La disidencia cubana en tierra de nadie

Probablemente el panorama político en el sinuoso Medio Oriente sea más complejo. Desde luego. Después del 17 de diciembre, tras el espectacular giro diplomático entre Cuba y Estados Unidos, dos naciones agazapada en sus respetivas trincheras y enemigos de la Guerra Fría, la Casa Blanca no esperaba que un segmento significativo de la disidencia pacífica en la isla enfilara sus cañones a la alfombra roja tendida por el presidente Obama a la autocracia verde olivo.

Las diferencias son sanas. No hay nada más dañino que la falsa unanimidad. Pero cuando usted lee la hoja de ruta del Foro por los Derechos y Libertades, difundida por un ala de la oposición liderada por Antonio Rodiles, Berta Soler, Ángel Moya, Guillermo Fariñas y Félix Navarro, y los cuatros puntos de consenso promulgados el pasado 22 de diciembre por otro grupo disidente, las diferencias son mínimas.

El periodista independiente Juan González Febles, director del diario Primavera de Cuba, cree que las divergencias no son de carácter ideológico, si no programático. “El personalismo y la ausencia de memoria histórica es una de las claves de ciertos disidentes para ningunear a otros opositores”.

El viernes 23 de enero esas incongruencias de la oposición cubana salieron a la palestra. Tras el desayuno de una docena de disidentes con Roberta Jacobson, funcionaria estadounidense al frente del equipo que negocia con el régimen la implementación de una futura embajada, las divisiones entre la oposición han provocado un sismo de mediana intensidad.

Ya el adversario no solo es el Gobierno de los hermanos Castro. Ahora Obama también está en la diana. El segmento que descalifica los pasos dados por Washington son disidentes por partida doble.

El cisma es evidente. El viernes, la facción liderada por el veterano opositor Elizardo Sánchez, Héctor Maseda y José Daniel Ferrer, a última hora convocó a una conferencia de prensa a la una de la tarde.

Con anterioridad, Antonio Rodiles había anunciado un intercambio con la prensa independiente y extranjera a las 2 de la tarde. José Daniel considera que las divergencias son de matices. “Cuando tu lees el documento emitido por ellos, hay puntos de coincidencias con nuestro documento. Todos queremos democracia, libertades políticas y amnistía para los presos políticos”.

Elizardo Sánchez opina que en un 90% la oposición local está de acuerdo en no menos de cuatros puntos básicos. “Es una exageración que esas diferencias provoquen otro tipo de confrontaciones”. Pero cuando usted le pregunta por qué entonces no se ofreció una única conferencia de prensa, evade la respuesta.

Cada parte asegura que cuenta con la mayoría. “Los que estamos de acuerdo con los cambios promulgados por Obama somos el 70% de la disidencia”, dice Ferrer.

Desde la otra acera, Antonio Rodiles señala lo contrario. “Casi un 80% de la oposición tiene dudas considerables y no apoya el nuevo proceso. Estados Unidos ha apostado por el neo castrismo. Es una estrategia fatal soslayar el apartado de derechos humanos y ningunear a la disidencia en el proceso negociador”.

Guillermo Fariñas considera que Estados Unidos está ignorando a líderes históricos de la disidencia como Oscar Elías Biscet, Antúnez, Vladimiro Roca o activistas recientes como Sonia Garro y a un sector importante del exilio.

El nuevo panorama le otorga una indiscutible independencia al grupo que cuestiona las negociaciones Obama-Castro. El régimen cubano siempre ha acusado a los opositores de “mercenarios al servicio de Washington”.

Leña al fuego añadió Josefina Vidal, probable embajadora de la Isla en Estados Unidos, al declarar que la disidencia no representa al pueblo. “En Cuba hay diversas asociaciones de masas que son los auténticos representantes de los cubanos”, subrayó.

Es evidente que el nuevo escenario ha descolocado a la disidencia, a la que está a favor y a la que está en contra. Se impone un giro de 180 grados para llegar a la gente y transformarse en un actor importante. Cada grupo lo argumenta a su manera y así lo contempla en sus respectivas hojas de ruta. El desafío se antoja formidable.

Entre tanto, el régimen militar sigue controlando con mano de hierro a los medios, y mediante el miedo, ha logrado que un alto porcentaje de la población, disgustada por el desastre económico, se mantenga ajena, viendo pasivamente el juego sentada en las gradas.

Como muestra de protesta a la política de Obama, Berta Soler y una decena de opositores no acudieron a un cóctel de despedida ofrecido a Roberta Jacobson por la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana.

Pero a pesar de que disidentes como Elizardo Sánchez y José Daniel Ferrer apoyan las nuevas medidas de la Casa Blanca, el General Raúl Castro tampoco cuenta con ellos. Están en tierra de nadie.

Fidel Castro, de protagonista principal a actor de reparto

Cuando Norge, gerente de una discoteca, supo por un amigo que tiene internet en su casa, del revuelo mediático internacional sobre el presunto deceso del barbudo Fidel Castro, la noticia le provocó sensaciones encontradas.

“Para el mundo el gran titular podría ser la muerte de Fidel. Pero para los cubanos el día después de su fallecimiento sumaría una cuota insoportable de culto a la personalidad y constantes evocaciones en la prensa. ¿Te imaginas? Un mes como mínimo de duelo nacional, largas colas en el Memorial José Martí de la Plaza de la Revolución para firmar un libro de condolencias y programas especiales todo el día en la televisión y radio nacionales. Tiradas extras de Granma y Juventud Rebelde, libros, conferencias sobre su vida y obra. Probablemente se inaugure un museo, diversas efigies en todo el país y sus citas y discursos importante nos saldrían hasta en la sopa. Su presencia intangible volvería a planear sobre la vida de los cubanos, que ya bastante tenemos con la escasez de dinero, comida y falta de futuro”, señala Norge gesticulando con las manos.

Fidel Castro es un personaje controvertido. Lo quieren o lo odian con la misma intensidad. Para sus devotos, está por encima del bien o el mal. Para sus detractores, es el culpable del desastre económico en Cuba, el déficit habitacional y la infraestructura del cuarto mundo. Durante 47 años gobernó con puño de hierro los destinos de la Isla. Su revolución hizo más hincapié en lo político que en lo económico. Coartó la libertad de expresión y de prensa y eliminó el habeas corpus.

Administró el país como una finca de su propiedad. Tenía prerrogativas ilimitadas. Sin consultar a los ministros, al soso parlamento nacional o a sus ciudadanos, abría la caja de caudales del erario público para construir un centro de biotecnología, refugios antiaéreos o comprar en África una manada de búfalas y experimentar con su leche. Dirigió la nación a golpe de campañas. Una mañana movilizaba al país para sembrar café, plátanos o edificar un centenar de círculos infantiles.

En política exterior tuvo una estrategia subversiva. Hasta su llegada al poder, jamás un mandatario de América Latina dedicó tanto dinero y recursos intentando exportar un modelo social. Entre 1960 y 1990 Castro envió tropas o asesores a una decena de países africanos. También una brigada de tanques a Siria, en la guerra de Yom Kipur con Israel en 1973.

Tenía una reserva gigantesca de autos, camiones o sardinas en lata. Desde una casona en el reparto Nuevo Vedado, sentado en una silla giratoria de cuero negro, dirigió a distancia la guerra civil de Angola. Como un bodeguero de barrio, estaba al tanto del rancho consumido por las tropas que tomaban parte en la batalla de Cuito Canavale, al sur de Angola.

Era puntilloso. Sus interlocutores, simples esculturas de cera y mantenía un gobierno paralelo que a una orden suya, desviaban fondos de la nación para conseguir algunos de sus caprichos. Con frecuencia caminaba por un pasadizo subterráneo que conectaba su oficina con la sala de redacción del diario Granma y escribía extensas gacetillas, cambiaba la plana o editaba las noticias.

En tiempos de huracanes, se desplazaba hasta el Instituto de Metereología, en Casablanca, al otro lado de la bahía de La Habana, y desde allí predecía el probable rumbo de un ciclón. O apartaba al manager de la selección nacional de béisbol para trazar personalmente las estrategias a seguir en un tope bilateral de Cuba contra los Orioles de Baltimore.

Durante 47 años, Fidel Castro fue protagonista indiscutible en la administración de Cuba. En toda sus facetas. Luego de su jubilación por enfermedad, en 2006, se dedica a escribir extravagantes reflexiones donde augura el fin del mundo y a investigar las propiedades “excepcionales” de la moringa.

La última noticia de Fidel Castro fue un escrito en el diario Granma analizando un editorial del New York Times sobre Cuba. Después de tres meses de silencio, en los últimos días los rumores sobre su muerte se han disparado en los medios internacionales.

Tal vez el runrun partió del Twitter donde el ex ministro de Kenia y líder de la oposición en ese país, Raila Odinga, el 4 de enero anunció el fallecimiento de su hijo de 41 años, llamado Fidel Castro Odinga. Pero lo cierto es que el anciano guerrillero no ha opinado públicamente sobre el histórico acuerdo del 17-D entre La Habana y Washington. Y ni siquiera se ha tirado una foto con los tres espías cubanos encarcelados en Estados Unidos, y cuyo regreso a la Isla fue una de sus políticas prioritarias desde 1998.

Mientras en el mundo se encienden las alarmas, la sensación que se percibe entre muchos cubanos de a pie es que prefieren a un Fidel Castro con bajo perfil noticioso.

“Que se muera cuando Dios quiera. Calladito es mejor. Ya habló bastante. Fue demasiado intrusivo y protagonista en nuestras vidas durante casi 50 años”, acota Daniel, chofer de ómnibus urbanos en La Habana.

El estresante quehacer diario en Cuba apenas ofrece espacio para especular sobre la salud del ex comandante en jefe. Juliana, jubilada, espera la noticia de un momento a otro. “Probablemente no goce de buena salud. Pero es que lo han matado tantas veces en Miami, que cuando se muera de verdad la gente no se lo va creer”.

En los últimos nueve años, Castro I ha pasado a ser un actor secundario en la política nacional. Mucha gente lo agradece y se pregunta en qué cambiaría la situación en Cuba tras su muerte. Si algo ha sabido vender el régimen es que el castrismo perdurará después de Fidel.

Los cubanos esperan un 2015 diferente

Aunque Yaumara, psicóloga, lleva tres noches haciendo cola en una feria del municipio 10 de Octubre, a ver si logra comprar un pavo pequeño por 170 pesos (8 dólares), para la cena de fin de año, ella espera grandes cosas de 2015.

En medio del bullicio de vendedores ambulantes, tenderetes portátiles de lona ofertando pan con lechón, papel sanitario o pintura, rodeada de estantes de hierro oxidados con boniatos, yucas y otras viandas y el suelo lleno de tierra rojiza, Yaumara no pierde la fe de poder comprar un pavo y festejar el nuevo año con su familia.

“Si no es así, no puedo comprar pavo. En las tiendas por divisas un pavo congelado cuesta entre 42 y 55 cuc (44 y 60 dólares), que representa dos meses y medio de mi salario. Soy optimista, pienso que en 2015 las cosas van a cambiar para bien. Peor no podemos estar”.

Entre varios cubanos de a pie consultados, nadie supo argumentar con una narrativa coherente por qué los próximos doce meses serán diferentes. Tal vez un reflejo condicionado. Una corazonada. Continuar leyendo

La pírrica victoria de Castro II

Después que pase el júbilo por la llegada a Cuba de los tres espías presos en Estados Unidos, cuando los medios oficiales terminen su campaña de panegíricos y se apaguen las luces montadas en las tribunas para que los agentes escuchen el aplauso del pueblo, el gobierno comandado por el General Raúl Castro deberá trazar planes de futuro.

Un futuro ignoto. Todavía el embargo económico y financiero de Estados Unidos tendrá que afrontar una auténtica batalla legislativa en el Congreso.

Pero, por orden ejecutiva del presidente Obama, el Estado cubano puede comprar mercaderías estadounidenses a empresas radicadas en el extranjero y hacer negocios en materia de telecomunicaciones que permitan al cubano de a pie conectarse a internet a precios asequibles.

De una forma u otra, cuando tuvieron dinero a mano, las empresas estatales siempre compraron mercancías en Estados Unidos. Si usted recorre las tiendas habaneras por divisas, encontrará electrodomésticos made in USA, manzanas de California y Coca-Cola.

A partir de ahora, adquirir productos a 90 millas será más simple. Se podrían comprar cientos de ómnibus GM para mejorar el pésimo transporte urbano de pasajeros. También miles de ordenadores Dell o HP para que las escuelas cubanas renueven su equipamiento y puedan acceder a internet. Excepto las universidades, el resto de los colegios públicos no tienen conexión a la red.

Solicitando una licencia, se podrán comprar toneladas de medicamentos para combatir el cáncer infantil, que la propaganda gubernamental nos contaba que debido al riguroso embargo resultaban inaccesibles.

También azulejos, muebles sanitarios y materiales de construcción de calidad, para que la gente pueda remozar sus desvencijadas viviendas.

La lista de lo que puede hacer el gobierno para mejorar la calidad de vida en Cuba es amplia. Curiosamente, la prensa estatal no ha publicado una línea sobre la hoja de ruta diseñada por Obama que benefician a los cubanos.

Del régimen no se espera otra cosa que intolerancia e inmovilismo hacia la oposición. Aceptemos que continuarán los palos, maltratos y linchamientos verbales a la disidencia pacífica.

Pero esperemos que a partir de enero de 2015, la autocracia verde olivo trace una estrategia para que los cubanos puedan vivir en un “socialismo, prospero y sustentable”.

Esto pasa por construir no menos de cien mil viviendas anuales. Reparar los destruidos hospitales y policlínicos. Aumentar la producción de frijoles, viandas y frutas, entre otros.

A lo mejor en las mesas aterriza por fin el prometido vaso de leche, para cada día desayunar como dios manda. La boca se le hace agua a muchos pensando en la venta a precios asequibles de carne de res, camarones y pescado.

Puede que finalmente se rehabilite el añejo acueducto que de acuerdo a informaciones oficiales, provoca que el 60% del agua potable no llegue a su destino.

Y es probable que a un banco estadounidense se le pueda pedir un préstamo destinado a la construcción de viviendas en los más de 50 barrios insalubres existentes en La Habana.

Muchos esperan que Castro II no ponga ahora cortapisas para que los trabajadores particulares puedan negociar directamente una línea de crédito con instituciones financieras de Estados Unidos.

Y de paso, amplíe la Ley de Inversiones Extranjeras, autorizando a los cubanos de la Isla a invertir en pequeñas o medianas empresas.

Por supuesto, después de hacer las paces con el enemigo, deben derogarse los costosos trámites que pagan los cubanos residentes en el extranjero cuando visitan su patria.

Ya en la acera del enfrente, los perversos yanquis no están al acecho, amenazando a la pequeña isla del Caribe, solo por escoger un modelo político diferente.

Entonces ya se puede legalizar que los compatriotas del exilio tengan derecho a la doble ciudadanía, votar en elecciones locales y postularse al aburrido y monocorde Parlamento local.

A fin de cuentas, son pocos “los mercenarios” como Carlos Alberto Montaner, Raúl Rivero o Zoé Valdés, si se comparan con la inmensa mayoría de emigrados que, según el régimen, claman por el fin del embargo y relaciones pacíficas entre las dos naciones.

Se acabó el trillado argumento de país acosado. Ahora Estados Unidos
 es un país hermano. Un vecino que desde el siglo XIX compartió con los mambises su derecho a la emancipación de España, según contaba emocionada una periodista del noticiero de televisión.

Por efecto dominó, pronto debe bajar el precio de la leche en polvo y el “impuesto revolucionario” al dólar que en 2005 le puso Fidel Castro.

Cualquier mañana de 2015, nos despertaremos con la noticia de que en las tiendas en moneda dura se dejarán de aplicar los aberrantes gravámenes de hasta un 400% a las mercancías.

También se espera que el Gobierno revise los precios estilo Qatar en la venta de autos. Y que la hora de internet en las salas de Etecsa sea la más barata del mundo, ahora que nos podremos conectar a cables submarinos estadounidenses que bordeen las costas cubanas.

Como los cuentapropistas no son delincuentes ni “contrarrevolucionarios”, es deseable que el magnánimo Estado los escuche e implemente una reducción de los absurdos impuestos. Esta vez, de seguro, se abrirá el solicitado mercado mayorista para los dueños de negocios privados.

Y, probablemente, con prisa y sin pausa, se estudie el aumento de los salarios a los trabajadores, a ese 90 y tanto por ciento que en 2002 votó a favor de la perpetuidad del socialismo fidelista.

Como Raúl Castro está convencido que con ciudadanos como los cubanos 
la revolución puede extenderse 570 años más, se supone que en la parrilla de salida ya debe estar un aumento sustancial de las jubilaciones a nuestros sufridos ancianos, los grandes perdedores de las tímidas reformas de pan con croqueta.

Las nuevas reglas de juego ponen a prueba al régimen.

Ahora se verá si es el embargo el culpable de que la carne de res y los mariscos estén desparecidos de la dieta nacional desde hace más de medio siglo. O si es el sistema.

Concedámosle a los autócratas un plazo de cien días para implementar mejoras en la calidad de vida de los cubanos. El reloj ya echó andar.

Entre el desemparo y el olvido

Los ancianos son los grandes perdedores de las tímidas reformas económicas del General presidente de Cuba. Miles de los que antaño aplaudieron en la Plaza de la Revolución los largos discursos de Fidel Castro o pelearon en guerras civiles en África, hoy sobreviven como pueden.

Ahí están. Vendiendo periódicos, maní o cigarrillos sueltos. A otros les va peor. La demencia senil los ha consumido y se dedican a pedir limosna o hurgar en latones de basura.

Pero aún más dura es la vida para un viejo disidente. ¿No les dicen nada los nombres de Vladimiro Roca, Martha Beatriz Roque Cabello y Félix Bonne Carcassés? En los noventa fueron de los opositores más activos que apostaban por la democracia y las libertades políticas y económicas. En el verano de 1997 redactaron un lúcido documento titulado La Patria es de Todos.

Por ese legajo coherente e inclusivo recibieron violencia verbal y física por parte del régimen y su Policía secreta. Y fueron a la cárcel. Dieciesiete años después del lanzamiento de La Patria es de Todos, ya ancianos y con un rosario de achaques, a duras penas sobreviven.

Venganza inclemente

Vladimiro, hijo del líder comunista Blas Roca, tuvo que vender su casa en Nuevo Vedado. Con el dinero se compró un apartamento chapucero y con el resto sobrevive. Próximo a cumplir 72 años, nunca recibió la pensión a la cual tenía derecho por haber sido piloto de Migs y trabajado en instituciones del Estado.

Fidel Castro fue implacable con las primeras oleadas de disidentes. Además de encarcelarlos, los expulsó de sus empleos dignos y bien remunerados. Y les negó una chequera de jubilación. A otros los obligó a vivir en el destierro.

Bonne, el único negro del grupo, fue profesor universitario e intelectual de valía. Está casi ciego y entre el olvido y la escasez, espera a que Dios se lo lleve en su casa del reparto Río Verde.

Martha Beatriz, economista ilustre, intenta capear el temporal al frente de una red de comunicadores sociales por la que recibe insultos y violencia de la Seguridad del Estado.

Solidaridad

Si al Estado autocrático no le importan los disidentes históricos, ¿a quién corresponde velar por ellos? A la disidencia más joven. Los actuales opositores debieran encontrar soluciones para ayudar económicamente a los disidentes de la tercera edad.

Es justo y humano. Y no actuar como ha hecho el Gobierno con los cientos de miles de hombres y mujeres que en su juventud no dudaron en entregarle a Fidel Castro y su revolución sus energías, e incluso sus vidas, y cuando envejecieron les abandonaron a su suerte, salvo contadas excepciones.

Para reparar la injusta realidad en las filas de la disidencia, los periodistas independientes José A. Fornaris y Odelín Alfonso están tratando de hacer algo. “Estamos gestionando de qué forma se puede crear un fondo de ayuda destinado a los viejos opositores y que al menos reciban 50 pesos convertibles mensuales. También ese fondo sufragaría un estipendio a colegas incapacitados por accidente o enfermedad”, señala Fornaris, al frente de una asociación de periodistas cubanos libres.

Por su parte, Alfonso piensa en una especie de fondo de pensiones: “Cada periodista que publica sus trabajos y cobra dinero, de manera voluntaria donaría una cantidad. Es lamentable cómo están viviendo algunos disidentes mayores de edad”.

Un gran servicio

Mientras se materializa el proyecto, decenas de opositores septuagenarios apenas tienen entradas que les permitan vivir dignamente. Tania Díaz Castro, poeta y periodista, estuvo en primera línea en los años duros de la década de 1980, cuando pocos se atrevían a disentir contra el castrismo.

Sus nombres no deben ser olvidados. Ricardo Bofill, Reinaldo Bragado, Rolando Cartaya y Marta Frayde, entre otros, gestaron un partido a favor de los derechos humanos.

Díaz Castro, miembro de aquel partido, nunca se imaginó que muchos años después, Cuba seguiría siendo un país totalitario. Reside en Santa Fe, al oeste de La Habana, rodeada de libros y perros. Sobrevive escribiendo notas para sitios digitales y con los dólares que le puedan girar sus hijos desde el extranjero.

Y ella no es de las que peor está. A pocas cuadras de su domicilio vive Manuel Gutiérrez, opositor desde los años ochenta y fundador de un partido disidente. Con más de 70 años, se gana la vida trabajando la tierra y cuidando chivos.

Habita en una miserable choza de tejas y piso de cemento sin pulir. Pero no se queja. “Es lo que me tocó. Peor que yo están los disidentes menos conocidos. Fue mi opción, quedarme en Cuba y luchar por un cambio”, dice, intentando disimular el temblor de sus manos, debido a enferemedades mal atendidas.

La disidencia actual no puede ni debe olvidar el pasado. Cuando los actuales disidentes tenían miedo y en silencio aceptaban los linchamientos verbales y públicos del régimen hacia aquellos aguerridos opositores, ellos hablaban por todos los cubanos.

Ahora los disidentes y periodistas independientes que aún no peinamos canas, debemos ocuparnos de quienes nos precedieron y nos abrieron el camino. Si el presente es menos represivo en la isla, es precisamente por los viejos disidente

El bienestar se esconde detrás de una visa

Aunque Cecilio, médico intensivista, sabe que será duro estar dos años en un paraje desolado de África, continente hoy sinónimo de ébola y muerte, no tiene otra opción a mano para remodelar su precaria vivienda en un barrio pobre de La Habana.

Tampoco tiene herramientas legales para iniciar un pleito contra el régimen cubano, por pagarle poco más del 25% de su salario real. Ni siquiera lo desea.

“¿Qué puedo hacer, salir a la calle a protestar por explotación laboral?. Estoy lejos de ser un héroe. Es verdad que en las misiones médicas el gobierno se apropia de la mayor parte del salario. Pero en la isla los galenos estamos tan mal -ganamos entre 60 y 70 dólares mensuales- que con el dinero que se paga en esas misiones, se pueden resolver muchos problemas materiales acumulados. Luego de dos años en África, con esa plata puedo reparar mi casa y construirle un cuarto a mi hija que está embarazada”, señala Cecilio.

Esa actitud de no poder cambiar su suerte, se resume en una feroz desidia rematada por una mojigatería suprema, que ha sido el sello distintivo de un segmento amplio de ciudadanos desde hace 55 años.

El poeta Virgilio Piñera achacaba esa fatalidad de los cubanos a nuestra condición insular. “La maldita circunstancia del agua por todas partes”, dice en La Isla en peso.

Probablemente tenga razón. Al no poder gestionar su futuro con un salario promedio de 20 dólares al mes, la solución de una parte de la población es obtener una visa y así elevar su calidad de vida.

Al margen de la ideología, raza y nivel educacional, al extranjero casi nadie quiere viajar para visitar museos y conocer otros pueblos y culturas.

Sean representantes del régimen o de la oposición, su premisa es regresar cargados de pacotilla y con suficiente dinero.

Cuando usted charla con algunos disidentes que han viajado a Estados Unidos y Europa, extasiados, cuentan el confort de los hoteles donde se alojaron, la cantidad de alimentos que comieron y los adelantos tecnológicos que los ruborizaron.

Se pierden en detalles sobre las suntuosas tiendas y los precios de los electrodomésticos. Igual hacen los funcionarios del régimen. Solo en los discursos y las tribunas ellos condenan el capitalismo.

Un año y medio después de aprobada la ley de inmigración que flexibiliza los viajes de cubanos al exterior, medio centenar de periodistas independientes han estado en diversos países.

Estoy esperando leer más crónicas, al estilo de las de David Canela o Alberto Méndez publicadas en Cubanet, donde han contado lo que han visto en las ciudades estadounidenses visitadas. Muchos conocen ya la Florida, pero no he leído ningún reportaje sobre las aspiraciones de la última hornada de cubanos residentes en la otra orilla. Y los que han ido a Madrid, no se aventuran a llegarse no ya a la Cañada Real, sino a Lavapiés o Chueca.

El pretexto es la falta de tiempo. Aunque en Miami siempre lo sacan para visitar la tienda Ño que Barato. No sé si es por apatía o pobreza espiritual, pero lo cierto es que, salvo contadas excepciones, los periodistas independientes no cuentan historias de las mujeres y hombres de los lugares que han tenido el privilegio de conocer.

Agobiados por las tertulias académicas, mis colegas están perdiendo una oportunidad de oro, al no relatar la vida y costumbres de la población en las localidades visitadas.

No se le puede pedir al cubano de a pie que se incorpore al activismo en pro de una sociedad democrática, cuando los supuestos líderes disidentes y periodistas, atolondrados por los viajes al extranjero, se han desligado del proselitismo político en sus comunidades.

El mérito ahora es acumular horas de vuelos y visas. Es importante participar en eventos académicos y foros económicos o pasar cursos en prestigiosas universidades.

Pero me pregunto quién le aportará argumentos a tipos como Cecilio, médico intensivista, para que aprenda a luchar por sus derechos salariales o convencerlo de que si la autocracia castrista aprobara los Pactos de la ONU, se abriría una puerta hacia una sociedad democrática.

Nunca, ni en los años duros del período especial, se había visto a tantos cubanos soñando con marcharse definitivamente o de forma temporal de su país. El futuro lo ven lejos de su patria.

Una visa al primer mundo es la prioridad. Cuba duele. Es un verdadero drama que todos los años se marchen más de 20 mil compatriotas de manera legal y ordenada rumbo a Estados Unidos.

En los primeros seis meses de 2014, 14 mil cubanos cruzaron la frontera de México con Estados Unidos. Se desconoce si van a regresar los 40 mil compatriotas que han salido de la isla a partir de la entrada en vigor de la reforma migratoria, el 14 de enero de 2013.

A dichas cifras tenemos que sumar los cientos, tal vez miles, que cada año se lanzan al mar en una balsa de goma. Somos más isla que nunca.

A ese paso, no habrá quien defienda los derechos secuestrados y le plante cara a los hermanos Castro. El régimen pudiera ganar el pleito por abandono. Ya lo está ganando.