Por qué el kirchnerismo no puede ser parte del peronismo

El final del kirchnerismo implica superar lo que para muchos de nosotros era un simple injerto de izquierdismo fracasado sobre un pueblo exitoso. Años pasaron donde el pragmatismo de los negocios del juego y la obra pública le otorgan a los viejos restos de izquierda un espacio del poder y, en consecuencia, los convierten en su escudo defensor. Un proyecto de concentración económica y política sin límite alguno defendido por los miembros de los derechos humanos, viejos cuadros estalinistas y algunos de los expulsados de la Plaza por Perón. En el montón se sumaban un grupo de gobernadores e intendentes que explotan hace años la memoria del General para poder hacerse de una cuota de poder y de riqueza que nada tiene que ver con las enseñanzas del viejo líder.

El peronismo fue un fenómeno cultural con raíz en la clase trabajadora y una identidad social fuertemente definida que, desde la marginalidad, se convirtió en el centro y la matriz de nuestra sociedad. Hasta que no ingresaran los de abajo no estábamos todos y, en consecuencia, no había sociedad. Los viejos marxistas siempre odiaron a Perón; el viejo los relegó a un lugar secundario y nada simpático, nunca pudieron superar los límites de la clase media intelectual. Los “cabecita negra” y los inmigrantes junto a sus hijos, todos ellos forjaron una identidad demasiado fuerte como para ser dejada de lado. Los elegantes -de izquierda y de derechas- odiaban todo lo que finalmente terminamos siendo: el tango, el peronismo y el fútbol. Como me dijo un viejo amigo gorila, “nosotros creíamos que había que darle ideales a los ricos y unos pesos a los pobres. Perón entendió que era todo al revés, le dio ideales a los pobres y unos pesos a los ricos y nos definió para siempre”.

Los más desubicados de la vieja guerrilla siempre lo odiaron. Nunca se animaron a aceptar que les avisó de entrada (“No pueden enfrentarse con un ejército regular”) y terminaron conviviendo con los viejos restos del partido comunista, gente que nunca se llevó bien con nada que tuviera sentido de mayorías y de pueblo. Juntos encuentran en la oferta pragmática de los Kirchner un espacio para salir de la frustración del pasado, una opción para conocer las caricias y los beneficios del poder sin necesidad de seguir esperando una revolución que todos sabían que ya no tenía retorno. Y eso terminó siendo el kirchnerismo, un feudalismo autoritario asociado a los restos de viejas izquierdas pasadas de moda.

Lo que también los unía era la bronca contra el General. El peronismo era para viejos guerrilleros y antiguos izquierdistas una barrera a la que culpaban de su propia frustración. Uno puede respetar al “Che” Guevara, pero su figura no es para los pueblos; ellos no se suicidan ni eligen al héroe trágico como la bandera de sus luchas. Para la izquierda universitaria y luego violenta, el pueblo siempre fue reformista y ellos revolucionarios. La bronca se asienta en que los obreros no los eligieron a ellos, los izquierdistas, como la vanguardia esclarecida. Nunca entendieron que a Perón lo trae el pueblo, que la guerrilla y la violencia ayudan, pero el verdadero protagonista era el pueblo trabajador. La historia para los humildes comienza en la primera Plaza, la del 45, y para la guerrilla nace con el asesinato de Aramburu.

Perón no funda la guerrilla, ella nace con la destrucción de la universidad que genera Onganía. Perón intenta recuperarlos para la política, les entrega una enorme cuota de poder en la democracia que ellos van rechazando convencidos que el verdadero poder estaba en la boca del fusil. Su fracaso es tremendo, nunca tuvieron la menor posibilidad de vencer. Y tampoco la valentía de asumir una autocrítica, de entender que el asesinado de Rucci fue el error que engendró buena parte de la tragedia. Que la dictadura haya sido nefasta no implica que la guerrilla haya sido lúcida. Una cosa es acompañar los Derechos Humanos y otra muy distinta no asumir los errores del ayer. Hubo heroísmo, nunca hubo capacidad y talento para entender la realidad.

El kirchnerismo se inventó un pasado que demasiados de sus miembros no tenían. Los Kirchner nunca se ocuparon de los Derechos Humanos en la difícil, bajar el cuadro de Videla es un gesto tardío contra un enemigo que la dignidad de otros había derrotado. Raúl Alfonsín fue un responsable histórico digno de respeto, hasta Carlos Menem fue más importante en el enfrentamiento con las fuerzas armadas que los Kirchner. Ni hablemos de otros oscuros personajes que los acompañan, pareciera que su gobierno se adueñó de la memoria del pasado para incorporar personajes oscuros o de dudoso pasado.

Afortunadamente, esta mezcla absurda de tragamonedas y obra pública con Derechos Humanos y clientelismo social ha terminado su ciclo. El peronismo, con pocos dignos defensores de su historia, intentará sobrevivir. Puede que lo logre o no; importa esencialmente separarlo de este triste estalinismo de obsecuentes, devolverles al pueblo y al General Perón su historia y, en especial, la vigencia de su retorno pacificador. Los odios no suelen ser propiedad de los pueblos y el nuestro nunca participó de ellos, por eso fue peronista. Poco y nada tenemos que ver con el hoy derrotado kirchnerismo.

Restos del naufragio kirchnerista, no militantes

Un término antiguo que se fue vaciando de sentido, que no pudo conquistar un nuevo significado y que hace tiempo perdió el original. Se refería a una etapa de la juventud, al tiempo donde el romanticismo convocaba a la entrega, donde todavía se enfrentaba la tentación del egoísmo y se luchaba por un mundo mejor. La militancia era una manera de transitar la vida pensando –principalmente- en los demás. Era sentirse dueño de un bagaje ideológico digno de enamorar al resto de la humanidad. Hay muchos que transitan esos sueños en el mundo religioso y tocados por la fe salen a difundir su verdad. Militante era ese que se sentía dueño de un mensaje para difundir; era un habitante de la utopía, un dueño de los sueños siempre cercano a la misma demencia o al menos a ser sospechado de habitarla.

Eran tiempos de grandes transformaciones o al menos, de difusión de la esperanza en lo nuevo. Tiempos del Mayo en París y del Cordobazo, etapas donde uno pertenecía principalmente al club de las ideas, desde la pasión de los trotskistas hasta la misteriosa pertenencia al Partido Comunista y luego los curas del tercer mundo para que los católicos no nos sintiéramos menos. Siempre recuerdo que la seducción veinteañera se iniciaba con la eterna pregunta”¿en qué grupo militas?” y uno explicaba orgulloso sus pasiones y sus lecturas, su pertenencia y sus imposibles. Tiempos donde se seducía con la ideología, cosa que ahora se suele atravesar con el horóscopo y la música.

El marxismo tuvo mucha presencia en nuestras vidas. Aún en la de aquellos que no lo asumimos como guía, su peso abarcaba buena parte del tiempo de nuestros diálogos. Había aparecido un libro, “Diálogo de la época: católicos y marxistas”, que evocaban las palabras de mi amigo el Padre Carlos Mujica: “Lo importante no es si existe o no existe el Cielo, lo importante es que debemos terminar con este infierno”. Enfrentábamos a la cúpula de la Iglesia, a la dictadura que nos gobernaba, a misma Universidad en la que estudiábamos.

Personajes de “La condición humana” de André Malraux en la novela; en el cine, “La Batalla de Argelia” de Gillo Pontecorvo o la humildad de Marcelo Mastroianai en “I Compagni”: la novela, el cine y la vida nos imponían ejemplos de quienes se sentían portadores de una profecía.

De aquellos militantes ninguno se hizo rico, se desclasó, terminó su vida mezclado entre la clase social de los triunfadores. Sus sueños no se hicieron realidad pero eso no impidió que siguieran luchando por conservar su coherencia. Algunos nos van dejando con el paso del tiempo, otros se fueron en manos de los represores pero, todos fueron exigentes con sus propias conductas, cultores de la solidaridad, de esa forma de vida que habían elegido transitar. Decididos a ser, esencialmente, buenas personas.

Algunos confunden aquellos sueños con las pasiones de la hinchadas de fútbol, creen que es lo mismo militar que “defender los trapos”. La militancia es una pertenencia que se realiza en el sueño de universalizar las propias convicciones, de sentirse forjador de un “hombre nuevo”. Es la idea la que engendra la pasión. Surge del desafío de grandeza que nace del amor al semejante, suele agonizar en el resentimiento de los violentos y los fanáticos. En el prólogo de “Retrato del aventurero” Sartre desarrolla la relación entre el aventurero y el militante.

Nuestra militancia se llevó muchas vidas, demasiadas, sin dejarnos siquiera portadores de esa sabiduría que el “Pepe” Mujica supo forjar para unir a su pueblo, para convertir el dolor del pasado en abrazo y triunfo político de hoy. Parecido fue Lula en Brasil y la actual Presidenta de Chile. Nosotros nos quedamos sin autocritica y en consecuencia seguimos teniendo el pasado en discusión, con mucho resentimiento pero sin suficientes ejemplos de vida militante dignos de ser imitados.

Si, como dicen algunos, en las elecciones ha triunfado la derecha, es hora de que se hagan cargo de los enormes errores de esas supuestas izquierdas, de esa caterva de fanáticos resentidos que sólo logran inventando enemigos forjar los rasgos de su propia identidad.

Los militantes eran soñadores y a los sueños, la ambición y el resentimiento los convierte en pesadilla. No hay militantes sin utopías. Aprendamos a no utilizar su nombre para disfrazar intereses. La memoria de los militantes merece respeto, sintamos la obligación de ejercerlo.

Paranoia y cinismo de un soldado derrotado

Lo de Víctor Hugo Morales no se entiende. Una radio de capitales españoles lo instala para recibir favores del gobierno de turno. Cambia el gobierno y, por lógica, esa radio necesita cambiar el oficialista. Entonces, el ayer beneficiado y hoy dejado de lado denuncia persecución. Aclaremos que Prisa —ahora desarticulado por sus deudas— fue invitado a venir al país en su momento por  Néstor Kirchner para que existieran voces diferentes a las que lo criticaban. Larga historia, tuvieron que encubrir la compra con una empresa norteamericana, pues sólo ellos pueden comprar medios en nuestro país. La ley de medios nunca se ocupó de modificar ese convenio; al kirchnerismo le era útil para determinadas situaciones.

Mantener el programa de Víctor Hugo no sólo no aportaba avisos oficiales, sino que además espantaba audiencia y avisadores privados. A nadie se le puede ocurrir que un medio privado que eligió un periodista por su relación con el gobierno lo sostenga después de una derrota electoral. Esas son las duras leyes del mercado, leyes en las cuales muchos de los que se rasgan las vestiduras se hicieron ricos. De sobra explotaron a su servicio la relación con el poderoso del momento. ¿Qué relación le asignan a este cambio de trabajo con la libertad de prensa?

Lo simpático del asunto está en que —al margen de su decadencia económica— el grupo Prisa, en su arribo al país, estuvo siempre enfrentado con el grupo Clarín. Parecería que existe una medida distinta según si persiguen ellos o si son perseguidos. Algo heredan del estalinismo, aprendieron a soportar la democracia, pero jamás se sentirán a gusto con ella.

La derecha siempre corre el riesgo de exagerar en la concentración económica, pero la izquierda agoniza por su absurda concepción de la libertad. Nunca un Estado tuvo tantos medios a su servicio como el de la presidente Cristina Kirchner, desde los oficiales hasta los privados comprados por amigos enriquecidos. Ejercían el oficialismo tanto Canal 7 como Canal 9 y Canal 11; de aire quedaba libre el 13, al que intentaban limitar. Luego tenían Encuentro y C5N, CN23, 360 y Crónica TV. Quedaban en libertad privada tanto América como América 24 y Canal 26. Están convencidos de que el relato era más importante que la misma realidad y si hubieran podido instalar definitivamente la ley de medios, no habría quedado un disidente con medio para expresarse.

La ley de medios no era sólo contra el grupo Clarín, era contra todos los que pensaban distinto y estaban dispuestos a luchar por expresarse. Usaron desmesuradamente el Estado a su servicio. Ahora les toca transitar por la llanura, esa es una ley de la democracia, cuesta entender de qué se quejan.

Estoy convencido de que si hubieran invertido la fortuna que gastaron en propaganda en obras para los necesitados, si hubieran hecho eso, no estarían llorando la derrota. El candidato fue Daniel Scioli por su capacidad de transitar por todos los espacios de la sociedad, por ser el menos sectario de ese grupo. La derrota los ha llevado a la dispersión y entonces aparecen estos adoradores de la ley de medios para convertir a Víctor Hugo, uno de los más alineados y agresivos del derrotado oficialismo, en la expresión del conjunto.

Al volver, el general Juan Domingo Perón supo decir: “Con todos los medios en mis manos me derrocaron, con todos los medios en contra fui electo presidente”. Sigue vigente en algún sector del kirchnerismo una visión estalinista de los medios de comunicación y la convicción de que necesitan resistir, una manera de no aceptar que ellos son los responsables del resultado. Cuando el peronismo perdió las elecciones, supo elegir el camino de la renovación, una manera de asumir la necesidad de transformar la derrota en autocrítica. El kirchnerismo es un ejército derrotado que no logra superar psicológicamente el golpe y en consecuencia soporta la deserción como el resultado de la dispersión de sus fuerzas. Los gobernadores y los intendentes están obligados a acordar con el poder de turno y no dudan en hacerlo. Otros, que eligen trabajar en su futuro político, se van organizando en torno al peronismo y, finalmente, los grupos surgidos de viejos izquierdismos no peronistas buscan sostener su lugar sin asumir que era sólo posible desde el Gobierno y se vuelve nostalgia sin este.

Los que se cansaron de perseguir a los disidentes —entre los que me incluyo— ahora se rasgan las vestiduras al primer roce con la realidad. Que alguien se ocupe de avisarles que no caigan en la paranoia, que no los persigue nadie, que simplemente perdieron la elección y lo que viene es tan sólo experiencia entre iguales. Cuestión de acostumbrarse.

Apuntes sobre un debate pendiente

Lo malo de los Gobiernos fracasados es que suelen arrastrar sus ideas o las que dijeron que los guiaban al fango de su propia derrota. El Gobierno de Cristina Kirchner, que por suerte nos dejó, expresaba como pocos esta mezcla absurda de ideales dignos con ejecuciones desastrosas. La dictadura de los setenta fue tan genocida con la guerrilla que terminó destruyendo para siempre el lugar de las Fuerzas Armadas y devolviéndole a la guerrilla un prestigio de víctima respetable que era discutible su merecimiento. En eso el kirchnerismo ocupó un espacio desde ya menos nefasto, pero también lastimó con dureza aquellos principios que decía defender.

Si la desmesura de Domingo Cavallo y Roberto Dromi por destruir el Estado les dejó a los Kirchner un enorme espacio para ocuparlo, la manera agresiva y corrupta con la que el matrimonio degradó la función pública le deja al PRO un enorme margen para recuperar el lugar del mismo Estado expulsando a los negociantes que lo usurparon. Ahora vuelven los fanáticos del liberalismo como religión de los ricos, fe donde los gerentes ofician como sus sacerdotes. Esta caterva de personajes menores no llega a comprender que el Estado y lo privado son instrumentos de la política y no dogmas salvadores de ninguna sociedad. Continuar leyendo

La extinción del kirchnerismo

Gobernar implica hacerse cargo del destino colectivo. En algunos casos, como en el nuestro, coincide con el hecho de cargar sobre las espaldas de quien lo intente una compleja historia de frustración donde todos compartimos la idea del fracaso pero tenemos diferencias respecto de cuándo comenzó. Para colmo de males, algún resentido recuerda cada tanto que somos un actor frustrado en la carrera hacia el podio de las grandes sociedades, como si las rentas económicas pudieran crecer aisladas de una conciencia de clase dirigente. Somos un crisol de razas y eso nos ayuda en talento tanto como nos complica en la manera de pararnos en la vida. Somos una sociedad donde algunos creen que de la suma y amontonamiento de las ambiciones individuales puede surgir una conciencia colectiva.

Estamos superando un Gobierno que logró ocultar su ambición desmesurada de poder económico y político a cambio de la entrega de un espacio secundario de esa ambición a los restos de antiguos participes de revoluciones fracasadas. Pocas veces en la historia el enriquecimiento de unos pocos fue disimulado con tanta perversión en la ayuda de los muchos. Ahora logramos superar ajustadamente aquella desmesura, y el kirchnerismo vencido resiste en su camino a convertirse en un simple partido de izquierda, capaz de generar respuestas justificadoras y convocar debates masivos, logrando en la calle lo que jamás los acompaña en la urna. El kirchnerismo fue eso: un poder construido en torno a un peronismo al que no respetaba y acompañado de una izquierda extraviada en sus objetivos, enamorada del poder por encima de cualquier supuesto proyecto.

Ahora viene el tiempo de las democracias plenas, del respeto y la colaboración entre adversarios; tambien es necesario recuperar los partidos políticos. Vivimos un tiempo donde las instituciones fueron sustituidas por los hombres. Ni el peronismo ni el radicalismo contienen a sus militantes, sólo se afincan en personajes que se ocupan más en distribuir poder prebendario que en debatir proyectos necesarios.

La sociedad se reconcilió con la política. Libros, programas en los medios, debates importantes son seguidos por un público que sin ser masivo ocupa un lugar significativo. El miedo que nos legó el kirchnerismo fue importante para asumir la necesidad de comprometernos con lo colectivo. En alguna medida, el debate intelectual quedó reducido al espacio del periodismo, con mayor profundidad -en muchos casos- que los de los mismos partidos. La política arrastra merecidamente la carga de la corrupción y de la sola obsesión por el poder. Cada tanto cae alguno preso entonces, la sociedad toma conciencia que la corrupción sólo es castigada en caso de un accidente, pero siempre queda claro que la corrupción, no es una circunstancia sino un sistema integrado a la forma en que se maneja el poder.

Estamos recuperando la relación madura entre adversarios que se respetan, superando para siempre los odios de enemigos que se persiguen. El kirchnerismo desaparece, lento pero seguro, ejercito derrotado que sufre deserciones y tiene su poder reducido a daños coyunturales. Hoy son más el producto de analistas; intentan un proceso de resistencia más nostálgico que viable, pero nada en la vida resulta tan fácil. Las elecciones nos regalaron lo esencial: el triunfo, y ahora nosotros debemos llenarlo de contenido. Necesitamos construir un nuevo relato o mirada sobre nuestro pasado y una nueva manera de relacionarnos entre nosotros, donde las ideas comiencen a ocupar algún espacio que les deje libre los negocios y la simple ambición.

Tenemos mucho para festejar, pero también mucho para hacer. Algún simplificador podría imaginar que la historia es tan fácil como el simple pasar “de la demencia a la gerencia” pero nada es tan simple y queda demasiado por hacer.

Estamos entrando en la madurez de la democracia, necesitamos recuperar el respeto al talento y a la dignidad de la coherencia. Oportunistas es lo que sobran, se requieren espíritus libres dispuestos a pensar un futuro colectivo. Y de esos todavía hay pocos, pero se necesitan varios para poder superar de una vez por toda esta atroz decadencia. Que las ideas, el talento y el prestigio recuperen su espacio y sustituyan a los operadores que tanto daño le han hecho a la política y a la sociedad.

Estamos en tiempos de lograrlo.

El ejército burocrático que dejó el kirchnerismo

Perón solía decir que “las instituciones no son ni buenas ni malas, dependen de los hombres que las integran”. Y ese concepto nos sirve y mucho para entender la relación de la sociedad con la política, en su mayor parte integrada por individuos que son virtuosos para hacerse del cargo pero sin mérito alguno como para convencer a la sociedad de su derecho a ocuparlo. El sistema fue deteriorando la imagen de los distintos lugares que permite ejercer la democracia. Los personalismos de los jefes fueron imponiendo la obediencia como virtud esencial para ocupar los cargos, así se fueron degradando ante la imagen de la sociedad los Gobernadores y los Intendentes, los Legisladores y los Ministros. Lentamente, la virtud esencial del funcionario se convirtió en la lealtad al mandamás de turno y la pasión por el aplauso ocupo el lugar del talento. Finalmente, no se entendía si cada uno reivindicaba sus coincidencias con el que mandaba o entendía que su humillación frente a la voluntad ajena era una virtud en sí misma.

En esa cadena de obediencias y obsecuencias, los cargos parecían arrastrar el prestigio de sus portadores en lugar de ser motivo del honor de los mismos. Los funcionarios llevaban la obediencia a niveles donde entregaban su misma dignidad, la obediencia de los diputados y senadores dejaba sin sentido la misma institución parlamentaria. Durante la Ley de Medios fui invitado a emitir mi opinión en el honorable Senado, consulté a algunos Senadores sobre su derecho a modificar parte de la ley; me respondieron que carecían de poder para ejercer su opinión. Me negué a hacer uso de la palabra. Carecía de sentido hacerlo si ya nada podía ser modificado y resultaba lastimoso escuchar a representantes del pueblo expresar sin vergüenza alguna su obediencia al poder de turno. Luego venía la eterna pregunta: ¿qué los obliga a semejante humillación personal? Quedaba flotando la duda de que el Estado era testigo de algunas debilidades de los Legisladores y los amenazaba con hacerlo público. Ese sistema fue utilizado hasta el cansancio, los servicios de informaciones eran testigos de algunos negociados y lograban que la amenaza de denunciarlos convirtiera al personaje en un voto cantado obediente al poder de turno.

En nuestra sociedad la política se convirtió en un camino al enriquecimiento económico con el consecuente deterioro de la imagen del funcionario. Los negocios se fueron imponiendo a las ideas, para algunos -demasiados- pensar en política terminaba siendo una molestia al pragmatismo impuesto por los grandes negocios. No era ya la discusión sobre la Justicia distributiva que cambie el perfil de la sociedad, era tan sólo la desmesura de las ambiciones que imponían una concepción del poder donde el Estado terminaba siendo un instrumento para la concentración económica que justificaba su existencia a partir de realizar una distribución de pequeñas rentas para la sobrevivencia de los caídos por el mismo ejercicio de dicha concentración.

En ese patético panorama, los beneficios de ocupar algún lugar eran vistos como el principal objetivo para salvarse de la jungla de los abandonados a sus propios esfuerzos. Así el Estado se fue convirtiendo en una enorme “Arca de Noé”, donde quienes lograran abordarla estaban salvados de los riesgos de las aguas violentas que implicaba la dura realidad.

Nada dejaba más al desnudo su desprecio por la democracia que la desesperación por ocupar cargos y funciones más allá de los mismos límites que marcaban el tiempo de sus votos. Hasta algunos se dirigían a sus posibles votantes convencidos de que imponer sus voluntades aportaba más votantes por miedo que el mismo intento de la convicción de la razón.

Los empleos estatales se multiplicaron al infinito, en paralelo a los impuestos que debían pagar los agonizantes sectores productivos para sostener semejante ejército burocrático. La mayoría de los edificios públicos no resistiría el peso de sus supuestos empleados si intentaran ocuparlos al unísono. Así las cosas, toda voluntad burocrática ocuparía el lugar de la izquierda y todo cuestionamiento a los mismos el oscuro lugar de las derechas.

Ahora está naciendo una nueva etapa. Es mucho lo que estamos superando, al menos la demencia y la obsecuencia dejara de pertenecer al campo del progreso. Son muchos los cambios y el mero hecho de salir de la confrontación entre enemigos que se odian a la convivencia entre adversarios que se respetan, con eso solo ya ingresamos a un futuro más promisorio. Pero no podemos olvidar que cerca estuvimos en caer en lo peor, que esa memoria nos obligue a hacernos cargos de nuestra responsabilidad política. Es imprescindible.

El Beto Imbelloni

A la muerte de Herminio Iglesias yo escribí una despedida y el Beto (Norberto Imbelloni) me la agradeció durante años. Me hizo hablar con la esposa de Herminio; no estaban acostumbrados al buen trato de los compañeros que escribíamos.

Yo fui amigo del Beto, como lo fui del “Buscapié” (Rubén) Cardozo. Tuve mucho respeto por Herminio, encontré en ellos un elemento central del peronismo: la reivindicación de los humildes. Venían de abajo en serio, no se habían criado en las bibliotecas, ni siquiera sabían dónde quedaban. Eran duros, forjados en la vida —con poco o nada en sus infancias—, expresaban como nadie la cultura de la calle, la de la vida, la de la noche, la del dolor. No eran mafiosos, como los querían definir los elegantes, tampoco santones, como los imaginaban algunos fanáticos de la política.

Durísimos y románticos, buscando siempre el gesto de grandeza, algo difícil de encontrar en aquellos a los que la vida les regaló todo y no se sienten obligados a nada. Alguno me acusará de defender a personas que tenían relación con el delito. En rigor, la política los sacaba de la marginalidad, no como tantos, demasiados, a los que la política los inició en el mundo del delito y la gran mayoría de ellos con dignas carreras universitarias. Continuar leyendo

Los cultores del odio están siendo derrotados

Estamos saliendo de una experiencia compleja, donde se expresaban ideas de supuesta izquierda mientras se ejercitaban políticas de clara concentración económica. En rigor, dejaron en claro que los enemigos no ocupaban el espacio de los ricos sino muy por el contrario, el universo de los disidentes. Llamativo, el mejor ejemplo es el del cable en la Ley de Medios, esa que para ellos se transformó en una Biblia revolucionaria. En dicho instrumento se cuentan las licencias por ciudad de los cables nacionales mientras no se afecta la licencia única de DIRECTV.

El problema era que criticaran al entonces gobierno, no que los empresarios de medios ganasen lo que quisieran y no cumpliesen ley alguna. Duplicaron el número de empleados del instituto de control, para junto con la ley, cumplir con el objetivo de perseguir la libertad de opinión. Convertir al grupo Clarín en el principal enemigo era una manera de dejar en claro cuál visión ejercitaban. Armaron un aparato mediático que se convirtió sin lugar a dudas en el único hegemónico del cual podía quejarse al hablar la ex Presidenta.

Si sumamos todo el paquete, incluyendo el Fútbol para Todos, vamos a encontrar un gasto de Estado fuera de control, con la convicción de que manejando el aparato de los medios podrían manejar a la misma sociedad. Algunos de sus acólitos suelen decir que los que opinamos distinto a ellos somos “instrumento de los medios hegemónicos”, pavada de dimensiones considerables, fruto de lecturas universitarias incompletas y sin nivel.

Con semejante aparato mediático y esa desmesurada fortuna del Estado terminaron perdiendo las elecciones. Uno se pregunta, si en lugar de tanta publicidad hubieran hecho obras, ¿no habrían sido más exitosos? Confundieron micrófonos con audiencia, se fueron quedando con demasiados medios y muy pocas ideas, terminaron perdiendo las elecciones después de destruir el mismo Estado de tanto incorporar empleados a cambio de imaginar que estaban forjando militantes.

El kirchnerismo fue esa rara mezcla de estatismo sin límites, persecución al disidente, expansión del negocio del juego y apropiación de la obra pública. Hubo un momento donde quisieron meter miedo, utilizar los servicios de informaciones para perseguir disidentes, amenazar con denuncias a quienes se animaban a enfrentarlos. Hubo escases de valientes, pero alcanzaron los votantes. No nos sobró nada para salvarnos de ellos, pero vendernos a Scioli como progresista y peronista era un poco exagerado, y estuvieron cerca de imponerlo.

Nunca antes una derecha supo cómo esta domesticar pedazos de viejas izquierdas para camuflar sus verdaderas intenciones. Nunca antes nadie hizo ricos a tantos solo a cambio de ocuparse de hablar de los pobres. El Indec que medía a los ricos lo podían haber dejado funcionando, les hubiera dado números muy exitosos. Ellos creen que perdieron por ser progresistas y de izquierda, la sociedad se cansó de ellos por percibirlos como corruptos y retrógrados. Sus votantes son los necesitados, los que habitan las provincias donde se depende más del Estado que del trabajo y la producción. Han sido cultivadores de todos los resentimientos, enfrentaron a lo productivo con la ideología de la prebenda. El peronismo era el partido de los trabajadores, el kirchnerismo fue el de los empleados públicos y el temor de los necesitados.

Ganó una fuerza que no tiene pretensiones de ser ni progresista ni de izquierda. Claro que son mucho más avanzados y modernos que los derrotados, esta nueva derecha es democrática y respetuosa de la justicia y no intenta manejar los medios de comunicación a su servicio. Es una derecha productiva y eficiente que viene a ocupar el lugar de una supuesta izquierda tan burocrática como obsecuente e ineficiente. Y tanto Venezuela como nosotros salimos de pronto casi juntos de una confusión que duró demasiado, de la absurda idea de que todo lo que se aleja de la cordura se acerca a alguna supuesta revolución.

Hubo una multitudinaria plaza del fanatismo y al otro día una plaza de la razón. Lo bueno es que los cultores del odio y el resentimiento están siendo derrotados para siempre y, si nos esforzamos, el triunfo de la democracia entre adversarios que se respetan se va a transformar en definitivo. Ya es tiempo de que así sea.

La sociedad está recuperando la plenitud democrática

Los que limpiaban la plaza después de la despedida de Cristina se estaban llevando los restos del kirchnerismo. El viento de la historia había terminado para siempre con un autoritarismo asentado en la costumbre de ponerle mística a la desmesura.

El discurso fue el de siempre; ella expresa el bien y los disidentes obedecemos a los imperios y las corporaciones. Ella quería festejar su derrota como si fuera el paso a la sublime oposición, y eso le impedía compartir el cartel con el Presidente electo -la continuidad de la misma democracia era menor a la dimensión de sus caprichos.

Y llenó la Plaza, como si su fuerza, en lugar de despedirse, estuviera naciendo. Claro que debe haber tomado conciencia al otro día, cuando los vio a Evo y a Scioli en el acto; se habrá enterado con esa foto de que su tiempo había pasado.

Gobernadores y Legisladores fueron rompiendo filas, acercándose al nuevo fogón del poder, al mismo que ella usó a sus anchas para imponer su voluntad.

Eso es lo malo de gobernar con el terror y- parece tarde ya para que ingrese a un curso acelerado de seducción.

La sociedad está recuperando una democracia plena; ahora podremos discutir temas como izquierdas y derechas. El autoritarismo, ese que ella ejerció para imponer sus caprichos, ese, no expresa ninguna ideología; eso sí, tanto aquí como en el país hermano de Venezuela encontró su final. Scioli visitó a Macri, y ninguno debe haberse acordado de Cristina. Urtubey largó antes. Los viejos peronistas encontraron sus restos de dignidad en la derrota, no tuvieron reflejos ni siquiera para percibir que iban derecho al precipicio. Y Massa juega muy bien su partido.

Hubo dos plazas en dos días: la del fanatismo que se despedía y la de la razón que anunciaba su llegada. Era sentir que estábamos de nuevo en los tiempos del abrazo de Perón con Balbín, era recordar aquello y asumir que los cultores del odio se equivocaron de nuevo. Y uno ahora espera que sea definitivo, que se vayan con la misma demencia que los acompaño desde siempre. No pueden vivir sin enemigo, encuentran la identidad en el odio, sin él no saben siquiera quiénes son.

Van renunciando de a uno los que soñaban quedarse en el carguito, seguir usufructuando de las prebendas del poder. Tanto hablar de las mayorías que creían que las tenían alquiladas. Hicieron leyes con la mayoría de ayer para poder durar y manejar las mayorías de mañana. En rigor nunca imaginaron que les tocaba sufrir la derrota. La plaza y los colectivos de la despedida eran una muestra de esa sorpresa; viajar en avión de línea no sólo no simulaba la humildad que nunca tuvo sino que desnudaba el sinsentido de su falta de coherencia.

El kirchnerismo ocupará su lugar de partido minoritario, se irá achicando hasta encontrar su verdadera dimensión. Fue el fruto de un poder que impuso la unidad a sectores que no pueden continuar juntos, que tienen poco o nada que ver. Una vanguardia que se creía esclarecida manejando a su antojo a viejos restos de un peronismo más unido al atraso que a la justicia social.

Y vino lo nuevo: Macri dialogó con la oposición. Fueron todos, salvo esos grupos de izquierda que insisten en mantenerse pocos, no sea cosa de que los confundan y los voten. Se agota el miedo, el cuento del terror a la derecha y las consignas gastadas de viejos militantes extraviados. Lo normal –dialogar- se impuso de pronto, sentimos sorpresa por algo tan simple como el sentido común. Se terminó la etapa donde dudamos de la sobrevivencia de la misma democracia. El peronismo necesita superar su desviación kirchnerista, y tiene cuadros y votos para intentarlo. La centro-izquierda sigue siendo un espacio político vigente y la centro-derecha ocupa el poder con creciente apoyo electoral.

Somos una sociedad que recién ahora se vuelve a enamorar de la política (en una de esas, la única virtud del kirchnerismo es que nos asustó lo suficiente como para que nos ocupemos de pensar en la necesidad y la obligación de participar).

Salimos de una dura amenaza contra la democracia en todas sus expresiones, reingresamos en el dialogo y la convivencia con heridas -que van a tardar en cicatrizar pero estamos obligados a debatir, a ser parte de esta nueva relación entre nosotros que se inicia. Sepamos estar a la altura de lo que la sociedad nos demanda.

Se retiran enojados

En las palabras de Martín Sabbatella están presentes todas las deformaciones del kirchnerismo. Es maravilloso ver cómo se ponen en movimiento las dos teorías del estalinismo: “la culpa la tuvo el otro” y  “no hacerle el juego a la derecha”. Parecen las palabras del pobre Diego Brancatelli, sucesor y digno heredero de Carta Abierta: “Nosotros queremos el bien del país”, como si a los restantes nos impulsara la pasión del mal y “Cristina está muy por encima del resto, por eso no la entienden”. Ya lo había dicho José Pablo Feinmann al que llaman filósofo, “es demasiado inteligente para el resto de la sociedad”. De paso Sabbatella más que duplicó el número de empleados en la AFSCA (Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual) de la que es titular; todo sea por el bien de las instituciones.

Cuando impusieron la absurda y deformada  Ley de Medios lo hicieron con el objetivo de quedarse con todo; lo habían dicho, “venían por todo”. Fue una Ley contra Clarín, un enemigo elegido a partir de su virtud – defectos le sobran – pero Clarín dice lo que piensa; eso es una corporación.  Era brutal escucharlos a estos nacionalistas de Puerto Madero contar las licencias de cable por pueblo mientras dejaban a DIRECTV libre de aplicaciones a cambio tan sólo de que no hablen mal del Gobierno. El empresario nacional es enemigo porque opina, el extranjero es amigo siempre que haga silencio, como Canal 11, que al pertenecer a Telefónica y ser extranjero, con hacer silencio sobre el Gobierno ya estaba todo bien. Y el señor Sabbatella dice que lo persiguen las mafias, las de los otros. Las de ellos están siendo derrotadas  por los votos. Se olvidó de mencionar a la mafia de los votantes, la que limpió del mundo a los estalinistas como él. Continuar leyendo