Pelear contra el oportunismo y la obsecuencia

Tuve un problema de salud recientemente. Recurrí primero a Malvinas Argentinas, donde me atendieron médicos idóneos y me diagnosticaron. Mi obra social incluía el Sanatorio Anchorena, no la había utilizado nunca. Allí fui tratado muy bien y el médico que me dio de alta al ver mis estudios me contó que había hecho su especialización en Malvinas. Hace tiempo que hablando con mi amigo y compañero Jesús Cariglino lo interrogué sobre cómo había construido semejante estructura sanitaria, social y administrativa, y terminamos convirtiendo nuestro diálogo en libro. Tardé en darme cuenta que viviendo en pleno centro había confiado un tema de salud que me asustaba en una estructura del conurbano. No era solo conocimiento personal, eran dueños de un prestigio científico indiscutible y socialmente compartido.

Cariglino puede ser amontonado entre los “barones del conurbano”, pero en rigor no tiene nada que ver con ellos. Enfrentó a la Presidenta en el 2011, en la plenitud de su poder, y logró triunfar contra el oportunismo y la obsecuencia. Y fue el único, o sea que además de la obra es dueño de su propio pensamiento. Y con todos estos años con el poder oficial en contra, logró continuar su obra, mientras muchos obsecuentes convertían sus beneficios oficiales en clientela electoral y deterioro social.

Somos fanáticos del fútbol y conocemos a fondo las virtudes y defectos de cada jugador, somos displicentes en política y decimos barones, peronistas o políticos como si todos fueran iguales. Y así nos va. Lo mismo nos pasa con cada uno de los candidatos. La política es un arte de sutilezas, no podemos convertirla en un pintura de brocha gorda. Tucumán y Jujuy nos muestran el rumbo de la peor política, de aquellos lugares donde la decadencia se instala y además se desarrolla, donde hace tiempo que la degradación de la dirigencia se va convirtiendo en degradación de la misma sociedad.

Uno puede votar o no a un candidato, pero además debería conocerlo y poder hablar de su gestión. Nadie puede negar el avance económico que los Rodriguez Saá implicaron para San Luis, tan evidente como el atraso que Gildo Infrán implantó en Formosa. Hay gobernadores y legisladores que son una verdadera vergüenza para la política, no piensan ni ejecutan, ni opinan otra cosa que no sea adular al oficialismo de turno. El kirchnerismo fue la degradación de la política en obediencia, y los que no tienen otra forma de vivir que el oficialismo es normalmente porque no sirven para nada. Para poder enfrentar al oficialismo actual, enfermo de personalismo e impunidad, para poder hacerlo había que tener obra y no ser vulnerable a la obsecuencia de sus servicios de informaciones. Lo mismo paso en el sindicalismo, donde un sector decadente se convirtió en mero administrador del sistema de obras sociales dejando siquiera de opinar de política.

Escuché a un personaje de La Campora que va a salir a enfrentar a Cariglino. Nadie tiene que quedarse para siempre, pero esa agrupación es ahora tan solo una expresión del peor atraso. Usan el Estado para ganar elecciones, aprenden de la Presidenta que quiere seguir ganando votos usando la cadena oficial. Y nadie todavía se anima a decirle la verdad, no se atreven a avisarle que sus enojos están más cerca de espantar votos que de seducirlos.

El kirchnerismo agoniza como intento de totalitarismo sin otro sentido que el de satisfacer la ambición de un grupo más parecido a una secta que a una fuerza política. La Presidenta no quiere a nadie, ni al candidato que ella misma eligió. Nos recuerda a Menem, que trabajaba para impedir el triunfo de Duhalde. Scioli todavía no nos dice si va a ser un candidato o un simple delegado. Se retira Cristina y no van a tener más mayoría absoluta, por suerte la democracia se está recuperando. Y salgo en defensa de Cariglino como un símbolo de los que pelearon cuando nadie lo hacía y además porque su gestión es digna de ser rescatada. Obra y rebeldía, dos temas tan escasos que merecen ser respetados.

La agresiva despedida del kirchnerismo

El ego suele crecer con el halago y cuando éste es excesivo, puede terminar enfermando al elogiado. El kirchnerismo es una degradación de la democracia que necesita no tener adversarios, un intento de desmesura que apuntó siempre a quedarse con todo. Es la ambición desbordada por la impunidad. Y la Presidenta, en su final, nos aclara que no nos deja un heredero sino tan sólo un delegado. Falta que diga que no le interesa si gana o no su fuerza política, sino que le sigan obedeciendo.

Para Scioli la idea es ampliar los votos del oficialismo, algo que para la Presidenta ya tiene olor a traición. Me imagino que en sus sueños, si ganara Scioli, a ella le correspondería ejercer el poder; no creo que (ni) siquiera le reserve el derecho al primer discurso presidencial. Tiene su ego desmesurado a tal nivel que se considera a sí misma como un ser superior, como una estadista digna de quedar en la memoria de su pueblo. Ella cree que nos queda grande y nosotros ni siquiera logramos respetarla; eso sí que es una fractura, no ideológica, tan sólo psicológica.

Los aplaudidores desnudan la degradación de los cargos públicos en empleos públicos, todo nombramiento expresa un grado de ascenso en la cadena de la obsecuencia. Resulta absurdo que una sociedad se encuentre dividida entre los que imaginan que nos gobierna una estadista y estamos avanzando hacia grandes logros y los que no podemos soportar una cadena oficial y estamos convencidos que el conflicto no es con el neoliberalismo sino con la cordura. Los viejos restos revolucionarios beneficiados por la burocracia de los negocios santacruceños justifican en la desmesura el sentido difuso del cambio. Dado que el orden es burgués, el desorden será transformador. Días pasados, en un canal de alcahuetería oficial, una fanática explicaba que son sólo doce años de gobierno justiciero, todo lo anterior no era rescatable.

El peronismo sobrevivió porque nunca se encerró en explicaciones dogmáticas, cada uno decía y pensaba y adhería por lo que se le diera la gana. Y siempre despreciamos a los del comunismo ya que todos parecían loros repitiendo los mismos memorizados argumentos. Cuando no hay razones se deben inventar consignas que generen certezas y eso es lo que sucede hoy. Claro que los discursos presidenciales son de difícil digestión y de imposible justificación. Como viejo rico con novia joven, todos sabemos cuáles son las razones del amor. Y a ellos se les hace complicado explicar -no aplaudir-, porque lo bueno de la obsecuencia es que viene con el mecanismo de aplauso incorporado.

En mi opinión, Daniel Scioli no será un títere de Cristina en caso de llegar a la Casa Rosada. La Presidenta mantiene únicamente el poder del lugar que ocupa, al irse difícilmente logre darles una perorata deshilachada y sin sentido a sus parientes más cercanos. El verdadero poder está en la persona, a veces solo en el cargo; los grandes logran que coincidan ambos, sin duda, este no es nuestro caso. La Presidenta parece no tener vida fuera del sillón de jefa y se enoja demasiado cuando la realidad le anuncia que pronto pasará a habitar un lugar en el vecindario del anonimato. Hay un Scioli antes y otro después de estar debajo de su poder y cuando uno es sabio sabe bajarse del cargo. En la necedad, los autoritarios logran que los termine derrotando el olvido. Tanto soñar con un golpe imperial o de mercado, nuestra Presidenta termina en la aburrida amnesia que suele engendrar la mediocridad. Ésto es algo más cruel que la misma justicia a la que tanto le teme -y le sobran razones para hacerlo.

Y unas palabras finales dirigidas a la Presidenta. La gran mayoría de sus aplaudidores prefiere el cargo a la dignidad y usted les plantea el peor de los dilemas, los obliga a optar entre el fanatismo que lleva a la derrota o a tomar distancia de su persona. Su talento es un tema discutible, no así su egoísmo y queda claro que a usted no le importa nada más que su persona. En cada cadena oficial, a los muchos que no la queremos nos regala una alegría importante: gane quien gane ya nunca más deberemos soportar esta tortura. Antes creía que el noventa por ciento de sus aplaudidores lo hacían por beneficio o necesidad y un diez por ciento convencido de sus ideas. Ahora que la escucho en su agresiva despedida ya no creo que haya inocentes, el poder explica a sus mismos seguidores. Si no fuera por el lugar que ocupa y las riquezas que reparte, usted no lograría más seguidores que los de cualquier partido menor.

Me resulta perverso que termine eligiendo a Scioli para luego ni siquiera acompañarlo con su respeto. Pareciera que es de sobra consciente que, al no respetar a quienes la rodean o a quienes la enfrentan, usted deja de respetarnos a todos. Lo más importante de su gobierno será sin duda la alegría de no tener que seguir soportando sus peroratas. Son un espejo en el que no merece mirarse nuestra sociedad.

Kirchnerismo, la versión progresista del atraso

El kirchnerismo necesitó presentarse en su versión diluida y edulcorada para tener posibilidades de sobrevivir. El Scioli menos querido terminó siendo el candidato más necesitado. Algunos encuestadores alquilados por el poder aseguraban que la Presidente se despedía plena de afecto, pero en todo caso no dejaba bien parado al “proyecto”. La línea dura, la que iba por todo, debió retroceder y ablandar posiciones. El supuesto radicalismo de la Ley de Medios finaliza su epopeya con todos los candidatos en TN. Nadie intentó llevar el debate a 6-7-8 o al recinto oficial de Carta Abierta. Los fanáticos no son las imágenes que sirven para convocar votos de clase media, y hoy los que expresaron hasta el aburrimiento su rechazo a Scioli hacen silencio o aplauden su propio olvido. El poder tiene razones que las presuntas ideologías no tienen. Los cargos y los negociados, los acomodos y los beneficios que permite el oficialismo lo convierten en el partido mayoritario, aunque ya el sciolismo le va absorbiendo aplaudidores al Gobierno. El kirchnerismo es la versión progresista del atraso; se refugia en las provincias donde la necesidad limita el ejercicio de la libertad. En Córdoba, por poner un ejemplo, gobierna el peronismo y el kirchnerismo ocupa un espacio secundario. Esto demuestra dos cosas: cuán lejos están del peronismo y cómo a mayor desarrollo y cultura política le corresponde menor vigencia.

Las PASO dejaron muchas enseñanzas y definieron una nueva sociedad. En la anterior elección presidencial, la oposición estaba dividida y con una imagen tan debilitada que sus candidatos ni siquiera sobrevivieron a la derrota. Se impuso una mayoría absoluta decidida a convertirse en monarquía hereditaria. Ahora -por suerte- no avanzan, retroceden. Siguen usando el Gobierno para intentar ganar elecciones; ese objetivo sólo se impone en las regiones donde la necesidad convirtió al ciudadano en clientela. El resultado dejó al oficialismo sin soberbia y sin seguridad de ganar en primera vuelta; al PRO lo dejó consciente de estar pagando caro no haber buscado más una política de alianzas que un desarrollo propio y a Massa lo terminó salvando De la Sota: recuperó protagonismo, pero en una situación complicada. La sociedad se compromete y vota con más responsabilidad, no regala su apoyo; se cuida mucho de la soberbia y del fracaso.

Esta elección será diferente, hay razones para ser optimistas. Es tan poco lo que depositamos en los candidatos que ni siquiera nos van a lastimar sus fracasos. Claro que vuelve la democracia. Perdida la mayoría absoluta, habrá leyes a debatir porque el kirchnerismo destruyó la Justicia pero también el Congreso. Nunca ser diputado o senador estuvo tan devaluado, tuvo tan poca presencia y respeto de la sociedad. Ni hablemos de ser juez: este joven Julián Alvarez -secretario de Justicia- intentó instalar como juez a un mecánico amigo. Para estos limitados personajes la obsecuencia es la virtud que sustituye al talento y a la formación; para todo alcahuete que se precie su indignidad es un principio de la virtud.

El mero hecho del debate entre los candidatos ya nos ofrece una nueva sociedad. Que los candidatos abandonen la teoría del enemigo para ocupar la idea del adversario, ése sólo paso ya implica un cambio profundo. Hay un avance: para la Presidenta, los que pensábamos distinto éramos sus enemigos, representábamos al imperialismo y las corporaciones. Yo me considero amigo de Daniel Scioli. No es mi candidato, pero no puedo negar que su mera candidatura ya implica un avance. El oficialismo tenía palomas y halcones, estos últimos no pudieron imponer un candidato propio. La idea de que le tocaba a uno de esos que imaginaban que ser bruto pero leal merecía premio electoral; confundieron la política palaciega con la política en la sociedad. La secta no suele funcionar en las épocas difíciles. En la bonanza, los alcahuetes y los obsecuentes parecen talentosos; en las malas esos decadentes seguidores se convierten en un lastre que es necesario ocultar. La democracia no es tierra para fanáticos y los inteligentes no suelen sobrevivir en la obsecuencia.

Si los tres candidatos con posibilidades toman conciencia de que cada uno de ellos expresa a un sector de la sociedad, y que todos son necesarios para construir un país que les devuelva la esperanza a nuestros hijos, si ellos asumen esa responsabilidad, volveremos a encontrar un camino en la convivencia. El kirchnerismo implicó el odio y la necesidad de inventar un enemigo para definir la identidad propia. Superar esa limitación es una obligación de todos. La dirigencia puede intentar ese rumbo, pero la sociedad debe comprometerse para imponerlo. Es un buen momento. Estamos saliendo de lo peor, superando la decadencia que impuso el sectarismo. Sin negar que lo que falta es demasiado, eso ya es bastante.

Oportunidad única para desterrar al autoritarismo corrupto

Llegamos a un principio de final feliz. La monarquía de Santa Cruz va a dejar de ser una cruz que debamos cargar entre todos. La Presidenta se despide con un humor agresivo e impune y todos los demás imaginamos un futuro sin ella. Estuvieron cerca de llevarse puesta a la democracia, de imponer esa absurda mezcla de negocios y autoritarismo, de corrupción con justificación ideológica, de derecha con pretensiones  de izquierda. Manchados, acusados, descubiertos en su enriquecimiento desmesurado, en el lugar de las ideas que proclaman instalaron la complicidad que los une. Y todos los que no pensamos como ellos, en lugar de opositores, venimos a ocupar el lugar del imperialismo y las corporaciones. Impunidad y caradurismo no les falta. En rigor, les sobra como a nadie nunca antes.

Hoy votamos y, primero, el candidato oficial es el menos oficialista de los candidatos. No es kirchnerista ni de La Cámpora, lo que queda claro al animarse a visitar Clarín. En realidad, ya todos se dieron una vuelta por el grupo de medios liderado por Héctor Magnetto; crearon tantos medios aburridos de oficialismo hiperbólico para terminar visitando al que no lograron comprar ni acallar. Y Scioli también  viajó a Cuba, no sabemos si para adherir al sistema o para averiguar cómo acercarse al imperialismo.

O sea que se va el apellido Kirchner, no lo hereda un fanático de esa enfermedad y luego pierden la mayoría absoluta, hasta es posible que no logren ganar en primera vuelta y sean derrotados.

Que quede claro: no es una elección más, no votamos candidatos sino sistema político, votamos entre democracia o autoritarismo. No llegaron a dictadura, no por falta de voluntad sino de puro incapaces y, además, hubo resistencia. Resistencia, virtud escasa en nuestra sociedad, vocación de servicio, presente en muchos lados menos en la política. Necesitamos cambiar, el Gobierno actual es malo y está gastado, son todos personajes unidos y amontonados  por la complicidad.

Massa venía primero lejos, tenía sus merecimientos, al jugarse había impedido la reelección. No quiero ni imaginar que hubiera sido La Presidente si la reelegían. Sin necesidad de ser perseguidos, se hubieran ido millares a vivir a otros lugares. Massa los derrotó y convirtió sus sueños en pesadillas. Igual,  con el dinero oficial contrataron miles de obsecuentes, como  José Pablo Feimann, que explica el imperialismo en el Canal Gourmet en el de cocina que denominan Encuentro, donde estos personajes anquilosados despliegan su recetario ya vencido por la realidad.

Macri organizó un centro-derecha transformador, apoyado en la eficiencia administrativa. Eso está en la Capital, el distrito más progresista y complicado, pero les fue bien, tienen un cincuenta por ciento de adhesión. Ese sector, el centro-derecha, es hoy el mejor organizado como partido: tuvo una interna en serio, ganó Macri y convocó e integró a los vencidos. Eso no se hubiera podido imaginar en otras fuerzas; en el kirchnerismo un disidente es un traidor que debe ser perseguido, primero por los servicios de información que tanto admiran y luego por los grupos de militantes rentados, o sea, alcahuetes oficiales que tanto abundan.

Macri va a internas con radicales y la señora Carrio; Massa compite con De la Sota; Scioli no compite con nadie. Ya lo eligieron, no por ser el mejor, no tenían otro, los leales a pleno eran todos piantavotos.

Margarita Stolbizer es una candidata de UNEN, grupo que tenía tantos candidatos que casi se queda sin ninguno. Pero merece el respeto de todos, ella expresa el progresismo, el centro-izquierda y la honestidad; ésa es la nueva política, la que necesitamos.

Digamos que el oficialismo retrocede con el desarrollo social; en Capital, Córdoba y Santa Fe sale tercero cómodo. Ya perdió Mendoza.  Sueña con ser la expresión mayoritaria de los necesitados de la Provincia de Buenos Aires. Ese es su sueño, su esperanza, que las clientelas les sigan siendo leales.

Los candidatos oficialistas de la Provincia se salieron de cauce, se dijeron cosas que nada tienen que ver con las ideas que no expresan y demasiado con los intereses que sí comparten y a veces compiten. Scioli había decidido tomar distancia del conflicto, la Presidenta tomó conciencia de que era una guerra posterior a su poder, ya sin ella gobernando.  Y salió a otra cadena, discursos donde intenta amenazar a la Justicia. Lo mira a Zannini y le dice “¿Te acordás cuando nos allanaron por el Banco?”. Les propone a todos no tenerle miedo a la Justicia, ya vendrán los empleaditos de “la legitima” y avisarán a los jueces que con el poder no se puede, que los fueros son eso, blindaje para que el delito escape del espacio de la ley. Brasil tiene corrupción, pero también empresarios y políticos presos. En eso, seguimos siendo los peores.

El discurso Presidencial podría sintetizarse en una sola frase: “Mantengámonos unidos que mi Gobierno nos da impunidad y  nos protege”.  Votamos un sistema, democracia con instituciones. Votamos contra una decadencia, autoritarismo con corrupción. Insisto, no elegimos tan sólo un candidato, sino mucho más, una forma de vida. Hagámonos cargo de semejante responsabilidad.

Adiós al Chueco

Se fue un amigo, un peronista, alguien que encontró en una causa su razón para vivir. No fue un romántico, pero nunca llegó a convertirse en un pragmático. Siempre supo nadar en las aguas del poder, pero sin perder la conciencia de la supremacía de la política. En eso y por eso era peronista; sabía que la política era el espacio desde el cual se podía intentar lo colectivo. Nada lo asombraba, y tampoco se dejaba llevar por la degradación que se había convertido en costumbre, en moneda cotidiana. Tenía códigos, esos que algunos frívolos asignan a la mafia y que son siempre expresión de la dignidad humana, esos que obligan a ser solidario con el caído y comprensivo con el débil, esos principios que le suelen imponer el limite a la desmesura de la mera ambición.

Cuando Néstor asumió, el Chueco fue un tema de nuestra conversación, quería conocer la razón de su enorme presencia en el peronismo, yo le insistía en que la agenda del Chueco era la esencia del padrón partidario. Recuerdo haberle avisado a Néstor que iría al encuentro anual que el Chueco haría en un espacio enorme, con muchos invitados. Fuimos pocos, muy pocos kirchneristas, pero el peronismo estaba casi todo. El Chueco no era de rendir pleitesía, nunca fue un obsecuente de nadie, siempre la peleó según su visión de la realidad. Manejaba todo tipo de personajes y situaciones, pero la política y el peronismo eran lo importante, todo lo demás lo negociaba. Continuar leyendo

Una democracia deshonrada por burócratas del delito

A veces uno intenta olvidar lo peor. Nosotros necesitamos hacerlo. La triste y oscura imagen de Venezuela, de una sociedad donde pudieron degradar al disidente, al que piensa distinto, fue el sueño de demasiados kirchneristas y la pesadilla de demasiados argentinos. Podemos decir que sus cerebros eran restos oscuros de izquierdas degradadas, ésas que encontraron en Kirchner un socio para canalizar sus resentimientos.

Escribieron un libro contra el Cardenal Bergoglio, soñando instalar en la Iglesia un hombre débil que dependiera del oficialismo. Si desarmaban la resistencia de la curia romana ya habrían avanzado mucho. Acompañaron la jugada con el ataque a los medios opositores, también con la idea de degradar a los independientes, de desarrollar obsecuentes, de terminar comprando y manejando a todos. La ley de Medios fue pensada para un gobierno que se soñaba quedando para siempre. En el juego del poder absoluto buscaron una CGT propia y la forjaron en torno a individuos en su mayoría con historias oscuras a los que amenazaban con denunciar.

Intentaron quedarse con todo lo que no manejaban, desde la Feria del Libro hasta la Sociedad Rural.

La ley de Medios y los servicios de informaciones, dos pilares del falso izquierdismo de corruptos dedicados a la explotación de la obra pública. Ya habían degradado el Congreso a cambio de negocios con todos los que lo convertían en una simple escribanía. Y el proceso continuó por la degradación de la Justicia, con esa historia triste y oscura de “Justicia legitima”, según la cual ellos nos devolverían una manera de enfrentar el delito ajeno respetando siempre el derecho a ejercer el propio del grupo gobernante.

Fue un intento de “ir por todo”, el final de la democracia sustituida por un grupo de burócratas cercanos al delito pero ocultos bajo el disfraz de una supuesta revolución. El adversario degradado en enemigo, el disidente convertido en traidor, el obediente aplaudido como supuesto “militante”. La libertad retrocediendo ante la impunidad y el miedo a que se instalen para siempre.

Esa invasión de los peores dejó al desnudo la debilidad de nuestra sociedad, demasiados oportunistas defendiendo sus negocios y sus cargos, demasiados inocentes confundiendo la degradación con una ideología justiciera. El kirchnerismo terminó siendo una enfermedad pasajera de la democracia, una convocatoria a lo peor de la sociedad. Marxismo devaluado para una propuesta de partido único; el otro, el que votan los otros, ese debe ser la derecha y el mal. Es la única manera de poder instalar e imponer el absurdo de que los que se apropiaron del Estado en su beneficio sean vistos como parte del bien.

Vienen perdiendo la partida: atacaron al Cardenal y lo ayudaron a llegar a Papa; se cansaron de atacar a Scioli y lo convirtieron en el único candidato; atacaron a medios hasta convertirlos en líderes de audiencia y si ahora se la agarran con Macri. Uno podría llegar a imaginar que les pagan por esos oscuros servicios, no suelen hacer nada gratis. Scioli no se animó a visitar la Rural pero concurrió a Clarín, los pilares de una ridícula supuesta ideología van cayendo sin pena ni gloria.

“Los inmorales nos han igualado” decía Discepolín. Con esta invasión que sufrimos con el kirchnerismo, el poeta se quedó corto. Los inmorales nos superaron por mucho, por demasiado.

Debatir, disentir, aprender

Silvia Mercado escribió un nuevo libro, “El relato peronista”, y me invitó a compartir la presentación con Juan José Sebreli, situación que agradezco y me honra. Es un ensayo meticuloso sobre la construcción del peronismo, una profundización de la idea de que estamos frente a un “relato”, palabra que según Sebreli sustituye lo que ayer definíamos como “ideología”. Obviamente sobre ese camino se llega a la conclusión de que el kirchnerismo es también un relato y en consecuencia la democracia termina siendo débil porque existe una masa, pueblo, humildes, engañables por el relato y entonces votan a cualquiera, digamos, al peronismo. A eso antes lo llamaban demagogia y ahora lo rotulan populismo. Sería así, una clase dirigente lúcida, capaz, brillante, que no logra ser votada por los pobres que votan a los que los engañan diciendo que los van a beneficiar cuando en rigor los arruinan. Moraleja: los pobres son brutos “desubicados” que cuando votan se dañan a sí mismos. Si votaran a los ricos no saben lo bien que les iría.

En un dilema que nos hace buscar un culpable. O es la clase dirigente que nunca se hace cargo de nada y jamás ofrece una alternativa digna de ser votada, o es el pueblo que vota a los que lo engañan. Primero opino que la suma de intereses individuales no genera un proyecto colectivo. Nuestros empresarios son, para mi opinión, mucho más limitados que el supuesto pueblo. Es complicado conformar una sociedad capitalista si a los ricos no les importa. Recién ahora algunos asumen que el valor de sus empresas está ligado a la solidez de las instituciones. Como ahora -sin Parlamento y al borde de quedarnos sin Justicia, asediados por la mafia de “Justicia Legítima”- no podremos arribar ni al capitalismo ni a la democracia, solo al poder mafioso.

Los partidos políticos son apenas estructuras de las que nos ocupamos cada tanto y no surgen de ellos candidatos dignos de ser votados. Cuando critican al peronismo, intentan olvidar que luego de derrocarlo, a ese supuesto “relato”, durante dieciocho años no supieron qué diablos hacer. Frondizi les resultaba demasiado comunista, pensaba y era inteligente -y como bien sabemos esos son los marxistas. Illia les resultaba demasiado decente y, como era decente, era lento. Y vino Onganía, que destruyó la Universidad dando origen a la guerrilla. Perón retornó después de esos dieciocho y no había dos demonios, pero entre la guerrilla que se imaginaba invencible y la derecha militar que seguía soñando con el golpe salvador -entre ambos- nos volvieron a la guerra y al atraso. Pero escribimos libros donde la culpa la sigue teniendo Perón. Que desde ya tuvo la suya, pero al volver planteó la paz y la unidad nacional. Pero eso que sólo Perón planteó desde el poder no tiene herederos, nos queda grande y entonces unos reivindican al suicidio de la guerrilla y los otros, al escepticismo de los que no creen en nada. No somos capaces de crecer a partir del gesto pacificador.

No nos interesa la política porque somos tan egoístas que a nadie lo convoca el destino colectivo. El peronismo fue mucho más que un partido político, fue una cultura, una pertenencia de los desposeídos, de los que no estaban incluidos en el proyecto de ser una reproducción de Europa por estos lados. Demasiada inmigración nos fue diluyendo la identidad, la pertenencia, y entonces el peronismo les otorgó una identidad a los de abajo, o mejor dicho, los de abajo se forjaron su propia identidad. Inventaron su mito fundacional, invulnerable al análisis racional de los otros, los individualistas. Aquí está el debate de fondo, para Wilfredo Pareto “la historia es un cementerio de elites”, ese no sería peronista. Para nosotros, el mayor nivel de conciencia se expresa en el seno del pueblo. Ahí nace el peronismo. Es el partido político de los de abajo, de la mucama, cosa que molesta a los cultos, que son demasiados pero tan egoístas que cuando se juntan solo se amontonan, no proponen nunca nada o tan sólo algún proyecto económico de vender algo que les deje una comisión.

Yo creo en la conciencia colectiva, que no es la suma de los individuos, sino algo muy superior. El peronismo no es el todo, pero es un aporte importante.

Un viejo amigo, ya en el cielo, que era muy gorila y había sido comando civil, ese gran amigo me dijo una noche con sabiduría: “Nosotros pensábamos siempre que había que darle ideales a los ricos y dinero a los pobres. Perón se dio cuenta que todo eso era al revés y les dio ideales a los pobres y nos dejó su vigencia para toda la vida”.

Como digo siempre, populismo es la degradación de lo popular. Gardel y Perón son lo popular, cada vez cantan mejor; los Menem y los Kirchner son el populismo, son pasajeros, duran el tiempo del poder y luego regresan al olvido. Al peronismo lo engendraron los trabajadores; a las minorías que se creen lúcidas, a ésas la academia. Se me ocurre que popular viene de pueblo y eso dura.

La relación con el pasado debe ser parecida a la que uno tiene con los padres: para superarla, necesita dejar de confrontar. El libro de Silvia Mercado me invitó a debatir y eso siempre es positivo. Le cuento mis diferencias y le agradezco la invitación. Le dije a Sebreli que debíamos ser capaces de unir a Borges con Discépolo; él me dijo que le gustaban más Cátulo y Homero. En el fondo, los tres eran peronistas porque Borges expresaba la otra parte imprescindible de nosotros. Intentemos una síntesis, vale la pena hacerlo

Plan de retirada K: cambiar jueces por cómplices

La elección de Daniel Scioli deja al kirchnerismo al desnudo,  con el pragmatismo y la ambición que los acompaña desde siempre pero sin las pretensiones de derechos humanos y sueños revolucionarios.

Eligen a Scioli para poder sobrevivir, instalan al oscuro Chino Zannini para dejar una muestra de supuesta dignidad.  Nunca fueron otra cosa, pero ahora la ambición corre el riesgo de perder la cobertura  de las pretensiones transformadoras.  Llegan al final de su ciclo tratando de eliminar a los jueces para sustituirlos por sus propios cómplices.  Y entonces aparece el hablador de lenguas incomprensibles, Horacio González, a explicarnos que él o ellos – los del oficialismo a la carta – fueron rebeldes. Una maravilla.  No sé si el más indigno es González o Ricardo Forster, quien ya anuncia que Scioli lo va a sorprender, abrazando el cargo de desarrollar el catecismo oficialista.

Intelectuales sin ideas ni rebeldías, apoyo al poder de turno a cambio de espacios en las áreas secundarias del proceso de destrucción de las instituciones. Alguna vez Europa cobijó  los comités contra el fascismo. Luego se tomó conciencia que lo de Stalin no era más suave y nosotros pudimos comprobar cómo supuestos pensadores proporcionaban impunidad a un gobierno mucho más caracterizado por el juego y la corrupción que por la integración social. Hemos terminado reduciendo la pobreza y la miseria a una bizantina discusión de maneras de medir la enfermedad, cuando con sólo salir a la calle la realidad nos lastima sin contemplación. El kirchnerismo es un sistema corrupto de poder que convocó  a viejos restos de izquierdas fracasadas a defender sus impunidades.

Las encuestas se ocupan de dibujar futuros, la frustración nos acompaña a la absoluta mayoría. Algunos tienen miedo pero casi todos compartimos el amargo sabor del fracaso. Los discursos apabullan pero no alcanzan para tapar la realidad. El kirchnerismo, a pesar de sus pretensiones fundacionales, no fue más que la continuidad del menemismo en versión de pretendido compromiso social. Un discurso de la Presidenta no deja de ser una acumulación de lugares comunes con agresión a los que piensan distinto, y es siempre una convocatoria a transgredir los límites de la democracia.  Hay una minoría dirigente que se enriquece sin límites mientras discute los índices de la realidad, una masa enorme de necesitados que parecen depender de la voluntad oficial de ayudarlos y una gran cantidad de sectores de clase media que ven cómo se empobrecen a diario tanto sus ingresos como las mismas instituciones en las que ayer soñaron descansar.

La Presidenta se enamora de los resabios del comunismo de ayer, que son hoy Rusia y China. Imagina que donde se ha logrado limitar la democracia y la libertad se avanzó en la Justicia. Uno no imagina si esa elección de socios flojos de instituciones democráticas es para compartir la sustitución de las instituciones por las mafias.  Hay algo que define el núcleo duro del kirchnerismo y es la mediocridad e impunidad de sus integrantes.  Pero también hay datos que marcan la decadencia de nuestra sociedad  y es la cantidad de políticos, sindicalistas y empresarios que dicen en privado lo que jamás se atreverían a reproducir en público.

Lo peor del kirchnerismo agoniza, cualquiera que gane la elección pareciera ser menos enamorado de la perversión.  La pregunta que hoy se impone es si para nuestra sociedad el manejo delictivo de la Justicia es un detalle para entendidos o si lastima las posibilidades del candidato oficial. Scioli necesita votos no oficialistas, Macri necesita votos que mantienen el miedo al ajuste. Pareciera que Scioli necesita tomar distancia de la demencia oficialista tanto como Macri lo necesita del pasado liberal de mercado. No tenemos hoy un candidato cuyo talento se imponga fácil a su contendiente. Tampoco le ponemos expectativa al futuro, esta vez sí que no nos van a defraudar. Pero la sociedad se está tensando, el castigo social a los nefastos se vuelve cada día más vigente, los medios y la calle van ocupando espacios que abandona la Justicia degradada por el oficialismo. Van perdiendo algunas provincias, retrocediendo en esas fotos donde acompañaban a la Presidenta señalando el futuro, para muchos de nosotros se habían enamorado de la catástrofe.

La impunidad y la delincuencia oficial retroceden sólo frente al voto y la mirada de los ciudadanos. Nos vamos comprometiendo lentamente, ellos retroceden en la misma proporción. Al superar ciertas cuotas de desmesura y pretendidas demencias, queda al desnudo la ambición, los negocios y la mediocridad. Sólo un pueblo atento recupera su destino. Asumamos culpas y participemos en cuanto esté a nuestro alcance para castigar esta decadencia. Sólo le podemos tener miedo al miedo. Tenemos la razón, que retrocedan ellos.

La desmesura kirchnerista está llegando a su fin, pero todavía hay riesgos

Si los conoceré. Oficialistas de todos los gobiernos, ganadores de todas las carreras de obsecuencia, de permanente y apasionada lealtad al vencedor. Son ellos, diputados o senadores, embajadores o gobernadores, intendentes o ministros; son todo terreno, presurosos a correr en auxilio del vencedor. Aplaudieron desde Menem a los Kirchner, pasando por Duhalde y otros recorridos, todo colectivo los lleva al destino buscado, al carguito que los unge como parte integrante del ejército vencedor.

De esos, muchos, demasiados se dicen peronistas. Es una camiseta rendidora. Aunque se enchastre con el barro liberal o socialista, casi ni se mancha, no quedan secuelas. Algunos la van de historiadores revisionistas (ese negocio da para todo), sacan o ponen héroes al servicio del necesitado, te cambian a Cristóbal Colón por el candidato que le pidas; cambian las estatuas y hasta se deben quedar con unos pesos al elegir al escultor. Nos falta la estatua a Ramón Mercader. La persecución del disidente es una tarea imprescindible, el obsecuente se siente herido, lastimado, degradado por el rebelde, por el disidente. Por eso necesita denostarlo y perseguirlo, en esas persecuciones encontraron su final los regímenes que intentaron el marxismo. Las burocracias son las únicas minorías parasitarias que son mucho más dañinas que los ricos. Y eso sí que implica batir récords.

Oficialistas de todos los gobiernos y sindicalistas que vienen derecho de aplaudir a la Dictadura. No estaban solos, no son los únicos: había jueces y militantes ocultos, denunciadores denunciables, de esos que tiran la primera piedra como si nadie tuviera derecho a conocer sus pasados. Aparentan mirar para otro lado, cultivan el oficialismo pasivo o activo. Los pasivos son la mayoría, están como distraídos viendo pasar la realidad y hablando poco, cosa de no comprometerse. Y los hay activos, de esos que se armaron de un traje de amianto que los defiende del fuego enemigo y del propio; asumen que la vida es tan solo una carrera de obstáculos donde el verdadero arte se basa en esquivarlos. Exquisitos cultores de la agachada.

Y están los operadores, esos que hacen negocio con el poder, a veces ocupan cargos, otras son sólo invitados permanentes a todas las fiestas y reuniones, hacen negocios, hablan de negocios, sólo hablan de eso, ya no saben hablar de otra cosa. Antes era la oligarquía y nosotros- los de la supuesta izquierda- teníamos la voluntad de desalojarlos. Ahora todo es más complejo, hay una nueva oligarquía que no habrá conquistado el desierto matando indios pero que se adueñó del poder gastando a lo bestia el dinero del Estado, ese que debería tener como destino a los pobres. Y a los pobres algo les llega, justo para que sigan siendo pobres y necesiten seguirlos votando, no sea cosa de que se integren a la sociedad y puedan elegir por ellos mismos.

Hasta los Kirchner este trabajo de eterno oficialista no era insalubre, tenía escasos riegos, pocos costos, a nadie se le ocurría castigar funcionarios- o exagero- algunos terminaban en situación de no poder caminar por la calle. Pero eran pocos, los castigaba la Justicia y no la mirada social, esa que observa hoy demasiado mejor que antes, esa que ahora se preocupa por lo que antes ni siquiera la molestaba. Y hasta algunos la van de derechos, dignos, leales y no sé qué otra virtud acompaña el crecimiento de sus fortunas personales. Instalaron la teoría de la impunidad, el poder cura todos los males, purifica a todos los decrépitos que roban pero hacen y a otros que ni siquiera eso.

Ya lo había ejecutado Zannini en Santa Cruz, había eliminado al Procurador, la Corte Suprema ordenó reponerlo dos veces pero ellos no se dieron por enterados. Ahora ya van por todo, un juez como Luis María Cabral, de historia intachable, de formación como las de antes, que siempre estuvo del lado de los perseguidos, que se jugó por los que lo necesitaban como nunca lo hicieron ni los Kirchner, ni Zaffaroni, ni Verbitzky que tanto hablan de los derechos humanos. Un hombre que merece el respeto de todos fue sustituido por un empleado con antecedentes oscuros, como casi todos los que nos gobiernan.

Hay algo que comienza a gustar de Scioli y es su distancia del fanatismo kirchnerista. La verdad, su manera de llegar al poder es triste, poco tiene que ver con la política o, al menos, con lo que uno imagina de la política. Pero nos saca del pantano del fanatismo sin ideas y de la falsificación de todas las propuestas. Macri sigue siendo la alternativa a la demencia kirchnerista, pero el mismo Scioli ya implica un acercamiento a la cordura. Gane quien gane nos habremos sacado de encima esta mediocridad fanatizada. El kirchnerismo, por suerte, termina siendo una enfermedad pasajera del peronismo o de la política. Sembraron división, resentimiento y corrupción pero también algunas mejoras sociales que no tienen por qué ser acompañadas o encubiertas con tanta decadencia. Parlamentos degradados en escribanías, surgimiento de una justicia para proteger a los corruptos que en su impunidad denominan “legitima”, uso y abuso de viejos sueños revolucionarios para encubrir saqueos, en su degradación el kirchnerismo se termina asemejando a todo aquello que dijo intentar superar.

Somos una sociedad con demasiados oportunistas; la política se fue diluyendo como propuesta y como sueño de un futuro mejor. Demasiados esfuerzos económicos e intelectuales para justificar la desmesura kirchnerista. Quedan dos candidatos, ninguno de ellos es un fanático y a muchos, demasiados, no les resulta fácil elegir a uno de ellos y mucho más difícil pronosticar si lo nuevo será un ascenso a la sensatez y al sentido común o un simple aterrizaje en lo más cruel de la mediocridad.

Quizás sea un poco de cada caso. La esperanza hay que depositarla en las proporciones.

Vigencia y oportunismo

En la semana en la que se cumplió un nuevo aniversario de la muerte de Perón, una reflexión: las herencias mantienen su vigencia mientras los herederos no sean capaces de superar lo que les dejó el que se fue.

La política nacional vive atada al pasado fruto de la falta de talento de los contemporáneos porque en las decadencias los debates son con los que ya no están. El peso de los vivos no alcanza densidad para superar el ayer. Para los radicales esto es más vigente, no encuentran el presente común sino varios caminos divergentes. Para los peronistas el tema es más complicado, participar del poder genera una apariencia de pensamiento vigente aun cuando en nada se parezca al original. El peronismo es un recuerdo que aporta votos. Nadie lee a Perón. En rigor, usan su memoria para denostar sus ideas.

Los Menem buscaban refugio en un liberalismo cuya vigencia era el fruto amargo de confrontar con las políticas peronistas. Los Kirchner desvirtúan la memoria como si los que el General expulsó de la Plaza por violentos e imberbes fueran los triunfadores de la contienda. Pero el poder es rentable y contra semejante verdad poco y nada pueden las ideas. Inventaron un Ezeiza y un Cámpora que nada tuvieron que ver con la realidad. Desarrollaron al límite la teoría de los dos demonios a partir de la cual la culpa siempre la tuvo el otro y abandonar ese principio exigiría entrar en la etapa de la madurez, personal y política. Eso, por ahora, no figura en la agenda de esa gente.

De la crisis engendrada por los Cavallo nos sacaron los peronistas (Lavagna, Sarghini, Pignanelli, Peirano y otros). La Presidenta eligió un joven supuestamente marxista y concretamente inexperto para volver al lugar donde todo retorna como comedia. Perón decía que el ministro de Economía no debía ser un intelectual en estado puro sino alguien que hubiera pagado una quincena, recordando al poeta, “igualito a mi Santiago”. El peronismo nació de las fuerzas productivas, obreros y empresarios. El kirchnerismo enfrenta a los que producen y los persigue con los burócratas que -como bien sabemos- son los únicos más dañinos que los ricos.

La señora Chantal Mouffe escribe reivindicando el hecho de que la supuesta izquierda se dedique a ocupar el Estado, con toda su delicadeza intelectual en la medida que no aclara para qué sirve ese Estado, está haciendo una reivindicación del más puro oportunismo. La viuda de Ernesto Laclau mantiene la concepción de la necesidad del enemigo y le agrega la pasión por el poder, dando por supuesto que la izquierda, el pueblo y la justicia social son parte de un mismo paquete doctrinario. Después de años en el poder, el Gobierno degradó al que iba a mejorar los ferrocarriles, jamás reactivó la construcción de vagones, siguió tirando manteca al techo con la supuesta aerolínea de bandera e invento números según los cuales vivimos en una sociedad que es una maravilla. Parecido al final de Menem, cuando sus personeros decían que faltaban las reformas de segunda generación y luego salieron todos corriendo. Son dos décadas donde se hicieron muchos ricos entre los funcionarios y demasiados pobres entre la sociedad.

En el llano, los partidos expresan la vigencia de las ideas; en el poder, se suele imponer la pasión por los intereses. Nos hablan del peronismo como si les importara otra cosa que los votos que todavía arrastra esa memoria que dista mucho de ser superada. Los discursos y los libros escritos por el General están lejos de ser recordados y aún más lejos de ser comprendidos. El peronismo fue un fenómeno complejo que se instaló por encima de izquierdas y derechas, una concepción nacional de la política que desafió a los que dependían de un pensamiento importado. Fue un producto de fabricación nacional. Algún sociólogo lejano dijo que era “un fascismo de clase baja”. Ponerle una etiqueta europea tranquilizaba conciencias, no era fácil aceptar que los de abajo: cabecitas negras y compleja mezcla de inmigrantes desposeídos, que ellos engendraran una cultura, un pensamiento y una forma de vida demasiado parecida a la barbarie, pero capaz de convocar a pensadores más sofisticados que los importados.

El peronismo fue un fenómeno cultural, la expresión de una identidad social y política de los marginados; lo acusaron siempre de anti democrático siendo el único que ganaba con los votos; lo acusaban los que solo podían llegar al poder por medio de los golpes, los que no soportaban que mandaran los de abajo. El peronismo es el fruto de una forja donde los vencidos se volvieron vencedores, de un fenómeno donde el pueblo muestra ser el único capaz de enamorarse de ideales .Los otros, los que soñaron darle su propia mirada de la vida, no soportan tener que asumir la que surge de aquellos a los que a veces no respetaron y muchas veces ni siquiera le reconocieron valor como conciencia colectiva.

El peronismo es tan sólo eso, la conciencia de la multitud, la derrota del individualismo a manos del sentimiento colectivo.

Hubo una violencia peronista, pero era otra cosa que la incitada por Cuba y su marxismo. Los que reivindican a la guerrilla como superior al pueblo trabajador, esos son los nuevos gorilas que supimos conseguir. Esos que intentan desdibujar a Perón imponiendo la memoria de López Rega mientras necesitan ocultar a sus jefes porque son sencillamente impresentables. Esos que salen a defender los Derechos Humanos sin siquiera ser dueños de un pasado que lo sostenga y se esconden detrás de los deudos, como si ellos fueran parte del debate ideológico.

El peronismo fue la causa de los humildes, el kirchnerismo es la causa de los intelectuales y otros jóvenes que triunfan trepando en el Estado. Son dos concepciones antagónicas, por eso el peronismo sigue siendo popular y sus usurpadores simplemente populistas.

Gardel y Perón son lo popular, mejoran con el paso del tiempo; los Menem y los Kirchner son el populismo, al poco tiempo se ponen rancios.