La deuda y el default no son problemas del capitalismo

Un día después de conocida la decisión de la Corte Suprema de los Estados Unidos de no tomar el caso de los holdouts contra el gobierno argentino, el ministro Kicillof se quejó porque debía “pagar los platos rotos de la fiesta neoliberal”. Hace pocos días, en la OEA, volvió sobre la idea al afirmar que las restructuraciones de deuda y los defaults soberanos “no son sólo un problema de la Argentina sino de todo el capitalismo mundial”.

Haciendo la enorme concesión de seguirle la terminología a Kicillof, lo que quiere decir es que todo este problema del gobierno-que-se-endeuda-y-termina-mal es una más de las supuestamente indeseables consecuencias de vivir en un sistema capitalista. El problema de esta afirmación, sin embargo, es que es totalmente errónea.

Si se puede definir al sistema capitalista en pocas palabras, tenemos que decir que es el sistema institucional basado en el respeto por los derechos de propiedad. En este sistema, el rol del Estado se limita precisamente a proteger esos derechos, y un Estado que se limita “solo a eso” no puede gastar mucha plata. En consecuencia, no tiene necesidades de endeudarse. De esta forma, un sistema capitalista también exige equilibrio presupuestario, dado que si este se viola y los gastos del Estado son persistentemente superiores a los ingresos, la diferencia terminará siendo cubierta con nuevos impuestos, inflación o endeudamiento, todas formas de gravar (a corto o a largo plazo) a la población, lo que la priva de disponer libremente de su propiedad.

Hasta aquí, como puede observarse, es poca la responsabilidad que el capitalismo pueda tener en el tamaño y la dinámica de la deuda estatal. Si hay equilibrio presupuestario y los gastos no superan los ingresos, no hay necesidad de endeudarse.

Fue Keynes, sin embargo, el que en su momento ridiculizó la austeridad y son los keynesianos los que hoy insisten en que el gasto y el déficit fiscal son un arma poderosa para sacar a los países de las recesiones. Si bien esta postura aplicada estrictamente a un contexto de crisis puede debatirse, lo cierto es que los políticos no tardaron en encontrar en dichas ideas un soporte intelectual a su natural inclinación hacia el gasto y hacia la ausencia de tributación.

En el paradigma keynesiano, el ahorro es vicio y el gasto es virtud, con lo que el equilibrio presupuestario pasa a un lejano segundo plano. Así, la deuda aparece como la mejor alternativa para financiar el déficit sin tener que lidiar con el costo político de cobrar más impuestos. Es evidente, entonces, que la deuda no es hija del capitalismo o del “neoliberalismo” sino del keynesianismo más básico, casualmente la tradición económica que nuestro ministro admira y a cuyo estudio ha dedicado parte de su vida.

Finalmente, se entiende que los funcionarios del Gobierno actual intenten desligarse de la responsabilidad por el problema de la deuda pública, pero no es admisible que, en aras de hacerlo, acusen al capitalismo, el único inocente de toda esta larga novela.

La tortuga y la liebre de la economía latinoamericana

Es conocida la fábula de la tortuga y la liebre. La liebre rápida se reía de lo lento que caminaba la tortuga, hasta que un día la tortuga la desafió a correr una carrera. Para sorpresa de los animales del reino, la tortuga, que iba lento pero a paso sostenido terminó ganando el desafío.

Algo parecido sucede en la economía latinoamericana. A principios de la década pasada, fundamentalmente luego de la crisis argentina, nuestro país se volvió la estrella del crecimiento emergente. Incluso premios Nobel alabaron nuestro modelo enfocándose solo en el crecimiento de nuestro PBI. Lo mismo le pasó a Venezuela, que crecía a tasas altas ayudada por los precios del petróleo y una política económica marcadamente expansiva.

Si observamos el gráfico de más abajo, que muestra el crecimiento de algunos países sudamericanos (se toma un promedio móvil de tres años para suavizar las líneas), se ve claramente que Argentina y Venezuela eran, hasta el 2006-2007, la liebre.

Éramos los más rápidos y nos reíamos de los demás. El gasto público crecía, también la emisión monetaria y manteníamos un tipo de cambio competitivo para estimular el crecimiento. La idea fundamental: impulsar el consumo y el mercado interno. Las instituciones, que afectan principalmente la inversión de largo plazo, no eran una variable importante.

La tortuga (en nuestro caso, Chile, Colombia y Perú) optó por un camino diferente. Los países vecinos se preocuparon mucho más que nosotros por sus instituciones, empezando por sus monedas, que se apreciaron frente al dólar durante todo el período. Por otro lado, saludaron y le dieron una cálida bienvenida a las inversiones del exterior, a la espera de que eso fuera lo que, gracias a la mejora de la productividad, estimulara el consumo y la balanza comercial.

Además, mantuvieron a raya las cuentas públicas. Con aumentos de gasto, sí, pero siempre dentro de las posibilidades de un financiamiento razonable.

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En nuestro caso y en el venezolano, el gasto se financió con emisión monetaria y finalmente las variables se descontrolaron. Hoy la inflación es el peso más importante que acarrea la economía. Porque distorsiona los precios relativos y genera malas inversiones, y porque achica el horizonte de planificación, llegando incluso a paralizar la actividad económica. A esto se le suma, además, una batería de innumerables controles y regulaciones que solo sirven para ahogar aún más a los sectores productivos.

No es extraño que hoy hasta el INDEC reconozca la recesión y que las perspectivas para los años venideros tengan a Argentina y Venezuela en los últimos puestos del ránking regional de crecimiento. Viendo las cosas desde esta perspectiva, parece mucho más razonable recorrer el camino de la tortuga. En ese contexto, tal vez no volvamos a tener “tasas chinas” de crecimiento. Pero ¿quién las necesita? Lo que necesitamos es un crecimiento sostenido y sostenible, algo que solo se logra con apertura económica, respeto por la propiedad privada y equilibrio fiscal.

Lo demás es el camino de la liebre, que luego de tanto ensayarlo, ya debería tenernos cansados.

Un eventual acuerdo con el FMI sería mala noticia

Aunque el ministro de economía asista a la reunión de ministros del FMI sin corbata, eso no quita que el gobierno esté intentando un acercamiento con el Fondo para, de esa manera, recuperar el acceso al mercado de capitales internacional que el default, la megadevaluación y 10 años de intervencionismo estatal y arbitrariedades nos quitaron.

Sin embargo, de concretarse, este acercamiento sería una mala noticia.

El objetivo del gobierno parece ser reducir la inflación con medidas un poco más profundas que los famosos “Precios Cuidados”. Es cierto que “Precios Cuidados” sigue en pie y que mucho se habla de él, pero este programa afecta una cantidad menor de productos y, al ir actualizándose, no representa un control de precios tradicional sino, más bien, una canasta familiar que gobierno y empresas acordaron subsidiar.

Sin embargo, no es esto lo que va a parar la inflación sino una acción conjunta de la política monetaria y fiscal. La primera, como vimos, comenzó con la suba del tipo de interés hasta el 30%. Sin embargo, se sabe que esto no es suficiente para frenar la inflación sino que se necesita achicar el déficit para evitar seguir exigiendo financiamiento al Banco Central. El recorte de subsidios debe entenderse, entonces, también en esta dirección.

Ahora bien, en lugar de seguir el camino del recorte de subsidios y dedicarse a seguir achicando gastos (sobran: la Televisión Pública, el Fútbol Para Todos, los festivales “gratuitos”, las obras de infraestructura hechas a la medida de los amigos, las pérdidas de Aerolíneas Argentinas, etc., etc.), el gobierno tiene otra cosa en mente.

Si ajusta alguna tuerquita por aquí y por allá, es decir, si luego del acuerdo con Repsol, cierra otros conflictos abiertos y vuelve amistosamente al FMI, podrá seguir manteniendo el gasto elevado, pero sin necesidad de pedir financiamiento al Banco Central. Ahora se financiará en el mercado de deuda aprovechándose de la ultraliquidez internacional que todavía se mantiene.

¿El problema? Que la lógica de fondo no cambia y los incentivos de los políticos (de izquierda y de derecha, progresistas o conservadores, “nacionales y populares” o amigos de los “vecinos”), suele ser siempre la de aumentar el gasto. En definitiva, a más gasto, más obras, más subsidio, más “cosas” que se ven y que pueden atribuirse directamente a la gestión del gobernante. En síntesis, más rédito político…. De corto plazo.

En el largo plazo, si el gasto excesivo se financió con el Banco Central, la gente no tolerará más la inflación, que es el caso actual. Pero si este no es el caso y el gasto se financió con deuda pública colocada en el mercado, en algún punto se volverá insostenible. Para saber cómo termina esa película solo basta una imagen.

Entonces, un verdadero cambio que termine con la inflación pero también con la deuda improductiva del sector público es eliminar la lógica del gasto populista. Para eso se necesita más que algunos ajustes menores y un Fondo Monetario siempre listo para rescatar insolventes

Finalmente, si la normalización de las relaciones con el FMI solo sirve para que el gobierno cambie la fuente de financiamiento del gasto, lo único que se conseguirá será posponer el día del ajuste, que puede incluso llegar a ser mucho más traumático, como ya hemos experimentado otras veces en nuestra historia.

El relato intervencionista

En su última obra, La fatal arrogancia, el premio nobel de economía Friedrich Hayek desarrolla en extenso su idea del “orden espontáneo”. El orden espontáneo es la armonía que resulta, sin que nadie lo planifique de manera previa, de las miles y millones de interacciones individuales. Cada individuo busca su propio bienestar, pero en un largo proceso evolutivo de prueba y error, esa búsqueda del bienestar individual termina con resultados sociales positivos, no solo en términos de aumento de la producción de bienes y servicios que la sociedad necesita, sino también en valores como “el trabajo disciplinado, la responsabilidad, la asunción de riesgos, el ahorro, la honestidad y el cumplimiento de las promesas”.

Los economistas e intelectuales que siguen la obra de Hayek ven en la economía un orden espontáneo, un lugar en el que esos decisores individuales se encuentran, satisfacen sus necesidades y, en el proceso, mejoran nuestra civilización. Desde la otra vereda, los intervencionistas no ven en la economía o en el mercado un orden espontáneo que está en constante evolución y creación, sino más bien un caos social. Una desorganización y una guerra de todos contra todos en donde se necesita que “alguien” ordene y “ubique” a los agentes. Para los intervencionistas, “en el espacio de la economía se expresa una relación de poder entre diferentes sujetos sociales”.

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El sinceramiento del Indec no es el primer paso para bajar la inflación

A lo largo de estos siete años de manipulación de las estadísticas del Indec, que no solo afectaron el índice de precios al consumidor, sino estadísticas tanto o más sensibles como las del crecimiento del PBI y los niveles de pobreza e indigencia, muchos economistas y líderes opositores repitieron a coro que lo primero que se necesitaba para bajar la inflación era dejar de engañar a la gente con las cifras oficiales.

El argumento, en resumidas cuentas, era éste: el gobierno no puede resolver el problema de la inflación porque es un problema que, al tener estadísticas poco confiables, no puede reconocer. Se le atribuía al gobierno una “ceguera a la realidad”, como si fuera un conductor víctima de un velocímetro que indicara que la velocidad a la que va es mucho menor a la real.

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¿Qué es la libertad económica y por qué es grave no tenerla?

El martes se publicó y difundió un nuevo Índice de Libertad Económica elaborado por la fundación Heritage en conjunto con el diario Wall Street Journal de los Estados Unidos. En el Índice 2014 (que considera la segunda mitad de 2012 y la primera de 2013) la Argentina se ubicó en el puesto 166, cayendo 6 puntos respecto de la edición anterior.

Según Heritage, la libertad económica es “el derecho fundamental de todo ser humano de controlar su propio trabajo y propiedad. En una sociedad económicamente libre, los individuos son libres de trabajar, producir, consumir e invertir en todo lo que quieran”. En este sentido, el índice mide algunos conceptos que intentaremos poner en términos sencillos:

Imperio de la ley (derechos de propiedad y corrupción): supongamos que una persona, llamémosle Juan, quiere comenzar un emprendimiento. A Juan le será más fácil hacerlo si el gobierno no pone excesivas trabas burocráticas. Por otro lado, una vez comenzado el emprendimiento, Juan será más libre si no corre riesgo de sufrir expropiaciones o si el gobierno le deja comprar y vender a quien quiera y a los precios que desee. Por otro lado, si Juan tiene que pasar por un sinfín de “peajes y colaboraciones extras” para “aceitar trámites”, por ejemplo, el uso de su propiedad y trabajo se verá restringido, y su moral, dañada.

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Márgenes de rentabilidad: ¡cuanto más grandes, mejor!

Imaginémonos una madre que, al despedir a su hijo cuando sale para ir al colegio le dice: “hasta luego, que te vaya más o menos”. No sucede a menudo, ¿verdad? En general, la madre dirá algo así como “¡cuidate!”, “¡que te vaya bien!”, “¡que tengas suerte!” o alguna forma que exprese el deseo de que el hijo tenga un día de lo mejor. Intuitivamente, podemos ver que tener éxito y que nos vaya bien es el deseo de todos aquellos que nos quieren y que no hay nada de malo en ello.

Sin embargo, en uno de sus desesperados intentos por mostrarle a la gente que esta vez será diferente con el acuerdo de precios, el secretario de Comercio Augusto Costa esgrimió un argumento que, en el fondo, critica que la gente tenga éxito. Afirmó que hay que controlar el éxito (la rentabilidad) de los empresarios porque “la lógica empresarial maximizadora de beneficios” le “pone ciertos límites” a la “distribución de la renta”. En resumen, que el beneficio de los empresarios es el perjuicio de los consumidores.

El problema con este planteo es que ignora los principios básicos de la economía de mercado. En una economía de mercado, los beneficios abultados/exorbitantes/astronómicos son algo totalmente deseable.

¿Por qué?

En primer lugar, porque en la economía de mercado, las ganancias del empresario son la muestra de que su actividad está satisfaciendo una necesidad social. Si un empresario tiene ganancias, es porque está fabricando un producto o servicio que la gente valora. El primer productor de vestidos amasó una fortuna (seguramente en la forma de otros bienes y servicios que la sociedad intercambiaba con él) pero, al crear un producto que su sociedad necesitaba, mejoró la vida de todos (y todas).

En segundo lugar, porque ese margen abultado de rentabilidad es lo que despierta el espíritu emprendedor de otros individuos que comienzan a competir contra el productor pionero. La consecuencia es un aumento de la producción y, curiosamente, una caída de los precios de venta ya que nuestro segundo productor querrá ganarle el mercado al primero. Finalmente, las grandes ganancias dan lugar a la competencia que -al aumentar la producción y reducir los precios de venta- mejora la calidad de vida de la población.

Tan importantes como las grandes ganancias son las grandes pérdidas. En una economía libre, el empresario es el responsable absoluto de su ganancia y de su pérdida. En ella, los “formadores de precios” no se quedan con algo que “no les toca”, como dice Costa, sino que, si ganan, cosechan la retribución que la sociedad les dio por satisfacer sus necesidades, pero si pierden, deben asumir todo el costo de haber tomado una mala decisión.

Así, el sistema de ganancias y pérdidas guía la producción a sus mejores usos. Si nos pusiéramos hoy a fabricar carretas tiradas por caballos para viajes de larga distancia, probablemente perderíamos toda nuestra inversión. Esta pérdida es información pura. Es el mensaje claro de la sociedad que nos dice: “si querés tener ganancias, tenés que producir algo que satisfaga nuestras necesidades, si no no te elegiremos”.

En la economía de mercado las ganancias astronómicas son la consecuencia de las mejoras astronómicas de la calidad de vida de la población. El sistema de ganancias y pérdidas sin intervención estatal fue, de hecho, el máximo creador de riqueza del siglo XIX y XX y lo seguirá siendo en el siglo XXI.

Pocos días atrás se conoció que Bill Gates retomó su puesto como el hombre más rico del mundo. Su megarriqueza se corresponde con una revolución tecnológica sin precedentes que ha cambiado para bien la manera de comunicarse del planeta entero.

En conclusión, que un secretario de Comercio afirme que se controlarán los márgenes de rentabilidad de los empresarios no solo va en contra del más básico sentido común sino que es una condena a la sociedad a vivir mediocremente.

Europa y Estados Unidos necesitan un curso de kirchnerismo económico

Muy al contrario de lo que pasa en Argentina, en Europa y Estados Unidos las autoridades no están preocupadas por la inflación, sino por su desaceleración. De hecho, el presidente del Banco Central Europeo ya se refiere abiertamente al “riesgo de deflación”.

En la Eurozona, la inflación medida por el IPC cayó desde el 2,7% en enero de 2012 hasta el 0,7% de octubre de 2013. En Estados Unidos, la situación es similar. La variación anual del IPC ascendía al 3% en enero de 2012, mientras que fue de solo 0,9% en octubre de este año.

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Aunque no siempre es cierto que la deflación sea un problema, la idea generalizada es que si bajan los precios, la gente demora en consumir, esperando que los precios bajen cada vez más. Y, a menor consumo, menor inversión y empleo. Por ende, los gobiernos siempre intentan combatir la deflación.

¿Cómo han hecho europeos y norteamericanos para combatir este problema en el pasado? En julio de 2009, durante el momento álgido de la crisis subprime, cuando los precios medidos por el IPC cayeron 0,6% anual en Estados Unidos y 2% anual en la Eurozona, la reacción de los respectivos bancos centrales fue unánime: imprimir dinero y reducir la tasa de interés a niveles mínimos históricos. Además, a ambos lados del atlántico se aumentó el gasto público, como mecanismo para estimular el consumo, tal como prescribiera Keynes en los años ‘30.

Ahora bien, si los líderes de Europa y Estados Unidos hubieran prestado atención a nuestro flamante jefe de gabinete, Jorge Capitanich, al célebre Guillermo Moreno o a algunos economistas locales, podrían haber evitado tomar medidas tan drásticas. Podrían haberlo resuelto con un simple llamado al diálogo de “todos los sectores”.

Porque si los famosos acuerdos de precios sirven para controlar la inflación, ¿por qué no van a servir para la tarea inversa, es decir, para controlar también la deflación? Lo que los gobernantes  europeos y norteamericanos deberían haber hecho, entonces, es trabajar sobre las “expectativas de deflación” y acordar precios con los “principales actores”. La única diferencia es que no se les pediría que congelen o que los bajen los precios, sino que los suban. Y lo mismo para los sindicatos. Nada de ajustarse el cinturón: ¡a reclamar aumentos!

Sin embargo, por ahora no hay signos de que ningún funcionario del hemisferio norte esté por iniciar acuerdos de ese tipo ni negociaciones sectoriales. Hasta el momento, los medios no han reportado ningún decreto que fuerce a los empresarios a subir precios.

Se ve que esos países comparten el consenso generalizado de que la deflación (y la inflación) no son un fenómeno de los precios, sino de la cantidad de dinero en circulación. Cuando ésta es excesiva, hace que los precios suban y, cuando es escasa, hace que los precios bajen.

Una lástima por ellos. Deberían tomar algún curso acelerado de kirchnerismo económico para poder saltar sin escalas a nuestro querido tercer mundo.

Nada mejorará si no se atacan los problemas de fondo

Hace unos meses Paul Krugman, el economista citado por Cristina por alabar el modelo económico del kirchnerismo, escribió un breve post donde explicaba que la elevada inflación en el mundo estaba en vías de extinción.

Por otro lado, con una simple visita a Wikipedia podemos conocer una especie ya extinta, la del control de cambios.

Sin embargo, en Argentina estos dos “dinosaurios” están vivos. Luego de diez años de kirchnerismo, el país convive con alta inflación y con el famoso cepo cambiario. En Libertad y Progreso ya advertimos de las nefastas consecuencias de este combo e hicimos especial hincapié en que el cepo funciona como un subsidio al turismo de los ricos mientras condena el futuro de los pobres al obligarles a ahorrar en una moneda que pierde más del 20% del poder de compra al año.

Dado que ésta era una preocupación más bien extendida entre la opinión pública, el gobierno decidió ayer hacer algo. Sin embargo, en lugar de desandar el camino que llevó a esta situación, se optó por cerrar más el cepo.

¿Servirá la medida? Si lo que se busca como objetivo es “ser cuidadosos en la administración de reservas”, es evidente que la medida no funcionará. Para comprobarlo podemos observar nuestra historia reciente. En octubre de 2011 el gobierno impuso el control cambiario debido a que, al no querer reconocer la devaluación que él mismo había generado, comenzó a perder reservas. El “cepo” funcionó por unos meses, pero dos años después, la pérdida de reservas supera los US$ 15.000 millones.

¿Por qué? Porque el problema de la caída de las reservas no es el sector turístico o el comercio automotor “de lujo”. El problema es la política económica en general. Si el gobierno acude a la inflación para financiar su gasto y luego controla los precios de los productos, lo que sucederá es que habrá escasez.

Con el dólar pasa exactamente lo mismo. En un contexto altamente inflacionario, el gobierno decidió controlar su precio y comenzó a quedarse sin stock (es decir, a perder reservas). En este sentido, el problema de la caída de reservas es un simple problema de oferta y demanda. Al precio que el gobierno quiere, la demanda de dólares supera la oferta. El problema no es del turismo sino de la intervención del gobierno en el mercado del dinero y del tipo de cambio.

Para terminar con este esquema, lo que se necesita es eliminar el cepo y bajar la inflación. De esa manera, dejaríamos de ser la otra oveja negra de América Latina (después de Venezuela) y disfrutaríamos de estabilidad cambiaria y, muy al contrario de lo que vemos hoy: abundancia de dólares.

Más controles y regulaciones no atacan el fondo del problema y solo crean más distorsiones que terminan perjudicando la vida de todos los argentinos.

Por último, cabe recordar que hacia finales de los años cuarenta, la Argentina puso en práctica todo este arsenal de medidas y controles, pero ninguna pudo evitar la fuerte devaluación y el magro avance en el nivel de riqueza en comparación con el mundo.

Es una lástima que los funcionarios ignoren tanto nuestra propia historia y que nos condenen incesantemente a repetirla.

El cepo debe eliminarse mañana

Recientemente se cumplieron los primeros dos años de la imposición de un nuevo sistema de control de cambios en Argentina. Además de estar en flagrante violación del artículo 14 de la Constitución Nacional, el “cepo” sólo sirvió para añadir más problemas a los previamente existentes. A continuación, cinco consecuencias económicas del “cepo” que nos obligan a exigir su inmediata eliminación.

1. El cepo no sirvió para “cuidar las reservas”.

En octubre de 2011 las reservas acumulaban una caída de US$ 5.000 millones, un 9,7% del total. Luego de iniciado el “cepo”, la imposibilidad de comprar dólares oficiales para ahorrar hizo que el BCRA recuperara algo de reservas. Sin embargo, esto duró poco y a octubre de 2013 las reservas se encuentran 30% por debajo de los niveles de dos años atrás. Esta caída de más de US$ 13 mil millones de reservas es inédita en la región, ya que en el mismo período las reservas de Brasil crecieron US$ 23 mil millones, las de Perú US$ 18 mil millones, las de Colombia crecieron US$ 10 mil millones y las de Chile lo hicieron en casi US$ 3 mil millones.

2. Creó un mercado negro y apareció la brecha cambiaria

Si bien son muchos los funcionarios que dicen que el cepo se impuso para no devaluar, lo único que éste hizo fue evitar que la devaluación se refleje en el “tipo de cambio oficial”. La consecuencia más directa fue la aparición del mercado negro en donde la cotización hoy supera en un 65% la del gobierno.

3. Es un castigo a los exportadores y un premio a los importadores

Al haber una brecha tan grande entre el dólar del mercado libre y el dólar del mercado racionado, el cepo funciona como un impuesto a los ingresos de todos los exportadores. Dado que las exportaciones y las importaciones las liquida el Banco Central, cuando un exportador vende un producto a 10 US$, el BCRA le paga al comerciante solamente 5,90$ cuando, en realidad, debería estar pagándole 10$. Como se observa, el cepo es equivalente a un impuesto del 70% sobre los ingresos. A la inversa, el cepo es un subsidio para los importadores, que pagan 5,9$ lo que deberían pagar 10$

4. Lleva necesariamente a mayores regulaciones

Así como el cepo representa un gravoso impuesto sobre las exportaciones, también equivale a una jugosa subvención a las importaciones. Lo que en otra circunstancia un importador debería pagar 10$, hoy puede pagarlo 5,9$. Esto implicaría necesariamente un boom importador que amenazaría la muy poco competitiva industria local. La reacción del gobierno, entonces, es restringir todavía más el comercio endureciendo los controles aduaneros y llegando, incluso, a la prohibición de importar bienes esenciales.

5. Subsidia a los ricos y condena el futuro de los pobres al impedirles ahorrar

Por último, una de las consecuencias más nefastas del control de cambios es que se transformó en un mecanismo perverso de sacrifico del pobre para beneficio del rico.

Dado que los consumos en el exterior pueden pagarse con tarjeta de crédito a precio oficial con un leve recargo, los argentinos que pueden viajar lo hacen a precio de ganga mientras, al mismo tiempo, los pobres que apenas pueden ahorrar algo a fin de mes se ven obligados a hacerlo en pesos, la moneda que el gobierno emite y a la que le confisca el 20% del poder de compra por año.

Incluso juzgando por los objetivos declarados por los propios funcionarios, el cepo fue un rotundo fracaso. Además, generó consecuencias destructivas en el plano económico, e inadmisibles en el plano social. Eliminarlo debe ser la prioridad número uno de cualquier político que desee el progreso sostenido del país. La segunda, por supuesto, debe ser terminar con la inflación, la semilla que dio origen al enésimo intento fracasado de un gobierno argentino por controlar el mercado de cambios.