La desmesura kirchnerista

Toda revolución exige a veces alterar los límites de las normas establecidas, aunque no todo lo que sale de quicio se puede justificar como voluntad transformadora. En cada discurso presidencial aparece reiterado el dogma exigiendo la obediencia de los dominados, siempre apoyado en la excusa de transitar un tiempo fundacional. Investigar el pasado de estos alegres renovadores sirve para llegar a la conclusión que, mientras los excesos los acompañan desde siempre, el aporte progresista es más un decorado para disfrazar ambiciones que un sueño de un mundo mejor para todos. Las mejorías personales y sectoriales de la burocracia imperante están por lejos por encima de los logros para el conjunto de la sociedad. Más aún, el crecimiento patrimonial de la burocracia es anterior y permanente mientras los logros para la sociedad son positivos pero en todos los casos sirvieron más para justificar clientelas que para mejorar futuros.

La distancia entre los discursos dogmáticos y cerrados de la Presidente y jefa absoluta del supuesto modelo y la coherencia con una pretendida lógica de la izquierda y el progresismo es infinita. Para poder imaginar que la palabra presidencial marca un rumbo hay que partir de la base de que quienes lo aceptan lo hacen a cambio de un beneficio. Para mi convicción personal, los seguidores se dividen entre los oportunistas de todos los gobiernos, los extraviados recuperados y los inocentes de cualquier proyecto. No acepto que entre los seguidores de supuestas izquierdas las cosas vayan más allá que el espacio del cálculo. La Presidente cobija bajo sus dogmas grupos cuyas ideologías no hubieran llegado jamás por el camino electoral a formar parte del poder. Y entonces, antiguos gestores de soñadas revoluciones terminan convertidos en simples justificadores de desmesuras ajenas, obligados a una forma de lealtad que ni siquiera se puede permitir la crítica constructiva. Un discurso que convierte el capricho en dogma y un grupo de supuestos intelectuales que lo explican, desarrollan y justifican solo a cambio de un cobijo en el espacio del poder. A los veinte los marcó la rebeldía, ya de grandes son capaces de justificar lo que jamás hubieran imaginado soportar. De jóvenes, el poder como sueño transformador; de grandes, como consuelo de errores de juventud y el triunfo de la ambición.

Entre los vivos que se enriquecen con los negocios que permite el Estado y los acomodos que pudieron distribuir entre parientes y seguidores, entre esos extremos del bienestar personal, se extiende la bandera del supuesto modelo. Los jueces y sus historias pueden ser discutibles, los robos del oficialismo ingresan al espacio de lo concreto visible e inocultable. Los caprichos presidenciales devenidos en dogmas iluminadores del futuro y el vicepresidente transitando el delito, entre esos dos extremos se extiende la bandera de la complicidad. Los menemistas se beneficiaban demoliendo el Estado, los kirchneristas fueron mucho más lejos y se enamoraron de los beneficios que aporta usurparlo. El Estado como un gran cobijo para los que adhieren al supuesto modelo, la persecución y el daño para todos aquellos que no nos dejamos imponer el cuento irracional del relato. El oficialismo se llevó a su servicio a todos los que se vendían por dineros y prebendas; nunca la corrupción utilizó con tanta solvencia el disfraz de benefactor de la sociedad.

Viejos estalinistas y supuestos revolucionarios atacando a los jueces solo para defender delincuentes que al caer podían desnudar complicidades. Algunos enemigos seleccionados entre los que opinan libremente, demasiados aliados elegidos entre los que saquean el país pero pagan coimas y no cuestionan el modelo. Leyes de medios para eliminar las libertades, asociarse a empresas extranjeras saqueadoras solo a cambio de coimas y complicidades.
El modelo nacional y popular permite a los ladrones perseguir a los jueces, ataca a la burguesía que no se les rinde no para eliminarla sino tan solo para substituirla. Aplauden el discurso de la Presidente al margen de lo que diga, la obediencia cuando se degrada en alcahuetería entrega su derecho a todo tipo de crítica.

Y soñaban quedarse para siempre. La democracia es para ellos un simple vicio burgués. Finalmente, de los que nos gobiernan, conocemos de sobra sus excesos y desprecio por la democracia. Terminaron siendo más definidos por la desmesura de sus errores que por sus pretendidas virtudes. Los gobiernos cuando duran demasiado terminan desnudando sus limitaciones. Está a la vista.

El kirchnerismo sin poder es una utopía imposible

Lo malo de los enojos es que cuesta salir de ellos. Los argentinos estamos encerrados en un ring y nos avisan que la pelea va a durar un año, más o menos. Y que no nos hagamos ilusiones, porque en ese ring no hay reglas de juego y no se descuentan puntos por los golpes bajos, porque todos los golpes lo son. Y que no hay referí. El referí es lo primero que compraron; ése no se vende, se alquila porque quiere volver a cobrar en la próxima pelea. Y que no podemos confiar en las hinchadas; ellos lograron en el desarrollo de los odios que los partidos se jueguen con una sola hinchada. Y que los otros, los visitantes, ocupan el lugar de la oposición a la que consideran enemiga. Esos, que con sólo opinar ya desestabilizan.

Y están los oportunistas, mirando la marea para ver en qué momento la nave del gobierno se acerca a tierra y se tiran de cabeza para poder estar libres de participar del oficialismo que viene. Son tantos los que aplaudían las privatizaciones de Menem que hasta la Presidenta tiene discursos privatizando lo mismo que después festejó al estatizar. Soldado que huye sirve para otra guerra, pero no hay guerreros dispuestos a sobrevivir un año en la selva de la oposición. Es por eso que la soldadesca oficialista no tiene deserciones; la mayoría es gente que sabe de cambiar de monta, nunca lo hacen a mitad del río. Y todavía no avizoran la playa futura, el lugar que les permita un tranquilo desembarco. Continuar leyendo

Dilema K: el mejor candidato es el que más odian

Es el único candidato con posibilidades de aportar un triunfo oficialista y la persona que ellos, los del Gobierno, menos soportan. Es como decir que el heredero de Stalin es un discípulo de Gandhi. Ahora bien, los guerreros de la burocracia agresiva quedan demasiado al desnudo con su candidatura. Cuando Forster dijo que Scioli no los representaba, confesó algo indiscutible: ellos son un sector distinto del peronismo al que la sociedad votó; que se dedicó a perseguir a todos los que no obedecían sus ridículas órdenes. La supuesta izquierda de los restos del partido comunista con el que nunca congeniamos y de la guerrilla, que se creyó más importante que el pueblo. Ambos, restos de ideologías vencidas, encontraron en el Gobierno un lugar que nunca soñaron. No supieron llegar al poder por los votos, la suerte los premió con un gobierno pragmático de derechas que necesitaba justificación ideológica, y ahí se subieron todos. Los que de jóvenes soñaron hacer la revolución, ya de mayores aceptan un espacio de poder a cambio de explicar que este autoritarismo se parece a la democracia limitada de  sus sueños juveniles. Continuar leyendo

El Gobierno anhela la eternidad

Cada tanto el Gobierno encuentra un encuestador maleable, al alcance de las caricias a las que acostumbra el poder. Y ese medidor de sensaciones impone números del colesterol bueno y los triglicéridos que son propios de jóvenes deportistas. Y las caras alegres que producen esos datos son capaces de instalar un gimnasio de alta competitividad en el geriátrico. Mientras tanto, del otro lado de la vida, se instala el miedo a que eso que imaginan, o mejor dicho, imaginamos como el Mal, se convierta  en permanente. Es que el verdadero sueño del oficialismo es la eternidad en el gobierno, que – casualmente- se corresponde con nuestras pesadillas.

Esta semana le dediqué unos minutos de atención a una entrevista que Fantino le hacía a José Pablo Feinmann, con quién durante un tiempo pasado fuimos amigos. Fantino hacía de estudiante de filosofía y Feinmann de profesor; recorrían la biblioteca universal para explicar que la Presidente era un genio. Luego, leí en La Nación una columna de Luis Alberto Romero contra el nacionalismo. Me quedó la sensación amarga de que estos pensadores dicen lo que sienten sin asumir el lugar que ocupan en la sociedad. Y sumo a Lilita Carrio, que aporta ideas siempre y cuando no se le ocurra  enojarse con los hombres.

Al escucharlo a Feinmann imaginé que él había quedado del lado de los ganadores, y que debía estar convencido que los disidentes no éramos otra cosa que oligarquías universales. Algo parecido a lo del Juez Zaffaroni que opina, simplemente, que si gana la oposición, puede venir el caos. Un Juez de la Suprema Corte que dice alegremente que la democracia puede conducir al caos. Romero se la agarra con el nacionalismo, pero no con sus exageraciones sino, casi diría, con su mera existencia. Y Carrió considera que los que no la acompañan son de dudosa pertenencia.

Tuve la dicha de poder dialogar con el Papa Francisco, hablamos unos minutos de aquellos que intentan interpretar sus gestos en el pequeño esquema de oficialistas y opositores. La vida nos regaló en suerte un hombre de los más importantes del mundo  y nosotros lo queremos reducir al nivel de nuestros rencores. Se me ocurre que intentamos ser figuras públicas sin renunciar a nuestros caprichos privados, como si pudiéramos expandir nuestro egoísmo, convertirlo en mirada colectiva e imponerlo, que de algo así se trata.

Eso siento frente a los discursos de la Presidente, que no intenta otra cosa que sumarme a su idea, que ni imagina la necesidad de ampliar su concepción para abarcar la de otros, no me quiere convencer sino que tiene el poder y decide imponerme su mirada. Ella ocupa el espacio del Bien y el resto somos parte del Mal, la oligarquía, empleados de los fondos buitres, todo eso y mucho más. No entendemos su verdad, podemos -como dice Zaffaroni- caminar hacia el caos, o no haber leído todos los libros de filosofía que leyó Feinmann, para entender que la Presidenta que yo apenas soporto es lo más grande que dio la sociedad.

Cuando el retorno del General Perón y su abrazo con Ricardo Balbín, muchos de estos señores opinaron que la salida estaba en la boca del fusil. La historia demostró que la única salida estaba en el contexto de la democracia. Ellos ni siquiera asumieron la obligada autocritica, y nos siguen dando clase de sectarismo cuando ya casi nadie respeta sus ideas.

Manos blandas

Tenembaum y Zlotogwiazda acosaban a Sergio Berni por haber sido duro con los que cortaron la ruta. Y luego siguieron con los extranjeros: ese turismo que incitamos -a partir de que se puede robar sin castigo- seguro que lo convoca la Secretaria del área… Daban datos tontos de organismos absurdos que intentan condenar a los policías en defensa de los delincuentes. Los extranjeros detenidos son pocos, dejemos ingresar al turismo delictivo, es un permiso que nos evita ser de derechas…

Cortar calles es condenado en La Habana y en Miami, pero hay un sistema intelectual progresista dispuesto a defender el caos convencido de que el orden es de derechas. De los Zaffaroni y las Garré el Gobierno necesitó recurrir a los Berni y los Granados. La idea de ser duros con los empresarios y tiernos con el delito no era un camino al socialismo de amigos sino tan sólo a la degradación de este capitalismo frustrado en el que vivimos.

Hacer una Ley de Medios para lograr – entre el Estado y los ricos oscuros que beneficia – quedarse con todos los Medios, no unificaba la opinión pública sino sólo a una caterva de alcahuetes aburridos. Y lo mejor de todo, que esos periodistas defiendan al permisivismo en un medio privado, sabiendo todos que ninguno que no piense y opine aplaudiendo con los lóbulos cerebrales puede concurrir a las iglesias de la alcahuetería oficial. Y dejo en claro que Tenembaun y Zlotogwiazda son de lo mejor que tenemos; no coincido en este tema, pero desde ya merecen todo mi respeto.

El Kirchnerismo edificó una alianza con restos de izquierda fracasados y extraviados, que iniciaron un camino hacia el sueño de un feudalismo de avanzada. El debate se clausuró en las palabras de la Presidenta, personaje que odia a Perón, convencida de que tiene comprada una cuota de gloria futura, como si el eco extendiera en el tiempo el sonido monótono de los aplaudidores.

Esta idea de los dos demonios y el talento heroico de la guerrilla, este fundamento sin ideas nos fue marcando el devenir. Una cuota de odio al peronismo aprovechando que la mayoría de sus seguidores necesitan vivir del Estado. Una cuota de odio a todo uniformado a partir de no asumir la derrota sufrida en la peor de las formas. Una concepción de la vida y del orden que no se sostiene en ninguna realidad bien gobernada. Y una apuesta al caos como camino hacia una revolución tan infantil como irracional. Si toman todas las fábricas y cortan todas las calles, no habrá llegado el tiempo de los obreros sino el momento donde el fascismo se imponga en la conciencia de los burgueses asustados. Sienten que tomaron el palacio de invierno, no para cambiar el sistema político sino tan sólo para instalarse ellos en sus aposentos.

Todo resulta raro, complejo, demasiado mezclado como para entenderlo en la primer mirada. Los ricos amigos sacan fortunas desmesuradas del país mientras restos de izquierda explican cuáles son los beneficios de los necesitados. La moneda se disuelve mientras después de demasiado tiempo de gobierno lo justifican explicando que todavía quedan algunos más prósperos que ellos. Es un esquema original, donde lo importante del Estado está en manos de ejecutores prebendarios y el resto, lo no esencial, al uso y explotación de supuestos miembros de un partido justiciero. Eso sí, todos conservan en común una evidente incapacidad de ejecutar.

El Kirchnerismo fue apenas un collage de fotos del pasado que acarició y apañó  frustraciones en la misma medida en que engendró fracasos y divisiones. Nos dejan sin moneda ni combustibles, y en sus miserias sólo pueden elegir al candidato que como Scioli sobrevive por expresar que los imita y fracasar en el intento. Cuando Forster nos dijo que Scioli no los representa, debería haber agregado una explicación. Para mí es simple: “un capitalismo de amigos sin histeria no permite justificar una inclusión empoderada de los viejos sobrevivientes de la izquierda”.

En los mapas del mañana, las rutas del dinero van a quedar mucho más marcadas que las de la revolución. Es que lo robado se fue y la revolución no llegó. El problema que tenemos no se resuelve al debatir el pasado y a Roca, el problema sigue estando en la necesidad de superar definitivamente este nefasto presente.

El problema no es Tinelli, es la corrupción del Estado

Los medios existen, están de moda, definen todo; considerarse progresista y culto implica oponerse a sus oscuros designios. Tenemos un Gobierno convencido de que éstos debilitan el talento y la genialidad de sus acciones. Una gestión perfecta que es deformada por los medios, instrumentos de los ricos contra los revolucionarios justicieros. Hay una carrera que estudia a los medios de comunicación; no me parece el mejor camino hacia su comprensión. Los estudiantes leen demasiado sobre una realidad que imaginan conocer, teorías de todo tipo. Es llamativo: los que estudiamos política terminamos de asesores de los que la hacen, algo así como estudiar de crítico de arte, cosa de poder conocer a los artistas. Con los medios pasa lo mismo, los que dicen estudiarlos jamás los terminan de entender. Y casi nunca los llegan a manejar. Cuando Néstor Kirchner grito “¿Que te pasa, Clarín?”, quería decir “A este Gobierno no le gustan los disidentes”.

A Marcelo Tinelli, cuando asumimos, Néstor Kirchner lo ayudó a comprar una radio. Nos invitó al acto de lanzamiento y fuimos todos al festejo, a acompañar a ese Marcelo que hoy parece la expresión del mal. Los Kirchner recordaban el final de De la Rúa, y entonces era importante acercarse a Tinelli. Guardo más recuerdos de esa época, pero solo me refiero a lo público, lo otro es lealtad al pasado, aun cuando ellos no lo merezcan, me siento obligado por mi propia historia. Y había que ayudar también al otro comunicador importante a quedarse con una radio, a Pergolini. Eran tiempos de construcción de poder. Luego vendrían los de convocar a delatores e intrigantes, pero esa es otra historia. Y un detalle importante: ni Tinelli ni Pergolini pudieron sostener económicamente las radios que el Gobierno los ayudo a adquirir, ambos las terminaron vendiendo. No es lo mismo escribir novelas que ser el dueño de la editorial.

Los medios no siempre tienen poder, y nunca cuando van contra la historia. Los medios son parte del poder, son parecidos al Gobierno: cuando acompañan al pueblo, aciertan; cuando lo enfrentan, suelen conocer el fracaso. Por más que los restos del estalinismo autóctono imaginen derrocar al enemigo, ser perseguidos por los gobiernos le asegura a los medios su momento más glorioso. Gastaron fortunas en medios estatales solo para convertir a sus detractores en dueños absolutos de la audiencia. Hasta para odiar hay que tener talento, y a estos les falta demasiado. Si fuera cierto el poder de los medios, no hubieran sido necesarios los golpes de Estado. Los medios son conservadores y nunca lograron imponer un Gobierno de ese signo. Los medios influyen, pero no tanto. El Estado, cuando intenta ocultar, se delata; cuando impone el fútbol la noche de los domingos muestra demasiado la herida que le deja el que les pega. A veces los medios se convierten solo en una enorme lupa que aumenta la visión de los detalles, convierten la percepción colectiva en constancia real. Pero la percepción es anterior, se concreta con la denuncia de los medios, pero ya estaba vigente en la conciencia de la sociedad.

Si el enemigo es Tinelli y la fuerza propia tiene su avanzada en 6,7 y 8, cualquier inocente nos puede adelantar el resultado. Si uno dice que no ve televisión, la va de culto y genera signos de admiración. Todos somos admiradores de la cultura, demasiados nos critican la “tinellización” de la sociedad. Para mi humilde opinión, la decadencia es la imagen de un parlamento con obedientes imponiendo propuestas que pocos entienden. No es Tinelli el que nos pega el golpe bajo, la sociedad tiene derecho a la distracción, lo que la degrada es el conjunto de instituciones en las que nadie cree. La corrupción no se inicia en el entretenimiento. El humor nos rescata de la violencia que nos impone el sectarismo de la mediocridad. Nuestro problema no está en el circo ni en la vigencia de la mujer barbuda, nosotros transitamos el grotesco en el espacio donde las instituciones deberían convocar al talento y la idoneidad. Estamos viviendo una corrupción que es hija dilecta de la obsecuencia y la mediocridad.

La idea de terminar con el opositor y convertirse en único dueño de la opinión se impone en todos los regímenes donde algún personaje se queda con el poder y decide que la democracia y la libertad son una molestia. Los discursos por cadena oficial no dejan espacio para los que dudan, la Presidente impone un criterio que dice referirse a los cuarenta millones de habitantes cuando se solo se refiere a los definidos millones de obedientes.

El debate sobre Tinelli es infinito, no porque el personaje de para tanto, sino por eso que nos quiere enseñar la Presidenta de que todo tiene que ver con todo. Y sin duda hay dos idiomas y dos mundos, los medios oficialistas y los otros, los privados. Y ese cuento de que los ricos son los privados y los pobres los del estado, ese cuento esta vencido, todos sabemos qué hace rato que los más ricos son los que gobiernan. Tinelli sirve para alegrarles un rato la vida a la mayoría, esa que además de un subsidio está necesitada del sueño de un mejor mañana.

Gastaron millones en inventar una televisión para los pobres, dicen que compraron dos millones de “Decos”, que solo 300 mil están conectados. Tantos millones para no ocupar ni siquiera el uno por ciento del mercado. La televisión paga sigue siendo más del noventa por ciento de la vigente. Pero eso es ineficiencia, luego hay algo mucho peor, en la gratuita todos los canales son subsidiados, y no llegan a diez. Y la exagerada dilapidación de dinero en el “Fútbol para Todos” les ha permitido a los cables ganar fortunas evitando un gasto. Siempre dejan en claro que son más ineficientes que corruptos, todo un logro.

Como regalo progresista el Gobierno les otorga a los necesitados un sistema de televisión gratuita que no incluye a la producción privada. Me parece un exceso. Encima del dolor de ser pobre le imponen el castigo de ver solo canales oficialistas. A mí me parece demasiado.

Agonías

El gobierno soñó eternidades: un Presidente, al que heredó su esposa, en una sociedad con enormes necesidades, donde la Hermana es la ministra de Bienestar  Social y una caterva de empleados públicos rentados ocuparon un estadio de fútbol para aplaudir al Príncipe heredero, que comenzó a balbucear sus palotes políticos, pocos meses antes de que su Madre debiera retirarse.

En Cuba, el socialismo eliminó a la democracia. Los cubanos se quedaron sin libertad pero nunca llegaron a gozar del preciado bien de la  Justicia, que sería el fruto codiciado de la planta de la Igualdad.  Y los disidentes perseguidos, y los que debían optar entre la obediencia o el mar con sus tiburones, conviven con un Fidel que poco o nada aportó a la justicia mientras se dedicó a eliminar la libertad. Y en su final lo hereda el hermano, no sea que el socialismo olvide su pasión por la monarquía hereditaria.  Y los rusos, que ayer desplegaban imperialismo revolucionario, y después de que el muro les aplastó las veleidades socialistas se expanden al ritmo del nacionalismo y de las mafias.

Las viejas izquierdas educaban en el desprecio a la democracia y en el valor secundario de la libertad. Como si la humanidad estuviera obligada a optar entre los ricos y los burócratas. Todavía los ricos guardan algunos datos de la competencia, los burócratas no soportan esa veleidad. En la ambición suelen ganar algunos de los mejores; en la obsecuencia burocrática sólo se  selecciona a los peores. Los ricos, en su ambición, no suelen ser generosos; los burócratas directamente necesitan entregar su dignidad unida al espíritu crítico, y después de eso no queda más que odio y resentimiento.

Nuestras viejas izquierdas, abundantes en pensadores y escritos, nunca lograron armar una fuerza que les permita abordar el poder por los votos. La violencia vulneró en demasía los sueños de poder revolucionarios, fue una enorme entrega de vidas a cambio de ninguna posibilidad de tomar el poder. Solo el viento de los tiempos explica el absurdo de que critiquen a Perón mientras aplauden a los Kirchner, quizá el genocidio fue el dato central de este cambio de exigencias. Ayer, plenos de vitalidad juvenil, fracasaron al elegir la tragedia;  hoy, cansados de mirar con “la ñata contra el vidrio”, se conforman con asumir un protagonismo obediente y  sin crítica en los nítidos tiempos de la comedia.

Y construyeron una secta en torno al poder. Responden a toda crítica repitiendo como loros los logros de la década ganada. Enumeran todos de la misma manera; la ausencia de convicción los obliga a memorizar las respuestas. Los dogmas son ideas cerradas; un error puede gestar una fisura y si por ella se filtra una duda, ella implica un ataque a la verdad. Pensamiento cerrado, Jefe absoluto, discurso que se escucha, se aplaude y se incorpora al dogma sin meditar. Y ocupación del Estado, asalto de los cargos y las prebendas; en nombre del pueblo, actúan como si se fueran a quedar para siempre en el poder.

Sea quien fuere el elegido para el próximo gobierno, deberá gastar tiempo en expulsar esa caterva de empleados públicos que se apropian de dineros que les quitan a los verdaderos necesitados. Un supuesto pueblo de universitarios agresivos usurpando un Estado que debiera estar al servicio del pueblo verdadero. Eso fue el Kirchnerismo, una usurpación de los necesitados por los oportunistas y, en su desfachatez, intentaron llamarse  “militantes”. Perón, que fue en todo un adelantado, ya había expulsado a los imberbes de la plaza.

La absurda Ley de Medios que nos legó el kirchnerismo

La absurda Ley de Medios que nos supo legar el Kirchnerismo es un aporte de los restos de estalinismo del pasado impuesto como sello del presente. Domingo Cavallo, un convencido de que renunciar a la dignidad era rentable, firmó un acuerdo con los EEUU no recíproco, por el cual ellos podían comprar nuestros medios de comunicación, pero nosotros no podíamos comprar los de ellos. Casi faltaba aclarar que ellos eran una Nación y nosotros carecíamos de vocación para serlo. Gracias a este absurdo artilugio, Radio Continental es española – pero a nombre de una empresa de EEUU- lo mismo que el Canal 9, siendo Canal 11 anterior a toda norma y en consecuencia de discutible legalidad. Lo cierto es que a esto se suma DIRECTV que, con casi tres millones de abonados, no es afectado por las huestes de Martín Sabatella ni por la Ley de Medios. No es una simple acusación, así es en la realidad.

Una cosa es el imperialismo y otra muy distinta son sus empresas cuando arreglaron con el Estado. Siendo titular del Comfer les pedí varias veces a estos revolucionarios que denunciaran ese tratado. Sin embargo, alguna razón habrá para que se sigan haciendo los distraídos. Todos sus discursos y cuestionamientos terminan en el umbral de algún negociado cercano al poder.

Lo cierto es que los medios extranjeros no hablan del Gobierno, en consecuencia no son enemigos como Clarín. Los muchachos son nacionales y populares, siempre y cuando el otro caiga en el pecado de disidencia; quien no sale de la obsecuencia oficialista no merece la Siberia del AFSCA.  De los cuatro canales de aire, el Gobierno -o sea el oficialismo- maneja tres, el 7, el 9 y el 11, (TV Pública, Canal 9 y Telefé).  Luego tiene Canal Encuentro, C5N, CN23, 360, Argentinísima y algunos agregados, sin tomar en cuenta las radios, donde decenas de micrófonos convierten a Radio Mitre en dueña de más del cincuenta por ciento de la audiencia. Porque hasta para odiar hay que tener talento, a veces ni el gobierno alcanza. Y la obsecuencia no es buen gancho para atraer audiencia.

La Ley de Medios intenta que quienes no sean oficialistas puedan ser perseguidos como conspiradores y así es un instrumento esencial para terminar con la libertad de prensa y la democracia. La consigna es clara: o  aplauso cerrado a discurso presidencial o pertenencia a los grupos concentrados.  Asesinaron la sutileza en el altar de la obsecuencia rentada. El cuento es simple, los demás ocupamos el espacio del poder concentrado. Tengo todavía un amigo inocente que me dice “a vos te invitan los medios concentrados”, yo le respondo que los otros, los alcahuetes sólo me nombran para cuestionarme, que si no fuera por los concentrados abríamos pasado a la clandestinidad. Me parece que es el destino que nos tienen reservado. Ellos vienen  del viejo marxismo mal digerido, siempre piensan que tienen la propiedad de la verdad. Lo cierto es que a los privados invitan oficialistas y muchos van, y a los oficialistas jamás llevan disidentes. Después de Beatriz Sarlo con “a mí no, Barone”, la asociación de obsecuentes con veleidades revolucionarias decidió poner bolilla negra a todo individuo no dispuesto a aplaudir a libro cerrado el discurso presidencial.

Clarín tiene muchos defectos y correcciones necesarias, pero que quede claro de sobra que sólo se lo cuestiona por lo que opina, por su virtud, que el resto son simples detalles. El hecho de que cuenten las Licencias de cada pueblo de los Cables nacionales y se hagan los distraídos con DIRECTV demuestra demasiado a las claras lo que tienen en la cabeza. Las extranjeras, DIRECTV y las Telefónicas, esas tienen una sola Licencia nacional; a las disidentes les cuentan una Licencia por pueblo. Estamos sufriendo un Gobierno de derechas que le cedió lugares secundarios a vetustos restos de izquierda y en consecuencia mientras los personajes centrales del Gobierno se ocupan de la ineficiencia y el saqueo, los otros nos cuentan que están haciendo la revolución. Tanto pegarle al imperialismo pero parece que usaban sus bancos para resguardar sus humildes ahorros.

Cuando la suerte que es grela nos permita un Gobierno democrático en serio, toda esta caterva de alcahuetes de una revolución que nunca hicieron van a ser mano de obra desocupada, como los que sobraban de la horrible dictadura. Lo más talentoso del Kirchnerismo fue otorgarle categoría de dignidad a los aplaudidores y  a la obsecuencia. Cuando se queden sin el Estado van a seguir el camino del menemismo, una mezcla de disolución con muchas acusaciones y pocos aportes. En el final nos suele mojar la persistente lluvia de la realidad.

Las ideas fueron sustituidas por las complicidades

La corrupción originada en el Estado es hoy un elemento esencial a nuestra sociedad. Hace tiempo abandonó el espacio de la excepción para ocupar el sitio de lo normal. Excepcional terminó siendo la ética, por ejemplo la situación de un funcionario que se niega a la corrupción. Los empresarios en su mayoría prefieren pagar coimas como camino al éxito. Implica asumir que el dinero es el Bien superior como concepción ideológica. Cuando el funcionario no acepta el dinero está expresando un lugar de libertad que cuestiona la posición que el rico y el poderoso se asignan a sí mismos. Uno de los importantes me dijo una vez: “Si no aceptan dinero tengo miedo de que sean comunistas”. Le respondí con cierto enojo: “Yo asumo mi seguridad en la inteligencia, Usted guarda su soberbia en la billetera”.

Pero además, el empresario no respeta al que no puede corromper. Lo imagina un infeliz, alguien que no entendió el sentido de la vida. Cansa en las mesas de la política escuchar referirse con admiración a la fortuna que acumuló tal o cual funcionario. Esa categoría impera o al menos se fue imponiendo desde el regreso de la democracia. Los operadores, personajes que intermedian entre el gobierno y las empresas, fueron desalojando a los políticos. Hace muy poco tiempo volvieron a recuperar espacio las ideas; los economistas habían impuesto sus propuestas por encima de la política y los empresarios militaban en sus “partidos”, los negocios. El pragmatismo fue devorando al pensamiento. Nuestros políticos eligieron enriquecerse y, por ese camino, cedieron el espacio del Estado y el debate a los aficionados. (Al menos mayoritariamente).

Y en el mundo de los triunfadores no importa cómo llegaron, alcanza con estar sentado sobre fortunas que nunca necesitan ser justificadas. Las ideas fueron sustituidas por las complicidades.

Cuando uno expresa ideas, consideran que es un charlatán; sólo los negocios y los números son el camino a la verdad. Enamorados de Miami y del Golf, la vía al éxito implica la exacerbación del egoísmo. Es muy difícil encontrar un empresario que piense; es una tarea decorativa que intentan dejar en manos de sus gerentes. Y es complicado imaginar una democracia capitalista sin que se comprometa la burguesía o sus parientes. Cuando la democracia reinicia su camino, enfrenta el juicio a las Juntas. Fue una pulseada donde las culpas de muchos, por haber sido coetáneos y a veces complacientes con un genocidio, llamaron a silencio a demasiados. La dictadura se había llevado para siempre a lo peor de la derecha, pero dejó un lugar excesivo e injusto a sus víctimas. En rigor, ni siquiera la dirigencia guerrillera sobreviviente estaba en condiciones de defender su supuesta propuesta. Fueron los deudos, las Madres y las Abuelas las que se convirtieron en la expresión de la dignidad. Pero todo fue al costo de dejar de discutir ideas e imponer un pragmatismo oportunista; una culpa explotada como resentimiento con derecho a exigencias. Fue como si la guerrilla no tuviera obligación de autocrítica. Y luego, un oportunismo sin complejos que les otorga un espacio secundario de poder a cambio de asignarle un sello progresista a la ambición de un pragmatismo sin límites.

Si las ideas habían llevado al genocidio, los intereses prometían su paraíso de ganancias. La Coordinadora Radical y la Renovación Peronista, que imaginaban ser la expresión de la nueva dirigencia, desertaron de la política- en muchos casos- seducidas por el mundo de los negocios. En su mayoría es la dirigencia hoy ausente. El pragmatismo usurpó el nombre del peronismo para hacer liberalismo con Menem y autoritarismo conservador con disfraz progresista con los Kirchner. Liderazgos sin contenido nos llevaron a perder dos décadas que fueron de avance y crecimiento en la mayoría de los países hermanos.

El pragmatismo no soporta ningún principio ético, ni mucho menos lo necesita. La ética exige que la dirigencia asuma la responsabilidad de pensar un proyecto de futuro, convoque a los mejores y sueñe con trascender por esa causa. Esto implica participar de un sueño colectivo que instale la superioridad del proyecto sobre el bienestar personal. El poder es una conciencia, pero en su degradación y contracara es una acumulación de recursos para imponer una voluntad. Hay un poder de las ideas que no imagina ni necesita rentas y hay un poder del dinero que no soporta a las ideas. Es por amor o por plata. El amor exige el sueño de lograr un futuro con consenso mayoritario y con logros concretos. Y eso no es sólo un problema de gerenciamiento, es mucho más que eso, demasiado, es ser capaz de pensar una sociedad que incluya a todos. Hay un vacío de políticos capaces de luchar por el futuro sin mejorar su propio presente. Hay una ausencia de dirigentes que se hagan cargo de diseñar un país mejor, lo conviertan en una causa colectiva y se enamoren de ella. Pareciera que el camino al poder exige el peaje de la riqueza personal. Y que la riqueza material sustituya a la de los verdaderos dirigentes, a aquellos capaces de poner al conjunto por encima de sus propias necesidades. Eso es posible y necesario, y quienes lo logren podrán trascender y disfrutar de la vida mucho más que aquellos enfermos de amor por el dinero. La ambición es una virtud que suele convertirse en enfermedad. Y genera un mundo de cómplices. La política está por encima de esa limitación. Es como la poesía, imposible sin vocación ni talento. Y por suerte pareciera que la estamos recuperando.

El partido kirchnerista

El Gobierno marca los temas a debatir  y es  el resto de la sociedad la que no es capaz de alterar esa agenda. Aburre este asunto de la sobrevivencia del kirchnerismo; no somos capaces de aprender de la experiencia de Menem, que terminó ganando la elección antes de disolverse en la nada del recuerdo. Somos una sociedad con instituciones débiles y Estado infinito. Toda secta que asuma el gobierno parece una iglesia universal  y, cuando lo pierde, se queda en la soledad de los que no tienen nada que decir. En el gobierno de Raúl Alfonsín todavía existían poderes fuertes capaces de cuestionar, militares o sindicales y hasta empresarios. Hoy la expansión del Estado estuvo al borde de disolver hasta la justicia y la prensa libre. Son otros tiempos y otro Estado.

¿Qué parte del oficialismo es puro oportunismo y qué parte pertenece a la dimensión ideológica? Imposible separar convicciones de conveniencias. La verdad es que el oportunismo es mayoría absoluta, muchos, demasiados, vienen de matrimonios políticos anteriores. También  se adaptarán, más adelante, al amor venidero. La idea de una lista armada entre los Rasputines de la Rosada suena a tonta y ridícula. La lealtad mayoritaria es al poder del Estado. El partido es el Estado y quien los suceda no necesitará  aprender demasiado para imponerles respeto a los gritones de hoy. Observar a algunos diputados que se corren nos permite imaginar el futuro. Gobernadores, intendentes y sindicalistas ya visitan a posibles candidatos ganadores. El núcleo duro del oficialismo está integrado por Carta Abierta y Página 12, el resto es propiedad del  poder de turno. Y los duros son menos del diez por ciento de los votos. Y son muy duros ya que nadie va a querer cargar con ellos. Ya comienza a sentirse la vibración que generan las dudas de los que dudan, de los que hacen cuentas entre ganancias económicas y cuál será el mejor momento para saltar del barco antes del hundimiento. Pronto veremos la multitud que se forja con el ejército de desertores.

El radicalismo y el peronismo, con sus historias y sus militantes, fueron ambos carne de cañón, como partidos, cuando perdieron el poder del Estado. Pululan muchos oportunistas, demasiados, y son pocos los convencidos, escasos. Los partidos históricos sufrieron bajas en el momento en que los gobiernos repartieron prebendas, ¿a quién se le ocurre que el kirchnerismo va a sobrevivir sin poder? Es esencialmente un partido de negocios -juego y obra pública-, la mayoría de sus personajes importantes queda a tiro de la justicia; el único elemento de unidad es la discrecionalidad de Cristina. No le veo sobrevivencia en las palabras del pobre Máximo desafiando a que le ganen a su Mamá.

La oposición es un lugar insalubre cuando el Gobierno tiene mayoría propia y dinero negro para comprar algún legislador que les falte. La mayoría absoluta deja a la oposición sin palabra, pero cuando la pierden deja al gobernante sin vida. El kirchnerismo deberá soportar la huida de los que se dicen peronistas y no son otra cosa que desesperados por la prebenda que da la obsecuencia. El oficialismo ya no gana en ninguna provincia grande; en las otras, los feudos, el futuro Presidente será el seguro ganador de la elección que viene.

Comparar a Cristina Kirchner con Bachelet, Pepe Mujica o Lula y Dilma es un defecto visual de sus aplaudidores. El fanatismo y la desmesura, el personalismo y el discurso buscador de enemigos, todo eso es tan  lejano a la política como a los líderes y partidos de los países hermanos. El kircherismo no es otra cosa que una enfermedad de la democracia nacional y popular. La supuesta década ganada, una afrenta al resto de los argentinos. Y el personalismo de la Presidenta es tan desmesurado que no tienen a nadie ni siquiera para custodiarle el legado.

Debemos apasionarnos por la política para no caer más en estos baches de la historia. Y tener más comprometidos que oportunistas. O al menos diferenciar y marginar a los indignos. Entre los políticos y los sindicalistas, sumados a los empresarios, somos el país con mayor producción de obsecuentes y alcahuetes del continente. Los empresarios deben disolver de una vez por todas IDEA y la Fundacion Mediterránea, sus quioscos para desplegar la concepción de la superioridad de la economía sobre la política. Necesitamos un proyecto común compartido de sociedad y no tan sólo un plan de negocios. Necesitamos superar  el seguidismo a los operadores que se dicen políticos, a los economistas y encuestadores y a los asesores que le dan un disfraz a las ideas.

Únicamente  la política como espacio para pensar el futuro nos puede sacar de esta crisis. O nos enamoramos de la política como sueño colectivo o seguiremos agonizando en el egoísmo que nos carcome el futuro. Necesitamos  ideas y proyectos comunes.  Es una decisión que estamos obligados a  tomar.  Y todavía estamos a tiempo.