El gobierno cívico-militar

Desde que comenzó la alianza del gobierno con el Ejército y con su jefe, el general César Milani, quedó más clara la concepción castrense del kirchenrismo. Toda la postura del gobierno y de la presidente -e incluso de su esposo- respecto de los Derechos Humanos no ha sido otra cosa más que la confesión de una estrategia de populismo electoral para conquistar la simpatía política de un sector de la sociedad pero no la convicción de una concepción civil del gobierno, sino todo lo contrario: el kirchnerismo es un movimiento militarizado y, como consecuencia, tiene una inclinación natural hacia las Fuerzas Armadas.

Experimenta respecto de ellas las sensaciones de amor-odio que existe entre quienes comparten una visión del mundo. No se distinguen entre sí porque interpreten la vida de modo radicalmente diferente sino simplemente porque, de modo circunstancial, uno puede ocupar el lugar del poder y el otro no. Pero en tanto se logre compatibilizar esa posición y se pueda alcanzar un acuerdo más o menos civilizado para compartirlo, el kirchnerismo y los militares son perfectamente homogéneos.

Ambos son verticales y no reconocen más que una voz de mando. La disidencia es castigada; la opinión libre no existe. Sus estamentos se dividen en grados y su terminología es llamativamente parecida.

Se trata de un modelo que el chavismo ha llevado a su máxima expresión en Venezuela, en donde, claramente existe un gobierno cívico-militar. Más de la mitad de los ministros de Maduro son militares. El presidente de la Asamblea es militar y la presencia de las armas en la vida de todos los días es completamente evidente.

Aquí, desde hace un tiempo, la presidente inició un movimiento que comprende la participación de La Cámpora, las madres de Plaza de Mayo (línea Bonafini) y del ejército para desarrollar la idea de las fuerzas armadas al servicio del “proyecto nacional y popular”. No es necesario remarcar el perfume a fascismo que emana de esa idea.

Estas tareas han comenzado por lugares emblemáticos también: las villas miseria. Y allí se ha anotado el nuevo actor del melodrama televisivo argentino, Luis D’Elía, cuyo involucramiento, en un cóctel que combina fuerza, armas, uniformes, villas miseria, marginalidad e inteligencia militar, tampoco es casual.

Este último componente -la inteligencia militar- es un tema vidrioso y altamente preocupante. Que los militares se dediquen al espionaje interno para proporcionarle datos al gobierno sobre ciudadanos potencialmente “molestos” en combinación con la formación de una alianza clasista con los que la presidente y D’Elía llaman “negros” o “morochos” es de una peligrosidad mayúscula.

Se trata de un proyecto orquestado y pensado, no surgido por casualidad. Aquí se persigue la instalación de un modelo de sociedad regimentada, atemorizada y vigilada por la presencia militar y por la formación de milicias populares reclutadas entre los marginados del propio modelo económico que el gobierno impuso.

La división clasista y racial de los argentinos es funcional a esta idea, porque parte de su fuerza se extrae y se basa en que una parte de la sociedad crea que la otra parte la excluye y que es el Estado (encarnado en el gobierno y eventualmente en los militares del proyecto nacional) el que está allí para defenderlos.

En esa línea el ejército, La Cámpora y Bonafini, empezaron a trabajar en la Villa La Carbonilla de La Paternal. Está previsto que hagan trabajos de urbanización en el asentamiento durante los próximos tres meses. La ley de seguridad interior les prohíbe intervenir en cuestiones vinculadas con la seguridad del lugar. Estarán allí de lunes a viernes, de 8 a 15, para abrir calles, terminar de instalar las cloacas y construir espacios comunes. La iniciativa en La Paternal es la primera en territorio porteño, pero, además de en La Carbonilla, efectivos del Ejército desarrollan actividades similares en Florencio Varela desde principios de año.

Tanto el ministro de Defensa, Agustín Rossi, como Estela de Carlotto salieron a respaldar estas iniciativas, como si fueran alfiles al servicio de una causa, igual que un ejército mandaría a sus coroneles a sostener una cabecera de playa. De nuevo las similitudes entre el accionar del kirchnerismo y la estrategia militar.

Resulta francamente sorprendente que, luego de 30 años de democracia, la Argentina vuelva a caer en esta concepción fascista de la vida, propia de los años cuarenta. Se trata de un retroceso cronológico enorme; de una declaración de guerra a la modernidad, al progreso, al civismo y a la libertad.

Para llevar a adelante este proyecto la presidente ni siquiera se ha detenido frente a los antecedentes muy discutibles del general Milani. El Jefe del ejército está sospechado de haber participado en la desaparición de personas durante la dictadura militar y también está acusado ante la Justicia por enriquecimiento ilícito.

En este sentido, no puede dejar de mencionarse que este ambicioso intento de proyectar un modelo de sociedad determinado, se hace en un momento de debilidad política del gobierno. La presidente no está proponiendo esta alianza entre “los pibes de la liberación”, el ejército, las Madres y las villas miseria en su pico de gloria: lo está haciendo con su poder en decadencia y con su imagen pública seriamente deteriorada.

Esto demuestra que la presidente no se da por vencida. No renuncia a la concepción de país que quiere imponer aún más allá de su propio límite político. En alguna medida es cierto que, más allá de los negocios, de la corrupción y del dinero, la Sra. de Kirchner se ve a sí misma como una revolucionaria de Champs Elysees que cree posible legarle al país una dictadura de clases de la mano de Louis Vuitton.

No sé cómo será posible detener esto. La típica confianza argentina del “no pasa nada” es muy funcional a que el objetivo pueda conseguirse. Detrás de los que consideran que no de qué preocuparse porque el poder de los Kirchner “ya está fritado”, se haya probablemente el mejor aliado para que ese poder resurja.

Reflexiones sobre el problema docente

Vueltos esta semana los chicos de la provincia de Buenos Aires a las aulas, es hora de que pensemos qué está ocurriendo con la educación. No solo allí, sino en el país entero. Lo primero es reconocer que este gobierno ha llevado el presupuesto educativo a niveles porcentuales del PBI nunca antes vistos: un equivalente al 6.47% de la masa global de producción de bienes y servicios del país se destina a educación. A eso hay que agregarle los presupuestos provinciales que son los que primariamente tienen a su cargo el financiamiento educativo. Se trata de una enorme masa de recursos.

Sin embargo un maestro sin antigüedad gana hoy $ 4700 por cargo (supongamos que tiene 2, son $ 9400), la estructura edilicia y de infraestructura general de las escuelas es muy deficitaria y los alumnos tienen muy malas performances en las pruebas internacionales. ¿Qué estamos haciendo mal? Probablemente todo. Porque a primera vista estamos ante un derroche de recursos que no se traducen ni en maestros bien pagos, ni en excelencia educativa ni en escuelas modernas y bien equipadas.

El porcentaje del PBI destinado a educación (por si no hicieron la cuenta) es de unos 26000 millones de dólares (el 6.47% de unos 400 mil millones de dólares). De ese dinero unos 35.000 millones de pesos quedan en órbita de jurisdicción nacional, el resto es transferido -supuestamente-  vía un sistema de transferencias automáticas (y no tan automáticas) a las provincias en concepto de coparticipación federal de impuestos. Este sistema se inventó cuando durante los 90 se provincializaron los servicios educativos y los mismos fueron transferidos por la Nación a las provincias junto con los recursos. La manera que se encontró para transferir los fondos fue la caja de la coparticipación. Algunas provincias, como la de Buenos Aires, por ejemplo, agregaron recursos recaudados de su propio presupuesto.

¿Cómo es posible que 26000 millones de dólares más lo que aportan los fiscos provinciales no alcancen para tener una educación de calidad? Es una enorme millonada. Son más de tres YPFs por año. Aquí hay algo que anda muy mal. Es muy factible que parte del problema se encuentre en el estrambótico sistema de coparticipación. El fárrago de números propagandísticos a los que nos tiene acostumbrados el modelo es muy proclive a llenar nuestra cabeza de estadísticas fantásticas, pero luego es muy difícil seguir su efectivo cumplimiento. En efecto, a partir de cierto punto de la administración Kirchner se empezó a repetir como el nuevo mantra de la hora el famoso “6,47% del PBI a educación”, pero nadie ha hecho un seguimiento escrupuloso de esos dineros. Nadie sabe en definitiva si esa fortuna está llegando a las provincias.

Si eso sucede a nivel nacional, a nivel provincial las cosas no son mejores. En ocasión del conflicto en Buenos Aires, distintos funcionarios del gobierno manejaron cifras presupuestarias referidas a educación que diferían radicalmente una de la otra, al punto de haber la friolera de $ 20000 millones de pesos de diferencia entre el que decía menos ($ 50000 millones) y el que decía más ($ 70000). En ese aquelarre de números participaron la Directora Provincial de Escuelas, Nora de Lucía, el jefe de Gabinete, Alberto Pérez, la ministra de economía, Silvina Batakis, y el propio gobernador Scioli. ¿Qué puede esperarse de una administración que no sabe a ciencia cierta el presupuesto educativo que maneja?

Otro tanto cabe decir de los maestros. Con los años, la profesión se ha ido bastardeando profundamente. Sin dudas la cuestión remunerativa ha tenido que ver con ello. Pero este es uno de esos casos en donde el círculo vicioso puede cortarse sin lugar a dudas: no fue el dinero lo que le arrebató la jerarquía a los maestros sino la pérdida de su jerarquía lo que planchó sus salarios. El ideal sarmientino de un trabajo cuya nobleza excedía el mero hecho de tener un empleo cesó el día que los maestros dejaron de llamarse así para pasar a ser “trabajadores de la educación”. En ese momento toda la pompa y el respeto por el docente se derrumbó y así comenzó un proceso de pérdida de su compensación económica que, profundizado por la inflación, terminó por arruinar la carrera y el futuro de miles.

El copamiento sindical de la profesión no ha hecho otra cosa que empeorar todo. Mientras en el orden regional la ratio maestro/alumnos es de 30, en la Argentina es de 11. Eso quiere decir que en el país hay casi tres veces la cantidad de maestros que en los países vecinos; la carrera es el reinado de las suplencias. Este cóctel de recursos malgastados, recursos que no se sabe dónde están ni cuántos son, junto con un deficiente sistema de coparticipación, un desborde en el número de docentes y una desjerarquización generalizada de la profesión nos ha llevado hasta donde estamos.

El tema no parece ser de una resolución fácil como sería seguir echando dinero a un barril sin fondos. Al contrario la cuestión parecería más ligada a esa pérdida de valores sarmientinos que hace rato abandonaron el espíritu no solo de los docentes sino del país. En el estudio profundo de ese alejamiento y de las razones que lo provocaron, quizás puedan encontrarse las razones más íntimas de un problema que cada día agranda nuestra brecha de conocimiento con los demás países del mundo.

Es necesario que la presidente aterrice

Si bien la presidente nos tiene acostumbrados a mensajes bizarros, lo de la última semana en dos sendas apariciones -una por cadena nacional- ha superado en gran medida lo que conocíamos.

Primero fue el miércoles cuando en el aeroparque inauguró dos nuevos edificios de AA 2000. Allí se internó en una anécdota banal y falsa sobre las cajitas de snacks a bordo de los vuelos de cabotaje de Aerolíneas Argentinas. No sé si será su ostensible complejo de inferioridad respecto de los Estados Unidos, pero se internó en una comparación respecto de las cajitas de galletitas y alfajores que Aerolíneas reparte a sus pasajeros de cabotaje mientras que, según en ella, en EEUU “no te dan nada”.

Más allá de que eso no es cierto porque la provisión libre de snacks en vuelos de cabotaje norteamericanos varía mucho de línea en línea (competencia a la que la presidente probablemente no esté habituada ni comprenda) lo cierto es que no necesitaba buscar una comparación tan lejana y alambicada para cotejar el servicio de Aerolíneas. Aquí mismo, en la Argentina, la compañía LAN también reparte cajitas de snacks (provistos por Havanna) sin cobrar un centavo por ello. Es más, Aerolíneas copió ese servicio (y lo bien que hizo) de LAN que lo ofrecía con antelación. Las cajitas de Aerolíneas, por lo demás, nos cuestan un poco caras: la compañía pierde más de 700 millones de dólares por año, mientras LAN es una empresa superavitaria. De modo que esta referencia, además de camorrera, fue mentirosa e innecesaria.

El jueves, poco después del mediodía y de manera sorpresiva, se anunció una cadena nacional de la Sra de Kirchner. Casi todos creímos que haría algún anuncio extraordinario por la cuestión docente en la provincia de Buenos Aires que tenía a los chicos de ese distrito sin clases desde hace más de 15 días.

Era la suposición más lógica, después de todo. El conflicto docente había escalado a un nivel nunca antes registrado y una intervención de la presidente sonaba razonable para ofrecer una solución de compromiso a una provincia que no solo representa el 40% de la Argentina sino con la que el gobierno tiene más de una deuda, no solo económica sino también política.

Pero a los pocos minutos de comenzar, la presidente se encontraba hablando en un tono coloquial y sobreactuado de los alfajores Fantoche y de su insuperable producto, el alfajor de tres pisos. La Sra de Kirchner contaba que su dueño le había regalado uno “mini” y que no sabía muy bien si eso era un elogio o una indirecta por verla gorda.

Un rato después la presidente se internó en una tierna historia que tenía protagonista a su mamá. Contó que ella se había criado en la calurosa La Plata, pero que solo ahora su madre había podido comprarse dos equipos de aire acondicionado con lo que cobraba de jubilación (“no se lo regalé yo porque soy la presidente o alguien se lo regaló porque es la hija (sic) de la presidente… se los pudo comprar ella con su jubilación, la pensión de mi padre y porque mi hermana es jubilada de la provincia de Buenos Aires…”).

Luego contó lo que le había pasado en Italia con su esguince y lo frío que son los pasillos de los hospitales italianos y lo calurosos que son los cuartos donde se encuentran los aparatos para hacer resonancias magnéticas. En algún momento de la anécdota dijo “¿vieron que cuando uno entra en un hospital en la Argentina, en los cuartos donde están los aparatos para hacer resonancias, hace mucho frío…?”, como si en los hospitales del país los resonadores fueran un equipamiento básico y usual (¿?).

En un momento inesperado, como quien no quiere la cosa, la presidente dijo “vamos a hacer un seguimiento de cómo se comportan todos… no porque queramos vigilar, castigar, perseguir o controlar a nadie, sino porque queremos cuidar a este hijo… porque yo me siento la madre del país y estamos haciendo todo esto con un gran esfuerzo…”.

A ver, a ver, a ver… ¿cómo es esto que van a hacer un seguimiento de cómo nos comportamos?, ¿qué clase de advertencia es esa?, ¿en qué tipo de país estamos viviendo?, ¿un seguimiento?, ¿para ver cómo nos “portamos”?, ¿pero qué es esto?, ¿será el proyecto Milani en acción?, ¿un país vigilado?, ¿una ciudadanía espiada, bajo la amenaza de la sanción?, ¿qué diablos quiso decir la presidente?, ¿a qué tipo de “seguimiento” nos va a someter”?, ¿qué va a ocurrir cuando un “vigilado” no haga lo que el gobierno quiere que supuestamente haga?

¿Qué está pasando con la presidente? ¿Es ésta la etapa del sinceramiento de su “modelo”; un modelo de país policial en donde se vive bajo el “seguimiento” del Estado?

En una figura que parecía salida del “1984” de Orwell, la Sra de Kirchner se definió como la “madre de todos los argentinos” (quizás a eso se debió el lapsus de definir -cuando contó la historia del aire acondicionado- a “su” madre como la “hija de la presidente”, haciendo posible un fenómeno natural inédito como es conseguir ser la madre de su madre). Se ha repetido hasta el cansancio -hablando de nosotros mismos- la comparación de una sociedad que necesita de un “papá” (en este caso, parece ser una “mamá”) que nos diga lo que tenemos que hacer, cuándo lo tenemos que hacer y cómo lo tenemos que hacer. Y otras tantas veces se concluyó que esa imagen no es buena. Ahora parece que la “mamá” también va a vigilarnos “a ver cómo nos portamos”.

¿No será mucho? ¿No habremos tenido ya suficiente de esta concepción que bajo el manto de la sobreprotección lo único que ha logrado es una sociedad frustrada e infeliz?

Mientras tanto, la mamá que nos va a vigilar dejó que casi 4 millones de sus “hijos” estén sin clases 17 días por un conflicto desatado por una política económica que ha fulminado la capacidad adquisitiva del salario. Pero de eso la “mamá” no dijo una palabra. Interrumpe la trasmisión de todas las emisoras del país para contar historias tan personales como triviales y para decirnos que nos va a “seguir” para ver “cómo nos portamos”, pero no aporta una idea para solucionar los problemas de inseguridad, de inflación, de pago a los docentes, de narcotráfico, de corrupción que azotan con fuerza a una Argentina confundida.

Es necesario que la presidente aterrice. No puede seguir volando a una altura imaginaria sobre el cielo de un país imaginario. En tren de “seguir” el comportamiento de alguien, debería seguir el de su propio gobierno y tomar una decisión de cambio de rumbo antes que sus “hijos” tengan problemas mucho más graves de los que ya afrontan todos los días, por el mero hecho de habitar el país que ella se supone que gobierna.

La confesión brutal de un intelectual orgánico

Alejandro Dolina es lo que Antonio Gramsci definiría como un intelectual orgánico, es decir, alguien que gotea sin descanso un mantra incansable cuyo objetivo final es el cambio del sentido común medio de la gente.

El marxista italiano creía (con razón) que una vez cambiado ese eje de pensamiento colectivo no haría falta la violencia para imponer el comunismo: la gente lo pediría voluntariamente.

Se trataba de una apuesta cultural. Gramsci tenía muchas diferencias metodológicas con los que creían que el componente de la violencia física era una parte necesaria del proceso para imponer la dictadura del proletariado. Los llamaba “bestias”. Y proponía otros caminos: la conquista mental del núcleo medio de la sociedad; llegar allí por la explotación de los medios de comunicación, del cine, del arte, de la poesía, del periodismo… Conquistado ese terreno, la violencia sería innecesaria.

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La visita de Maduro

Según parece, Nicolás Maduro llegará a Buenos Aires el 15 de marzo para verse con Cristina Fernández y buscar su apoyo. Puede que se trata de una visita agradable para la presidente pero es muy incómoda para el país.

El mundo está observando el espectáculo dantesco de Venezuela, un país atravesado por hordas paragubernamentales que con armas y motos provistas por el gobierno aterrorizan las noches de las principales ciudades a los tiros por las calles. Es más dispongo de testimonios personales directos que dan cuenta de redadas protagonizadas por esta gente entrando a edificios a los balazos contra inocentes, para sembrar el amedrentamiento.

Versiones fundadas indican que estos batallones –llamados “los colectivos”- están compuestos por delincuentes comunes -por el hampa hecha y derecha- que, como consecuencia de un consejo de Fidel a Chávez, éste cooptó para utilizarlos en la tarea de esparcir el terror.

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La incitación a la violencia debe terminar

“La guita de la soja es del pueblo”, reza un graffiti escrito enfrente del edificio de la Bolsa de Cereales y firmado por Quebracho. La idea detrás de esa pintada es que el Estado expropie a los productores para que éstos no puedan ahorrar en cereal y obligatoriamente deban ponerlo a disposición del Estado, liquidándolo a $ 7.85 por dólar menos el 35% de retención.

Esa medida acaba de ser materializada en una resolución del Ministerio de Agricultura por la que de hecho se crea una especie de Junta de Granos a la que será obligatorio venderle la cosecha. Quebracho tiene lo que quería: la soja ha dejado de ser propiedad privada para pasar a ser una propiedad colectiva. La garrapata chupasangre del Estado irá a robar el esfuerzo de los productores para imputarlo al barril sin fondo de los déficits públicos.

Pero lo importante para rescatar aquí es cómo el gobierno va confluyendo hacia una concepción de la Argentina que coincide con aquella que tienen los violentos, con los que pregonan un horizonte en donde un conjunto de ladrones le roba su propiedad a sus legítimos dueños.

Ayer este mismo grupo de encapuchados escrachó un supermercado Coto bajo el lema de que sus dueños le roban el dinero a la gente. El espectáculo que protagonizaron fue similar al de cualquiera de sus apariciones: caras tapadas, palos en las manos; los símbolos de la fuerza violenta, de imponer la voluntad de una patota por los medios que sea.

Es lo que está ocurriendo en Venezuela. La diferencia es que allí han reemplazado los palos por las armas de fuego y las brigadas paragubernamentales se desplazan en motos matando gente por la calle. Pero el trasfondo de la concepción que impera en uno y otro lado es el mismo: la falta de libertad, la inexistencia de los derechos individuales, le prepotencia del Estado pisoteando la propiedad y la vida de los individuos.

El fusilador público número uno, Luis D’Elía , ha participado de reuniones con el secretario de comercio Augusto Costa para coordinar las acciones de Unidos y Organizados (de quien cuya organización “Miles” forma parte) para amedrentar a los que ellos llaman “formadores de precios”. De esas conversaciones salió seguramente la brillante idea de empapelar la ciudad con carteles en donde aparecían las fotografías y los nombres de los dueños o funcionarios principales de las empresas que comercializan electrodomésticos y de los supermercados más grandes del país.

Este coqueteo del gobierno con los violentos (se dice incluso que los “servicios” que prestan los encapuchados de Quebracho son retribuidos con dineros públicos) debe terminar porque el horizonte de Caracas está muy cerca como para seguir experimentando.

Sin embargo las iniciativas que se conocen van en sentido opuesto: en lugar de producir señales que incentiven la seguridad jurídica de aquellos con capacidad de inversión, se proponen ideas que ahuyentan a esa gente y otras que exponen a los que se quedan a una especie de escarnio público que incita al odio social.

El gobierno tiene la concepción según la cual ha puesto en marcha un modelo económico extraordinario que genera excedentes de gran magnitud que, luego, los malvados monopolios y los empresarios especuladores se apropian por la vía de aumentar los precios que le roban el salario a la gente.

Como consecuencia de ello hay que declarar a esa gente como enemigos del pueblo y luego entrarles con regulaciones e intervenciones que les hagan “devolver” lo que le robaron al pueblo.

En esa misma línea se inscribe el proyecto que estudia el gobierno para regular la rentabilidad de las empresas, estableciendo un límite a piaccere del antojadizo funcionario.

Medidas como esa lo único que van a conseguir es expulsar más empresas y poner en peligro más empleos. Una caricatura de esa pretensión ha sido el “programa” de “anaqueles vacíos” que Maduro lanzó en Venezuela, por el cual obligó a los comerciantes de electrodomésticos a vender sus productos a precios irrisorios. Al grito de “¡a vaciarles las estanterías!” lanzó al pueblo al robo apañado desde el Estado. La consecuencia fue que todas esas casas cerraron, los empleados perdieron su trabajo y ya no hay productos de reposición.

La línea que el gobierno de la señora de Kirchner sigue está en consonancia con este disparate. Su programa de “precios cuidados” (lo que en Venezuela se llama “precios justos“) es una consecuencia de creer que las empresas se quedan con el excedente de renta que produce un programa económico genial. Como consecuencia de ello es necesario el uso de la fuerza para disciplinar a los que no cumplan los “precios cuidados”. Esa fuerza se ejerce con la violencia del escrache de Unidos y Organizados, con los palos de Quebracho y con las resoluciones de las dependencias del Estado. Cuando todo eso no alcance llegará la cárcel, los “anaqueles vacíos” y las brigadas justicieras.

La física se ha empeñado en demostrar que cuando se combinan un par de elementos iguales se obtienen los mismos resultados, como si se tratara de la aplicación de una fórmula universal. No hay rebeliones contra la física porque, ella, impertérrita a la violencia, seguirá entregando las mismas consecuencias.

El gobierno debe revisar su idea de que todo lo que hace es el fruto de una genialidad y de que fuerzas que sólo buscan el mal son las culpables de los efectos que la sociedad sufre. Es hora de que archive esa altanería y reconozca las responsabilidades de diez años de dispendio y de mala praxis económica que han terminado en los excesos que provocaron el déficit, la inflación y la devaluación.

Es curioso cómo Quebracho cuando escrachaba ayer a Coto lo hacía responsable de la devaluación. Quien devaluó fue el gobierno. El mismo que durante años sostuvo la mentira del cepo cambiario, de repente llegó a la conclusión de que $ 8 por dólar era una correcta relación “convergente de equilibrio”. ¿Pero cómo?, ¿no era que el que había devaluado era Coto?, ¿entonces lo que hizo Coto estuvo bien?

Todas estas fantochadas no resisten el menor análisis. La presidente debe terminar con el modelo de enfrentamiento según el cual lo que ella encabeza es un gobierno que defiende los intereses del pueblo en contra de fuerzas malignas que desean su desgracia. Muchas de las empresas que aquí son escrachadas como responsables de cometer esas atrocidades trabajan bajo sus mismos nombres en países como Chile, Uruguay, Perú… ¿Qué ocurre? ¿Allí no les ha dado la gana de expoliar al pueblo?, ¿solo se la han agarrado con el argentino?

Ya somos grandes para comernos estos sapos propios de una juvenilia del secundario. Es hora de acabar con las acusaciones y con echar las responsabilidades por los disparates propios a los demás. Esa lógica termina en la violencia y, más allá de nuestra propia experiencia histórica con ella, tenemos el espejo bolivariano para saber lo que ocurre cuando ella estalla.

¿Para qué habló la Presidente?

La presidente volvió el miércoles a la carga en una nueva cadena nacional. La comenzó con una aspiración jamás antes insinuada: que la Justicia torne obligatorio para los medios privados de prensa difundir la propaganda del gobierno. Nunca antes ningún presidente de la democracia moderna y de la democracias desde 1853 se había animado a tanto.

La señora de Kirchner intentó sostener su mensaje en un engañoso argumento en el que hizo referencia a la obligación republicana de dar a conocer los actos de gobierno: macanas. O cinismo. Esa obligación se cumple por la publicación de los actos de gobierno en el Boletín Oficial, no con la concesión de espacios gratuitos para que el gobierno de turno utilice los medios de la sociedad para llevar adelante lo que no es otra cosa que adoctrinamiento.

Se trató de una pretensión presidencial volada a la estratósfera. Hasta cuesta creer que la presidente lo haya insinuado en serio. Salvo, claro está, que tenga en mente un definitivo sistema de dictadura estatal de medios.

Se refirió luego a la presencia de la gobernadora de Santiago del Estero, Alejandra Zamora, diciendo que ningún “artilugio” pudo impedir la manifestación democrática del pueblo de esa provincia. A veces uno se pregunta cómo a la presidente da la cara para llegar a algunos extremos. Utilizar precisamente la palabra “artilugios” para referirse a la situación de Alejandra Zamora cuando todo el mundo sabe que ella ha sido, precisamente, la personificación misma de un “artilugio” para que Zamora no perdiera el poder en la provincia, es de una audacia notable.

En efecto, Gerardo Zamora intentaba -anticonstitucionalmente- hacerse elegir por tercera vez en la gobernación. Cuando las cortes de Santiago y de la Nación le dijeron que no podía permanecer eternamente en el poder, Zamora sacó de la manga el “artilugio” preferido de los políticos: “Ah..!, no puedo? Perfecto, entonces aquí les presento a mi esposa…”.

Muy bien, a esta fantochada que supera en mucho los desaguisados feudales de la familia Juarez, la presidente lo ha llamado “la victoria del pueblo sobre los ‘artilugios’”.

Luego de referirse a los comentarios del asesor sciolista Miguel Bein, según los cuales una conspiración internacional se proponía hacer volar por los aires al gobierno, la señora de Kirchner dedicó un largo capítulo al tema de los precios, por supuesto desde su particular perspectiva de que un conjunto de inescrupulosos, para llenarse de plata, los aumenta en perjuicio del pueblo pobre.

Y es en este punto en donde uno se pregunta si la presidente realmente cree que un país puede organizarse sobre la base permanente de la delación. Según la señora de Kirchner debemos ir a un esquema social en donde milicias de vecinos (por ahora, se supone, desarmados) vayan delatando a los miserables almaceneros que aumentan los precios. Más allá del peligrosísimo mensaje que desde el punto de vista de la tranquilidad pública eso sugiere, uno debe preguntarse si la jefa de Estado realmente cree que ese puede ser un sistema de vida sano; un esquema de convivencia aspirable, en donde una parte de la sociedad señala y acusa a la otra de ser su victimaria.

La delación no es un organizador social sano. Y nunca un país de buena leche podría aspirar a organizarse sobre esa base. ¿Qué tranquilidad social podría ofrecerse con esos parámetros?

Un acuerdo de precios -ya se ha dicho mil veces- es básicamente un instrumento inútil. Tal vez pueda funcionar por algunas semanas mientras se implementan otras medidas coherentes por otro lado. Pero suponer que a ello puede reducirse un plan económico racional es ser poco menos que un fetichista. Ningún país puede funcionar sobre la base de lo que es excepcional. Los países avanzados se arman a partir de admitir lo que son las conductas promedio normales de la gente común. Y no puede tomarse como normal la transformación de la gente común en un ejercito civil de delación enfrentado a un supuesto enemigo intergaláctico.

El día que la presidente acepte el universal principio de que la gente está formada para buscar y defender en principio y antes que nada su interés propio y que lo inteligente de un gobierno consiste en buscar la manera de que ese interés coincida con el general, de modo que mientras las personas lo persiguen naturalmente generen un bien residual al conjunto, quizás se acerque al más rudimentario de los palotes del entendimiento del comportamiento humano. Mientras no lo haga la presidente seguirá enfrascada en una guerra utópica que podrá ser muy demagógica, pero que tendrá un resultado práctico cercano a cero.

Luego volvió a insistir sobre la no incidencia del dólar en algunos precios internos y basó su argumentación en que, por ejemplo, la yerba mate no tiene que aumentar porque el mate es argentino y los argentinos transamos en pesos. En el mismo sentido volvió a insistir con su ejemplo sobre el precio del cemento. Sería interesante que alguien le informe a la señora de Kirchner que para cultivar la yerba mate mucha tecnología agraria tiene componentes importados y que el gran componente del costo en la producción de cemento proviene de la energía que está completamente dolarizada, como bien lo sabe su ministro De Vido y todos los argentinos que año a año debemos pagar una factura de 13 mil millones de dólares de combustibles importados.

Respecto de los impuestos la presidente reivindicó el principio “solve et repete”, (pague y luego reclame la devolución) bajo el argumento de que “el Estado nunca es insolvente”. ¿Perdón?, ¿que el Estado nunca es insolvente?, ¿por que no va a preguntarle eso a los jubilados que aun esperan el pago de sus juicios?, ¿no juega allí el principio de “solve et repete”, si acaso cree que el Estado tiene razón en contra de las posturas de los viejos?

Cuando contó su caso del cemento en la provincia de Río Negro, reivindicó -en buena hora- la competencia, para que haya muchas empresas que eviten la cartelización de los precios. Pregunta: ¿y qué clase de clima de negocios ha fomentado el gobierno de la señora de Kirchner para que en el país haya muchas empresas que aumenten la oferta de bienes…? Si se la han pasado insultando y acusando a todo el mundo. ¿Quién querría formar parte del club de los “inescrupulosos” empresarios que aparecen escrachados en carteles públicos firmados por organizaciones paragubernamentales?

Finalmente, como no podía ser de otra manera, le dio una mano de bleque a los medios, en este caso, centralizando su furia contra La Nación a quien acusó de deber impuestos por $300 millones.

El diario La Nación tiene efectivamente una controversia inconclusa con el Estado por la interpretación de una normativa impositiva que el diario sostiene eximía a la empresa del pago de una serie de impuestos. Su postura está fundamentada y ha tenido, incluso, decisiones intermedias favorables a su postura. En todo caso no hay ninguna sentencia firme que diga que el diario debe ese dinero. La presidente debería estar a otra altura, cuidar su nivel y no descender a semejantes escalones de “mojadas de oreja” como si fuera un bravucón de barrio. La gente ya bastante le perdona expresiones como “hablo para que no digan que estamos aquí ‘rascándonos…’” con la que ayer comenzó su aparición.

Es hora de que la señora de Kirchner jerarquice su investidura y sepa defenderla incluso -y antes que nada- desde las formas de sus expresiones. Y también es hora de que agregue algo de sustancia a su relato, porque es casi seguro que la mayoría de la sociedad no podría recordar cuál fue, fuera de sus diatribas, el anuncio central de la cadena nacional de ayer.

Las personas no cambian

Lo que ha ocurrido en las últimas horas con Fútbol Para Todos es una muestra de lo que puede ocurrir en los próximos meses en la Argentina. Cuando hace más o menos un mes Marcelo Tinelli llegó por sorpresa a la Casa de Gobierno, en la caída de la tarde de un jueves de enero, para hablar con Jorge Capitanich comenzó una corta novela que incluyó capítulos que tienen mucha semejanza con lo que viene aconteciendo en el país desde que la Señora de Kirchner perdió las elecciones del mes de octubre.

En efecto, a partir de que se fueron conociendo por partes incompletas lo que parecían ser algunos acuerdos para cambiar la imagen de las transmisiones deportivas de los fines de semana, mucha gente creyó que el gobierno daba una señal de salir de un empecinamiento fanático, irreductible y militante para dar paso –aunque más no sea en el fútbol- a la preponderancia de algo más profesional.

Se especuló entonces con la llegada de personas que tuvieran más que ver con la historia del fútbol por TV de toda la vida, que hicieran del fútbol su trabajo cotidiano y que las transmisiones dejaran de tener el claro embanderamiento político que habían tenido hasta el final del campeonato pasado, para pasar a ser algo más relacionado con el fútbol y con el espectáculo.

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Los otros aumentos

La presidente volvió a la escena de la mano de una palabra que gobernó gran parte de su discurso. “Aumentamos” dijo, haciendo un juego de palabras, mofándose de los “aumentos de precios”, argumentando que “ellos” -el gobierno- aumentaron una cierta cantidad de dudosas variables. Pero la presidente olvidó otros muchos “aumentamos”.

Algunos han sido muy graves en términos sociales. Algunos le han costado la vida a miles de argentinos inocentes, como el aumento del número de criminales sueltos por la calle que tienen a la ciudadanía viviendo en estado de pánico. Otros dejarán secuelas culturales que costará mucho erradicar, como la inútil división social y el rencor gratuitamente repartido. Algunos esperan respuestas judiciales, como fue el aumento inexplicado de algunas fortunas. Y otros han traído a la Argentina males y escenas desconocidas para nosotros hasta hace sólo unos años, como las que entregan los sicarios del narcotráfico matando gente por la calle. Otros están respaldados por las cifras oficiales: cuando en el censo de 2001 vivían 10 personas en una villa miseria, en el censo 2010 vivían 16, un 60% más.

Algunos tendrán impacto por años en la Argentina, como el “aumento” del aislamiento internacional y del pésimo concepto que le hemos trasmitido al mundo. Otros han profundizado las peores prácticas de nuestra historia, llevando el unitarismo fiscal a niveles extorsivos que convirtieron a las provincias en meras dependencias del gobierno nacional.

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Con las naves quemadas

Uno de los aspectos más criticados al gobierno del kirchnerismo y a la vez más ninguneado por éste -esto es, el clima de división social- se va convirtiendo en un tema central del drama económico que vive el país.

Ese clima le cierra al gobierno una válvula de escape. Tanto se enseñoreó en la titularidad de la verdad que hoy no puede recurrir a la ayuda de nadie.

Es cierto que la cara de piedra les permite a algunos lanzar acusaciones de conspiración contra los bancos y luego ir a pedirles la escupidera del dinero, como hizo el ministro Axel Kicillof sobre el fin de semana, nada más y nada menos que con los bancos extranjeros.

Pero esos son estertores de la desesperación. Se busca plata: de los exportadores a quienes se califica de desestabilizadores, de los retailers a quienes se acusa de inescrupulosos o de los bancos de quienes se asegura que orquestan un golpe de Estado.

Pero el camino que el gobierno se ha cerrado a sí mismo es el de las ideas: no puede ir a buscar ninguna al canasto de las disponibles; se metió en un callejón que lo obliga a rumiar en la antigüedad de las que siempre usó.

Hasta los bastiones más rancios del estatismo saben que el factor de velocidad del deterioro no resiste una multiplicación por dos años. Todo ese tiempo en manos de este marasmo dirigista y asfixiante va a matar a todos, incluso a ellos. Pero el gobierno se privó a sí mismo de usar la llave de la puerta que le permitiría descomprimir esta situación.

Ha etiquetado, insultado, ironizado a todos los que advertían el curso del desastre. Y lo que es peor, se ha mofado sarcásticamente de las ideas que esas personas sugerían.

Hace 11 años que el país está en quiebra internacional por no pagar sus deudas y por no presentarle a los acreedores una solución que éstos estén preparados para aceptar. El gobierno subestimó la situación y hasta se dio el lujo de cargar a los que opinaban que lo que estaba haciendo no era bueno. Eso aisló al país tanto como los discursos anti occidentales y las alianzas extravagantes, que parecieron buscarse más con el ánimo de molestar a aquellos a quienes el gobierno no soporta que como una política coherente, aquilatada y a la que sinceramente se considerara como una opción mejor para el país. Todo lo que ha emprendido el gobierno aparece hoy como hecho “en contra de” y “para diferenciarse de” más que como una política sincera y convencida.

El resultado de esta postura en el frente externo nos ha dejado hoy sin puertas a las que golpear en el mundo. Todos huyen de nosotros como de la peste. No inspiramos confianza a nadie y cualquiera consideraría fuera de sus cabales a quien pusiera un cobre en la Argentina.

Del mismo modo, fronteras adentro, el gobierno estiró la cuerda del odio ideológico a tal punto que hoy no puede llamar a nadie para que lo ayude. Ha roto los puentes de comunicación con todo aquel que no sea de la propia tropa aplaudidora de sí misma. Lo único que valió siempre es lo que ellos decían; todo lo demás se reducía al lugar del ridículo, generalmente por la vía del sarcasmo bajo y la altanería desubicada.

Parece poco creíble que el gobierno plantee una cuestión de convicciones. La única convicción visible es la de sostener el poder. Pero hasta ahora ese fin fue compatible con la demagogia populista de izquierda y es precisamente eso lo que ha terminado. El mantenimiento de la lógica populista de izquierda dirige al gobierno hacia la pérdida del poder. Hasta el peronismo está alarmado porque está sospechando que la sociedad, por primera vez, está adquiriendo conciencia de que es ese movimiento el inoperante, y de que nadie hará distingos entre cristinismo y peronismo.

Es más, suena hasta tragicómico, pero para el horror de sus aborrecibles enemigos, el péndulo argentino podría llevar nuevamente al país hacia el “neoliberalismo”.

La testarudez, el capricho y la irresponsabilidad han conducido a la Argentina a este punto impensado. Ojalá que la sociedad sea más inteligente que el gobierno y pueda abrazar por primera vez en más de un siglo la libertad verdadera. Decenas de veces hemos dicho que el “neoliberalismo” no existe. Que lo que sí existe, gracias a Dios, es el liberalismo; la idea que fundó este país y gracias a la cual fue grande alguna vez. Quizás su peor pecado haya sido haberlo hecho grande en un período muy corto de existencia, menos de 80 años. Esa velocidad en el éxito nos hizo creer que éramos algo más de lo que éramos y no pudimos absorber con dosificación las consecuencias de un cimbronazo internacional que nos noqueó.

Pero el único camino que nos puede sacar hoy del pozo a que nos ha conducido el populismo de izquierda es el liberalismo económico moderno, el occidentalismo, la competitividad exterior, la libertad interior y la persecución inquebrantable de la delincuencia.

Ese camino está cerrado para el gobierno porque la hondura de la grieta que produjo lo ha llevado a un punto sin retorno. La pregunta entonces es cómo vamos a transitar los dos años de faltan para que la señora de Kirchner complete su período. El gobierno ha tirado la llave de la caja que contenía las medidas que podrían salvarlo y con sus propias ideas se hundirá junto con todos nosotros.

La oposición tampoco ha emitido señales contundentes en el sentido de proyectar medidas de las que harían falta para detener el deterioro y avanzar hacia el desarrollo. Todos siguen con mensajes tímidos como si aun no estuvieran convencidos de que fueran a convocar a las mayorías nacionales si se expidieran públicamente en el sentido de tomar las medidas que habría que tomar.

Si esos políticos estuvieran acertados  -es decir que sus cálculos de conveniencia les estuvieran indicando que efectivamente perderían votos si dijeran que van a liberalizar la economía, revisar las alianzas internacionales y recomponer las relaciones con el mercado financiero internacional- entonces las responsabilidades por lo que está ocurriendo y por lo que pudiera ocurrir habría que retirarlas hasta del propio cristinismo para ponerlas en cabeza de nosotros mismos, que tenemos, aparentemente la estrafalaria idea de que es posible tener los niveles de vida de EEUU o Australia pero aplicando las ideas de Castro, Chavez o Lumumba.

Se supone que la democracia es un sistema insuperable, porque permite la rectificación pacífica de los errores cuando éstos se manifiestan con efectos negativos evidentes. Cerrarse a los beneficios de esa simpleza implica, en alguna medida, cerrarse a la democracia misma. Es lo que mejor define al cristinismo. La democracia no es un sistema épico de gobierno. No quema ninguna nave. Pero Cristina las ha quemado a todas.