No acostumbrarnos a la borocotización de la política

Corría noviembre de 2005 cuando de la mano de Mauricio Macri, el Dr. Eduardo Lorenzo (popularmente conocido como Borocotó) irrumpía en la escena pública al ser elegido Diputado Nacional por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. A tan solo 17 días de los comicios, su electorado encontró en las primeras planas de los diarios el anuncio de su “pase” al Frente para la Victoria. Entonces, ocurrió una lapidación pública de su figura que llevó a especialistas del derecho y la política a ensayar diversas formas de impugnar su banca. Aunque logró asumir, pasó sin pena ni gloria por el Congreso. La dirigencia política, al igual que la sociedad entera, despreció su actitud y lo condenó mediáticamente para siempre.

Curiosidades risueñas de la historia, pocos recuerdan que el ideólogo de aquella aventura fue el ex jefe de Gabinete Alberto Fernández, hoy integrante del Frente Renovador y opinador serial sobre todo lo que el gobierno hizo y hace mal, desde que él se fue.

Borocotó no fue ni el primero ni el último en traicionar a su partido y a sus electores, pero su actitud fue tan flagrante que se ganó el derecho de autor del neologismo “borocotización”. No fue el primero porque incluso una de las “defensoras de la República” como la Dra. Carrió llegó a crear su propio partido (el ARI) mientras gozaba de una banca obtenida a través de la UCR a la que nunca renunció. Otro es el Intendente de San Isidro, Gustavo Posse, que no duda en cambiar de espacio político de acuerdo a la circunstancia. En los 15 años que lleva gobernando, nunca estuvo más de 4 años en un mismo frente político. Tampoco fue el último, porque no alcanzaría esta nota para dar cuenta de un fenómeno al que no nos debemos acostumbrar.

Hoy, con una periodicidad indisimulablemente organizada, todos los meses nos enteramos del “salto” de algún dirigente político hacia otro partido o frente o agrupación. Y la noticia lejos de generar repudio es convertida en una nota de color, incluso festejada por vastos sectores del periodismo.  Mas aún, una de las principales críticas que recaen sobre el gobernador Daniel Scioli es la de continuar en el mismo partido y proyecto político que lo llevó a ocupar lugares de responsabilidad que otros deshonraron ¿Qué nos pasa?

Sobre un hecho de traición hay, al menos, dos puntos de vista: el del traidor y el de los traicionados. El genio de Shakespeare describe que en el primero de los casos las reacciones son disímiles. Por caso en Macbeth, la ambición del protagonista se funde con la culpa que le genera el solo de hecho de planear el asesinato del rey Duncan; pero una vez que comete el despiadado acto y le da muerte al rey, su personalidad revela a un homicida frío y calculador. Su esposa, Lady Macbeth, procede de manera simétricamente opuesta: primero convence a su marido de matar al rey con crueldad, y una vez consumada la traición, los remordimientos asoman en forma de fantasmas que la llevan hasta la locura.

Desde el punto de vista de los traicionados tampoco existe homogeneidad. De la mano de la antropología hoy sabemos que la mayoría de las interpretaciones son ex-post facto, es decir que le atribuimos un sentido a las cosas una vez que nos ocurrieron. En toda traición hay una confianza que se quiebra. Confianza que tal como ha planteado George Simmel está situada entre el conocimiento y la ignorancia, que reside en la “fe” hacia alguien. La militancia que deposita su fe en un dirigente porque cree en su trayectoria, en su compromiso, también debería condenar estas actitudes. En cierto modo pareciera que acciones como la del Dr. Borocotó o la de Julio Cobos, como emblemas de la traición, hubieran anestesiado a nuestra sociedad.

Por eso como dirigentes, pero también como ciudadanos, es sano replantearnos el modo en qué pensamos la política y lo político. Desde hace más de 500 años Maquiavelo nos dejó una enseñanza central: la política tiene una moral propia que difiere de la religiosa pero que asume responsabilidades éticas para con los otros. No todo vale.

Ojalá nunca naturalicemos la traición de los valores elementales de la política y del funcionamiento de cualquier democracia. La invitación es a mirar al futuro con la lente de proyectos que trasciendan la especulación y mezquindad de este presente. Un futuro donde la ética, la coherencia y la lealtad sean la regla y no la excepción.

Siempre con las patas en la fuente

Todo 17 de octubre interpela a los peronistas a pensarnos como movimiento y a volver a la fuente que representan el pueblo y la plaza.

Es nuestra fecha fundacional, nuestro génesis, nuestro mito de origen, y nuestro Día de la Lealtad. Pero es, sobre todas las cosas, el momento trascendental de la historia Argentina donde el pueblo selló un vínculo indisoluble con la política a través de la conducción del coronel Perón.

Tal como señala Mariano Plotkin (El día que se inventó el peronismo: la construcción del 17 de octubre, Ed. Sudamericana, 2007) en su investigación sobre el 17 de octubre, no hay coincidencias sobre el número de personas que participaron de aquella jornada: algunos hablan de 120 mil personas y otros se animan a decir que fueron cerca de 500 mil las almas que hasta bien entrada la noche esperaron por Perón. Las diferencias son una muestra más de las múltiples miradas que se produjeron frente a un hecho conmocionante.

Mi abuelo Antonio recuerda en su último libro:

“A eso de las doce y media comencé a presenciar un espectáculo imprevisto. Llegaron primero los empleados de las oficinas, las chicas que dejaban el trabajo en los talleres y marchaban tomadas de los brazos. De pronto, racimos de muchachos con el torso desnudo y las camisas abiertas que por primera vez se los veía aparecer en el centro, cruzaban corriendo la plaza a los gritos de «¡Viva Perón!». No se atacaba a nadie. No había insultos. No se rompían vidrieras” (Antonio Cafiero, Militancia sin tiempo, Ed. Planeta, 2011).

El genio de Perón consistió en ver lo que todos, desde la izquierda comunista hasta la derecha conservadora, negaban: los tiempos políticos habían cambiando irreversiblemente, y los actores también. La Plaza de Mayo se desplegaba como espacio público de una manera diferente. Como un espacio capaz de amalgamar la heterogeneidad de un pueblo unido que pedía ser reconocido y escuchado. Roberto Doberti (“Peronismo y espacio público”, en Revista Reseñas y Debates Nº 58) dice que fue en aquel acto fundacional cuando el Espacio Oficial de la oligarquía se convirtió en el Espacio Popular de la comunidad. El peronismo, a partir de allí, modificó radicalmente la cantidad de espacios públicos que garantizaron el acceso irrestricto de las masas, del pueblo. Muchas veces la experiencia totalitaria europea colaboró en la negativización de la categoría de pueblo propia de nuestro movimiento y de nuestra América Latina. Ese eurocentrismo que hasta hoy se refiere peyorativamente a los populismos es el que nunca entendió, y nunca entenderá, que sin un pueblo organizado no hay liberación posible.

Hoy celebramos 68 años de vida. Bien nos recuerda el gastado chiste de que Dios prefirió explayarse sobre la fórmula matemática que dio origen al universo antes que responder qué es el peronismo. El gran Jauretche decía que es “el hecho maldito del país burgués“. No lo sé. Quizás ocurra que el peronismo le escapa a las definiciones académicas por ser ante todo un sentimiento, una pasión, una forma de vivir la vida con otros en torno a una doctrina.  Es un proyecto político y una praxis que busca realizar la justicia social, la independencia económica, la soberanía política y el respeto irrestricto a los derechos humanos. Ni más, ni menos: nunca saquemos las patas de la fuente.

¿Quién dijo que todo está perdido?

La famosa canción viene a recordarnos que siempre tenemos algo más para dar. El resultado de las PASO sin duda no fue el que hubiéramos querido. Uno puede adoptar diferentes actitudes frente a un hecho que considera negativo: enojarse, maldecir, echar culpas a diestra y siniestra; o puede, en cambio, apostar por mejorar y redoblar los esfuerzos de la construcción política.

Quienes me conocen saben que muchas veces evito referirme a mi abuelo Antonio. Tal vez porque a quienes hacemos política, formar parte de una tercera generación de dirigentes puede hacer que las cosas nos cuesten un poco más, a contramano de lo que el sentido común indica.

Apenas se conocieron los resultados de las PASO recordé la interna contra Menem en 1988, posiblemente la más importante de la historia del peronismo.

Antonio había resultado electo gobernador tan solo un año antes.

El desafío asumido era renovar y democratizar el Partido Justicialista, elegir a sus candidatos mediante el voto de los afiliados, fomentar la formación de cuadros e impulsar la renovación programática del legado histórico.

Sus convicciones lo llevaron a ir a internas para elegir el candidato a Presidente. Un par de semanas antes, el analista Julio Aurelio comenzó a advertirle de resultados adversos en las encuestas emprendidas. Con la fuga de algunos dirigentes, y aceptando las condiciones que no había propuesto, Menem le ganó con holgura.

La anécdota vale simplemente para hacer este ejercicio: una elección no define todo, es un momento dentro de la construcción colectiva de un proyecto político. Y los peronistas tenemos mucho por seguir construyendo.

Arturo Jauretche sostenía que “nada grande se puede hacer con la tristeza”, por eso, una de las principales e infalibles recetas para quienes militamos es sostener la alegría. La bronca y el odio no construyen nada, no son creativas sino todo lo contrario, destruyen.

El domingo de las elecciones, a pesar de la adversidad electoral, compartimos con muchos y muchas la alegría de sabernos en un mismo proyecto político, tan grande que es capaz de amalgamar distintas miradas y, sin embargo, mantenernos unidos. Es probable que el cansancio y el resultado final nos hayan apenado porque queremos lo mejor para el país y entendemos que a lo largo de estos diez años hemos podido revertir muchas cosas que creíamos que iban a llevarnos medio siglo o que nunca podríamos cambiar. Y a pesar de todo avanzamos, construimos y edificamos un proyecto político diverso que tiene a Perón, a Evita, y a Néstor como referentes de nuestras banderas.

Somos un movimiento alegre. Por eso cada uno de nosotros tiene que asumir con responsabilidad, le toque donde le toque, la inmensa tarea de construir con pasión y alegría una Argentina para todos, con crecimiento e inclusión social.

Nuestra mejor propaganda: un trabajo colectivo

Los tiempos electorales son un complejo entramado de relaciones que vinculan las necesidades de la ciudadanía con las estructuras partidarias y las aspiraciones de los diferentes actores. Y esta situación es aplicable a todas las fuerzas políticas con capacidad de representación. Quienes tenemos responsabilidades de gestión sabemos del equilibrio permanente que debemos hacer para atender tanto la agenda que nos plantea el día a día como para dar cumplimiento a la vocación de relacionarnos con los otros para construir futuro.

Así, es en estos tiempos electorales cuando más que nunca los jóvenes dirigentes debemos anteponer la ética de lo colectivo a los arrebatos individualistas que vienen con fecha de vencimiento. Quienes trabajamos en diferentes gobiernos sabemos que las horas del día no nos alcanzan para hacer todo aquello que nos gustaría. Sin embargo, esta misma situación nos obliga aún más a apostar por la articulación de distintas voluntades en torno a un proyecto político. Para ser más claro: un proyecto político es mucho más que una categoría de análisis.

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La política al mando

Tuve la suerte de visitar China en dos oportunidades en representación del Partido Justicialista. Entre tantos recuerdos y lecciones, me quedó marcada la idea de Mao Tse Tung que titula esta nota. En un mundo donde las tecnocracias marchan de fracaso en fracaso, la política tiene que estar al mando.

La partida de Hugo Chávez viene a recordarnos que las desigualdades sociales no son naturales, y que con coraje pero sobre todo con voluntad política, las diferencias pueden ser transformadas. Las muestras de dolor, de enorme afecto popular y de gratitud ratifican las conquistas y logros de catorce años de gobierno bolivariano.

En este sentido, el principal legado que nos deja el Chávez estadista es la construcción de un proyecto político capaz de trascender, incluso, su figura. Bien lo definió la politóloga brasileña Evelina Dagnino al afirmar que los proyectos políticos “no se reducen a estrategias de actuación política en el sentido estricto, sino que expresan, vehiculizan y producen significados que integran matrices culturales más amplias”.

En nuestro país, el peronismo también sufrió y lloró la partida de Juan Perón. Muchos, en vano, intentaron forzar la desaparición de nuestro movimiento. Sin embargo el tiempo le dio la razón a la doctrina, al sentimiento y al proyecto político. Luego del colapso político y social más importante de la democracia, en la figura de Néstor Kirchner los jóvenes recuperamos los sueños y la mística, la militancia y la participación.

El vacío que nos provoca no contar con estos referentes es enorme. Tan grande como el espacio que desafía a ser ocupado por cuadros políticos que estén a la altura de las circunstancias. No quedan dudas de la capacidad que tienen estos proyectos para generar militantes comprometidos con una sociedad más justa. En este sentido, la tarea de los partidos como instituciones de la democracia continuará siendo importante.

Las enfermedades pudieron con sus cuerpos pero no con sus ideas y enseñanzas, hoy sembradas en millones de convencidos que la integración regional no tiene marcha atrás.

Sus legados continúan. En América Latina la política está al mando.