Manos blandas

Tenembaum y Zlotogwiazda acosaban a Sergio Berni por haber sido duro con los que cortaron la ruta. Y luego siguieron con los extranjeros: ese turismo que incitamos -a partir de que se puede robar sin castigo- seguro que lo convoca la Secretaria del área… Daban datos tontos de organismos absurdos que intentan condenar a los policías en defensa de los delincuentes. Los extranjeros detenidos son pocos, dejemos ingresar al turismo delictivo, es un permiso que nos evita ser de derechas…

Cortar calles es condenado en La Habana y en Miami, pero hay un sistema intelectual progresista dispuesto a defender el caos convencido de que el orden es de derechas. De los Zaffaroni y las Garré el Gobierno necesitó recurrir a los Berni y los Granados. La idea de ser duros con los empresarios y tiernos con el delito no era un camino al socialismo de amigos sino tan sólo a la degradación de este capitalismo frustrado en el que vivimos.

Hacer una Ley de Medios para lograr – entre el Estado y los ricos oscuros que beneficia – quedarse con todos los Medios, no unificaba la opinión pública sino sólo a una caterva de alcahuetes aburridos. Y lo mejor de todo, que esos periodistas defiendan al permisivismo en un medio privado, sabiendo todos que ninguno que no piense y opine aplaudiendo con los lóbulos cerebrales puede concurrir a las iglesias de la alcahuetería oficial. Y dejo en claro que Tenembaun y Zlotogwiazda son de lo mejor que tenemos; no coincido en este tema, pero desde ya merecen todo mi respeto.

El Kirchnerismo edificó una alianza con restos de izquierda fracasados y extraviados, que iniciaron un camino hacia el sueño de un feudalismo de avanzada. El debate se clausuró en las palabras de la Presidenta, personaje que odia a Perón, convencida de que tiene comprada una cuota de gloria futura, como si el eco extendiera en el tiempo el sonido monótono de los aplaudidores.

Esta idea de los dos demonios y el talento heroico de la guerrilla, este fundamento sin ideas nos fue marcando el devenir. Una cuota de odio al peronismo aprovechando que la mayoría de sus seguidores necesitan vivir del Estado. Una cuota de odio a todo uniformado a partir de no asumir la derrota sufrida en la peor de las formas. Una concepción de la vida y del orden que no se sostiene en ninguna realidad bien gobernada. Y una apuesta al caos como camino hacia una revolución tan infantil como irracional. Si toman todas las fábricas y cortan todas las calles, no habrá llegado el tiempo de los obreros sino el momento donde el fascismo se imponga en la conciencia de los burgueses asustados. Sienten que tomaron el palacio de invierno, no para cambiar el sistema político sino tan sólo para instalarse ellos en sus aposentos.

Todo resulta raro, complejo, demasiado mezclado como para entenderlo en la primer mirada. Los ricos amigos sacan fortunas desmesuradas del país mientras restos de izquierda explican cuáles son los beneficios de los necesitados. La moneda se disuelve mientras después de demasiado tiempo de gobierno lo justifican explicando que todavía quedan algunos más prósperos que ellos. Es un esquema original, donde lo importante del Estado está en manos de ejecutores prebendarios y el resto, lo no esencial, al uso y explotación de supuestos miembros de un partido justiciero. Eso sí, todos conservan en común una evidente incapacidad de ejecutar.

El Kirchnerismo fue apenas un collage de fotos del pasado que acarició y apañó  frustraciones en la misma medida en que engendró fracasos y divisiones. Nos dejan sin moneda ni combustibles, y en sus miserias sólo pueden elegir al candidato que como Scioli sobrevive por expresar que los imita y fracasar en el intento. Cuando Forster nos dijo que Scioli no los representa, debería haber agregado una explicación. Para mí es simple: “un capitalismo de amigos sin histeria no permite justificar una inclusión empoderada de los viejos sobrevivientes de la izquierda”.

En los mapas del mañana, las rutas del dinero van a quedar mucho más marcadas que las de la revolución. Es que lo robado se fue y la revolución no llegó. El problema que tenemos no se resuelve al debatir el pasado y a Roca, el problema sigue estando en la necesidad de superar definitivamente este nefasto presente.

El problema no es Tinelli, es la corrupción del Estado

Los medios existen, están de moda, definen todo; considerarse progresista y culto implica oponerse a sus oscuros designios. Tenemos un Gobierno convencido de que éstos debilitan el talento y la genialidad de sus acciones. Una gestión perfecta que es deformada por los medios, instrumentos de los ricos contra los revolucionarios justicieros. Hay una carrera que estudia a los medios de comunicación; no me parece el mejor camino hacia su comprensión. Los estudiantes leen demasiado sobre una realidad que imaginan conocer, teorías de todo tipo. Es llamativo: los que estudiamos política terminamos de asesores de los que la hacen, algo así como estudiar de crítico de arte, cosa de poder conocer a los artistas. Con los medios pasa lo mismo, los que dicen estudiarlos jamás los terminan de entender. Y casi nunca los llegan a manejar. Cuando Néstor Kirchner grito “¿Que te pasa, Clarín?”, quería decir “A este Gobierno no le gustan los disidentes”.

A Marcelo Tinelli, cuando asumimos, Néstor Kirchner lo ayudó a comprar una radio. Nos invitó al acto de lanzamiento y fuimos todos al festejo, a acompañar a ese Marcelo que hoy parece la expresión del mal. Los Kirchner recordaban el final de De la Rúa, y entonces era importante acercarse a Tinelli. Guardo más recuerdos de esa época, pero solo me refiero a lo público, lo otro es lealtad al pasado, aun cuando ellos no lo merezcan, me siento obligado por mi propia historia. Y había que ayudar también al otro comunicador importante a quedarse con una radio, a Pergolini. Eran tiempos de construcción de poder. Luego vendrían los de convocar a delatores e intrigantes, pero esa es otra historia. Y un detalle importante: ni Tinelli ni Pergolini pudieron sostener económicamente las radios que el Gobierno los ayudo a adquirir, ambos las terminaron vendiendo. No es lo mismo escribir novelas que ser el dueño de la editorial.

Los medios no siempre tienen poder, y nunca cuando van contra la historia. Los medios son parte del poder, son parecidos al Gobierno: cuando acompañan al pueblo, aciertan; cuando lo enfrentan, suelen conocer el fracaso. Por más que los restos del estalinismo autóctono imaginen derrocar al enemigo, ser perseguidos por los gobiernos le asegura a los medios su momento más glorioso. Gastaron fortunas en medios estatales solo para convertir a sus detractores en dueños absolutos de la audiencia. Hasta para odiar hay que tener talento, y a estos les falta demasiado. Si fuera cierto el poder de los medios, no hubieran sido necesarios los golpes de Estado. Los medios son conservadores y nunca lograron imponer un Gobierno de ese signo. Los medios influyen, pero no tanto. El Estado, cuando intenta ocultar, se delata; cuando impone el fútbol la noche de los domingos muestra demasiado la herida que le deja el que les pega. A veces los medios se convierten solo en una enorme lupa que aumenta la visión de los detalles, convierten la percepción colectiva en constancia real. Pero la percepción es anterior, se concreta con la denuncia de los medios, pero ya estaba vigente en la conciencia de la sociedad.

Si el enemigo es Tinelli y la fuerza propia tiene su avanzada en 6,7 y 8, cualquier inocente nos puede adelantar el resultado. Si uno dice que no ve televisión, la va de culto y genera signos de admiración. Todos somos admiradores de la cultura, demasiados nos critican la “tinellización” de la sociedad. Para mi humilde opinión, la decadencia es la imagen de un parlamento con obedientes imponiendo propuestas que pocos entienden. No es Tinelli el que nos pega el golpe bajo, la sociedad tiene derecho a la distracción, lo que la degrada es el conjunto de instituciones en las que nadie cree. La corrupción no se inicia en el entretenimiento. El humor nos rescata de la violencia que nos impone el sectarismo de la mediocridad. Nuestro problema no está en el circo ni en la vigencia de la mujer barbuda, nosotros transitamos el grotesco en el espacio donde las instituciones deberían convocar al talento y la idoneidad. Estamos viviendo una corrupción que es hija dilecta de la obsecuencia y la mediocridad.

La idea de terminar con el opositor y convertirse en único dueño de la opinión se impone en todos los regímenes donde algún personaje se queda con el poder y decide que la democracia y la libertad son una molestia. Los discursos por cadena oficial no dejan espacio para los que dudan, la Presidente impone un criterio que dice referirse a los cuarenta millones de habitantes cuando se solo se refiere a los definidos millones de obedientes.

El debate sobre Tinelli es infinito, no porque el personaje de para tanto, sino por eso que nos quiere enseñar la Presidenta de que todo tiene que ver con todo. Y sin duda hay dos idiomas y dos mundos, los medios oficialistas y los otros, los privados. Y ese cuento de que los ricos son los privados y los pobres los del estado, ese cuento esta vencido, todos sabemos qué hace rato que los más ricos son los que gobiernan. Tinelli sirve para alegrarles un rato la vida a la mayoría, esa que además de un subsidio está necesitada del sueño de un mejor mañana.

Gastaron millones en inventar una televisión para los pobres, dicen que compraron dos millones de “Decos”, que solo 300 mil están conectados. Tantos millones para no ocupar ni siquiera el uno por ciento del mercado. La televisión paga sigue siendo más del noventa por ciento de la vigente. Pero eso es ineficiencia, luego hay algo mucho peor, en la gratuita todos los canales son subsidiados, y no llegan a diez. Y la exagerada dilapidación de dinero en el “Fútbol para Todos” les ha permitido a los cables ganar fortunas evitando un gasto. Siempre dejan en claro que son más ineficientes que corruptos, todo un logro.

Como regalo progresista el Gobierno les otorga a los necesitados un sistema de televisión gratuita que no incluye a la producción privada. Me parece un exceso. Encima del dolor de ser pobre le imponen el castigo de ver solo canales oficialistas. A mí me parece demasiado.

Agonías

El gobierno soñó eternidades: un Presidente, al que heredó su esposa, en una sociedad con enormes necesidades, donde la Hermana es la ministra de Bienestar  Social y una caterva de empleados públicos rentados ocuparon un estadio de fútbol para aplaudir al Príncipe heredero, que comenzó a balbucear sus palotes políticos, pocos meses antes de que su Madre debiera retirarse.

En Cuba, el socialismo eliminó a la democracia. Los cubanos se quedaron sin libertad pero nunca llegaron a gozar del preciado bien de la  Justicia, que sería el fruto codiciado de la planta de la Igualdad.  Y los disidentes perseguidos, y los que debían optar entre la obediencia o el mar con sus tiburones, conviven con un Fidel que poco o nada aportó a la justicia mientras se dedicó a eliminar la libertad. Y en su final lo hereda el hermano, no sea que el socialismo olvide su pasión por la monarquía hereditaria.  Y los rusos, que ayer desplegaban imperialismo revolucionario, y después de que el muro les aplastó las veleidades socialistas se expanden al ritmo del nacionalismo y de las mafias.

Las viejas izquierdas educaban en el desprecio a la democracia y en el valor secundario de la libertad. Como si la humanidad estuviera obligada a optar entre los ricos y los burócratas. Todavía los ricos guardan algunos datos de la competencia, los burócratas no soportan esa veleidad. En la ambición suelen ganar algunos de los mejores; en la obsecuencia burocrática sólo se  selecciona a los peores. Los ricos, en su ambición, no suelen ser generosos; los burócratas directamente necesitan entregar su dignidad unida al espíritu crítico, y después de eso no queda más que odio y resentimiento.

Nuestras viejas izquierdas, abundantes en pensadores y escritos, nunca lograron armar una fuerza que les permita abordar el poder por los votos. La violencia vulneró en demasía los sueños de poder revolucionarios, fue una enorme entrega de vidas a cambio de ninguna posibilidad de tomar el poder. Solo el viento de los tiempos explica el absurdo de que critiquen a Perón mientras aplauden a los Kirchner, quizá el genocidio fue el dato central de este cambio de exigencias. Ayer, plenos de vitalidad juvenil, fracasaron al elegir la tragedia;  hoy, cansados de mirar con “la ñata contra el vidrio”, se conforman con asumir un protagonismo obediente y  sin crítica en los nítidos tiempos de la comedia.

Y construyeron una secta en torno al poder. Responden a toda crítica repitiendo como loros los logros de la década ganada. Enumeran todos de la misma manera; la ausencia de convicción los obliga a memorizar las respuestas. Los dogmas son ideas cerradas; un error puede gestar una fisura y si por ella se filtra una duda, ella implica un ataque a la verdad. Pensamiento cerrado, Jefe absoluto, discurso que se escucha, se aplaude y se incorpora al dogma sin meditar. Y ocupación del Estado, asalto de los cargos y las prebendas; en nombre del pueblo, actúan como si se fueran a quedar para siempre en el poder.

Sea quien fuere el elegido para el próximo gobierno, deberá gastar tiempo en expulsar esa caterva de empleados públicos que se apropian de dineros que les quitan a los verdaderos necesitados. Un supuesto pueblo de universitarios agresivos usurpando un Estado que debiera estar al servicio del pueblo verdadero. Eso fue el Kirchnerismo, una usurpación de los necesitados por los oportunistas y, en su desfachatez, intentaron llamarse  “militantes”. Perón, que fue en todo un adelantado, ya había expulsado a los imberbes de la plaza.

La absurda Ley de Medios que nos legó el kirchnerismo

La absurda Ley de Medios que nos supo legar el Kirchnerismo es un aporte de los restos de estalinismo del pasado impuesto como sello del presente. Domingo Cavallo, un convencido de que renunciar a la dignidad era rentable, firmó un acuerdo con los EEUU no recíproco, por el cual ellos podían comprar nuestros medios de comunicación, pero nosotros no podíamos comprar los de ellos. Casi faltaba aclarar que ellos eran una Nación y nosotros carecíamos de vocación para serlo. Gracias a este absurdo artilugio, Radio Continental es española – pero a nombre de una empresa de EEUU- lo mismo que el Canal 9, siendo Canal 11 anterior a toda norma y en consecuencia de discutible legalidad. Lo cierto es que a esto se suma DIRECTV que, con casi tres millones de abonados, no es afectado por las huestes de Martín Sabatella ni por la Ley de Medios. No es una simple acusación, así es en la realidad.

Una cosa es el imperialismo y otra muy distinta son sus empresas cuando arreglaron con el Estado. Siendo titular del Comfer les pedí varias veces a estos revolucionarios que denunciaran ese tratado. Sin embargo, alguna razón habrá para que se sigan haciendo los distraídos. Todos sus discursos y cuestionamientos terminan en el umbral de algún negociado cercano al poder.

Lo cierto es que los medios extranjeros no hablan del Gobierno, en consecuencia no son enemigos como Clarín. Los muchachos son nacionales y populares, siempre y cuando el otro caiga en el pecado de disidencia; quien no sale de la obsecuencia oficialista no merece la Siberia del AFSCA.  De los cuatro canales de aire, el Gobierno -o sea el oficialismo- maneja tres, el 7, el 9 y el 11, (TV Pública, Canal 9 y Telefé).  Luego tiene Canal Encuentro, C5N, CN23, 360, Argentinísima y algunos agregados, sin tomar en cuenta las radios, donde decenas de micrófonos convierten a Radio Mitre en dueña de más del cincuenta por ciento de la audiencia. Porque hasta para odiar hay que tener talento, a veces ni el gobierno alcanza. Y la obsecuencia no es buen gancho para atraer audiencia.

La Ley de Medios intenta que quienes no sean oficialistas puedan ser perseguidos como conspiradores y así es un instrumento esencial para terminar con la libertad de prensa y la democracia. La consigna es clara: o  aplauso cerrado a discurso presidencial o pertenencia a los grupos concentrados.  Asesinaron la sutileza en el altar de la obsecuencia rentada. El cuento es simple, los demás ocupamos el espacio del poder concentrado. Tengo todavía un amigo inocente que me dice “a vos te invitan los medios concentrados”, yo le respondo que los otros, los alcahuetes sólo me nombran para cuestionarme, que si no fuera por los concentrados abríamos pasado a la clandestinidad. Me parece que es el destino que nos tienen reservado. Ellos vienen  del viejo marxismo mal digerido, siempre piensan que tienen la propiedad de la verdad. Lo cierto es que a los privados invitan oficialistas y muchos van, y a los oficialistas jamás llevan disidentes. Después de Beatriz Sarlo con “a mí no, Barone”, la asociación de obsecuentes con veleidades revolucionarias decidió poner bolilla negra a todo individuo no dispuesto a aplaudir a libro cerrado el discurso presidencial.

Clarín tiene muchos defectos y correcciones necesarias, pero que quede claro de sobra que sólo se lo cuestiona por lo que opina, por su virtud, que el resto son simples detalles. El hecho de que cuenten las Licencias de cada pueblo de los Cables nacionales y se hagan los distraídos con DIRECTV demuestra demasiado a las claras lo que tienen en la cabeza. Las extranjeras, DIRECTV y las Telefónicas, esas tienen una sola Licencia nacional; a las disidentes les cuentan una Licencia por pueblo. Estamos sufriendo un Gobierno de derechas que le cedió lugares secundarios a vetustos restos de izquierda y en consecuencia mientras los personajes centrales del Gobierno se ocupan de la ineficiencia y el saqueo, los otros nos cuentan que están haciendo la revolución. Tanto pegarle al imperialismo pero parece que usaban sus bancos para resguardar sus humildes ahorros.

Cuando la suerte que es grela nos permita un Gobierno democrático en serio, toda esta caterva de alcahuetes de una revolución que nunca hicieron van a ser mano de obra desocupada, como los que sobraban de la horrible dictadura. Lo más talentoso del Kirchnerismo fue otorgarle categoría de dignidad a los aplaudidores y  a la obsecuencia. Cuando se queden sin el Estado van a seguir el camino del menemismo, una mezcla de disolución con muchas acusaciones y pocos aportes. En el final nos suele mojar la persistente lluvia de la realidad.

Las ideas fueron sustituidas por las complicidades

La corrupción originada en el Estado es hoy un elemento esencial a nuestra sociedad. Hace tiempo abandonó el espacio de la excepción para ocupar el sitio de lo normal. Excepcional terminó siendo la ética, por ejemplo la situación de un funcionario que se niega a la corrupción. Los empresarios en su mayoría prefieren pagar coimas como camino al éxito. Implica asumir que el dinero es el Bien superior como concepción ideológica. Cuando el funcionario no acepta el dinero está expresando un lugar de libertad que cuestiona la posición que el rico y el poderoso se asignan a sí mismos. Uno de los importantes me dijo una vez: “Si no aceptan dinero tengo miedo de que sean comunistas”. Le respondí con cierto enojo: “Yo asumo mi seguridad en la inteligencia, Usted guarda su soberbia en la billetera”.

Pero además, el empresario no respeta al que no puede corromper. Lo imagina un infeliz, alguien que no entendió el sentido de la vida. Cansa en las mesas de la política escuchar referirse con admiración a la fortuna que acumuló tal o cual funcionario. Esa categoría impera o al menos se fue imponiendo desde el regreso de la democracia. Los operadores, personajes que intermedian entre el gobierno y las empresas, fueron desalojando a los políticos. Hace muy poco tiempo volvieron a recuperar espacio las ideas; los economistas habían impuesto sus propuestas por encima de la política y los empresarios militaban en sus “partidos”, los negocios. El pragmatismo fue devorando al pensamiento. Nuestros políticos eligieron enriquecerse y, por ese camino, cedieron el espacio del Estado y el debate a los aficionados. (Al menos mayoritariamente).

Y en el mundo de los triunfadores no importa cómo llegaron, alcanza con estar sentado sobre fortunas que nunca necesitan ser justificadas. Las ideas fueron sustituidas por las complicidades.

Cuando uno expresa ideas, consideran que es un charlatán; sólo los negocios y los números son el camino a la verdad. Enamorados de Miami y del Golf, la vía al éxito implica la exacerbación del egoísmo. Es muy difícil encontrar un empresario que piense; es una tarea decorativa que intentan dejar en manos de sus gerentes. Y es complicado imaginar una democracia capitalista sin que se comprometa la burguesía o sus parientes. Cuando la democracia reinicia su camino, enfrenta el juicio a las Juntas. Fue una pulseada donde las culpas de muchos, por haber sido coetáneos y a veces complacientes con un genocidio, llamaron a silencio a demasiados. La dictadura se había llevado para siempre a lo peor de la derecha, pero dejó un lugar excesivo e injusto a sus víctimas. En rigor, ni siquiera la dirigencia guerrillera sobreviviente estaba en condiciones de defender su supuesta propuesta. Fueron los deudos, las Madres y las Abuelas las que se convirtieron en la expresión de la dignidad. Pero todo fue al costo de dejar de discutir ideas e imponer un pragmatismo oportunista; una culpa explotada como resentimiento con derecho a exigencias. Fue como si la guerrilla no tuviera obligación de autocrítica. Y luego, un oportunismo sin complejos que les otorga un espacio secundario de poder a cambio de asignarle un sello progresista a la ambición de un pragmatismo sin límites.

Si las ideas habían llevado al genocidio, los intereses prometían su paraíso de ganancias. La Coordinadora Radical y la Renovación Peronista, que imaginaban ser la expresión de la nueva dirigencia, desertaron de la política- en muchos casos- seducidas por el mundo de los negocios. En su mayoría es la dirigencia hoy ausente. El pragmatismo usurpó el nombre del peronismo para hacer liberalismo con Menem y autoritarismo conservador con disfraz progresista con los Kirchner. Liderazgos sin contenido nos llevaron a perder dos décadas que fueron de avance y crecimiento en la mayoría de los países hermanos.

El pragmatismo no soporta ningún principio ético, ni mucho menos lo necesita. La ética exige que la dirigencia asuma la responsabilidad de pensar un proyecto de futuro, convoque a los mejores y sueñe con trascender por esa causa. Esto implica participar de un sueño colectivo que instale la superioridad del proyecto sobre el bienestar personal. El poder es una conciencia, pero en su degradación y contracara es una acumulación de recursos para imponer una voluntad. Hay un poder de las ideas que no imagina ni necesita rentas y hay un poder del dinero que no soporta a las ideas. Es por amor o por plata. El amor exige el sueño de lograr un futuro con consenso mayoritario y con logros concretos. Y eso no es sólo un problema de gerenciamiento, es mucho más que eso, demasiado, es ser capaz de pensar una sociedad que incluya a todos. Hay un vacío de políticos capaces de luchar por el futuro sin mejorar su propio presente. Hay una ausencia de dirigentes que se hagan cargo de diseñar un país mejor, lo conviertan en una causa colectiva y se enamoren de ella. Pareciera que el camino al poder exige el peaje de la riqueza personal. Y que la riqueza material sustituya a la de los verdaderos dirigentes, a aquellos capaces de poner al conjunto por encima de sus propias necesidades. Eso es posible y necesario, y quienes lo logren podrán trascender y disfrutar de la vida mucho más que aquellos enfermos de amor por el dinero. La ambición es una virtud que suele convertirse en enfermedad. Y genera un mundo de cómplices. La política está por encima de esa limitación. Es como la poesía, imposible sin vocación ni talento. Y por suerte pareciera que la estamos recuperando.

El partido kirchnerista

El Gobierno marca los temas a debatir  y es  el resto de la sociedad la que no es capaz de alterar esa agenda. Aburre este asunto de la sobrevivencia del kirchnerismo; no somos capaces de aprender de la experiencia de Menem, que terminó ganando la elección antes de disolverse en la nada del recuerdo. Somos una sociedad con instituciones débiles y Estado infinito. Toda secta que asuma el gobierno parece una iglesia universal  y, cuando lo pierde, se queda en la soledad de los que no tienen nada que decir. En el gobierno de Raúl Alfonsín todavía existían poderes fuertes capaces de cuestionar, militares o sindicales y hasta empresarios. Hoy la expansión del Estado estuvo al borde de disolver hasta la justicia y la prensa libre. Son otros tiempos y otro Estado.

¿Qué parte del oficialismo es puro oportunismo y qué parte pertenece a la dimensión ideológica? Imposible separar convicciones de conveniencias. La verdad es que el oportunismo es mayoría absoluta, muchos, demasiados, vienen de matrimonios políticos anteriores. También  se adaptarán, más adelante, al amor venidero. La idea de una lista armada entre los Rasputines de la Rosada suena a tonta y ridícula. La lealtad mayoritaria es al poder del Estado. El partido es el Estado y quien los suceda no necesitará  aprender demasiado para imponerles respeto a los gritones de hoy. Observar a algunos diputados que se corren nos permite imaginar el futuro. Gobernadores, intendentes y sindicalistas ya visitan a posibles candidatos ganadores. El núcleo duro del oficialismo está integrado por Carta Abierta y Página 12, el resto es propiedad del  poder de turno. Y los duros son menos del diez por ciento de los votos. Y son muy duros ya que nadie va a querer cargar con ellos. Ya comienza a sentirse la vibración que generan las dudas de los que dudan, de los que hacen cuentas entre ganancias económicas y cuál será el mejor momento para saltar del barco antes del hundimiento. Pronto veremos la multitud que se forja con el ejército de desertores.

El radicalismo y el peronismo, con sus historias y sus militantes, fueron ambos carne de cañón, como partidos, cuando perdieron el poder del Estado. Pululan muchos oportunistas, demasiados, y son pocos los convencidos, escasos. Los partidos históricos sufrieron bajas en el momento en que los gobiernos repartieron prebendas, ¿a quién se le ocurre que el kirchnerismo va a sobrevivir sin poder? Es esencialmente un partido de negocios -juego y obra pública-, la mayoría de sus personajes importantes queda a tiro de la justicia; el único elemento de unidad es la discrecionalidad de Cristina. No le veo sobrevivencia en las palabras del pobre Máximo desafiando a que le ganen a su Mamá.

La oposición es un lugar insalubre cuando el Gobierno tiene mayoría propia y dinero negro para comprar algún legislador que les falte. La mayoría absoluta deja a la oposición sin palabra, pero cuando la pierden deja al gobernante sin vida. El kirchnerismo deberá soportar la huida de los que se dicen peronistas y no son otra cosa que desesperados por la prebenda que da la obsecuencia. El oficialismo ya no gana en ninguna provincia grande; en las otras, los feudos, el futuro Presidente será el seguro ganador de la elección que viene.

Comparar a Cristina Kirchner con Bachelet, Pepe Mujica o Lula y Dilma es un defecto visual de sus aplaudidores. El fanatismo y la desmesura, el personalismo y el discurso buscador de enemigos, todo eso es tan  lejano a la política como a los líderes y partidos de los países hermanos. El kircherismo no es otra cosa que una enfermedad de la democracia nacional y popular. La supuesta década ganada, una afrenta al resto de los argentinos. Y el personalismo de la Presidenta es tan desmesurado que no tienen a nadie ni siquiera para custodiarle el legado.

Debemos apasionarnos por la política para no caer más en estos baches de la historia. Y tener más comprometidos que oportunistas. O al menos diferenciar y marginar a los indignos. Entre los políticos y los sindicalistas, sumados a los empresarios, somos el país con mayor producción de obsecuentes y alcahuetes del continente. Los empresarios deben disolver de una vez por todas IDEA y la Fundacion Mediterránea, sus quioscos para desplegar la concepción de la superioridad de la economía sobre la política. Necesitamos un proyecto común compartido de sociedad y no tan sólo un plan de negocios. Necesitamos superar  el seguidismo a los operadores que se dicen políticos, a los economistas y encuestadores y a los asesores que le dan un disfraz a las ideas.

Únicamente  la política como espacio para pensar el futuro nos puede sacar de esta crisis. O nos enamoramos de la política como sueño colectivo o seguiremos agonizando en el egoísmo que nos carcome el futuro. Necesitamos  ideas y proyectos comunes.  Es una decisión que estamos obligados a  tomar.  Y todavía estamos a tiempo.

Una concepción monárquica de la política llega a su fin

El kirchnerismo es un sistema feudal de provincias marginales que una vez llegado al poder elaboró una alianza de conveniencias con un sector de los organismos de Derechos Humanos y algunos restos de revolucionarios fracasados. Tan feudal que, en Santa Cruz, lo mismo que en Formosa, la reelección es para siempre, y ahora aparece el hijo dedicado a los negocios opinando que la madre nos debe seguir gobernando. Una concepción de la monarquía encarnada en su versión decadente pero hereditaria: de Néstor a Cristina, a la hermana Alicia que se ocupa de los necesitados; o como en Santiago del Estero y Tucumán, donde el poder se queda en familia porque se eligen matrimonios. Menem y Kirchner expresaban la visión marginal de la política que teníamos como sociedad. Triunfadores en provincias donde ni siquiera se imponía con transparencia la democracia.

Ahora estamos cambiando esencialmente de actitud; los candidatos surgen de Santa Fe, Córdoba, Capital, Buenos Aires o Mendoza; es decir, provienen de democracias con alternativas. Claro que nos falta un paso fundamental y es devolverle el contenido a la política. Para el poder económico los partidos eran la Fundación Mediterránea e IDEA, los lugares donde los gerentes defienden los intereses de sus patrones. El poder de los negocios dejó en un sinsentido al lugar de las ideas y en eso nos convertimos en uno de los más atrasados del continente. La dirigencia política fue seducida por el poder de los negocios y en el fondo, después de tantas vidas entregadas a los sueños de cambio, demasiados candidatos son pura imagen sin ninguna idea. Incluido el gobierno que confunde ideas con enemigos, odios y resentimientos.

El menemismo fue la entrega de la política a la farándula y los negociados. Su herencia marcó una decadencia que el kirchnerismo sólo enfrentó con la mística de los empleados públicos y los necesitados subsidiados con planes sociales. Los personajes del kirchnerismo sólo se caracterizan por la obediencia convertida en obsecuencia. De tanto aplaudir y repetir el mantra de la década ganada ningún candidato podrá sobrevivir al enfermizo personalismo de la Presidenta. Los rostros de los aplaudidores van ingresando al anonimato de los sin rasgos particulares; baten palmas y se mimetizan con una multitud tan ficticia como rentada.

El gobierno sabe inventar enemigos para justificar sus desaciertos, pero de tanto odiar a los de afuera ha dejado de gobernar con eficiencia. La ideología la pintan de revolucionaria pero la ineficiencia no se puede disimular con nada. Quien gobierna tiene enemigos, pero eso no implica que estos justifiquen la incapacidad. Una cosa es hacer discursos y otra muy distinta es conducir con talento hacia el éxito.  Gritarle a los buitres puede ser un camino hacia el fracaso de toda negociación. Tantos gritos sólo porque imaginan que los partidos se ganan en la tribuna.

Néstor Kirchner nos sacó del miedo al dólar y de la inflación desmedida. Cristina nos hizo retornar a aquel lugar de atraso y debilidad que parecía superado. Menem y los Kirchner tardaron diez años en demostrar que el camino elegido llevaba al fracaso. Dos décadas perdidas mientras los países hermanos las dieron por ganadas. Dos gobiernos donde la soberbia se mezcló con la mediocridad, y el resultado fue el de siempre, el personalismo exacerbado acompañando del autoritarismo que se termina consumiendo a sí mismo. Una receta que nunca falla; un seguro camino al fracaso.

Menem se alió con sectores de la derecha y Cristina con los de izquierda, pero ambos gobiernos fueron tan oportunistas como carentes de proyecto, usaron el peronismo cuando en rigor a ambos no les importaba ni siquiera discutir un proyecto de sociedad. Fueron tiempos de liderazgos fuertes y pensamientos débiles, de obsecuencias impuestas por sobre la verdadera política.

Nos lastima la convicción enfermiza de que se necesita un jefe con poder. Por el contrario, si el gobernante lo hiciera en minoría estaría obligado a negociar, y eso sería en bien de todos. Los gobiernos fuertes generan pueblos débiles, necesitamos transitar el camino inverso.

De los Menem y de los Kirchner quedará un conjunto de personajes enriquecidos. Esa fue la política de los últimos años, una mezcla de mediocridad con fanatismo y triunfo de unos pocos.  Y un seguro retroceso de la sociedad.  Cuando los que gobiernan se creen la minoría lúcida que guía al resto, entonces sucede que el fracaso se impone. Todos queremos que la democracia no tenga alteraciones; a veces pienso que todos menos uno. Y lo malo es que ese uno es hoy la Presidenta. 

Héctor Leis y la violencia de los 70

“No permitir que se reescribiera la tragedia de su generación en términos épicos”. Es solo una frase del homenaje que le hace Ricardo Roa en Clarín.  Fue comunista y montonero, guerrillero, preso y exiliado. Pero esencialmente un pensador, de esos que tenemos pocos, de esos que son capaces de revisar el pasado para que lo comprendan las generaciones venideras y no para que lo parasiten los fracasados de siempre. Fue un pensador, no un revisionista como tantos que se adaptan a cualquier coyuntura. Continuar leyendo

Una experiencia marcada por el personalismo y la corrupción

En el 83, la democracia retornaba, y en sus espacios apareció un nuevo personaje, “el operador”, un intermediario entre la política y los negocios. Este nuevo personaje no necesitaba pensar ni opinar, escribir propuestas ni debatir ideas; era un representante de los intereses particulares en el espacio donde las instituciones debían ocuparse de lo colectivo. Algunos políticos fueron transformándose en eso, en gente que era más lo que ocultaban que lo que expresaban. El operador se fue convirtiendo en empresario, en un simple lobbista que decía ejercer la política cuando solamente la parasitaba. Y, así, la política se transformó en una de las más seguras instancias de éxitos económicos. Sus responsables se fueron separando de sus lugares de origen para ocupar los espacios reservados a los triunfadores. El éxito de los políticos fue a costa del fracaso de la sociedad.

La Coordinadora Radical y la Renovación Peronista surgieron como sectores de la dirigencia que deberían tener vigencia en el presente. Una generación apasionada por la política había errado su destino con la violencia de los setenta y terminaba de fracasar con el oportunismo de los operadores. Un país donde la política había convocado pasiones pero carecía de cuadros suficientemente formados en el momento de gobernar. Políticos de raza ocupaban espacios en todos los países hermanos mientras que en el nuestro llegaba el tiempo de los aficionados además de la disolución de los partidos detrás de las momentáneas imágenes personales.

La imagen de prestigio necesitó venir de otros mundos -el deporte, entre ellos. Las ideas perdían vigencia frente a la desidia de los operadores. Finalmente, el kirchnerismo, arrastró una parte importante de la vieja militancia como simple reclutas de una causa que se justificaba sólo por el poder y las prebendas que repartía entre los seguidores. Entre Menem y los Kirchner, dos décadas fueron malgastadas entre frivolidades y resentimientos. La política, ese espacio de personas dedicadas a pensar el destino colectivo, la política fue desvirtuada en un amontonamiento de ventajas personales que culminaron siendo un retroceso colectivo. Y un espacio donde la sospecha se impuso al prestigio, donde la ambición se impuso al talento y la entrega. Los políticos no lograron arribar al espacio de la madurez y la sabiduría.

Hay quienes confiesan haber ganado la década que la sociedad perdió pero, en el mismo momento que definen sus sueños de secta, denuncian su voluntad de marginar de su proyecto a la mayoría, a los que simplemente no opinan como ellos. Esos personajes menores reiteran sus errores del ayer. Cuando eligieron la violencia podían ser héroes, pero no democráticos y, cuando eligieron la secta, dejaron en claro que el egoísmo se imponía en ellos sobre las necesidades colectivas.

La política exige de la sociedad apenas una cuota de esa pasión que depositamos en el fútbol y nos permite jugar entre los mejores. Sin embargo, la desidia con que participamos en la política nos ubica en frustraciones que cuestionan nuestra propia responsabilidad colectiva. Estamos finalizando una experiencia exageradamente personalista y tediosa, tan transitada por la soberbia como por los fracasos. Una experiencia donde los peores operadores de los negocios llegaron a incorporar algunos antiguos militantes que se rindieron a las necesidades de lo cotidiano; también el juego y la obra pública, el enriquecimiento ilimitado, y algunos discursos que los intentan justificar como parte del bienestar colectivo.

Nunca antes la decadencia se vistió con el ropaje de lo sublime para transitar frívolamente el ridículo. Nunca antes fue tanta la soberbia y la corrupción como para gestar una fractura entre gobernantes y disidentes, entre burocracia y sociedad. Con el dinero de todos engendraron diarios, radios y televisión oficialista, gastaron fortunas en defender con el discurso aquello que era indefendible en la realidad. Ahora los oportunistas de siempre, los que vienen aplaudiendo desde Menem, el feudalismo y la burocracia que roba usurpando el nombre del peronismo, comienzan a ponerse nerviosos, a no saber en qué momento se deben distanciar para salvarse.

Hay un pedazo del Gobierno que sueña con sobrevivir y otro, el de los duros, que se imaginan parte de una fuerza política permanente. Pareciera que no hay vida para ellos después de la derrota. Ni el kirchnerismo será una fuerza vigente ni los oportunistas podrán hacerse los distraídos. La Patria es una víbora que cambia de piel, nos enseñaba el Maestro Marechal, y todos somos conscientes que está gestando una piel nueva.

Convertir el capricho en dogma

La democracia es imprescindible para evitar lo que hoy nos pasa: un grupo de energúmenos empecinados en el error y convencidos de ser los únicos dueños de la verdad. Realmente me resultan insoportables. Me recuerdan el personaje del Principito repartiendo órdenes en un planeta inexistente. Han llegado a un punto donde la realidad y los otros somos detalles que molestan a su omnipotencia. La Presidente nos da cátedra a los que pensamos distinto, pero ahora intenta extender su docencia al resto del universo. Asumido el hecho mágico de convertir el capricho en dogma, le declaran al mundo las consecuencias de sus verdades que despliegan como si fueran reveladas. Y un joven que se dice marxista nos describe el mundo según su mirada de universitario sin experiencia, donde la soberbia ocupa el lugar que los años, a veces, otorgan a la sabiduría.

Y no se andan con chiquitas. Es con ellos o con el Mal, que es, obviamente, el espacio que no opina igual. La historia los enfrentó con un Juez de discutible lucidez, razón que les sirvió a los que nos gobiernan para edificar la certeza de que la cordura está de su lado. No les importan los detalles, lanzan discursos sin medir las consecuencias como si el supuesto hecho de tener razón se convierta por arte de magia en una verdad universal. Entre mi convicción de tener razón y el hecho de que me la otorguen, suele estar el camino de las leyes. La voluntad de los otros que, en este caso, por ser de discutible egoísmo no deja de
conservar sus derechos. Nadie quiere pagar lo que no corresponde, pero jamás a nadie se le ocurrió que ese rumbo se altera con un discurso.

Nos convocan a acompañarlos como si por el mero hecho de hacerlo convirtiéramos a la propuesta oficial en Ley universal. De sólo analizar la realidad, queda claro que esencialmente nos convocan a participar de un papelón colectivo. El objetivo de todos es pagar lo menos posible; a nadie con una cuota normal de cordura se le ocurrió que este resultado depende de la grandiosidad de un discurso ni de la pretendida originalidad de una ley. No somos los únicos humanos agredidos por los acreedores. Pareciera que somos los únicos que ejercieron el alarido como propuesta de solución beneficiosa. Años elogiando el acuerdo firmado por Néstor Kirchner, para terminar dinamitando ese arreglo como si careciera de valor. Algo nos llama la atención, antes de engendrar esta ley supuestamente proveedora de justicia ¿alguno se ocupó de estudiar su viabilidad?

La idea de los controles a los abastecimientos, leyes que persiguen ganancias privadas y son concebidas por burócratas que no podrían soportar el análisis de los negocios oficiales. Y mudar luego la Capital a una provincia un poco más feudal y decadente que el resto. Feudos donde los esposos se nombran alternativamente en el poder, nepotismos acompañados de marxismos. ¿Qué otros atrasos de la humanidad estamos dispuestos a reiterar?

Y las condenas que emiten los esbirros de turno. Capitanich sentenciándos al infierno de los buitres, Kicillof guiándonos desde un arriba sólo afirmado en el afecto de la mirada presidencial. El personalismo desplegado a su antojo y los oficialistas estirando el límite donde la obediencia lastima la dignidad. Pareciera que el kirchnerismo se los quiere llevar puestos a todos, que no hay vida después de la obediencia ejercida al grado de la humillación. Pasaron los tiempos donde ser oficialista permitía hacerse el distraído. Ahora, es una pertenencia sólo para fanáticos y beneficiarios. Ya toman conciencia que, después de este oficialismo, vendrá el paso a la clandestinidad de los leales. Demasiados odios para intentar después pasar desapercibidos. Demasiados oportunistas obedientes para soñar con la vigencia de un partidito kirchnerista. Como los seguidores de Menem, los beneficiarios se diluyen a la par de los beneficios que los engendraron.

Vendrá otro Gobierno, sin duda. Vendrán tiempos de debatir matices, discusiones de los demócratas que respetan la opinión ajena. Hoy no estamos confrontando ideologías, supuestas izquierdas o derechas. Lo de hoy es más simple y transparente. En el presente confrontan la demencia y la cordura. Los demás son detalles.