Entre Bachelet y el “pongui pongui”

Hace un tiempo, mientras aguardaba a ser atendido por un directivo de la Liga Marítima de Chile, observaba el paisaje imponente que rodea al coqueto edificio “Coraceros” ubicado en pleno centro neurálgico de la ciudad de Viña del Mar. Hacia el poniente el majestuoso océano Pacífico. que casi parece acariciar el pórtico de entrada; hacia el este, la majestuosa Cordillera de los Andes y la sobresaliente silueta del Aconcagua. Esa postal que retrataron mis ojos desde un piso 24, era lo último que me faltaba para terminar de comprender la casi mágica subsistencia del pueblo trasandino (según nuestra ubicación, al menos; para ellos los trasandinos somos nosotros…)

Imagine, amigo lector, desde qué punto de la Argentina, sin importar lo alto que éste fuere, podríamos divisar los límites este y oeste del país. Imposible, claro está. Pero en Chile, basta trepar unos metros por sobre el nivel del mar para tomar adecuada perspectiva de su extrema delgadez territorial. Por un lado, el muro rocoso infranqueable; por el otro. el impredecible beso marino, que año tras año se roba unos centímetros de costa y que de tanto en tanto rompe sus propios límites para robarse la vida, los sueños y los bienes de los inevitablemente ribereños pobladores.

Con climas duros en el sur y en norte, con una agricultura extremadamente ingeniosa para arrancarle nutrientes a la roca, una rica minería y mucho pero mucho espíritu de sacrificio, Chile nos exhibe con orgullo algunos indicadores de desarrollo que son dignos de admiración. Puede también dejarnos con la boca abierta en algunas otras cuestiones, entre ellas la gran madurez con la que el pueblo y los distintos gobiernos democráticos han dejado atrás los años oscuros de la dictadura y, como más allá de derechas e izquierdas, cuestiones básicas tales como el posicionamiento internacional, la inquebrantable voluntad de ver en el Pacífico más que un límite una oportunidad de negocios con todo Oriente y la astucia y pragmatismo con que los demócratas de hoy supieron mantener todo aquello que los tiranos de ayer habían hecho más o menos bien, les permitió avanzar a un excelente ritmo.

Hace pocos días atrás, el anterior Jefe de la Armada Chilena definió a su país como “un balcón al mar”. Dicho sea de paso, no pasó a retiro porque osara hablar en público, ni por haber posado en una foto con un dirigente opositor. Simplemente cumplió su mandato de cuatro años al frente de su fuerza y, tal como marca la ley, fue reemplazado por uno de los tres oficiales superiores que le seguían en antigüedad. Una elemental forma de despolitizar a las cúpulas militares. (igualito que acá ¿vio?). Pero el destino parece ensañarse con nuestros hermanos con una inusual frecuencia: cuando apenas comienzan a levantarse de un tsunami, les manda un terremoto y, con las heridas aún sangrando, les envía un devastador incendio en la populosa Valparaíso, uno de los principales focos económicos del país.

Como todos saben Chile es gobernado por una mujer; una mujer que ha demostrado ser una verdadera estadista. Hija de un militar asesinado por sus propios camaradas de armas. Una mujer de esas que sí la pasaron mal durante la ausencia de la democracia y tendría más que sobrados motivos para buscar “revancha” desde el poder que por segunda vez le otorgó el voto popular. Pero una vez más y ante la terrible tragedia que ahora azota a su país, la presidente Michelle Bachelet no dudó en poner la zona en emergencia bajo el absoluto control de la fuerzas armadas de su nación. ¿Supone tal vez esta actitud sucumbir bajo el despótico dominio de las botas castrenses? ¿Significa acaso, que la autoridad civil se declara rendida ante la emergencia y pide a hombres de una raza superior que por favor salven al pueblo? ¿Claudicó la seguramente también nacional y popular jefa de Estado a los mandatos de las corporaciones trasandinas, al establishment local o la presión de alguna superpotencia extranjera ubicada más bien al sur de Canadá?

No, no y una vez más no. Simplemente la Jefa de Estado y Comandante en Jefe de sus Fuerzas Armadas ha revindicado su natural mando sobre las mismas. Ella; la Jefa civil, diagramará la estrategia y sus subordinados de uniforme actuarán en el terreno táctico. Bajo el mando civil, pero con la experiencia, disciplina, equipos y entrenamiento que les son propios. La democracia no pierde ni se arrían sus banderas con esta actitud, sino todo lo contrario. Se verá fortalecida

Algún amigo lector afín a nuestro “modelo” podrá decir que ante las últimas inundaciones en la ciudad de La Plata, las FFAA del país también fueron puestas al servicio de la población. Y es verdad en parte. Pero fueron confinadas a una función periférica, eran los aguateros del equipo. Las primeras figuras, como no podría ser de otra manera, fueron los jóvenes de la “Cámpora”, de “Unidos y Organizados”, de “Kolina” y cualquier otro con ganas de lucir en su pecho un chaleco que revindique a la década inundada. Perdón… ganada

Un papel no menor jugó el ahora exiliado ex secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, el que dando muestras de una capacidad ejecutiva increíble decretó el ya famoso “pongui pongui” millonario impuesto de facto. Prolijamente recaudado, al parecer hasta el presente no fue aplicado a solucionar ninguno de los problemas originados aquel 2 de abril de 2013. Por su parte, Bachelet viajó de inmediato a ponerse al frente de la situación, no tuvo tiempo de pasar por la casa de su madre para mostrarla como una víctima más de la catástrofe. Seguro a causa de alguna perversa razón, los medios chilenos no enfocan a los jóvenes que portando pecheras de la “ Allende” o alguna otra organización política oficialista. Si se vieron por doquier a decenas de socorristas, médicos, camilleros, bomberos y militares haciendo su trabajo, no haciendo política.

Puede llegar a imaginar, querido amigo lector, qué nos pasaría de este lado de Los Andes si sufriéramos una seguilla de catástrofes como las que vienen padeciendo nuestros vecinos. ¿Se imagina a algún miembro de nuestro eximio gabinete (excepto Berni seguramente) metiendo los pies en el barro o tendiendo la mano a una víctima? ¿No? Tranquilo, yo tampoco. Se ve que Dios tampoco lo imagina: tal vez por eso no nos castiga con adversidades extremas y, a la hora de balancear desventajas territoriales con talento y honestidad dirigencial, ubicó de un lado de la cordillera a Bachelet y del otro al “pongui pongui”.

Malvinas, de Galtieri a Cristina

Treinta y dos años no es poco. Ha pasado ya más tiempo desde el fin de la guerra de Malvinas que el que comprendía la edad del grueso de los combatientes cuando fueron enviados al lejano sur como parte de la gesta que pretendió recuperar nuestras islas, con una combinación muy vernácula de estrategia, táctica y logística, la que determinó la derrota militar de la operación a pesar de un grado de profesionalismo, valentía y sacrificio tan alto que hasta el presente es reconocido por el enemigo de entonces. Al punto de ser ya de estado público la opinión de varios expertos militares ingleses que concuerdan en sostener que si la guerra hubiera durado algunos días más, tal vez el resultado hubiera sido otro.

Ahora si usted piensa  -amigo lector- que voy a dedicar esta columna a hablar del heroísmo de nuestros soldados, de la fallas en el desarrollo de las operaciones militares, del olvido de la sociedad para con los veteranos y demás cosas que suelen salir a la luz una vez al año, definitivamente se equivocó de columnista. De todo eso seguramente habrá bastante gente que se ocupará como siempre y de manera mucho más idónea que el suscripto. Tampoco jugaré con mi particular condición de veterano nacido un 2 de abril, aunque debo reconocer que mis cumpleaños son definitivamente diferentes a los de antes de Malvinas.

Las guerras, desde las más remotas hasta las contemporáneas, dejan enseñanzas y experiencias que son estudiadas una y otra vez en academias militares, pero también en claustros diplomáticos, en foros políticos y hasta religiosos. Tienen la particular condición de brindar nuevos conocimientos sobre su génesis, desarrollo y fin en cada oportunidad de ser reestudiadas; incluso en muchas guerras el fin de las mismas tiene fecha incierta. ¿Cuándo terminó realmente la Segunda Guerra Mundial? ¿En junio del 45 cuando se rindió Alemania? ¿En agosto del mismo año cuando lo hizo Japón? ¿O con el fin de la guerra fría? ¿Habrán imaginado los líderes de las potencias beligerantes, que pocos años después de concluido el horror y la matanza, Alemania, Japón, Inglaterra y Estados Unidos serían prósperos socios comerciales y políticos? Nada es igual antes y después de una guerra eso está claro, lo malo de una guerra queda expresado en la destrucción, la muerte, la miseria, la peste y todo lo que una simple imagen puede mostrar. La pregunta final sería ¿puede rescatarse algo positivo de un enfrentamiento bélico?

Para el caso de la errática y siempre imprevisible marcha de nuestra querida patria, tal vez Malvinas sea desde hace muchísimos años el único factor indiscutido de unión nacional. Desde la absurda guerra de Galtieri, pasando por la política de seducción de Menem, hasta los por ahora poco efectivos intentos de bloqueo logístico de la gestión K, con sensibles matices claro está, todos han tenido un denominador común; la intención de recuperarlas.

Podemos coincidir o discrepar con los métodos, pero nos encontramos unidos en el fondo del asunto. Y si hubiéramos ganado la guerra, si las gestiones de Guido Di Tella hubieran provocado una onda de “amor y paz” que hubiera hecho que los Kelpers nos amaran y pidieran a gritos ser una provincia más de la nación o si las bravuconadas de nuestro actual canciller hicieran que muertos de miedo los isleños levanten la bandera blanca de rendición, habría seguramente un clamor popular por trocar el nombre de la Avenida Rivadavia por el de quien hubiera sido el providencial redentor de nuestra soberanía usurpada (y yo estaría en la lista de peticionantes)

En nuestra particular idiosincrasia, salvando obviamente las distancias y dicho lo siguiente con el máximo respeto y al solo efecto de ser gráfico, Malvinas consigue el mismo efecto social que el que solo logra el seleccionado nacional de futbol cuando sale a la cancha. Provoca la unidad nacional, caen las ideologías, los credos, las diferencias sociales , de edad , de color y de sexo. “Ni de aquellos horizontes nuestra enseña han de arrancar; pues su blanco está en los montes y en su azul se tiñe el mar”. ¿Qué argentino no siente que se le anuda la garganta al entonar esta frase de la marcha militar que las recuerda?

Entonces querido amigo lector, tal vez la bendición que nos dejó Malvinas, es al mismo tiempo una lección que al parecer no queremos aprender. La lejana usurpación colonial y la más cercana muerte de 649 compatriotas nos hermanan aún más que las penurias y alegrías comunes que nos depara cada día este suelo que habitamos. Malvinas nos debería servir de probeta de ensayo para comprender que cuando queremos, podemos encontrar caminos comunes. Imaginemos por un instante que fuéramos capaces de encontrar más “Malvinas”, que tuviéramos proyectos comunes como sociedad que no puedan ser cambiados o alterados ni por Cristina ni por Mauricio ni por Sergio , Daniel, Lilita, Milton, Raúl o quien Dios quiera que conduzca los destinos del país.

En Malvinas no había militares, tampoco había civiles, no había oficiales ni suboficiales ni soldados. No había médicos, enfermeros ni tan solo camilleros. No había prefectura naval ni gendarmería ni policía federal. No había gobernantes ni gobernados. ¿Sabe querido amigo lo que si había? Miles de Argentinos trabajando codo a codo unidos por una causa común. Tal vez victimas de algo mal planeado desde su origen, pero envueltos durante algo más de dos meses en la maravillosa experiencia de ser una sociedad homogénea.

Sigue soplando el viento en las islas, sigue ondeando el pabellón foráneo; el rojo de su paño parece recordar la sangre derramada; siguen nuestros muertos confiando en que un día descansarán bajo un celeste y blanco adicional al que naturalmente les brindan el mar y los montes malvineses; y sigue la patria esperando que los argentinos y argentinas –dirigidos y dirigentes- aprendamos la elección y comencemos a darnos cuenta que tenemos algo más que nuestras irredentas islas por lo que pelear todos juntos.

A los 649 caídos ¡salud!

Si hubiera caído en el Atlántico Sur…

Como tantas otras veces, la catástrofe del avión de Malaysia Airlines se adueñó de las primeras planas de diarios y revistas, del aire de nuestras radios y de cientos de minutos de éter televisivo; fueron protagonizados por expertos marinos, pilotos civiles, de las fuerzas de seguridad y hasta oportunos vendedores de simuladores navales para intentar explicar al público espectador cómo se busca un avión siniestrado en la inmensidad del mar.

Tal como ha ocurrido en las últimas situaciones que han tenido al mar como protagonista -desde el último tsunami hasta la tragedia del Costa Concordia, pasando por el embargo de la Fragata Libertad-, el periodismo se lanza sobre distintos actores  principales o secundarios de la actividad naval vernácula, para intentar llevar a sus lectores, televidentes u oyentes, precisiones lo más aproximadas a la realidad de cada momento.  Descubren al mismo tiempo que, en algunos casos, la primera dificultad es qué preguntarle a quien se ha prestado al requerimiento periodístico ya que la cuestión marina es infinitamente más desconocida que cualquier actividad terrestre o incluso aérea.

En esta oportunidad , una vez que tomaron vida las versiones sobre el  descubrimiento de posibles restos náufragos en el poco apacible océano Indico, comenzó un largo raid de interrogatorios mediáticos del tipo:  ¿cómo se busca un avión en alta mar?, ¿qué es un caso “SAR”? ( siglas de la versión inglesa de la frase, “Salvamento y Rescate”), ¿puede un buque mercante ser apto para un rescate de este tipo? E incluso alguna risueña cuestión sobre si habría algún problema en enviar un buzo a 4000 mts de profundidad…..

Y cada uno de los entrevistados, invariablemente trata de hacer comprender con mayor o menor habilidad didáctica, las elementales pero desconocidas realidades de la actividad marítima y naval, los límites a la tarea, los protocolos que rigen la asistencia en alta mar y hasta con infinita paciencia lo que le pasaría a un ser humano si llegara a sumergirse en la profundidad marina más allá de algunas decenas de metros.

Hoy – con mucho sentido común- un camarada me hizo reflexionar sobre la única pregunta que ningún periodista realizó. Me atrevo a acotar; la única pregunta que afortunadamente ningún periodista realizó y que no obstante es más que obvia:  ¿qué hubiera pasado si la infortunada aeronave hubiera caído en el océano Atlántico Sudoccidental; porción de mar bajo control y responsabilidad de nuestro país a la hora de organizar y poner en práctica un protocolo de Salvamento y Rescate conforme a lo dispuesto por el organismo pertinente de las Naciones Unidas a partir de 1979?

La respuesta (o parte de ella al menos) nos debería llenar de orgullo como argentinos. Cientos de hombres y mujeres de nuestras Armada, Prefectura Naval y Marina Mercante, estarían dispuestos a poner todo su talento y profesionalismo para cumplir cada uno desde su rol específico con la sublime misión de proceder en salvaguarda de la vida humana en el mar.  La segunda parte de la respuesta prefiero decirla en voz bajita para que el mundo no se entere. Todos esos brillantes profesionales tropezarían desde el primer instante contra la cada vez más alarmante falta de medios técnicos para cumplir con su labor. Buques no aprestados para una rápida zarpada, elementos de localización obsoletos o inoperables, aviones vetustos y faltos de mantenimiento, lanchas rápidas de patrulla que hace años se prometen y que no han pasado del tablero de dibujo de quien las diseñó, una marina mercante destruida que ya no cuenta con buques de pabellón propio a los que echar mano sin necesidad de mendigarlos a alguna autoridad consular extranjera, y toda la larga lista de impedimentos que prefiero no agregar para que luego no se diga que lo mío es pura oposición.

Pero la intención de esta reflexión, es en parte responder a algunos amigos lectores o amigos personales, que muchas veces me preguntan  para qué quiere nuestro país tener por ejemplo una Armada moderna, bien equipada, con gente entrenada y buques que funcionen de verdad. Una de las respuestas se obtiene simplemente mirando un mapamundi e indagando un poco sobre cuál es la responsabilidad de nuestro país sobre unos cuantos millones de metros cuadrados de océano en los que el mundo confía que, de ocurrir algún percance, allí estaremos. ¿Estaremos?

El orgullo profesional de más de un camarada se va a sentir herido al leer esta afirmación, precisamente porque es ese orgullo el que suple con creces las elementales carencias de la Patria en la materia, siempre postergadas por otras no más importantes pero tal vez más urgentes cuestiones terrestres (que no son lo mismo que las urgencias terrenales de algunos dirigentes).

La reflexión viene a coincidir con días especialmente dolorosos para la Patria;  la mayoría de nuestra juventud aún no ha iniciado las clases, tal vez muchos de esos jóvenes al deambular sin horarios que cumplir por las calles, sean presa fácil del flagelo de la droga la que al parecer se ha adueñado de las principales ciudades del país; o pueden también transformarse en víctimas o instrumentos de la creciente ola delictiva que no respeta ni edad, ni sexo ni condición social.

Podría ocurrir también que queden atrapados en los cientos de conflictos sociales que conforman ya nuestro paisaje cotidiano y hasta tal vez de la simple furia ciudadana que día tras día nos hace más difícil la simple convivencia vecinal.

Uno debería pensar que nuestras máximas autoridades están al tanto de estas cuestiones, y que con un criterio propio de los grandes estadistas, se deban abocar a los conflictos docentes y sociales antes que a la problemática naval; el cálculo probabilístico indica que hay más posibilidades que ante una lluvia se nos inunde un barrio carenciado a que un avión caiga en nuestro mar.

Pero cuando uno ve que por cadena nacional se nos arenga con orgullo sobre nuestra condición de inventores mundiales del alfajor de tres capas, y se nos exhorta a comer con avidez las galletitas que nos regala en cada vuelo la aerolínea estatal económicamente más perdedora del mundo; necesariamente hay que preguntarse no sólo acerca de “en qué estamos” sino además acerca de “hacia dónde vamos”  y como por estos días los discursos oficiales vienen expresados un poco en castellano, un poco en inglés berreta y otro poco en lunfardo, al sólo efecto de que la ciudadanía toda los entienda mejor, sería bueno reflexionar sobre el eje de la temática presidencial de la última cadena nacional. Digamos al respecto que “Fantoche” viene a ser sinónimo de “persona muy presumida”. Pero también de “persona ridícula”.  Qué quiere que le diga, amigo lector. De seguir en este camino va a llegar el día en que el que el emblema nacional que mejor nos represente, en lugar del escudo será un simple alfajor.

Las marinas argentinas

Ciertamente la celebración del día internacional de la mujer, poco tiene que ver con las tradicionales festividades de neto corte comercial las que si bien evocan aspectos sensibles como las figuras de padre, madre, hijo y valores tales como la amistad y el amor, vienen de la mano de una movida mercantil; la que incluso hace que cada país la adecue a sus disponibilidades de calendario y a que en nuestro país algunas celebraciones hayan migrado de fecha para evitar que sorprendan a la población con los bolsillos flacos por la cercanía del fin de mes.

Por el contrario, el 8 de marzo es un día que va más allá de una celebración social. De hecho la elección de esa fecha – como todos recordamos- tiene fundamento en el trágico fin sufrido por un grupo de trabajadoras de la costura de la ciudad de Nueva York en 1857, que reclamaban una jornada laboral de 10 horas. La protesta devino en un incendio en el que perecieron 16 de ellas.

Es por ello que a modo de homenaje, y con su permiso – amigo lector- deseo dedicarle la columna de hoy a una porción muy particular de nuestras conciudadanas que “osaron” con todo éxito incursionar en un bastión masculino por excelencia. La actividad naval.

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Granaderos y granaderas

Teresa de Calcuta y Adolf Hitler, Kennedy y Lee Harvey Oswald, José de San Martín y el comandante realista Antonio Zabala (quien lo enfrentó en San Lorenzo), tuvieron al menos dos cosas en común: fueron personas de existencia real, hecho que no admite el menor margen de duda y, para bien o para ma,l marcaron con sus acciones los destinos de parte de la humanidad de forma indeleble.

El Llanero Solitario y el Zorro, el Hombre Nuclear ySuperman, también tienen su denominador común. Son fruto de la fantasía, de la creación de mentes imaginativas las que por intermedio de artilugios, maquillaje y efectos especiales cinematográficos los tornaron tan reales que todos nosotros creímos en algún punto de nuestra existencia que eran absolutamente verdaderos. ¿No sintió acaso – amigo lector- un poco de desilusión al ver postrado en una silla de ruedas al actor Christopher Reeve? Con lo bien que volaba…

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El ministro indefenso

Dígame la verdad -amigo lector-, si usted fuera presidente de la república, de una multinacional, de un club de fútbol o aunque más no sea del consorcio donde vive, ¿no le gustaría tener guardianes que defiendan con tanta pasión su accionar como lo hacen a diario espadachines del modelo de la talla de Aníbal Fernandez, Miguel Ángel Pichetto o Agustín Rossi?

Cada uno en su estilo, representan a la perfección el ideal del subordinado perfecto, del discípulo fiel y hasta creo que para más de una mujer serían casi como el marido soñado, dispuestos siempre a inmolarse por el amor que profesan a su ama. Perdón, a su dama.

Particularmente, en el caso del ahora devaluado ministro de Defensa, no se le puede negar el talento profesional con el que defendió los colores del Frente para la Victoria en la Cámara de Diputados; el hecho de que uno no coincida con su pensamiento ni que nadie le crea nada de lo que dice, sean sus declaraciones para brindar su particular explicación sobre “submarinos emergentes”, la colaboración del Ejército en la lucha contra el narcotráfico o la compra de aviones con más de 40 años para la actual fuerza aérea desalada, es otra cuestión. Pero el hombre le pone garra.

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Palabras cuidadas

En las últimas horas, el relato oficial ha resurgido despertando al mismo tiempo que el espasmódico letargo presidencial. La cadena oficial una vez más se puso en marcha para comunicar las buenas nuevas a los cuarenta millones de argentinos y argentinas. Ya que la Presidente es de todos ellos; si bien puede resultar llamativo ver por qué se pretende que las imágenes sean seguidas incluso por los veintinueve millones que no han votado a la actual mandataria, las emisiones de anuncios presidenciales en lugar de ser neutras y oficiales, son tenidas invariablemente de los colores, la mística y la impronta partidaria de la primera minoría que se encuentra transitoriamente en ejercicio del poder.

No es común en el resto del mundo ver actos oficiales de presidentes serios revestidos con la parafernalia partidaria totalmente válida para eventos realizados puertas adentro de la entidad partidaria que poseen los políticos devenidos en funcionarios públicos. De Obama a Piñera pasando por Dilma y con la excepción del inefable Maduro. Una cosa es el anuncio oficial y otra muy distinta es la arenga al militante. Ergo, la Casa de gobierno debería ser precisamente un lugar de comunión de la totalidad de los gobernados. Eso, si mal no recuerdo, se llamaba democracia…

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La libertad restringida

Si hay algo que define por antonomasia la función del Capitán de un buque, es la elección del rumbo. Pues bien, el título de esta columna y su contenido, me fueron sugeridos por un Señor Capitán (sí, con mayúscula), que supo ser mi superior y que ahora integra el selecto elenco de mis afectos. Magistralmente y en pocas palabras me hizo recapacitar sobre la verdadera dimensión de una nueva afrenta a la dignidad de la Nación.

Debo estar poniéndome irremediablemente viejo, pues cada año me enojo y despotrico con más énfasis frente al televisor, cuando se transmiten las imágenes de la zarpada de nuestro buque escuela, sazonándolas con un toque de tristeza, de sacrificio y de pena por la partida. Familiares llorando y tripulantes con labios temblorosos que entremezclan la alegría por la aventura a vivir con la nostalgia anticipada por lo que han de extrañar. ¡No señores! Son marinos, unos van a cumplir con su obligación de enseñar, otros con la de aprender y todos con el deber que impone el ejercicio de la vocación que libremente han elegido. Así que ni héroes ni mártires. Marinos de la Patria.

Dicho esto, debo necesariamente reconocer, que la tristeza que por estos días embarga a la gran mayoría de los hombres y mujeres de mar, nada tiene que ver con lo mucho o poco que falte para que nuestra fragata retorne al abrigo de la Dársena Norte del puerto local. Hay una amargura que se oculta para que no se confunda con insubordinación golpista. Una desazón profunda; sofocada por la rigurosa verticalidad castrense. Una certeza que jamás será expresada ante la presencia de un ministro, pero que circula en timoratas cadenas de e-mail y conversaciones entre camaradas y allegados a la comunidad naval; no se trata de privar a un grupo de estudiantes de su tradicional navegación por los mares del mundo, se trata de algo mucho más grave y lamentable. Las restricciones impuestas a la navegación de nuestro buque escuela son directamente proporcionales al fracaso de diez años de triste relato acerca de una década ganada sólo en los costosos spots publicitarios o en rimbombantes discursos cargados de sensiblería barata. El viaje por costas “amigas” desnuda la más alarmante ausencia de plan alguno ni tan solo para la más básica cuestión de Estado; se acotan los viajes de la misma manera en que se acorta nuestra credibilidad en el mundo, de idéntica forma en que se mella la paciencia de nuestros vecinos; en similares proporciones al cada ver menor grado de deseabilidad que despertamos en las mentes de potenciales inversores, inmigrantes y hasta turistas.

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La tormenta desde la otra orilla

Quiso el destino que este convulsionado mes de enero, me sorprendiera del otro lado del Rio de la Plata. Le puedo asegurar –amigo lector- que para mi será tristemente inolvidable por un hecho que le contaré al final de esta columna. Cuestiones personales al margen, tal vez como pocas veces en los últimos años, pueblo y gobierno Uruguayos asisten hoy abrumados a las inexplicables sagas mañaneras que tienen como primer actor a nuestro Jefe de Gabinete y como actores de reparto a sus circunstanciales acompañantes frente al micrófono.

Siendo el Uruguay un país cultural, económica y geográficamente tan próximo a Argentina, es lógico que la coyuntura nacional inevitablemente lo involucre. Desde un temporal causado por el clima hasta el actual tsunami en el que nuestras autoridades están sumiendo al país y a la región.

No obstante  que esta situación de interdependencia es totalmente asumida por la sociedad uruguaya, hay un aspecto de nuestra particular realidad que resulta muy interesante de analizar; me refiero a la manera en que se aprecia la situación cuando quien la analiza se asume totalmente como víctima de la misma  sin derecho a voz ni voto.

Como todos sabemos, las emisiones radiales y televisivas argentinas penetran el territorio charrúa con la misma facilidad con la que un pez nada a su antojo por las aguas del Río de la Plata sin distinguir fronteras. Es así que las emisiones de los “maléficos” comunicadores de la corporación mediática se reciben con la misma claridad con la que lo hacen los esclarecidos pensadores de la TV pública. Siendo así que argentinos y argentinas en tránsito podemos seguir “gozando” de cada detalle de nuestra particular forma de vivir la vida.

Pero el dial uruguayo ofrece entre la cadena del desánimo y la apología del modelo, distintas versiones informativas locales que permiten al argentino que lo desee, asomarse a la desafiante aventura de ponerse en la piel del ciudadano uruguayo que intenta comprender el errático derrotero argentino, el que sin solución de continuidad cada (más o menos) diez años, castiga brutalmente a nuestra población y salpica irremediablemente al resto de la región.

Un denominador común parece haberse adueñado de la opinión pública y publicada de nuestros vecinos por estos días:  el desconcierto total y absoluto. Políticos, economistas, hombres de negocios, comerciantes y hasta choferes de taxi o encargados de edificios lamentan con la misma intensidad los lógicos trastornos que nuestra arritmia política y económica les origina, como el impredecible futuro al que nuestros dirigentes han condenado a nuestro país.

Hace un par de días un profesional uruguayo me comentó con absoluta simpleza e ingenuidad: “Bueno, si todos los males de los argentinos se deben a las maniobras de un grupo mediático ¿por qué no lo cierran y ya?; si pudieron expropiar YPF que era española, ¿por qué no hacerlo con Clarín que es argentino?”

Este simple ejemplo , es sólo uno de una larga cadena de situaciones que se dan a diario cuando miles de espectadores locales, observan a un señor que cada mañana anuncia alguna cosa, para tal vez anunciar la contraria al día siguiente o inclusive en la tarde del mismo día.

La larga lista de interrogantes que la estupefacta sociedad uruguaya se  formula, incluye entre otras cuestiones: ¿cómo es posible que el otrora “granero del mundo” hoy mida con cuentagotas míseros cupos de exportación?; ¿por qué nuestras exportaciones cárnicas se encuentran literalmente por debajo de las del propio Uruguay?; ¿por qué, siendo uno de los países más ricos de la región, estamos una vez más al borde del colapso sin que las razones parezcan ser otras que la impericia de quienes manejan el timón de la Nación?

¿Cómo puede hacer un vecino oriental para  digerir términos tales como Mercosur, Unasur, confraternidad rioplatense o simplemente sentirse hermanos o al menos vecinos de una administración que parece hacer lo imposible por dañarse a si misma y a quienes la rodean?

De la mano de nuestras emisoras televisivas, de nuestros políticos y de nuestros expertos opinólogos , en Uruguay intentan comprender cómo es eso de que el dólar negro sube por presión del narcotráfico (previo entender que es el dólar negro);  por qué escuchan a un ministro anunciar que el sistema bancario internacional está conspirando contra la democracia argentina;  cómo es que la Presidente viaja tres días antes a una cumbre internacional pero se vuelve antes porque le duele la espalda; sin éxito, indagan acerca del porqué a sus familiares radicados en nuestro país se les cobra un impuesto para ir de visita al Uruguay, siendo que integramos el mismo mercado común.  Se devanan la cabeza intentando descubrir por qué,  luego de tanta incitación a la estigmatización del accionar de las fuerzas armadas, ahora un general investigado por un presunto crimen durante la dictadura, toma el micrófono para anunciar que se lo está persiguiendo a él y a la Presidente….

No pueden, no conciben, no entienden nada de nada de lo que nos pasa. Temen por nosotro, porque nuestro fracaso es inevitablemente el de ellos.  Y sólo atinan a vislumbrar un oscuro desenlace. Pero si hay algo que les resulta superlativamente incompresible por encima de cualquier otra cosa , es de qué se ríen nuestros funcionarios cada mañana cuando toman el micrófono para anunciar un nuevo paso al frente en el camino al desastre.

PD: Con el permiso de editores y lectores, dedico esta columna a mi lectora más leal y a mi crítica más severa; a mi madre Graciana, que llegó a este suelo uruguayo de la mano de sus hijos y se fue al cielo de la mano de Dios. Un pedacito de mi partió con ella.

No pescarás

Amigos son los amigos. Fieles a esta máxima popular y dispuestos a ayudar al amigo caído en desgracia, los máximos líderes del “modelo” le procuraron al eterno derrotado Daniel Filmus un conchabo en la Cancillería. Como todos los cargos estaban ocupados, optaron por crearle uno relacionado con las cuestiones inherentes a nuestras Islas Malvinas. No fueron pocos los problemas que esta “ayudita” al amigo crearon en la consejería legal y en otras dependencias diplomáticas del país, ya que hubo literalmente que inventar algunas tareas para delegarle al nuevo secretario de Estado. Tareas, claro está, que sean tan sonoras como inútiles ya que aun para este “modelo” el tema Malvinas es algo delicado.

Así fue que dispuesto a honrar a quienes lo ungieron en el cargo, el nuevo secretario ya nos ha comunicado su primera gestión en procura de poner en jaque a la mismísima corona Británica, anunciando urbi et orbi que “serán sancionados civil y penalmente quienes realicen tareas de pesca en las adyacencias de nuestras islas sin el correspondiente permiso de pesca emitido por nuestro país”. Ya alguna vez le he comentado -amigo lector- que la porción sumergida de la patria se divide en tres partes: mar territorial, zona contigua y zona económica exclusiva. Esta última es la porción que se extiende desde la línea de más bajas mareas hasta las 200 millas mar adentro y en la cual, como estado ribereño, Argentina ejerce plenos derechos de explotación de sus recursos pesqueros y riquezas provenientes del lecho y subsuelo marinos.

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