Una democracia deshonrada por burócratas del delito

A veces uno intenta olvidar lo peor. Nosotros necesitamos hacerlo. La triste y oscura imagen de Venezuela, de una sociedad donde pudieron degradar al disidente, al que piensa distinto, fue el sueño de demasiados kirchneristas y la pesadilla de demasiados argentinos. Podemos decir que sus cerebros eran restos oscuros de izquierdas degradadas, ésas que encontraron en Kirchner un socio para canalizar sus resentimientos.

Escribieron un libro contra el Cardenal Bergoglio, soñando instalar en la Iglesia un hombre débil que dependiera del oficialismo. Si desarmaban la resistencia de la curia romana ya habrían avanzado mucho. Acompañaron la jugada con el ataque a los medios opositores, también con la idea de degradar a los independientes, de desarrollar obsecuentes, de terminar comprando y manejando a todos. La ley de Medios fue pensada para un gobierno que se soñaba quedando para siempre. En el juego del poder absoluto buscaron una CGT propia y la forjaron en torno a individuos en su mayoría con historias oscuras a los que amenazaban con denunciar.

Intentaron quedarse con todo lo que no manejaban, desde la Feria del Libro hasta la Sociedad Rural.

La ley de Medios y los servicios de informaciones, dos pilares del falso izquierdismo de corruptos dedicados a la explotación de la obra pública. Ya habían degradado el Congreso a cambio de negocios con todos los que lo convertían en una simple escribanía. Y el proceso continuó por la degradación de la Justicia, con esa historia triste y oscura de “Justicia legitima”, según la cual ellos nos devolverían una manera de enfrentar el delito ajeno respetando siempre el derecho a ejercer el propio del grupo gobernante.

Fue un intento de “ir por todo”, el final de la democracia sustituida por un grupo de burócratas cercanos al delito pero ocultos bajo el disfraz de una supuesta revolución. El adversario degradado en enemigo, el disidente convertido en traidor, el obediente aplaudido como supuesto “militante”. La libertad retrocediendo ante la impunidad y el miedo a que se instalen para siempre.

Esa invasión de los peores dejó al desnudo la debilidad de nuestra sociedad, demasiados oportunistas defendiendo sus negocios y sus cargos, demasiados inocentes confundiendo la degradación con una ideología justiciera. El kirchnerismo terminó siendo una enfermedad pasajera de la democracia, una convocatoria a lo peor de la sociedad. Marxismo devaluado para una propuesta de partido único; el otro, el que votan los otros, ese debe ser la derecha y el mal. Es la única manera de poder instalar e imponer el absurdo de que los que se apropiaron del Estado en su beneficio sean vistos como parte del bien.

Vienen perdiendo la partida: atacaron al Cardenal y lo ayudaron a llegar a Papa; se cansaron de atacar a Scioli y lo convirtieron en el único candidato; atacaron a medios hasta convertirlos en líderes de audiencia y si ahora se la agarran con Macri. Uno podría llegar a imaginar que les pagan por esos oscuros servicios, no suelen hacer nada gratis. Scioli no se animó a visitar la Rural pero concurrió a Clarín, los pilares de una ridícula supuesta ideología van cayendo sin pena ni gloria.

“Los inmorales nos han igualado” decía Discepolín. Con esta invasión que sufrimos con el kirchnerismo, el poeta se quedó corto. Los inmorales nos superaron por mucho, por demasiado.

Debatir, disentir, aprender

Silvia Mercado escribió un nuevo libro, “El relato peronista”, y me invitó a compartir la presentación con Juan José Sebreli, situación que agradezco y me honra. Es un ensayo meticuloso sobre la construcción del peronismo, una profundización de la idea de que estamos frente a un “relato”, palabra que según Sebreli sustituye lo que ayer definíamos como “ideología”. Obviamente sobre ese camino se llega a la conclusión de que el kirchnerismo es también un relato y en consecuencia la democracia termina siendo débil porque existe una masa, pueblo, humildes, engañables por el relato y entonces votan a cualquiera, digamos, al peronismo. A eso antes lo llamaban demagogia y ahora lo rotulan populismo. Sería así, una clase dirigente lúcida, capaz, brillante, que no logra ser votada por los pobres que votan a los que los engañan diciendo que los van a beneficiar cuando en rigor los arruinan. Moraleja: los pobres son brutos “desubicados” que cuando votan se dañan a sí mismos. Si votaran a los ricos no saben lo bien que les iría.

En un dilema que nos hace buscar un culpable. O es la clase dirigente que nunca se hace cargo de nada y jamás ofrece una alternativa digna de ser votada, o es el pueblo que vota a los que lo engañan. Primero opino que la suma de intereses individuales no genera un proyecto colectivo. Nuestros empresarios son, para mi opinión, mucho más limitados que el supuesto pueblo. Es complicado conformar una sociedad capitalista si a los ricos no les importa. Recién ahora algunos asumen que el valor de sus empresas está ligado a la solidez de las instituciones. Como ahora -sin Parlamento y al borde de quedarnos sin Justicia, asediados por la mafia de “Justicia Legítima”- no podremos arribar ni al capitalismo ni a la democracia, solo al poder mafioso.

Los partidos políticos son apenas estructuras de las que nos ocupamos cada tanto y no surgen de ellos candidatos dignos de ser votados. Cuando critican al peronismo, intentan olvidar que luego de derrocarlo, a ese supuesto “relato”, durante dieciocho años no supieron qué diablos hacer. Frondizi les resultaba demasiado comunista, pensaba y era inteligente -y como bien sabemos esos son los marxistas. Illia les resultaba demasiado decente y, como era decente, era lento. Y vino Onganía, que destruyó la Universidad dando origen a la guerrilla. Perón retornó después de esos dieciocho y no había dos demonios, pero entre la guerrilla que se imaginaba invencible y la derecha militar que seguía soñando con el golpe salvador -entre ambos- nos volvieron a la guerra y al atraso. Pero escribimos libros donde la culpa la sigue teniendo Perón. Que desde ya tuvo la suya, pero al volver planteó la paz y la unidad nacional. Pero eso que sólo Perón planteó desde el poder no tiene herederos, nos queda grande y entonces unos reivindican al suicidio de la guerrilla y los otros, al escepticismo de los que no creen en nada. No somos capaces de crecer a partir del gesto pacificador.

No nos interesa la política porque somos tan egoístas que a nadie lo convoca el destino colectivo. El peronismo fue mucho más que un partido político, fue una cultura, una pertenencia de los desposeídos, de los que no estaban incluidos en el proyecto de ser una reproducción de Europa por estos lados. Demasiada inmigración nos fue diluyendo la identidad, la pertenencia, y entonces el peronismo les otorgó una identidad a los de abajo, o mejor dicho, los de abajo se forjaron su propia identidad. Inventaron su mito fundacional, invulnerable al análisis racional de los otros, los individualistas. Aquí está el debate de fondo, para Wilfredo Pareto “la historia es un cementerio de elites”, ese no sería peronista. Para nosotros, el mayor nivel de conciencia se expresa en el seno del pueblo. Ahí nace el peronismo. Es el partido político de los de abajo, de la mucama, cosa que molesta a los cultos, que son demasiados pero tan egoístas que cuando se juntan solo se amontonan, no proponen nunca nada o tan sólo algún proyecto económico de vender algo que les deje una comisión.

Yo creo en la conciencia colectiva, que no es la suma de los individuos, sino algo muy superior. El peronismo no es el todo, pero es un aporte importante.

Un viejo amigo, ya en el cielo, que era muy gorila y había sido comando civil, ese gran amigo me dijo una noche con sabiduría: “Nosotros pensábamos siempre que había que darle ideales a los ricos y dinero a los pobres. Perón se dio cuenta que todo eso era al revés y les dio ideales a los pobres y nos dejó su vigencia para toda la vida”.

Como digo siempre, populismo es la degradación de lo popular. Gardel y Perón son lo popular, cada vez cantan mejor; los Menem y los Kirchner son el populismo, son pasajeros, duran el tiempo del poder y luego regresan al olvido. Al peronismo lo engendraron los trabajadores; a las minorías que se creen lúcidas, a ésas la academia. Se me ocurre que popular viene de pueblo y eso dura.

La relación con el pasado debe ser parecida a la que uno tiene con los padres: para superarla, necesita dejar de confrontar. El libro de Silvia Mercado me invitó a debatir y eso siempre es positivo. Le cuento mis diferencias y le agradezco la invitación. Le dije a Sebreli que debíamos ser capaces de unir a Borges con Discépolo; él me dijo que le gustaban más Cátulo y Homero. En el fondo, los tres eran peronistas porque Borges expresaba la otra parte imprescindible de nosotros. Intentemos una síntesis, vale la pena hacerlo

Plan de retirada K: cambiar jueces por cómplices

La elección de Daniel Scioli deja al kirchnerismo al desnudo,  con el pragmatismo y la ambición que los acompaña desde siempre pero sin las pretensiones de derechos humanos y sueños revolucionarios.

Eligen a Scioli para poder sobrevivir, instalan al oscuro Chino Zannini para dejar una muestra de supuesta dignidad.  Nunca fueron otra cosa, pero ahora la ambición corre el riesgo de perder la cobertura  de las pretensiones transformadoras.  Llegan al final de su ciclo tratando de eliminar a los jueces para sustituirlos por sus propios cómplices.  Y entonces aparece el hablador de lenguas incomprensibles, Horacio González, a explicarnos que él o ellos – los del oficialismo a la carta – fueron rebeldes. Una maravilla.  No sé si el más indigno es González o Ricardo Forster, quien ya anuncia que Scioli lo va a sorprender, abrazando el cargo de desarrollar el catecismo oficialista.

Intelectuales sin ideas ni rebeldías, apoyo al poder de turno a cambio de espacios en las áreas secundarias del proceso de destrucción de las instituciones. Alguna vez Europa cobijó  los comités contra el fascismo. Luego se tomó conciencia que lo de Stalin no era más suave y nosotros pudimos comprobar cómo supuestos pensadores proporcionaban impunidad a un gobierno mucho más caracterizado por el juego y la corrupción que por la integración social. Hemos terminado reduciendo la pobreza y la miseria a una bizantina discusión de maneras de medir la enfermedad, cuando con sólo salir a la calle la realidad nos lastima sin contemplación. El kirchnerismo es un sistema corrupto de poder que convocó  a viejos restos de izquierdas fracasadas a defender sus impunidades.

Las encuestas se ocupan de dibujar futuros, la frustración nos acompaña a la absoluta mayoría. Algunos tienen miedo pero casi todos compartimos el amargo sabor del fracaso. Los discursos apabullan pero no alcanzan para tapar la realidad. El kirchnerismo, a pesar de sus pretensiones fundacionales, no fue más que la continuidad del menemismo en versión de pretendido compromiso social. Un discurso de la Presidenta no deja de ser una acumulación de lugares comunes con agresión a los que piensan distinto, y es siempre una convocatoria a transgredir los límites de la democracia.  Hay una minoría dirigente que se enriquece sin límites mientras discute los índices de la realidad, una masa enorme de necesitados que parecen depender de la voluntad oficial de ayudarlos y una gran cantidad de sectores de clase media que ven cómo se empobrecen a diario tanto sus ingresos como las mismas instituciones en las que ayer soñaron descansar.

La Presidenta se enamora de los resabios del comunismo de ayer, que son hoy Rusia y China. Imagina que donde se ha logrado limitar la democracia y la libertad se avanzó en la Justicia. Uno no imagina si esa elección de socios flojos de instituciones democráticas es para compartir la sustitución de las instituciones por las mafias.  Hay algo que define el núcleo duro del kirchnerismo y es la mediocridad e impunidad de sus integrantes.  Pero también hay datos que marcan la decadencia de nuestra sociedad  y es la cantidad de políticos, sindicalistas y empresarios que dicen en privado lo que jamás se atreverían a reproducir en público.

Lo peor del kirchnerismo agoniza, cualquiera que gane la elección pareciera ser menos enamorado de la perversión.  La pregunta que hoy se impone es si para nuestra sociedad el manejo delictivo de la Justicia es un detalle para entendidos o si lastima las posibilidades del candidato oficial. Scioli necesita votos no oficialistas, Macri necesita votos que mantienen el miedo al ajuste. Pareciera que Scioli necesita tomar distancia de la demencia oficialista tanto como Macri lo necesita del pasado liberal de mercado. No tenemos hoy un candidato cuyo talento se imponga fácil a su contendiente. Tampoco le ponemos expectativa al futuro, esta vez sí que no nos van a defraudar. Pero la sociedad se está tensando, el castigo social a los nefastos se vuelve cada día más vigente, los medios y la calle van ocupando espacios que abandona la Justicia degradada por el oficialismo. Van perdiendo algunas provincias, retrocediendo en esas fotos donde acompañaban a la Presidenta señalando el futuro, para muchos de nosotros se habían enamorado de la catástrofe.

La impunidad y la delincuencia oficial retroceden sólo frente al voto y la mirada de los ciudadanos. Nos vamos comprometiendo lentamente, ellos retroceden en la misma proporción. Al superar ciertas cuotas de desmesura y pretendidas demencias, queda al desnudo la ambición, los negocios y la mediocridad. Sólo un pueblo atento recupera su destino. Asumamos culpas y participemos en cuanto esté a nuestro alcance para castigar esta decadencia. Sólo le podemos tener miedo al miedo. Tenemos la razón, que retrocedan ellos.

La desmesura kirchnerista está llegando a su fin, pero todavía hay riesgos

Si los conoceré. Oficialistas de todos los gobiernos, ganadores de todas las carreras de obsecuencia, de permanente y apasionada lealtad al vencedor. Son ellos, diputados o senadores, embajadores o gobernadores, intendentes o ministros; son todo terreno, presurosos a correr en auxilio del vencedor. Aplaudieron desde Menem a los Kirchner, pasando por Duhalde y otros recorridos, todo colectivo los lleva al destino buscado, al carguito que los unge como parte integrante del ejército vencedor.

De esos, muchos, demasiados se dicen peronistas. Es una camiseta rendidora. Aunque se enchastre con el barro liberal o socialista, casi ni se mancha, no quedan secuelas. Algunos la van de historiadores revisionistas (ese negocio da para todo), sacan o ponen héroes al servicio del necesitado, te cambian a Cristóbal Colón por el candidato que le pidas; cambian las estatuas y hasta se deben quedar con unos pesos al elegir al escultor. Nos falta la estatua a Ramón Mercader. La persecución del disidente es una tarea imprescindible, el obsecuente se siente herido, lastimado, degradado por el rebelde, por el disidente. Por eso necesita denostarlo y perseguirlo, en esas persecuciones encontraron su final los regímenes que intentaron el marxismo. Las burocracias son las únicas minorías parasitarias que son mucho más dañinas que los ricos. Y eso sí que implica batir récords.

Oficialistas de todos los gobiernos y sindicalistas que vienen derecho de aplaudir a la Dictadura. No estaban solos, no son los únicos: había jueces y militantes ocultos, denunciadores denunciables, de esos que tiran la primera piedra como si nadie tuviera derecho a conocer sus pasados. Aparentan mirar para otro lado, cultivan el oficialismo pasivo o activo. Los pasivos son la mayoría, están como distraídos viendo pasar la realidad y hablando poco, cosa de no comprometerse. Y los hay activos, de esos que se armaron de un traje de amianto que los defiende del fuego enemigo y del propio; asumen que la vida es tan solo una carrera de obstáculos donde el verdadero arte se basa en esquivarlos. Exquisitos cultores de la agachada.

Y están los operadores, esos que hacen negocio con el poder, a veces ocupan cargos, otras son sólo invitados permanentes a todas las fiestas y reuniones, hacen negocios, hablan de negocios, sólo hablan de eso, ya no saben hablar de otra cosa. Antes era la oligarquía y nosotros- los de la supuesta izquierda- teníamos la voluntad de desalojarlos. Ahora todo es más complejo, hay una nueva oligarquía que no habrá conquistado el desierto matando indios pero que se adueñó del poder gastando a lo bestia el dinero del Estado, ese que debería tener como destino a los pobres. Y a los pobres algo les llega, justo para que sigan siendo pobres y necesiten seguirlos votando, no sea cosa de que se integren a la sociedad y puedan elegir por ellos mismos.

Hasta los Kirchner este trabajo de eterno oficialista no era insalubre, tenía escasos riegos, pocos costos, a nadie se le ocurría castigar funcionarios- o exagero- algunos terminaban en situación de no poder caminar por la calle. Pero eran pocos, los castigaba la Justicia y no la mirada social, esa que observa hoy demasiado mejor que antes, esa que ahora se preocupa por lo que antes ni siquiera la molestaba. Y hasta algunos la van de derechos, dignos, leales y no sé qué otra virtud acompaña el crecimiento de sus fortunas personales. Instalaron la teoría de la impunidad, el poder cura todos los males, purifica a todos los decrépitos que roban pero hacen y a otros que ni siquiera eso.

Ya lo había ejecutado Zannini en Santa Cruz, había eliminado al Procurador, la Corte Suprema ordenó reponerlo dos veces pero ellos no se dieron por enterados. Ahora ya van por todo, un juez como Luis María Cabral, de historia intachable, de formación como las de antes, que siempre estuvo del lado de los perseguidos, que se jugó por los que lo necesitaban como nunca lo hicieron ni los Kirchner, ni Zaffaroni, ni Verbitzky que tanto hablan de los derechos humanos. Un hombre que merece el respeto de todos fue sustituido por un empleado con antecedentes oscuros, como casi todos los que nos gobiernan.

Hay algo que comienza a gustar de Scioli y es su distancia del fanatismo kirchnerista. La verdad, su manera de llegar al poder es triste, poco tiene que ver con la política o, al menos, con lo que uno imagina de la política. Pero nos saca del pantano del fanatismo sin ideas y de la falsificación de todas las propuestas. Macri sigue siendo la alternativa a la demencia kirchnerista, pero el mismo Scioli ya implica un acercamiento a la cordura. Gane quien gane nos habremos sacado de encima esta mediocridad fanatizada. El kirchnerismo, por suerte, termina siendo una enfermedad pasajera del peronismo o de la política. Sembraron división, resentimiento y corrupción pero también algunas mejoras sociales que no tienen por qué ser acompañadas o encubiertas con tanta decadencia. Parlamentos degradados en escribanías, surgimiento de una justicia para proteger a los corruptos que en su impunidad denominan “legitima”, uso y abuso de viejos sueños revolucionarios para encubrir saqueos, en su degradación el kirchnerismo se termina asemejando a todo aquello que dijo intentar superar.

Somos una sociedad con demasiados oportunistas; la política se fue diluyendo como propuesta y como sueño de un futuro mejor. Demasiados esfuerzos económicos e intelectuales para justificar la desmesura kirchnerista. Quedan dos candidatos, ninguno de ellos es un fanático y a muchos, demasiados, no les resulta fácil elegir a uno de ellos y mucho más difícil pronosticar si lo nuevo será un ascenso a la sensatez y al sentido común o un simple aterrizaje en lo más cruel de la mediocridad.

Quizás sea un poco de cada caso. La esperanza hay que depositarla en las proporciones.

Vigencia y oportunismo

En la semana en la que se cumplió un nuevo aniversario de la muerte de Perón, una reflexión: las herencias mantienen su vigencia mientras los herederos no sean capaces de superar lo que les dejó el que se fue.

La política nacional vive atada al pasado fruto de la falta de talento de los contemporáneos porque en las decadencias los debates son con los que ya no están. El peso de los vivos no alcanza densidad para superar el ayer. Para los radicales esto es más vigente, no encuentran el presente común sino varios caminos divergentes. Para los peronistas el tema es más complicado, participar del poder genera una apariencia de pensamiento vigente aun cuando en nada se parezca al original. El peronismo es un recuerdo que aporta votos. Nadie lee a Perón. En rigor, usan su memoria para denostar sus ideas.

Los Menem buscaban refugio en un liberalismo cuya vigencia era el fruto amargo de confrontar con las políticas peronistas. Los Kirchner desvirtúan la memoria como si los que el General expulsó de la Plaza por violentos e imberbes fueran los triunfadores de la contienda. Pero el poder es rentable y contra semejante verdad poco y nada pueden las ideas. Inventaron un Ezeiza y un Cámpora que nada tuvieron que ver con la realidad. Desarrollaron al límite la teoría de los dos demonios a partir de la cual la culpa siempre la tuvo el otro y abandonar ese principio exigiría entrar en la etapa de la madurez, personal y política. Eso, por ahora, no figura en la agenda de esa gente.

De la crisis engendrada por los Cavallo nos sacaron los peronistas (Lavagna, Sarghini, Pignanelli, Peirano y otros). La Presidenta eligió un joven supuestamente marxista y concretamente inexperto para volver al lugar donde todo retorna como comedia. Perón decía que el ministro de Economía no debía ser un intelectual en estado puro sino alguien que hubiera pagado una quincena, recordando al poeta, “igualito a mi Santiago”. El peronismo nació de las fuerzas productivas, obreros y empresarios. El kirchnerismo enfrenta a los que producen y los persigue con los burócratas que -como bien sabemos- son los únicos más dañinos que los ricos.

La señora Chantal Mouffe escribe reivindicando el hecho de que la supuesta izquierda se dedique a ocupar el Estado, con toda su delicadeza intelectual en la medida que no aclara para qué sirve ese Estado, está haciendo una reivindicación del más puro oportunismo. La viuda de Ernesto Laclau mantiene la concepción de la necesidad del enemigo y le agrega la pasión por el poder, dando por supuesto que la izquierda, el pueblo y la justicia social son parte de un mismo paquete doctrinario. Después de años en el poder, el Gobierno degradó al que iba a mejorar los ferrocarriles, jamás reactivó la construcción de vagones, siguió tirando manteca al techo con la supuesta aerolínea de bandera e invento números según los cuales vivimos en una sociedad que es una maravilla. Parecido al final de Menem, cuando sus personeros decían que faltaban las reformas de segunda generación y luego salieron todos corriendo. Son dos décadas donde se hicieron muchos ricos entre los funcionarios y demasiados pobres entre la sociedad.

En el llano, los partidos expresan la vigencia de las ideas; en el poder, se suele imponer la pasión por los intereses. Nos hablan del peronismo como si les importara otra cosa que los votos que todavía arrastra esa memoria que dista mucho de ser superada. Los discursos y los libros escritos por el General están lejos de ser recordados y aún más lejos de ser comprendidos. El peronismo fue un fenómeno complejo que se instaló por encima de izquierdas y derechas, una concepción nacional de la política que desafió a los que dependían de un pensamiento importado. Fue un producto de fabricación nacional. Algún sociólogo lejano dijo que era “un fascismo de clase baja”. Ponerle una etiqueta europea tranquilizaba conciencias, no era fácil aceptar que los de abajo: cabecitas negras y compleja mezcla de inmigrantes desposeídos, que ellos engendraran una cultura, un pensamiento y una forma de vida demasiado parecida a la barbarie, pero capaz de convocar a pensadores más sofisticados que los importados.

El peronismo fue un fenómeno cultural, la expresión de una identidad social y política de los marginados; lo acusaron siempre de anti democrático siendo el único que ganaba con los votos; lo acusaban los que solo podían llegar al poder por medio de los golpes, los que no soportaban que mandaran los de abajo. El peronismo es el fruto de una forja donde los vencidos se volvieron vencedores, de un fenómeno donde el pueblo muestra ser el único capaz de enamorarse de ideales .Los otros, los que soñaron darle su propia mirada de la vida, no soportan tener que asumir la que surge de aquellos a los que a veces no respetaron y muchas veces ni siquiera le reconocieron valor como conciencia colectiva.

El peronismo es tan sólo eso, la conciencia de la multitud, la derrota del individualismo a manos del sentimiento colectivo.

Hubo una violencia peronista, pero era otra cosa que la incitada por Cuba y su marxismo. Los que reivindican a la guerrilla como superior al pueblo trabajador, esos son los nuevos gorilas que supimos conseguir. Esos que intentan desdibujar a Perón imponiendo la memoria de López Rega mientras necesitan ocultar a sus jefes porque son sencillamente impresentables. Esos que salen a defender los Derechos Humanos sin siquiera ser dueños de un pasado que lo sostenga y se esconden detrás de los deudos, como si ellos fueran parte del debate ideológico.

El peronismo fue la causa de los humildes, el kirchnerismo es la causa de los intelectuales y otros jóvenes que triunfan trepando en el Estado. Son dos concepciones antagónicas, por eso el peronismo sigue siendo popular y sus usurpadores simplemente populistas.

Gardel y Perón son lo popular, mejoran con el paso del tiempo; los Menem y los Kirchner son el populismo, al poco tiempo se ponen rancios.

En su agonía, el kirchnerismo se lleva puesta a la Justicia

El kirchnerismo es sin duda el resultado de fanatizar la mediocridad. Cuando uno revisa sus odios y sus amores se encuentran con una pobreza que no podemos definir “franciscana” porque le queda grande y debemos aceptar que es simplemente “santacruceña”. Scioli visitó a sus viejos enemigos de 6-7-8 y frente a la pregunta doctrinaria de “¿usted concurrió a Clarín?”, la respuesta fue para, mi gusto, de antología, algo parecido a “yo ando por todos lados”. Y se habían roto los límites de la cárcel kirchnerista: aquel Néstor que lanzó su alarido “¿qué te pasa Clarín?” y los seguidores gastando fortunas del Estado en medios obsecuentes. Cuando hagamos la cuenta de lo dilapidado tomaremos conciencia que se trataba del dinero de los necesitados. 

El kirchnerismo se construyó sobre algunos odios concretos y muchos amores ocultos. Fortunas se desarrollaron a partir del odio a Clarín y siempre quiero dejar en claro que lo odiaban por su virtud de ser libre en sus opiniones, si en lugar de Héctor Magnetto estaba cualquiera de los decadentes y despreciables empresarios conocidos por todos, nos quedábamos sin prensa. El empresariado nacional guarda para su propia honra la dignidad del gerente de una petrolera extranjera, el otro es Magnetto, y paremos de contar.

El enemigo era Scioli y, al elegirlo, la Presidenta asume su primera derrota frente a la realidad. El enemigo era Clarín, concurrir al piso y la tribuna de TN -como lo hizo la tropa K el pasado miércoles- implicaba asumir que la guerra había terminado. Estamos frente a una elección donde la competencia está más asentada en los errores de los candidatos que en sus aciertos. Una elección donde hay una certeza (“no nos van a defraudar”), es tan escasa la expectativa que depositamos en el futuro que difícilmente la respuesta sea peor que la esperada. Ya se inicia la etapa del olvido del que se va, la obsecuencia es ahora una pasión y una energía necesaria para depositar al servicio del poder de los que vienen.

El gran debate del presente es sobre el pequeño futuro que nos corresponde asumir. Algunos imaginan que Scioli va a ser un seguidor de Cristina, otros, me incluyo, pensamos que el kirchnerismo quedará tan sólo como una enfermedad pasajera de la política nacional.

Zannini es la expresión de lo oscuro de la política, de ese espacio enorme que nace con la vuelta a la democracia y que se impone a la misma política. Un lado oscuro que vive oculto, sin opiniones públicas, sin una voluntad de la transparencia frente a la sociedad. Son parte de la izquierda fracasada que inventó una memoria falsa donde al peronismo no lo forjaron los trabajadores sino los guerrilleros. Son los que desvirtúan las luchas populares, donde en lugar de nacer con Perón en el cuarenta y cinco todo nace con la guerrilla y sus errores, donde los héroes serían hoy la memoria de los vivos para gozar de los cargos y las prebendas. O sea, una generación de supuestos revolucionarios que desprecia a los obreros y parasita a los desaparecidos, y todo esto, con una concepción de complicidad que les permite convertirse en los nuevos ricos de esta decadente sociedad. No hay en ellos una voluntad de generar una sociedad más justa, sólo hay un conjunto de consignas que sirven para intentar vestir la desnudez de su ambición.

Los últimos pasos del Gobierno son todos destinados a corromper la Justicia para construir su propia impunidad. En eso Zannini es especialista, ya lo logró en Santa Cruz al eliminar al procurador. Justicia legitima, personajes menores que consideran que debe existir una vara para los amigos y otra para los que no participan de ese sector elegido. Justicia legítima implica legalización de la complicidad.

Vivimos una decadencia que ni siquiera llegamos a comprender. Pareciera que el gran maestro Discepolin se quedó corto cuando dijo “los inmorales nos han igualado”. Con estos muchachos nos ganaron lejos. Sólo nos salva el hecho que la mayoría de ellos son obsecuentes al poder de turno que tal vez –con suerte – se los lleve puestos y que nos dejan una grave crisis para sufrir en poco tiempo. El kirchnerismo que agoniza, en todo caso, se lleva lo peor de nosotros, gane quien gane ya nada será igual. Soy optimista, uno quiere imaginar que lo peor ya pasó.

Todo el poder a los conspiradores y a los más leales

Se me ocurre que a Scioli le pegaron duro, le impusieron a uno de los peores personajes del kirchnerismo, un intrigante, un encargado de impedir que la Justicia ilumine los negocios del poder.  Nunca tuve el disgusto de hablar con él, pertenece a esa estirpe de los oscuros que no nos quieren, les parece que los que decimos lo que pensamos no merecemos respeto. No le interesa ni la política ni mucho menos el peronismo, el poder es otra cosa, la ideología, solo un instrumento al servicio de la ambición. Un jefe de la especie de los conspiradores, de los que viven del poder sin decir jamás lo que piensan ni  opinan. Eso es para nosotros, los jetones según ellos, ellos son el poder real, que es oscuro siempre, mucho más en una sociedad como la nuestra.

En el retorno de la democracia volví a ser diputado, y pude observar la aparición de un nuevo personaje de la política, “el operador”, ser oscuro que maneja desde atrás, que no se muestra, que considera que lo importante es imponerse  a los que si salen a la luz, a los miembros del poder formal. Ese personaje menor fue el responsable de sacarse de encima al Procurador en Santa Cruz, ese que la Suprema Corte ordenó  reponer dos veces sin que ellos se dieran por enterados.

El kirchnerismo llevó adelante su capacidad de destrucción de las instituciones a partir del triunfo que les entregó una mayoría absoluta. Con ese número le impusieron su ley al resto de la sociedad. Esas leyes donde se intentaba instalar instituciones al servicio del autoritarismo, esa absurda imitación de Venezuela, esa idea de que toda limitación a la libertad podía ser justificada desde la revolución, ese grotesco fue fruto, entre otros,  de la mente oscura de Zannini.

En Santa Fe, más allá del papelón de festejar triunfos dudosos como si al festejarlo los convirtieran en definitivos, hubo tres fuerzas y ellas pueden ser la muestra del futuro político. Un centro-izquierda socialista, un centro-derecha con el Pro, y un peronismo de centro. Un peronismo que se recupera sin recibir la visita presidencial, al revés de Rio Negro, donde mucho apoyo y cadena oficial llevaron a la derrota hasta a un par de encuestadores. Pichetto pagó  su obsecuencia con un triste final.

Nunca un gobierno había llevado a los senadores y diputados a este punto de degradación, nunca tantos se habían dejado arrastrar por las órdenes de un poder sin límites, nunca sus miembros habían dejado al Parlamento tan al borde de no poder ni siquiera justificar la razón de su misma existencia.

Se va Pichetto y viene Zannini, se me ocurre que el peronismo comenzará a tomar distancia del kirchnerismo, al menos los que tienen ideas y algunos votos, o al menos los pocos que todavía guardan alguna noción de aquello que llamamos dignidad.

Zannini es el articulador de todo lo que se maneja al borde de lo institucional, por afuera de las normas y de las reglas, ese manejo oscuro que se impone desde el poder cuando este engendra su propia impunidad.  No hay partidos, tampoco interesa, los sustituyen por grupos, por sectas, como La Cámpora o Carta Abierta, espacios donde el poder del Estado sirve como continente y la obsecuencia que aplaude al poder de turno se disfraza de pretendida ideología.

La Presidenta acomoda todo para asegurar su continuidad en el poder, y la vigencia permanente de la impunidad. Siembran el miedo a los que sentimos que no soportamos que sigan gobernando, miedo a que se imponga este autoritarismo mediocre y enfermizo, que dice ser de izquierda o progresista, e insiste con  el cuento de “los grupos monopólicos”.

Scioli aparentaba distinto, estando solo era o parecía ser otra cosa, pero pareciera que esto de jugar al obediente le fue limando sus diferencias con la desmesura de los kirchneristas. Los duros sirven para parasitar el poder de los dialoguistas. 

La Presidenta sacó en el pasado muchos votos con su cara al lado de la de Boudou, ahora no tiene ese margen, necesita que el segundo, el Vice, le aporte las seguridades que necesita. Y Macri se inclina por Michetti, que hace poco lo enfrentó acompañado de otros ministros.

Muchos hablaron del final de la relación, ahora deben callar. Nos guste o no, el Pro se organiza con un respeto interno que les permite no caer en el autoritarismo. Para algunos, los autoritarios, esto sería un gesto de debilidad. Pienso que es muy distinto, esa supuesta derecha se muestra capaz de contener la diferencia, la otra versión, la autoritaria, termino repudiada en todo el mundo.

El poder quedó solo en manos de los operadores, las ideas ocupan tan solo el lugar de justificadoras de la ambición. La política agoniza a la par de la sociedad, los más sensibles sienten miedo, los otros imaginan que todo sigue igual. Daniel Scioli está entre ellos. Me parece que se equivoca.

Francisco no puede hacerse cargo de la oposición

El Santo Padre volvió a recibir a la Presidenta, y una caterva de opositores puso el grito en la Tierra, desesperados por no lograr que en Roma se encontrara el buscado jefe de la oposición. Un montón de opinadores llenos de odio hacia la Presidenta imaginaban que el Papa nos devuelva la dignidad a los que no logramos y ni siquiera intentamos organizarnos y nos arme un partido que sirva de alternativa viable. O sea, tenemos la bronca pero necesitamos que alguien la convierta en propuesta. Y ni se nos ocurre pensar que este talentoso sacerdote llegó a Papa por no ser ni parecido al resto de los ciudadanos beligerantes.

El papa Francisco se anima a denunciar el genocidio Armenio después de visitar Turquía, se anima a rezar en el Muro de los Lamentos acompañado de un Musulmán y un Judío, se atreve a provocar el acercamiento histórico de Cuba con los Estados Unidos y a tantos otros gestos que asombran a la humanidad. Sin embargo, algunos se enojan porque no le dió una mano al partido opositor. Algunos no entienden que si el Cardenal Bergoglio llegó a convertirse en el papa Francisco es simplemente porque no piensa ni actúa parecido a ellos; de haberlo hecho, hubiera logrado todo lo contrario a lo que admiramos en él.

Si la política nacional no tiene partidos organizados es simplemente porque cada uno se cree dueño de un pensamiento original y ni se preocupa en sumarse a otros para actuar juntos. El individualismo nos ha enfermado y en consecuencia somos dueños de quejas personales pero sin sentirnos responsables de forjar respuestas colectivas. El peronismo está devaluado y usurpado por los ambiciosos; el no peronismo apenas trata de engendrar alternativas. Nadie se asume obligado a participar de esfuerzos colectivos, salimos todos a las marchas. Es por un rato. Luego, de vuelta a la soledad, a lo nuestro. Lo colectivo tiene la impronta de lo que en él depositamos. El kirchnerismo dejó al desnudo el egoísmo y la indignidad de demasiados, de los que pensaron que defendiendo la democracia podían llegar a perder alguna prebenda, algunos pesos y entonces, eligieron hacerse los distraídos. Y están los otros, los que viven cuestionando a los que roban y a los que gobiernan sin hacer absolutamente nada, sin siquiera participar en un grupo de resistencia a la degradación kirchnerista que estamos viviendo.

No somos capaces de aflojar nuestros fanatismos para intentar construir un relato común. Vivimos con el cuento de que alguna vez fuimos grandes y alguno tuvo la culpa de nuestros fracasos. Unos, le echan la culpa al peronismo; otros, a la dictadura; También al golpe del treinta, los militares y hasta a los civiles. Cada uno arrastra su frustración y la convierte en resentimiento. Pero gestar alternativas es otra cosa: es comprometerse en serio, debatir y proponer, elegir al mejor o al menos malo, pero dejar de criticar desde fuera para asumir la propia responsabilidad.

El Santo Padre asombra al mundo, por suerte podemos decir que tenemos un Papa. Algo nuestro merece la admiración del mundo. Claro que su Santidad no es un logro colectivo. Llegó donde llegó a pesar de nosotros, del Gobierno y de la oposición. Y ambos bandos parece que lo necesitan, quieren que baje al barro de sus peleas, de sus luchas sin rumbo ni sentido, de nuestra cotidiana y enfermiza falta de grandeza. Cuando surgió como Papa, los seguidores del poder -un sector de la rama boba que se cree pensante y otro sector de la secta que parasita el fanatismo- ambos lanzaron al mundo su grito contra el Santo Padre. Hasta un idiota de dudoso pasado tenía escrito un libro en contra. Fue uno que tenía el pasado de difícil defensa y salió a cuestionar al Santo Padre. Pero el Papa fue como el tango, primero triunfó en el mundo para luego merecer la admiración ciudadana. Y ahora, desde el otro bando, viene la idea de enseñarle a odiar. Justo al Papa, resulta un tanto excesivo.

Los guerrilleros creían que el más revolucionario era el que enfrentaba al ejército con las armas y todavía no se hicieron la autocrítica. Muchos imaginan debilitar al oficialismo porque gritan como energúmenos sin siquiera ponerse a pensar cómo deben actuar para construir entre todos una oposición responsable.

El Santo Padre tiene hoy una enorme influencia, si la sabemos entender. Está por encima de los creyentes y los ateos, maneja los tiempos de los que se hacen cargo de sus responsabilidades, nos convoca a la pobreza, a la humildad y a la sabiduría. Es quizás hoy la persona más respetada e importante del mundo. ¿No será demasiado pedirle que se haga cargo de la oposición? Estamos tan enfermos y metidos en nuestras pasiones que no queremos que nadie pueda escapar de esta cárcel de egoísmo y pequeñez. A veces pienso que el papa Francisco llegó tan lejos porque pudo aprender a salir de la cárcel que nosotros nos armamos con los defectos que imaginamos que son virtudes. Admiremos al Santo Padre, agradezcamos que haya surgido de nuestra sociedad y aceptemos que supo lograrlo a pesar nuestro.

Cuentos chinos en el tramo final

Estamos entrando en el tramo final de kirchnerismo y las opiniones están divididas. El calor oficial impone dos falsedades, la primera -con mucho dinero financiando encuestadores – dice que Daniel Scioli gana en primera vuelta; oculta lo más importante del presente: no podrían ganar en la segunda. Luego, viene el segundo “cuento chino” : “el kirchnerismo va a seguir siendo un poder importante”. El kirchnerismo es un partido del poder; son demasiados los que viven de sus dineros y no quieren ni oír hablar sobre que el Gobierno pueda sufrir una derrota, imaginan que si gana la oposición perderán sus beneficios que son el sustento de sus convicciones. Continuar leyendo

El largo adiós del kirchnerismo

El acto del 25 de Mayo estuvo al borde del absurdo. Bien pensado por sus gestores, sin limitar sus gastos, una mezcla de atracciones de todo tipo que terminan en multitudes que simulan lealtades y pertenencias. La secuela de oficialistas emocionados y oportunistas asustados fue enorme. Los que gobiernan venían de duras derrotas en Santa Fe, Mendoza y Capital, y de un triunfo en Salta que pertenecía más al peronismo que al kirchnerismo. Ese es el rumbo que toma el proceso electoral, la supuesta izquierda kirchnerista debe retroceder y volver a juntar votos con figuras del viejo peronismo. El kirchnerismo no era la superación de nada, solo un atraso de pragmatismo impune con veleidades de izquierdas y progresismos. Y ahora el peronismo se tomara su revancha.

En Salta, Santa Fe, Córdoba, se nota el retorno al peronismo dentro del hecho concreto de que solo salgan terceros sin chances de ganar. Con los kirchneristas no lograrían ni eso. La Campora se presentó en Capital con el fracaso que se pudo visualizar. Y la Presidenta toma consciencia de que su tiempo agoniza, se despide con demasiada soberbia como para que la recuerden después. Los humildes permanecen en el corazón, los soberbios, sin poder son solo olvidados o maltratados. La Presidenta vive imponiendo el miedo y ejecutando el castigo, sin el cargo y la lapicera pasará a ser parte de un partidito de izquierda con agonía previsible. Los que imponen poder desde el cargo cuando deben elegir sucesor saben, a veces inconscientemente que están eligiendo su verdugo.

Asusta la cantidad de individuos propensos a comerse el amague, a imaginar que el Gobierno es invencible porque junta una multitud que soporta un largo discurso que confunde a la patria con el más crudo y decadente nepotismo. Como si el oportunismo invadiera mentes propensas al oficialismo permanente, veletas que debilitan a la misma democracia.

Ellos son impunes. La imagen de Boudou es una muestra gratis de una manera de enfrentar la vida, de una concepción de la impunidad del poder. Y del otro lado, pocos valientes, demasiados asustados. Demasiados de esos que caen en la trampa de los caraduras que te imponen “no va a votar a la derecha” como si Scioli y la Presidenta ocuparan el espacio del progresismo y la revolución.

Hoy el progresismo es la democracia, es una justicia independiente que no caiga en las oscuras manos de la procuradora de turno, un parlamento donde se vote con dignidad. El kirchnerismo es impunidad, tragamonedas y odio a los sectores productivos, es moneda sin valor ya que nada que ellos hagan tiene sentido ni seriedad. Los discursos presidenciales son sin límites ni ideas en juego, nos acercan más a la Venezuela del odio que al resto del continente. Vivimos un fracaso con pretensiones fundacionales, una usurpación del estado en manos de personajes sin otra motivación que la más pura ambición.

El radicalismo jugó con lucidez y se acercó al Pro, el otro camino implicaba el seguro triunfo de Scioli. Ahora todos quieren que Macri acuerde con Massa y se asegure el triunfo. Es posible que sin acuerdo entre ambos sea más difícil ganarle al oficialismo, a un oficialismo que sin duda dejará de ser kirchnerista en el mismo momento en que Cristina se baje del poder. Dime de que alardeas y te diré de qué careces, muchos leales prometen la más dura de las traiciones. La Presidenta no tuvo piedad con sus seguidores, no la van a tener ellos cuando se baje del poder. Ya lo expresó el gobernador de Salta, ella se ira a su casa.

Y el eterno conflicto de la pretenciosa izquierda ilustrada con los humildes, los votos son de Scioli, Carta Abierta pretende candidatos más jugados, justo ellos, que nunca se enteraron de la existencia de Boudou ni Lázaro Báez. Ellos, duros con los opositores mientras acarician la más obscena corrupción oficialista. Somos una sociedad donde una parte de la derecha compite con restos de viejas izquierdas para ver quién de los dos es más pusilánime.

Es el fin de ciclo. Con derrota o sin ella, el kirchnerismo desaparecerá. Y por ahora, lo más seguro es la derrota. Se están acercando a su propio final.