Entre el autoritarismo y el fracaso

Si alguna duda quedaba acerca del rumbo que tomará la ecuación economía- política en el futuro inmediato de las decisiones del Gobierno, la aplicación de la ley antiterrorista a una empresa norteamericana y el proyecto de ley de abastecimiento, no dejan dudas.

Hace ya tiempo que es evidente que- como lo dijese Axel Kicillof en su tesis doctoral- el Gobierno cree que la idea de “equilibrios macroeconómicos” es un invento liberal que solo busca frenar la posibilidad de aplicar recetas heterodoxas. Concepto como “equilibrio fiscal”; “productividad” y aun “estabilidad” son para el kirchnerismo resabios de lo peor del conservadurismo, porque suenan a ajuste y recesión .

Cuando la economía- y la sociedad- se emperran en no funcionar como quiere el Gobierno, es necesario entonces aplicar recetas duras, como el cepo cambiario, el control de precios; prohibiciones de exportar e importar y falsear las cifras del INDEC.

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La invitación de Putin, ¿motivo de alegría?

La Sra Presidenta ha manifestado su alegría y orgullo por el tratamiento especial que le dispensa el Presidente Putin, que incluye una invitación a la próxima reunión de los BRICS. El Gobierno interpreta estas señales como una indicación del reconocimiento de Rusia por la audacia demostrada al apoyar la operación de “recuperación” de Crimea, a la que asocian metafóricamente con la recuperación de las Malvinas. Para un Gobierno al que se le ha cuestionado su aislamiento internacional, los gestos de Putin suenan a una reinserción en el sistema.

Pero creo que tales señales merecen una segunda lectura. Ante todo, porque el Gobierno ha apoyado una operación de virtual invasión de un territorio que fue ruso , pero que incluyó inmediatamente un plebiscito- ganado ampliamente por los pro-rusos- en el que fue decisivo el voto de los habitantes que son de origen ruso. O sea, una similitud con Malvinas que la diplomacia argentina ha rechazado reiteradamente.

En segundo lugar, rompiendo con riquísimos antecedentes de la diplomacia argentina, hemos apoyado una acción armada para apropiarse de territorios de otros países. Argentina siempre ha trabajado por que este tipo de conflictos se resuelvan en el ámbito multilateral, pero esta vez apuntala el uso de la fuerza.

Asimismo, el voto argentino en Naciones Unidas fue decidido en soledad, sin consultar con ninguno de los otros países relevantes del Consejo de Seguridad o de nuestra Región. Un espasmo del tipo del que nos tiene tan acostumbrados nuestra actual política exterior.

El tema no es menor, pues la operación de Rusia sumió a todo el sistema de Naciones Unidas en un enorme nerviosismo. Existe en el mundo una gran cantidad de situaciones similares que, de seguir el ejemplo de Crimea, podrían generar crisis a repetición de incierto desenlace. Los kurdos en Turquía; otros ex territorios rusos en Asia; algunas comunidades del Centro de Europa ;y otros más, en los que existe un muy frágil equilibrio.

La manera de evitar mayores desastres es dar señales inequívocas sobre la decisión del sistema multilateral de no aceptar este tipo de aventuras. Pero Argentina debilitó estas señales al acompañar la aventura de Crimea y con eso volvió a mostrarse como un país impredecible, que no consulta sus decisiones , ni con las grandes potencias ni con sus vecinos regionales.

Tal vez la Presidenta sueñe con que la invitación de Putin a la reunión de los BRICS sea el camino para convertirse en un nuevo miembro del Grupo. Pero lo cierto es que Argentina llega allí por las malas razones que hemos mencionado, y sin ser sostenido por ninguno de los otros miembros, con los que – incluyendo Brasil- no tiene alianzas diplomáticas estratégicas.

En síntesis, tal vez nuestra Presidenta sienta que está siendo premiada por su audacia. Mi visión es que va a recibir un limitado premio por haber acompañado una operación política que rompe la mejor tradición diplomática argentina y remarca nuestra imprevisibilidad.

La parte positiva de este episodio es que sirve para aprender lo que no hay que hacer, y usarlo como otra de las bases de los acuerdos estratégicos que debemos lograr dentro de la oposición.

Subsidio no es inclusión

Tarde -como sucedió con la AUH- el Gobierno reconoce el drama social que sufren los jóvenes excluidos, quienes se han convertido en el sector más crítico de la pobreza en nuestro país. Abandono escolar y baja calidad educativa, embarazo adolescente, desocupación y adicciones forman un círculo de hierro del que muchos no pueden escapar y que reproduce la pobreza entre generaciones. Ninguno de estos eslabones es la responsabilidad de nuestros jóvenes. Desde su historia familiar, pasando por la baja calidad de la escuela pública, los ghettos urbanos en los que viven, la falta de políticas de salud sexual y la carencia de herramientas laborales, su vida está determinada desde la cuna. El aumento de los Ni-Ni en estos años muestra inconsciencia y ausencia del Estado sobre este problema dramático. El ProgresAR viene a generar un incentivo a uno de los eslabones de la cadena de la exclusión: la educación.

Pero un subsidio no asegura la inclusión. Los jóvenes no abandonan la escuela sólo por razones económicas, sino también por causas muy complejas que van desde carencias nutricionales y afectivas de la infancia hasta la falta de incentivos en su medio social. Ninguna de estas carencias puede ser solucionadas con un subsidio económico tardío.

Por ello es que si el ProgresAR va a servir para incluir a un millón de jóvenes, debe ser parte de un programa más amplio que incluya tutorías educativas y afectivas y diálogo con los padres, un seguimiento cuidadoso del rendimiento escolar de los chicos y una evaluación rigurosa del impacto del programa sobre sus vidas. Si los jóvenes no pueden completar su educación por sus carencias heredadas y pierden el subsidio o si lo siguen cobrando a pesar de no concurrir a la escuela, seguirán siendo excluidos y agregaran una frustración más a las muchas que ya tienen.

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Otro fracaso

Es francamente muy notable que en un Gobierno que hace de diversos enunciados progresistas su razón de ser (y que por lo mismo anatematiza sistemáticamente al “neoliberalismo”), la importancia y calidad de los bienes públicos haya caído a los niveles más bajos de nuestra historia. Los bienes públicos, o sea aquellos cuyo uso está disponible para todos, son primordialmente una responsabilidad del Estado, y son una herramienta esencial en la lucha por la equidad y aun por la competitividad. Son bienes públicos tradicionales: la infraestructura, la defensa, pero también la educación y la salud. Si miramos el desempeño de estos bienes públicos en estos 10 años, el resultado no puede ser más desolador (e injusto): la infraestructura económica destruida (energía, rutas, trenes), la defensa inexistente y la educación con los resultados que hemos visto en la última medición de PISA.

Los resultados de PISA merecen varias lecturas. Era obvio que luego de la crisis, la pobreza se metió en la escuela; y sus efectos fueron desbordando la capacidad del sistema para lograr más inclusión y capacidades en los alumnos. Pero 10 años después (y un enorme aumento de recursos que hoy llegan al 6% del PBI), una tras otra las evaluaciones muestran el fracaso y su impacto sobre la vida de los alumnos. Durante un tiempo el Gobierno siguió el peor de los caminos: negar el valor de las evaluaciones y no pensar en términos de cambios profundos en el paradigma y modos de funcionamiento del sistema. No avanzó sobre nuevos instrumentos legislativos, no pensó en escuchar voces diferentes, no rompió moldes en modos de encarar la pobreza y su impacto perverso.

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Es tiempo de decir basta

El documento de los obispos no podía llegar en un momento más apropiado, cuándo todas las evidencias acerca del problema de la droga se han desbandado casi sin control.

204 muertos en Rosario en lo que va del año por ajustes de cuentas asociados a la droga; las polícias provinciales infiltradas sin límites; el sicariato instalado como modo sofisticado de resolución de conflictos entre narcos; presencia abierta de capomafias; el tamaño promedio de los decomisos en permanente aumento; las cifras de consumo han explotado. Y todo ello en medio de una parálisis oficial que ya lleva 10 años y que se ha ido profundizando con el paso del tiempo.

El primer gran impulso a la penetración narco fue el blanqueo de 2010, que permitió quemar 4000 causas por lavado de dinero que estaban en los juzgados. A ello se sumó la inacción y la escandalosa lenidad en el control del lavado de dinero; la falta de radares; la carencia de recursos de los organismos de seguridad; la ruptura de relaciones con los servicios de inteligencia de otros países. No hay prácticamente ninguna referencia estructurada en el discurso K al problema que nos angustia; y ello se concreta en la decisión de la Presidenta de no nombrar secretario de Sedronar desde hace más de 6 meses. Más allá de obvias cuestiones administrativas, la falta de una cabeza en la secretaría implica que no existe un responsable que mueva el Ejecutivo, que sea abogado ante la Presidenta, que presioné a otras áreas, que piense estratégicamente. El resultado está a la vista; y como bien lo plantea el documento de los obispos, a medida que el tiempo pasa se hace cada vez más difícil volver atrás.

Cuando la corrupción del narco entra en las fuerzas de seguridad, la infección de consolida y se hace dificilísimo revertirla. La droga va dejando droga en su camino y eso aumenta el consumo y la dependencia, en especial de los más pobres.

Frente a este drama, no hay soluciones instantáneas. La legalización es una suerte de atajo frívolo, que supone que un problema de esta densidad se puede resolver permitiendo que nuestros hijos y nietos compren cocaína legal en el kiosco de la esquina. Es comprensible que ante la desesperación, los hombres recurran a pensamientos mágicos, pero está probado que eso de nada sirve.

Lo único que sirve es una clarísima decisión política de encarar un programa integral con el mayor profesionalismo, usando todos los recursos del Estado, lo que incluye una acción definida sobre el lavado de dinero y maximizar la cooperación internacional. El gobierno ha roto los lazos con los organismos de inteligencia internacionales, no sólo por su diplomacia aislacionista, sino por la paranoia de preservarse de intromisiones indeseadas, a un enorme costo.

En el campo de la prevención, la palabra del Papa Francisco es la guía: reducir el consumo de drogas sólo puede lograrse con un trabajo de base comunitaria, basado en la cercanía y la com-pasión que entienda las razones sociales de la adicción. En esta línea,
la complementacion entre la capacidad del Estado y la capilaridad y amor que pone la sociedad civil es la fórmula más efectiva. Lo mismo con las acciones para ayudar a la recuperación de los adictos.

Pero hacer todo esto implica para el Gobierno un cambio copernicano en muchas de sus ideas y políticas. Significa despolitizar toda su relación con la sociedad civil; poner en el centro de sus preocupaciones a la familia; evaluar el impacto de sus acciones; profesionalizar sus cuadros técnicos, dialogar con las organizaciones, aunque estas no le respondan políticamente.

Finalmente, creo que luego del documento de los obispos, debemos trabajar para que a la energía negativa y perversa de los narcos, se oponga una enorme energía social positiva, a través de acciones sociales -despolitizadas, de inspiración gandhiana en sus métodos-que expresen con claridad la decisión de la sociedad de exigir a todos los niveles del poder que frenen esta situación, que se viene anticipando, pero que se ha acelerado hasta niveles ya insoportables

Un camino con varios senderos posibles

Los resultados de las elecciones nos muestran un panorama de varios escenarios que van a convivir  en un potencial marco global de inestabilidad.

La primera evidencia es la de un mensaje de la sociedad hacia el Gobierno en el que se pide un cambio en temas que pronto mostrarán las encuestas, pero que seguramente se refieren a las principales propuestas de los candidatos: seguridad, inflación, empleo, estilo de hacer política. O sea que un 70% de la población pide cambios, y el kirchnerismo dijo el domingo a la noche no haberlo escuchado.

Pero la capacidad de la oposición para  convertir esa demanda en hechos está limitada por dos variables: la composición del Congreso y la vocación presidencial de asumir la realidad. Del Congreso poco puede esperarse. Estaremos frente a un Congreso “a la Italiana”, con varias minorías relativas, conducida cada una de ellas por líderes con vocación presidencial. Si ponemos este dato en una computadora, la respuesta será que las probabilidades de lograr acuerdos sustanciales dentro de la oposición son muy bajos (para ser optimista). Tal vez, esta sea una oportunidad para quien pueda mostrarse como el líder con mayor vocación de buscar acuerdos, lo haga público y deje que los remisos carguen con el costo de su negativa.

En todo caso, podemos ver un Congreso de conversaciones antes que de acciones; y es por eso que tanto Macri como Massa concentraron sus discursos de triunfo en el largo plazo.

Lo que suceda en el Congreso dependerá también de la vocación presidencial de dialogo y concordia. Aquí reside la mayor incógnita: las hipótesis sobre la reacción de la Presidenta abarcan todas las alternativas; desde una renuncia anticipada hasta una Cristina cambiada, pasando por una Presidenta que endurezca su discurso ad infinitum para quedarse con el  núcleo duro que le asegure permanencia después del 2015. Todo es posible; aún combinaciones de lo anterior. El cambio en la política hacia nuestros acreedores es una señal muy fuerte de una Presidenta que entiende los limites que la realidad le esta poniendo al discurso ideológico; lo que puede acompañar otros cambios virtuosos aun con un endurecimiento en los conflictos ya tradicionales de su Gobierno con la Justicia, la prensa u otros actores sociales.

Si la Presidenta optase por la alternativa del diálogo y las reformas, el grado de conflictividad política disminuiría. Si no fuese así, si la economía acelerase sus rasgos de cansancio expresados en menos generación de empleo y más conflictos sociales alrededor de la inflación y sus consecuencias, si aumentase la intranquilidad por el tipo de cambio, entonces habrá que hacer un enorme ejercicio de inteligencia para no caer en el campo preferido del kirchnerismo: la confrontación permanente.

La droga, Francisco y Mujica

Cuando de un problema no se puede resolver, una de las alternativas más peligrosas es la búsqueda de soluciones mágicas; atajos que lleven a resolver lo que la constancia no logra. Es el caso de la droga, una cuestión que parece insoluble para Occidente y para la que abundan propuestas tan geniales como vacías. La más popular y ya -lamentablemente- de “sentido común” es la legalización. Su fundamento es que si la droga se vendiese libremente bajaría el precio; el crimen organizado perdería poder y de tal manera menos violencia. Pero sus defensores no aceptan la posibilidad de la venta totalmente libre de cocaína o paco (¿quién quisiera que sus nietos pudiesen comprarla en la esquina?), con lo cual siempre habrá un mercado negro; ni consideran el enorme costo social que el aumento del consumo traería aparejado.

A pesar de estas obviedades, el discurso mágico seguía ganando terreno hasta que el papa Francisco, con su enorme autoridad moral, volvió a centrar la discusión, con dos frases: “No es la liberalización del consumo de drogas, como se está discutiendo en varias partes de América Latina, lo que podrá reducir la propagación y la influencia de la dependencia química“, y “Es preciso afrontar los problemas que están a la base de su uso promoviendo una mayor justicia, educando a los jóvenes en los valores que construyen la vida común, acompañando a los necesitados y dando esperanza en el futuro”. En síntesis: no hay atajos; los atajos son perversos y fracasarán, porque ocultan lo que esta realmente detrás del consumo: la marginación. El camino de la equidad, del acompañamiento a los jóvenes, de la lucha contra el delito y la corrupción asociadas son más largos pero son el único camino viable; y constituyen un desafío enorme para la coherencia de las políticas públicas.

En esta discusión entra también la decisión del presidente Mujica de legalizar y abrir el consumo de marihuana, con activa participación del Estado. El objetivo de Mujica es doble: a) refirmar la idea de que el consumidor individual no debe ser penalizado; b) cerrar el camino a los traficantes (la droga será producida y comercializada por el Estado uruguayo). Ingeniosa como parece la solución, y compartiendo que no tiene sentido someter a juicio a quien posee una mínima cantidad para consumo personal y discreto, la decisión uruguaya abre camino a uno de los peores inductores del consumo: la tolerancia social. ¿Cómo afirmar que la droga daña si el Estado la provee? Porque -no hay duda- la marihuana daña, aunque se la venda como un estimulante menor; y sobre todo introduce a la droga como parte aceptada de la construcción de la felicidad, lo que es mas que objetable.

El mensaje de Francisco debería representar una dura admonición para las autoridades argentinas que con su lenidad han permitido una expansión del narcotráfico como no tuvimos en nuestra historia. Pero sobre todo, debe reforzar e inducir el trabajo comunitario, en el que el Estado aproveche la enorme energía social que ya existe para construir una malla de contención que salve a miles de chicos excluidos de buscar la respuesta a su exclusión en la magia perversa de la droga.

Drogas, el precio de la hipocresía

El polifacético secretario de Seguridad Sergio Berni ha cometido un grave error ético y político: ha metido el tema de las drogas en la pelea política, con sus “ingeniosasreferencias al distrito de Tigre. Francamente, no conozco lo que sucede en Tigre, pero sí sé lo que sucede en todo el país con este verdadero desastre que -sin ninguna duda- ha generado el kirchnerismo. Podrá discutirse si la política económica o social o internacional han sido mejores o peores a los largo de los últimos 10 años, pero no puede nadie negarse que lo que ha sucedido en este período en el campo de las drogas constituye un delito de lesa humanidad. 

Los niveles de consumo han explotado, según las cifras de la misma Sedronar, duplicando y hasta triplicando la utilización de diversas drogas, en especial entre los jóvenes. El informe mundial de drogas nos coloca en un vergonzoso tercer lugar entre los mayores países de tránsito. Se ha instalado el sicariato, con periódicos ajustes de cuentas entre narcos. Aparecen también ajustes de cuentas entre Fuerzas de Seguridad y otras formas inéditas de corrupción. Los trabajadores sociales que están en los barrios confiesan estar desbordados por el avance de la droga en los hogares y el impacto que esto tiene sobre personas y familias.

¿Qué ha hecho el kirchnerismo para qué todo esto sucediera? Dos blanqueos escandalosos, en el primero de los cuales se quemaron 4 mil causas penales. No haber implementado el viejo plan de radarización ni los escáneres en los puertos. Haber cortado los contactos con el exterior en temas de inteligencia. Haber mantenido a la Sedronar en un segundo plano, con un presupuesto misérrimo y en los últimos 4 meses no haber nombrado secretario ni  haber puesto este tema entre las políticas prioritarias del Estado, al punto de que no hay prácticamente menciones al tema en ningún discurso del matrimonio Kirchner. No haber implementado políticas masivas de prevención. No haber ayudado a las provincias a contar con más recursos, al punto tal que hay una verdadera rebelión de los secretarios de Drogadicción provinciales. La provincia de Buenos Aires está cerrando centros de prevención de adicciones por falta de presupuesto, sin que la Nación la ayude.

No cabe duda alguna de que la responsabilidad primaria de definir la estrategia, conducirla y financiaría, corresponde al Gobierno Nacional, como sucede en todos los países en los que el tema adicciones figura entre las prioridades de Estado. La ejecución descentralizada es eficiente sólo en la medida en que haya un eje coordinador que fije prioridades con visión estratégica.

Con estos antecedentes, es una verdadera hipocresía que Berni meta el tema político dentro de este drama, quitando energías a lo que debería ser la prioridad ética fundamental: resolver el problema. Si el señor Berni tomase conciencia del daño en vidas humanas causado por la lenidad en el comportamiento del Gobierno que integra, tal vez dejaría de jugar a las elecciones con el sufrimiento ajeno.

Diana Conti: el pelo pero no las mañas

La diputada Diana Conti es un tipo de personaje que cumple un rol muy importante en los gobiernos totalitarios : expresa el sentir de eternidad del monarca y su círculo íntimo. De esa manera no sólo asegura su propia supervivencia, sino que además hace pensar al monarca que existe un clamor que ella y su mensaje están interpretando… Es la voz que traspasa las rejas y los muros del Palacio, que están cerrados a cualquier voz que no sea amable para con la Corte.

Los autócratas necesitan rodearse de silencio, salvo el de adulones y aplaudidores; y a medida que las cosas van peor, y que los ruidos de la protesta crecen, el cerco de silencio debe ser cada vez mayor. El mundo de afuera debe cerrarse para que el monarca gobierne tranquilo.

Por eso tratan de quedarse con todos los medios, silenciar la Justicia, comprar cualquier voluntad.

Y por eso la re-reelección debe permanecer viva en el imaginario del palacio para que CFK  siga pensando que hay posibilidades y alimente de tal manera la energía que le da el sueño de la eternidad.

Pero esta disquisición nacida de la lectura de la historia política de la humanidad y la Argentina, no es una teoría. Porque si algo ha demostrado el kirchnerismo es que tiene capacidad para proyectarse al futuro, más allá de sus errores . Pura voluntad, que es uno de los ejes básicos del mantenimiento del Poder.

El sueño K es ahora muy simple: como se viene una elección difícil, hay que preparar el campo para la negociación. Pero no una negociación para sacar lo bueno que puedan aportar los adversarios victoriosos, sino para intentar atraparlos en las redes del poder y acordar con ellos como juntarse para continuar hacia la eternidad.

Éste es el peor peligro de lo que viene: la posibilidad de compartir el poder entre vencedores y vencidos; de un contubernio nacido al aroma del común interés que da el “imperium”.

Para quienes hemos mantenido una posición sostenida de oposición, este peligro no es una alternativa lejana. Basta ver el “récord” de los votos de algunos criticones circunstanciales, para entender con que facilidad cambian los vientos para ellos.

Los votos en YPF y Ciccone; la pasividad en denunciar la corrupción crónica; el silencio frente a brutalidades diversas, son antecedentes que hoy deben ser mirados con lupa para saber adonde se pondrán algunos cuando suene la música de la sirena y los invite a pasar.

Diana Conti pasará en ese momento de vocera de los sueños a gentil portera del Salón Dorado.

Las extrañas prioridades de La Cámpora

El miércoles pasado se hizo en la Cámara de Diputados un homenaje a los diputados desaparecidos durante la dictadura militar; un evento lleno de sentimientos y símbolos. Ante todo, porque más allá del significado afectivo del recuerdo (re-cordar es “volver a pasar por el corazón”), cuando se vuelve a traer a la superficie un tiempo tan intenso de nuestra historia, también es importante reflexionar sobre sus mensajes. Pero no hubo en los discursos ninguna referencia a la relación entre la violencia y la política; ninguna introspección sobre el aprendizaje acerca de los modos de lograr objetivos nobles. Al rechazo visceral que produce el uso brutal e inhumano de la fuerza pública, y que se expresa en el simbólico “Nunca Más”, debería corresponderle un diálogo igualmente intenso sobre la violencia como objetivo en sí mismo, que marcó una historia trágica de la Argentina. Fue, en ese sentido, una oportunidad perdida.

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