Lecciones de una marcha multitudinaria

La marcha fue multitudinaria, fue un pueblo de pie diciéndole no al intento de instalar una dictadura de personajes menores conducidos por la Presidenta. A esa enorme cantidad de gente le corresponde una enorme cantidad de estupideces repetidas hasta el cansancio por los empleados públicos, que están obligados a opinar para subsistir y lo hacen como si imaginaran que piensan y expresan genialidades. En todo intento autoritario se suman listas de intelectuales que creen encontrar en la realidad su lugar de vanguardia iluminada. Ni en eso vivimos una experiencia original. El peronismo tuvo su guerra y consigna (“Alpargatas sí, libros no”, que tenía mala prensa); Carta Abierta le devolvió su vigencia al merecer alpargatazos. Los intelectuales suelen ser elitistas y el mero hecho de que les asignen un espacio los lleva a imaginar que el Gobierno les reconoce el talento y en consecuencia, devolviendo gentilezas, intentan asignarle virtudes.

Marcharon muchas mujeres mayores, portadoras de la memoria histórica de los 70, de aquellos tiempos donde se caminaba alegremente a una guerra que se asemejaba a un suicidio. Y pocos jóvenes. Somos parte de una sociedad donde la naturaleza les concede a los jóvenes un tiempo de gracia, un tiempo donde no es necesario trabajar. Con sólo recorrer las universidades, los carteles y las consignas, nos queda claro que se pueden romper vidrios primero, arreglarlos después y terminar con el tiempo haciéndose cargo de su fabricación.

El autoritarismo no tiene fisuras, toda alternativa será motivo de sus odios. Ya se les vuelve complicado armar una epopeya con las cadenas oficiales. La Presidenta solo les aporta una cuota de resentimiento que ellos luego de largos hervores convierten en caldos revolucionarios. No me canso de repetir: si en los 70 vivimos la tragedia, ahora llegó el tiempo de la comedia. Ni les entra en la cabeza perder las elecciones, no imaginan vivir sin usurpar el poder.

Pocos, casi ninguno del oficialismo, fue respetuoso frente a la multitud. No suelen soportar ni entender la realidad. Hace rato que se les cayó encima el muro de Berlín, cuando la democracia y la libertad se impusieron como valores imprescindibles para construir la justicia. Ellos encontraron en el kirchnerismo un espacio de prebendas que los hizo soñar con la toma del poder. Se cansaron de escribir y decir tonterías, de degradar a los que los enfrentamos y ahora, la marcha es tan sólo el aviso del final del recreo, del sueño de imponer un Gobierno de derecha con una burocracia estalinista de supuesta izquierda.

La marcha fue el anuncio de que tuvimos suerte y no pudieron destruir la justicia, ésa que a veces es corporativa y corrupta, pero siempre más digna y libre que si cayera en la alcahuetería dogmática de los que la llaman “legítima”. El estalinismo es siempre más decadente y nefasto que el peor liberalismo.

Es el último año de un Gobierno que terminó siendo una verdadera pesadilla. Las cadenas oficiales son sólo una muestra de desprecio al conjunto de la sociedad. Un feudalismo mediocre y corrupto asociado a los restos de dudosos revolucionarios, convertidos – todos – en saqueadores de un Estado que hicieron a la medida de sus necesidades. Venezuela fue el espejo en el que intentaron mirarse. Su fracaso es un testimonio más del destino del “modelo”.

Frente al conflicto, la mediocridad del oficialismo queda al desnudo. La marcha fue el último testimonio de que no pueden ni quieren entender el mensaje de la realidad. Ayer intentaban meter miedo; ahora se dedican a disimular el miedo que los comienza a acompañar. La derrota del intento de destruir la Justicia nos deja la esperanza de que varios de estos personajes menores que hoy nos destratan terminen tras las rejas. Es un ejemplo que nuestros hijos necesitan y merecen.

Reconstruir la democracia

El cristinismo actual es un partido construido en torno a una persona, tan pegado a ella que no puede nombrar un heredero. Nadie creció a su lado, ella imagina y ellos esperan que su dedo creador le otorgue vida al sucesor. Aparecen carteles con fotos de los amigos de la Señora al lado de ella y compartiendo el inasible “Modelo”, eso que ellos imaginan genial y a nosotros nos resulta nefasto. Scioli tiene los votos, pero ellos, los de la secta no se conforman con la mera opinión de los votantes. La gente no puede leer Carta Abierta, no llega a entender de qué se trata. Demasiados de nosotros tampoco.

En un autoritarismo la única manera de participar es aplaudir, uno deja de pensar, de opinar, de sentir que tiene algo para aportar. Ministros y legisladores obedecen como asustados, sin derecho a correrse del catecismo que les bajan desde el verdadero poder, los Rasputines de turno, esos que entre bambalinas no necesitan ser votados. Pertenecen al entorno de la gran autoridad, del personaje que elegimos democráticamente para que nos conduzca a un espacio que en poco o nada se parece a la democracia.

La Presidente va a terminar por demoler el kirchnerismo, ese va a ser su mayor legado a la sociedad. Con Scioli se le van a ir los peronistas que ya no son otra cosa que comerciantes del poder, igual que eran ellos en Santa Cruz antes de llegar y ponerse el disfraz de progresistas, con derechos humanos y sueños de enfrentar al imperialismo. Discuto hace tiempo y defiendo mi opinión de que esta absurda mezcla de prebendas sólidas con ideas cambiantes va a desaparecer en poco tiempo. Muchos hablan de un kirchnerismo opositor, es un oxímoron, este es un partido del poder.

El fenómeno central es que viejos militantes de revoluciones pasadas y fracasadas encontraron en el pragmatismo de los Kirchner un espacio de poder con infinitos beneficios y además, un reconocimiento a sus supuestas virtudes. A cambio de ese protagonismo tardío, los que ayer no le perdonaban nada a Perón terminaron enamorados de Cristina. En rigor, el General que retornaba para pacificar les quedaba grande a los imberbes que se querían suicidar en una guerra donde nunca tuvieron ni la remota posibilidad de triunfar.

La Presidente nos somete a una cuota de tensión y agresión que excita en su apoyo a supuestos pensadores a los que es imposible entender pero no es necesario intentarlo. No confrontan por defender ideas que no tienen sino tan solo por disfrazar resentimientos como si fueran propuestas de ideas que salvarían la patria, un espacio limitado donde solo están ellos.

Perón representaba a los humildes y volvió para pacificar. Hubo dos sectores que se opusieron, una derecha militar derrotada para siempre y una izquierda violenta y autoritaria que estamos obligados a superar ahora. La Presidente nos va a dejar en estado agónico; de nosotros depende la construcción de la democracia y las instituciones a partir de superar semejante calamidad.

El kirchnerismo sirvió para eso, para desnudar y poner a la vista de todos a lo peor de nuestra sociedad. Con lo restante debemos ponerle pasión a la cordura y reconstruir la democracia. Es una causa noble y estamos a tiempo y en condiciones de lograrlo.

Un modelo de odio

Cuando las instituciones son débiles suelen incitar las ambiciones de los peores. Es cuando las sociedades aparentan ser desiertos a cultivar, jóvenes sin rumbo a los que se puede malear a gusto del invasor. Toda sociedad necesita de un tiempo fundacional, tanto como que ninguna aguanta que esa pubertad se convierta en la reiteración de un tiempo de dudas que impida alcanzar la madurez. Con Menem, los adoradores del mercado y la moneda nos degradaron a un universo de gerentes extranjeros, devaluaron al ciudadano para convertirlo en consumidor o inversor. La irracional idea de destruir el Estado lo dejó al servicio de quienes soñaban con invadirlo.

Con los Kirchner, el Estado se convirtió en un poder absoluto que ya no intentaba negociar con los privados sino que gestaba su propia burguesía. El juego y la obra pública fueron el eje del poder económico; las infinitas prebendas que distribuye el Estado engendraron luego las adhesiones políticas. Se subsidió a las empresas para convertir en corrupción lo que hubiera debido ser beneficio para el ciudadano. Un buen momento para los países productores de alimentos se derivó en un tiempo de enriquecimiento de dispersas burocracias. Disfrutar del Estado engendró un partido del oportunismo coyuntural, nunca antes las ideologías terminaron siendo un simple decorado de la ambición y los negociados. Vetustos restos de pretendidas izquierdas aportaron su experiencia en engendrar teorías justificadoras para cualquier desaguisado. Haber apoyado las dictaduras marxistas de ayer los convertía en expertos para justificar los desatinos de hoy.

Sólo recordar que habían instalado un grupo de intrigantes para cuestionar al Cardenal Bergoglio, una filial de esos servicios que hoy dicen repudiar se ocupaba de denunciar a la Iglesia Católica. Cuando el Papa Francisco deslumbra al mundo con su pensamiento delata, entre otras cosas, la pequeñez de sus detractores. Pero queda claro que los verdaderos enemigos del Gobierno somos los que no estamos dispuestos a dejarnos aplastar por sus imposiciones ni mucho menos a convencer por sus tediosas y mediocres justificaciones.

Toda secta genera explicaciones que las hacen aparecer como racionales. Explicaciones que repiten como loros, obligados por la obediencia y el castigo a la libertad individual. Este tenebroso Gobierno actúa como si nunca tuvieran que abandonar el poder, intentan olvidar que transitan su último año. Cuando uno escucha a la Presidente o al jefe de Gabinete siente vergüenza ajena, es difícil entender a los que le asignan talento a la simple ausencia a veces de cordura y casi siempre de sentido común.

Todo autoritarismo es un intento de convocar a lo peor de una sociedad, a todos aquellos que sueñan con una cuota de poder y no les importa demasiado el costo que deban pagar para obtenerlo. Están todos, desde los oportunistas de siempr -en los negocios, los sindicatos y la política- hasta los jóvenes que imaginaban que con un cargo público y un odio compartido se convertían en dueños de una causa. De pronto una muerte los obligó a desnudar sus limitaciones, y entonces, los que pretendían grandeza y eternidades, se arrastran negando finales y encarnando la peor versión de su pequeñez.

Se imaginan de izquierdas sólo por cuestionar las democracias y enamorase de los países donde con la excusa de distribuir justicia se ejerce la opresión o la misma limitación de la libertad. Dicen que nos ayudaron a avanzar. Sin embargo, nunca la división de nuestra sociedad fue más cruel testigo del atraso que lograron imponer. Los enemigos y los odios han ocupado el espacio de los sueños. Ese logro es el triste fruto de doce años de kirchnerismo, del modelo que necesitamos derrotar.

Tibios abstenerse

El kirchnerismo no figura entre las opciones ganadoras ni en la Capital, ni en Santa Fe ni en Córdoba; tres provincias donde le toca ir de tercero o de cuarto sin vitalidad, ni candidatos ni vigencia. No figura como opción ganadora tampoco como desafiante. En Buenos Aires ya perdió contra Massa y además, los kirchneristas no lo quieren a Scioli. No es necesario seguir analizando situaciones electorales: para una derrota, con lo descripto, sobra. Se me ocurre que Scioli ya comienza a tomar distancia para poder competir. Los votos que mantiene están basados en sus actitudes democráticas antagónicas con el Gobierno y no en la lealtad que dice procesar. La agrupación de leales ortodoxos aplaudidores fanatizados, los que instalan en las autopistas las fotos gigantes con Cristina, esos, discuten la herencia de la secta pero, desde ya, ni siquiera saben dónde queda el amor ni el respeto de la sociedad.

Llama la atención el comportamiento presidencial. Insiste en imaginar que si el capricho transformado en propuesta fue exitoso hasta hoy por qué no habría de insistir con la muletilla. Sus discursos sólo sirven para arengar a sus seguidores; una convocatoria a la confrontación con el supuesto enemigo inventado según necesidad. Ni una frase para los que dudan. “Tibios abstenerse”, “yo soy la dueña de la verdad”, “en la duda anida la traición”. La idea queda clara: obediente o enemigo, obsecuente o traidor. Y luego el relato, esa clara decisión de fortalecer a Gils Carbó, ya que vendría a quedar en el espacio exterior de la obsecuencia obligada. Casi una tomada de pelo a la tribuna. Como el cuento del procurador anterior, Esteban Righi, al que echaron para defender a Boudou, y que ella lo ubica en la arenga como distante de sus decisiones. Los medios, los jueces y ahora los servicios de informaciones deben pertenecer al pensamiento oficial. El kirchnerismo se asume como fundacional, distinto y superador de los no creyentes; dueño coyuntural de cuanto oportunista calculador ande suelto y además, de algunos fieles convencidos –pocos- pero los hay.

La disputa entre los herederos resulta patética. Imaginan que el dedo de la Jefa trasferirá adhesiones en masa. Alguien los convenció que la Presidente ganaría siempre y sueñan con recibir el karma vencedor, el brebaje que arrastre multitudes. Olvidan que el voto opositor es mayoritario y que hoy está disperso, pero en una elección sería un aporte masivo contra el oficialismo y -en una de esas- el castigo electoral contra la Presidenta sería más contundente. Algunos insisten a la manera de aquella tragedia de la “contraofensiva”, como si en toda derrota habitara una sombra de heroísmo.

Un ciclo finaliza, sin duda peor que en su comienzo, más sectario y menos democrático, más dependiente de una voluntad presidencial y menos responsable de una coherencia o un proyecto. Un ciclo que intentó ser fundacional y finaliza siendo un fracaso – sembró odios y atrasos, enriqueció más a los funcionarios que a la sociedad, depende de una jefatura y una pretendida militancia nacida en el poder- no podrá resistir demasiado la crudeza del llano. Lo único positivo es que aprendimos mucho, vimos desnudos a los que únicamente seduce el poder y conocimos el partido de la dignidad y la libertad. No es tan masivo pero existe; ya es bastante.

Superados

Parecían dueños del destino universal, salvadores de la patria, fundadores de un sistema que aplastaba a los otros con las sombras del pasado. Soberbia, eso era lo que les sobraba, y explicaban que en todo disidente habitaba una corporación y también en el que pensaba y opinaba distinto anidaba la traición. Así fue que la democracia inició su lento pero firme retroceso; la libertad se fue enredando con las explicaciones; las corporaciones y los imperialismos terminaban definiendo al que se animaba a pensar. Si el Gobierno le tiraba un pedazo de poder al progresismo, entonces, se volvía progresista. Algunos que de jóvenes imaginaron ser capaces de convertir su pensamiento en concreción del mundo nuevo, del hombre nuevo y ya de mayores, se arreglaban con bastante poco, si los reconocen y los respetan y los eligen para ser elogiados y financiados. Si todo esto pasa, uno se puede volver oficialista porque el poder engendra caricias que se parecen a las ideas.

Se creían eternos, hasta que una muerte les quedó grande, o su pretendido talento les quedo chico, entonces se amontonaron todos a aplaudir y a leer una escritura de lealtades que parecía más ser un agradecimiento de las prebendas conseguidas que una reivindicación de las ideas apoyadas. El documento daba pena, aquellos que ayer se imaginaban eternos daban hoy un triste espectáculo de mediocridad militante. La obediencia al poder y las ganancias económicas, ambas juntas y sumadas, dejaban a la vista de la sociedad una burocracia miserable y enriquecida, que ni siquiera guardaba la lógica conciencia del ridículo. Engendraron bronca y ya dan pena, decadencia en estado puro, aplaudiendo en público su alegría de haberse enriquecido en privado. Como si la bonanza que vivían ellos fuera la misma que beneficiaba a todos.

Se imaginaban fundacionales, de pronto son sólo un resto histórico que genera vergüenza. Una muerte alcanzó para dejarlos desnudos, para mostrar que únicamente tenían talento para hacerse de los beneficios de la coyuntura, pero lejos estaban de entender y poder manejar las complicaciones de la crisis. Una muerte los llamó a silencio, los mostró repitiendo discursos obedientes, asustados del afuera y del adentro, una secta que al vivir la dulzura de los beneficios del poder se sentía superada por la dura realidad que se acercaba marcada por la muerte. Las cadenas mediáticas con las que la Presidente aburría no pudieron enfrentar el conflicto real de la vida.

Un Gobierno ocupado en espiar disidentes inventó servicios de informaciones que al final terminaron discutiéndole el poder. La secta ya no tenía autocritica, había roto su relación con la misma sociedad, la realidad le molestaba. Toda secta inventa su adentro para que la proteja de la realidad. Pero una muerte es demasiado para seguir jugando al distraído y los vientos que desnudan falsedades se les metieron por la ventana. Y entonces buscaron culpables lejanos: los medios de comunicación que los acusaban, las mafias que hacía rato habían renunciado a la crítica al ser invitadas al festín que distribuía el Estado.

Si ayer la vida al llevarse a Néstor les regaló una elección, hoy al llevarse al Fiscal los dejaba en el llano para siempre. En la buena todos somos expertos y aparentamos talento; en la difícil, las cosas son distintas.

Una muerte ya fue demasiado, y no supieron qué hacer. Vendrán otros a gobernarnos, ya era hora. Y esperemos que a quien sepamos elegir no practique el peor de los pecados, el de la soberbia. Ya los Menem y los Kirchner se pretendieron fundacionales e intentaron eternizarse en el poder. Necesitamos elegir al más humilde, al que sea capaz de dejar el gobierno, volver al llano y ser y sentirse uno más entre nosotros. 

Para nuestra lastimada democracia, la cordura es más necesaria que cualquier otra pretensión de inmadurez. Votemos al mejor, aprendamos a ayudar a la suerte.

Política y negocios

En principio, los empresarios y el mercado serían la expresión de la ideología de derechas y el Estado y su burocracia vendrían a ocupar el espacio de la izquierda. Todo esto sería en un principio, porque cuando la burocracia se instala impone reglas de juego para la acumulación de riqueza y poder que terminan siendo mucho más nefastas que las del mercado, que ya lo son y de sobra.

El problema central del juego del libre mercado es la concentración, eso que vivimos nosotros viendo como las farmacias, los bares y hasta los quioscos caen en manos de las cadenas, dejan de pertenecer a un hombre libre y emprendedor para caer en manos de capitales superiores que lo convierten en esclavo y terminan dominando a la sociedad. La concentración de los supermercados fue destruyendo carnicerías y mercaditos, eliminando el pequeño comercio y dejando a millares sin posibilidad laboral. El argumento liberal es que vamos a pagar más barata la gaseosa, la realidad es que terminan degradando la estructura de la sociedad. Y que no me vengan con el cuento de que el mercado lo equilibra, es falso, mientras la concentración no tenga límites el riesgo es del estallido de la misma sociedad. La ambición de los ricos no puede ser el único motor de la historia, es una forma superior de gobierno en relación a la corrupción de las burocracias pero siempre y cuando se les ponga un límite racional. Hoy vivimos el peor y más horrible de los escenarios, en el juego y la obra pública los negociados entre burocracia y empresariados corruptos generan un poder oscuro y delictivo que deforma tanto el capitalismo que dicen combatir como el socialismo que mienten intentar.

Europa es el lugar del mundo donde más se ha logrado edificar un capitalismo con justicia distributiva. Vendrán a decirnos que las colonias y otras guerras de ayer lo permitieron, pero sin lugar a duda la socialdemocracia evolucionó hacia una sociedad más justa. Los marxismos de Rusia y China retrocedieron a capitalismos sin democracia ni libertad, a capitalismos más mafiosos que democráticos, y cuando el actual Gobierno busca su lugar en el mundo lo hace más a partir de las limitaciones que resultan de su sueño autoritario que desde las necesidades de nuestra sociedad. La corrupción de las burocracias suele engendrar sociedades mucho más retrogradas que las que impone la desmesura del capitalismo. El crecimiento del Estado limita al sistema productivo en favor de la burocracia improductiva.

Cuando defienden a Cuba con una dictadura absoluta y la intentan justificar por el bloqueo, cuando olvidan los miles de militantes formados para exportar una revolución que fracasó hasta en su país de origen, cuando la supuesta lucha contra el imperialismo justifica posiciones irracionales, uno recuerda a los intelectuales del mundo defendiendo las atrocidades de Stalin. El cuento de asumir la corrupción para no hacerle el juego a la derecha, ese cuento termina siempre engendrando corruptos que siempre son de derechas.

Cuando con la pretendida teoría de los dos demonios niegan asumir la autocrítica que la guerrilla exige por haber matado en democracia, cuando degradan a los derechos humanos para llevarlos a ocupar el lugar de la venganza, cuando levantan el dedo acusador sobre el pasado personajes que ellos mismos carecen de dignidad en sus propias conductas, cuando todo esto sucede es que la burocracia intenta utilizar la excusa ideológica para erigirse en una casta explotadora de su propio pueblo. Y hasta dicen defender la división de poderes, nefasto, solo separan al Parlamento y a la Justicia como distintas áreas de obediencia al poder de turno. Cualquier parecido con la democracia es mera casualidad.

Terrorismos y barbaries

Nos duele lo de París, lastima esa demencia que no podemos entender, ese fanatismo que intenta imponer una forma de pensar, o mejor dicho, eliminar a los que piensan distinto. Y a nosotros, en especial, nos mueve a recorrer un pasado donde la violencia era un hecho cotidiano. Los vientos de la época que ayer llevaron a muchos a pensar que la violencia era un camino hacia la justicia, y hoy nos marca aquel terrorismo como una forma distante de otra cultura. La violencia contra las dictaduras se explica y justifica como una reacción lógica y en la misma medida cuando la guerrilla siguió actuando en plena democracia, merece y debe ser condenada.

Un fanatismo de moda impone dogmas y castiga debates. La supuesta teoría de los dos demonios daba por hecho que, siendo genocida la dictadura, no se podía discutir el lugar de la víctima, no se podía poner en tela de juicio a la guerrilla. La coincidencia lleva al acercamiento actual entre Cuba y los Estados Unidos y muchos -demasiados- de los que reivindican a Fidel Castro dejan de lado los años de la intención de exportar la revolución al resto del continente. Miles de jóvenes recibieron entrenamiento en la isla, miles de vidas se perdieron en una guerra absurda que no tuvo la menor posibilidad de triunfar en ninguno de los países donde se la intentó.

Cuba terminó en una dictadura que exportaba violencia. Cuando hoy escucho a tantos hablar del heroico pueblo que enfrentó al imperialismo, no tengo duda de que quienes festejan la confrontación dejan de lado o ignoran cómo la pasó el pueblo cubano o a qué costos se produjo y exportó esa revolución. Una cosa digna es enfrentar al imperialismo; otra, es justificar una dictadura a partir de esa confrontación y divulgar violencia para multiplicar la experiencia, y fracasar en todos los casos.

Viajé varias veces a Cuba, pude ver y vivir la evolución de ese proceso, la forma en que se iba perdiendo la mística a la par que se imponía la burocracia. Y en todos los hoteles se acercaba un funcionario a explicar que era necesario pagarles para transgredir las normas, al principio me irritaban y luego fui comprobando que era parte del sistema. Hablé con muchos cubanos que participaban del sueño revolucionario (nunca soporté Miami ni sus adictos), puedo decir que de Cuba me dolió y mucho su fracaso. Claro que peor que eso hubiera sido negarlo…

Ahora todos somos parte de Occidente, la violencia se asoma en otros mundos donde la religión sustituyó a la ideología, si es que uno olvida que las ideologías eran ateas pero se las vivía como si fueran una religión. Asombra ver que otros matan en sociedades donde lo que no se discute es la libertad. Y me parece absurdo que para ser de izquierda en nuestras tierras haya que hacer silencio sobre la dictadura de Castro y sobre los miles de muertos por expandir una revolución que ni siquiera tuvo éxito en su propia tierra. Y aclaro que conociendo Cuba uno entiende que la burocracia y la dictadura fueron para ese pueblo mucho más nefastas que el bloqueo del Imperio.

Se me ocurre que condenar a la distancia es más fácil que revisar un pasado cercano del que alguno de nosotros fuimos protagonistas. La barbarie que hoy vemos en religiones y fanatismos lejanos fue no hace tanto parte de nuestra realidad. Y sin duda hasta el momento no la analizamos con grandeza y sin resentimientos, con la distancia que necesitan nuestros hijos.

Cuando desarrollaban la guerrilla fuimos muchos los que les dijimos que ése era el camino equivocado. Resulta absurdo que la derrota largamente anunciada no conceda siquiera el derecho a discutir esos tiempos. Y lo que es peor, que se use ese pasado equivocado para lastimar hoy a la democracia que supimos conseguir. Hay muchos que no eran democráticos ayer cuando reivindicaban a Cuba y la guerrilla y tampoco lo son hoy cuando intentan deformar esa memoria. Muchos que ayer ejercían la violencia armada y algunos de esos que hoy la limitaron al daño de la palabra. Tiene de bueno que ya no lastiman a nadie, ya sólo se hacen daño a sí mismos.

Una democracia degradada, el legado kirchnerista

Vivimos una coyuntura donde los conflictos son demasiados y no se percibe un avance o una voluntad de superación. El conflicto es inherente a toda sociedad, pero el mismo puede ser la fuente de una tensión que nos impulse a superarnos o una reiteración que solo nos sirva para aumentar la sensación de fracaso. Lo grave es cuando quien gobierna utiliza al conflicto como la fuente de su poder y en consecuencia genera una tensión social que puede servirle al gobernante de turno sin que asumamos el daño que puede hacerle a la sociedad.

Vivimos divididos hasta para definir el momento en el que se iniciaron nuestros males, utilizando al pasado como excusa para no entrar al futuro. Algunos fijan el punto inicial de nuestras frustraciones en el golpe de Estado contra Yrigoyen, otros lo denuncian en la llegada del peronismo, los peronistas lo instalan en el golpe del cincuenta y cinco, y ni hablemos del debate sobre la violencia y los derechos humanos en los setenta. Nunca fuimos capaces de discutir en serio el tema de la violencia, pensamos que con la condena a la dictadura nos sacamos toda la responsabilidad de encima. El actual Gobierno, en lugar de convocar a un acercamiento de posiciones, nos invitó a discutir sin razón ni sentido alguno el monumento a Cristóbal Colón y el lugar de Roca en la historia. Instaló rencores donde no los había -en rigor, construyó la imagen de que en todo disidente se incubaba un traidor. Inventó enemigos nuevos y defendió sus pretensiones de burguesía feudal otorgando un espacio secundario a viejas izquierdas fracasadas que salieron a defender la corrupción como si fuera el germen de una revolución justiciera.

Es un gobierno que toma del peronismo sus peores momentos de confrontación, y cuestiona al Perón que vuelve con un mensaje pacificador. Asumen el lugar de los imberbes que Perón hechó de la plaza y convocan a los marxistas trasnochados, fracasados en el mundo, como defensores de una causa cuya única virtud es que les asigna un lugar en el Gobierno que jamás hubieran alcanzado a través de un proceso electoral.

Con relación al peronismo, es tan absurda la posición de los fanáticos que lo imaginan el único protagonista político valorable como la de aquellos que le endilgan al mismo todas las culpas de los males que sufrimos. Fue una etapa de nuestra historia, la expresión cultural de los que hasta ese momento no formaban parte respetable de la sociedad. Tuvimos la suerte de que Perón volviera a ser electo y convocara a la unidad nacional. Luego cada quien guardará los matices de su propia mirada, pero asumiendo que esas diferencias no pueden ser una razón para no convivir y compartir el futuro. El uso que de esa memoria hicieron Menem y los Kirchner poco o nada tiene que ver con sus propuestas. Mientras la memoria del peronismo arrastre votos, no faltarán candidatos que se amolden a su recuerdo. En realidad, el peronismo terminó con la muerte de su líder, si izquierdas y derechas se ocultan bajo su nombre es tan solo por la impotencia que tienen para construir sus propias fuerzas políticas.

Necesitamos superar las limitaciones mentales y sociales que nos va a dejar el Gobierno que transita su último año. Los que se dicen “herederos del modelo” son tan solo personajes que no quieren perder las prebendas que supieron conseguir. La idea del adversario debe imponerse a la del enemigo, asumir que el que piensa distinto es parte de la diversidad que requiere la democracia, que cualquiera que gane las elecciones va a poder transitar su mandato sin que ningún sector esté en condiciones de impedirlo. Me duele mucho cuando me dicen, peronistas o antis, que sin el peronismo no se puede gobernar. Me lastima que una causa que nació como un camino a la justicia social termine siendo el verdugo de la democracia. Los espacios de poder que genera todo gobierno terminan siendo el camino del éxito personal en una sociedad donde se fue extendiendo la sensación de fracaso. El oficialismo es la expresión de la burocracia contra los ciudadanos, los empleados del Estado se imaginan los dueños y señores del destino colectivo. Esa idea siempre terminó en fracaso.

La dictadura se llevó para siempre a la extrema derecha, esa que solo soñaba con eliminar a la izquierda. Pero nos dejó como pesada herencia un resentimiento que define a personajes menores que a cambio de odiar a la derecha se imaginan convertirse en izquierda. Debemos aclarar algunas cosas. Con solo decir que uno odia a la derecha,  reivindicar el suicidio del “Che” Guevara o pensar que la democracia es burguesa, nada de eso alcanza para que uno se pueda asumir ni progresista ni de izquierdas. Menos aún si creemos que por ser empleado del Estado o utilizar sus dineros en contra de los que producen uno se convierte en un luchador por la justicia. La burocracia se apropia de los dineros que el Estado tendría que usar para ayudar a los pobres y termina manteniendo a un montón de “vivos” que dicen ocuparse de los pobres cuando solo se dedican a parasitarles los escasos recursos que les pertenecen.

Solo comprometiéndonos con la política, solo defendiendo nuestras ideas, podremos superar este retroceso que implicó el oficialismo que agoniza. Necesitamos un esfuerzo más para dejar de ser una democracia degradada. Sepamos construir la autoridad que nos permita expulsar al autoritarismo. Es un desafío y una obligación.

Un año complicado

Eso fue este año, complejo de entender y de vivir. El oficialismo, que no se imagina a sí mismo como un partido que pueda tener derrotas, se dejó invadir por la idea de lo fundacional, y combatió con pasión a los disidentes, con la misma pasión que utilizó para defender a sus acusados de corrupción. Pareciera que el disidente es un delincuente y el acusado de delitos, un simple cómplice en apuros.

El Gobierno, mejor dicho, la Presidente, en todos sus discursos y actitudes, fue eliminando el espacio del centro, imponiendo la idea de que era una compulsa entre un kirchnerismo pleno de virtudes y una oposición ligada a los monopolios, el imperialismo y las corporaciones. El espacio del bien solo se instala en el oficialismo aplaudidor, el resto, somos ocupantes del oscuro mundo del mal, y en consecuencia, como en mi caso concreto, objeto de persecución personal. Y entonces se impone el análisis real y profundo del kirchnerismo y del tiempo que ocupó y de las consecuencias de su accionar. Nos obliga a poner la lupa sobre la “década ganada” o empatada o perdida para demasiados. Década montada en “el relato”, mirada sobre la realidad que tiene demasiado de autoritarismo y poco o nada de debate político.

Personalmente, opino que lo más negativo de este tiempo fue la división que se dio en la sociedad. Cuando Perón retorna al país, lo hace para pacificar, acompañado por toda la dirigencia de esos tiempos, y ya la guerrilla imagina el poder como el resultado de la confrontación. La violencia, pretendidamente revolucionaria, engendra una derrota militar que los Kirchner revierten en triunfo político a partir de sus necesidades de justificación. Insisto en que aquí se encuentra el nervio de la crisis actual: un gobierno autoritario encuentra en los restos de la guerrilla y del marxismo una concepción de lucha de clases que desvirtúa el pensamiento peronista. Perón convocaba a la alianza de clases, su encuentro con Balbín es esencial al futuro, es el único camino posible. El kirchnerismo se ensambla con una historia que no le pertenece ni le interesó nunca, y la convierte en la teoría defensora de sus desatinos.

El Gobierno es esencialmente anti-peronista. Claro que eso podía haber sido positivo si era un intento de superación del pasado, pero es nefasto ya que implica un retroceso a lo peor del ayer. Hoy es tiempo de preguntarnos cuántas vidas se llevó el sueño de extender la revolución cubana al resto del continente, cómo los supuestos revolucionarios fracasaron y los reformismos fueron los únicos que aportaron mejoría a sus pueblos. Si izquierdas y derechas se reían de nuestra consigna “ni yanquis ni marxistas”, hoy ambas deberían asumir que los superábamos como conciencia historica. Que la tercera posición de aquellos tiempos es la única capaz de complementarse con “la tercera vía” que hoy expresa la avanzada ideológica. Con tantos elementos para recuperar del peronismo, buscar en marxismos fracasados la idea de la confrontación como camino hacia la superación es un absurdo y un sinsentido.

El año que se inicia tiene la marca del fin de ciclo. Soy de los que opinan que el kirchnerismo no va a poder sobrevivir a la ausencia del poder. Es, como el menemismo, un partido de gobierno. Al perder las prebendas que distribuía se queda sin vigencia. En todo caso, el kirchnerismo se puede convertir en un partido de izquierda más, desde ya con pertenencia inferior al diez por ciento. Cuando los oportunismos provinciales inicien su migración, será tiempo de contar las lealtades reales, esas que lo imaginan como algo parecido a un sistema de ideas, para mi gusto, desde ya sin propuestas ni logros dignos de ser recordados. Demasiadas provincias y municipios fueron menemistas cuando serlo daba votos, y repitieron su oportunismo con los Kirchner.  Esos políticos que solo sirvieron como funcionarios, esos que se adaptaron a todas las corrientes o modas que nos invadieron, esos no le aportan nada a la verdadera política, al debate de ideas que está pendiente en nuestra sociedad.

Por ahora la oposición está dividida, pero creo que lentamente la dirigencia o la sociedad van a optar por un opositor y lo van a convertir en el futuro Presidente. Allí comenzará el tiempo de destruir los daños del kirchnerismo, en especial la Ley de Medios y la degradación de la Justicia. Cuando termine este ciclo al menos sabremos que pocos son los dispuestos a defender un pensamiento, los que no se dejan arrastrar por el oportunismo.

Necesitamos que el próximo Gobierno recupere la noción de adversario, y eliminemos para siempre el poder nefasto de los que intentan seguir parasitando la idea del enemigo. El único enemigo vigente son ellos, los que viven de regar sus propios odios, los que hoy nos gobiernan. El resto, los adversarios que nos respetamos, somos la base de una democracia en serio, eso que hoy todavía tanto extrañamos.

Otra Cuba

El final de un conflicto histórico importante nos asombró hace pocos días. Obama y Raúl Castro habían roto un cerco que implicaba una limitación para la humanidad. Aquel bloqueo a Cuba le había conferido a esa experiencia socialista mayor trascendencia que la que había intentado quitar. Fidel, sucedido por su hermano, sobreviviendo después de la caída del muro, pero desde hace mucho ya sin nada para mostrar. Estaba el relato de los logros en salud y educación, los médicos que ayudaban a otros países, pero transitar esa sociedad era aceptar que el fracaso era ya un final indiscutible.

El bloqueo les había servido de excusa, pero no hace tanto que el resto del mundo comunista se había terminado cayendo solo, que el marxismo ayer imparable hoy no tiene donde ocultar sus limitaciones. Y los que intentan otorgarle un empate al resultado de la historia pueden darle al fracaso un premio consuelo, pero que los recalcitrantes del marxismo ateo le agradezcan al Santo Padre su gestión para acordar con el imperialismo, ese final no estaba en ninguno de los miles de textos que se llevó el sueño de la Revolución. Sólo la Santa Madre Iglesia puede convertir un final de ciclo en encuentro de paz.

Un debate absurdo nos somete a la cuestión de si ganó Cuba o si lo hizo los Estados Unidos, un resultado deportivo que olvida algunos detalles, por ejemplo las miles de vidas que se llevó el intento de extender la experiencia cubana al resto del continente. A ningún marxista se le hubiera ocurrido que el muro se les venga encima, a ningún militante revolucionario lo motivó la idea de que el socialismo terminara convocando inversores.

Los marxistas imaginaban un mundo donde el capitalismo retrocediera frente al avance del nuevo paradigma, y se me ocurre que la realidad no es ni parecida a esas esperanzas. El personaje nefasto de Stalin se dedicó a incendiar algunas iglesias imaginando que le tocaría a algún sucesor de sus ideas ocupar el lugar que con tanta solvencia ocupa el Papa Francisco. Se me ocurre que, cuando lo asesinan a Trotski, desnudan su concepción real de la revolución, que cuando lo instalan a Fidel como dictador lo hacen para combatir el bloqueo, pero quedan abrazados a una dictadura que terminó no pudiendo ser justificada por la supuesta justicia que decía prometer. Demasiadas condenas a las dictaduras de derechas para terminar en una experiencia de izquierda.

Cuba intentó exportar su revolución y educó a miles en las artes de la guerrilla. Decenas de miles de vidas están ligadas y entregadas en sus sueños expansionistas. Aquel modelo que se imaginaba digno de la admiración e imitación del continente, ese modelo terminó su agonía con el fin del bloqueo.

La idea del imperialismo como enemigo no alcanzaba para construir el socialismo como alternativa. Tener un enemigo no implica ser dueño de un proyecto, con Cuba se termina el sueño de la revolución que despreciaba el camino del reformismo. Y se cierra para siempre la justificación de la dictadura para desplegar el socialismo. Toda dictadura es un retroceso en el camino de la libertad, y si fuera cierto que la democracia es un logro burgués, habría que aceptar que la burguesía es más progresista que sus supuestos detractores revolucionarios.

Cuba fue una revolución social que fue mutando en dictadura marxista. Eran tiempos donde Rusia expandía su imperio estalinista, donde la China de Mao encaraba su revolución cultural. Tiempos donde parecía que el capitalismo retrocedía para desaparecer. De esas experiencias ya no queda nada, solo un grupo de nostálgicos que se conforman con explicar que fue un empate o que Cuba ganó por su dignidad. Esa mirada es posible si olvidamos el costo en vidas de ese intento de mundo revolucionario, si le echamos la culpa al bloqueo de las miserias que soportan, si le asignamos a la revolución el derecho a ser construida sobre las miserias del pueblo.

La burocracia de Fidel termina heredada por Raúl, la monarquía hereditaria sobrevive en la vocación de eternidad de las burocracias; la persecución al disidente se inicia en el asesinato de Trotski y se expresa en toda la vigencia de los servicios de información de la isla. El fin del bloqueo es un sello que se instala sobre esta última experiencia de dictadura marxista. Implica de pronto asumir que nuestro correligionario, el “Che” Guevara, puede quedar como la imagen de un héroe trágico, pero esa tragedia es ya un fracaso indiscutible. Y publican el apoyo de supuestos cuerpos legislativos donde por casualidad, no hay ningún disidente.

Cuba exportó su violencia revolucionaria, miles de vidas se entregaron a esa causa, pero este final desnuda el fracaso definitivo de la experiencia, muestra que fue el reformismo el que entregó avances a los pueblos sin necesidad de vidas ni guerrillas.

Y tantos escritos donde dan por sentado que Perón era reformista y el cubanismo, revolucionario, tantos señores que intentan deformar el pasado para darle a las minorías una supremacía sobre la conciencia de los pueblos; todo eso queda al desnudo como propiedad de una secta sin destino.

El peronismo tuvo aciertos y errores, pero “ni yanquis ni marxistas” era la consigna de la sabiduría, la que mostró que la teníamos más clara que la mayoría de los que se creían superiores.

Y en rigor, algo de lo nuestro puede y debe ser rescatado, lo único que sigue vigente es la propuesta de una “tercera vía”.

Y no es casual que tantos que siguen reivindicando la experiencia cubana acompañen políticas donde la democracia enfrenta al que piensa distinto como un simple disidente a condenar. Hay una concepción actual de los medios oficialistas y la justicia legitima muy parecida a eso que agoniza en Cuba. De esa caída del último muro todavía nosotros tenemos mucho que aprender.