Cuba, paraíso del aborto

Un día después de la pasada Navidad, Daniela le pidió una semana de vacaciones al dueño de la empresa donde trabaja en la Florida. Le dijo que necesitaba realizar varias gestiones personales.

Reservó un billete aéreo con destino a La Habana y en el hospital Hijas de Galicia, en la barriada de Luyanó, le hicieron un aborto. “Solo tengo 22 años y estaba embarazada de dos meses. Aun no tengo seguro medico en Estados Unidos y por eso decidí hacerme el aborto en Cuba. Es el primero que me hago. Mi prima me consiguió los contactos”.

Cuarenta dólares deslizados subrepticiamente en un bolsillo de la bata blanca de la doctora y un bolso repleto de comida y juguetes para sus hijos, agilizaron la intervención quirúrgica. Continuar leyendo

Esperando por un diálogo entre cubanos

El daño que la autocracia verde olivo ha hecho a los cubanos es antropológico. La economía hace agua, tenemos una infraestructura del cuarto mundo y el salario es una broma de mal gusto.

Recuperarnos del desastre económico es probable. Lo que va a costar dos generaciones o más es superar los daños a la ética y valores ciudadanos. El manicomio ideológico instaurado en enero de 1959 por Fidel Castro polarizó la sociedad.

El régimen ha dividido familias y exacerbados las diferencias. Criminalizó las discrepancias políticas. Y los servicios especiales y la propaganda del partido comunista han convertido la represión en un arte.

Entre sus estrategias están los mítines de repudio. Auténticos linchamientos verbales para reprimir a la oposición, utilizando a ciudadanos y paramilitares camuflados de estudiantes y trabajadores.

En Cuba se gobierna de arriba hacia abajo. Las personas no tienen mecanismos que les permita cambiar el estado de cosas. El carnet rojo del partido y la lealtad absoluta se han convertido en una especie de pasaporte que te permite escalar en las estructuras del Estado.

Hace 25 años, el compromiso hacia la revolución se premiaba con un televisor, un apartamento o una semana de vacaciones en la playa. La crisis económica estacionaria que asola la Isla desde 1990 ha menguado las arcas estatales y eliminado los estímulos materiales a los obreros y empleados más fieles.

Los Castro ya no gobiernan tan fácil. Su narrativa no convence a segmentos importantes de la población. El desgaste de 56 años de poder y los desastres económicos han abierto un boquete en la sociedad.

Ahora la gente opina sin miedo en las calles. Aunque la estrategia oficial implementada es denigrar a la disidencia y amedrentar a los cubanos de café sin leche.

El castrismo ha tenido éxito en mantener aislada a la disidencia, a pesar que su discurso está en sintonía con los ciudadanos de a pie. Lamentablemente, la oposición no ha sabido capitalizar el enfado de la población.

A raíz de la caída del muro de Berlín, en noviembre de 1989, la solución más razonable hubiera sido que Fidel Castro se hubiese sentado con los opositores y pactado un compromiso conjunto.

Pero en sus genes no está tolerar discrepancias. Optó por la posición numantina. Lo execrable no es que haya hipotecado el futuro de Cuba. Lo infame es que viene utilizando a intelectuales y sectores afines en su enfrentamiento con la disidencia.

La cosecha de papas no crecerá ni la producción lechera aumentará insultando a compatriotas que tienen una visión política diferente. La burocracia y los carteles mafiosos incrustados en las instituciones estatales no van a desaparecer entonando estrofas genocidas al estilo de “al machete que son pocos”.

En la tranquilidad de sus casas, estos personajes, reconvertidos en armas de destrucción moral, comprobarán que la nevera sigue vacía y el futuro entre signos de interrogación.

Comportarse como pandilleros no va a enmendar el errático desempeño económico de un sistema fallido ni acabar con las carencias materiales. La solución a los problemas estructurales y políticos en la Isla solo se resuelven mediante el diálogo.

Lo que dijo Luis Morlote, representante de los artistas y escritores nacionales, de que “nosotros como sociedad civil estamos defendiendo lo nuestro, no podemos estar en el mismo espacio que los disidentes”, es cuando menos lamentable.

¿Qué van a hacer con los opositores? ¿Enviarlos a un asentamiento en el Pico Turquino? ¿Y cuando los que apoyan a los Castro coincidan con disidentes y periodistas independientes, qué van a hacer? ¿Huir? ¿Pedirnos permiso para sentarse a nuestro lado en un ómnibus o un taxi?

¿Cómo el régimen va a solucionar las discrepancias? ¿Con cárcel, destierro, golpizas y asesinatos extrajudiciales? Todavía se está a tiempo de revertir el actual diseño represor y sustituir las ofensas por un apretón de manos y el intercambio de criterios.

Para activistas iracundos como los que gobierno cubano envió a Panamá, puede resultar repugnante dialogar con ‘mercenarios’ que se hacen fotos con el ‘asesino’ del Che. En la acera de enfrente, un sector de la disidencia prefiere comer con los Borgia antes que platicar con representantes de la dictadura.

Cada cual en su trinchera. Pero la realidad es que los problemas que afectan a todos los cubanos siguen sin resolverse.

Los cubanos, lejos de la Cumbre de las Américas

Pasada la resaca de un domingo bebiendo cerveza con varios amigos, José Pablo arma con desgano su tenderete donde vende CD piratas con filmes de Hollywood y narconovelas mexicanas o colombianas.

En un estante usted puede encontrar las películas ganadoras del Oscar 2015 y escondidos en una desgastada mochila negra, una colección de videos pornográficos de producción nacional y foránea.

José Pablo es un tipo locuaz. Pero cuando usted le pregunta qué beneficios le puede reportar a los cubanos la próxima Cumbre de las Américas, a efectuarse el 10 y 11 de abril en Panamá, hace una mueca con sus labios y responde: “Nada. Todas esas cumbres, sean iberoamericanas, de la CELAC o ésta, son más de lo mismo. Discursos cargados de promesas que al final no resuelven nada. Todo se queda en retórica. Es un gasto de dinero innecesario”. Continuar leyendo

Estadounidenses en Cuba: entre la seducción y el asombro

LA HABANA.- Caminar por plazas y calles donde no hay señales inalámbricas de internet y casi ninguna de las aplicaciones de los teléfonos inteligentes funciona, le da un toque de anacronismo a la sociedad cubana.

Una brisa refrescante que llegaba desde la bahía atenuaba el calor en las atestadas callejuelas que circundan la parte antigua de La Habana.

Por una calle empedrada, contigua a un hotel que una empresa suiza edifica en la Manzana de Gómez, el tráfico de transeúntes es alucinante. Cientos de habaneros caminan apresurados con sus habituales bolsos de mano para cargar lo que aparezca. Mientras, la fauna marginal está al acecho.

Desde un banco en el Parque Central, un tipo desgarbado con una bermuda por la cintura y zapatos de puntera afilada, en un inglés macarrónico, propone una tumbadora y un par de claves a una pareja de risueños gringos. Después de comprársela por 40 pesos convertibles, le piden hacerse un selfie con ellos. Continuar leyendo

Los habaneros, hartos con la crisis del transporte urbano

Pasada las siete de la mañana, en la populosa intersección habanera de 10 de Octubre y Acosta, un enjambre de personas espera un ómnibus del servicio público. Es horario pico. Decenas de trabajadores, estudiantes o ancianos que deben asistir a una cita médica, se aglomeran en la parada.

Cuando arriba la guagua, la gente forcejea para poder subir. Pero siempre parte con un racimo de jóvenes colgados en las puertas. Niurka, que es enfermera, no puede subir al ómnibus y debe esperar el siguiente.

“Es mi drama diario. Desde que nací en 1976, lo del problema del transporte en La Habana es endémico”, comenta.

Hay pequeños oasis, pero si algo nunca han tenido los habaneros es un transporte público decente. Sergio, obrero, está que suelta humo. En el zarandeo por subir al P-6 le hurtaron su billetera con 120 pesos [cubanos]. “Además de perder tres horas en ir y venir al trabajo, los carteristas me roban el dinero. No sé cuándo estos descarados del Gobierno van a mejorar el desastre que son las guaguas”, reclamó.

El servicio de ómnibus urbano siempre ha sido una asignatura pendiente del régimen verde olivo. Incluso en la etapa que el Kremlin de Moscú extendió un cheque en blanco y conectó una tubería de petróleo hacia la Isla, el transporte no gozó de buena salud.

En los años 60 Castro adquirió un lote de ómnibus Leyland en Gran Bretaña para sustituir a los GM estadounidenses que por falta de piezas de recambio dejaban de circular. También se compraron Skoda a la antigua Checoslovaquia. Pero ni así. En 1970-1980 se trajeron ómnibus Hino de Japón, Pegaso de España e Ikarus de Hungría.

En La Habana llegaron a circular 2 mil 500 ómnibus y existían más de 110 rutas. Pero en horario de máxima afluencia, los autobuses viajaban atestados con personas colgadas en los estribos y hasta en el techo.

Tras el derribo del muro de Berlín y la desaparición del campo socialista de Europa del Este, se instauró en Cuba el llamado ‘periodo especial en tiempos de paz’, un estado de guerra sin bombardeos, llegó lo peor. La flota de vehículos se redujo a poco más de cien. Desaparecieron casi todas las rutas de ómnibus y la gente tuvo que optar por caminar varios kilómetros cada día o utilizar pesadas bicicletas chinas para desplazarse de un sitio a otro.

Entonces, algún burócrata que seguramente tenía auto, diseñó el ‘camello’. Un remolque chapucero adosado en un camión de carga que podía transportar hasta 350 personas apiñadas como reses camino al matadero a más de 33 grados de temperatura. Una verdadera sauna.

En los ‘camellos’ se vio de todo. Peleas de boxeo dignas de una final olímpica, hurtos por habilidosos carteristas y un lugar preferido para maniáticos sexuales.

“Una vez, en un camello me quitaron una cadena de oro 18 quilates y ni cuenta me di. El tipo era un artista del robo. Sin contar las broncas con los masturbadores y ‘jamoneros’, que se te pegaban por detrás durante todo el trayecto. Era alucinante”, rememora Ana, quien ahora reside en Roma.

En 2007, el régimen compró más de 500 ómnibus articulados a China, Rusia y Bielorrusia para sustituir los infernales ‘camellos’. La empresa Metrobus, encargada del servicio del transporte urbano por las principales arterias de La Habana, diseñó un plan maestro.

Creó 16 rutas principales, antecedidos con la sigla P, que cubrían las vías más importantes de la ciudad. Las rutas debían tener una frecuencia entre 5 y 10 minutos en horario pico.

Pero el buen servicio apenas duró un año. Por falta de piezas de repuestos o impagos a los compradores, más de 200 ómnibus articulados dejaron de circular creando un caos en el servicio.

En La Habana, como promedio, unas 600 mil personas se trasladan diariamente en ómnibus. El gobierno no tiene un proyecto coherente para paliar el déficit en el transporte capitalino.

“Todo es a cuentagotas. Hace casi dos años comenzaron a rodar 30 ómnibus articulados Yutong, en sustitución de los Laz de Bielorrusia. Pero el parque real que necesitamos es de 90 buses. Para cubrir la diferencia se desviste un santo para vestir a otro. Se cogieron diez guaguas de la terminal del Alberro, en el Cotorro -al sureste de La Habana- intentando mejorar el servicio. Conclusión: ni damos un buen servicio nosotros ni la terminal del Alberro”, dijo Arsenio, chofer de la ruta P-3 con paradero en Alamar, al este de la ciudad.

A día de hoy, ruedan menos de mil ómnibus en La Habana, insuficientes para una urbe con más de dos millones de habitantes. La capital no cuenta con tren suburbano ni metro.

En el verano de 2012, el Estado autorizó las cooperativas en el transporte de pasajeros. Circulan alrededor de 60 vehículos con aire acondicionado y capacidad para 27 pasajeros sentados. Cada uno paga cinco pesos por el viaje.

Son autobuses dados de baja en turismo que tienen más de 200.000 kilómetros recorridos. “Hay que hacer milagros para mantenerlos rodando. Los trabajadores deben pagar de su bolsillo las piezas de repuesto. El ómnibus que manejo lleva casi un mes parado”, aclara Francisco Valido, cooperativista y disidente.

“Con la hoja de ruta del presidente Obama, espero que los cooperativistas de mi base podamos solicitar un crédito en Estados Unidos y adquirir piezas y ómnibus nuevos. Si el gobierno nos autorizara, compraríamos 50 guaguas nuevas y podríamos ofrecer un servicio de calidad”, explica.

Francisco Valido ha escrito un par de cartas al ministro de transporte [César Ignacio Arocha], abogando por una estrategia racional para mejorar las prestaciones del transporte urbano. Hasta ahora, ha recibido la callada por respuesta.

El béisbol como negocio

Sentado en una grada de cemento del terreno número uno de la Ciudad Deportiva, en Primelles y Vía Blanca, en el municipio habanero del Cerro, Rosniel cuenta sus proyectos de futuro.

Es el padre de un pelotero de 16 años que juega en la selección de Artemisa, en el campeonato nacional juvenil, que en estos momentos se efectúa en la Isla. La novena de Artemisa tiene pactado un doble juego con la potente escuadra de La Habana.

Bajo un sol de fuego, los bisoños juegan una pelota agresiva. Junto a cucuruchos de maní vacíos y un pomo plástico de agua congelada, Rosniel observa el partido.

“Desde que mi hijo integró la selección artemiseña en la categoría 11 y 12 años, es raro que yo o lo madre no acudamos a los juegos y entrenamientos. Antes el Estado costeaba los implementos y la alimentación. Ahora es a medias. Si el muchacho tiene talento, obtiene una beca en una escuela deportiva. Aunque la comida es mala y los bates, guantes y pelotas también, al menos le garantizan un mínimo. Los que no están en una EIDE o Centros de Alto Rendimientos, la familia debe correr con los gastos”, señala.

“El béisbol puede ser un buen negocio si tienes un hijo con talento. Desde luego, tienes que hacer una inversión. Comprarle guantes en pesos convertibles, bate de aluminio, pelota y spikes, te gastas de 150 a 200 cuc. Para los torneos provinciales tienes que mandarle a hacer los uniformes, que pueden costar hasta 30 cuc, o que un pariente en Miami te mande uno”, apunta, mientras sigue con atención el turno al bate de su hijo.

Una curva del prometedor lanzador derecho capitalino Jorge Castro lo hace lucir ridículo. El padre se levanta como un resorte y se acerca detrás de la malla. Con sus manos como bocina vocifera: “No vires la cara, no abras tan rápido los hombros. Ya lo viste, que no te sorprenda de nuevo con el rompimiento”, imparte a gritos un cursillo exprés de bateo.

El chico conecta una línea feroz al centro del terreno y el padre salta de júbilo en las gradas. “Ése es mi chama. Además de la preparación por parte de los entrenadores, yo le diseñé un plan de preparación a base de pesas y repeticiones de swings. Lo ideal sería que integrará el equipo nacional de categoría juvenil. La cosa está dura, hay mucha calidad, pero voy a mi gallo”, apunta con un dejo de orgullo.

Según Rosniel, su proyecto debe fructificar a mediano plazo. “Cuatro, cinco años quizás. Por el camino que van los acontecimientos, mi hijo y otros muchachos no van tener que huir en una balsa. Puede que para esa fecha los contratos en la MLB sean legales. Aunque yo prefiero manejar las finanzas de mi hijo. Bastante he gastado y me he jodido”, confiesa.

Y añade: “Desde luego que una granja en organizaciones de Grandes Ligas, con técnicas avanzadas de preparación, es importante para dar un salto adelante en su progresión. Pero es paso a paso. Ahora la meta es llegar a Series Nacionales y pulir deficiencias. Luego veremos”.

Como Rosniel, dos docenas de padres se apiñan en un sector de las gradas, intentando protegerse del sol. En el intermedio del primer partido, les llevan almuerzo, jugo y agua fría a los jugadores.

El sueño de todos es que sus hijos puedan jugar pelota de manera profesional y ganar salarios jugosos. Si son de seis ceros, mucho mejor.

Hacen anécdotas de peloteros cubanos que triunfan en la MLB y cómo han sacado a su familia o ayudan a sus parientes pobres en Cuba.

“Si llegan a Grandes Liga ya no tienen agobios financieros. Pero conozco a familiares de peloteros como Joel Galarraga y Yasser Gómez [dos ex peloteros de Industriales]. Ellos no han llegado, pero les giran remesas suculentas a los suyos”, indica Carmen, madre de un jugador de campo del equipo La Habana.

Desde edades tempranas, padres, madres y abuelos acompañan a sus hijos y nietos a los campos de entrenamientos. A partir del éxito de un grupo de peloteros cubanos en la MLB, muchos ven una posibilidad en invertir y apoyar a sus hijos como una forma de allanar el camino hacia la Gran Carpa.

“No todos llegan, pero si juegas en cualquier organización de la MLB ya te pagan un buen billete en dólares. Con los 1.000 pesos que pagan a los peloteros aquí, no alcanza ni para las meriendas”, apunta Onelio, abuelo de un chico que juega en la categoría Sub-15.

No solo las familias de niños y jóvenes que practican béisbol lo ven desde la perspectiva de un negociante. El Estado ya ocupó un lugar en la cancha.

Luego de 52 años de discursos virulentos contra del deporte profesional, tras un goteo incesante de atletas que saltan las cercas, el Estado se ha sumado a lo que pudiera ser un lucrativo negocio.

Potencialmente, sobre todo después del éxito en la MLB de jugadores como Aroldis Chapman, José Dariel Abreu y Yasiel Puig, el béisbol cubano es un negocio que puede mover entre 600 y 900 millones dólares en conceptos de contratos.

Antonio Castro, hijo de Fidel y playboy de la burguesía verde olivo, ha pedido abiertamente negociar con los dueños de equipos en la MLB. Ha realizado un lobby agresivo para que, en 2017, los jugadores cubanos emigrados puedan competir con la escuadra nacional en el IV Clásico.

Su deseo es que las Grandes Ligas abran las puertas a la pelota nacional y tras bambalinas, forrarse de dólares mediante la afilada cuchilla fiscal impositiva y las coimas a Cubadeportes.

Para el régimen, es un negocio al seguro. Para los padres que están hasta 6 horas sentados en una grada de cemento durante una jornada de doble juego vespertino, que sus hijos triunfen en el mejor béisbol del mundo es un sueño posible. Lo mismo que sacarse la lotería.