Aquelarre

Las ideas suelen entreverarse, a veces por los cambios de la etapa, otras por la voluntad de ocultar intenciones. Y eso sí, nunca como ahora. Me siento peronista y cultor del progreso. Es de sobra donde dice que se ubica el gobierno. Pero, de pronto, convencieron a varios de que pertenecemos al sector Gorila y neo liberal. Y me lo dicen ellos, demasiados de quienes tengo duros recuerdos de oficialismos eternos. Ellos, como si hubieran vivido la dictadura en la clandestinidad o en la contienda, ellos que se enriquecieron cultivando el siempre rentable oficialismo.

Y se mezclan para protegerse, empresarios y sindicalistas que florecieron en la dictadura junto a algunos perseguidos a los que asignan un papel secundario. Aparecen como un cuerpo único y coherente, como si las ideas que simulan tuvieran la solidez de las prebendas que abrazan. Ellos que acompañaron, apasionados,  las privatizaciones por los supuestos logros que prometían, nos decían que eran para todos pero sabían que de seguro solo les tocaba a  ellos. Expandieron el juego con la misma pasión que el peronismo la industria Flor de Ceibo o el Frondizismo la industria pesada. Y se iban endureciendo en sus posiciones mientras se enriquecían en sus propiedades. Cada vez más enriquecidos por las prebendas y más agresivos por las supuestas acciones “justicieras”. Empresarios, sindicalistas y políticos de probada capacidad de adaptación a  gobiernos y  modas construyendo el partido de los expoliadores del estado. Eso sí, como si los atacara una actitud culposa cada tanto distribuían dineros  para beneficiar a los que menos tienen.

El oficialismo permanente es un estado rentable del alma.

No es una agrupación apta para tímidos y vergonzosos, se necesita de espíritus duros templados en la forja de justificar lo que sea necesario o de adaptarse a todos los climas y obediencias. En el reino animal lo llaman mimetismo, en la intelectualidad autóctona lo titulan “revisionismo histórico”.  Es una manera de amoldar el pasado para permitir volver maleable el presente. El poder vale por sí.. Lo demás es solo un decorado circunstancial. Algunos fueron convocados por ser expertos en ese deporte de aplaudir al vencedor, otros tan solo se acercaron ya maduros y cansados de soportar las miserias de ser opositores. Un partido oficialista como columna vertebral y algunos cansados de confrontar, y hoy jugando de comparsa.  Todos juntos armaron el famoso kirchnerismo.

En los setenta la guerrilla ya era para la mayoría de los militantes una simple variante suicida y sin posibilidades de vencer. Pero el heroísmo de tantos de sus mártires fue convertido en bandera de derechos humanos, y en ese camino lograron degradar hasta lo más digno de esos tiempos.  No son ellos los únicos con derechos para revisar el pasado, pero son sin duda los más responsables de este desgraciado presente. Es hora de que se hagan cargo.

El dolor del dólar

El General llegó a decirle a la plaza “¿Quién de ustedes vio un dólar?”. Era cierto en ese entonces, sería absurdo hoy. Hubo quien dijo “el que apuesta al dólar pierde”, y finalmente fue el que ganó. Y el querido maestro Pugliese con su queja de que les habló al corazón y le respondieron con el bolsillo. El dólar es el reprobado en el curso de manejar el país.

Pasaron diez años y en esta despedida hay uno que plantea cambiar la capital; tiene avanzado el reloj de la ambición y atrasado el tiempo político. Ayer se sublevaron los conspiradores policiales, hoy los empresarios con la moneda, y el ministro de Economía volvió al micrófono para explicar que los mismos que ayer decían que valía uno hoy dicen que vale trece. Es el neoliberalismo, ese que infiltró a los policías y a los ladrones. “Deben ser los gorilas, deben ser”, era el estribillo pegadizo que dio origen al término. Si uno le pone un nombre al enemigo ya se puede quedar más tranquilo. Si los malos son ellos, queda claro que los buenos somos nosotros. Si somos el progreso es porque los demás son el atraso. Si mi ideología no logra conducir la realidad no queda duda de que la culpa es de la realidad.

El peronismo fue un pensamiento que nunca le tuvo miedo a ejercer el poder. Menem les entregó el poder a los empresarios y los Kirchner se guardaron lo importante para ellos y le dejaron lo secundario a los derechos humanos y los restos de izquierdas pasadas. Dicen ser progresistas, queda claro que ese lugar está bien ocupado en Brasil, Chile y Uruguay, nosotros sólo tenemos una versión del autoritarismo, que desde ya es otra cosa. YPF fue privatizada con los Kirchner como actores principales, expandieron el juego y las tragamonedas y dicen que son de izquierda por enfrentar al campo. El juego y la obra pública como rentas privadas del poder, una enorme lista de medios oficialistas con plata del Estado y una masa de empleados públicos como militantes: frente a todo esto, gorila termina siendo la realidad.

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De la Rua y la Justicia

Nuestra relación entre el delito que abunda y la Justicia que está ausente es casi siempre el espacio de una gran frustración. Arrastramos tanta injusticia que cualquiera sea el sentido de un fallo generará mayor condena social que la siempre escasa condena esperada.

Vivimos un sueño de venganza contra el poder que necesita condenados, y se me ocurre que en este caso imaginaban que si la pagaba alguno de los más democráticos luego le tocaría a los otros, los conocedores del uso y abuso de la autoridad.

Claro que si se vive como un partido de River contra Boca todo resultado nos va a dejar a una multitud en estado de frustración. La Justicia termina siendo un referí con tan malos antecedente que cada vez que suene su silbato lo imaginamos más culpable que la pena que intenta condenar.

El caso del Senado es muy especial. Primero porque, entre los manejos de Menen y Kirchner, que termine condenado De la Rua hubiera sido la peor muestra de impunidad. En segundo lugar, por la colaboración de muchos progresistas en la denuncia donde quedaba demasiado claro que eran tan valientes para enfrentar a los débiles como generosos para consentir los negociados del juego y la obra pública en manos de los fuertes.

Y en lo esencial, “las coimas del Senado” era un caso de corrupción sin empresarios, donde el Estado arreglaba sus cuentas en su propia interna, como si la corrupción común no pasara por los beneficios de los señores dueños del dinero. Como una culpa aislada del mismo Estado.

El gran arrepentido podía, sin duda, ser interpretado como dueño de un casual ataque de nobleza o partícipe de una nueva operación rentada en contra del poder de turno. Era un juicio montado sobre la debilidad del acusado en una sociedad donde el delito impera sobre la fortaleza y desmesura del poder.

Ni se me ocurre salir en la defensa de aquellos que estuvieron en el banquillo, tan solo poner alguna duda sobre las certezas de los que pusieron su grito en el cielo por la sentencia.

Insisto en que me dan asco los que miran al juego y la obra pública como denuncias sin fundamento de horribles enemigos “corporativos” y las coimas del Senado como pecados capitales.

Además de la Justicia está el sentido común, y nosotros sufrimos un sistema de corrupción permanente, de saqueo del Estado en manos de oscuros intereses privados.

Vivimos en una sociedad donde la corrupta relación entre el Estado y lo privado genera mayores riquezas que la industria y el agro.

Todo lo espurio termina gestando un Estado mafioso.

Ignoro en profundidad el tema de las coimas del Senado, pero no puedo dejar de pensar que poco o nada tenían que ver con la nefasta corrupción que nos gobierna.

Mientras los intereses económicos se impongan sobre los objetivos y las necesidades de la politica, mientras este sistema no tenga responsables presos, la democracia va a vivir en debilidad.

Las ideologías no pueden seguir justificando el vaciamiento del Estado.

Y es ahí donde necesitamos de una vez por todas la decisión de la Justicia.

Dos demonios

La teoría de los dos demonios está dando sus resultados. En su origen fue tan solo un recurso didáctico para separar la violencia del Estado y la peor derecha genocida de la originada en la revolución de la guerrilla. Era necesario analizar de manera distinta ambos fenómenos, en especial para condenar a la supuesta “reserva de Occidente”, que eran simples genocidas. Pero semejante demencia represiva no otorga lucidez a la víctima. Lo absurdo es que el peor de los demonios, el militar golpista, terminó dando una cuota de legalidad y virtud histórica a quien nunca lo hubiera merecido.

Los ministros de Seguridad, con el asesoramiento de conocidos cultores del odio a todo el que usa uniforme, fueron debilitando a nuestras fuerzas que decían conducir. Los uniformados de la democracia no pueden pensar lo mismo que los sobrevivientes cultores de la violencia. Y los que reivindican a la guerrilla, que nunca fueron capaces siquiera de tener una autocrítica y arrepentirse de tantos excesos, solo se sienten acreedores de la sociedad y le siguen pidiendo resarcimiento. Con semejante manera de pararse en la vida el absurdo hecho de que se ocupen de conducir a las fuerzas de seguridad no podía dejar de tener consecuencias.

Un gobierno convencido de que el poder esencial es el del dinero y la prebenda convocó a los fracasados de los setenta para que le presten una mística tan superada como discutible. El intento de inventar una supuesta izquierda o progresismo a partir de un origen feudal y autoritario termina devolviendo a nuestra sociedad a los temores del famoso 2001, del que tanto se habla por la misma razón de que dudamos haberlo superado. El sectarismo autoritario intentó amañar una democracia a su medida, con medios de comunicación y Justicia que de puro oficialista la denominaban legítima.

El fanatismo y la obsecuencia no suele convocar al talento, los errores agotaron la energía y las divisas, la seriedad y la paciencia. La dudosa moral de tantos personajes que ocupan los cargos cumple un rol disolvente en el intento de justificar la década como ganada en favor de la justicia social.

Y cuando nos hablan de década ganada uno siente que se refieren más a sus situaciones personales que a las mejoras de los necesitados. La rebelión policial está demostrando que estamos gobernados por ineptos, que los ministros intentan beneficiarse de los cargos sin siquiera saber qué piensan sus conducidos. La expansión de la crisis marca la debilidad del gobierno nacional. Ya habían intentado con la droga denunciar que tan solo se impone en las provincias donde los gobernadores no adhieren a la obsecuencia. Nada más autoritario que la absurda idea de cargar los males en los supuestos adversarios que para todo sectario se tratan como simples enemigos.

La triste idea de educar fuerzas armadas y de seguridad con los códigos anarquistas y desmadrados de los que insisten en “no criminalizar la protesta” está mostrando sus frutos amargos en el desorden de toda la sociedad. El orden es esencial a todo Estado y no está sujeto a veleidades ideológicas. Solo la ignorancia puede imaginar que la mano del Estado puede dividirse en blanda o dura, que individuos con la cara cubierta como simples delincuentes tienen derecho a agredir a las fuerzas del orden. Los delitos como los cortes de calles y rutas deben ser castigados con la cárcel y no convertidos en factores de negociación. La irracional idea de que el orden es de derechas y el caos de izquierda o progresista ha dañado demasiado a nuestra estructura social.

Ser de izquierda en la presente pasa por entender que debemos enfrentar la concentración económica, que mientras la riqueza no tenga límites tampoco los tendrá la miseria. Los Kirchner solo acordaron algunas leyes sociales que ni siquiera eran cuestionadas por el resto de la sociedad. La coyuntura generó los recursos y ellos cedieron solo una parte de ellos al necesitado. Demasiados fueron canalizados hacia amigos y camaradas.

Ninguna profesión humana puede ser conducida por individuos que desconocen sus códigos o, peor aún, que no respetan la profesión. La idea de que las fuerzas armadas y de seguridad guardan culpas más graves que los políticos que las conducen es tan falso como disolvente. Quienes carecen de estatura moral no tienen derecho a juzgar a nadie. Y menos aún a imaginar que detrás de todo uniforme se encierran defectos peores que en los supuestos militantes de dudoso pasado. Como solía decir el General Perón, “las instituciones no son ni buenas ni malas, dependen de los hombre que las conducen”, y en eso estamos.

Los civiles pueden conducir a los uniformados cuando son capaces de comprenderlos y tener valores que merezcan ser respetados. Ser capaces de conducir es poder contener al otro, y para eso no se necesitan provocaciones ni falta de respeto. Sentirse superior suele ser una limitación mental de los que son impotentes para serlo y echarle la culpa al otro de nada los libera, estamos viviente los resultados de una política, no hay conspiraciones, solo consecuencias.

La gravedad de lo que estamos viviendo se asienta en que es un fenómeno generalizado que demuestra que a la realidad no se la modifica con discursos, se necesita además experiencia y grandeza. Y eso es lo que realmente está faltando.

Militante

Especie en extinción.

Se alimentaban de ilusiones, y poseían la sonrisa de los dueños del futuro.

Modelaban al mundo por las noches, lo salían a forjar cada mañana.

Nacieron entre libros y mandatos para el éxito, se doctoraron mezclados con su pueblo.

Tenían la ambición de trascender, el egoísmo de los que se olvidan de sí mismos, una entrega absoluta hacia el mañana.

Felices sólo en el esfuerzo del hoy por la promesa de un mundo mejor.

Saboreaban el sacrificio al concebirlo como un camino hacia la justicia.

Sabían que la vida era un sueño pero no la aceptaban como herida absurda.

Propietarios de una causa sublime, inquilinos de un mundo con necesitados.

Caminantes que forjaban caminos, cuestionadores de toda realidad.

Vivían en la víspera del mundo nuevo que estaban por lograr.

Drogados por los sueños, motivados por los imposibles, pragmáticos de la ilusión.

Obsesivos, obnubilados por revertir la realidad, darle a la historia la vuelta de campana.

Incansables, últimos poseedores de una razón para vivir.

Interpretaron el sueño de los humildes de recuperar a su Líder, enfrentaron la obsesión de los gorilas por consolidar sus negocios.

Algunos pecaron de soberbia y se imaginaron capaces de conducir a sus pueblos.

Permanecieron los que se sabían hermanos de los que sufren y supieron acompañar sus esperanzas.

Militantes fueron los educados para gerentes de los ricos que decidieron ser conciencia con los pobres, y los nacidos obreros que quisieron ser héroes.

Empujaron y acompañaron a su pueblo en el último logro de la historia que fue la vuelta de Perón.

Hoy es el día que merece ese recuerdo.

Un fallo contra la concentración

Nuestra sociedad es compleja, o al menos así la forjamos. La confrontación con el Grupo Clarín se vivió y definió siempre como una lucha contra la concentración. En ese punto coincido, sólo que me molesta que se limite a la concentración que opina: en rigor, a la que opina en contra de la opinión del poder de turno, del Gobierno. Lo digo convencido de que si Telefe fuera de pronto opositor, el gobierno descubriría la desmesurada concentración de las telefónicas. Por eso esa señal no habla, y muchos saben que si opinan tendrán que dar explicaciones. Y el gobierno dedica ingentes sumas de dinero, de ese que tanto necesitan los necesitados, para multiplicar los medios y las voces oficialistas. Esas que se quedaron con Canal 9 y Crónica TV, con C5N y Radio 10, y siguen las firmas de adherentes rentados de pauta oficialista.

La concentración de los medios privados no es menos nefasta que la concentración de los medios oficialistas. La enfrenté en su momento: fui destinatario de una solicitada en varios diarios en 2005, dedicados a confrontar con mis criterios. Claro que yo opinaba en favor de la dispersión de las voces y jamás a favor de la concentración de un descomunal monopolio estatal. Una burocracia oficialista es un camino sin retorno hacia una decadencia que no conoce excepciones. Las hubo de izquierda y de derecha, y siempre terminaron agrediendo a la misma sociedad de la que habían surgido con la excusa de defender.

Estoy en contra de la concentración económica, por eso insisto en militar contra los daños que genera la expansión del juego en la estructura social, y ese sí que es un monopolio demasiado rentable y demasiado corruptor, más aún cuando termina invadiendo el mundo de los medios para defender desde él sus espurios intereses. Hace rato que busco apoyar a un candidato que proponga dejar las tragamonedas y sus parientes en manos de las instituciones de bien público. No encuentro eco en mi lucha contra semejante monopolio. Y sí algunos medios que me imponen el silencio.

Mientras la riqueza no tenga límites tampoco los tendrá la miseria. DirecTV debe estar cerca de los 2,5 millones de abonados en Argentina, ni siquiera se ajusta a nuestras leyes, sólo que no habla en contra del gobierno y en consecuencia recibe sus caricias y no sus limitaciones. Pero la verdad es que tampoco podría cumplir con ciertos artículos de la ley por imposibilidades técnicas, no porque no quiera. ¡La ley nada dice de las transmisiones DTH (Direct-to-Home), ni de Internet!

Un Estado enorme con pocos empresarios privados es la peor cárcel para un mundo de ciudadanos. Es caer en manos de una burocracia agresiva y unos gerentes oportunistas y soberbios. Cada vez hay un Estado más grande, y un grupo de empresarios más limitado y en consecuencia más poderoso. Entre ambos pareciera que se ponen de acuerdo para convertirnos en simples insectos de sus designios.

Con todo el respeto del mundo, guardar un 33% del espectro para las comunidades indígenas, ONG y universidades es no entender por dónde pasa la audiencia.

La Corte Suprema falló de manera de intentar salvar su prestigio, el Grupo Clarín parece ser tan sólo una excusa: con este fallo habrá más propietarios pero sin duda menos libertad. Si Clarín no existiera, todo quedaría más claro, quedan pocos privados que no profesen el oficialismo. Debemos esperar otro gobierno para tener otra ley, una que nos proteja de todos los monopolios, en especial de los estatales. Espero que para eso sólo falten dos años.

Democracia sólo si ganamos

Las derrotas suelen dejar las almas al desnudo. En los triunfos todos se expresan con dignidad, el único riesgo es la exageración. Por el contrario, las derrotas exponen a que se delate la falta de grandeza, que se caiga en al espacio de lo patético.

Como en las postrimerías del gobierno de Carlos Menem, hoy los seguidores se refieren al valor de los logros. El discurso de la Presidenta fue una muestra de desprecio a quienes no la votamos. Dijo que quería hablar con nuestros dueños, las corporaciones y los bancos, no nos supo respetar como ciudadanos. Los que no la apoyamos somos empleados del mal. Nos alejamos del bien en el momento en que dejamos de aplaudirla.

Había miedo. Flotaba la imagen de la Venezuela dividida, el recuerdo del cincuenta y cuatro por ciento era el mantra oficialista que autorizaba la desmesura. Yo mismo ya me conformaba con la seguridad de que apenas llegarían a ser un tercio de la sociedad. Ahora que sabemos que son sólo la cuarta parte estamos todos más tranquilos.

En el 2011 expresaban una postura más dialogante, más abarcadora. Sacaron demasiados votos y decidieron ir por todo. En ese esfuerzo terminaron perdiendo la mitad.

No son un partido, no quieren a nadie, ni al peronismo ni a Scioli, ni a los que dudan ni a los que callan, ellos gritan y aplauden, están poseídos por el estigma de la verdad. Y acariciados por las delicias del poder.

Son los dueños del “modelo”, un camino sinuoso trazado a manotazos, un adentro delimitado por el enemigo para un grupo donde los odios son más fuertes que los amores.

Alguno buscó la culpa en la ausencia de la ley de medios, imaginaban que si ya nadie opinaba distinto habría llegado la hora donde todos votaran igual.

El voto válido era el que los apoyaba, quien deja de hacerlo cayó en manos de las corporaciones y los imperios. La democracia si ganamos, tan solo en ese caso. Una visión particular.

Gritan que no son cifras definitivas y que siguen siendo la primera fuerza política, y todo es cierto, y si no se calman  ya todo puede ser peor.

Una sociedad donde muchos intentan subirse al poder y todavía nadie se animo a bajarse de él con dignidad. Hasta ahora todos se cayeron. En lugar de agradecer que los hubieran elegido hoy nos acusan por haber dejado de hacerlo.

No sólo terminó un ciclo político, para la gran mayoría se supero el riego del autoritarismo. Pero nos dejan un enorme retroceso, un odio que dividió sin sentido ni necesidad. Somos muchos, demasiados, los que dejamos de saludarnos por una supuesta causa que ni siquiera llegamos a entender.

Nos dejan eso,  un odio que nos va a costar superar.

Se impuso el fracaso, en nombre del progresismo

La sensación es amarga; con los años, el fracaso se impuso a cualquier medida rescatable. Cada vez más parecido al final de Menen. Ambos nos habían sacado del miedo. Ambos, nos rescataron de la crisis del dólar y la inflación. Y ambos, también, nos devolvieron al infierno tan temido, a la percepción horrible de otra década perdida. Nada más frustrante que la sensación de volver al lugar de partida. Uno, enamorado del liberalismo; el actual, defendido por marxismos; y de nuevo, está todo por empezar. El gobierno se reivindica en su ceguera y la sociedad se debate por encontrar un camino que sienta como definitivo. Mientras los oficialistas tienen miedo a vivir fuera del poder, los opositores sienten terror de que esto dure demasiado.

Hoy queda claro que el sistema imaginaba su solidez en su propia riqueza, que imaginó al poder económico por encima de cualquier justificación ideológica. Algunos hasta conciben a la corrupción como necesaria para enfrentar al poder económico… piensan que es lógico que así sea, y asumen, entonces, la decadencia de la política. Aceptar la superioridad del dinero implica negarle lugar al proyecto y al prestigio, convertir a la política en una empresa más. Asumir la debilidad del Estado frente a lo privado es tan sólo una manera de devaluar la democracia, de poner en duda la sabiduría popular. Es la peor manera de ser gorila. Y aparecen siempre los que imaginan que la corrupción es un detalle, que lo que importa es otra cosa… Como si la ideología sólo ocupara el triste lugar de ser disfraz de la ambición. Si el verdadero poder está en el dinero, será que la ambición de los ricos está justificada.

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Con sabor a final

La calle dio su tercer golpe a un gobierno autoritario y ya sin futuro. En la primera movilización sólo TN enfocaba a la multitud. El gobierno imaginó que si lograba acallarlo ya nadie podría seguir iluminando y mostrando opiniones opositoras. Y los funcionarios con su obsecuencia diciendo estupideces tales como “eran gente bien vestida”. Un gobierno que soñaba reformar la constitución y quedarse para siempre pudo comprobar que se acababa su tiempo y los sueños se les convertían en pesadilla. Ahora todos los medios, hasta los oficiales, estaban obligados a enfocar la multitud. Hasta 67 8 se puso el disfraz de democráticos y trasmitían bajo el título académico de “marcha de la oposición”. Demasiada multitud para pasar algún partido de fútbol o alguna entrevista que distraiga.

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El camino hacia el monopolio estatal

La Justicia suspende la medida cautelar, declara constitucional el artículo 161, y es el momento de ingresar en el problema de la expropiación de las redes.

Durante años el Estado se negó a vender licencias de cable, y en paralelo los municipios no otorgaban permisos de cableado. Ese era un extremo cuestionable, que abarcó a todo el Gobierno de Néstor Kirchner y mi gestión al frente del Comfer, el organismo que las otorgaba.

Desde ya que la decisión no era mía, se resolvía a un nivel que me superaba. Era una especie de pacto tácito: el cable se había vendido en sumas millonarias en dólares y las licencias se consideraban cubiertas. Vender nuevas licencias hubiera sido un acto de justicia, aunque ignoro si había inversores para instalarlas.

El servicio satelital funciona con una única licencia, el terrestre con una por ciudad. Al generarse por zonas y luego concentrarse en los grandes inversores, el cable mantiene su estructura de múltiples licencias.  Es un tema discutible: se puede cuestionar la concentración pero no por el número de licencias sino que la lógica indicaría que se debe objetar por el número de abonados. Alguien encontró que el grupo Clarín abundaba en licencias e incluyó esa limitación en la ley.

Además, cada licencia activa implica una costosa inversión en cableado y transmisores, transporte de internet y en rigor, la desinversión obligaría a  una expropiación.

Sin expropiar las redes es imposible avanzar, pero expropiarlas, cotizarlas, obtener inversores y una Justicia que avale las expropiaciones es ya un conflicto de otra dimensión.

No imagino demasiados inversores para las redes a expropiarse. Y en el caso que el actual propietario de las redes deje de otorgar el servicio los damnificados serán los abonados.

Ahora comienza otra fase del ciclo jurídico de esta ley que hasta el momento solo muestra el camino hacia el monopolio estatal. Eso sí, todo en nombre de la libertad de prensa, para los que piensan parecido.