Un suceso que demuestra que el kirchnerismo ya no es alternativa

Un viejo sabio me decía siempre: “Se debe mirar el proceso, no el suceso”. Eso a veces cuesta y mucho, es el famoso árbol que nos impide ver el bosque.

Hubo un festejo del Día del Trabajador que dio mucho que hablar y, para mi gusto, poco para pensar. La segunda vuelta fue entre Scioli y Macri, y sucedió algo importante: el derrotado por Macri no se convirtió en la primera minoría sino en el pasado -tan pasado que Ricardo Forster dice que quiere el fracaso del Gobierno. Debe imaginar -como algunos perdidos en la noche de la política- que si Macri se equivoca vuelve Cristina.

El acto del Día del Trabajador fue positivo porque mostró que el kirchnerismo ya no es una alternativa de la política nacional. Los discursos fueron mesurados y el centro del poder quedó en manos del anti-kirchnerismo, un buen dato para la democracia. Estamos atravesando un momento difícil, por eso tantos se refieren a la orilla de la que partimos con miedo al retorno, porque no ven todavía el horizonte al que nos quieren llevar. Los sectores trabajadores mayoritarios, los obreros de verdad, no se engancharon nunca con el kirchnerismo, que con esa estructura de clase media intelectual y resentida eran tan retrógrados que reivindicaban todavía la lucha de clases. El peronismo, o lo que queda de él, al menos no tiene nada de clasista y eso es importante. El acto fue masivo y fruto de una necesidad de la dirigencia sindical que sufre a diario la tensión y las exigencias de sus afiliados.

Esto no es soplar y hacer botellas; Cristina dejó una herencia nefasta, pero eso no justifica a Mauricio Macri subsidiar a las empresas petroleras con la excusa de ayudar a sus trabajadores. Los grandes grupos concentrados no son como los sindicalistas -no salen a la calle- pero vacían los bancos y nos saquean a diario. No estamos planteando un socialismo, solo que si no le ponemos un límite a la concentración económica esta sociedad va a sufrir demasiado. Macri no entiende que la principal función del Estado capitalista es defender los derechos de los más débiles y que el enemigo de los ciudadanos son los grandes grupos concentrados, esos que apenas vieron dólares en el mercado se los llevaron corriendo.

El sindicalismo actúa en nuestra sociedad como el partido de centro-izquierda que no tenemos. Aquello que intentó ser el radicalismo y luego la Alianza -que finalmente quedó en la nada- hoy lo expresan los sindicatos con rostros un poco más morochos. Aceptemos que llevamos dos décadas de retroceso y las dos en nombre del peronismo. La primera con Menem enamorado de los liberales y la segunda con los Kirchner con amantes marxistas. Dos décadas de retroceso en todo sentido, en patrimonio nacional e integración social, en educación y vivienda, en trenes y hospitales, en salud y donde queramos mirar. Somos una sociedad que viene retrocediendo desde los 70, que estuvo integrada como ninguna otra en el continente hasta el golpe del 76, y que luego fue acumulando fracasos en todos sus sectores.

El relato de Cristina era con mucho odio y discutible justicia, pero el discurso de Macri todavía no logra surgir, no atraviesa la barrera de los gerentes y los asesores, no logra la vitalidad necesaria para enamorar o al menos convencer. Estamos viviendo algo muy avanzado en relación al autoritarismo derrotado, recuperamos la democracia y comenzamos a discutir con pasión pero sin dogmatismos. Debemos entonces asumir la dimensión de la crisis y no caer en simplificaciones, no imaginar que con sólo combatir la corrupción tenemos un futuro digno. Necesitamos revisar la distribución de la riqueza en nuestra sociedad, producimos lo necesario para vivir todos con dignidad, pero hemos permitido concentraciones económicas que son antagónicas con la misma esencia de la democracia. Un capitalismo con dispersión de propietarios funciona; uno de avance desmedido de la concentración simplemente termina estallando.

Hay muchos enojados, imaginaban que Cristina se llevaba puesto al peronismo. Se equivocaron, era solo una limitación, un tope de izquierda aburrida. El acto sindical fue el estallido de alegría de una clase trabajadora que volvía, un poco burocrática, pero hasta el momento, absolutamente leal a sus representados. No son clasistas, no lo necesitan, ellos son en serio la expresión de su clase, la columna vertebral del peronismo. Y buena parte de ellos enfrento con valentía al autoritarismo kirchnerista, no recuerdo a ningún empresario compartiendo esa digna trinchera.

Los supermercados y los laboratorios, y cada una de las grandes telefónicas o empresas de cable, eléctricas o concesiones de peaje, todo ese invento que prometía inversiones y terminó en saqueo, todo eso debe ser revisado. El menemismo regaló propiedades y generó más deuda mientras que el kirchnerismo duplicó el juego y los empleados públicos; ambos lo hicieron en nombre del peronismo, pero en rigor eran sólo señores feudales portadores del virus del atraso.

Mauricio Macri tiene el apoyo de la gran mayoría, aún de muchos de los que salieron a festejar el Día de los Trabajadores, pero necesita asumir que si no impone el poder del Estado sobre los ricos está perdiendo la autoridad que necesita para pedirles sacrificios a los pobres. Los rumbos de la historia no los guían ni los proletarios sublevados ni los mercados inversores, son el fruto maduro de una dirigencia capaz de convocar a la unidad nacional y forjar un futuro entre todos.

No es fácil, al contrario, es muy difícil, pero estemos seguros de que no hay otro camino.

Macri y el desafío de generar trabajo

Una sociedad depende esencialmente de su grado de integración. Los marxistas imaginaron que ese objetivo sólo era posible a través de un Estado y su consecuente burocracia como poder superior. Tuvieron su tiempo de ensayo, parecían comerse al mundo y terminaron atragantados y derrotados en la caída del muro. Recordemos que tuvieron su tiempo de gloria, que el satélite Sputnik y la perra Laika los mostraron avanzando más rápido que el resto. Pero la experiencia terminó en derrota.

La iniciativa privada se mostró mucho más eficiente que la burocracia degradada en “dictadura del proletariado”. En Rusia y en China todo terminó en el poder de las mafias. La experiencia estalinista nacional y popular transitaba hacia el mismo destino. Habría rusos y chinos parecidos a Cristóbal y Lázaro, esos mandaban, y también un diario -Pradva- que explicaba las bondades de la revolución. Esos aplaudían, “casas más, casas menos, igualito a mi Santiago” diría el poeta.

En nuestra sociedad quedaron vigentes dos propuestas de “derecha”: la de Scioli, detrás de quien se ocultaba la peor y más corrupta burocracia, y la de Macri, que es una derecha democrática que piensa como vive. Hay muchos gerentes que me generan bronca por sus limitaciones mentales de ejecutivos -claro que algunos burócratas delincuentes explicando los avances desde su obediencia a discursos llamativamente incoherentes, eso sí me obligaba a enfrentarlos.

Martinez de Hoz ponía un banco o una financiera en cada esquina, hijos de una oligarquía parasitaria sólo conocían el negocio de la renta. Cavallo y Dromi imaginaban con Menem que privatizando el Estado estaban convocando a la bonanza. Y los Kirchner se enamoraron del juego, la obra pública, ambos para ellos y el empleo del Estado para la burocracia propia y el subsidio para el caído del sistema. Fue un típico modelo de señor feudal que impuso la novedad de convocar a las agonizantes izquierdas y convertirlas en su defensora a cambio de una cuota secundaria de poder.

Ahora Macri sueña con las inversiones; en rigor usan la palabrita abrochada a otro concepto que quedaría así: “inversión extranjera”. Nuestra tierra es muy buena para hacer fortuna pero a nadie se le ocurre guardarla por estos lados. La supuesta maravilla de la inversión casi siempre viene a comprar lo que ya tenemos y terminamos como Cavallo, todo igual pero en manos extranjeras y más endeudados que antes.

Las sociedades se piensan, no son el fruto del despliegue de las ambiciones de los ricos. El Estado debe tener objetivos, quienes gobiernan necesitan proponer un proyecto tomando en cuenta todos los elementos en juego desde las capacidades a las necesidades. Si Japón o los países de Europa se hubieran manejado como nosotros ya habrían desaparecido del mapa. No logramos una dirigencia que ponga las necesidades colectivas por encima de sus ambiciones individuales. En rigor, hasta hoy no tenemos dirigencia con decisión de trascender.

Cada supermercado elimina decenas de pequeños y medianos comerciantes, cada cadena de farmacias, confiterías, librerías y hasta quioscos va disolviendo las redes sociales y convirtiendo clase media con iniciativa en clase baja dependiente de capitales concentrados. Los ferrocarriles y las eléctricas fueron “privatizaciones falsas para concentrar subsidios y corrupción”. Somos capaces de exigirle a los que apenas llegan a fin de mes sin siquiera revisar los números de las grandes empresas que no compiten con nadie que sólo nos esquilman a todos. ¿Y los peajes? Eran para invertir en rutas y terminaron en manos de vivos que cortan el pasto. El capitalismo tiene dos enemigos, el tamaño desmesurado del Estado y la concentración ilimitada de lo privado.

A veces la inversión genera trabajo; otras –muchas- lo destruye. A veces el subsidio ayuda al necesitado, otras –muchas- lo convierte en un marginal de la cultura del trabajo. El subsidio sin conciencia social termina generando clientela electoral para las burocracias que parasitan la pobreza. Mucho de eso es lo que hizo el kirchnerismo, los colectivos que acompañan sus encuentros son una muestra que desnuda su vocación de burocracia que vive de los necesitados.

Llegamos a fabricar aviones, desde ya vagones; los dos últimos gobiernos compraron hasta los durmientes, la comisión de comprar afuera era más atractiva que el trabajo que se generaría adentro.

El autoritarismo burocrático kirchnerista es un nivel de conciencia más atrasado y retrogrado que todas las limitaciones gerenciales y empresarias que muestre el macrismo. Si hubiera ganado Scioli con los burócratas pseudo-izquierdistas pero enamorados del poder y el dinero, si eso hubiera sucedido, es complicado imaginar donde andaríamos ahora. Estamos en un gobierno democrático y conservador. Es el mejor camino hacia un progresismo en serio -de verdad- como tienen los uruguayos o los chilenos, izquierdas democráticas, progresismos sin fanatismos; en fin, sociedades que avanzan sin necesidad de dedicarse a cultivar la enfermedad de la confrontación.

Necesitamos crear trabajo y eso implica forjar entre todos un proyecto de sociedad. Para los liberales esto es un exceso de prospectiva, para los que por suerte se fueron, una excusa para someter a los que piensan distinto. Pero estamos necesitando pensar juntos, al menos los que no tenemos dogmas ni jefes absolutos, los que creemos en las instituciones. Solo entonces encontraremos como integrar a los caídos, que son muchos, demasiados.

Cuando la intermediación derrota a la producción nacional, entramos en una etapa de retroceso y decadencia. El comercio no da un modelo de sociedad, propone tan sólo una estructura de negocios. Bancos ricos y ciudadanos pobres. El problema no es la supuesta inversión, necesitamos repensar nuestra realidad y que la riqueza vuelva a distribuirse de manera más equitativa. Cuando el Estado no les pone límite a los ricos estos terminan siempre siendo grandes fabricantes de pobres.

La decadencia de ser kirchnerista

Recuerdo en nuestra juventud cuando los del Partido Comunista y alguna otra variante del marxismo nos aclaraban que si ganaban ellos clausuraban la democracia. Lo contaban y lo copiaban de los países que decían imitar. Era un juego perverso: si ganás vos, te pido libertades y derechos; si gano yo, la cosa cambia, soy dueño de la verdad y te la impongo de manera definitiva. Y uno se quedaba con alguna duda. Ser democrático implica aceptar a todos, pero el limite y es no permitir que jueguen los que no aceptan las reglas.

Algo parecido me pasa con los kirchneristas. Cuando ellos gobernaban no me dejaron pisar la televisión pública -eso sí, no perdieron oportunidad de utilizarla en mi contra-y ahora que fueron derrotados en las elecciones, se hacen los ofendidos y los perseguidos en Radio Nacional y en el canal oficial porque no se los respeta como se debe en una democracia. Uno se queda dudando, si será que tienen algo de razón o si simplemente nos toman de idiotas. Nos corren con el cuento de la Dictadura -digo cuento porque ellos en su mayoría no tuvieron nada de dignos- y se suben a la tribuna la Señora Cristina y el prócer de la amplitud de límites, el doctor Zaffaroni, y nos dan discursos revolucionarios, ellos, abogados que jugaron a los distraídos en la difícil y ahora, en la cómoda, se compraron una patente de heroísmo tardío. La tía Alicia Kirchner estaba colaborando, los Kirchner perseguían deudores, los Zaffaroni juraban por la causa y todos juntos nos explican cómo es el camino del heroísmo.

Y ni hablemos de los del PC, esos que lograron zafar a partir de un pacto con el mundo comunista que trasmitía por Radio Moscú mensajes tan revolucionarios como uno que jamás olvidaré, y decía, “los sectores progresistas de Videla y Viola”.

Y además, andan pidiendo que los Estados Unidos y la Iglesia abran los archivos para ver qué pasaba; eso sí, los que conducían la guerrilla, ellos no tienen ningún archivo que desnudar. Ellos no tienen obligación de nada, ni de autocrítica ni de otro deporte que el de jugar a la víctima. Y lo peor, que en ese juego se mezclan muchos que practicaron el oportunismo de ayer y el de hoy, como  Zaffaroni, cuyas condiciones son tan amplias que le permiten jurar por los principios que el poder imponga en cada momento. Los otros, los que defendemos una causa, esos somos los giles que molestamos a los catedráticos de la agachada.

Ahora vienen con la cantinela que “Macri es de derecha”, como si Scioli fuera la avanzada de la cuarta internacional marxista. Macri es democrático, en consecuencia mucho más avanzado que los kirchneristas, gente además es autoritaria y corrupta. Tanto cacarear con la Ley de Medios y no derogaron un convenio firmado por Domingo Cavallo que les permitía a las empresas de Estados Unidos comprar medios aclarando que nosotros no podíamos hacerlo allá.

La verdad es que, esta gente, cuando gana te oprime y cuando pierde te acusa. Menos mal que el peronismo -o lo que queda de él- se va corriendo, y se quedan solos como fanáticos de una revolución que entienden ellos porque sin duda son los únicos beneficiados.

El kirchnerismo es un partido de burócratas enamorados del poder que no tienen ninguna coherencia ni lógica. Hemos recuperado la democracia, ahora debemos dentro de ella luchar por la justicia social. Y eso no es tarea de fanáticos ni de burócratas, es responsabilidad de una sociedad democrática y de opciones políticas que se respeten.

Perón nos pedía “no sean ni sectarios ni excluyentes”. El viejo era tan visionario que nos estaba previniendo para que no terminemos cayendo en la peor de las decadencias, la de ser kirchneristas.

La agonía del pasado

La política es el reflejo más expresivo de la situación de una sociedad. En nosotros, cualquiera de sus versiones desnuda nuestra absoluta pobreza. La ambición deglutió a las ideas, la viveza ocupo el espacio de la inteligencia, la queja y el resentimiento fueron haciéndose cargo del lugar de la esperanza.

Néstor Kirchner era un constructor ambicioso pero detallista, capaz de armar un poder enorme que heredó y malgastó Cristina. Un juez exagera su salida del letargo y nos enfrenta a una presencia agresiva del pasado. Cristina, experta en provocaciones, intenta transformar la acusación en un retorno político. Todo es patético: las multitudes soñadas son amontonamientos agresivos, los colectivos siguen siendo imprescindibles, el discurso que intenta convocar aliados olvida que se refiere a los que desprecio desde el poder. Todo transita la secuencia de los que no le asignan importancia a la realidad.

Un ejército derrotado por muy poco se anima a convocar a sus guerreros sin asumir que al hacerlo estará delatando la magnitud de sus desertores. Una congregación de amantes del poder transita el llano convocados por la ilusión de que la derrota sea pasajera. Todo se convierte en ficción, las multitudes que no vienen, el pasado que no retorna, el futuro que se preocupa en ignorarlos. Ellos imaginan forjar su fortaleza en las debilidades de la democracia vigente0; ignoran que esa debilidad relativa es solo aparente, que además de quienes gobiernan hay una sociedad que se va acostumbrando a la democracia y a la libertad, y eso deja los discursos de Cristina como piezas de museo pero también como duros recuerdos de antiguas pesadillas.

Cristina le habló a sus fieles seguidores, a esos que fue convirtiendo en una secta. Podemos imaginar cuántos sintieron rechazo frente a este acto de iniciados, donde a nadie se le ocurrió en seducir adversarios. El fanatismo en el poder impone miedo, pero en el llano solo engendra desprecio. Gastan plata y energía en espantar votantes, fruto indiscutible de la soberbia convicción de los sectarios.

La fe es necesaria en la religión, la pasión es imprescindible en el deporte, la razón es necesaria en la política. Los dogmas solo expulsan a los que dudan y los fanatismos derrotados son tan solo convocantes del resentimiento. La presencia de Zaffaroni junto a Cristina mostraba a las claras que hasta la confrontación con la Dictadura fue un invento para convocar distraídos. Ya no son mayoría, y ni siquiera son coherentes.

Ayer Cristina nos mostró un pasado del cual ella misma nos ayudó a alejarnos. Solo quedó claro que eligieron el camino del partido pequeño, sectario y excluyente, de la fuerza de los que se creen superiores, vanguardia iluminada. Hasta algunos sintieron miedo, para la mayoría resulto patético, y, para ellos solo dejó en claro la decisión de no volver más al poder. Después están los logros y desaciertos del nuevo Gobierno, pero esa si es harina de otro costal.

Una degradación al servicio de los peores delitos

En la vida recorrí demasiadas ideologías, creencias y pasiones. Hubo un ayer donde “la causa” era una pertenencia obligada de una generación de jóvenes dispuestos a transformar el mundo. Católicos o ateos, trotskistas o marxistas, derechas o izquierdas, recorríamos las ideas como el territorio obligado del compromiso político. En el 73, electo diputado, pasé más de un mes en la Cárcel de Trelew, con detenidos que solo encontraban en la violencia la vía al futuro. Acompañé desde allá a los dos primeros aviones de liberados; viví de cerca el conflicto con la democracia de muchos de aquellos que la imaginaban un despreciable rumbo reformista. Tengo horas de charlas y discusiones con militantes románticos más atravesados por la voluntad de entrega cercana al suicidio que por la misma ambición de poder. Eran muchos grupos -algunos pequeños- donde el “Che” Guevara era imitado por demasiados; y luego las infinitas tesis que debatían los caminos hacia la toma del poder.

Nunca acepté el ejercicio de la violencia y tampoco dejé jamás de ayudarlos en sus dificultades, pero nunca en sus demencias. Conservo hoy la amistad de muchos de ellos, de los mejores, los que jugaron fuerte y no cayeron nunca en la tentación de vivir de los recuerdos o encontrar un destino en el simple victimizarse.

Hasta a los del Partido Comunista de otros tiempos, los de en serio, tuve como amigos; a su conducción de entonces, Fernando Nadra, le presenté un libro en plena Dictadura. El sueño de la revolución era un espacio infinito donde todos sabíamos respetarnos y ayudarnos, y también intentar enfrentar los errores. Cuando volvió la democracia ya hubo algunas deserciones, románticos transformados en triunfadores económicos, antiguos guerreros devenidos en ricos ambiciosos. El menemismo se llevará algunos otros, y luego, este triste final del kirchnerismo, ese espacio que arrastra historias pero también lastima y mucho al volverse tan difícil de entender.

Mi comprensión fue amplia, tanto como mi capacidad de asombro. Jamás estuvo en nuestros debates la caída fatal del mundo comunista, solo estaba el peso místico de su expansión ilimitada. El marxismo ateo jamás soñó ser derrotado para siempre por la fe, el Papa y el capitalismo. Pero esa es la realidad, un Presidente del imperio nos visita después de cerrar con su saludo la última etapa del pretendido y agresivo socialismo.

Y en esa apabullante realidad, el kirchnerismo se convierte en una convicción absurda e incomprensible que amontona ambiciones económicas desmesuradas y las mezcla con restos fósiles de lejanas militancias derrotadas. Y ahí si mi comprensión se cierra, es imposible como absurdo imaginar que semejante cambalache de negocios y prebendas pueda terminar ocupando el lugar de suplente del viejo espacio de los sueños de ayer.

Siento que todo fue comprensible y hasta explicable, menos el kirchnerismo, ese me supera por lejos, me deja un aroma a sin razón, o simplemente a mera justificación de un poder permisivo que les dio un lugar a algunos sobrevivientes dispuestos a dejar de lado sus mismos sueños y también la dignidad.

Siempre queda la historia: ni los Kirchner ni sus aliados se jugaron jamás en la difícil, lo permanente fueron los negocios, el juego y la obra pública, y lo casual fueron los derechos humanos, recuperación tardía y deformada que dejó fuera del respeto colectivo a lo más digno que habíamos logrado forjar. Como diría el viejo Discepolín, “Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida”. En ese espacio quedaron amontonados viejos sueños con algunos bohemios y mayoritarios personajes hijos de la más espuria escuela de la ambición.

He transitado el desafío de cruzarme en los caminos de muchos apasionados por forjar un mundo nuevo; a muchos los pude llegar a comprender, a otros ni siquiera lo intenté pero jamás deje de respetar y hasta a veces admirar su compromiso, pero al kirchnerismo no le quedó un lugar en mi pretendida amplitud mental. Para mi gusto, lo esencial fueron los negocios, y los discursos tan solo una cobertura de los mismos. Los discursos y las pretensiones progresistas y hasta izquierdistas nunca fueron reales.

Eligieron como enemigo al disidente y se convirtieron en cómplices de todos los negociados. Solo pensar y opinar distinto fue motivo de persecución; el resto, capitales concentrados e injusticias varias, esas no fueron tocadas en la misma medida en que los que saquean suelen hacer silencio para no llamar la atención. Y eso fue el kirchnerismo, al menos para mí, una degradación de la mística al servicio de los peores negociados. El kirchnerismo fue una enfermedad pasajera de la política, oscuro fruto de la peor enfermedad, el autoritarismo, que puede engendrar el poder. Hoy gobierna la centro-derecha y respeta la democracia. Esa y no otra fue la razón por la cual el capitalismo derrotó a sus enemigos. Por eso ganó Macri, por eso lo volvería a votar, y en ese espacio necesitamos exigir y forjar ahora el camino democrático hacia la justicia social. Ese que si hubiera ganado Scioli nunca se habría vuelto posible.

Cristina nos dejó una secta como legado, un conjunto de personas que necesitaban creer en algo, y como toda secta es inmune a la realidad. Los delitos quedan al desnudo, los fanáticos siguen aplaudiendo; es bueno que lo hagan, solo tienen vedado pensar.

El poder político vs. el poder económico

En las sociedades con estados débiles, las grandes empresas intentan imponerse a todo, incluso al poder del gobierno de turno. Desde la Dictadura, y acrecentado por Carlos Menem con su dupla de delanteros Domingo Cavallo-Roberto Dromi, hay dos fenómenos que nos conducen al atraso: la desnacionalización de las empresas y la concentración y la expansión de las corporaciones. La nefasta Dictadura tenía la consigna: “Achicar el Estado es agrandar la Nación”. Claro que en esa definición quedaba de manifiesto que el Estado somos todos y la supuesta nación son sólo ellos.

Mientras el Estado no imponga su poder por sobre las corporaciones, los ciudadanos estamos sometidos a una lenta agonía en decadencia. Pocos países del mundo hubieran permitido que los laboratorios subieran más de un veinte por ciento sus productos sólo para cubrirse en la demencia de su ambición. Lo mismo podemos decir de los supermercados y demás poderes concentrados. Vino un Gobierno que se acerca a sus ideas, si es que usan esos vicios y se largan como salvajes a la desmesura. El Gobierno tiene una parte boba o atontada que imagina que existen las leyes de la mano invisible del mercado. Los privados le hacen un corte de manga, lógica reacción de los mercados. Nuestro capitalismo es salvaje. Los buenos fueron a la quiebra por creer en el sistema, los sobrevivientes son el hampa de la ganancia, no tienen ley ni señor y si Mauricio Macri no asume que nada les importa del conjunto, va a terminar debilitado por aquellos mismos a los que intenta o imagina representar. Continuar leyendo

El problema con el progresismo argentino

Hubo un mundo en un tiempo donde el comunismo avanzaba y parecía imparable. Fue un comunismo que imaginaba a la democracia como un simple prejuicio pequeño burgués. Stalin asesinó a Trotsky, pero con él también a todo sueño revolucionario. Cuando Obama nacía, Fidel hacía ya dos años que gobernaba Cuba. En los países nórdicos el socialismo logró envidiables niveles de justicia e integración social. El comunismo en su caída dejó las marcas de las mafias y las corrupciones de la peor injusticia.

Los que se imaginaban de avanzada al abrazar la violencia ayudaron a los portadores del atraso a justificar sus masacres. Hubo algunos que nos contaron la historia del sueño de “agudizar la contradicción”, luego lo hicieron más simple, dijeron que “cuanto peor, mejor” y decenas de teorías –todas- conducentes al fracaso. El sueño marxista cayó convertido en pesadilla capitalista, Obama nos visita luego de pasar por Cuba donde sin duda el modelo de la revolución hace aguas por todos lados. Estar en contra del capitalismo no alcanza para tener un proyecto, gritar “abajo el imperialismo” es una manera ridícula de asumir la dependencia económica y cultural.

En Uruguay, la izquierda fue guerrilla, revisó sus errores, se convirtió en gobierno y sigue ganando elecciones con logros objetivos en la integración social. En Chile, la izquierda es parte de un frente y lo conduce; es democrática, tuvo su derrota, recuperó el poder. En Bolivia, Evo tuvo aciertos indiscutibles, deja una inflación anual casi idéntica a la mensual nuestra, le negaron la reelección, la democracia no está en discusión.

Nosotros tenemos complicados problemas con el progresismo o la izquierda (o como lo decidamos nominar). Arrastramos el tema de los derechos humanos como si con ello alcanzara para hacer justicia con los necesitados. Nunca la guerrilla asumió una autocrítica; le pedimos que abran los archivos a la Iglesia y a los EEUU, como si la conducción montonera sobreviviente no tuviera ninguna obligación de explicar sus actos.

Desde el Golpe al imperialismo, siempre la culpa la ponemos afuera. No hay dos demonios, el demonio es el otro y la virtud es de mi propiedad. En el triunfo electoral de Cristina, Binner era el segundo, el progresismo disperso era absoluta mayoría. Hoy gobierna un partido cuya virtud esencial es ser democrático, eso que la izquierda desprecia y las sociedades valoran y necesitan, eso que no permitió Stalin, ni Mao, ni Fidel; esa libertad que sigue siendo más necesaria que los pretendidos autoritarismos revolucionarios.

Nuestras izquierdas y progresismos no logran constituir un frente, siempre eligen volverse más duros y menos populares, casi ni se interesan en seducir a las mayorías, se sienten bien en el lugar de vanguardia iluminada que termina ayudando a la misma derecha a ocupar el gobierno. Cortan las calles para asegurar que la sociedad no los vote, dicen enfrentar al imperialismo pero terminan enojados con su pueblo y sin espacio para lograr mejoras.

La caída del comunismo marca que la democracia es un bien esencial al presente; si las izquierdas no lo asumen dejan de ser una opción electoral, se vuelven simples anquilosados conservadores superados por el progreso.

El debate entre reformistas y revolucionarios está agotado. El reformismo se impuso en forma definitiva, la única revolución posible está en las urnas. Y entonces nuestras pretendidas izquierdas y progresismos están obligados a forjar un frente electoral y estructurar una relación con la sociedad que busque seducirla y no tan solo agredirla y desvalorizarla.

Militantes son los que están al servicio de los necesitados, no los que se sirven de sus necesidades. Necesitamos limitar las ganancias de los grandes grupos monopólicos, las telefónicas y las petroleras, los laboratorios y los supermercados. Una izquierda madura debe convertir esta necesidad en propuesta digna de ser votada, no en resentimiento y en queja carente de todo sentido político.

La única revolución posible es apoyar el reformismo electoral, no hacerlo ni entenderlo termina sirviendo a los intereses que dicen enfrentar. Si la derecha gana las elecciones y la supuesta izquierda y el progresismo se dedican sólo a cuestionarla, el triunfo de las corporaciones es definitivo.

Mientras la riqueza no tenga límites, tampoco los tendrá la miseria. Limitar las ganancias de los monopolios es el único objetivo que nos acerca a la justicia social. Es necesario abandonar el espacio del resentimiento y forjar propuestas que expresen las necesidades populares. El resto es mero folklore.

El pasado y la autocrítica

Es mucho tiempo para haber aprendido tan poco. La dictadura fue la peor de la historia; fuera de ella, ni la política ni la guerrilla estaban a la altura de las circunstancias. Hacer justicia con la dictadura es tan imprescindible como absurdo que con sólo eso nos saquemos las culpas de encima. Son cuarenta años y Cuba recibe a Barack Obama, ese paraíso que generaba violencia para nuestro continente se disuelve con dignidad, pero no por eso menos derrotado.

Aquel golpe cayó sobre una sociedad políticamente desvalida y con una guerrilla convencida de que el verdadero poder estaba en la boca del fusil. Noches debatiendo sobre el seguro fracaso de la violencia; fuimos dueños de un importante espacio en la democracia, donde los guerreros derrotaron a los políticos y terminaron imponiendo el terrorismo. El fracaso de la violencia era absolutamente previsible para cualquiera que no se dejara llevar por el fanatismo.

La izquierda cabalgaba sobre la ilusión del fin del capitalismo; nunca imaginamos que el condenado era el comunismo. El materialismo se concebía como el dueño del futuro, las ideologías no aceptaban siquiera la permanencia de las religiones. Los católicos eran perseguidos como expresión del atraso en la Unión Soviética como en la misma Cuba. Los sueños de la rebeldía terminaron siendo las pesadillas del fracaso. Con el paso del tiempo, Stalin se parecía demasiado a Adolf Hitler; las dictaduras eran simples coberturas de las pretensiones ideológicas y las vidas humanas no eran respetadas donde el líder sustituía a la democracia. Continuar leyendo

Recuperamos el diálogo y la sensatez

No es cierto que el poder corrompa; el poder delata, desnuda. Es el atributo que vuelve trasparente al que lo toca. Y eso viene con un agregado: a su servicio se adapta la gran mayoría de sus fieles seguidores y, tratando de lograr beneficios de la coyuntura, profesan el más brutal oportunismo. En una sociedad con instituciones y convicciones pasajeras los gobiernos se sienten eternos, nacen soñando reelecciones. Y los círculos rojos o los otros, inventan herederos para tocar con la vara del futuro al más mentado mediocre de turno. Omnipotencias coyunturales que terminan en atroces soledades signadas por los fármacos antidepresivos. Si la gloria del mundo es pasajera, la que genera nuestra política sin ideas ni coherencias, sin dignidades ni proyectos, solo es permanente en lo que se puedan llevar para sus cuentas ocultas. Cuando dicen robar para sostener la política, están asumiendo que usan la política solo para poder robar.

La política solo es posible cuando surge una clase dirigente, un grupo de personas dispuestas a trascender la coyuntura, a imponer el destino colectivo por sobre sus intereses individuales. Eso implica asumir que la suma de ambiciones individuales no se convierte en un rumbo colectivo, que solo el Estado puede armonizar las ambiciones con las necesidades. Y eso va mucho más allá que el autoritarismo de las burocracias y el liberalismo de los gerentes. Eso está en el espacio de la política, ese arte del que tanto hablamos y tan poco talento le dedicamos.

Estamos refundando la democracia. Pasar de una cadena oficial sin otro sentido que imponer el autoritarismo a una sociedad donde el debate de ideas nos ha sido devuelto como un símbolo de la libertad, es un avance que todavía no terminamos de valorar. Pasar de la triste dialéctica entre una Presidenta autoritaria en cadena oficial y una tropa de aplaudidores con pasión deportiva a tantos opinando distinto para construir un rumbo común, es mucho más de lo que la mayoría de nosotros soñaba con recuperar. Los votos fueron pocos para definir un cambio que terminó siendo tan profundo que aterra el solo imaginar cómo estaríamos viviendo si hubiera ganado el oficialismo.

Discutí con demasiados mi tesis de que el kirchnerismo era tan solo una enfermedad pasajera del poder no mucho más decadente que el mismo menemismo. Lo malo es que mientras Menem convocaba a la frivolidad, los Kirchner vertebraban corrupción con resentimiento, un atroz capitalismo de amigos acompañado por los restos de viejos revolucionarios dispuestos a abandonar los principios a cambio de las caricias del poder. Y hasta algunos jóvenes imaginaron encontrar en esos desvaríos una noble causa para encausar sus pasiones. Y ahora, en su patético desarme, aparecen los que cuentan los dineros y dirigen los negocios frente a la ausencia de los que pretendían ser portadores y custodios de las ideas.

El kirchnerismo vive la metáfora de un naufragio donde alguien gritó “a los botes” y otro agregó “los oportunistas con cargo y territorio deben subir primero”. Y aquellos que tenían pretensiones de permanencia, al perder el poder por poco, sintieron de pronto que su pretendida identidad los abandonaba para siempre. Y hasta lo patético de tantos diputados y senadores elegidos para votar sin pensar, gente de deslumbrante mediocridad, hasta algunos de ellos terminaron leyendo discursos y repitiendo muletillas que solo servían para dejar en claro que no estaban a la altura del lugar que ocupaban.

La dignidad no es un alimento de consumo masivo entre los ambiciosos, pero sin duda debería llevar fecha de vencimiento. Tomar distancia del kirchnerismo solo después de la derrota muestra en sus cultores una mezcla de velocidad de piernas con carencia de principios. Margarita Stolbitzer tuvo un lugar muy importante en todo este debate. Por suerte no fue la única, pero marcó que para apoyar la cordura no había que ser de derecha, que el verdadero progresismo no puede ignorar la realidad. Y se fueron aislando y desarmando esas mezclas absurdas de oportunistas de siempre con pretendidas izquierdas que apuestan a la vieja y suicida tesis de “agudizar la contradicción”.

Es cierto que Macri es la centroderecha, tanto como que es falso y grotesco imaginar que Cristina y Scioli tenían algo que ver con la centroizquierda. Primero estamos recuperando la democracia, el dialogo y la sensatez; luego estaremos en tiempo de debatir los rumbos ideológicos, esos que no tienen el más mínimo lugar en los paisajes del autoritarismo. Tantos años leyendo a Marx, a Mao y a Perón para terminar aplaudiendo a Cristina, hablan más de una rendición incondicional al oportunismo que del encuentro de una causa noble y digna de ser asumida.

Hay una izquierda justiciera que ocupa el lugar de los sueños y es imprescindible para gestar una sociedad más justa, y un conjunto de resentidos que imaginan que solo por tener un odio uno es propietario de una idea. El peronismo, si sigue teniendo vigencia, lo es solo en aquella propuesta que genera el respeto del que no coincide y opina diferente. El viejo General nos aconsejaba “no ser ni sectarios ni excluyentes”; sé que incito al enojo de muchos si lo interpreto a mi manera, el viejo General también en esto se adelantó a la historia y supo aconsejarnos para que no nos termináramos volviendo kirchneristas. Por no escucharlo nos reencontramos con el error. Sepamos ahora pedir perdón.

El estallido

Desde que tengo uso de  razón escucho cada tanto una amenaza de que “esto no va más” y, en consecuencia, algo va a pasar. Hubo tiempos en que las amenazas eran dos, el dólar y el golpe. Cuando se derrumbó el comunismo, ya no fueron necesarios los militares de derecha y entonces los golpes pasaron de moda. No así la sublevación social, esa que desde el inaugural “Cordobazo” acompañó en las teorizaciones de cuantos marxistas y violentos anduvieran sueltos, y bajo la batuta desafinada del Che Guevara sembraron vientos como si se ignorara el riesgo de terminar cosechando tempestades.  Toda esa mezcla de revolución e infantilismo engendró una interpretación del pasado por la cual, como todo acto de joven irresponsable, el resultado se explique desde la eterna teoría de que la culpa la tuvo el otro.

Y hoy, después de los ensayos de eternidad autoritaria que intentó el kirchnerismo, algunos de sus discípulos se dedican a tensar la cuerda de las dificultades forjando el sueño del fracaso oficialista y el retorno de ellos. Sin duda queda en claro que el sueño kirchnerista es la pesadilla del resto de los ciudadanos. Su pueblo no le votó la reelección a Evo que los deja con una inflación del cuatro por ciento anual y nosotros tenemos que acompañar a Diana Conti en el concepto imaginativo y revolucionario que describe al mal como un invento del nuevo gobierno. Continuar leyendo