de diez años en el poder de Menem y el estrellato fulgurante del presidente de la Alianza, sin embargo, fueron posibles por el apoyo de una mayoría evidente de argentinos.

La invasión de las Malvinas produjo una explosión de nacionalismo que llenó de bote a bote la Plaza de Mayo durante varios días en aquel comienzo del otoño de 1982. Galtieri era Gardel. A sus palabras “si quieren venir que vengan: le presentaremos batalla…” seguían alaridos de apoyo antimperialista. En el año del Mundial de España, con Maradona sumándose al plantel del Campeón del Mundo vigente (de 1978) aquello parecía la previa de otro campeonato ganado, una fiesta de la argentinidad. Recuerdo claramente la palabra “majestuoso” haciendo referencia al presidente militar.

Tres meses después, en todos los bares de la Argentina, los expertos (que por supuesto ya éramos en estrategia militar) nos encontrábamos condenando al “majestuoso” y a todo el gobierno que había estado a milímetros de consolidar, quién sabe por cuánto tiempo más, la dictadura militar.

En 1995, cuando ya nadie podía ignorar el perfil del gobierno de Menem, cuando ya no había slogans difusos como “síganme que no los voy a defraudar” sino 6 años y medio de un gobierno cristalino en cuanto a su rumbo, el presidente que había logrado reformar la Constitución a favor de su propia reelección ganaba la contienda electoral con el 52% de los votos. Cuatro años después los varones se tocaban el testículo izquierdo al nombrarlo y las mujeres las mamas del mismo lado. Nadie parecía haberlo votado. Había ganado, seguramente, con los votos de un electorado extranjero especialmente traído al país a los efectos de votar. Los argentinos nos habíamos convertido en expertos en moral y ética (los principales achaques al menemismo) y nos preparábamos para elevar al gobierno a una asociación de partidos de centro izquierda, encabezada por el radicalismo porque identificábamos allí el nuevo Sol que salvaría a la república de tanta inmundicia.

Dos años después no era posible encontrar a nadie que confesara su amor por De la Rúa y por la Alianza. En ese momento todos “sabíamos” que aquello era un “engendro”, una “bolsa de gatos” que no podía funcionar… “Yo te lo dije: esto no iba a andar…” Ya nadie recordaba los festejos de octubre de 1999 cuando De la Rúa vencía a Duhalde. “¿Quién yo…?, ¡si yo siempre dije que De la Rúa era un tarado…!

Luego vino lo que todos sabemos: el default de Rodriguez Saá festejado como el gol de Maradona a los ingleses, también detrás de consignas nacionalistas, todos envueltos en la bandera y al grito de ¡Ar-gen-tina, Ar-gen-tina..!

Ahora, algunas encuestas dan hasta el 48% de apoyo al modo en que la Presidente está manejando la crisis con los holdouts. Kicillof se ha vuelto la estrella del gobierno, siendo él el que llevó al país al default al convencer a la presidente de boicotear el acuerdo con los bancos. Algunos hasta lo consideran un “sex-symbol”… un “majestuoso”.

¿Qué pasará con estos argentinos que le dan estos números hoy a la Presidente cuando lo actuado lleve el dólar a las nubes y esto retroalimente la inflación? ¿Qué ocurrirá cuando todos noten el freno al ya escaso crédito que existía en el mercado? ¿Y cuando algunos empiecen a perder sus empleos? ¿Qué pensarán cuándo vean que no consiguen los productos que buscan o que el dinero no les alcanza o que Vaca Muerta no será un nombre pintoresco sino la realidad de un proyecto sin financiación?

Un slogan con el que la presidencia remataba muchos de sus avisos de propaganda decía “Argentina: un país con buena gente”. ¿Es asi? Más allá de la demagogia omnipresente en todo lo que el gobierno toca, la frase nos fuerza ese interrogante. Hace unos años el psicoanalista y sociólogo José Abadi escribía junto a Diego Milleo un libro con el título exactamente contrario “No somos tan buena gente”.

¿Qué somos?, ¿cómo somos?, ¿de dónde nos vienen estas actitudes infantiles que podrían unirse bajo el denominador común de no reconocernos responsables de nada? Todo es culpa de los demás, “nosotros, ‘buena gente’…” “Yo, argentino…”, hubiera dicho algún antiguo. ¿Es “buena” la gente que no se hace responsable de nada; que no reconoce sus errores, sus fallas, sus decisiones equivocadas?

Nosotros “sabíamos” que Galtieri era un borracho, que Menem no tenía ética, que De la Rúa era un inoperante, que Rodrigez Saá era un irresponsable… Lo “sabíamos”. Solo que en el momento en que hubiera sido crucial que ese “conocimiento” se manifestara en acciones diferentes, apoyamos al “borracho”, al “falto de ética”, al “inoperante” y al “irresponsable”. Tarde.

¿Ocurrirá lo mismo esta vez? ¿qué diremos dentro de un tiempo de los “fenómenos” Cristina y Kicillof ? “Yo siempre lo dije: estos nos hundían…”

Argentina, un país con buena gente…

Estamos en estas manos

Muchos argentinos -minoritarios en mi criterio, pero aun así, muchos- creen que la Argentina nunca se convertiría en un estado totalitario. Rechazan esa idea desde sus vísceras; no les entra en la cabeza. No pueden creer que su tierra, la de sus abuelos, la de sus padres y ahora la de sus hijos, vaya a alinearse con lo peor del mundo, con el fracaso de la pobreza, con la miseria igualitaria. No dan crédito a la idea de que el país pueda unirse con la resaca mundial; con el autoritarismo, con el imperio del capricho, con el desconocimiento del Derecho, con el atropello a la ley, con la validación de la delincuencia (y en muchos casos con la reivindicación misma, abierta y descarada, de los delincuentes) No lo creen; sencillamente no se resignan a admitirlo.

Pero, sin embargo, cada vez son más las señales que indican que, al menos, deberían empezar a reconsiderar sus creencias o -para mejor decir- sus pensamientos deseados, lo que no son otra cosa que sus expectativas pero que el paso del tiempo demuestra cada vez más que están lejanas y con pocas posibilidades de materializarse.

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¿Cómo sería todo sin conspiraciones?

¿Cómo sería la vida de la Presidente si de pronto su mente dejara de estar dominada por la presunción de conspiraciones?, ¿cómo sería su gobierno si no creyera que todo lo que ocurre es el resultado de una conjura, por supuesto maquinada en su contra?

La respuesta es inasible, simplemente porque la situación planteada en la hipótesis es imposible. La Sra de Kirchner, su figura, su pensamiento, sus acciones y sus dichos están todos impregnados de convicciones conspirativas. Cuando no son los empresarios “dueños de la pelota”, son los sindicalistas que engañaban a los trabajadores; cuando no son ninguno de estos son los comerciantes que estafan al pueblo con la inflación, cuando no, son los buitres… Siempre hay alguien detrás de lo que sale mal, siempre están los que explican los motivos de su fracaso. 

El ya largo período presidencial de Cristina Fernández ha sido un extenso listado de excusas y acusaciones. Empezó con ellas y se está yendo con ellas.

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Una crisis agravada por la demagogia interna

No fue bueno el resultado de la audiencia de ayer en la que el juez Thomas Griesa decidió no reponer el stay que le permitiría a la Argentina liberar el pago a los acreedores de los canjes 2005 y 2010.

El Juez incluso pareció endurecer su posición al no permitir ni siquiera que los acreedores en sede no neoyorquinas y en monedas que no son el dólar (euros y yenes, por ejemplo) cobren sus acreencias de los giros argentinos.

Y volvió a tener consideraciones verbales acerca de la no contribución a la solución del problema que hacen las declaraciones del gobierno argentino. Es decir, se está dando la enorme paradoja de que las soluciones judiciales están siendo impedidas por la “política”, justamente lo contrario de lo que esperaba la Presidente y el ministro Kicillof, es decir, que la “política” finalmente pesara más que la aplicación pura y simple del Derecho.

Griesa mandó a seguir las negociaciones con el special master Dan Pollak pero no insinuó de su parte una intención de “tirarle una soga” a la Argentina.

El día lunes se produjeron algunas declaraciones en el mercado que contrastaron con los números. El presidente del Banco Macro, Jorge Brito, dijo que si al 30 de julio no se arreglaba la situación con los holdouts y se caía en default “no pasaba nada”. Los mercados no pensaron lo mismo que anticiparon cierto “empiojamiento” de la cuestión y cayeron fuertemente.

Está claro que el viernes 1 de agosto no “va a ocurrir nada” puntualmente catastrófico. Ese día el país amanecerá como puede hacerlo pasado mañana. Pero a partir de la caída del periodo de gracia que está corriendo desde el 30 de junio, se podrían activar en los próximos 60 días mecanismos muy peligrosos para la situación financiera del país.

Uno de ellos es el que se conoce como “aceleración de los vencimientos” que los acreedores de los canjes podrían pedir para que se les pague de una sola vez todo lo que se les debe, sin respetar ya los plazos ofrecidos por el país. Ese peligro solo podría ser detenido si la Argentina lograra convocar la voluntad de un 50% de los acreedores reestructurados que votaran la “no-aceleración”.

Pero, como está de más aclarar, eso implicaría entrar en un proceso muy complejo y lento que no detendría el deterioro de la situación financiera y comercial exterior del país.

Lo que también parece desprenderse de la audiencia de hoy es que el juez Griesa parece haber entrado en un juego de respuestas a las bravuconadas del gobierno argentino tomando decisiones que lo perjudican (sin olvidar claro está que ese perjuicio no se verifica en las “personas” de los gobernantes, sino en la situación de cada uno de nosotros).

La desesperación local por la cláusula Rigths Upon Future Offers (RUFO) está haciendo perder de vista las mejores opciones disponibles. Si bien es cierto que la reposición de una cautelar aliviaría el pago a los bonistas, manteniendo el canal con Pollak, la siguiente mejor opción, si esa se complica, es pagar los U$S 1330 millones y terminar con la posibilidad del default. La RUFO no se gatillaría en ese caso porque claramente el pago sería la consecuencia de una sentencia obligatoria y no de la voluntad libre de la Argentina.

No es cierto que de esa jugada se deriven una catarata de juicios millonarios ipso facto. Pagado Singer y el fondo Elliott, quedaría algo menos del 6% de deuda sin verificar. Gran parte de esos acreedores jamás dieron muestras de vida. Es más, en el mercado financiero se cree que muchos han muerto en posesión de los bonos y que otros se han olvidado simplemente de la existencia del país y de sus acreencias. Aunque pueda parecer raro, esto es lo que se sabe y comenta en los mercados financieros internacionales. De modo que las cifras tremendistas que el gobierno maneja en algunos medios cercanos a sus posiciones son irreales.

Por otra parte, el pago detendría los intereses diarios que Griesa ha establecido por cada 24hs que pasan sin pagar. Se tratan de U$S 200000 por día. A este ritmo no se sabe que actitud sería la más inteligente, si seguir pateando esto hacia el futuro o darlo por terminado con un pago.

Para un país cuyo PBI es de U$S 500.000 millones, U$S 1330 millones no parece ser una cifra que vaya a desequilibrarlo, más teniendo en cuenta los beneficios que se abrirían y, fundamentalmente, los perjuicios que se evitarían.

Que el Gobierno no esté haciendo esto para pagar menos no es posible por el ajuste de intereses que ya vimos y por los antecedentes de las conductas oficiales frente a Repsol y frente al Club de París.

Con lo cual cada vez más se afianza más la idea de que la Presidente ha hecho de ésta otra causa para desarrollar una estrategia de demagogia interna. Sabe que ciertos sondeos arrojan como resultado que la gente se ha comido el “caramelito” de los “buitres” y todo ese verso nacionalista y patriotero y está decidida a explotarlo. Como si fuera poco le envía señales al mundo de que su alianza es con las autocracias sin Estado de Derecho de Rusia y China y no con las democracias de Poder Judicial independiente. Nada bueno saldrá de esto.

No se sabe muy bien por qué la Argentina entró en esta espiral (o tal vez sí) pero lo cierto es que los platos rotos los pagaremos todos.

Un reino personal

El “episodio Campagnoli” ha sido una especie de vergüenza nacional. Un fiscal a quien se quiere echar por su pretensión de investigar los chanchullos del poder en una maniobra organizada desde la mismísima Procuraduría General, a la vista de todo el mundo, con total inescrupulosidad y sin importarles nada el flagrante atropello a la limpieza de los procederes y la burdez evidente de un trámite que tenía por objeto permitir la impunidad.

¿Y cómo ha terminado el tema? En que los propios fusiladores, reclutados por quien se comprometió ante la presidente a encargarse de que el fusilamiento se lleve a cabo, no han podido fusilarlo. Era tan escandaloso todo que quienes se suponía que no tendrían ni si siquiera vergüenza del escándalo, tuvieron vergüenza.

Todo el episodio debería servir para medir a la procuradora Gils Carbó, que, por un mínimo de dignidad debería renunciar y dejar su cargo.

En otro hecho que repasa la realidad argentina de los últimos días, rusos y ucranianos discuten quién derribó de un misilazo el avión de Malasia Airlines MH17. La fotos de la presidente pavoneándose con Putin nos vuelven a poner en el lugar equivocado; en el lugar de la violencia y de la no-democracia.

Sea que el misil fuera dirigido para matar a Putin o disparado por Putin, la Argentina anda eligiendo este tipo de aliados por el mundo, del mismo modo que antes había escogido suscribir un tratado con Irán, el sospechoso número 1 de ser el autor intelectual de la voladura de la AMIA cuyo vigésimo aniversario se recordó el viernes.

Parece mentira, pero uno llega cada vez con más convicción a la conclusión de que las decisiones de política internacional (y muchas de política doméstica) son simplemente elegidas para irritar a los EEUU, para despechar a quien creemos no nos atiende como merecemos. ¿Qué tenemos que hacer nosotros con Rusia? ¿ O con Iran? ¿Qué tienen que ver nuestras tradiciones y nuestras instituciones (si es que queda algo de ellas) con todo eso? ¿Cuáles son los puntos de contacto de la filosofía de nuestra Constitución con esa mezcla de autoritarismo, falta de democracia, yugo, imperialismo y ezquizofrenia religiosa? Evidentemente, con tal de mojarle la oreja a Washington preferimos salir en la foto con derribadores de aviones civiles o con terroristas que vuelan edificios y matan argentinos.

En otra salida incomprensible de falta de consideración y de un desoír completo de las opiniones de la calle, la presidente acaba de crear un cargo de “coordinación” dentro del ministerio de Salud para que se ocupe de cuestiones entre la Nación y la ciudad de Río Gallegos y no tuvo mejor idea que designar allí a su nuera, Rocío García, con un sueldo de $ 30.8000 mensuales. Se trata de una dependencia nueva (“Coordinadora de Articulación Local de Políticas Sanitarias”), creada ad hoc, que no existía hasta el momento y cuya misión aparece envuelta en una nube de sanata parecida a la que dio forma a otro “coordinador”, el del “Pensamiento Nacional”, Ricardo Forster.

Los tres temas comentados parecen no tener un hilo conductor y, al contrario, estar completamente desconectados. Sin embargo, hay en ellos un denominador común. Se trata del “no me importa nada”. ¿Campagnoli es un fiscal probó que hace su trabajo? No me importa nada; me molesta y lo echo.

¿Putin e Irán irritan por lo que implican a muchos argentinos? No me importa nada; me alío con ellos así enfurezco a Obama. ¿La gente está cansada del nepotismo y que los sueldos públicos sean una fuente de fortuna para familiares y “acomodados”? No me importa nada, nombro a mi nuera porque quiero ir construyendo poder para el futuro de mi familia…

En este mar de desconsideraciones se debate la administración del país. Mientras la inseguridad, la inflación, el deterioro, el aumento de las villas miseria, la pobreza, siguen su camino por detrás del relato que asegura que hemos ganado la década.