¿Por qué no hay más protestas contra el yihadismo?

Es notorio que EEUU y la mayoría de los gobiernos europeos han cometido errores en sus programas políticos como en su diplomacia en Oriente Medio. No hubo avances en articular políticas que seduzcan a la calle árabe y cautiven el corazón y las ideas de los musulmanes para alcanzar una victoria definitiva en la guerra contra el terrorismo yihadista. Los resultados están a la vista. El ejército del califato islámico (ISIS) es el emergente de los dislates de la administración Obama como de sus colegas Hollande y Cameron. Ellos lo crearon junto a Qatar y, posiblemente, nos lleven ahora a una nueva guerra cuyo resultado incierto puede abrir puertas a la profundización de la brecha entre Oriente y Occidente al intentar neutralizarlo. Continuar leyendo

Revisando los acontecimientos de Gaza

Mientras que la victoria tiene mil padres, la derrota es siempre huérfana. Tal idea vino a mi mente mientras veía las declaraciones recientes del líder de Hamas, Ismael Haniyeh, jactándose en Al-Manar (el canal de televisión de Hezbollah en Líbano) de la “victoria histórica” ​​de su grupo en la reciente mini-guerra con Israel.

La arenga de 15 minutos fue muy interesante, al menos por una razón: Haniyeh explota maravillosamente los medios de comunicación adictos. Según él, Israel desencadenó la guerra con el pretexto de obtener alguna ventaja -aunque no especifico a qué tipo de ventaja se refería- mientras el mundo estaba distraído por las acciones del Estado Islámico de Irak y Siria en el noroeste de Irak. Continuar leyendo

ISIS es el resultado de la negligencia occidental

Al evaluar el Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS) se pone de manifiesto que, de todos los grupos armados en la región, es por mucho el más importante, el mejor financiado, armado y organizado. Posee más miembros que cualquier otra. Ningún otro grupo lleva a cabo tantos actos de violencia y terror, no sólo contra el pueblo sirio e iraquí, sino también contra la región e incluso más allá. En resumen, el ISIS actualmente es el grupo terrorista más prominente y peligroso del mundo.

Esta evaluación no deja de resultar deprimente, pero plantea una realidad que es absoluta ante la amenaza que significa. Sin embargo, merece una atención especial, no sólo por su importancia, sino también porque el ISIS es increíblemente letal como grupo armado. A la luz de este hecho, es que pueden observarse los muchos errores cometidos en el tratamiento del problema del ISIS en la crisis de Siria e Irak, y también sobre su avance en el Líbano, sin descartar sus intentos de infiltrar Jordania y su presencia naciente en Gaza.

La información más importante que la comunidad internacional dispone respecto del ISIS, es que este grupo creció y desarrolló su presencia en Irak y a través de la expansión de sus acciones militares y políticas en Siria. Estos datos son más que fundados: fue sólo hace dos años, después de la escalada violenta del conflicto sirio y luego del inicio de la campaña represiva y brutal del régimen de Bachar Al-Assad contra su propio pueblo, que el grupo entró en el país y comenzó sus actividades criminales a gran escala.

Otro punto de reflexión es el papel desempeñado por el saliente primer ministro iraquí, Nuri Al-Maliki, que ayudó al grupo a poner un pie en Irak cuando en 2013, el ISIS llevo a cabo más de dos docenas de operaciones para liberar a cientos de ex yihadistas de Al-Qaeda de las prisiones iraquíes. Luego de lo cual, se le facilitó masivamente su paso a Siria durante julio y agosto de ese año junto con fondos, armas y municiones. Esta ayuda fortaleció al grupo y su presencia en la región. Hubo también una intensa actividad de inteligencia realizada por la seguridad iraquí y también por jugadores internacionales como Irán, Rusia y el propio Al-Qaeda, todo ello ayudó a miles de extremistas a operar en Siria y, junto a sus hermanos de Irak, les resultó en gran soporte para formar el núcleo duro del ISIS y su liderazgo.

Un informe dado a conocer en junio pasado por agencias de seguridad de países árabes sugiere que no menos de 12.000 combatientes extranjeros de 81 países llegaron a Siria e Irak para unirse al conflicto desde 2011. La mayoría de ellos se unió al ISIS. Un gran número de estos combatientes son de países árabes e islámicos. Sin embargo, se informó que unos 4.000 son ciudadanos europeos y 500 estadounidenses.

Esta evidencia contradice las afirmaciones brindadas el último año por la comunidad internacional, a la vez que fortalece la idea de que la violencia sobre el terreno claramente es responsabilidad de la presencia del ISIS en Siria e Irak, y de su satélite en Líbano, Al-Nusra.

En realidad, el factor principal de esta crisis es de naturaleza política, y se fundió con los objetivos erróneos de una comunidad internacional que también apoyó a ISIS en la caída de Khadaffi en Libia, desde donde intensificó su violencia luego de asesinar al Coronel con apoyo de las fuerzas aéreas estadounidense, francesa y británica. Esto explica la facilidad con la que el liderazgo del grupo y sus miembros se extendieron de país en país y su capacidad para configurar rápidamente una organización fuerte sin ser atacados por fuerzas occidentales durante su expansión.

La comunidad internacional fue negligente: no solo erró en su política de favorecer el derrocamiento de los dictadores laicos en el mundo árabe sino que fortaleció y armó al ISIS sin entender que estaba amamantando al bebe de Rosemary. Y así, lo convirtió en el monstruo que es hoy.

Esto explica el apuro actual del presidente Obama y de su colega Cameron por lanzar ataques aéreos sobre bases y combatientes del ISIS. Pero sería bueno que ellos sepan que las guerras no se ganan desde el aire en el mundo árabe, y que hay que poner pie en tierra para ello. Habrá que ver hasta dónde Obama y Cameron entiendan esto si quieren ir por el ISIS.

Un dato no menor es que el carácter extranjero del grupo no fue obstáculo en su ampliación territorial tanto en Siria como en Irak, infiltrándose en otros grupos islamistas armados como el Ahrar Al-Sham en zonas rurales pobres y descontentas entre Deir Ezzor, Alepo y hasta Raqqa, en Siria. El ISIS explotó la escasez de armamento y financiación que elementos del Ejército Libre de Siria estaban sufriendo y rompió estos grupos en una lucha de unos contra otros, al tiempo que creó una atmósfera de opresión y terror dondequiera que iba asesinando residentes y soldados con el fin de mantener todo bajo control. De esta manera, un nuevo y más sanguinario Al-Qaeda se creó en Siria e Irak.

Para concluir, podemos decir que el ISIS es claramente una organización “funcional”, no para llevar a cabo una agenda exterior compatible con la democracia en Siria e Irak. El papel del grupo en Siria es similar a Hezbollah en el Líbano o a las milicias armadas en Irak y sólo difieren en la naturaleza de sus lealtades y consignas. Occidente deberá comprender que esto significa que la lucha contra el ISIS corre paralelamente con la guerra contra Assad, contra Hezbollah y también contra las milicias radicales iraquíes. Es una guerra, una confrontación que en modo alguno puede ser dividida ni tomada como aislada o diferente. Es una guerra contra el terrorismo y el extremismo radical.

Si las políticas que pretende aplicar la comunidad internacional, la ONU y la OTAN no lo interpretan de tal forma, habrá malas noticias para lo que -todavía- conocemos como “mundo libre”.

La disyuntiva al interior del Islam

Cuando el 11 de septiembre de 2001 la organización Al-Qaeda secuestró aviones con el fin de atacar los EE.UU, intentó secuestrar también el mensaje del Islam. Al hacerlo, los fundamentalistas encendieron la gran batalla del nuevo milenio. El asesinato de más de tres mil personas inocentes en nombre de la yihad no significó solo la antítesis de los valores del mundo civilizado, sino también de los preceptos del propio Islam.

Cuando los terroristas liberaron su brutalidad y salvajismo, mostraron sus fines políticos más bajos, exactamente igual que los demagogos habían manipulado todas las religiones antes que ellos.

Al adoptar una filosofía dialéctica -según la cual, para efectuar un cambio hay que destrozar primero el orden establecido- el yihadismo intenta provocar el famoso choque de civilizaciones del que se viene hablando hace años. Mientras lo intentan, los terroristas rompen valores de una religión noble. El daño que ocasionaron no se limitó a Nueva York, Washington y Pensilvania. Los propios musulmanes también se convirtieron en sus víctimas, tal y como lo vemos hoy en Siria e Irak.

Los autores de estos crímenes contra la humanidad son aquellos a quienes el Corán describe como “extraviados del camino verdadero”, son aquellos que denigran los derechos humanos no solo de los que conceptualizan como sus enemigos, sino de los musulmanes en general y por tanto no son compatibles con el Islam. Estas personas son las que niegan la educación básica a las niñas, discriminan a la mujer y ridiculizan otras culturas y religiones desde la ignorancia con la que también niegan la tecnología y la ciencia en la brutalidad totalitaria con la que refuerzan sus opiniones del Medioevo.

Durante toda la historia, los muchos crímenes contra la humanidad han sido perpetrados en nombre de Dios, con base a la interpretación fanática de valores religiosos para justificar actos atroces contra la civilización. Esto es lo que está sucediendo claramente con el accionar del fundamentalismo del ISIS en su recientemente creado Califato de Al-Shams (Siria e Irak)

Por ello, usted lector, debe saber que “la lucha por los corazones y el espíritu” de los musulmanes tiene lugar hoy en día entre los moderados y los fanáticos dentro del Islam, entre musulmanes laicos y dictadores religiosos, entre quienes viven en el pasado y quienes desean avanzar y proyectar un futuro mejor. Del desenlace de este conflicto depende la dirección que tomen las relaciones internacionales en el siglo XXI. Ni dude el lector que la tercera Guerra Mundial está en marcha. A pesar de que Occidente ni siquiera ha comenzado a librarla. Si vencen los fanáticos y extremistas, entonces una gran fitna -desorden a través de un cisma- se apoderara del mundo musulmán y de gran parte de Occidente.

El principal objetivo de los fundamentalistas es el caos para instaurar sus fines. Usted tómelo o déjelo, pero lo cierto es que lo estamos viendo claramente en la guerra civil siria, en la crisis de Irak, en los crímenes y la persecución de los cristianos y yazidis y, por supuesto, también en los dacapitadores del ISIS.

La importancia de la yihad tiene sus raíces en la orden del Corán de luchar (según el significado literal de la palabra yihad) en el camino de Dios según el ejemplo del profeta Mahoma. Definitivamente “no” tiene el significado que los radicales le asignan.
Claramente, hoy en día existen musulmanes que creen que las condiciones de su mundo requieren de una yihad. Ellos miran a su alrededor y ven un mundo dominado por gobiernos autoritarios, corruptos y por una elite acaudalada sin ninguna preocupación por la prosperidad de sus pueblos. Estas personas también consideran que el mundo árabe islámico está dominado por la influencia de la cultura occidental cuyos gobiernos apoyan y sostienen gobernantes árabes corruptos, al tiempo que explotan recursos humanos y naturales del mundo islámico.

Así, son influenciables por una minoría violenta y ruidosa que planea una ofensiva militar contra Occidente. Pero claramente esa minoría ruidosa no representa a la mayoría silenciosa de musulmanes que trabaja, envía a sus hijos a educarse y creen en lo que denominamos movilidad social por un futuro mejor.

La guerra, como en tantas tradiciones religiosas, puede ser justificada en el Islam cuando es necesariamente defensiva, pero no es vista como un deber religioso continuo como los islamistas vociferan. En consecuencia, según el Corán, preservar la vida es un valor primordial. El Corán da relevancia al valor moral de preservar la vida. De hecho no acepta el suicidio, por el contrario, ordena la preservación de la vida propia y ajena.

Los juristas musulmanes desarrollaron hace años un corpus específico de leyes llamado siyyar. De allí, se infiere una clara interpretación y análisis de las causas justas para la guerra. Ese corpus legal indica que “aquellos que declaran la guerra ilegalmente, atacan a civiles desarmados y destruyen propiedades irresponsablemente, entran en violación flagrante a la concepción jurídica islámica y son denominados muharibun (malvados).

Algunos se preguntarán si los musulmanes pueden emplear textos antiguos para servir de explicación y guía en el mundo moderno. Sin duda que sí, los seguidores de cualquier religión aceptan la universalidad de su doctrina respectiva. El Antiguo Testamento o el Nuevo Testamento no son textos destinados a servir únicamente en los tiempos en que fueron revelados, sino en cualquier tiempo. Son y serán textos destinados a guiarnos a través de los siglos.

Al interior del Islam se ha dado un enconado debate respecto de cómo el Islam se relaciona con otras culturas y religiones. Aunque el accionar del fundamentalismo islamista actual pueda presentarlo hoy día como cerrado e intolerante, esto no es así, a pesar que los islamistas quieren que el mundo piense de otro modo. El genuino Islam acepta como principio fundamental el hecho de que los humanos hayan sido creados al interior de religiones distintas y, por supuesto, que sean distintos entre sí.

Esto queda claro en la Sura coránica que sindica que “Dios no quiso que todos sobre la tierra fueran seguidores de una misma religión y miembros de una misma cultura”. Si hubiera querido eso, lo habría dispuesto de ese modo. Esto significa que Dios creó la diversidad y ordeno a los creyentes que fueran justos, que busquen y deseen la justicia en el mundo. De aquí se sigue que, Dios quiere que se respeten otras culturas y religiones; las cuales también fueron creadas por Él.

La libertad de elección, especialmente en cuestiones de fe, es la piedra angular de los verdaderos valores coránicos. Esta libertad debe guiar hacia el pluralismo en la religión, tanto dentro del Islam como fuera de él. El Corán afirma sin ambigüedad la libertad de elección en cuestiones religiosas.

A mi juicio, leyendo el Corán, quienes seguimos el cristianismo, al igual que nuestros hermanos mayores en la fe que profesan el judaísmo, podemos encontrar pasajes que hacen eco para ambos de enseñanzas religiosas propias.

Y estos extraordinarios puntos en común deberían ser los que debemos explorar entre las tres grandes religiones monoteístas para promover la mutua tolerancia a partir de la cual trazar cursos de trabajo en conjunto para que un futuro fraterno y de paz pueda ser construido. Seguramente a partir de esto y no de estériles batallas militares sin final a la vista será que se pueda aislar el radicalismo que generar fracturas dentro y fuera de cada religión.

Una comunidad internacional desacreditada

“La parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte. O, en la interpretación europea de la crisis de Gaza, el terrorista incluido en la lista de organizaciones terroristas de la Unión Europea que no mate europeos será considerado como menos terrorista”. Al igual que Groucho Marx, la Unión Europea se dispone ahora a intentar que la primera parte de la segunda parte contratante sea la segunda parte de la primera parte. No se esfuerce el lector por entenderlo: ¡simplemente no tiene sentido!

En el pasado, Europa y EEUU podían permitirse realizar análisis maniqueos porque los proyectiles de Hamás sólo impactaban contra los cultivos o en campo abierto. Ahora, sin embargo, tienen a su merced a alrededor de 6.000.000 de israelíes, un número importante sobre el total de la población del Estado Hebreo.

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La prensa pandereta

Muchos israelíes y palestinos han buscado la paz durante generaciones. Esto ha sido -y sigue siendo- el sueño al que nadie ha renunciado. Un sueño que se ha ido renovando cíclicamente en el escenario donde hoy se vislumbra con angustia lo que deparará el futuro. Para los creyentes de las tres religiones monoteístas (judíos, cristianos y musulmanes), la hoguera de violencia que no cesa representa un aspecto dramático. Sin embargo, es algo peor que eso. A mi juicio lo definiría en una sola palabra: “fracaso”.

¿Por qué hablo de fracaso? Porque una vez más el grupo islamista Hamas equivocó su estrategia y reincidió en el error como en los últimos once años. Sus golpes y amagues -militares- al estado hebreo no significaron ni un solo paso positivo en la mejora de la vida de su pueblo. Al mismo tiempo, Israel erró -políticamente- apostando a la ecuación “tierras por paz” al retirarse de Gaza en 2005. Esta maniobra unilateral israelí tampoco dio tranquilidad a miles de sus ciudadanos que comenzaron a recibir misiles a diario. Los fundamentalistas leyeron el gesto israelí como signo de debilidad. Hoy, ambas dirigencias y los dos pueblos, están pagando esos errores. 

Lo que se percibía como desenlace finalmente ocurrió. Se ha vuelto a romper el cese al fuego. Hamas disparo 40 cohetes a poblados y ciudades israelíes e Israel bombardeó nuevamente el enclave para neutralizar objetivos militares de Hamas. Destruyo depósitos de armamento y munición y estaciones operativas de lanzamiento de misiles, muchos de ellos aledaños a escuelas, hospitales y mezquitas.

Las armas vienen hablando desde varias semanas y con ello se reaviva el proceso de asunción de culpabilidad histórica más o menos avanzado en varios países europeos. Este proceso residual, psico-culposo y antisemita se ha visto acompañado a gran escala desde la prensa, cuya información -ambigua en la universalidad del conflicto palestino israelí-, parece ignorar intencionalmente las circunstancias específicas como las particularidades de sus motivos.

No han sido pocos los medios que, presurosamente -como en 2008 durante la Operación Plomo Fundido-, mostraron sus posiciones sesgadas. Ejemplo de ello son los cientos de artículos que se pueden leer en varios periódicos, muchos de ellos escritos por ecologistas y defensores de los derechos humanos, que no son más que “activistas de la plumilla y pacifistas del caviar” que califican los hechos como un genocidio palestino. Sin embargo, ignoran sin sonrojarse el terrorismo de Hamas y sus lanzamientos de cohetes sobre población civil israelí en los días, meses y años previos. También soslayan el disparador de esta nueva crisis: el secuestro y brutal asesinato de tres adolescentes israelíes.

Lo concreto es que en tales posiciones informativas parciales, subjetivas y racistas pueden observarse patrones que despliegan viejas y conocidas posiciones antisemitas, hoy encubiertas en el anti-sionismo. Lo cual representa, en esencia, una nueva desilusión que la prensa ideológica sesgada disemina a los lectores que muchas veces la reciben de buena fe.
La obsesión con Israel y su conflicto con los palestinos hace que se llegue afirmar que el Estado israelí representa “el nuevo nazismo” o en el más morigerado de los casos, que es la Sudáfrica del apartheid, por lo que juzgo innecesario más ejemplos ante semejante discurso que engloba un inequívoco y completo “wishfull thinking”.

En el desarrollo de las acciones militares, cada día es más claro que estas posiciones de la prensa pretenden aliviar el peso de “la culpabilidad” de distintas historias nacionales de países europeos que jamás afrontaron su responsabilidad durante la era del nazismo.

La liviandad en la utilización del término pretende mostrar que cualquiera puede jugar “el rol de nazi”, y con ello, “la responsabilidad será siempre un demerito moral irrebatible”. Después de todo, estos roles se van alternando casi aleatoriamente para muchos medios de prensa que temen perder beneficios económicos reportados por su amistad con compañías petroleras árabes.

Tampoco faltó en los últimos días la siempre dispuesta y sesgada opinión de manifestaciones de gran parte de la izquierda europea y latinoamericana que, unida al colectivo -a menudo utilitario- de las víctimas, siempre que no pertenezcan a lo que consideran sus enemigos y, en lo que configura su conocido, aburrido y reiterado ejercicio de hipocresía universal, muestra su desprecio por la vida humana. Y es allí donde los campeones de los derechos humanos miden los muertos: según sea el arma que los mata, y a mayor numero de víctimas mejor para el aquelarre verbal de sangre y muerte que desatan histéricamente.

Lo descripto no debe llamar la atención. Existe una tendencia de grandes sectores de la izquierda a reconocer de manera simplificada a naciones o pueblos como únicos actores reales en conflictos y situaciones políticas fuera de todo matiz y diferenciación interna. Así, sustentan sus discursos en posiciones que abrevan en una profunda ignorancia de la realidad.
Gran parte de la izquierda apoya la lucha contra Israel en términos resistencialistas y rotula como pueblo oprimido al pueblo palestino. Sin embargo, también lo hace por carencia de conocimientos sobre el conflicto y una dosis clara de antisemitismo.

Todos estos grupos se convierten en instrumentos psicológicos de “alivio de la culpa”, algunos de forma consciente y otros desde la ignorancia. Pero siempre prestos a calificar “la nazificación” de Israel insuflan esa idea con alta carga emocional casi hasta el paroxismo. Sin embargo, lejos de favorecer al pueblo Palestino, esto los delata en la irracionalidad de la ideología que profesan y da por tierra con cualquier postulado que pretendan esgrimir. Así, acaban apoyando a la ideología de la muerte y el oscurantismo que caracteriza al terrorismo yihadista que somete a los propios palestinos como sus primeras víctimas en su lucha contra lo que denominan el enemigo sionista.

De allí que estos días son importantes. La opinión pública debe interiorizarse, leer, investigar y procesar la información que está recibiendo. Sin tener en cuenta estos aspectos del “neo-antisemismo yihadista” que se apoya en varios sectores de Occidente, el combate contra el terrorismo que utiliza -y somete- a gran parte del pueblo palestino, mantendrá graves e insalvables insuficiencias.

Lo cierto es que la lucha de Israel contra el terrorismo es una circunstancia inevitable. Ella se debe interpretar apropiadamente teniendo en cuenta la continua transformación de las acciones del terror hacia formas innovadoras, oportunistas y hasta menos obvias. Esta es la responsabilidad que los medios de prensa internacionales deben respetar y rescatar en defensa de lo ético. Es también el aspecto sobre el que la opinión pública debe estar atenta, sin permitir que se la engañe con información sesgada.

Israel está luchando para proteger a sus ciudadanos y por su supervivencia misma como en todas y cada una de sus guerras libradas en los últimos 65 años. Pero por sobre todo simboliza la primera línea de batalla en defensa de la cultura occidental y judeo-cristiana contra el avance de la sin razón y la violencia. Muchos lo saben en la dirigencia política occidental. Por caso, el ministro de Relaciones Exteriores egipcio condenó a Hamas por el abandono del cese del fuego e instó al grupo a que de inmediato cese los ataques con cohetes contra la población civil israelí, pues ellos dan lugar a las terribles respuestas militares israelíes.

La comunidad internacional expresó también su preocupación por la situación en Gaza y pidió durante los últimos días a las facciones palestinas poner fin a los ataques con cohetes sobre pueblos y ciudades de Israel. Lo propio hizo el Papa Francisco y el Presidente Francés Hollande en la última semana.

Para quienes no conocen el escenario, la región y las dificultades de una democracia rodeada de regímenes muy distintos en valores culturales; la comprensión puede ser maniquea, cuando no superficial y errónea. Sin embargo, la realidad y la cuestión de fondo son más complejas. En consecuencia, la genuina lucha contra el terror no debe focalizarse exclusivamente en las acciones militares. Debe ser sustentada por información fidedigna y realista, y no apoyada en la ideología del odio a la modernidad que Israel encarna en la región solo por la cercanía de las relaciones del Estado hebreo con EE.UU. Relacionar aspectos relativos a la globalización y al capitalismo como pretende la izquierda es tan absurdo como inverosímil a los ojos de las personas de buena voluntad y de paz. Es algo tan cándido e ingenuo como sostener que los árabes no pueden ser antisemitas, idea ésta basada en “la noción paternalista del buen salvaje”.

Es tiempo para Occidente de brindar sincera ayuda a los habitantes de Gaza y al pueblo Palestino en general para lograr la construcción de su propio Estado. Para ello debe librarlo de la endemia del fanatismo y el terror que los ha secuestrado y que convierte a cada palestino en su primera víctima.

El mundo libre debe tener claro que no todo ser humano tiene la misma capacidad moral de distinguir entre el bien y el mal. Si nos consideramos hijos de la modernidad, la ilustración es nuestra principal arma, y probablemente la única que disponemos.

Israel no es el problema

En esta columna de hoy, bien podría compartir con ustedes algunos hechos históricos fascinantes de la milenaria cultura árabe. También pensamientos y magníficas experiencias acerca de esa antigua cultura. Pero claro, en estos días, todas las personas parecieran estar en carne viva, hablan, entienden y hasta pareciera que tienen la solución a lo que está sucediendo en Gaza, con el conflicto Palestino-Israelí. Me referiré a ello solamente de paso y, en todo caso, será tema de un próximo análisis.

Hoy prefiero dedicar la mayor parte de mi artículo a pensar con ustedes sobre la amplitud del escenario geográfico de aquella región que conocemos como “mundo árabe” y al impacto de los hechos que allí se producen, algo que abordé en varios de mis artículos y análisis por los últimos años. Para ello, le solicito como lector localizarse específicamente en la zona que va de Marruecos a Pakistán, un área predominantemente árabe y musulmana, pero que también incluye significativas minorías de otras creencias.

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La maldición de las guerras inconclusas

Dos semanas le tomó al Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, emitir un llamado al “cese al fuego en Gaza”. Su gesto diplomático -de forma y de orden tan bajo y endeble que ni el mismo se lo creyó- fue recibido por las partes como un efímero soplo del viento. El gesto del funcionario no hizo más que reflejar la falta de voluntad, la sumisión y la imposibilidad de la comunidad internacional para hacer frente a las causas reales de este absurdo, innecesario y sangriento conflicto.

De todos los temas en la agenda global, evidentemente el conflicto palestino-israelí “es el más cargado de emociones” y, pareciera ser, el menos adecuado al análisis político. Sin embargo, sin tal lectura y sin abordar las verdaderas causas, sus disparadores y actores interesados en su permanente continuidad, no se puede esperar que un alto el fuego constituya algo más que un momento de calma para la siguiente ronda.

Como sea, es inevitable efectuarse una pregunta central: ¿por qué la guerra estalló en este momento? La guerra siempre estalla cuando una o más partes -en una relación de confrontación- perciben que el statu quo vigente es intolerable y debe modificarse. No procede en las tensiones geopolíticas de Medio Oriente hablar de cuestiones humanitarias, tanto Hamas como Israel dejan eso a los verdes a pacifistas y antibelicistas que piensan que pueden parar las bombas vociferando en plazas europeas o latinoamericanas. Rechazando la endemia de la guerra, a lo que me refiero es al punto de vista político-militar de dos energías en pugna.

Personalmente, no debato ideologías ni apoyos a tal o cual sector, eso se lo dejo al lector pensante. Me refiero siempre a los hechos. Y en el caso de Gaza, Hamas fue el primero en encontrar que debía cambiar el status quo establecido desde la efectiva retirada israelí del enclave, ocurrida en el año 2005. Así fue que se dio a la acción para modificarlo.

Varios acontecimientos llevaron a esto, a saber:

a) El colapso de la Hermandad Musulmana en Egipto, un aliado primario de Hamas desde la era del derrocado presidente Hosni Mubarak. Los Hermanos brindaban logística y apoyo de altísimo valor político, estratégico y militar que se perdió con la caída del presidente Mohamed Mursi, meses atrás.

b) Los crecientes problemas económicos de Irán, producto de las sanciones económicas sobre el régimen de los mullah’s y la consiguiente reducción del apoyo de Teherán a Hamas. Este punto se hizo sentir fuerte en el enclave gobernado por la organización islamista.

c) El fracaso de Hamas en reactivar la economía, combinado con métodos autoritarios y de rígido control le significó una pérdida de apoyo popular entre los propios habitantes de la Franja, por lo que había que apelar al pueblo con acciones convincentes para mantenerse presente en la reivindicación de sus postulados como movimiento de resistencia ante el enemigo externo.

Así, para cambiar el status quo, Hamas tuvo que volver a recalentar el escenario con sus ataques con cohetes contra Israel. De esta manera se dio a la acción, al tiempo que sometió a civiles de uno y otro lado a la devastación. En ello, dio relativa importancia a la devastación –incluso- para su propio pueblo y, mostrando su “resistencia al enemigo sionista”, se lanzo en una ofensiva temeraria. Esta ha sido la táctica de siempre, aunque esta vez, colisiono con una realidad inesperada para su conducción, salvo Qatar, “no hay apoyo de las naciones islámicas para Hamas”. Esto se aprecia en los críticos “silenciosos” dentro del mundo árabe y la comunidad palestina, incluidos los de Gaza.

Lo que Hamas ignoró es que Israel sintió también que el status quo era insostenible e insoportable, y decidió no recibir más misiles y cohetes a diario sobre sus poblaciones. El cálculo estratégico de Hamas erró esta vez. No consideró que el propio Israel puede aprovechar la oportunidad para intentar cambiar el status quo definitivamente en esta guerra y, saldar así, cuentas pendientes como vienen desde 2009 con la “Operación Plomo Fundido”.

En política, “si no se puede decir en una frase cuál es la meta que se persigue, siempre es mejor guardar silencio hasta que se pueda hacerlo”. Hamas no supo entender este principio básico. Ahora ¿cuál es -en una frase- la meta de Hamas? La pregunta no es de difícil respuesta. Se encuentra establecida en los estatutos de conformación del movimiento y, claramente se puede leer en su articulado: “la destrucción de Israel”.

Es claro que el mundo está lleno de movimientos utópicos mesiánicos, milenaristas y otros dedicados a las agendas idealistas, y no hay razón por la cual Hamas no debería ser uno de ellos. Sin embargo, Hamas vive en un mundo de fantasía donde ha olvidado el destino y el futuro de la población de Gaza. Hamas no calculó que los habitantes de Gaza son, en su mayoría, refugiados, bastante más apegados al modelo de la Autoridad Nacional y su justo reclamo por construir un Estado Nacional Palestino. Lo que no es lo mismo que un Estado islamista.

Si en el pasado Hamas obtuvo el respaldo de los habitantes de Gaza contra las autoridades de la Autoridad Nacional Palestina, fue precisamente por su posición frente a las viejas falencias de la ANP del presidente Mahmmud Abbas. Pero no para un programa pan-islamista ni para establecer allí un califato, como pretende Hamas.

En el contexto de la situación actual, el objetivo de Israel para detener los ataques con cohetes hacia su territorio fue facilitado por Hamas. Israel cuenta con los recursos para alcanzar esa meta y desmantelar los sitios de lanzamiento de cohetes. Lo mismo para neutralizar el mando y control de la red operativa de Hamas. Habrá por tanto que ver si es esta una nueva guerra inconclusa como las anteriores, o si esta vez tiene un final, sea por medio de las armas o, como sería más aconsejable, por medio de un acuerdo definitivo.

Vivimos en un mundo en el que la guerra rara vez se permite llevar a cabo en forma completa. Ello debido a que el estado de ánimo de la comunidad internacional es hostil a ella y, a pesar de que la guerra siempre ha sido, y es posible, infortunadamente, que continúe siendo, el instrumento de regulación de las relaciones conflictivas entre los pueblos.

En el futuro, la opinión pública internacional, la presión de EE.UU. y el creciente costo de la guerra moderna no permitirán al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, hacer uso pleno de la guerra como instrumento de remodelación de la realidad geopolítica. Peor aún, en vez de perseguir a Hamás en Gaza, Netanyahu puede terminar ayudando a Hamas a volver a Cisjordania. También puede que Hamas quede demasiado débil para conformar un nuevo status quo en el enclave. Una vez que las armas se hayan silenciado, entonces veremos dónde estamos con el nuevo status quo. Y más importante aún, cuales habrán sido las implicancias y consecuencias reales de una guerra “terminada o de una guerra a medio terminar”. Está visto que los dos adversarios no pueden entenderse desde 1948.

Sin embargo, a través de los años hemos sido testigos del auge y la caída de 17 movimientos palestinos de “liberación”. Con una sola excepción, todos eran grupos nacionalistas que decían luchar por la liberación y bajo una idea que aglutinó el pensamiento marxista, estalinista y maoísta. Todos esos grupos incluyeron la palabra “Palestina” en su identificación. La única excepción es Hamas, que con sus acciones y postulados representa al Estado teocrático, y con ello, socava las esperanzas de los palestinos por un Estado propio.

La tragedia de Gaza nos debería recordar un hecho trascendental a través de la historia de los conflictos humanos: “Si hay algo peor que la guerra, es una guerra a medio terminar”.

El costado bárbaro de Occidente

Es innegable que un soplo intolerante renovado se ha disparado en Occidente. Sucede a menudo ante operaciones militares en las que el ejército israelí está involucrado. No es casual que se hayan activado nuevas conspiraciones -previamente inactivas- para quienes aman la creencia de “que los judíos controlan el mundo”.

Cada vez con más asiduidad, se escucha y se lee -a alguien- desde una tribuna política, una editorial de prensa o un discurso de barricada, diciéndonos que Occidente debería replantear su relación con el Estado Hebreo -por ende con los judíos-. Se oye y se lee en abundancia sobre lo perversos que son y como manipulan todo para poder controlar el mundo.

Para muchos, los judíos son responsables de cosas horribles. Colegas franceses y españoles me han llegado a decir que no descartan que estuvieran detrás del fatal 09/11. Otros les culpan de la maldición del multiculturalismo y de los males de la humanidad.

Lo cierto es que los judíos están marchándose de Europa, y sus lugares son ocupados por inmigrantes radicalizados en las ideas fundamentalistas que se presentan como víctimas del complot mundial. Confieso que no estoy tan seguro en cuanto a la gravedad de esta situación, pero existe, es visible a diario, y ha echado raíces peligrosamente en casi todo el mundo.

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La beligerancia de Hamas sabotea cualquier solución pacífica

No hubo nunca ningún eslogan más poderoso y exitoso en la propaganda del radicalismo durante el siglo XX y lo que va del XXI como la frase: “El fin de la ocupación”.

Estas cinco palabras no solo han logrado revertir la derrota árabe de la guerra de 1967, sino que han sido el disparador del estado de confrontación permanente en el conflicto palestino-israelí en ámbitos tan disimiles como encontrados donde los medios de prensa, la opinión pública y hasta los organismos internacionales han sido objeto de su influencia. Todo ello ha tenido lugar, con la salvedad y el ocultamiento, de que nunca antes se utilizó tal eslogan en referencia a la ocupación que ejerció Jordania -como ocupante árabe- entre 1948 y 1967 de lo que los palestinos reclaman desde la victoria israelí de la Guerra de los Seis Días.

Si algo ha hecho bien la maquinaria de propaganda opositora a la creación y el reconocimiento del Estado israelí ha sido la utilización y el rédito del eslogan, aunque ello no ocurrió jamás de forma inversa en referencia a Jordania. Nada de esto se escuchó en 1937 cuando la Comisión Peel emitió su informe, ni en 1947 cuando Naciones Unidas recomendó la partición de Palestina Occidental en un Estado árabe y otro judío. Tampoco sucedió entre 1948-1964, en aquellos años no tuvo lugar ninguna objeción o reclamo de grupo étnico alguno sobre ese territorio que cualquier pueblo árabe podría haber reclamado y obtenido para sí a través de una rápida decisión de la Liga Árabe después de que ese territorio había sido étnicamente limpiado de judíos que habían vivido allí antes de 1948.

Lo cierto es que los palestinos irrumpieron en la comunidad internacional en 1964 y ello ocurrió cuando se promulgó la Carta de la OLP cuyo artículo 1º indica: “Palestina es la patria del pueblo palestino árabe; es parte indivisible de la nación árabe, y del mismo modo, el pueblo palestino es parte integral de la nación árabe”. El artículo 5º de la Carta señala: “Los palestinos son nacionales árabes que hasta 1947, residían en Palestina independientemente de si fueron desalojados de la misma o si se hubieran quedado allí, y toda persona nacida después de esa fecha de un padre palestino dentro o fuera de Palestina es también considerada un palestino”.

Diez años más tarde, el 13 de noviembre de 1974, el líder de la recién creada entidad, Yasser Arafat, dijo ante la Asamblea General de Naciones Unidas que la OLP había ganado su legitimidad debido a su sacrificio y al liderazgo dedicado a la lucha por la liberación de su tierra. Arafat sostuvo que su organización fue elegida por las masas palestinas para liderar esa lucha y esta legitimidad que menciono el líder de la OLP se vio luego fortalecida por el apoyo de los demás países árabes, y fue consagrada durante la Conferencia árabe de aquel mismo año la cual ratifico el derecho y liderazgo de la OLP como el único representante del pueblo palestino para establecer un Estado nacional e independiente en todos los territorios palestinos liberados en el futuro.

Sin embargo, desde el 2011, la legitimidad, la función y el liderazgo de la OLP está sometida a interrogantes por su disputa y continuos choques con el movimiento de resistencia islámico palestino Hamas, que ha impugnado toda acción política de la OLP y ha rechazado cada opción de reconciliación entre las dos agrupaciones. En la actualidad, se disputan la representación de los palestinos en lo que configura un conflicto interno que ya lleva diez años y no parece que vaya a resolverse dadas las distancias en los objetivos políticos y estratégicos en el liderazgo de ambos grupos.

En consecuencia, los esfuerzos para alcanzar a una solución pacífica al conflicto palestino-israelí han sido obstaculizados siempre internamente, ya por la beligerancia de Hamas como por la negativa de la OLP a reunirse y llevar adelante negociaciones directas con Israel. Esto nunca ha sucedido en los últimos años, pero incluso si llegara a ocurrir mañana, la perspectiva de cualquier éxito sería extremadamente improbable dada la debilidad actual de la OLP y del gobierno de Mahmud Abbas frente a su contraparte interna de Hamas, que ha prometido continuar la lucha armada hasta expulsar a cada judío de la tierra que denominan ocupada.

La pregunta que pocos se efectúan en los organismos internacionales es: ¿qué dice o hace Jordania dentro de esta situación de crisis extendida? La respuesta la ha dado el propio secretario de asuntos regionales del Reino Hachemita al informar que Jordania abandonó toda pretensión sobre Judea y Samaria (Cisjordania) y Jerusalén Oriental en 1988, y es claro que no ha mostrado desde ese año ningún interés por estos asuntos que considera ajenos a los intereses del Reino.

Lo concreto es que estos males y esta distorsión de la realidad histórica implican en el fracaso de las Naciones Unidas en reconocer los siguientes e irrefutables hechos, a saber:

a) Que las disposiciones del artículo 80 de la Carta de las Naciones Unidas reservan al pueblo judío el derecho a constituir un Estado nacional judío que incluye Judea, Samaria y Jerusalén Oriental de conformidad con las disposiciones establecidas en el artículo 6° del Mandato para Palestina.

b) que las Resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad de la ONU siguen siendo las únicas herramientas jurídicas internacionalmente exigibles y aceptadas para resolver el conflicto entre palestinos e israelíes.

El fracaso de la ONU en trabajar sobre estos principios básicos del derecho internacional y sobre su implementación, respeto y observancia ha demostrado todos estos años ser el principal obstáculo para resolver el conflicto entre judíos y árabes. El propio Yasser Arafat declaró ante las Naciones Unidas el 13 de diciembre de 1988: “Nuestra gente no quiere ningún derecho que no tenga y que no sea compatible con las leyes y la legalidad internacional”, y agregó: “Los palestinos no pretendemos libertades que invadan las libertades de los demás, ni deseamos ningún destino que niegue el destino de otros pueblos y personas”.

Sin embargo, desde entonces, cediendo a la presión de la Liga árabe y la Organización de la Conferencia Islámica, el mencionado organismo ha sucumbido a un sinfín de resoluciones de la Asamblea General que han sepultado cualquier tipo de leyes y fundamentalmente a la legalidad internacional.

En consecuencia, lo que debería hacer Naciones Unidas es resucitar, debatir y aplicar el derecho internacional en el marco de la legalidad perdida. Esto configurará la única posibilidad de poner fin al conflicto palestino-israelí y, cuanto antes se inicie este proceso, más posibilidades habrá de que regrese la cordura al Oriente Medio.