Tragedia y oportunismo

Tal como es de público conocimiento, desde hace 15 días cuatro ciudadanos argentinos que tripulando el velero de 12mts de eslora TUNANTE II se dirigían desde Buenos Aires a Rio de Janeiro, fueron sorprendidos por un fuerte temporal a la altura del estado de San Francisco Do Sul, encontrándose perdidos desde pocas horas después a que ellos mismos informaran su posición y declaran su propia emergencia

Como se ha explicado reiteradamente, el hecho constituye un claro caso “SAR” (Search and Rescue). El SAR es un protocolo implementado por la OMI (Organización Marítima Mundial) por el cual los estados partes del convenio para la salvaguarda de la vida humana en el mar, asumen a través de sus autoridades marítimas o armadas la responsabilidad de búsqueda y rescate de personas en peligro de vida en el mar

Naufragios, incendios, colisiones de grandes buques o pequeñas embarcaciones deportivas como en este caso. Ponen en marcha enormes y costosos procesos que movilizan hombres y medios en defensa del más preciado de los bienes: la vida humana.

El Tunante II se accidentó en una ubicación geográfica que cae bajo responsabilidad SAR del estado brasilero. La Armada del país vecino estuvo a la altura de las circunstancias y desplegó a la zona de probable ubicación del velero a medios navales y aéreos

Casualmente, en fecha coincidente con el siniestro, la Argentina estaba a punto de desarrollar junto a las marinas de Brasil, Uruguay y Sudáfrica el tradicional ejercicio conjunto ATLASUR. Dada esta circunstancia, la corbeta argentina ARA Rosales se encontraba en posición de sumarse a la búsqueda en forma solidaria, ya que como dijimos el área del siniestro no está bajo responsabilidad de nuestro país.

Por recomendación de la Armada, y en una acertada decisión , días después el ministerio de Defensa autorizó la zarpada de otra corbeta. En este caso, la más moderna de la flota de mar ARA Gomez Roca (de la clase Meko 140) y además un avión de exploración P3 Orión. De acuerdo a la normativa internacional, este tipo de acciones de rescate no generan ningún tipo de resarcimiento al estado rescatador; obviamente mucho menos al colaborador. Lo que permite inferir que el esfuerzo presupuestario de esta misión con fecha aún incierta de terminación será absorbido en su totalidad por el Estado Nacional

Hasta aquí todo impecable. La acción de nuestros hombres y mujeres de la fuerza naval, pero también la predisposición de las autoridades políticas del área al autorizar a la Armada a cumplir con una tarea humanitaria. Pero la noticia emanada ayer desde la cartera que dirige Agustín Rossi amerita un pequeño llamado de atención

“El ministro de Defensa dispuso que la fragata Libertad se sume a la búsqueda del velero Tunante II”. La noticia sorprendió a la comunidad especializada en temas navales por la sencilla razón que la “Libertad” no es un medio básicamente idóneo para tareas de búsqueda. No tiene un sistema de propulsión que le permita desarrollar una gran velocidad, su condición de buque velero lo hace poco ágil para la maniobra, tampoco lleva equipamiento apto para la tarea de búsqueda y, obviamente, al ser un buque escuela, el grueso de su tripulación son cadetes con poca experiencia en el mar.

Hace algunas horas, algunas autoridades del ministerio aclararon que en realidad el buque tenía previsto zarpar de regreso a nuestro país en la mañana del 10 de setiembre y que en su navegación normal de regreso al sur atravesará durante dos días parte de la zona de búsqueda. No se desviará ni hará otra cosa que no sea prestar atención extraordinaria a lo que pueda acontecer a su alrededor

Esto es técnicamente correcto y estrictamente obligatorio. Mientras dure la emergencia decretada por la armada de Brasil, todo buque civil o militar que navegue por la zona tiene obligación de hacerlo. Pero considerando que cuatro familias siguen con infinita esperanza cualquier novedad que se produzca en relación con los navegantes perdidos, sería bueno dejar de lado la propaganda política propia de ministros en campaña y respetar el sufrimiento de esas familias intentado no borrar con el codo del oportunismo político. Una buena decisión que mereció, por una vez, que los marinos argentinos se sintieran orgullosos de su ministro de Defensa.

Un bochorno incompatible con la democracia

Imagine por un momento, amigo lector, que un incontrolable impulso renovador lo lleva a la redistribuir los espacios de su hogar. Puesto en la tarea, monta su escritorio en la cocina, ocupando las alacenas con libros y papeles; instala la impresora sobre las hornallas, mientras ocupa la bañera con platos, servilletas y víveres. Muda el dormitorio al garage y agranda un poquito el ventanal del living para poder entrar el auto. ¿Quien podría negarle su derecho? Es su casa y en su casa manda usted. Tal vez el sentido común podría indicar que su calidad de vida será peor. Pero el sentido común no es el más común de los sentidos por estos días…

La ley 19.349 sancionada el 25 de noviembre de 1971 dice que “Gendarmería Nacional es una fuerza de seguridad militarizada dependiente del Comando en Jefe del Ejército, estructurada para cumplir las misiones que precisa esta ley en la zona de seguridad de fronteras y demás lugares que se determine al efecto”. También agrega la norma que es misión de la GN satisfacer las necesidades inherentes al servicio de policía que le compete al Comando en Jefe del Ejército en la zona de seguridad de fronteras.

Por su parte, la ley 18.398 de octubre de 1969 determina: “La Prefectura Naval Argentina es la fuerza por el que comando en Jefe de la Armada ejerce el servicio de policía de seguridad de la navegación y el servicio de policía de seguridad y judicial”.

Mucha agua pasó por debajo de los puentes de la patria en estos más de cuarenta años. Estas fuerzas de seguridad ya no dependen de los comandos militares, por otra parte tampoco existen más los comandos en jefe de las fuerzas armadas. Y sus leyes orgánicas han sufrido retoques conforme fueron surgiendo diferentes necesidades.

Lo que nadie aún ha modificado es precisamente la razón de ser de estas prestigiosas fuerzas federales. Su lugar en esta gran casa que se llama República Argentina son las fronteras y las aguas, respectivamente. Se forman, entrenan y especializan en el monte espeso o en las aguas profundas, saben lidiar con el temporal de nieve o con el mar embravecido; sus uniformes, carácter y pensamiento se van moldeando para adaptarlos a las necesidades del medio que frecuentan. Pueden distinguir una “mula” cargada de sustancias ilegales en un paso fronterizo, pueden “olfatear” la tormenta que se avecina sobre la costa y recomendar a los navegantes que refuercen sus amarras. Son, eso sí, un poco torpes para pedir documentos a los automovilistas en la General Paz y ni que hablar a la hora de cumplir la orden de arrojarse de palomita sobre un auto manejado por un manifestante en la Panamericana.

La seguridad es una de las grandes deudas que el modelo saliente dejará sin pagar cuando abandone para siempre el poder en diciembre de 2015. No puedo afirmar que sea la más grande: pobreza, desempleo, mala calidad de salud, crispación social, tergiversación maliciosa de la historia, corrupción en grado superlativo, enriquecimiento exponencial de toda la cadena de mandos de la Nación son, sin lugar a dudas, parte importante de la herencia que el ahora desenmascarado modelo nacional y popular nos deja. Pero duele más que nos maten a un padre, hijo o vecino a ver que nuestro Vicepresidente declara vivir en la cima de un médano o que un juez federal se roba una causa para absolver a los allegados al poder

Coincidirá conmigo, querido amigo lector, a que somos proclives a adaptarnos con rapidez a los cambios, incluso si estos son para peor. Hasta hace muy poco tiempo, ante un la ocurrencia de un delito común o un conflicto de baja intensidad, no solíamos ver al ministro de Seguridad en persona comandando a las fuerzas del orden. Ni tampoco al jefe de la fuerza de seguridad involucrada, ni muchísimo menos. Obviamente la aparición de los mismos era proporcional a la magnitud de los hechos en cuestión.

Pero este modelo, que todo lo puede, le sacó la policía al ministerio del Interior y al tiempo que le dio el manejo de trenes, colectivos y aviones, y creo el ministerio de Seguridad. A cargo de una ministra desdibujada y recaído en manos del ya conocido Teniente Coronel Berni, quien se encuentra en uso antirreglamentario de licencia (el art. 38 inciso b de la ley 19101 prevé que el personal militar superior convocado por el PEN para cumplir funciones ajenas a la fuerza a la que pertenece podrá hacerlo por un tiempo máximo de seis meses). Como es razonable suponer, a la hora de elegir subordinados, colocó en varios puestos de relevancia dentro de su área de acción a militares retirados y de su confianza; hasta incluso a hijos de camaradas entre los que se encuentran los de un por estos días muy famoso teniente general de la Nación.

Nunca antes un Gobierno había declamado con tanta fuerza la prohibición de actuación a los militares en cuestiones de seguridad interior. Nunca antes esa norma ha sido violada tan reiteradamente como durante esta gestión. Cuando ponemos al ejército en las villas, aunque sea con funciones “sociales” (salvo ante una catástrofe o tragedia), estamos violando la ley orgánica de las fuerzas militares. No importa si el propósito es noble. Importa que no estamos cumpliendo la ley

Si quisiéramos desentrañar las funciones reglamentarias del omnipresente secretario Berni, tropezaríamos con varios interrogantes. Se autodenomina jefe de la seguridad a nivel nacional. Pero es el primero en declarar que la seguridad de las provincias es responsabilidad de los gobernadores de las mismas. Reitera -y con razón- que las fuerzas federales a su mando sirven a la prevención y represión de delitos federales, pero anda con gendarmes y prefectos corriendo rateros de provincia si esto conviene al relato.

Su rol en la Ciudad de Buenos Aires es aún más confuso, ya que por momentos nos explica que al ser Buenos Aires la Capital Federal del país la seguridad es suya, pero al mismo tiempo pretende que la incipiente y aún inexperta Policía Metropolitana sea poco menos que una guardia pretoriana todo terreno. Si se cae un balcón en tribunales, aparece Berni. Si se incendia un buque en Zárate, aparece Berni. Pero si, como algunas semanas atrás, mueren dos tripulantes a bordo de un barco en medio del río y sin cámaras de TV cerca, no es tema de Berni. Sin embargo, si se cae un avión en aguas uruguayas y hay cobertura mediática, el hombre vuelve a aparecer.

Policías, gendarmes y prefectos han sido instruidos para ser reticentes a la hora de dar explicaciones profesionales relacionadas con un hecho determinado. Si lo hicieran previo permiso político, no deberán dejar transcurrir más de tres palabras sin dejar de mencionar que todo lo actuado fue por obra, gracia, inspiración y control del señor secretario. Es por ello que resulta difícil pensar que un oficial superior de la Gendarmería Nacional se proyecte contra un vehículo detenido por propia iniciativa. Tampoco será creíble que la presencia de un Coronel de inteligencia comandando el accionar de una fuerza de seguridad sea casualidad.

Es muy cierto que el modelo se equivocó de medio a medio cuando decretó la descriminalización de la protesta social en cualquiera de sus formas. Aun cuando algunas de estas formas colisionan contra elementales derechos de los demás ciudadanos. Pero pretender remediar el error infiltrando espías en las protestas, y utilizando una versión atenuada de “guerra sucia” obligando a los uniformados a delinquir en pos de los objetivos políticos de un funcionario, es algo que esta democracia no puede darse el lujo de tolerar.

La seguridad, como dijimos, es una de las tantas asignaturas pendientes de la década “ganada”. Es algo demasiado complejo para dejarlo librado a las manos de un funcionario al que nadie le negará su compromiso con la tarea, pero al que es hora de comenzar a pedirle explicaciones por los graves errores que a diario comete. No alcanza con colgarse de un helicóptero, manejar motos en contramano o disfrazarse de bombero. Por estas horas el teniente coronel todo terreno acaba de tener que despedir a uno de los muchos militares de los que supo rodearse; en los próximos días seguramente la gendarmería perderá a un oficial superior que cumplió una orden, sin percatarse de la ilegalidad del acto. Va llegando el momento de indicarle al coronel médico que su uniforme es el delantal blanco y su arma reglamentaria el estetoscopio. Mientras tanto, habrá que comenzar a ordenar todo el tremendo desbarajuste al que han sumido a las fuerzas de seguridad y pasará mucho tiempo hasta que -citando a Raúl Alfonsín- podamos decir: “La casa está en orden”.

Instrucciones para sobrevivir al relato

Desde muy chico uso anteojos, así que no me asombra si alguna vez confundo una cara o no saludo a alguien que pasa lejos, simplemente porque no lo reconocí. Como contrapartida, siempre me jacté de mi buen oído… hasta que escuché el discurso presidencial durante el acto de cierre de la jornada de trabajo del consejo del salario en la que se fijó el nuevo mínimo, vital y móvil.

Le pido perdón, amigo lector, si mi otrora impecable sistema auditivo comenzó a jugarme en contra, pero creo que la Presidente dijo algo así como que en el hipotético caso que tuviéramos una inflación del 100% mensual, en once meces tendríamos una inflación acumulada del 1100%.

Antes de ser oficial de la marina, fui perito mercantil. Pasaron muchos años, claro, pero creo que recordar que el cálculo de la inflación acumulada no era lineal sino geométrico: si algo que vale diez aumenta un 100% pasa a 20 y si luego aumenta otro 100% pasa a 40 y luego a 80, y así sigue la rueda (el mismo concepto del interés compuesto). Pero repito, pasaron muchos años y tal vez sea yo el que se equivoca. Por algo no llegué a Presidente de la Nación.

También escuché a la máxima líder del país pedirle a los empresarios automotrices que no “encanuten los autos”. Una vez más me sorprendí. Siempre creí que los autos, sin llegar a ser productos perecederos como la carne o la leche, tenían fecha de vencimiento. Al menos la tenían para ser exhibidos en un salón de ventas como “último modelo”. Cuando hablamos de “encanutar”, ¿de cuántos autos y de por cuánto tiempo estamos hablando?

Empresarios y gremialistas escuchaban atentamente, impertérritos o más bien conscientes que no existe la menor posibilidad de corrección, opinión o gesto antirreglamentario. No están allí para eso, están allí para dar marco a la clase magistral del día, sonreír (por amor o espanto pero sonreír) aplaudir y  -de ser elegidos y “ungidos”- estrechar la mano de la jefe de Estado. Cumplido este ritual, abandonarán rápidamente el recinto que los cobijó con más dudas que certezas y con la esperanza que la cámara no los enfocará justo en el momento del asentimiento incondicional al relato, porque luego hay que explicar cosas que son muy difíciles de explicar.

Va resultando complicado ser original al intentar emitir un “reporte semanal” de la hoja de ruta nacional. Los problemas son los mismos cada día, la única diferencia es que empeoran de manera preocupante. La reacción frente a esos problemas por parte de las autoridades también es siempre la misma: negarlos, ignorarlos ,o en el mejor de los casos, culpar a enemigos siempre ocultos que recuerdan a los quijotescos “molinos de viento”. Lo único que guarda relación entre el relato y la realidad es la proporción lineal entre acción y reacción. Cuanto más se agrava la situación, más se empeña el Gobierno por negar o desconocer el agravamiento. Fieles a este criterio, si la recaudación por percepción del IVA aumento 35% en un año, nada de ese aumento tiene que ver con esa palabra inventada por la corpo, los buitres y el establishment llamada inflación. Mucho menos se puede sugerir que no es mayor porque al fenomenal aumento de precios se agrega una drástica caída del consumo interno. Decirlo no puede significar otra cosa que trabajar de meritorio en el juzgado de Mr. Thomas Griesa

Habitualmente, esta columna carga las tintas apuntando a las fallas o falencias en la gestión. Con mayor o menor severidad suelen llegar las “replicas” a lo aquí escrito. Pero debo ser honesto a la hora de reconocer que, más allá de algún enojo ministerial, jamás los mismos constituyeron ni remotamente algo parecido a una amenaza o he visto restringida en modo alguno mi interacción con los distintos organismos del Estado con los que en virtud de mi condición de marino estoy relacionado. Ahora, claro, no podría esperar de este Gobierno una designación política, ni una comisión al exterior ni tan solo una vacante para la portería de la Casa Rosada.

Entonces tal vez corresponda comenzar a reflexionar sobre en cuánto estamos dispuestos a alterar a la ecuación “costo beneficio” de nuestras empresas, cámaras, gremios, o simplemente de simples aspiraciones personales, a la hora de “ilustrar al soberano” o a los “príncipes del reino” sobre la cruda realidad de la situación. Cuantos enfáticos “No” estamos dispuestos a decir ante cada planteo descabellado, ilógico o impracticable que desde el poder suelen realizarnos. A cuántos contratos con el Estado estaremos dispuestos a renunciar, cuántas prebendas sectoriales resignaremos por ponernos firmes en nuestras convicciones, declamándolas en público con el mismo énfasis con que lo hacemos en reuniones de “camaradería”.

Hemos conseguido a fuerza de repetir fracasos , hacerles entender a los militares que, mientras vistan el uniforme y empuñen las armas de la patria, no tienen oportunidad alguna en forma corporativa de cuestionar a la política oficial. También es cierto que tampoco deben apoyarla tan enfáticamente que terminen poniendo las armas de la Nación al servicio de una facción política. Para al resto de los actores del cuerpo social este principio no aplica, El todopoderoso Berni no deja que un Gendarme o Prefecto nos expliquen un accidente vial o acuático, so pena de pase a retiro inmediato. Pero ni los ministros Kicillof o Giorgi darán de “baja” a un empresario ni Tomada hará hacer “salto de rana” a un gremialista por alzar la voz. Eso sí tal vez dejen de gozar de algunos placeres propios de quienes acarician las suaves mieles del poder

Muerta definitivamente y a Dios gracias la “asonada militar”, tal vez ha llegado el momento de asumir que en el largo camino que va desde la conveniente mansedumbre al boicot empresario, del contubernio político sindical a la huelga salvaje y desde la apatía al estallido social, hay un punto intermedio. Podemos comenzar a transitarlo lentamente, ensayando no sonreír ante cualquier disparate que se nos diga desde un atril oficial. Cometer la osadía de no aplaudir al final de cada frase del relato, dejando que el silencio sea la más contundente muestra de desaprobación y -contrariando al recordado Roberto Galán- comenzar besarse y abrazarse menos con los funcionarios que además de retarnos y darnos cátedra, van llevando el país hacía la destrucción total. Tal vez no cambien el rumbo pero al menos aminoren la velocidad.

Dirigentes y “dirigentas”: la cadena nacional de la felicidad, ahora en HD, tiene para ustedes un pequeño inconveniente. Los vemos, miramos sus gestos, sus adorables sonrisas y su maravillosa agilidad para saltar de sus butacas cuando el guion marca “aplausos de pie”. Si no son capaces de hacerlo, hágannos al menos un favor, no sigan ensayando frente al espejo y en la retaguardia lo que no son capaces de hacer cuando se perfuman y afeitan para sacarse una foto en el frente.

Los dobleces del modelo

Habrán sido realmente sabios los constituyentes de 1853 cuando establecieron el mandato presidencial en 6 años sin posibilidad de reelección inmediata. La historia nos ha enseñado que todos los intentos reeleccionistas obtenidos merced a sucesivas reformas constitucionales, no depararon nada bueno para la República. Solo por citar los más recientes; el otrora aclamado reformador estatal Carlos Menem, terminó repudiado por sus anteriores súbditos (Néstor incluido) y el actual segundo mandato de Cristina se encamina al desbarranque total e inevitable por donde quiera que se lo mire.

Asumiendo que al margen de ser un segundo ciclo de un mismo gobernante, el actual periodo se presenta como el tercero de una misma concepción de modo de gobernar, son muchos ex detractores o defensores de la gestión de Néstor Kirchner que coinciden en afirmar que a todas luces su gestión fue mucho mejor o mucho menos mala (según quien lo diga) que la de la actual mandatariaSubrayo mandataria y no mandante porque me parece que a veces la Presidente confunde los términos;  en especial cuando nos reta a todos y a todas desde el podio y por cadena nacional.

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Ley antiterrorista nacional y popular

Una noche cualquiera de mi adolescencia, con el silencio habitual de esa noche cualquiera. Una ciudad adormecida entre sábanas, recuperando energías para la jornada por venir. Silencio, quietud, calles vacías, sueños en curso. Un ruido estremecedor, repentino e imprevisto. Gritos, sirenas, visibles rastros de sangre en las manos de quienes las tienden para ayudar.  También sangre, invisible, en las de aquellos jóvenes que en honor a vaya a saber uno que sublimes “ideales” rompían algunas noches no solo los sueños de la ciudad sino los de cientos de familias destrozadas por la bomba traicionera, la metralla fratricida, la muerte por la muerte misma y el despreciable empecinamiento en la revolución permanente. Eso creo recordar que era para mí generación el terrorismo

El guerrillero preso y desarmado; torturado y desaparecido. La embarazada cautiva a la que se le arranca de los brazos al hijo recién nacido, que es luego entregado a extraños para que crezca sin pasado, sin origen y sin raíces; constituyendo un delito aberrante ejecutado por un Estado que adquirió en la batalla los mismos males que se proponía erradicar. Eso también era terrorismo -y por cierto, de la peor especie.

Los relojes detenidos en las inertes muñecas de las 85 víctimas de la AMIA marcaron definitivamente a la hora 09:53 de aquel 18 de julio de 1994, como la correspondiente al mayor atentado criminal perpetrado en territorio argentino. Aquello también fue terrorismo, en su máxima expresión

Y las torres gemelas, la explosión en Atocha, los fundamentalismos asesinos escudados en cualquier exacerbación de una creencia religiosa, constituyen obviamente demenciales extremos de lo que el concierto mundial de las naciones reconoce como terrorismo

El terrorismo es definido por la RAE como la “actuación criminal de bandas organizadas, que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos”. Simple pero contundente.

Nuestro código penal contempló hasta 2007 un concepto bastante aproximado al pensamiento mundial en la materia disponiendo en su artículo 213 “quien tomare parte de una asociación ilícita cuyo propósito sea, mediante la comisión de delitos, aterrorizar a la población u obligar a un gobierno o una organización internacional, a realizar un acto o abstenerse de hacerlo, siempre que ella reúna las siguientes características:

a) Tener un plan de acción destinado a la propagación del odio étnico, religioso o político;
b) Estar organizado en redes operativas internacionales;
c) Disponer de armas de guerra, explosivos, agentes químicos o bacteriológicos, o cualquier otro medio idóneo para poner en peligro la vida o la integridad de un número indeterminado de personas”

Luego el modelo que todo lo puede, sin pedir permiso a los padres de la lengua, agrupo bajo el término “terrorismo” a la trata de niños, la prostitución el fraude financiero y hasta la protesta social (si es una protesta social no conveniente claro está). Incluso a un periodista inquieto se le quiso aplicar como “correctivo” la particular ley antiterrorista nacional y popular.

Hace un par de días, en una nueva emisión del melodrama presidencial de entrega casi diaria que bien podría titularse “Sola contra el mundo”, fuimos informados que la quiebra de la imprenta Donnelley, constituye un terrible acto de terrorismo “puro y duro”.

Inútil sería intentar desde esta columna descubrir la verdad sobre el cierre del establecimiento gráfico. Pérdida de rentabilidad, alteración insalvable de los términos de la ecuación “costo beneficio”, hastío irreversible por los caprichos y entuertos administrativos, cepo y más cepo o también -porque no- la vieja y conocida maniobra de quiebra fraudulenta. Como sea, y sin ser expertos en derecho, parecería prima facie que el vocablo “terrorismo” no aplica para esta situación.

Sin bien la imagen de 400 operarios sin trabajo causa angustia, desde hace ya bastante tiempo, con mayor o menor repercusión mediática, imágenes similares son casi cotidianas: autopartistas, metalúrgicas, constructoras, frigoríficos, textiles y tantas otras actividades industriales y comerciales van cerrando sus puertas. Van bajando sus persianas y apagando su luces para no encenderlas nunca más. Por más proclamas lanzadas en el salón “Mujeres argentinas”, por más conciliaciones que se hagan en la cartera laboral y por más que esmere nuestra Gendarmería en despejar las autopistas. Normalmente el empresario (patriota o buitre) recurre al cierre de su emprendimiento no como primer recurso ante un sacudón, sino como última e irreversible decisión cuando aprecia que con cada amanecer su situación empeora respecto al día anterior

Desde aquel famoso “Les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo” hasta las desaforadas alocuciones nacionales y populares que incluyen amenazas de expropiación de la gestión empresarial, precios cuidados y tal vez (porque no) la creación de un “Guantánamo” a la criolla para albergar a estos nuevos y peligrosos “terroristas”, nuestros brillantes líderes parecen no entender que sea que se trate de una poderosa filial de una aún más poderosa multinacional hasta un almacén de barrio, la cosa funciona con un viejo precepto fenicio: “maximizar utilidades y minimizar pérdidas”. Me permito agregar (utilizando mi profesión universitaria y no mi condición de marino) que resultará muy beneficioso también que las ganancias obtenidas lícitamente puedan también lícitamente ser de libre disponibilidad.

No se apure en condenarme, amigo lector. También existe la función social de la empresa, el rol integrador del trabajo, los factores de la producción que aprendimos en el cole (naturaleza, trabajo y capital) y un montón de cosas más. Pero el empresario no es un predicador y aún a los predicadores, a los curas y a los pastores, a usted y a mí, no nos gusta perder dinero, es así de simple y sencillo. ¿Acaso usted alguna vez pensó que el descuento del supermercado en un determinado día de la semana se hace para que el dueño de la cadena duerma mejor esa noche sabiendo que hizo el bien al prójimo? Seguro que no, pero eso no es óbice para que -si tenemos tiempo- aprovechemos ese día para deambular con nuestro carrito entre las góndolas y eso no nos transforma en usureros.

Gritos, amenazas, aplaudidores que asienten con la cabeza ante cada palabra pronunciada desde el podio y se miran entre sí para efectuar un “control cruzado” de gestos aprobatorios, advertencias cantadas por la barra adolescente y mucha pero mucha cadena nacional, no solo no alcanzan para frenar la debacle nacional y popular sino que la agravan y nos precipitan cada día a un abismo más profundo del que será más difícil salir.

Alguna razón secreta deberá existir para preferir estos métodos a otros un tanto más “ortodoxos” que permitan a un empresario trabajar con el natural riesgo de “ganar o perder”, pero sin el temor de ser equiparado a un miembro de Al Qaeda. Con todos los controles, regulaciones y medidas que por otra parte impidan que se transforme en un Al Capone. Y que si llegara a transformarse en un émulo del capo mafioso, hagan que vaya preso igual que este, por evadir sus tributos para con el fisco

La imprenta Donnelley tal como la conocimos ya no existe. Sus trabajadores, aún inundados por la adrenalina que genera la situación, se han puesto al frente de la producción. Sabemos cómo termina la historia: los clientes elegirán empresas menos conflictivas para encargar sus trabajos, no habrá plan de inversión ni conducción estratégica del negocio y tal vez cuando menos lo recordemos, la mano salvadora del Estado anexará la planta a la cartilla del déficit público o –por qué no- algún vicepresidente ducho en estas cuestiones armará alguna “cosita” con un par de amigos y se la quedará.Total, si lo pescan dirá que fue fruto de la más pura casualidad.

Una vez más lo invito a jugar juntos, amigo lector. Le pregunto: si pudiéramos poner en una larga fila a nuestros principales dirigentes empresarios, en otra a nuestros gremialistas y en una tercera a nuestros gobernantes y -ya que hablamos de terrorismo- los miráramos fijamente a sus ojos por un buen rato, ¿qué fila piensa usted que nos daría más terror?

Animales de costumbre

Estimado amigo lector, ¿se dio cuenta de que el segundo procesamiento del Vicepresidente tuvo menos “glamour” que el primero? No tuvimos una emisión en cuasi cadena nacional para anunciarlo. Y si bien los distintos medios le dieron un lugar destacado en sus ediciones, la noticia fue más bien como la consumación de algo esperado por todos; para cuando lleguen el tercero y cuarto procesamientos la noticia tal vez aparezca en sociales o en la sección “servicios” de los principales medios.

Es que aquella vieja premisa de que “el hombre es un animal de costumbre” se aplica en forma inexorable a casi todos los campos de las relaciones humanas. La perra “Laika” asombró al mundo allá por noviembre de 1957 cuando orbitó la tierra como única tripulante de la nave soviética Sputnik; hoy asumimos como normal  que nos saquen fotos carnet desde la estratósfera y a nadie emociona que los humanos anden husmando por las callecitas del cosmos.

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Que la Presidente hable para todos

Comienzo a pensar que quiere el destino que, cada vez que Argentina atraviesa un avatar que marcará su futuro, me encuentre por razones profesionales contemplando la situación desde el exterior. En esta ocasión, un relevamiento técnico muy específico me ha depositado acá nomás, del otro lado del río en la capital uruguaya donde, como es más que sabido por todos y todas, nuestros estornudos políticos y económicos causan severas gripes financieras.

Durante las últimas semanas; nuestros vecinos  han seguido casi a la par nuestra las diferentes alternativas del preocupante tema del fallo adverso (en tres instancias) que el país obtuvo de parte de la justicia americana en la cuestión del pago a los bonistas que no aceptaron el unilateral canje de deuda dispuesto por Argentina y al que adhirió la mayoría de los acreedores externos. Discusiones sobre la legitimidad del fallo (ya que nosotros elegimos a la justicia de USA como la única válida), la clausula RUFO, el Stay y tantas otras, no son motivo de análisis entre el común de la ciudadanía uruguaya; ellos simplemente tienen miedo; mucho miedo; ven a un gigante herido gravemente y que sólo merced a una especie de furia interna se muestra altivo y victorioso en medio de una dura derrota; por momentos quieren contagiarse del optimismo oficial de nuestras autoridades; pero una y otra vez el terror los vuelve a abrazar y los lleva a preguntarle una y otra vez a cada argentino con el que se cruzan: y usted, ¿qué opina?

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De hijos y entenados

En plena cuenta regresiva para el fin de la era K, son públicas y cada vez más notorias las tiranteces entre la tropa oficial en la natural búsqueda de acciones que permitan a los candidatos  posicionarse de la mejor manera posible en la primera interna real que tendrá el partido gobernante ahora que Néstor no está y Cristina no puede candidatearse.

Habrá notado, amigo lector, que los distintos postulantes oficialistas se esmeran en marcar sus diferencias internas en todos los casos, contra el gobernador Daniel Scioli.  Sus recientes declaraciones sobre una eventual polarización del voto entre su propuesta y la opción macrista, han enfurecido a los soldados de Cristina quienes raudamente han salido al cruce de tamaña “ofensa”.

Entre las espadas más filosas de los soldados de la “Jefa” se destacan el actual ministro del Interior y Transportes Florencio Randazzo y de defensa Agustín Rossi. Si bien un análisis primario podría determinar con certeza que la Presidente no marca aún sus preferencias – al menos en público- se puede realizar con todo derecho una segunda lectura que indica claramente que el título de esta columna tiene sobrado fundamento.

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El presidente procesado

Finalizado el Mundial y sin la copa en la mano, la sociedad argentina volvió a prestar atención en forma inmediata al resto de los torneos que día tras día la tienen también liderando los primeros puestos del ranking mundial: inflación, inseguridad, déficit educativo y de salud, y un largo etc. Pero ninguno de todos los anteriores nos ha de llevar a la cima del podio en forma tan espectacular como lo hará -en el campeonato mundial de la corrupción- la breve estancia del encartado Amado Boudou al frente del Poder Ejecutivo Nacional

Si tuvo usted tiempo, amigo lector, de ver por estos días emisiones de TV de afuera, la expectativa por la final futbolística hizo que muchos canales de los cinco continentes se refieran en forma reiterada a cuestiones relacionadas al lejano país sudamericano que, una vez más, enfrentaría a la prolija y ordenada Alemania. He visto y oído hablar de nuestro país con mayor o menor grado de detalle, con precisiones y con subjetividades propias de la visión que tienen de nosotros en distintas latitudes del orbe.

Si por una cuestión de calendario el cierre de la Copa Mundial se hubiera corrido un par de días, el mundo tendría una perla periodística que muy difícilmente podría ser asimilada o entendía con facilidad por las culturas germana, nipona o sajona; muy probablemente tampoco por las mexicana, chilena o uruguaya. Si bien, con sus más y sus menos, ninguna de las comunidades aludidas es ajena a hechos de corrupción que han sacudido en alguna que otra ocasión lo más profundo de sus cimientos institucionales, la delegación de la presidencia de la Nación a un funcionario procesado por la Justicia en una causa por sobornos y con firmes posibilidades de ser procesado en al menos otras dos, constituye un hito periodístico de amplio espectro digno de protagonizar tanto la pantalla de CNN y RTVE como de History Channel o Animal Planet

Podrá en este punto, amigo lector, tildarme de exagerado; unas horas de interinato seguramente no lleven al procesado a la obligación de producir actos protocolares o administrativos que comprometan de manera significativa el futuro de la patria o sus instituciones. Es muy probable que el encartado haya recibido directivas claras de no circular por los alfombrados pasillos del poder, no llamar, no preguntar, ni hacer nada que pueda exacerbar aún más sus “no positivas” relaciones con el resto del equipo gubernamental. Hay que evitarle incluso al jefe de la “devaluada” casa militar, la difícil tarea de –en caso de ingresar Boudou a Casa de Gobierno- ordenar la rendición de honores militares a un procesado; algo que se da de patadas con elementales normas de disciplina castrense. La tradicional fórmula de bienvenida “Buenos días señor Presidente; Casa de Gobierno sin novedad” sonaría casi a cargada; ya que precisamente la novedad sería que la cabeza del PEN se encuentre siendo ejercida por un individuo con varios expedientes abiertos en la justicia penal

Suelen -desde el kirchnerismo- comparar la situación del Jefe de gobierno de la Ciudad con la del vicepresidente; parecen olvidar dos cuestiones muy importantes. La primera es que uno al margen del título rimbombante del cargo, Macri no es más que un intendente municipal. La otra, y tal vez más importante, es que se suponía que esta gestión del FPV era más buena, más transparente y más patriota que todas las demás. En especial que la del alcalde porteño. Nos dijeron que venían a romper con la corrupción, que no dejarían sus convicciones en la puerta de la Casa Rosada, que no permitirían que se le siga robando al pueblo su ilusión y su futuro. (algo creo que dijeron también sobre no robarles su dinero; pero no estoy seguro)

Un vicepresidente es nada más ni nada menos que un “presidente suplente”. Aún imbuido del clima futbolero, me permito reflexionar sobre el excelente papel que jugó Romero en nuestra selección. No hizo falta poner en acción al arquero suplente; pero seguro que Orión o Andujar no eran ni mancos, ni rengos ni discapacitados visuales. Si Sabella los eligió sería porque podrían cumplir su rol con la misma idoneidad que el titular. Eran en suma, hombres de total confianza para el resto del equipo.

Hablando de confianza, me despido con una pregunta que suele hacerse a modo de test de honestidad simbólico -alguna vez se la habrán hecho seguramente: Usted, amigo lector, ¿le compraría un auto usado al vicepresidente Boudou? En este particular caso, la respuesta la tendrá tarde o temprano el juez federal Claudio Bonadio.

Gloria en Brasil, desvergüenza en Tucumán

Quiso el destino que razones profesionales me llevaran por estos días a cruzar el “charco” con destino a la vecina orilla, con la más sana intención de contrarrestar en parte el malestar que reina entre nuestros vecinos, a la luz de los últimos nada amistosos gestos que nuestro poco diplomático canciller y algún que otro funcionario de la secretaria de Transportes le han obsequiado a “nuestros hermanos uruguayos”. Así las cosas, luego de la jornada laboral del día 8 de Julio, pantalla gigante mediante, compartí con camaradas charrúas las alternativas de la derrota brasileña a manos de Alemania. Los sutiles comentarios que llegaban a mis oídos sobre los deseos para la jornada venidera me llevaron a la convicción de acelerar mi partida de tal forma que la salida de Argentina a la cancha me encontrara en territorio menos “hostil”.

A punto de abandonar el hotel, me sorprendieron las imágenes de la celebración del 198° aniversario del verdadero nacimiento de la Patria. Como resistir a la tentación de ser “testigo” de ese triste espectáculo. En realidad, tal vez el adjetivo correcto no sea precisamente el de “triste” pero es muy probable que cualquier otro que utilice me lleve invariablemente a tener que pedir perdón por mis dichos y realmente ninguno de los funcionarios allí presentes se merecen que ciudadano alguno les pida perdón -más bien todo lo contrario.

Un 9 de Julio a puertas cerradas, en un estadio “cuidado” mejor que los precios de igual denominación, con la militancia paga de siempre y un amplio operativo de arriado del ganado a sueldo. Ministros, secretarios de Estado, diputados, adherentes varios y jerarcas militares -entre ellos, el mismísimo jefe del Ejército, portando su desempolvado uniforme de súper gala, ya en desuso desde hace años para actos protocolares, ostentoso como lo no lo es su devaluado ejército nacional y popular y encima luciéndolo para sentarse a escuchar los divagues de un procesado por la justicia.

Creo estimado amigo que coincidirá conmigo si le digo que la cara de pocos amigos con que miraba Florencio Randazzo al Procesado Vicepresidente durante su obsecuente discurso sea tal vez la mejor síntesis de lo que puede sentir cualquier persona con dos dedos frente que es obligada por “obediencia debida” a rendir honores a un encartado judicial (nombre con el que la jerga jurídica denomina a todo delincuente procesado). Por otra parte, mientras la ministra de Industria Débora Giorgi no atinaba a levantar la vista mientras el procesado seguía loando a Néstor y Cristina, el inefable Rossi no conseguía esbozar al menos una tibia sonrisa , y se veía mucho más incómodo que cuando visita una unidad militar.

La postal que mostraban las cámaras oficiales -únicas habilitadas para obsequiarnos a todos y todas las imágenes del evento, aunque sin cadena nacional seguramente por un atisbo de vergüenza oficial- era rica en detalles pintorescos. Uno estuvo constituido por la cantidad de participantes que no demostraban la menor intención de aplaudir las huecas frases del orador, hasta que al ver sus rostros en las pantallas gigantes esbozaban un desapasionado palmoteo así como por las dudas.

Así fue que con la cabeza inundada por esas imágenes casi de ciencia ficción, me hice a la ruta, lugar en el me sorprendió el inicio de la esperada semifinal Argentina versus Holanda. Calles desiertas, rutas desiertas, control migratorio y aduanero desierto ( lo que no está bueno en ningún caso, muchos menores, mucha droga o mucha divisa podría pasar en dos horas de tierra liberada; sería bueno mejorarlo para el próximo domingo). En la más absoluta soledad viví el primer tiempo, el segundo, el alargue… los penales me sorprendieron ingresando a la Ciudad de Buenos Aires, la que de pronto estalló en un solo grito, en una sola consigna, en una sola bandera. La alegría de un pueblo muy castigado por sus dirigentes; el clamor de una sociedad que al menos encontró algo de lo que sentir orgullo, ante tanta vergüenza nacional y popular con la que nos bombardean cada día.

Los últimos kilómetros de mi trayecto contrastaron con las horas de viaje en soledad. La gente en las calles no era conducida por punteros, las banderas no tenían pañuelos extraños, ni nombres propios ni mucho menos flecos amarillos como la que ahora difunde el ministerio de Defensa desde su página oficial. La Plaza, el Cabildo, el Obelisco, las capitales de provincia, todo absolutamente todo se vistió de un legítimo fervor celeste y blanco tan multitudinario como el que ni “Él” ni “Ella” -ni mucho menos sus discípulos- podrían alguna vez conseguir por mucho recurso financiero al que pudieran echar mano.

Y creo, queridísimo amigo lector, que nos merecemos legítimamente disfrutar un poco el ver a la República Argentina, gracias al mérito de nuestros deportistas, entre los primeros puestos de algo positivo. Luego de encabezar tantos índices internacionales de corrupción, de baja calidad institucional, bajo nivel de enseñanza, paupérrima seguridad de incumplimiento de obligaciones financieras y comerciales, y un largo etcéteca.

Pero tenemos que estar atentos y ser conscientes. Mucho cuidado con permitir que nos pretendan arengar el próximo domingo para asociarse a un eventual triunfo o una ya por demás honrosa derrota si no volviéramos con la Copa en la mano. Que ningún caradura desvergonzado, por más “amado” que sea, intente expiar u ocultar sus culpas tras la euforia de un triunfo deportivo. Que ningún genio financiero salga a “prepotear” a jueces y acreedores externos, regalándoles -como ya hizo- algunos cientos de millones de dólares adicionales a los que reclaman, mientras estamos distraídos y para demostrarles que con nosotros “no se jode”.

Si todo sale bien, querido amigo, el domingo píntese la cara. Salte. Grite. Cante. Llore. Tome la bandera. Salga al balcón, a la calle, a la ruta. No permita que nadie le robe su derecho a estar feliz. Pero recuerde que una vez un dictador quiso confundir al pueblo con una causa sublime como Malvinas apropiándosela y el pueblo en la plaza supo responderle con una ingeniosa rima que imagino Ud. recordará. Será cuestión que si se diera el caso, una vez más nuestro tradicional ingenio popular recuerde a nuestros salientes dirigentes con alguna estrofa rimada , que una cosa es la devoción por los actuales portadores de la gloriosa camiseta con el rayado celeste y blanco y otra muy distinta es el desprecio que generan los futuros portadores del famoso y metafórico traje a rayas que identifica a los que abusan de una u otra manera del resto de la sociedad a la que pertenecen.