La inmoralidad kirchnerista

Se expandió una supuesta teoría según la cual los demás deforman las noticias y en consecuencia ellos, los que nos gobiernan, deben cuidar que no nos engañen. La carrera de Medios de la UBA sufre un virus de marxismo gastado y vencido que imagina corporaciones privadas por todos lados y desarrolla la teoría del Estado que puede defenderlos. La Ley de Medios se basa esencialmente en combatir a los privados utilizando su dimensión como excusa y su libertad como motivo de la persecución.

En los medios privados triunfa el talento del que convoca a la audiencia; en los medios públicos, el talento principal es la obsecuencia disfrazada de lealtad al poder de turno. En este proceso termina siendo todo deformado. Por ejemplo, la justicia es “legitima” cuando defiende a miembros y a los poderosos del Gobierno que son siempre los más poderosos de todos. Y se transformaría en “ilegitima” cuando cuestiona al poder en ejercicio. Y ese mismo poder en ejercicio, se victimiza y acusa de ser perseguido por los que encuentran sus corrupciones que son asumidas y conocidas por todos los actores.

El marxismo cayó en el mundo simplemente porque lo único peor al poder económico y las corporaciones son los burócratas. Cuando la Presidenta defiende a Cuba y a Fidel no lo hace por la justicia que supuestamente lograron sino tan sólo por el autoritarismo y la burocracia que realmente engendraron. Cuba es el último baluarte del marxismo, de ese marxismo que desaparece en el mundo, que el peronismo superó en su momento de expansión y que el kirchnerismo viene a descubrir y elegir como su pensamiento propio cuando ya tiene sus últimas bocanadas de respiración artificial, tan artificial que durante mucho tiempo vivió de Rusia y luego necesitó vivir de Venezuela. Ahora desarman su dictadura con pretensiones de proletariado y realidad de burocracia.

El taxista que hace unos meses me llevaba al aeropuerto de La Habana me decía: “nunca me animé a hablar por miedo a dejar sin alimento a mis hijos, ahora le digo a usted y me arriesgo, ese ejército enorme que tiene Fidel no sirve ni para hacerle cosquillas a los gringos, ese ejercito enorme es para controlarnos a nosotros”. Mucho miedo hay en Cuba. Este último fue mi sexto viaje a la isla, siempre intenté entender esa realidad; en los últimos tiempos ya no había nada para entender. Hace un tiempo viajamos con De la Sota a Paraná, Entre Ríos, participamos de un acto. Al otro día compré los dos diarios y ninguno mencionaba al gobernador de Córdoba. ¿El motivo? Sergio Uribarri maneja los dos periódicos, según me dijeron conocidos entrerrianos. El kirchnerismo es un camino directo hacia la dictadura de la burocracia, siempre en nombre del proletariado, en nombre de ése al que sólo le daban el lugar de clientela electoral.

Ellos instalaron el dogma que dice “la ley de medios termina con las corporaciones”. No explican que se convierte en una nueva y gran corporación al servicio del Estado. Las corporaciones hoy más fuertes son el Gobierno y la corrupción que lo acompaña. Hay algunos grandes que vienen de antes, pero cualquiera de ellos al lado del kirchnerismo es un nene de pecho. Que no sigan con el cuento de ver la paja en el ojo ajeno, el Gobierno ya no puede dejar de ver la viga en el propio ojo, y eso es la corrupción.

Hubo uno que en tiempos de otra dinastía escribió un valiente “Robo para la corona”. Con la actual monarquía supo dejar en claro que era sólo para reclamar su parte. Si la corona menemista robaba y la kirchnerista no, no es un tema ideológico, es sólo un asunto de complicidad.

Discepolín supo decirnos con su talento infinito en Cambalache que “los inmorales nos han igualado”. Se quedó corto, no conoció al Kirchnerismo. Habría que cambiar la letra: “los inmorales nos han superado”. No sé si rima, pero es mucho más cercano a la verdad.

Aplausos y sumisión

Ellos aplauden y yo me enojo, ellos se ríen y yo me irrito. Los discursos de la Presidenta no solo no me llegan sino que además me generan un profundo rechazo, siento que no tengo nada que ver con ella. Ellos saben por qué aplauden y además deben imaginar por qué me irrito, se me ocurre que aplauden por lo bien que les va y en consecuencia ni les importa escuchar lo que intenta decir el discurso de la Presidenta. A mí la vida se me complica, o mejor dicho la capacidad de comprensión, hay algunos con los que compartí el sueño de un país solidario, y aplauden y dicen que ellos lo están haciendo, y hay otros, muchos, a los que siempre desprecié por su egoísmo, y esos aplauden siempre, mientras se enriquece su egoísmo.

Hay rebeldes del ayer convertidos en sumisos de hoy. Muchos de esos a los que nada les conformaba y ahora todo les parece digno de ser aplaudido. Hasta alguno que enfrentó a Perón porque le resultaba reformista y ahora se apasiona por la Presidenta porque le resulta progresista. Estos rebeldes de ayer convertidos en sumisos de hoy, dando explicaciones propias de intelectuales, de esas que parecen inteligentes porque cuesta entenderlas, o simplemente no se las puede entender. Y me pareció quem para muchos, un gobierno resulta progresista desde el momento que le entrega un pedazo de poder a los progresistas. Antes, de jóvenes, nada parecía conformarlos, hoy, ya maduros, pasado el tiempo de la revolución soñada se dan por bien pagos a cambio de un cargo y sus agregados, secretarias, chofer, viajes en ejecutiva, parientes asimilados a la planta permanente del Estado.

El pasado, ese de la dictadura que se utiliza para que acusen a cada enemigo, ese pasado es también propiedad de la corrupción del presente. Se inventaron un pasado heroico un montón de personajes que siempre fueron lo mismo que ahora, oportunistas. Ni los Kirchner ni los Zaffaroni, ni los Verbitsky, ni tantos otros fueron perseguidos ni expresaron heroísmo en las difíciles. Cuando Alfonsín llevó adelante el Juicio a las Juntas, hasta en esos tiempos seguían ausentes sin aviso. Luego inventarían su propia epopeya. Siempre digo que cuando Néstor Kirchner baja el cuadro de Videla era como pegarle a Cassius Clay en el geriátrico y en la silla de ruedas. El objetivo era dividir, forjar las consignas de una secta, negar las virtudes ajenas para imponer los rencores propios, de eso se trata “el modelo”.

Al engendrar un espíritu sectario se deja de ser objetivo y se asignan todas las virtudes a los propios mientras se imponen todos los defectos en el campo de los otros. La secta ayuda a la consigna, la consigna es la tumba de la idea, la sumisión es siempre un espacio donde agoniza la libertad. Y con solo verlo a Scioli declamando obediencia y verlos a ellos exigiendo dependencia, con solo observar ese horrible cuadro de la continuidad del “modelo”, uno imagina cuál será su final. Lo malo y terrible del personalismo es que se convierte en la manera más ridícula de enfrentar la muerte, parte el sueño del Jefe incluye transitar la eternidad, se quiere volver hereditario, y ellos, los obsecuentes, salen generosos a aplaudir a la descendencia, a descubrirle virtudes a la ya larga parquedad del Príncipe heredero.

Y supieron recurrir a los ya escasos y aburridos discípulos de Stalin, y a otros pensadores dispuestos a recuperar el sueño gastado de la “lucha de clases”. Claro que no era el enfrentamiento de los pobres contra los ricos, nada de eso, solo el resentimiento de los nuevos ricos oficialistas contra algunos antiguos ricos que se creían con derecho a opinar. En realidad, cuando salieron a enfrentar a los poderosos eligieron intentar eliminar a los mejores. A los que no hacían silencio por miedo al poder de turno, a los que intentaban reivindicar la libertad.

Confundieron a la corrupción con la revolución, a la libertad con la derecha y las “corporaciones”, y no intentaron eliminar a los ricos y poderosos, tan solo que se corran para poder ellos, los nuevos progresistas ocupar su lugar.

Ellos deben saber por qué aplauden, yo también sé por qué aplauden ellos y por qué estamos obligados a enfrentarlos y enojarnos nosotros. Porque este presente está agotado, es la peor y más horrible visión del futuro. Enfrentarlos para estar seguros de que sufran una derrota electoral.

Nunca antes los más corruptos de los negocios se asociaron a los restos de viejos sueños revolucionarios, hasta hubo un tiempo donde uno dudaba de quien ocupaba el lugar de lo importante. El tiempo es cruel, arruina a los decorados y hoy, la corrupción emerge por encima de todas y cada una de las excusas. Es el destino eterno de las burocracias, morir enfermas de corrupción.

El kirchnerismo, un autoritarismo feudal y grotesco

El peronismo existió como pensamiento, como un conjunto de ideas que intentaron modelar un país. Nadie como Perón desarrolló una estructura de propuestas escritas que resultaron en un importante cuerpo doctrinario. Perón tuvo pocos seguidores intelectuales y dos grandes enemigos, los marxistas y los liberales. Cuando definía su consigna “ni yanquis ni marxistas” lo hacía con la voluntad de tomar distancia de los dos imperialismos pero también de sus apasionados seguidores en nuestra tierra. El peronismo tiene sus raíces en la clase trabajadora, que sin duda genera una concepción cultural bastante distante de las ideologías europeas.

El último Perón intenta integrar la violencia guerrillera a su gobierno y les entrega una enorme cuota de poder, pero la cortedad mental de sus conducciones los lleva a imaginar que el verdadero poder “está en la boca del fusil”. De este error histórico deviene una de las causas de la caída de la democracia o, al menos, una justificación para la derecha golpista que ejecutará el nefasto genocidio. La imaginada “guerra de los jefes guerrilleros” se degradará en sangrienta cacería, donde entregan la vida muchos de los mejores militantes de la generación. En esta sangrienta represión encuentran su final las Fuerzas Armadas y sus duros ideólogos, esos que opinaban que al matar a la guerrilla se acababa la amenaza y que al hacerlo nos convertían en la “vanguardia de occidente”. Pretensión exagerada para premio de un genocidio. Hay pensamientos que, al separarse de la realidad, se terminan convirtiendo en una enfermedad.

El aporte de esa dictadura nefasta fue llevarse para siempre una concepción del orden y la cultura, una idea que imaginaba que la consecuencia de reprimir permitía vivir de rentas abriendo un banco en cada cuadra de la ciudad, pagando diez por ciento mensual en dólares y destruyendo todo lo productivo. La peor consecuencia de esa masacre está en la degradación de toda la sociedad y como terminan muriendo en su intento de matar y devolviéndole vigencia a su víctima, a una guerrilla que portaba la soberbia del guerrero y terminó refugiándose en las prebendas de la víctima y del perseguido. Como si la guerrilla por no ser gobierno tuviera licencia para matar.

El kirchnerismo se encontró con la reivindicación de los Derechos Humanos y la izquierda luego de llegar al gobierno. Nunca antes se había interesado en esos temas, pero descubre que sus negocios pueden ser camuflados por la convocatoria al progresismo. Un mecanismo simple, un gobierno de pragmáticos y comerciantes le cede un espacio a los Derechos Humanos también a restos de fracasados marxismos y a cambio de eso, logra una defensa ideológica de sus prebendas acumuladas.

Ese encuentro entre una concepción feudal de la política y del poder con grupos llenos de pretensiones ideológicas engendra una organización parecida a un partido pero en rigor limitada a las órdenes y los caprichos del jefe de turno. La obediencia en los negocios surge de la necesidad de las prebendas y en la política tiene dos viejas escuelas, la guerrilla y el Partido Comunista. En ambos grupos el disidente era pariente del traidor, nada explica más su fracaso que este asesinato de la libertad.

Los enormes gastos del Estado en medios y publicidad van a forjar un partido del oportunismo. Primero inventan un revisionismo histórico tan mediocre como innecesario. Pacho O´Donell va a jugar un papel en esa degradación. Luego vendrá un remedo de formaciones que persiguen a los disidentes para acusarlos, esenciales al estalinismo en su inicio; y así se instala la oscura imagen de Horacio Verbistsky. Finalmente se suma una concepción del Derecho tan permisiva y frívola que cuestiona al orden como simple vicio burgués y Eugenio Zaffaroni será un propulsor de este absurdo cambalache. Lo llamativo es que ninguno de estos personajes, lo mismo que los Kirchner, fueron perseguidos por la Dictadura, ni siquiera necesitaron salir del país. Solo coincidían en cuestionar y degradar el orden y las instituciones vigentes como si el progreso se refugiara en la simple convocatoria al caos.

Perón les resultaba molesto, lo mismo que sus seguidores. Inventaron una memoria de la Dictadura donde ellos eran la única víctima y los únicos rescatables. Transformaron la Justicia en venganza: por peores que hayan sido los genocidas, merecen los mismos derechos que todo ser humano, pero a ellos sólo les interesaba el poder y los beneficios que les generaba, inventando un pretencioso “modelo” que únicamente reivindicaba a la burocracia y defendía sus innumerables delitos. Un autoritarismo feudal y grotesco se instaló en nuestra sociedad. Nada parecido al peronismo cuyo logro se basaba en integrar los caídos al sistema, aquí solo se trata de convertirlos en clientela electoral.

Las elecciones nos van a sacar de este riesgoso relativismo cultural con saqueo económico. Es hora de que asumamos que los otros candidatos expresan a la democracia que necesitamos recuperar, y que luego vendrán los tiempos de afinar el rumbo político. Derrotarlos es imprescindible; cuando lo logremos no olvidemos quienes fueron sus gestores. Esos no son nuestros adversarios, esos son nuestros enemigos. Es imprescindible asumirlo.

Sobre la unidad del peronismo

Hay una intención reiterada de convocar a la unidad del peronismo, de todos aquellos que alguna vez ocuparon cargos en su nombre, como si todos juntos pudiéramos acercarnos a algo parecido a un partido, a una construcción que le sirviera a la sociedad. Buscan recuperar el nombre y su estructura. Ellos imaginan que el final del kirchnerismo va a dejar un tendal de caídos que, al juntarlos tal vez podrían rehacer algo que les permita seguir discutiendo sobre el poder.

El peronismo, en el retorno a la democracia, fue el instrumento que sirvió a un sector de la derecha para privatizar en tiempos de Menem y luego para estatizar en tiempos de los Kirchner. Usado por la derecha y la izquierda, sin siquiera sufrir demasiadas deserciones y, en muchos casos, como el de YPF, la misma gente sirvió para el negocio de privatizarla primero y para el de estatizarla después.

El peronismo sería el nombre de un conglomerado de gobernadores e intendentes que junto a una multitud de burócratas viven muy bien de administrar un Estado que termina haciendo vivir muy mal a los que caen en el error de votarlos. Vendría a ser la enorme estructura que vive de la herencia de un líder y un pensamiento que ni siquiera se siente en la obligación de respetar. Ayer los que destruían el Estado de bienestar lo hacían en su nombre; hoy los que edifican una burocracia infinita también lo usan cuando necesitan votos, tanto como dejan de respetarlo cuando se entregan a restos de viejas izquierdas gorilas que nunca nos entendieron.

Nada menos casual que el acercamiento del Gobierno con Rusia y China, países que ayer soñaron el socialismo y hoy apenas transitan el capitalismo de las burocracias que limitan las libertades. Es la vieja excusa de justificar dictaduras sólo para enfrentar al imperialismo. En realidad, enfrentan la democracia porque no pueden sobrevivir a la voluntad de los votantes. Luego viene la defensa de Cuba y Venezuela, variaciones sobre un mismo tema, el socialismo como propuesta y el autoritarismo o la dictadura como realidad.

Los movimientos surgen de una necesidad de los pueblos, nacen en su rebeldía y agonizan en manos de los que usan su memoria al servicio de sus ambiciones. El peronismo nació en la clase trabajadora, el kirchnerismo es un fenómeno de capas medias intelectuales y marginales necesitadas. Antes se integraba a todos a la sociedad, hoy se convierte la pobreza en clientela electoral. Si en su nacimiento el peronismo fue confrontativo, en su retorno el General buscó pacificar. Las viejas izquierdas suelen vivir incentivando el conflicto. Son dos formas opuestas de hacer política.

El actual Gobierno logró unir oscuras mafias con restos de viejas revoluciones, pero de esto no salimos juntando ex funcionarios cuyo pasado es el origen y el gestor de este presente.

El Maestro Marechal decía que sus enemigos habían descuartizado el cuerpo de Megafón y que sus discípulos lograron reunir todos sus restos, pero nunca encontraron su miembro viril. Estamos obligados a gestar propuestas de futuro y eso se logra convocando ideas y pensadores. En la voluntad de trascender está la propuesta y, en las ideas, su virilidad.

Golpes bajos

El Gobierno se creyó eterno, superior, con una conducción infalible y unificada, unificada y no en torno a las ideas, sino a una concepción del poder. Obedientes fueron todos, demasiados se pasaron de la línea y va a ser difícil que vuelvan a merecer respeto de la sociedad. Los peronistas, manoseados y humillados, conducidos por viejos izquierdistas sin rumbo ni destino. Las ganancias justificaron la degradación de las ideas.

El kirchnerismo inventó un juego siniestro, junta votos como peronista y luego gobierna como viejos marxistas oxidados. “El Chino” Zannini, personaje mudo, más heredero de Rasputín que de Marx, nos hicieron el cuento de la justicia social y se llenaron de plata ellos. Los viejos cuadros del Partido Comunista, esos que nunca ganaron a nada, pero nos conducen con una banda de personajes menores, unidos por un desprecio profundo al peronismo y en especial a Perón, y además a todos aquellos que según esos señores, somos de derechas.

Y casi ni hubo peronistas que salieran a defender la dignidad, tan solo un grupo de sindicalistas en serio como Moyano y Barrionuevo, solo un gobernador, De la Sota, y pocos, muy pocos intendentes, los negocios se llevaron puestos a demasiados. En el anzuelo el votante mordía un Boudou, pero tenía que digerir algunos que se imaginaban marxistas, la mayoría de ellos porque asumía la izquierda como el nombre necesario para la traición. Lázaro con Boudou, esa era la línea media, el poder real, los viejos y enriquecidos funcionarios que se creían peronistas pero ya estaban demasiado ricos para recordar viejas ideas, y una burocracia supuestamente marxista, pero no porque buscara ideales de justicia sino tan solo porque atrasaba más que la misma cortina de hierro.

Reivindican cualquier cosa. Fueron lentamente organizando un partidito de izquierda, con oradores y consignas que solo entienden los universitarios -o al menos simulan entender. Persiguiendo disidentes, se transformaron en estalinistas con poder -la peor calaña-, convencidos de que pueden ejercer toda su maligna voluntad ya que son dueños del bien y se dedican a combatir al mal.

Gestores de odios, se disimularon bajo la desmesura presidencial para lograr sus beneficios, aplaudir cualquier discurso a cambio de recibir un trozo del estado.

Y ahora lentamente -demasiado lento es el proceso- van asumiendo que se les acaba el tiempo de usurpación del poder. Una izquierda de Boudues y sin ideas, un cachivache agresivo que creció bajo un poder capaz de conceder cualquier espacio a cambio de la lealtad del aplauso. Y pegan bajo, cuando agreden queda claro que lo ejercen desde la estatura de un enano, enojados, usan todo para perseguir, agredir, lastimar, y lo importante, ocupar miles y miles de cargos para intentar convertir sus beneficios en eternos. Ellos tienen un verso de modelo virtuoso que, según ellos, benefició a la sociedad.

La Presidenta es tan autoritaria que no imagina un candidato que no sea ella, y en la búsqueda del cristinista puro van descartando aliados con ganas de imponer a un desconocido, como si los votos fueran todos de clientela, como si cualquiera diera lo mismo con tal que la Señora lo señale. Rara mezcla de izquierdas fracasadas y negocios exitosos, los une el Estado, sus beneficios parecen alcanzar para todos.

Cuentan que Jacobo Timerman solía decir: “De Verbistski se puede decir cualquier cosa menos que sea una buena persona”. Y me parece que este concepto es abarcador de todo el Gobierno. Del kirchnerismo se puede decir cualquier cosa menos que sean dignos de respeto. Los demás son detalles.

Solo contra todos

Tuve largas charlas con Jesús Cariglino, intendente de Malvinas Argentinas. Me llamaba la atención que hubiera sido capaz de enfrentar a la Presidenta en su mejor elección y convertirse en uno de los pocos jefes municipales capaces de sobrevivir a esa confrontación. El kirchnerismo no tiene nada que ver con el progresismo ni la supuesta izquierda, pero da batalla con todos los elementos del peor estalinismo. Usa todo el poder del Estado para derrotar adversarios y, en este caso, no sirvieron sus artimañas. Esto implica que si un intendente se ocupa de su municipio puede estar seguro del acompañamiento de sus votantes. Ver la obra que edificó durante su mandato define una idea de lo que debe ser una gestión.

Claro que para muchos sensibles opinadores la historia de los supuestos “barones del conurbano” es igual para todos. Como si un supuesto experto en arte generalizara sobre los cuadros de un museo, sería una simple manera de expresar ignorancia. Algunos hicieron hospitales mientras otros multiplicaron la miseria; siempre y cuando los juzguemos con la misma vara no va a existir la política. Y en el dialogo con Jesús fueron apareciendo las razones de fondo del retroceso que impuso el gobierno kirchnerista. La idea de premiar a los obsecuentes y de castigar a los disidentes siempre implica recorrer un camino seguro hacia la decadencia. Aquel que ama su función y la desarrolla con pasión exige que lo respeten. La contracara de esto está a la vista: cuanto más floja es la gestión de un intendente o un gobernador, más obligado está a practicar el aplauso al poder de turno. Una manera infalible de seleccionar a los peores.

Pareciera que, por otro lado, la supuesta ideología sustituye los desaciertos de la gestión. Cuando el presidente Maduro culpa al Imperio intenta olvidar sus propias responsabilidades en la miseria que engendraron. El kirchnerismo ejerce siempre el mismo oficio, se imagina a sí mismo de izquierda o progresista tan sólo por los odios y resentimientos que porta.

Cuando Néstor Kirchner se enfrentó con Clarín, según los obsecuentes de turno, uno debía compartir el odio tal cual fue ordenado por el jefe. Pensar que al mismo tiempo le entregaban a Telefónica negocios infinitos mientras se fomentaba el crecimiento de DIRECTV fuera del alcance de la ley. Y todo a cambio de que el Canal 11 se convirtiera en una señal boba, sin contenidos. Con el dinero del juego – ese juego que siempre enfrentó y cuestionó el peronismo, ese juego que el General nos pide que votemos en contra – genera ganancias que implican un poder infinito, comparable con el fantasma que la Presidenta convoca cuando se refiere a las poderosas “corporaciones”. Ya sabemos que ninguna corporación es más grande que las que maneja el Gobierno y que se refieren únicamente a los sectores que todavía no pudieron doblegar. Cada vez que la escucho con esa cantinela sé que se refiere a los que opinan libremente, percibo sobradamente que me imagina dependiendo de alguna corporación. Como si por el solo hecho de no obedecerla uno cayera en las redes del mal.

Mis charlas con Jesús Cariglino las vamos a desarrollar en un libro. Será un dialogo donde un hacedor responde a alguien que quiere hablar de ideas. Se me ocurre que caminar las calles de nuestra sociedad marca la decadencia impuesta por esta nefasta “década ganada” y la pobreza se palpa, el atraso lastima, los discursos emitidos por la cadena oficial transitan sólo por el espacio de unas rencillas de consorcio. El último discurso de más de tres horas en el Congreso fue sin lugar a dudas una mancha de decadencia en nuestra democracia. Se trata de una simple manera de definir la división de nuestra sociedad, entre los que opinan que el discurso de la Presidenta tiene estatura de estadista y los que nos sentimos avergonzados por el tono y el contenido con el que insiste en dividirnos.

Tomo como ejemplo a Jesús Cariglino porque los enfrentó y los derrotó en el momento de mayor poder y soberbia a este kirchnerismo hoy decadente. Y esa energía y esa voluntad es la que necesitamos para recuperar nuestra democracia. Que no me vengan con discursos de encuestadores; precisamente hoy leí uno que me enojó mucho. Me quedé con la duda si el que lo escribía no ejercitaba un intento de oficialismo solapado.

Yo creo que la política es obra y decisión. Pienso también que, cuando estamos obligados a confrontar, no tenemos derecho a hacernos los distraídos. Lucho contra este Gobierno y elijo la imagen y la fuerza de un amigo que lo enfrentó solo y contra todos en el dos mil once. Ahora somos muchos, el kirchnerismo está derrotado, la absoluta mayoría así lo decidió. A los encuestadores oficialistas les llegó la hora de abstenerse.

El poder kirchnerista tiene fecha de vencimiento

Somos una sociedad marcada por las modas. La última sería la del “analista político”, una persona que tendría una mirada original sobre la realidad. Hay algunos -pocos- que lo logran, generalmente pertenecen al mundo del periodismo. También hay otros -varios, demasiados- que son beneficiarios de algún apoyo oficial que los lleva a hablar de temas trascendentes, o mejor dicho, de tirar la pelota fuera de la cancha para no malquistarse con el mejor pagador, el Estado.

Demasiados opinadores dan por sentado que el poder kirchnerista seguirá siendo vigoroso en el próximo Gobierno al margen de quien sea el candidato ganador. No soy un analista pero me animo a decirles que están equivocados. Confunden poder del Estado con lealtad. En una sociedad como la nuestra el poder del Estado es tan desmesurado que únicamente tienen libertad las provincias más grandes: Capital, Córdoba y Santa Fe. La gran mayoría de las otras son tan solo feudos administrados por delegados del poder. Es por eso que son todos oficialistas. Se dicen peronistas o cualquier otra cosa: son empleados públicos con un simulado poder territorial. Y tanto ellos como sus diputados y senadores van a apoyar mayoritariamente al Gobierno que venga. Son todos muy democráticos, se apresuran en apoyar al vencedor.

Ya nada tienen de peronistas los gobernadores que ni siquiera se animan a opinar, como los de Formosa o San Juan, los de Jujuy o Tucumán. Menem se animaba a enfrentar a Alfonsín. Kirchner lo enfrentaba a Menem. Hoy queda De la Sota como peronista, Capital y Santa Fe como centro derecha y centro izquierda; el resto expresa una dependencia económica que les impide la libertad política. Y seguirán obedeciendo al Gobierno que venga. Eran menemistas, son kirchneristas y van a ser del que gane en la próxima, sea quien fuere.

Vivimos uno de los peores absurdos, un gobierno de derecha, marcado por los negociados más corruptos y defendidos por restos oscuros de antiguas izquierdas gorilas. Y digo “gorilas” porque ese término define a la gente que se cree superior a otros y los desprecia. Eso fueron gran parte de quienes integraban la guerrilla; eso fueron casi todos los del partido comunista y varias escuelas de aburrido marxismo. Eso son los seguidores de la Presidenta, personaje que se cree superior a los demás, aplaudida y apoyada por los que usufructúan de esta coyuntura de degradación institucional.

Gracias a Lorenzetti que no somos Venezuela, si en su lugar estuvieran Zaffaroni o Gils Carbó, dejábamos la libertad para ingresar a la dictadura de la burocracia. Demasiados personajes menores imaginan que toda limitación de la libertad es abrir un camino hacia la justicia social. Esa mezcla absurda donde el poder de los negocios impone un rumbo a los viejos peronistas de la prebenda y se suman como aporte ideológico los restos de derrotadas izquierdas. Todo eso junto no puede dar un perfil político durable. Más aún cuando el centro del poder son los negocios o, mejor dicho, los negociados que despliegan en torno al juego y la obra pública.

Entre la enorme masa de medios oficiales o financiados por el Estado y los muchos que opinan sin querer lastimar los oídos del mejor pagador, entre ambos, nos cuentan la historia de un Gobierno con enorme apoyo y mucho futuro. Todavía para demasiados no es negocio asumir que la Presidenta pierde en todas las coyunturas, que este invento absurdo llamado kirchnerismo no va a tener demasiada vigencia el próximo año.

Un poder sin herederos cuyo núcleo duro carece de la más mínima chance electoral, un gobierno que sólo puede ser continuado por Daniel Scioli, que es el mejor posicionado por ser el que menos se les parece. Por un corto tiempo van a seguir alquilando encuestas y asustando distraídos; de cualquier forma que lo miremos están transitando su etapa final.

Si lograban imponer el miedo, ganaban ellos. Se inicia el tiempo donde el pánico lo comienzan a sufrir ellos. Son un poder pasajero, una burocracia prebendaria enamorada de la renta que generan los cargos y de lo fácil que es la vida siendo funcionario del Estado. Años subsidiando trenes para recibir retornos, ahora amenazan con cerrar el negocio.

Gane quien gane, todos los que nos sentimos amantes de la libertad debemos construir un espacio donde no necesitemos un salvador que nos conduzca, sino que de una vez por todas aprendamos que cuando los gobiernos parecen débiles es que los pueblos son fuertes. Que el próximo Presidente exprese la libertad de la democracia; será apoyado por el más fuerte de los partidos, el que podemos integrar entre todos.

 

Los violentos y el poder

En los setenta, la violencia de la guerrilla conduce al suicidio a una parte importante de mi generación. Digo suicidio ya que encararon una guerra en la que era imposible vencer. Y de esa voluntad desesperada va a surgir lo impensable, que fue la desaparición definitiva de sus represores. En la demencia de hacer desaparecer a la guerrilla encontraron el lugar de su propia inexistencia. La derecha, en su variante militar e intelectual, va a quedar reducida al triste espacio del verdugo; va a sufrir castigos tan excesivos como los que soñó imponer, pero no como fuerza de las armas sino como decisión de una democracia. Y contra eso no quedó siquiera ni el valor de las palabras.

Fue tan definitivo el triunfo del derrotado que tuvo espacio para inventar una supuesta teoría donde- para que nadie imaginara la existencia de dos demonios- la única violencia ilegal era la del Estado, quedando la otra unida al sueño imaginario de las revoluciones. Aún en democracia, cuando la guerrilla mataba era épico y cuando les respondían era siempre López Rega y las tres A. Una deformación de la realidad que permite desvirtuar la voluntad del pueblo, degradar a su partido, el peronismo y convertir el error de buscar la violencia suicida en el recuerdo del heroísmo revolucionario.

Nunca fui de derecha, claro que tampoco por ejercitar la violencia nadie tuvo autoridad para instalarse en la izquierda. Perón no fundó ninguna guerrilla, sólo convocó a un sector a acompañarlo en su retorno democrático y es esa misma organización, premiada con Gobernadores, Ministros y legisladores, la que decide retornar a la violencia en plena democracia. No estamos debatiendo la violencia contra la Dictadura, sino su demencia de ejercerla en medio de una democracia de la que formaban parte.

La deformación de esa historia intenta imponer el protagonismo de los guerrilleros por sobre el del pueblo, como si a Perón lo hubieran traído ellos, como si la violencia de las minorías fuera más importante que el peso enorme de la clase trabajadora. El peronismo no era ni yanqui ni marxista y eso, en un tiempo donde el marxismo parecía ser el dueño del futuro. Hoy, cuando el Gobierno se abraza a deformaciones que nos separan de las democracias y las libertades con la absurda excusa de confrontar con el supuesto imperialismo, debemos denunciar que en nada este accionar se asienta en nuestras ideas. En rigor, estuvo tan lejos Carlos Menem de nuestro pensamiento al articular sus “relaciones carnales” como absurdo es que hoy nos alineamos con sectores que jamás fueron parte de nuestra historia. Pareciera que los negocios privados de los funcionarios son más importantes que los intereses colectivos.

El peronismo tiene elementos culturales y políticos dignos de ser recuperados, por encima de la deformación derechista de Menem o de la violencia discursiva del kirchnerismo. No propongo recuperarlo para volver al poder, sino tan solo para aportar sus aciertos, criticar sus errores y para sumarlos a futuras fuerzas donde se recupere lo mejor de cada sector.

Se agota un Gobierno que utilizó el nombre del peronismo únicamente para deformar sus ideas. Es tiempo que los peronistas recuperemos nuestros aportes, para la memoria colectiva y no para ponerlos al servicio de ninguna ambición personal.

Lecciones de una marcha multitudinaria

La marcha fue multitudinaria, fue un pueblo de pie diciéndole no al intento de instalar una dictadura de personajes menores conducidos por la Presidenta. A esa enorme cantidad de gente le corresponde una enorme cantidad de estupideces repetidas hasta el cansancio por los empleados públicos, que están obligados a opinar para subsistir y lo hacen como si imaginaran que piensan y expresan genialidades. En todo intento autoritario se suman listas de intelectuales que creen encontrar en la realidad su lugar de vanguardia iluminada. Ni en eso vivimos una experiencia original. El peronismo tuvo su guerra y consigna (“Alpargatas sí, libros no”, que tenía mala prensa); Carta Abierta le devolvió su vigencia al merecer alpargatazos. Los intelectuales suelen ser elitistas y el mero hecho de que les asignen un espacio los lleva a imaginar que el Gobierno les reconoce el talento y en consecuencia, devolviendo gentilezas, intentan asignarle virtudes.

Marcharon muchas mujeres mayores, portadoras de la memoria histórica de los 70, de aquellos tiempos donde se caminaba alegremente a una guerra que se asemejaba a un suicidio. Y pocos jóvenes. Somos parte de una sociedad donde la naturaleza les concede a los jóvenes un tiempo de gracia, un tiempo donde no es necesario trabajar. Con sólo recorrer las universidades, los carteles y las consignas, nos queda claro que se pueden romper vidrios primero, arreglarlos después y terminar con el tiempo haciéndose cargo de su fabricación.

El autoritarismo no tiene fisuras, toda alternativa será motivo de sus odios. Ya se les vuelve complicado armar una epopeya con las cadenas oficiales. La Presidenta solo les aporta una cuota de resentimiento que ellos luego de largos hervores convierten en caldos revolucionarios. No me canso de repetir: si en los 70 vivimos la tragedia, ahora llegó el tiempo de la comedia. Ni les entra en la cabeza perder las elecciones, no imaginan vivir sin usurpar el poder.

Pocos, casi ninguno del oficialismo, fue respetuoso frente a la multitud. No suelen soportar ni entender la realidad. Hace rato que se les cayó encima el muro de Berlín, cuando la democracia y la libertad se impusieron como valores imprescindibles para construir la justicia. Ellos encontraron en el kirchnerismo un espacio de prebendas que los hizo soñar con la toma del poder. Se cansaron de escribir y decir tonterías, de degradar a los que los enfrentamos y ahora, la marcha es tan sólo el aviso del final del recreo, del sueño de imponer un Gobierno de derecha con una burocracia estalinista de supuesta izquierda.

La marcha fue el anuncio de que tuvimos suerte y no pudieron destruir la justicia, ésa que a veces es corporativa y corrupta, pero siempre más digna y libre que si cayera en la alcahuetería dogmática de los que la llaman “legítima”. El estalinismo es siempre más decadente y nefasto que el peor liberalismo.

Es el último año de un Gobierno que terminó siendo una verdadera pesadilla. Las cadenas oficiales son sólo una muestra de desprecio al conjunto de la sociedad. Un feudalismo mediocre y corrupto asociado a los restos de dudosos revolucionarios, convertidos – todos – en saqueadores de un Estado que hicieron a la medida de sus necesidades. Venezuela fue el espejo en el que intentaron mirarse. Su fracaso es un testimonio más del destino del “modelo”.

Frente al conflicto, la mediocridad del oficialismo queda al desnudo. La marcha fue el último testimonio de que no pueden ni quieren entender el mensaje de la realidad. Ayer intentaban meter miedo; ahora se dedican a disimular el miedo que los comienza a acompañar. La derrota del intento de destruir la Justicia nos deja la esperanza de que varios de estos personajes menores que hoy nos destratan terminen tras las rejas. Es un ejemplo que nuestros hijos necesitan y merecen.

Reconstruir la democracia

El cristinismo actual es un partido construido en torno a una persona, tan pegado a ella que no puede nombrar un heredero. Nadie creció a su lado, ella imagina y ellos esperan que su dedo creador le otorgue vida al sucesor. Aparecen carteles con fotos de los amigos de la Señora al lado de ella y compartiendo el inasible “Modelo”, eso que ellos imaginan genial y a nosotros nos resulta nefasto. Scioli tiene los votos, pero ellos, los de la secta no se conforman con la mera opinión de los votantes. La gente no puede leer Carta Abierta, no llega a entender de qué se trata. Demasiados de nosotros tampoco.

En un autoritarismo la única manera de participar es aplaudir, uno deja de pensar, de opinar, de sentir que tiene algo para aportar. Ministros y legisladores obedecen como asustados, sin derecho a correrse del catecismo que les bajan desde el verdadero poder, los Rasputines de turno, esos que entre bambalinas no necesitan ser votados. Pertenecen al entorno de la gran autoridad, del personaje que elegimos democráticamente para que nos conduzca a un espacio que en poco o nada se parece a la democracia.

La Presidente va a terminar por demoler el kirchnerismo, ese va a ser su mayor legado a la sociedad. Con Scioli se le van a ir los peronistas que ya no son otra cosa que comerciantes del poder, igual que eran ellos en Santa Cruz antes de llegar y ponerse el disfraz de progresistas, con derechos humanos y sueños de enfrentar al imperialismo. Discuto hace tiempo y defiendo mi opinión de que esta absurda mezcla de prebendas sólidas con ideas cambiantes va a desaparecer en poco tiempo. Muchos hablan de un kirchnerismo opositor, es un oxímoron, este es un partido del poder.

El fenómeno central es que viejos militantes de revoluciones pasadas y fracasadas encontraron en el pragmatismo de los Kirchner un espacio de poder con infinitos beneficios y además, un reconocimiento a sus supuestas virtudes. A cambio de ese protagonismo tardío, los que ayer no le perdonaban nada a Perón terminaron enamorados de Cristina. En rigor, el General que retornaba para pacificar les quedaba grande a los imberbes que se querían suicidar en una guerra donde nunca tuvieron ni la remota posibilidad de triunfar.

La Presidente nos somete a una cuota de tensión y agresión que excita en su apoyo a supuestos pensadores a los que es imposible entender pero no es necesario intentarlo. No confrontan por defender ideas que no tienen sino tan solo por disfrazar resentimientos como si fueran propuestas de ideas que salvarían la patria, un espacio limitado donde solo están ellos.

Perón representaba a los humildes y volvió para pacificar. Hubo dos sectores que se opusieron, una derecha militar derrotada para siempre y una izquierda violenta y autoritaria que estamos obligados a superar ahora. La Presidente nos va a dejar en estado agónico; de nosotros depende la construcción de la democracia y las instituciones a partir de superar semejante calamidad.

El kirchnerismo sirvió para eso, para desnudar y poner a la vista de todos a lo peor de nuestra sociedad. Con lo restante debemos ponerle pasión a la cordura y reconstruir la democracia. Es una causa noble y estamos a tiempo y en condiciones de lograrlo.