Después de mí no hay nada

La Presidente no puede con su genio. Ni en las condiciones más ideales para entregar un mensaje conciliador y en paz puede sustraerse a la tentación de meter una cuota de cizaña.  Es más, muchas veces ni siquiera mide si el contenido de su propio mensaje se le puede volver en contra, porque en su afán de lanzar acideces indirectas no ve su propia conveniencia.

Es lo que ocurrió el jueves, en su cadena nacional para anunciar el lanzamiento del satélite Ar-Sat. En un momento de su discurso, con total gratuidad, dijo: “Por suerte los satélites no se derogan”, en una vuelta de tuerca más a la novísima (y a la vez antiquísima) táctica de sembrar miedo entre la población respecto de cuál podría ser el futuro según sea el resultado electoral de 2015.

Luego de pretender endosar esas maniobras justamente a la oposición (apenas 24 hs antes, cuando en un acto en Tecnópolis dijo “asustar para ajustar”, en referencia a que la oposición siembra dudas económicas hoy para pavimentar el prólogo de su camino de “ajustes” una vez que gane las elecciones), la que toma el camino del miedo es ella dando a entender que si el oficialismo no gana el año que viene, muchas de las cuestiones aprobadas durante su gestión serán derogadas.

En ese marco el lanzamiento de un satélite físico al espacio le vino como anillo al dedo para jugar -entre sonrisas- con aquella ironía.

Pero la Presidente debería pensar mejor lo que dice. En efecto, toda la gestión K se ha caracterizado, justamente, por una enorme tarea de “derogación” de estructuras anteriores (desde el Código Civil a la ley de matrimonio y desde el  modelo jubilatorio a la  ley de radiodifusión -hoy llamada “ley de medios”-) en muchos casos, incluso, con carácter retroactivo. Esa tarea se ha llevado adelante apoyada en el número, solamente en el número. Si hay un movimiento que no ha sido cuidadoso respecto de tradiciones, modelos o legislaciones anteriores ha sido justamente el kirchnerismo: en base a su mayoría numérica en diputados y senadores se llevó puesto todo.

Es más, por  caminos más que directos,  transmitió  muy  claramente  la idea de que  su porción electoral -más allá de que no era obviamente la totalidad de la población- era el “pueblo”, el “pueblo” todo, insinuando -muchas veces de manera ostensible- que quienes no estaban allí no eran “nacionales” o “argentinos”.

¿Qué autoridad puede tener un movimiento de estas características para desconocer en el futuro la ley del “mayor número” cuando  ese “mayor número” le pertenezca a otro? ¿No  fue Néstor Kirchner acaso -o la propia Cristina o el inefable Kunkel- los que han desafiado a todo el mundo a “hacer un partido político, ganar las elecciones y después hacer lo que quieran”?

Bueno, no deberían ser ellos los que ahora se asombren por la posibilidad de que una nueva mayoría “haga lo que quiera” y les “derogue” todo lo que ellos hicieron. Fue, en efecto lo que hicieron ellos, durante más de 10 años.

En lo personal, no creo que eso pase. Me parece que hasta generacionalmente la Argentina está dando una vuelta de campana en donde los hábitos de los Kirchner quedarán atrás. En ese sentido – y si eso ocurre como, a lo mejor optimistamente, pienso- los Kirchner podrán llamarse afortunados porque alguien más cívico que ellos decidió no tirar todo por la borda simplemente porque tal o cual idea venía con la marca kirchnerista en el orillo.

Pero en el terreno teórico, si hay un argumento que la Presidente (y la concepción que representa ella, su fallecido marido y el grupo duro que los rodea) tienen prohibido usar es el argumento del número, porque fue el que ellos usaron contra los demás y la vaina con la que corrieron a todos los que opinaban diferente mientras los que opinaban diferente no tenían el número suficiente (como si el derecho a la opinión estuviera gobernado por el número)

La Presidente, su marido y el “partido” (si se le puede llamar de alguna manera) que ellos armaron han introducido una lógica muy jorobada para la convivencia como es, efectivamente, la idea del eterno comienzo desde cero, en donde quien llega destruye todo lo que se hizo antes bajo el argumento de que  “su” número le arroga la encarnación misma del “pueblo”. Para el kirchnerismo, la Argetina comenzó en 2003. Se han cansado de repetirlo en discursos, en estadísticas amañadas, en debates violentos, a los gritos y, en muchos casos, hasta con la amenaza y la insinuación de la violencia. Eso los expone ahora a tomar de su propia medicina si el “pueblo” decide cambiar de encarnación.

Quizás también por eso la Presidente dijo por primera vez, delante de las cámaras, algo que solo se ha escuchado de la boca de los “hombres fuertes” de regímenes nefastos. “Me pregunto si yo no hubiera ganado las elecciones de 2007 y de 2011 si este satélite estaría hoy en el espacio. Y esa es la gran duda, el gran interrogante que yo creo que deberían estar haciéndose todos los argentinos”, dijo la Sra. de Kirchner, como poniéndose ella misma en el sitial de un Dios salvador de la patria.

“¿Qué harían ustedes y este país sin mí? Ese es el interrogante que todoso deberían estar planteándose”. Se trata de una de las manifestaciones de egolatría pública más impresionantes de los últimos tiempos. Ya no es un tercero del círculo áulico quien lo dice, es ella misma la que declara que sin ella no tenemos destino. Cuesta encontrar una declaración que coloque a la sociedad en un estado de pusilanimidad tan infamante cómo ese.

¿Tendrá una concepción de este estilo vocación por respetar una determinada decisión social cuando esa decisión haga recaer el único poder en el que cree -el poder del mayor número- en alguien que no sean ellos mismos? No lo sabemos. Pero los indicios son preocupantes.

Ahora van por la Corte

El Gobierno comenzó a coquetear seriamente con la idea de copar la Corte. La muerte del juez Petracchi aceleró esta posibilidad, a la que se le adicionó la guarangada de Kunkel pidiendo la salida del juez Fayt, prácticamente acusándolo de padecer la misma senilidad que la presidente le adjudicó a Griesa.

Fayt tiene 92 años y juró por el texto constitucional de 1853 que establecía la perdurabilidad de los jueces en sus cargos mientras durase su buena conducta (esto es, técnicamente, hasta su muerte si no eran removidos por mal desempeño) y defendió junto a Petracchi esa posición cuando la Constitución fue reformada en el 94 para introducir la enormidad jurídica del límite de 75 años.

En efecto, ese delirio fue el fruto de un acuerdo entre Alfonsín y Menem para que “la política” dispusiera de vacantes “convenientes” en la Corte Suprema, pero es a todas luces un tumor en el sistema de control constitucional del poder por la vía de entregarle al Poder Ejecutivo un arma más hacia el desideratum de un gobierno sin límites.

El juez Zaffaroni, que juró por el texto de 1994, ya anticipó que se retirará en enero. La salida del magistrado le plantea un problema al gobierno de la Sra. de Kirchner. Zaffaroni es un incondicional del oficialismo,  y este no tiene en el Senado los dos tercios de los votos para designar a otro juez que le obedezca a ciegas. Necesitaría más de 10 votos por encima de los que tiene para lograrlo. Por lo tanto, es posible que deba elegir a un candidato afín pero no regimentado -como podría ser León Arslanian- para que de ese modo parte de los votos radicales lo respalden.

Sin embargo, las declaraciones de Kunkel -que nunca habla porque el aire es gratis- en el sentido de pedir la cabeza de Fayt, pueden hacer presuponer que el Gobierno está decidido a ir por la Corte Suprema a como de lugar, buscando no ya una sino dos bancas. Si eso es así, es posible que también esté pensando en forzar los procedimientos para aprobar a los jueces en el Senado, como recientemente lo hiciera para aprobar un listado de conjueces.

En una palabra, los análisis basados en el “deber ser” deben ser tomados con pinzas cuando enfrente se tiene un poder como el que la Sra. de Kirchner pretende ejercer: muchas veces esos pensamientos “ingenuos” nos pueden llevar a conclusiones erradas.

Pero todo este berenjenal sirve para sacar una vez más una conclusión más genérica sobre la sociedad argentina.

Vacantes en los sillones de las Cortes ocurren en todos los países, y los que tienen esquemas constitucionales similares al nuestro abren, efectivamente, la posibilidad de que los presidentes llenen esos lugares con candidatos elegidos o propuestos por ellos.

Pero lo que no ocurre en todos esos países es que el gobierno ostensiblemente se aproveche de la situación o, peor aun, especule con la idea de forzar vacantes para llenarlas con jueces de su gusto y “piacere”.

¿Por qué ocurre eso reiteradamente en la Argentina? Porque es la sociedad la que en el fondo lo permite. Y lo permite porque no le molesta que una sola persona concentre todo el poder. La sociedad argentina no está familiarizada con la idea del poder limitado. Al contrario, lo está con la idea del poder concentrado. Ve con naturalidad la figura del “jefe único” frente a cuya voz todos se callan y obedecen. No termina de procesar la idea de que es ella (los individuos que la componen, en realidad) la “poderosa” y no el Estado. Que es éste el que debe ajustarse a severos límites en su accionar para dejar el máximo márgen de maniobra posible a la soberanía y a la libertad individuales.

En ese contexto, ¿por qué debería ser el Poder Judicial -el teórico terreno de defensa de aquellas libertades- una excepción a la regla? Si no consideramos importante la libertad individual sino el poder de un “comandante”, ¿por qué deberíamos defender la independencia del poder destinado a defender esa libertad?

Claramente tampoco la historia de los jueces brilla cuando se trata de privilegiar la supremacía del individuo frente al Estado. La doctrina de la Corte cuando verdaderamente se encontró ante la disyuntiva de defender a uno o a otro no dudó y claudicó ante las “razones de Estado”.

Hoy las “razones de Estado” pueden indicar que su próxima víctima sea la propia Corte. ¿Qué harán los jueces ahora en que la libertad se une a sus propios intereses personales?

Ya tuvimos un antecedente, precisamente en la reacción frente a la introducción del límite etario en 1994: allí sí echaron mano del principio liminar de la irretroactividad de las leyes para permanecer en sus cargos. Pero al menos un juez de los que se aprovecharon de esa correcta interpretación no siguió el mismo razonamiento frente a la inconcebible irretroactividad de la ley de medios. En efecto, el fallecido juez Petracchi adujo la irretroactivoidad de la reforma del ’94 para considerarse no alcanzado por el límite de los 75 años pero votó a favor de la constitucionalidad de la ley que desconoció retroactivamente los derechos adquiridos de los titulares de licencias cuya adquisición había sido hecha con anterioridad a la ley del 2009, y en perfecto acuerdo con el orden jurídico vigente a ese momento.

En una palabra: la sociedad va camino de quedarse sin defensas porque ella misma eligió no defenderse. Envueltos en una pusilanimidad fuera de lo común los argentinos solo atinan a mirar como el poder les pasa por encima a lo sumo tratando de salvarse de a uno sin la menor empatía por el prójimo. En ese campo yermo de miserias se levanta la perdurabilidad de un poder total.

Un mundo sin periodistas y sin opinión

A la Presidente le van quedando pocos caminos para el disimulo. En cada vez más aspectos de la vida nacional la sinceridad sin remedio va aflorando, sin contención, con la fuerza de las palabras y de los hechos.

El pasado jueves, sin tapujos, en su videoconferencia con Putin, habló de que la información debía recibirse sin intermediarios, en un alusión sin anestesia a un mundo sin periodistas. Es a lo que aspira la Sra. de Kirchner: a que la prensa libre desaparezca.

Más allá de que es materialmente imposible concebir un mundo en donde la información circule sin medios, porque eso supondría el imposible escenario de los protagonistas directos contando lo que ocurre, lo cual, obviamente deriva en la perogrullesca conclusión de que esos éstos no contarían lo que no les conviene y solo transmitirían “sin intermediarios” lo que los favorece, el hecho de que la Presidente lo revele como un horizonte cuya persecución la desvela denota una clara intención antidemocrática cuando no directamente totalitaria.

Que el marco decorativo de sus afirmaciones haya sido el presidente ruso, quien en sus palabras calificó  la información como una “arma temible”, es por demás sintomático. Rusia figura en el puesto 144 en el informe sobre libertad de prensa en el mundo que verifica su vigencia en 180 países. Resulta obvio que un autócrata como Putin, un representante genuino de la imperialista KGB, considere “temible” la información: debe resultar definitivamente temible que gracias a la acción de periodistas libres sus ciudadanos y el mundo conozcan sus intenciones y sus planes. Como la Sra. de Kirchner debe considerar temible que otros periodistas libres revelen los suyos.

Por lo demás es la “intermediación” la cuna de la opinión. No habría opinión sin intermediación, por lo que proponer la supresión de un necesariamente implica proponer la supresión de la otra. Y esta aspiración también es compatible con un régimen que pretende ejercer un control completo sobre la vida social.

Un sistema de esa naturaleza no es compatible con el ejercicio de la prensa libre y la libre expresión de las ideas. Más tarde o más temprano la máscara de la democracia caerá y deberá confesarse como lo que es: un régimen autoritario, por decir lo menos.

La empatía internacional de la Argentina también va tornando coherentes estas confesiones. Que el país se alíe a Venezuela, a Irán, a Rusia o a China no es una casualidad, es una consecuencia natural del encuadre que el gobierno kirchnerista le ha dado a su poder.

Se trata de un poder que no se conforma con que la gente ande por allí, tomando decisiones en libertad, todo debe estar controlado por el Estado. Como en Rusia, como en China, como en Venezuela. Tampoco en esos lugares se puede opinar libremente y también allí se aspira a que la gente reciba la “información” sin intermediarios, directamente del Estado.

Se pretende presentar ese escenario como un avance de la democracia. “No hay intermediarios, esta es una comunicación directa entre el pueblo y el Estado, su encarnación”. No hay lugar aquí para interpretadores, investigadores o buscadores de noticias. Mucho menos para buscadores de verdades. Aquí hay una sola verdad: la que el Estado, a través de la nomenklatura de sus funcionarios, le hace llegar al pueblo, que la recibe sin “intermediarios”.

En última instancia, cuando el Estado necesite de “empleados comunicadores”, ellos serán “intermediarios permitidos” que funcionarán bajo la aprobación y las directivas de la nomenklatura (6,7, 8)

Esta es la manifestación filosófica del “modelo”. Esta palabra, que hasta ahora estuvo intencionadamente dirigida a trasmitir una idea “económica” del gobierno, es en realidad la que cobra un verdadero sentido con estos sinceramientos. El modelo es un modelo ideológico (que por supuesto tiene un costado económico, como es innegable) pero que en realidad se define por estas otras profundidades que hacen a las ideas y creencias en donde se cimienta y enraíza.

Esas ideas y creencias están en las antípodas de la Constitución. Este modelo se ha propuesto derogar de hecho la Constitución y lo está consiguiendo con la increíble complicidad de la Justicia, que no logra cumplir su rol de dique de contención para proteger las libertades públicas.

Un mundo sin periodistas, sin opinión y sin intermediarios es lo que busca Putin, la Sra. de Kirchner, Maduro, los Castro o el régimen chino. En esos regímenes hay una sola verdad: la que emana del Estado. Toda otra opinión es considerada antinacional, como también ayer lo dijo expresamente la Presidente (“Para que los rusos conozcan a la verdadera Argentina y los argentinos conozcan a la verdadera Rusia y no las que nos quieren mostrar los medios internacionales y algunos medios que, bueno, los tenemos que llamar de alguna manera ‘nacionales’”). También aquí afloró la sinceridad brutal: ya basta de decir demagógicamente “la presidente de los 40 millones de argentinos” cuando la propia Sra. de Kirchner considera no-argentinos a algunos compatriotas.

No se ha visto todo aun. Seguramente las próximas semanas traerán más discursos con sinceridades inevitables. El tiempo se agota y las cosas deben quedar claras.

De falacias e ilegalidades

En la presentación del nuevo Código Civil y Comercial, la Presidente se detuvo especialmente en el artículo que establece el peso como moneda de curso legal, diciendo que, con sus más y sus menos, desde 1869 la Argentina había crecido con “su peso moneda nacional”, hasta que en 1991 con la sanción de la ley de Convertibilidad se permitió una dualidad monetaria con el dólar.

En un párrafo en el que derrochó nacionalismo de baja calidad y una sensiblería que debería ser ajena a las cuestiones económicas, la Presidente pareció relacionar la vigencia de una moneda nacional más con los sentimientos patrióticos que con la existencia de una herramienta apta para intercambiar mercaderías y servicios y para ahorrar.

Habría que recordarle a la mandataria que fue su “clase” -la de los políticos o “la política”, como a  ella le gusta decir- la que le voló literalmente 13 ceros al amado “peso moneda nacional” fruto del despilfarro al que la administración del Estado sometió al país y que como consecuencia de ello el “peso moneda nacional” pasó a ser materialmente inservible a todos los fines útiles que debe tener una moneda.

La migración argentina hacia otras monedas no fue un deporte nacional de cipayismo sino una necesidad impuesta por las circunstancias de contar con algún instrumento que tornara medible las operaciones.

Si la Presidente está tan preocupada por hacer del “peso moneda nacional” el estandarte por excelencia de la soberanía patriótica, debería empezar por cuidarlo, por no envilecer su valor imprimiendo billetes a lo pavo como si fueran talonarios de rifas y para ello debería cuidar el gasto que genera el déficit que luego pretende cerrar con la imprenta de la Casa de la Moneda funcionando a destajo.

Si esas previsiones de política económica fueran atendidas, el “peso moneda nacional” recobraría valor y regiría por lo que vale y porque es útil para cumplir con los fines para los cuales se crea una moneda, no por la imposición marcial de un bando patriótico, que lo único que genera es la hipocresía de un discurso y la manifestación de una conducta completamente contraria.

En otro momento -no se sabe si por un acto fallido- la Presidente dijo que no recordaba bien las fuentes del Código de Vélez Sarsfield “porque hacía mucho que no ejercía la profesión” y agregó, “afortunadamente”. ¿Qué habrá querido decir con eso? ¿Qué le fue mejor como política que como abogada? ¿Que más allá de su famosa frase en Harvard (“Siempre fui  una abogada exitosa”) en realidad su “fortuna” (quizás de allí venga lo de “afortunadamente”) la hizo como funcionaria y no en el ejercicio de la profesión? No se sabe. Pero la “broma”, porque la Presidente usó ese tono, no se entendió.

También la Sra. de Kirchner hizo hincapié en que el código era el resultado de un gran consenso nacional y que recetaba los nuevos acuerdos de la sociedad argentina sobre las distintas materias a las que el código se aplicará. Sin embargo, sobre el final en la parte encendida de su discurso, ya con el pico caliente, dejó en claro que la obra era una manera de “dejar plasmado en una ley lo que se había hecho en estos 10 años” y que “allí se consagraba lo que la voluntad popular había votado”.

¿Y el consenso, entonces, Sra. presidente? ¿No era que el código no era la ley de una facción de la sociedad sino el fruto de un “acuerdo”?

Ahora sí se entiende por qué el presidente de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez, incurrió en lo que, paradójicamente, puede convertirse en el tumor oculto que condene al código a no regir nunca: la prohibición de que el proyecto pase a comisiones y la imposición de discutirlo en el pleno del recinto, en donde fue aprobado en la misma sesión por la mera fuerza del número. La aprobación de la ley está impugnada en la Justicia por ese motivo y varios diputados opositores adelantaron que de ganar en 2015 suspenderían la vigencia del Código como mínimo por un año hasta que esas ilegalidades se resuelvan como deben resolverse.

En esos párrafos finales del discurso presidencial estaba la verdad: el código no es el fruto de un gran consenso nacional sino la aspiración personal de dejar una marca partidaria en la historia: lo dijo la Sra. de Kirchner “dejar plasmado en una ley lo que se hizo en estos 10 años”

Es indudable que la Presidente solo responde al concepto aluvional de la “democracia” (si es que a ese modelo puede llamársele “democrático”) según el cual quien gana unas elecciones automáticamente se erige en la encarnación misma de todo el pueblo y puede hacer lo que quiere, “dejándolo plasmado en una ley que rija el modo de vida de la sociedad para los tiempos…”

El código de Vélez Sarsfield, aquel cuyas fuentes la presidente apenas podía enunciar, rigió 145 años. ¿Es ese el horizonte de tiempo que la Presidente imagina como legado de la “década ganada”? ¿Imagina a los futuros estudiantes de Derecho endiosando la ley que dejó “plasmado” lo ganado en aquella época -para ella-  gloriosa?

La propia réplica de los diputados opositores que adelantan la suspensión de su vigencia si ganan las elecciones es una prueba más de que la argentina es una sociedad sectaria, en donde los bandos pretenden asumirse como los dueños del todo cada vez que tienen el poder. De allí de andar a los “bandazos”, producto de que los “bandos” pretenden arrastrar al conjunto hacia lo que no son más que sus posiciones de facción.

Más allá de la necesidad de adecuar la ley a los tiempos -y quizás la mayor adecuación sería justamente abandonar la tradición de la “codificación”- ese tránsito no puede llevar el color de una elección que, por lo demás, parece ya muy lejana,  con números que ni de cerca reflejan el sentir político de la sociedad argentina de hoy.

Es una pena que el trabajo de personas pensantes se pierda inútilmente de este modo. Más allá de que el nuevo código implica un paso más hacia la colectivización de la sociedad en detrimento de los únicos derechos civiles válidos (los que pueden ser ejercidos por personas físicas o jurídicas reales y no por entelequias colectivas que le permiten a los funcionarios del Estado entronizarse y usufructuar un lugar de privilegio respecto del ciudadano común), es un pecado que vuelva a utilizarse las instituciones de la democracia para imponer lo que es el parecer de algunos como el parecer de todos.

Cuando las garrapatas viven mejor que el perro

“Fue para divertirnos”, confesó, risueño, el Cuervo Larroque, el verdadero motivo que tuvo La Cámpora para editar y repartir los Clarines truchos el viernes pasado. La declaración encierra una enorme franqueza y una admisión tácita sobre cómo entiende esa agrupación y el cristinismo camporista el gobierno y el país: la Nación es de ellos. 

Como alguna vez a algunos iluminados les pareció divertido jugar a los soldaditos con gente de verdad, sumergiendo al país en una guerra civil de la cual es muy posible que aún no se haya recuperado,  ahora -más civilizados e “inofensivos- se divierten usando recursos públicos para hacer bromas con los nombres de sus adversarios.

Por supuesto que la consideración de esos recursos ni los preocupa. Mostrarían caras de “no entender nada”, si alguien les planteara que los fondos para cumplir su “divertimento” no salieron de la caja chica de La Cámpora o de la del Frente para la Victoria; salieron de los recursos públicos al que aportan los argentinos de todas las ideas, comulguen o no con las ideas del gobierno y de La Cámpora.  Continuar leyendo

Una sola voz y una sola voluntad en escena

La imagen de Domingo Cavallo en cuatro patas detrás de un escritorio que apenas lo contenía de los huevos y demás objetos que le tiraban desde corta distancia con inusitada violencia, podría ser tomada con una representación metafórica de lo que está por venir. 

El capitán de aquella convocatoria a “hacer mierda” al ex ministro cuando se presentó a dar una conferencia en la UCA, Pedro Biscay, es, desde hoy, director del BCRA, ubicado allí por Kicillof. El nombre del ministro marxista de la Argentina domina toda la escena y quienes quieran desentrañar el futuro próximo del país no tendrán más que revisar lo que el marxismo ha producido en el mundo en los últimos 100 años.

Como toda teoría basada en el odio y la envidia, el marxismo no ha provocado otra cosa que no sea hambre, destrucción, crímenes y muertes. Entre sus víctimas “económicas” -porque como típica idea inservible no fue capaz de producir una docena de huevos en tiempo y forma y mató de hambre a millones- y sus víctimas “bélicas” (entre purgas, muertos en atentados, guerras inútiles -como la producida en Vietnam, ¿total para qué? para que hoy el país termine como aliado norteamericano y en una creciente occidentalización copiada de China-, experimentos estrafalarios como el de Cuba, Norcorea, el Khmer Rouge de Camboya [solo allí murieron más de 2000000], las guerrillas latinoamericanas, la URSS y todo el bloque oriental de Europa luego de la Segunda Guerra Mundial) el comunismo mandó al muere a más de 300 millones de personas, el 5% de la población mundial. Continuar leyendo

Días de preocupación

El día lunes tuvo una clara división en lo que hace a la información importante. La mañana estuvo dominada por el súbito renacimiento del apuro presidencial por sancionar el nuevo Código Civil y Comercial y la tarde por la decisión de Griesa de declarar al país en desacato. Comentaremos brevemente ambas noticias.

Empezaremos por el final (es decir lo que ocurrió por la tarde). Finalmente el juez Thomas Griesa decidió declarar en desacato a la Argentina por no cumplir con la sentencia que la obliga a pagar el juicio a los holdouts.

Se trata de una decisión en gran medida simbólica, aun cuando tendrá un impacto pecuniario en el país que aún no conocemos.

Pero sin dudas, frente a la comunidad internacional y a todos los efectos prácticos de avanzar en el mejoramiento de la situación relativa del país, es un serio paso atrás. Continuar leyendo

Una nueva intromisión del Estado en la vida privada

Mientras Florencio Randazzo se esfuerza en repetir que las nuevas disposiciones para poder abordar una aeronave y salir del país (32 puntos que las compañías aéreas deberán entregar a la Dirección Nacional de Migraciones al menos cuatro veces antes de la partida de la nave) no deben preocupar a la población, lo cierto es que la imagen de aquella metáfora del león (“si tiene patas de león, cola de león y melena de león lo mas probable es que sea un león”) a la que hacíamos referencia en relación a las semejanzas del régimen argentino con el venezolano, vuelve a hacerse presente hoy en un aspecto crucial que suele acompañar las costumbres totalitarias: restringir el libre derecho de entrar y salir del país.

Se trata como de una marca en el orillo: tarde o temprano los países que están en guerra contra la libertad se meten con el derecho a circular. El moverse, ir de un lado a otro, entrar y salir del país y, fundamentalmente, abandonarlo si al interesado le viene en gana, es como la quinta esencia de la libertad, la más gráfica de las representaciones del poder individual para disponer de la vida propia. Y el autoritarismo detesta esa autodeterminación, aborrece esa capacidad individual para decidir sobre la suerte propia sin rendirle cuantas a nadie y tiene una particular inclinación por interpretar la “salida del país” como una suerte de ícono de esa irreverencia. No puede soportar la idea de que individuos libres se “le escapen” sin saberlo; no puede admitir la idea de que alguien quiera abandonar el yugo. De modo que, de maneras más o menos brutales, esos regímenes van restringiendo la capacidad individual de moverse hasta reducirla a cero.

El grado de disimulo con que lo hagan y las excusas que utilicen para implementarlo pueden variar de acuerdo a las necesidades y tácticas del régimen. Pero lo que no varía es la existencia poco menos que sine qua non de esta característica de asfixia. Nadie sabe cuál será el destino de los 32 puntos de información requeridos ahora por el Estado para permitir que los ciudadanos salgan del país. Tampoco se sabe qué agencias del gobierno tendrán acceso a esa información y para qué se va a usar. El pretexto elegido suena a cargada: “para controlar y evitar actos terroristas”, como si la Argentina estuviera en el centro de escena mundial y fuera protagonista de los hechos que ocurren en el tablero internacional. El país no figura ni a placé en esas discusiones. Las posturas de la Sra. de Kirchner lo han eliminado a todos los efectos prácticos del escenario mundial y hoy es un jugador completamente periférico en todo lo que tiene que ver con los temas por los que el mundo está preocupado, desde el Estado Islámico hasta la coexistencia de Israel en el Medio Oriente rodeado de enemigos, pasando por el expansionismo ruso o el comercio internacional.

En nada de todo eso la Argentina figura. Los EEUU acaban de dejar en claro que ya ni siquiera contestarán los agravios, no se harán eco de los desplantes o de las altisonancias de la Presidente. Harán como que la Argentina no existe; la dejarán vociferar sola, como hacen los cuerdos con los locos. De ahí las sospechas sobre el verdadero motivo de esta nueva intromisión del Estado en la vida privada. Las operaciones que el gobierno viene realizando sobre la identificación de las personas son por demás llamativas. El próximo será el tercer cambio obligatorio de documento nacional de identidad en poco tiempo. Esas sucesivas mutaciones han ido perfeccionando el círculo de amenazas sobre la privacidad individual, incluido el último sistema de identificación biométrico que funcionará en el nuevo DNI. Repetimos: los temas (cualquier tema) empiezan a adquirir sentido cuando se los interpreta en un contexto. Y el contexto intervencionista, autoritario, estatista. inquisitivo y, en muchos casos, militarista, del gobierno argentino hacen que estas iniciativas preocupen y levanten un sentido de alarma concreto.

Lamentablemente ya se ha comprobado cómo el gobierno está dispuesto a utilizar información privilegiada y privada de los contribuyentes para escracharlos públicamente cuando sus necesidades políticas así lo indiquen. De modo que el nivel de confianza que se le puede tener a un funcionario de esta misma administración que intente llevar tranquilidad a la población respecto del uso de estos datos y de los verdaderos motivos de su implementación es muy bajo. La credibilidad que el gobierno de la Sra. de Kirchner tiene en cualquier cuestión que roce la libertad individual es muy cercana a cero. Sus hechos hablan por ella. Lo que hace no ayuda a que la gente crea mensajes de despreocupación cuando lo que se sospecha es una restricción a la libertad. En ese caso la presunción es que la libertad está efectivamente en peligro.

Nadie sabe cómo harán las compañías aéreas para cumplimentar con los 32 puntos que requieren la Dirección Nacional de Migraciones y la Policía Aeronáutica para autorizar la salida del país de los pasajeros de una aeronave. Y también se desconoce el grado de minuciosidad con que se seguirá la observancia de su cumplimiento. Después de todo, más allá de sus pretensiones soviéticas, la Argentina es un país poco serio y es muy probable que el grado de improvisación con que se manejen estas nuevas disposiciones sea tan grande como el nivel de preocupación que ha generado su iniciativa. Pero, de todos modos, no sería del todo conveniente descansar en el proverbial chantismo argentino para plantar allí la esperanza de la despreocupación. Sería interesante abrir los ojos y volver a poner esta nueva movida en línea con el indisimulable contexto autoritario del régimen kirchnerista.

La ayuda de Obama que el Gobierno argentino ignora

Es posible que la presidente haya errado el timing y el lugar para su presentación por el tema de las reestructuraciones de deudas soberanas. Como se sabe, la Sra de Kirchner hablará hoy ante la Asamblea de las Naciones Unidas para proponer que, de ahora en más, y teniendo en cuenta lo que le ocurrió a la Argentina, se establezca un orden internacional universalemente aceptado por las naciones según el cual cuando un país logra un determinado porcentaje de aceptación de acreedores para un plan de regularización de deudas, la minoría que no lo acepte no pueda sino acceder a lo que decidió una mayoría calificada.

Se trata de llevar al Derecho Internacional Público las normas del derecho privado comercial en donde, efectivamente, cuando una empresa se presenta en convocatoria, si allí logra el consentimiento de un determinado porcentaje de acreedores, el resto debe aceptar su plan y empezar a cobrar de acuerdo a la propuesta presentada y aprobada.

La Presidente viene haciendo de esta postura una especie de batalla quijotesca por la Justicia Social Universal y en contra de los carroñeros fondos buitre que cuentan -en el escenario presidencial- con el invalorable apoyo del gobierno del Imperio que defiende los intereses de esos explotadores como si fueran propios.

Sin embargo, los hechos dicen otra cosa muy distinta a los ubicuos mensajes de antinorteamericanismo con los que la jefa de Estado ha bombardeado los oídos de todos nosotros en una inexplicable explotación demagógica de la política internacional.

A las muchas presentaciones de “amicus curiae” que el gobierno norteamericano ha hecho a favor de la Argentina durante todo el tiempo que duró el proceso en el juzgado de Griesa, se le sumó hace 20 días una propuesta que la administración de Barack Obama hizo ante la ICMA (International Capital Markets Association) para que a partir de ahora los acreedores minoritarios no puedan desconocer lo resuelto por una mayoría calificada en un programa de rerestructuración soberana. En pocas palabras, ni más ni menos que lo que la Presidente busca.

Kevin Sullivan, el encargado de negocios norteamericano en Buenos Aires a cargo interino de la Embajada, lo anunció al mismo tiempo que le recomendó al país salir del default para empezar a recibir las inversiones que necesita.

Ese fue su error. Era imperioso encontrar alguna palabra del diplomático que permitiera ocultar el hecho de que nada menos que el Imperio enemigo estaba liderando una corriente financiera para que en el futuro los países que reestructuren su deuda puedan estar a salvo de los “buitres”. Si Sullivan hubiera callado su consejo sobre el default, al gobierno se le habría caído un enemigo, probablemente el mejor enemigo de estos tiempos de populismo “reloaded”: el imperialismo yanqui mostrado aquí como poniéndose, siempre presuroso, al lado de los poderosos y en contra de los débiles.

Es más, la presentación de hoy de la Presidente se hace en un lugar equivocado e inoperante. Resulta ya histórica la inutilidad de la ONU prácticamente para cualquier tema que haga a las preocupaciones mundiales. Su pomposa organización no ha sido capaz de entregarle al mundo una sola solución a nada y ningún conflicto internacional ha podido ser evitado por la gracia de la ONU. Es, a todas luces, un organismo burocrático inservible.

Y si lo es en los aspectos fundamentales que tienen que ver con su fundación -la paz mundial y el evitar los conflictos armados- cuanto más en una cuestión que tiene que ver con las finanzas internacionales en donde la ONU no juega ni de visitante.

La International Capital Markets Association, en cambio, es una entidad que reúne a más de 450 instituciones financieras y fondos que operan diariamente con bonos y títulos en todo el mundo y que, por lo tanto, ejerce un peso mucho mayor sobre esos operadores que el que puede tener la pobre ONU. La presentación norteamericana, reiteramos, fue hecha allí. A tal punto es importante la cuestión que esa movida de la administración Obama probablemente sea el mayor impacto que hasta ahora han tenido los “buitres” en términos efectivos y no simplemente como parte de una incendiaria verborragia de propaganda.

Como todas las cosas útiles -y fundamentalmente en donde esa “utilidad” genera inconvenientes para algún pícaro- el dato fue menos conocido (o desconocido por completo) que los fuegos de artificio que la verba de Kicillof y la Presidente lanzaron estos días en contra de los EEUU y de su gobierno. Pero cuando uno va a buscar lo que Hipólito Yrigoyen hubiera denominado “efectividades conducentes”, son los EEUU los que están jugando su peso en la futura solución de estos conflictos. Y están haciéndolo en los lugares en donde realmente vale la pena y es útil hacerlo.

Lo que la mandataria y probablemente su ministro de economía desconozcan es que lo que el Gobierno de ese país no puede hacer es ignorar las decisiones soberanas de sus jueces, que son independientes de ellos y sobre los que no tienen ningún poder ni de vigilancia, ni de control, ni de superioridad jerárquica.

Probablemente, tanto la Sra. de Kirchner como Kicillof, acostumbrados a cómo se manejan las cosas en la Argentina, hubieran esperado que el presidente Obama levantara un teléfono y pusiera a Griesa “en su lugar”, amenazándolo incluso con dejarlo de patitas en la calle. Pero eso es parte de la visión aldeana que el oficialismo tiene del mundo, que le impide ver cómo funcionan las instituciones en la civilización de la democracia.

La concepción feudal del poder que existe en el kirchnerismo cree que las cosas son iguales en todas partes, y con su discurso plagado de sofismas trasmite esa misma idea a franjas desinformadas de la sociedad argentina que sigue fomándose en ese modelo “barrial” y encerrado de ver la vida.

Ese “tupper” en el que muchos argentinos viven le ha sido excepcionalmente funcional al Gobierno que, explota esa ignorancia para hacerles creer la versión de la realidad que más le conviene.

Pero más allá de esas mentiras, lo único que vale es la verdad. Y en ese terreno el gobierno norteamericano ha hecho más por la validación del voto mayoritario en las reestructuraciones soberanas de deuda que las sobreactuadas manifestaciones de la Presidente en un escenario proverbialmente conocido por su incompetencia.

La nueva fábula del kirchnerismo mágico

El gobierno de la presidente Cristina Fernández ha completado un círculo perfecto de infalibilidad. Como un espejo de lo que Mariano Recalde dijo luego del acto de La Cámpora y Máximo Kirchner en Argentinos Juniors, cuando el presidente de Aerolíneas dijo que no se podía vencer al kirchnerismo sin ganarle a Cristina, completando un perfecto silogismo de victoria (premisa mayor: Cristina es la única referente del kirchnerismo; premisa menor: Cristina no puede presentarse a las elecciones; conclusión: el kirchnerismo es invencible) ahora el oficialismo sugiere la existencia de un plan diabólico para destruir a la Argentina, diseñado en el seno del Imperio Norteamericano, lo que torna de paso explicables los insoslayables problemas por los que atraviesa la economía del país que están haciendo mella en el nivel de vida de todos los argentinos.

De esta forma el Gobierno siempre sale bien parado: si las cosas van bien, porque por supuesto los resultados estarán a la vista de que todo es consecuencia de sus aciertos; y si van mal (como es el caso) sería la confirmación de que el programa es tan exitoso y  tan revolucionario que los problemas que hay no son otra cosa que la manifestación de la existencia de intereses que se están afectando y que, como consecuencia de los planes que estos enemigos de la patria implementan para defenderse, hay dificultades. Es decir, nunca soy responsable de nada. Es extraordinario.

Ahora, luego de que el último buitre hiciera su jugada (American Airlines restringiendo la venta de boletos a más de 90 días) la Presidente salió a revelar un plan maestro de cinco puntos que aparentemente habría conocido a través del ex secretario de Comercio del segundo gobierno de Bush, Carlos Gutiérrez, que forma parte del estudio de la ex funcionaria Madeleine Albright, y que plantea que la estrategia de los fondos buitre con Argentina se basaría en lo siguiente:

1. Esmerilar y desgastar la figura de la Presidenta de la Nación, con ataques permanentes desde el punto de vista mediático y denuncias sistemáticas en diversos lugares de Estados Unidos y a nivel internacional.

2. Propiciar ola de rumores para generar inestabilidad económica, impulsando ataques especulativos para minar la credibilidad y confianza en el Gobierno, sobre todo con la variación del tipo de cambio marginal o “blue”, que constituye un mercado ilegal promovido por cuevas financieras auspiciadas en forma indirecta por los bancos.

3. Establecer una política agresiva en el mercado financiero internacional para impedir el acceso de la República Argentina a financiamiento en el mercado de capitales, tanto del sector público como del sector privado, con el objeto de asfixiar al Gobierno e impedir a las empresas acceder a líneas de crédito.

4. Propiciar una estrategia para ganar tiempo y lograr un acuerdo favorable a los intereses de los fondos buitre en el año 2016 con un nuevo gobierno, admitiendo los deseos de que efectivamente un gobierno afín a sus intereses pueda gobernar el país a partir del 10 de diciembre de 2015.

5. Contratar periodistas, medios de comunicación en Argentina y otros países para atacar al Gobierno y financiar, directa o indirectamente, a políticos y sindicalistas de la oposición para esmerilar al gobierno y provocar acciones de desgaste permanente.

Como se ve el “Plan Buitre” está redactado en coloquialismos muy argentinos, como el uso del término “esmerilar”, “blue”, “cuevas”, “fondos buitre” (resultaría increíble que los fondos buitre se llamen a sí mismos “fondos buitre”) con lo que uno no sabe muy bien si tomarse esto como un enorme chiste de mal gusto y de baja calidad o si preocuparse y confirmar que el Gobierno está dispuesto a hacer cualquier cosa para terminar con la libertad de expresión.

El hecho de que la propia Cristina Fernández se haya hecho eco de este “plan” en su Twitter oficial, llamando a la gente a que preste atención a los “puntos 1 y 2” como si realmente hubiera tenido acceso a un documento secreto que hace las veces de Acta Constitutiva de la Conspiración, es también poco serio y coloca a la Argentina en el escenario internacional al borde de la risa y el papelón.

Resultaría francamente increíble que los enemigos que quieren destruir al país tomen una hoja de papel y escriban, en negro sobre blanco, los pasos a seguir para derrumbar a este Quijote de la Justicia Social Universal. Nadie puede creer semejante fábula.

Otra de las estrategias del Gobierno podría consistir en darle formato de “plan” a cuestiones que ya ocurren en la realidad (provocadas por las propias impericias profesionales del ¿equipo? económico) para, justamente, deslindar la responsabilidad y atribuir las consecuencias a un designio maléfico.

Así, por ejemplo, se sabe que en otros casos de países deudores con presidentes que tenían fortunas dudosas, los holdouts iniciaron investigaciones judiciales sobre esas riquezas para intentar demostrar que habían sido hechas mediante el aprovechamiento de recursos públicos. Si eso llegara a ocurrir con la Argentina, inmediatamente se diría que se trata de la puesta en marcha del punto 1 del plan.

Respecto de lo que está ocurriendo con la cotización del dólar libre se dirá que es la ejecución del punto 2. El hecho de que la Argentina no pueda conseguir un peso de crédito, no sería el resultado del desdén con que históricamente el kirchnerismo trató a los mercados internacionales y de los serios desequilibrios que la política económica ha provocado, sino la implementación del punto 3 del plan.

El eventual arreglo que un futuro Presidente logre en el tema de la deuda no sería una negociación racional y conveniente para la Argentina sino el fruto del punto 4 del plan, con lo que el próximo Gobierno sería un agente más de los buitres.

Y finalmente los comentarios, noticias e ideas que se contrapongan con las posturas del oficialismo no serían el ejercicio de la libertad de expresión sino la manifestación pecuniaria de la ejecución del punto 5.

Más allá de los serios problemas que tenemos, estas aristas nos van acercando cada vez más a un escenario venezolano de la realidad; a un decorado que la platea mundial observa disimulando la risa. Mientras Maduro habla con los pájaros y denuncia un plan para desatar una guerra biológica en Venezuela, la Sra. de Kirchner tuitea planes de “esmerilización”, protagonizados por “cuevas” y supuestamente plasmados en un documentado que huele más a estar redactado en un bar de San Telmo que en una logia secreta de Wall Street.

Es imperioso que la sociedad reclame sensatez. El Gobierno podrá tener la ilusión de engañar con éstos cuentos, pero si la sociedad es seria y a su vez reclama seriedad, finalmente obligará a los funcionarios a decir la verdad y a dejar de fabricar excusas permanentes para justificar el enorme fracaso de sus políticas. La Argentina no puede transformarse en la excepción a aquella regla que muchos le atribuyen al presidente Lincoln: “Uno puede engañar a algunos todo el tiempo o a todos algún tiempo; pero no puede engañar a todos todo el tiempo”.