Superados

Parecían dueños del destino universal, salvadores de la patria, fundadores de un sistema que aplastaba a los otros con las sombras del pasado. Soberbia, eso era lo que les sobraba, y explicaban que en todo disidente habitaba una corporación y también en el que pensaba y opinaba distinto anidaba la traición. Así fue que la democracia inició su lento pero firme retroceso; la libertad se fue enredando con las explicaciones; las corporaciones y los imperialismos terminaban definiendo al que se animaba a pensar. Si el Gobierno le tiraba un pedazo de poder al progresismo, entonces, se volvía progresista. Algunos que de jóvenes imaginaron ser capaces de convertir su pensamiento en concreción del mundo nuevo, del hombre nuevo y ya de mayores, se arreglaban con bastante poco, si los reconocen y los respetan y los eligen para ser elogiados y financiados. Si todo esto pasa, uno se puede volver oficialista porque el poder engendra caricias que se parecen a las ideas.

Se creían eternos, hasta que una muerte les quedó grande, o su pretendido talento les quedo chico, entonces se amontonaron todos a aplaudir y a leer una escritura de lealtades que parecía más ser un agradecimiento de las prebendas conseguidas que una reivindicación de las ideas apoyadas. El documento daba pena, aquellos que ayer se imaginaban eternos daban hoy un triste espectáculo de mediocridad militante. La obediencia al poder y las ganancias económicas, ambas juntas y sumadas, dejaban a la vista de la sociedad una burocracia miserable y enriquecida, que ni siquiera guardaba la lógica conciencia del ridículo. Engendraron bronca y ya dan pena, decadencia en estado puro, aplaudiendo en público su alegría de haberse enriquecido en privado. Como si la bonanza que vivían ellos fuera la misma que beneficiaba a todos.

Se imaginaban fundacionales, de pronto son sólo un resto histórico que genera vergüenza. Una muerte alcanzó para dejarlos desnudos, para mostrar que únicamente tenían talento para hacerse de los beneficios de la coyuntura, pero lejos estaban de entender y poder manejar las complicaciones de la crisis. Una muerte los llamó a silencio, los mostró repitiendo discursos obedientes, asustados del afuera y del adentro, una secta que al vivir la dulzura de los beneficios del poder se sentía superada por la dura realidad que se acercaba marcada por la muerte. Las cadenas mediáticas con las que la Presidente aburría no pudieron enfrentar el conflicto real de la vida.

Un Gobierno ocupado en espiar disidentes inventó servicios de informaciones que al final terminaron discutiéndole el poder. La secta ya no tenía autocritica, había roto su relación con la misma sociedad, la realidad le molestaba. Toda secta inventa su adentro para que la proteja de la realidad. Pero una muerte es demasiado para seguir jugando al distraído y los vientos que desnudan falsedades se les metieron por la ventana. Y entonces buscaron culpables lejanos: los medios de comunicación que los acusaban, las mafias que hacía rato habían renunciado a la crítica al ser invitadas al festín que distribuía el Estado.

Si ayer la vida al llevarse a Néstor les regaló una elección, hoy al llevarse al Fiscal los dejaba en el llano para siempre. En la buena todos somos expertos y aparentamos talento; en la difícil, las cosas son distintas.

Una muerte ya fue demasiado, y no supieron qué hacer. Vendrán otros a gobernarnos, ya era hora. Y esperemos que a quien sepamos elegir no practique el peor de los pecados, el de la soberbia. Ya los Menem y los Kirchner se pretendieron fundacionales e intentaron eternizarse en el poder. Necesitamos elegir al más humilde, al que sea capaz de dejar el gobierno, volver al llano y ser y sentirse uno más entre nosotros. 

Para nuestra lastimada democracia, la cordura es más necesaria que cualquier otra pretensión de inmadurez. Votemos al mejor, aprendamos a ayudar a la suerte.

Política y negocios

En principio, los empresarios y el mercado serían la expresión de la ideología de derechas y el Estado y su burocracia vendrían a ocupar el espacio de la izquierda. Todo esto sería en un principio, porque cuando la burocracia se instala impone reglas de juego para la acumulación de riqueza y poder que terminan siendo mucho más nefastas que las del mercado, que ya lo son y de sobra.

El problema central del juego del libre mercado es la concentración, eso que vivimos nosotros viendo como las farmacias, los bares y hasta los quioscos caen en manos de las cadenas, dejan de pertenecer a un hombre libre y emprendedor para caer en manos de capitales superiores que lo convierten en esclavo y terminan dominando a la sociedad. La concentración de los supermercados fue destruyendo carnicerías y mercaditos, eliminando el pequeño comercio y dejando a millares sin posibilidad laboral. El argumento liberal es que vamos a pagar más barata la gaseosa, la realidad es que terminan degradando la estructura de la sociedad. Y que no me vengan con el cuento de que el mercado lo equilibra, es falso, mientras la concentración no tenga límites el riesgo es del estallido de la misma sociedad. La ambición de los ricos no puede ser el único motor de la historia, es una forma superior de gobierno en relación a la corrupción de las burocracias pero siempre y cuando se les ponga un límite racional. Hoy vivimos el peor y más horrible de los escenarios, en el juego y la obra pública los negociados entre burocracia y empresariados corruptos generan un poder oscuro y delictivo que deforma tanto el capitalismo que dicen combatir como el socialismo que mienten intentar.

Europa es el lugar del mundo donde más se ha logrado edificar un capitalismo con justicia distributiva. Vendrán a decirnos que las colonias y otras guerras de ayer lo permitieron, pero sin lugar a duda la socialdemocracia evolucionó hacia una sociedad más justa. Los marxismos de Rusia y China retrocedieron a capitalismos sin democracia ni libertad, a capitalismos más mafiosos que democráticos, y cuando el actual Gobierno busca su lugar en el mundo lo hace más a partir de las limitaciones que resultan de su sueño autoritario que desde las necesidades de nuestra sociedad. La corrupción de las burocracias suele engendrar sociedades mucho más retrogradas que las que impone la desmesura del capitalismo. El crecimiento del Estado limita al sistema productivo en favor de la burocracia improductiva.

Cuando defienden a Cuba con una dictadura absoluta y la intentan justificar por el bloqueo, cuando olvidan los miles de militantes formados para exportar una revolución que fracasó hasta en su país de origen, cuando la supuesta lucha contra el imperialismo justifica posiciones irracionales, uno recuerda a los intelectuales del mundo defendiendo las atrocidades de Stalin. El cuento de asumir la corrupción para no hacerle el juego a la derecha, ese cuento termina siempre engendrando corruptos que siempre son de derechas.

Cuando con la pretendida teoría de los dos demonios niegan asumir la autocrítica que la guerrilla exige por haber matado en democracia, cuando degradan a los derechos humanos para llevarlos a ocupar el lugar de la venganza, cuando levantan el dedo acusador sobre el pasado personajes que ellos mismos carecen de dignidad en sus propias conductas, cuando todo esto sucede es que la burocracia intenta utilizar la excusa ideológica para erigirse en una casta explotadora de su propio pueblo. Y hasta dicen defender la división de poderes, nefasto, solo separan al Parlamento y a la Justicia como distintas áreas de obediencia al poder de turno. Cualquier parecido con la democracia es mera casualidad.

Terrorismos y barbaries

Nos duele lo de París, lastima esa demencia que no podemos entender, ese fanatismo que intenta imponer una forma de pensar, o mejor dicho, eliminar a los que piensan distinto. Y a nosotros, en especial, nos mueve a recorrer un pasado donde la violencia era un hecho cotidiano. Los vientos de la época que ayer llevaron a muchos a pensar que la violencia era un camino hacia la justicia, y hoy nos marca aquel terrorismo como una forma distante de otra cultura. La violencia contra las dictaduras se explica y justifica como una reacción lógica y en la misma medida cuando la guerrilla siguió actuando en plena democracia, merece y debe ser condenada.

Un fanatismo de moda impone dogmas y castiga debates. La supuesta teoría de los dos demonios daba por hecho que, siendo genocida la dictadura, no se podía discutir el lugar de la víctima, no se podía poner en tela de juicio a la guerrilla. La coincidencia lleva al acercamiento actual entre Cuba y los Estados Unidos y muchos -demasiados- de los que reivindican a Fidel Castro dejan de lado los años de la intención de exportar la revolución al resto del continente. Miles de jóvenes recibieron entrenamiento en la isla, miles de vidas se perdieron en una guerra absurda que no tuvo la menor posibilidad de triunfar en ninguno de los países donde se la intentó.

Cuba terminó en una dictadura que exportaba violencia. Cuando hoy escucho a tantos hablar del heroico pueblo que enfrentó al imperialismo, no tengo duda de que quienes festejan la confrontación dejan de lado o ignoran cómo la pasó el pueblo cubano o a qué costos se produjo y exportó esa revolución. Una cosa digna es enfrentar al imperialismo; otra, es justificar una dictadura a partir de esa confrontación y divulgar violencia para multiplicar la experiencia, y fracasar en todos los casos.

Viajé varias veces a Cuba, pude ver y vivir la evolución de ese proceso, la forma en que se iba perdiendo la mística a la par que se imponía la burocracia. Y en todos los hoteles se acercaba un funcionario a explicar que era necesario pagarles para transgredir las normas, al principio me irritaban y luego fui comprobando que era parte del sistema. Hablé con muchos cubanos que participaban del sueño revolucionario (nunca soporté Miami ni sus adictos), puedo decir que de Cuba me dolió y mucho su fracaso. Claro que peor que eso hubiera sido negarlo…

Ahora todos somos parte de Occidente, la violencia se asoma en otros mundos donde la religión sustituyó a la ideología, si es que uno olvida que las ideologías eran ateas pero se las vivía como si fueran una religión. Asombra ver que otros matan en sociedades donde lo que no se discute es la libertad. Y me parece absurdo que para ser de izquierda en nuestras tierras haya que hacer silencio sobre la dictadura de Castro y sobre los miles de muertos por expandir una revolución que ni siquiera tuvo éxito en su propia tierra. Y aclaro que conociendo Cuba uno entiende que la burocracia y la dictadura fueron para ese pueblo mucho más nefastas que el bloqueo del Imperio.

Se me ocurre que condenar a la distancia es más fácil que revisar un pasado cercano del que alguno de nosotros fuimos protagonistas. La barbarie que hoy vemos en religiones y fanatismos lejanos fue no hace tanto parte de nuestra realidad. Y sin duda hasta el momento no la analizamos con grandeza y sin resentimientos, con la distancia que necesitan nuestros hijos.

Cuando desarrollaban la guerrilla fuimos muchos los que les dijimos que ése era el camino equivocado. Resulta absurdo que la derrota largamente anunciada no conceda siquiera el derecho a discutir esos tiempos. Y lo que es peor, que se use ese pasado equivocado para lastimar hoy a la democracia que supimos conseguir. Hay muchos que no eran democráticos ayer cuando reivindicaban a Cuba y la guerrilla y tampoco lo son hoy cuando intentan deformar esa memoria. Muchos que ayer ejercían la violencia armada y algunos de esos que hoy la limitaron al daño de la palabra. Tiene de bueno que ya no lastiman a nadie, ya sólo se hacen daño a sí mismos.

Una democracia degradada, el legado kirchnerista

Vivimos una coyuntura donde los conflictos son demasiados y no se percibe un avance o una voluntad de superación. El conflicto es inherente a toda sociedad, pero el mismo puede ser la fuente de una tensión que nos impulse a superarnos o una reiteración que solo nos sirva para aumentar la sensación de fracaso. Lo grave es cuando quien gobierna utiliza al conflicto como la fuente de su poder y en consecuencia genera una tensión social que puede servirle al gobernante de turno sin que asumamos el daño que puede hacerle a la sociedad.

Vivimos divididos hasta para definir el momento en el que se iniciaron nuestros males, utilizando al pasado como excusa para no entrar al futuro. Algunos fijan el punto inicial de nuestras frustraciones en el golpe de Estado contra Yrigoyen, otros lo denuncian en la llegada del peronismo, los peronistas lo instalan en el golpe del cincuenta y cinco, y ni hablemos del debate sobre la violencia y los derechos humanos en los setenta. Nunca fuimos capaces de discutir en serio el tema de la violencia, pensamos que con la condena a la dictadura nos sacamos toda la responsabilidad de encima. El actual Gobierno, en lugar de convocar a un acercamiento de posiciones, nos invitó a discutir sin razón ni sentido alguno el monumento a Cristóbal Colón y el lugar de Roca en la historia. Instaló rencores donde no los había -en rigor, construyó la imagen de que en todo disidente se incubaba un traidor. Inventó enemigos nuevos y defendió sus pretensiones de burguesía feudal otorgando un espacio secundario a viejas izquierdas fracasadas que salieron a defender la corrupción como si fuera el germen de una revolución justiciera.

Es un gobierno que toma del peronismo sus peores momentos de confrontación, y cuestiona al Perón que vuelve con un mensaje pacificador. Asumen el lugar de los imberbes que Perón hechó de la plaza y convocan a los marxistas trasnochados, fracasados en el mundo, como defensores de una causa cuya única virtud es que les asigna un lugar en el Gobierno que jamás hubieran alcanzado a través de un proceso electoral.

Con relación al peronismo, es tan absurda la posición de los fanáticos que lo imaginan el único protagonista político valorable como la de aquellos que le endilgan al mismo todas las culpas de los males que sufrimos. Fue una etapa de nuestra historia, la expresión cultural de los que hasta ese momento no formaban parte respetable de la sociedad. Tuvimos la suerte de que Perón volviera a ser electo y convocara a la unidad nacional. Luego cada quien guardará los matices de su propia mirada, pero asumiendo que esas diferencias no pueden ser una razón para no convivir y compartir el futuro. El uso que de esa memoria hicieron Menem y los Kirchner poco o nada tiene que ver con sus propuestas. Mientras la memoria del peronismo arrastre votos, no faltarán candidatos que se amolden a su recuerdo. En realidad, el peronismo terminó con la muerte de su líder, si izquierdas y derechas se ocultan bajo su nombre es tan solo por la impotencia que tienen para construir sus propias fuerzas políticas.

Necesitamos superar las limitaciones mentales y sociales que nos va a dejar el Gobierno que transita su último año. Los que se dicen “herederos del modelo” son tan solo personajes que no quieren perder las prebendas que supieron conseguir. La idea del adversario debe imponerse a la del enemigo, asumir que el que piensa distinto es parte de la diversidad que requiere la democracia, que cualquiera que gane las elecciones va a poder transitar su mandato sin que ningún sector esté en condiciones de impedirlo. Me duele mucho cuando me dicen, peronistas o antis, que sin el peronismo no se puede gobernar. Me lastima que una causa que nació como un camino a la justicia social termine siendo el verdugo de la democracia. Los espacios de poder que genera todo gobierno terminan siendo el camino del éxito personal en una sociedad donde se fue extendiendo la sensación de fracaso. El oficialismo es la expresión de la burocracia contra los ciudadanos, los empleados del Estado se imaginan los dueños y señores del destino colectivo. Esa idea siempre terminó en fracaso.

La dictadura se llevó para siempre a la extrema derecha, esa que solo soñaba con eliminar a la izquierda. Pero nos dejó como pesada herencia un resentimiento que define a personajes menores que a cambio de odiar a la derecha se imaginan convertirse en izquierda. Debemos aclarar algunas cosas. Con solo decir que uno odia a la derecha,  reivindicar el suicidio del “Che” Guevara o pensar que la democracia es burguesa, nada de eso alcanza para que uno se pueda asumir ni progresista ni de izquierdas. Menos aún si creemos que por ser empleado del Estado o utilizar sus dineros en contra de los que producen uno se convierte en un luchador por la justicia. La burocracia se apropia de los dineros que el Estado tendría que usar para ayudar a los pobres y termina manteniendo a un montón de “vivos” que dicen ocuparse de los pobres cuando solo se dedican a parasitarles los escasos recursos que les pertenecen.

Solo comprometiéndonos con la política, solo defendiendo nuestras ideas, podremos superar este retroceso que implicó el oficialismo que agoniza. Necesitamos un esfuerzo más para dejar de ser una democracia degradada. Sepamos construir la autoridad que nos permita expulsar al autoritarismo. Es un desafío y una obligación.

Un año complicado

Eso fue este año, complejo de entender y de vivir. El oficialismo, que no se imagina a sí mismo como un partido que pueda tener derrotas, se dejó invadir por la idea de lo fundacional, y combatió con pasión a los disidentes, con la misma pasión que utilizó para defender a sus acusados de corrupción. Pareciera que el disidente es un delincuente y el acusado de delitos, un simple cómplice en apuros.

El Gobierno, mejor dicho, la Presidente, en todos sus discursos y actitudes, fue eliminando el espacio del centro, imponiendo la idea de que era una compulsa entre un kirchnerismo pleno de virtudes y una oposición ligada a los monopolios, el imperialismo y las corporaciones. El espacio del bien solo se instala en el oficialismo aplaudidor, el resto, somos ocupantes del oscuro mundo del mal, y en consecuencia, como en mi caso concreto, objeto de persecución personal. Y entonces se impone el análisis real y profundo del kirchnerismo y del tiempo que ocupó y de las consecuencias de su accionar. Nos obliga a poner la lupa sobre la “década ganada” o empatada o perdida para demasiados. Década montada en “el relato”, mirada sobre la realidad que tiene demasiado de autoritarismo y poco o nada de debate político.

Personalmente, opino que lo más negativo de este tiempo fue la división que se dio en la sociedad. Cuando Perón retorna al país, lo hace para pacificar, acompañado por toda la dirigencia de esos tiempos, y ya la guerrilla imagina el poder como el resultado de la confrontación. La violencia, pretendidamente revolucionaria, engendra una derrota militar que los Kirchner revierten en triunfo político a partir de sus necesidades de justificación. Insisto en que aquí se encuentra el nervio de la crisis actual: un gobierno autoritario encuentra en los restos de la guerrilla y del marxismo una concepción de lucha de clases que desvirtúa el pensamiento peronista. Perón convocaba a la alianza de clases, su encuentro con Balbín es esencial al futuro, es el único camino posible. El kirchnerismo se ensambla con una historia que no le pertenece ni le interesó nunca, y la convierte en la teoría defensora de sus desatinos.

El Gobierno es esencialmente anti-peronista. Claro que eso podía haber sido positivo si era un intento de superación del pasado, pero es nefasto ya que implica un retroceso a lo peor del ayer. Hoy es tiempo de preguntarnos cuántas vidas se llevó el sueño de extender la revolución cubana al resto del continente, cómo los supuestos revolucionarios fracasaron y los reformismos fueron los únicos que aportaron mejoría a sus pueblos. Si izquierdas y derechas se reían de nuestra consigna “ni yanquis ni marxistas”, hoy ambas deberían asumir que los superábamos como conciencia historica. Que la tercera posición de aquellos tiempos es la única capaz de complementarse con “la tercera vía” que hoy expresa la avanzada ideológica. Con tantos elementos para recuperar del peronismo, buscar en marxismos fracasados la idea de la confrontación como camino hacia la superación es un absurdo y un sinsentido.

El año que se inicia tiene la marca del fin de ciclo. Soy de los que opinan que el kirchnerismo no va a poder sobrevivir a la ausencia del poder. Es, como el menemismo, un partido de gobierno. Al perder las prebendas que distribuía se queda sin vigencia. En todo caso, el kirchnerismo se puede convertir en un partido de izquierda más, desde ya con pertenencia inferior al diez por ciento. Cuando los oportunismos provinciales inicien su migración, será tiempo de contar las lealtades reales, esas que lo imaginan como algo parecido a un sistema de ideas, para mi gusto, desde ya sin propuestas ni logros dignos de ser recordados. Demasiadas provincias y municipios fueron menemistas cuando serlo daba votos, y repitieron su oportunismo con los Kirchner.  Esos políticos que solo sirvieron como funcionarios, esos que se adaptaron a todas las corrientes o modas que nos invadieron, esos no le aportan nada a la verdadera política, al debate de ideas que está pendiente en nuestra sociedad.

Por ahora la oposición está dividida, pero creo que lentamente la dirigencia o la sociedad van a optar por un opositor y lo van a convertir en el futuro Presidente. Allí comenzará el tiempo de destruir los daños del kirchnerismo, en especial la Ley de Medios y la degradación de la Justicia. Cuando termine este ciclo al menos sabremos que pocos son los dispuestos a defender un pensamiento, los que no se dejan arrastrar por el oportunismo.

Necesitamos que el próximo Gobierno recupere la noción de adversario, y eliminemos para siempre el poder nefasto de los que intentan seguir parasitando la idea del enemigo. El único enemigo vigente son ellos, los que viven de regar sus propios odios, los que hoy nos gobiernan. El resto, los adversarios que nos respetamos, somos la base de una democracia en serio, eso que hoy todavía tanto extrañamos.

Otra Cuba

El final de un conflicto histórico importante nos asombró hace pocos días. Obama y Raúl Castro habían roto un cerco que implicaba una limitación para la humanidad. Aquel bloqueo a Cuba le había conferido a esa experiencia socialista mayor trascendencia que la que había intentado quitar. Fidel, sucedido por su hermano, sobreviviendo después de la caída del muro, pero desde hace mucho ya sin nada para mostrar. Estaba el relato de los logros en salud y educación, los médicos que ayudaban a otros países, pero transitar esa sociedad era aceptar que el fracaso era ya un final indiscutible.

El bloqueo les había servido de excusa, pero no hace tanto que el resto del mundo comunista se había terminado cayendo solo, que el marxismo ayer imparable hoy no tiene donde ocultar sus limitaciones. Y los que intentan otorgarle un empate al resultado de la historia pueden darle al fracaso un premio consuelo, pero que los recalcitrantes del marxismo ateo le agradezcan al Santo Padre su gestión para acordar con el imperialismo, ese final no estaba en ninguno de los miles de textos que se llevó el sueño de la Revolución. Sólo la Santa Madre Iglesia puede convertir un final de ciclo en encuentro de paz.

Un debate absurdo nos somete a la cuestión de si ganó Cuba o si lo hizo los Estados Unidos, un resultado deportivo que olvida algunos detalles, por ejemplo las miles de vidas que se llevó el intento de extender la experiencia cubana al resto del continente. A ningún marxista se le hubiera ocurrido que el muro se les venga encima, a ningún militante revolucionario lo motivó la idea de que el socialismo terminara convocando inversores.

Los marxistas imaginaban un mundo donde el capitalismo retrocediera frente al avance del nuevo paradigma, y se me ocurre que la realidad no es ni parecida a esas esperanzas. El personaje nefasto de Stalin se dedicó a incendiar algunas iglesias imaginando que le tocaría a algún sucesor de sus ideas ocupar el lugar que con tanta solvencia ocupa el Papa Francisco. Se me ocurre que, cuando lo asesinan a Trotski, desnudan su concepción real de la revolución, que cuando lo instalan a Fidel como dictador lo hacen para combatir el bloqueo, pero quedan abrazados a una dictadura que terminó no pudiendo ser justificada por la supuesta justicia que decía prometer. Demasiadas condenas a las dictaduras de derechas para terminar en una experiencia de izquierda.

Cuba intentó exportar su revolución y educó a miles en las artes de la guerrilla. Decenas de miles de vidas están ligadas y entregadas en sus sueños expansionistas. Aquel modelo que se imaginaba digno de la admiración e imitación del continente, ese modelo terminó su agonía con el fin del bloqueo.

La idea del imperialismo como enemigo no alcanzaba para construir el socialismo como alternativa. Tener un enemigo no implica ser dueño de un proyecto, con Cuba se termina el sueño de la revolución que despreciaba el camino del reformismo. Y se cierra para siempre la justificación de la dictadura para desplegar el socialismo. Toda dictadura es un retroceso en el camino de la libertad, y si fuera cierto que la democracia es un logro burgués, habría que aceptar que la burguesía es más progresista que sus supuestos detractores revolucionarios.

Cuba fue una revolución social que fue mutando en dictadura marxista. Eran tiempos donde Rusia expandía su imperio estalinista, donde la China de Mao encaraba su revolución cultural. Tiempos donde parecía que el capitalismo retrocedía para desaparecer. De esas experiencias ya no queda nada, solo un grupo de nostálgicos que se conforman con explicar que fue un empate o que Cuba ganó por su dignidad. Esa mirada es posible si olvidamos el costo en vidas de ese intento de mundo revolucionario, si le echamos la culpa al bloqueo de las miserias que soportan, si le asignamos a la revolución el derecho a ser construida sobre las miserias del pueblo.

La burocracia de Fidel termina heredada por Raúl, la monarquía hereditaria sobrevive en la vocación de eternidad de las burocracias; la persecución al disidente se inicia en el asesinato de Trotski y se expresa en toda la vigencia de los servicios de información de la isla. El fin del bloqueo es un sello que se instala sobre esta última experiencia de dictadura marxista. Implica de pronto asumir que nuestro correligionario, el “Che” Guevara, puede quedar como la imagen de un héroe trágico, pero esa tragedia es ya un fracaso indiscutible. Y publican el apoyo de supuestos cuerpos legislativos donde por casualidad, no hay ningún disidente.

Cuba exportó su violencia revolucionaria, miles de vidas se entregaron a esa causa, pero este final desnuda el fracaso definitivo de la experiencia, muestra que fue el reformismo el que entregó avances a los pueblos sin necesidad de vidas ni guerrillas.

Y tantos escritos donde dan por sentado que Perón era reformista y el cubanismo, revolucionario, tantos señores que intentan deformar el pasado para darle a las minorías una supremacía sobre la conciencia de los pueblos; todo eso queda al desnudo como propiedad de una secta sin destino.

El peronismo tuvo aciertos y errores, pero “ni yanquis ni marxistas” era la consigna de la sabiduría, la que mostró que la teníamos más clara que la mayoría de los que se creían superiores.

Y en rigor, algo de lo nuestro puede y debe ser rescatado, lo único que sigue vigente es la propuesta de una “tercera vía”.

Y no es casual que tantos que siguen reivindicando la experiencia cubana acompañen políticas donde la democracia enfrenta al que piensa distinto como un simple disidente a condenar. Hay una concepción actual de los medios oficialistas y la justicia legitima muy parecida a eso que agoniza en Cuba. De esa caída del último muro todavía nosotros tenemos mucho que aprender.

La desmesura kirchnerista

Toda revolución exige a veces alterar los límites de las normas establecidas, aunque no todo lo que sale de quicio se puede justificar como voluntad transformadora. En cada discurso presidencial aparece reiterado el dogma exigiendo la obediencia de los dominados, siempre apoyado en la excusa de transitar un tiempo fundacional. Investigar el pasado de estos alegres renovadores sirve para llegar a la conclusión que, mientras los excesos los acompañan desde siempre, el aporte progresista es más un decorado para disfrazar ambiciones que un sueño de un mundo mejor para todos. Las mejorías personales y sectoriales de la burocracia imperante están por lejos por encima de los logros para el conjunto de la sociedad. Más aún, el crecimiento patrimonial de la burocracia es anterior y permanente mientras los logros para la sociedad son positivos pero en todos los casos sirvieron más para justificar clientelas que para mejorar futuros.

La distancia entre los discursos dogmáticos y cerrados de la Presidente y jefa absoluta del supuesto modelo y la coherencia con una pretendida lógica de la izquierda y el progresismo es infinita. Para poder imaginar que la palabra presidencial marca un rumbo hay que partir de la base de que quienes lo aceptan lo hacen a cambio de un beneficio. Para mi convicción personal, los seguidores se dividen entre los oportunistas de todos los gobiernos, los extraviados recuperados y los inocentes de cualquier proyecto. No acepto que entre los seguidores de supuestas izquierdas las cosas vayan más allá que el espacio del cálculo. La Presidente cobija bajo sus dogmas grupos cuyas ideologías no hubieran llegado jamás por el camino electoral a formar parte del poder. Y entonces, antiguos gestores de soñadas revoluciones terminan convertidos en simples justificadores de desmesuras ajenas, obligados a una forma de lealtad que ni siquiera se puede permitir la crítica constructiva. Un discurso que convierte el capricho en dogma y un grupo de supuestos intelectuales que lo explican, desarrollan y justifican solo a cambio de un cobijo en el espacio del poder. A los veinte los marcó la rebeldía, ya de grandes son capaces de justificar lo que jamás hubieran imaginado soportar. De jóvenes, el poder como sueño transformador; de grandes, como consuelo de errores de juventud y el triunfo de la ambición.

Entre los vivos que se enriquecen con los negocios que permite el Estado y los acomodos que pudieron distribuir entre parientes y seguidores, entre esos extremos del bienestar personal, se extiende la bandera del supuesto modelo. Los jueces y sus historias pueden ser discutibles, los robos del oficialismo ingresan al espacio de lo concreto visible e inocultable. Los caprichos presidenciales devenidos en dogmas iluminadores del futuro y el vicepresidente transitando el delito, entre esos dos extremos se extiende la bandera de la complicidad. Los menemistas se beneficiaban demoliendo el Estado, los kirchneristas fueron mucho más lejos y se enamoraron de los beneficios que aporta usurparlo. El Estado como un gran cobijo para los que adhieren al supuesto modelo, la persecución y el daño para todos aquellos que no nos dejamos imponer el cuento irracional del relato. El oficialismo se llevó a su servicio a todos los que se vendían por dineros y prebendas; nunca la corrupción utilizó con tanta solvencia el disfraz de benefactor de la sociedad.

Viejos estalinistas y supuestos revolucionarios atacando a los jueces solo para defender delincuentes que al caer podían desnudar complicidades. Algunos enemigos seleccionados entre los que opinan libremente, demasiados aliados elegidos entre los que saquean el país pero pagan coimas y no cuestionan el modelo. Leyes de medios para eliminar las libertades, asociarse a empresas extranjeras saqueadoras solo a cambio de coimas y complicidades.
El modelo nacional y popular permite a los ladrones perseguir a los jueces, ataca a la burguesía que no se les rinde no para eliminarla sino tan solo para substituirla. Aplauden el discurso de la Presidente al margen de lo que diga, la obediencia cuando se degrada en alcahuetería entrega su derecho a todo tipo de crítica.

Y soñaban quedarse para siempre. La democracia es para ellos un simple vicio burgués. Finalmente, de los que nos gobiernan, conocemos de sobra sus excesos y desprecio por la democracia. Terminaron siendo más definidos por la desmesura de sus errores que por sus pretendidas virtudes. Los gobiernos cuando duran demasiado terminan desnudando sus limitaciones. Está a la vista.

El kirchnerismo sin poder es una utopía imposible

Lo malo de los enojos es que cuesta salir de ellos. Los argentinos estamos encerrados en un ring y nos avisan que la pelea va a durar un año, más o menos. Y que no nos hagamos ilusiones, porque en ese ring no hay reglas de juego y no se descuentan puntos por los golpes bajos, porque todos los golpes lo son. Y que no hay referí. El referí es lo primero que compraron; ése no se vende, se alquila porque quiere volver a cobrar en la próxima pelea. Y que no podemos confiar en las hinchadas; ellos lograron en el desarrollo de los odios que los partidos se jueguen con una sola hinchada. Y que los otros, los visitantes, ocupan el lugar de la oposición a la que consideran enemiga. Esos, que con sólo opinar ya desestabilizan.

Y están los oportunistas, mirando la marea para ver en qué momento la nave del gobierno se acerca a tierra y se tiran de cabeza para poder estar libres de participar del oficialismo que viene. Son tantos los que aplaudían las privatizaciones de Menem que hasta la Presidenta tiene discursos privatizando lo mismo que después festejó al estatizar. Soldado que huye sirve para otra guerra, pero no hay guerreros dispuestos a sobrevivir un año en la selva de la oposición. Es por eso que la soldadesca oficialista no tiene deserciones; la mayoría es gente que sabe de cambiar de monta, nunca lo hacen a mitad del río. Y todavía no avizoran la playa futura, el lugar que les permita un tranquilo desembarco. Continuar leyendo

Dilema K: el mejor candidato es el que más odian

Es el único candidato con posibilidades de aportar un triunfo oficialista y la persona que ellos, los del Gobierno, menos soportan. Es como decir que el heredero de Stalin es un discípulo de Gandhi. Ahora bien, los guerreros de la burocracia agresiva quedan demasiado al desnudo con su candidatura. Cuando Forster dijo que Scioli no los representaba, confesó algo indiscutible: ellos son un sector distinto del peronismo al que la sociedad votó; que se dedicó a perseguir a todos los que no obedecían sus ridículas órdenes. La supuesta izquierda de los restos del partido comunista con el que nunca congeniamos y de la guerrilla, que se creyó más importante que el pueblo. Ambos, restos de ideologías vencidas, encontraron en el Gobierno un lugar que nunca soñaron. No supieron llegar al poder por los votos, la suerte los premió con un gobierno pragmático de derechas que necesitaba justificación ideológica, y ahí se subieron todos. Los que de jóvenes soñaron hacer la revolución, ya de mayores aceptan un espacio de poder a cambio de explicar que este autoritarismo se parece a la democracia limitada de  sus sueños juveniles. Continuar leyendo

El Gobierno anhela la eternidad

Cada tanto el Gobierno encuentra un encuestador maleable, al alcance de las caricias a las que acostumbra el poder. Y ese medidor de sensaciones impone números del colesterol bueno y los triglicéridos que son propios de jóvenes deportistas. Y las caras alegres que producen esos datos son capaces de instalar un gimnasio de alta competitividad en el geriátrico. Mientras tanto, del otro lado de la vida, se instala el miedo a que eso que imaginan, o mejor dicho, imaginamos como el Mal, se convierta  en permanente. Es que el verdadero sueño del oficialismo es la eternidad en el gobierno, que – casualmente- se corresponde con nuestras pesadillas.

Esta semana le dediqué unos minutos de atención a una entrevista que Fantino le hacía a José Pablo Feinmann, con quién durante un tiempo pasado fuimos amigos. Fantino hacía de estudiante de filosofía y Feinmann de profesor; recorrían la biblioteca universal para explicar que la Presidente era un genio. Luego, leí en La Nación una columna de Luis Alberto Romero contra el nacionalismo. Me quedó la sensación amarga de que estos pensadores dicen lo que sienten sin asumir el lugar que ocupan en la sociedad. Y sumo a Lilita Carrio, que aporta ideas siempre y cuando no se le ocurra  enojarse con los hombres.

Al escucharlo a Feinmann imaginé que él había quedado del lado de los ganadores, y que debía estar convencido que los disidentes no éramos otra cosa que oligarquías universales. Algo parecido a lo del Juez Zaffaroni que opina, simplemente, que si gana la oposición, puede venir el caos. Un Juez de la Suprema Corte que dice alegremente que la democracia puede conducir al caos. Romero se la agarra con el nacionalismo, pero no con sus exageraciones sino, casi diría, con su mera existencia. Y Carrió considera que los que no la acompañan son de dudosa pertenencia.

Tuve la dicha de poder dialogar con el Papa Francisco, hablamos unos minutos de aquellos que intentan interpretar sus gestos en el pequeño esquema de oficialistas y opositores. La vida nos regaló en suerte un hombre de los más importantes del mundo  y nosotros lo queremos reducir al nivel de nuestros rencores. Se me ocurre que intentamos ser figuras públicas sin renunciar a nuestros caprichos privados, como si pudiéramos expandir nuestro egoísmo, convertirlo en mirada colectiva e imponerlo, que de algo así se trata.

Eso siento frente a los discursos de la Presidente, que no intenta otra cosa que sumarme a su idea, que ni imagina la necesidad de ampliar su concepción para abarcar la de otros, no me quiere convencer sino que tiene el poder y decide imponerme su mirada. Ella ocupa el espacio del Bien y el resto somos parte del Mal, la oligarquía, empleados de los fondos buitres, todo eso y mucho más. No entendemos su verdad, podemos -como dice Zaffaroni- caminar hacia el caos, o no haber leído todos los libros de filosofía que leyó Feinmann, para entender que la Presidenta que yo apenas soporto es lo más grande que dio la sociedad.

Cuando el retorno del General Perón y su abrazo con Ricardo Balbín, muchos de estos señores opinaron que la salida estaba en la boca del fusil. La historia demostró que la única salida estaba en el contexto de la democracia. Ellos ni siquiera asumieron la obligada autocritica, y nos siguen dando clase de sectarismo cuando ya casi nadie respeta sus ideas.