Convertir el capricho en dogma

La democracia es imprescindible para evitar lo que hoy nos pasa: un grupo de energúmenos empecinados en el error y convencidos de ser los únicos dueños de la verdad. Realmente me resultan insoportables. Me recuerdan el personaje del Principito repartiendo órdenes en un planeta inexistente. Han llegado a un punto donde la realidad y los otros somos detalles que molestan a su omnipotencia. La Presidente nos da cátedra a los que pensamos distinto, pero ahora intenta extender su docencia al resto del universo. Asumido el hecho mágico de convertir el capricho en dogma, le declaran al mundo las consecuencias de sus verdades que despliegan como si fueran reveladas. Y un joven que se dice marxista nos describe el mundo según su mirada de universitario sin experiencia, donde la soberbia ocupa el lugar que los años, a veces, otorgan a la sabiduría.

Y no se andan con chiquitas. Es con ellos o con el Mal, que es, obviamente, el espacio que no opina igual. La historia los enfrentó con un Juez de discutible lucidez, razón que les sirvió a los que nos gobiernan para edificar la certeza de que la cordura está de su lado. No les importan los detalles, lanzan discursos sin medir las consecuencias como si el supuesto hecho de tener razón se convierta por arte de magia en una verdad universal. Entre mi convicción de tener razón y el hecho de que me la otorguen, suele estar el camino de las leyes. La voluntad de los otros que, en este caso, por ser de discutible egoísmo no deja de
conservar sus derechos. Nadie quiere pagar lo que no corresponde, pero jamás a nadie se le ocurrió que ese rumbo se altera con un discurso.

Nos convocan a acompañarlos como si por el mero hecho de hacerlo convirtiéramos a la propuesta oficial en Ley universal. De sólo analizar la realidad, queda claro que esencialmente nos convocan a participar de un papelón colectivo. El objetivo de todos es pagar lo menos posible; a nadie con una cuota normal de cordura se le ocurrió que este resultado depende de la grandiosidad de un discurso ni de la pretendida originalidad de una ley. No somos los únicos humanos agredidos por los acreedores. Pareciera que somos los únicos que ejercieron el alarido como propuesta de solución beneficiosa. Años elogiando el acuerdo firmado por Néstor Kirchner, para terminar dinamitando ese arreglo como si careciera de valor. Algo nos llama la atención, antes de engendrar esta ley supuestamente proveedora de justicia ¿alguno se ocupó de estudiar su viabilidad?

La idea de los controles a los abastecimientos, leyes que persiguen ganancias privadas y son concebidas por burócratas que no podrían soportar el análisis de los negocios oficiales. Y mudar luego la Capital a una provincia un poco más feudal y decadente que el resto. Feudos donde los esposos se nombran alternativamente en el poder, nepotismos acompañados de marxismos. ¿Qué otros atrasos de la humanidad estamos dispuestos a reiterar?

Y las condenas que emiten los esbirros de turno. Capitanich sentenciándos al infierno de los buitres, Kicillof guiándonos desde un arriba sólo afirmado en el afecto de la mirada presidencial. El personalismo desplegado a su antojo y los oficialistas estirando el límite donde la obediencia lastima la dignidad. Pareciera que el kirchnerismo se los quiere llevar puestos a todos, que no hay vida después de la obediencia ejercida al grado de la humillación. Pasaron los tiempos donde ser oficialista permitía hacerse el distraído. Ahora, es una pertenencia sólo para fanáticos y beneficiarios. Ya toman conciencia que, después de este oficialismo, vendrá el paso a la clandestinidad de los leales. Demasiados odios para intentar después pasar desapercibidos. Demasiados oportunistas obedientes para soñar con la vigencia de un partidito kirchnerista. Como los seguidores de Menem, los beneficiarios se diluyen a la par de los beneficios que los engendraron.

Vendrá otro Gobierno, sin duda. Vendrán tiempos de debatir matices, discusiones de los demócratas que respetan la opinión ajena. Hoy no estamos confrontando ideologías, supuestas izquierdas o derechas. Lo de hoy es más simple y transparente. En el presente confrontan la demencia y la cordura. Los demás son detalles.

Los logros de ayer son los fracasos de hoy

De golpe, la Presidente decidió que la soberanía era una expresión más de su autoritarismo, y reformuló las normas del canje realizado por el mismo Néstor Kirchner. Tantos elogios que había merecido Néstor por aquella tarea perfecta de negociar la deuda, tantos méritos que lo llevaban a entrar en la historia, y de pronto, la Presidente le enmienda la plana. El grande de Néstor había sido un genio al negociar la deuda, al nombrar la Corte, controlar la inflación y detener la corrida al dólar. Todo eso se había logrado en el primer gobierno, sin necesidad de gastar fortunas en medios propios y con una sola cadena oficial en todo el período.

Aquella lista de méritos figura hoy como la boleta de las deudas contraídas, y en casi todos los casos se nota una voluntad de confrontar con el ausente. Néstor jugaba con la supuesta izquierda pero nunca le dio poder real; Cristina la suma a su gabinete sin pensar en las consecuencias. Néstor logró un éxito negociando la deuda que la gran mayoría no hubiera imaginado; Cristina obtuvo un rotundo fracaso que casi nadie esperaba. Los mismos logros de ayer convertidos en fracasos de hoy.

Cuando el dólar había quedado clavado en torno a los cuatro pesos todo el período de Néstor, ahora salimos con el descubrimiento de que es un mercado marginal. La inflación es tan creativa como los delitos de Boudou; los discursos sustituyeron a la obligación de gobernar.

Si hay algo que marca el fin de un gobierno es la necesidad de inventar enemigos para obligar a la sociedad a apoyar al oficialismo. La caricaturesca figura del jefe de Gabinete, convertido en conducción de los patriotas, anunciando que Macri apoyaba a los buitres, esa mera imagen acompañada de Julián Domínguez con su convocatoria “Todos a Santiago” y a Jorge Taiana como candidato presidencial de la Cámpora, todo eso junto aparecía de pronto como un desmadre en el espacio del poder. Un cambalache difícil de entender, una mezcla rara de ingredientes revolucionarios y delictivos, todo conducido por una ineficiencia más penosa que digna de respeto. Y por debajo, un Scioli que ve como sus posibilidades se desdibujan, un Gobierno que sin duda termina su ciclo y ya no piensa en dejar ni herederos ni descendientes, solo enemigos.

En una segunda vuelta imaginaria para enfrentar a Capitanich, de seguro que a Griesa no le iría muy mal. Pero lo importante es cómo fueron desarmando todo lo realizado por Néstor, por qué esa profunda necesidad de tomar distancia del fundador. Y son un partido del poder -eso es muy importante, muchos lo ignoran: el oficialismo tiene normas y prebendas que no soportan la dureza del espacio opositor. ¿Dónde irán tantos supuestos periodistas cuando cambien los vientos electorales? Todo lo sostenido a pura publicidad, oficial y oscura, todos esos revolucionarios del carguito, ¿cuántos se irán borrando haciendo mutis por el foro?

Ellos, los oficialistas, quisieron ser fundacionales. Eliminarnos a todos los que cometíamos el delito de no aplaudirlos, de asumir la disidencia. Restos del viejo partido comunista, una de las estructuras más gorilas que soportó el movimiento popular, y restos de la guerrilla que confrontó con la pacificación que impuso el General Perón a su regreso. Esos dos pasados sumados se creyeron capacitados para cuestionar al peronismo y a la misma democracia. Estalinistas fuera de época, fracasados de toda relación con lo popular.

El peronismo fue fruto de la alianza entre los trabajadores industriales y los empresarios productivos. El kirchnerismo es el resultado de la alianza entre algunos docentes de clase media con sectores improductivos de la sociedad. Por eso el peronismo sigue vivo y el kirchnerismo es, por suerte, una enfermedad pasajera.

Los discursos presidenciales y las explicaciones del ministro de Economía y del jefe de Gabinete tienen un amargo sabor a haber sido todos superados por la época. Son los finales de esta década extraviada, que para algunos fue ganada, pero solo para algunos.

El kirchnerismo necesario

No imagino que mi pregunta sea una verdad revelada,  pero creo que  alcanza como interrogante: ¿era necesario pasar por la etapa kisrchnerista para la madurez de nuestra sociedad? Y aseguro no tener la respuesta. Pero interrogarse es necesario, uno tiene una idea de sí mismo que a veces se desploma frente a los hechos. Y a nosotros nos atacó el kirchnerismo, que no es ni remotamente la enfermedad infantil del comunismo como denominaba Lenin al izquierdismo. Nada de eso, es el pragmatismo en versión de una derecha provinciana que convoca restos de progresismos pasados. Con Menem el deslumbramiento era en su versión libre mercado. Si se dejaban fluir las fuerzas de la ambición, la justicia social florecería en todos lados. Se llevaron hasta lo que no teníamos, y luego, nace de esa misma mirada oportunista un gobierno para progres e iniciados. El kirchnerismo  podría ser visto como el prometido derrame del neoliberalismo menemista, claro que no de la producción sino simplemente del agigantado Estado.

Somos una sociedad apabullada por los oportunistas: algunos cantaban loas a la dictadura y se hicieron los distraídos apoyando a cuanto poder pasó por estos lados. Empresarios, casi todos; sindicalistas, demasiados; gobernadores e intendentes, casi siempre. Algunos, hasta  intentan justificaciones que parecen ideas; otros, aplauden y hacen silencio, cobran siempre. El gran partido de los oportunistas, el más vigoroso y numeroso, el de mayor número de militantes. Y, sin duda, el que más beneficios otorga a sus seguidores.

Menem y Kirchner fueron parecidos, hasta podrían haber cambiado la secuencia.  Recordemos que para privatizar YPF los Kirchner eran imprescindibles. Eso sí, Menem transitaba la frivolidad y los Kirchner el resentimiento, acumulando riquezas ambos para intentar eternizarse. Uno vivía como si fuera el último día, el otro, como si no se fuera a terminar nunca.  A uno se lo lleva la vida y al otro los vientos de la historia. Nada más pasajero que lo que parece lo más sólido del mundo, que es el ejercicio del poder sin conciencia. Y en ambos casos, nada más lejano a la trascendencia que ofrece el prestigio.

No era necesario el kirchnerismo para desnudar oportunistas (viven desnudos),  ni para delatar políticos con cargos (se adaptan a todo) porque  ejercen el mimetismo. Pero sí era imprescindible para terminar con el supuesto prestigio de  muchos que parecían insobornables hasta que llegó la tentación del poder sin limitaciones.  Para esos  sí, la historia tendría algo que decir, y al oportunismo lo intentaron llamar revisionismo. Los setenta fueron reivindicados por el heroísmo y valorados por los Derechos Humanos, también a veces convertidos en justificadores de injusticias y prebendas.

Demasiados que parecían insobornables cayeron en la tentación de ocupar espacios marginales del poder. Muchos de ellos terminaron atraídos por los beneficios que decían despreciar. El kirchnerismo, en su expresión despiadada de amontonar negocios y relatos, terminó convocando a supuestos intelectuales que inventaron teorías y cartas abiertas sólo para agradecer que les ofrecieran un papel secundario en el duro teatro de la realidad.  Con un cargo y una idea, con un pedazo de poder y una explicación traída de los pelos, con tan poco y demasiado, se puede edulcorar la realidad. Un empresario lo hace al servicio de la ambición, algún sindicalista de puro oportunista, pero los intelectuales pueden aportar decenas de lecturas para insuflarle heroísmo a la agachada.

Sin el kirchnerismo, uno hubiera tenido a algunos intelectuales como intocables. Finalmente, las tragamonedas y la obra pública junto al Estado…; todo fue vivido y aplaudido como un despliegue de justicia social y rebeldía revolucionaria. Los que ayer cuestionaban a Perón por reformista, hoy defendiendo a Boudou. Les parecía que Julio Cobos ejercía la traición de votar con libertad; preferían sucesores procesados por robar en libertad. Un discurso reiterado en cadenas oficiales y unos aplausos apasionados para la foto. Fue poco lo que muchos aportaron en relación a lo mucho que se llevaron a cambio.

La verdad, no sé si era ésta una etapa necesaria, pero nos sirvió para saber de sobra qué valores calza cada uno. No sólo el poder corrompe, además delata. Sé que casi todos me dirán que los daños son exagerados para tan obvia conclusión. Y acepto que es cierto, pero intento ser optimista y no es mucho más lo que se puede rescatar.

Aplausos

Cuando aplauden apasionadamente los discursos presidenciales, no entiendo nada. Escucho las palabras, se reiteran los aplausos, hasta encuentro ciertos rostros que conozco, y me enojo, me irrito como pocas veces en mi vida.  Me cuesta entender qué nos pasó, qué  infinita serie de casualidades nos llevaron a lo que para mí es un rincón de la historia. Intento separar las lealtades en serio de las otras: las que conozco desde siempre, las de esos que son oficialistas por salarios o prebendas o simplemente porque no se les ocurre perder de ganar sólo para salvar su dignidad.

Conozco demasiado, por la edad transcurrida y los tiempos transitados. Veo a algunos, muy pocos, de aquellos que alguna vez jugaron su vida por una causa noble. De ésos hay contados con los dedos de la mano. Veo de los otros, de los que siempre caminaron al lado del poder.  De ésos hay, para mi gusto, demasiados. De todos los rubros, empresariales o sindicales, y muchos operadores, esa especie que terminó sustituyendo a la política, ese montón de intermediarios entre el Estado y los negocios. De ésos, de los operadores, hay un montón. De esa especie proviene el vice y varios ministros  y senadores y diputados y gobernadores. Practican el aplauso fuerte y el perfil bien bajo, cosa que el poder los sienta leales y la sociedad ni los reconozca. Y hasta hay alguno que cree… También  conozco creyentes del ayer y del hoy. Creen siempre en el poder, van adaptando sus convicciones a sus conveniencias. Y así les funciona la conciencia y la vida.

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Concentraciones enfermizas

En una sociedad que no logra encontrar su rumbo, el Estado se convierte en la principal fuente de riquezas, y en consecuencia, en un distribuidor de injusticias. Y en sus pliegues se va instalando una burocracia infinita, una nueva clase social que no vive las angustias del resto, de los que están sometidos a las inclemencias de capitalismo. La misma burocracia genera puestos de trabajo basados en supuestas necesidades políticas o en simples prebendas personales o familiares.  Cuando se retire, el Kirchnerismo nos va a dejar como legado una enorme cantidad de empleados que son en rigor los miembros del partido gobernante. Un oficialismo rentado que se lleva para sí buena parte de las riquezas que debiera haber canalizado hacia los necesitados. Como en tantos proyectos para combatir la pobreza, la burocracia se lleva una parte muy superior a la que llega a los destinatarios. Estos terminan siendo una excusa para que vivan los que dicen ocuparse de ayudarlos.

En otras épocas los sindicatos definían el momento de la sociedad, el Cordobazo era impulsado por la industria automotriz, los metalúrgicos fueron vanguardia cuando la sociedad se forjaba industrial. Menem y Cavallo, cuando destruyeron el ferrocarril, entre otras cosas hicieron fuertes a los camioneros. En el presente, el cargo estatal es el camino más corto para la estabilidad laboral.  Los gremios de empleados públicos pueden ser fuertes en cantidad pero nunca vanguardia de transformación. Los estatales terminan siendo más débiles en salario a cambio de mayor tranquilidad en el empleo. Ser oficialista da más seguridades que la de ser eficiente o esforzado.

La energía vital de una sociedad está en su capacidad productiva, y su desarrollo social en la distribución que ese capitalismo logre. Cuando dejamos venir los supermercados los tomamos sin asumir su costo social, los centenares de almacenes que caían en su avance. Cuando recorremos Europa tomamos conciencia de que esa enfermedad no los invadió a ellos, que defendieron sus pequeños comercios como parte de su calidad de vida. Ahora hasta los bares caen en manos de cadenas capitalistas. Y las farmacias y hasta los quioscos son presa fácil de la concentración.  Los taxis han sido un recurso familiar, ahora son demasiados los que convirtieron a sus choferes en inquilinos. Cada avance de la concentración de capital es un paso en la decadencia de la sociedad. El capitalismo, cuando no encuentra limites en las instituciones, termina convocando al estallido social, incitando y desarrollando a la izquierda que lo confronta.

Los economistas se ocupan de la renta pero ignoran las leyes sociales. Los estatistas como el gobierno actual desarrollan concentraciones enfermizas como la de los medios propios, el juego o la obra pública. Los grandes capitales son necesarios cuando así lo exige la producción, como es el caso de la energía, pero el pequeño comercio familiar no puede ni debe caer en manos de capitales de supuestos inversores que se comportan como destructores de la trama social. Entre la desmesura del Estado y la concentración de los privados, los ciudadanos vamos quedando reducidos a la situación de meros sobrevivientes de un capitalismo más adicto a las mafias que a las instituciones.

La ambición de ganancia no es el único motor del progreso. Desde ya que es más lógico en su desarrollo que las prebendas de la burocracia, pero una sociedad que crece en justicia necesita detener la desmesura de su Estado y la concentración de sus privados.  Mucho más una sociedad como la nuestra, donde el poder del Estado genera y distribuye más riquezas que el agro y la industria juntos.

La sociedad necesita viviendas, pero eso implica un esfuerzo de mediano plazo. El gobierno, entonces, decidió fomentar la fabricación de automotores por ser un logro de más rápido resultados. Claro que, como carecemos de rutas y estamos en deuda con la energía y los combustibles, lo automotriz iba sin duda a terminar en frustración, en huelgas y fracasos. Pero los ayudó a pasar un veranito consumista.  Lo demás no les parecía importante.  Y gastaron fortunas en generar una prensa propia, un relato rentado y oficial donde no pudieran penetrar las fisuras de la realidad. Como tomar una foto del pasado y quererla convertir en espejo del presente. El Kirchnerismo no fue un modelo de sociedad sino tan sólo de autoritarismo. Un enorme Estado que construyó un aparato político en torno a sus prebendas. Termina con un final parecido al menemismo tan odiado. Otra nueva frustración: salimos de la inflación y el miedo al dólar en el primer gobierno de Néstor, retornamos en el de Cristina.  Tanto aplaudir el haber salido del drama de la deuda para terminar retornando a ella.  Tanto cacarear con una Suprema Corte digna para intentar el grotesco de “Justicia legítima”.

El Kirchnerismo retornó a todos los males de los que decía habernos liberado. Pero hay algo que debemos asumir y aprender: no por cambiar de gobierno, vamos a lograr superar esta triste sensación de fracaso. Necesitamos gestar un proyecto de sociedad, basado en un sólido compromiso político. Sólo la política entendida como madurez tanto de la dirigencia como de los votantes nos puede sacar de la crisis. Y bajarnos de las certezas para acostumbrarnos a las dudas. En especial, a dudar de nuestras propias propuestas. Cuando dejemos de tener salvadores de la patria habrá llegado el momento de asumir que únicamente lograremos salvarla entre todos. Esperemos estar cerca de alcanzarlo.

Cuando la Presidenta convoca a la unidad, queda claro que la imagina como una sumisión a su proyecto. La unidad es tan necesaria como la de asumir que la verdad no tiene dueño. Lo demás es poco democrático, y en este caso esa imposición no se disimula ni siquiera en el discurso. La unidad es necesaria, pero para ser válida necesita integrar a las demás visiones. La convocatoria  actual es nada más ni nada menos que una simulación del autoritarismo. En rigor, cuando la Presidenta convoca a la unidad está reiterando un simple llamado a profundizar la fractura. 

El enemigo

El tema es simple: el gobierno grita, agrede, degrada y luego cuando le toca negociar piensa que su interlocutor está obligado a olvidar las afrentas y a entender sus argumentos. Recuperan lo peor de los ’70; por ejemplo aquella idea que aseguraba que, como las dictaduras eran genocidas, entonces resultaba que las guerrillas eran lúcidas. Siempre actúan igual. O sea, “yo elegí la revolución violenta pero el error fue de los que no me acompañaron en mi propuesta suicida”. Yo agredo y cuestiono, y luego convoco a los argentinos a que me acompañen en hacernos cargo de las consecuencias.

Entre los discursos de Néstor y los de Cristina ya deberíamos haber derrotado al imperialismo y a los monopolios, o al menos a estos últimos los habríamos sustituido por amigos de Santa Cruz. No nos privamos de nada, todas las actitudes infantiles que aparentaban ser revolucionarias fueron llevadas a la acción.  El Canciller con un alicate desarmando un avión me recordaba a Nikita Khruschev  golpeando el estrado en la ONU con su zapato para cuestionar al sistema. Lástima que no teníamos el poder del imperio Ruso. Los actos que acompañaban las agresiones de Venezuela eran tan innecesarios como superficiales. Brasil y Uruguay caminaban su propio rumbo sin necesidad de sobreactuar sus decisiones. Nosotros, como siempre, convencidos de que en la exageración de los gestos se encontraba el sentido y el valor de la convicción.

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Carta al rico

Llevo años y he conocido a muchos, suficientes, ricos o enriquecidos en nuestra sociedad. Los he visto adaptarse a todo, como si el suceder no fuera de su incumbencia mientras no amenazara sus ganancias. Vi muy pocos ricos que soñaran futuros colectivos; no suelen superar lo individual. Pude llegar a tener una charla con don Mario Hirsch, en ese entonces dueño de Bunge & Born y por lejos el más poderoso de todos. Tenía una concepción de la sociedad  productiva, un compromiso con la realidad, según él la pensaba, y financiaba una estructura que imaginaba el poder. Hablé largamente con José Ber Gelbard y con Rogelio Frigerio. Estaban distanciados, pero ambos me recordaban que estudiaban juntos marxismo en el horario después del trabajo. Estudiaban política. Frigerio escribió, y mucho; Gelbard era más bien un constructor. En ambos existía una idea de sociedad y un fuerte compromiso con la política. Muchos mediocres los criticaron después sin piedad cuando no llegaban ni siquiera a ser merecedores de respeto. Luego vino lo que yo denomino el “liberalismo bobo”, ése que imagina que el mercado genera el futuro, que sólo la ambición es el motor de la Historia. Y, lo que es mucho más grave, que la economía está por encima de la política. Esos nos llevan directo a la sublevación social; de puro esquemáticos no se hacen cargo de la consecuencia de sus actos. Son los que imaginan que recetas ajenas se pueden imponer sin costo a una sociedad que ni siquiera se preocupan por conocer.

La burguesía nacional es esencial para la construcción de una sociedad capitalista, son los que más tienen que ganar y los que más tienen que perder. Es difícil intentar construir una sociedad sin ellos. Para la izquierda, que sueña proletariados, y para la derecha, que sólo ve mercados, no importa si la empresa es nacional o extranjera. Pero alguna vez habría que interrogarlos, preguntarles, por ejemplo a algunos ex ministros, si existe una sociedad en la que, habiendo vendido todas sus empresas a capitales foráneos, sus habitantes sean empleados felices. El estatismo es tan nefasto como la concentración privada, las leyes del mercado no alteran la condición ni las necesidades de la sociedad. La ambición no es el único motor de la historia. Cuando gobernaron los militares perdimos la guerra; cuando lo hicieron los economistas terminamos en quiebra.  La política es el único lugar capaz de  asumir la responsabilidad del todo. Nosotros la tenemos hasta hoy tan devaluada que son muy pocos aquellos a los que les interesa el destino colectivo.

Hasta este último gobierno, la mayoría de los ricos pensaba que no era necesario involucrarse en política, que cualquiera nos podía gobernar. Y que el poder fuera accesible era lo mejor para sus intereses. Me parece que finalmente algunos se asustaron, que este último intento autoritario casi se los lleva puestos. Igual, hubo muy poca dignidad: demasiados empresarios y sindicalistas se hicieron los distraídos para no perder ganancias. Y a casi ninguno le pareció necesario apoyar a los que salimos a confrontar. La dignidad ajena dejaba al desnudo su propia mediocridad, su identidad de poderoso en dinero y pusilánime como persona. Algunos imaginan que la cantidad de dinero acumulada los vuelve superiores a los demás, y depositan su soberbia en la billetera, no la asientan en otro lugar. Por eso buena parte de ellos son corruptos y corruptores. Necesitan saber que el dinero todo lo puede; es una manera de afirmar su lugar en el mundo.

Pareciera que todavía no toman conciencia de que sus inversiones son más valiosas en una sociedad con democracia estable, con instituciones dignas de respeto. En los últimos tiempos fue demasiado lo que se degradó, desde el Parlamento a la Justicia, desde el Estado a la política. Y nos salvamos por poco, la casualidad tuvo más peso que la dignidad de los que resistieron, y hasta algunos enriquecidos demostraron no ser ni siquiera dignos de respeto.

Los ricos eran mecenas del arte en otros siglos; algunos de los nuestros dejarán como legado caballos de carrera, amantes enriquecidas y algunos palos de golf. Tienen con la política una relación parecida a la de la amante, todo lo arreglan con plata y a escondidas. Lo otro sería un compromiso más fuerte y hasta ahora no lo sintieron  necesario. O nuestra burguesía no tiene todavía la estatura para ocupar el lugar que le corresponde.

Sin burguesía nacional es complicado imaginar un país capitalista. Y por ahora la nuestra es demasiado incipiente y parece tener pocas ganas de intentarlo.

Se nos había ido antes de tiempo

Aquel día salí llorando por la calle Lavalle, y no estaba solo, era un llanto de multitud. Un dolor enorme en todos lados… Se sentía el desgarro de sus seguidores sobre el miedo de los que no lo llegaron a entender. Y me fui a la Quinta de Olivos; éramos muy pocos. Esa primera noche de velatorio, unos jóvenes conscriptos hacían guardia, demudados, junto al cajón. La imagen del General imponía un enorme respeto aun cercada en el espacio del féretro. Un velatorio marcado por la historia, nadie resistía demasiado tiempo esa presencia. Afuera, una multitud en llanto y silencio buscaba despedir a su Jefe; en la quinta, una minoría pasajera se imaginaba heredera de la historia. Nunca más conoceríamos una despedida tan inmensa y universal. Un dolor tan compartido, un duelo tan profundo y desgarrante. Todos sabíamos que el General se nos había ido antes de tiempo y la historia lo demostraría con sus tragedias.

El radicalismo había integrado a un enorme sector de clase media mientras que con el peronismo los cabecitas negras y los hijos de los inmigrantes humildes tendrían ocasión de imponer su identidad. El peronismo no es tan sólo una fuerza política, es la expresión cultural de los humildes, la puerta de ingreso de los que estaban afuera del sistema. Antes de eso, la sociedad tenía marginados, como los negros en Sudáfrica o en los Estados Unidos, o los nativos en Bolivia.  Después de Perón y Evita, ya ningún argentino deberá bajar la vista frente al patrón o al policía. Y eso es recuperar la dignidad para los humildes. Forjaron una sociedad a la medida de su forma de vida, ahora son los otros los que tienen que educarse para ser como nosotros. Eso es mucho más profundo que cualquier bienestar económico. Que desde ya también existió y fue ejemplar. El cincuenta por ciento de los ingresos iba a manos de los asalariados. Era un mundo donde la industria “flor de ceibo” sustituía importaciones. Donde en los barrios, los conventillos se convertían en viviendas dignas. Una infinita integración social. No había caídos, todos eran necesarios y tenían su lugar. Evita enfrentaba a las Damas de Beneficencia, eso que hoy volvió a ponerse de moda.

Con Perón y Evita los humildes encontraron un destino. Desde aquel 17 de Octubre surgió un alarido que cambió la historia; la fuente lavó sus pies como Cristo a sus discípulos; la Plaza se convirtió en su catedral sin paredes; el balcón en el púlpito. A sus enemigos sólo les quedaba el derecho a alargar su agonía.

En el ’55 los gorilas intentan reinstalar su proyecto colonial, van a asumir su fracaso en el ‘73.  Y caminarán hacia el suicidio en el ‘76, con un genocidio que destruye para siempre la vigencia del proyecto colonial en su versión conservadora. Los violentos de la versión marxista todavía siguen con vigencia hasta hoy. Pero sin duda desaparecerán para siempre como opción de poder cuando se agote el oportunismo imperante.

El peronismo no fue nunca un autoritarismo perseguidor de disidentes. John Willam Cooke se había enamorado de la experiencia cubana y tuvo con Perón diálogos que no encontraron herederos. El marxismo no nos lastimó en su esplendor ni cuando parecía invadir el mundo, por eso resulta absurdo que nos toque soportar hoy este remezón de decadencia tardía. Que un pragmatismo feudal con pretensiones empresarias le otorgue calidad de pensamiento nacional a sectores universitarios que ni siquiera se esforzaron por entendernos. El peronismo pudo engendrar su propia izquierda nacional, que jamás transitó el cuestionamiento a su fundador y la obsecuencia al poder. El peronismo fue el fruto maduro de la alianza entre trabajadores y pequeños empresarios productivos. El oficialismo imperante resulta del encuentro entre algunos sectores intelectuales y  una novedosa burocracia expandida por el oficialismo.

El peronismo fue un fenómeno cultural que en su  primera etapa impuso la presencia de los marginados y luego, en su retorno, convocó a la unidad de los argentinos. Nadie tiene derecho a sembrar resentimientos en su nombre: ya el viejo General había expulsado a los imberbes por intentar ejercer la violencia y dividir a la sociedad. El peronismo es un movimiento popular que no respeta ni necesita de las supuestas vanguardias iluminadas. Puede estar superado como estructura política, pero la sociedad toda sabe que no se puede sembrar odio en su nombre. Se fue llevando en sus oídos “la más maravillosa de las músicas que era la voz del pueblo”, y fue su Viejo adversario el que pudo venir a despedir a un amigo. Por eso cuando escucho algunas voces recuerdo su dura admonición, “y hoy resulta que algunos imberbes pretenden”. Cuarenta años, ya es tiempo de entender. Fue capaz de contener al sector del marxismo que se asimiló  a lo nacional, está a la vista que no puede ser ni siquiera entendido por aquellos marxistas de universidad que se relacionan con los trabajadores a través de los libros que sueñan revoluciones.

El peronismo fue engendrado por los obreros en el ‘45 y lo descubren los intelectuales en los ‘70 con las “cátedras nacionales”. A los pensadores, les costó años entenderlo, lo intentaron después de estudiar a los obreros rusos y al campesinado chino. Las alpargatas de los descamisados gestaron la historia pero la tinta de los leídos siempre tuvo dificultades para respetar a los humildes. Se imaginaban ser su vanguardia y  les costaba asumir con humildad que sólo podían ser sus seguidores. El mayor nivel de conciencia está en el pueblo, no en los que intentan estudiarlo y conducirlo.

Si el peronismo hubiera nacido con el resentimiento y el sectarismo del kirchnerismo no habría logrado sobrevivir ni una década. Tuvimos suerte, este pragmatismo estalinista es una enfermedad tardía y esperemos que también pasajera. Lo nuestro era la pasión, nunca el resentimiento. Por eso le pusimos mística a la vida.

¡Viva Perón, carajo!

Académico apabullado

Viajé a Córdoba por casualidad en el mismo avión que lo hacía Graciela Fernández Meijide, persona que merece mi admiración y respeto. Graciela fue capaz de convertir su dolor en sabiduría y dejar un legado de paz, aun cuando es capaz de aclarar que no perdona a los asesinos de su hijo. Al mismo evento al que asistía, iban Joaquín Morales Solá, Miguel Ángel Broda y Javier González Fraga. Nos encontramos todos y hablamos como ciudadanos civilizados. No todos pensamos lo mismo, por suerte.

Sólo al subir al avión pude observar a Atilio Borón, con cara de concentrado en sus profundos pensamientos revolucionarios. Estuve a punto de decirle que había subido a mi cuenta de YouTube un diálogo con él de hace unos quince años. Imagino que, de haberlo intentado, hubiera escuchado su admonición medieval ¡Vade retro, enemigos de la revolución! Luego supe por su Facebook que se quiso bajar para no compartir el vuelo con nosotros, y me di cuenta de que, en su condición de académico, tenía todo claro: éramos todos defensores de dictaduras siniestras y fondos monetarios atroces. Y está bien que lo diga. Me lo imagino viajando en el mismo vuelo con Lázaro Báez o Amado Boudou. Ahí sí se hubiese sentido acompañado por la revolución socialista. Y si se encontraba con Alicia Kirchner o alguno de los tantos héroes que enfrentaron con valentía a la dictadura… ¡qué alegrías habría compartido! Ni hablemos si se encontraba con Gildo Insfran, el que le pagó los siete millones a Boudou. Esos amigos juntan fondos para la revolución.

En el gobierno de Menem la cosa estaba clara: Borón dialogaba conmigo en televisión y visitaba a Morales Solá cuando era invitado. Como buen marxista ortodoxo, se expresa como demócrata cuando está en minoría y te manda derecho a Siberia cuando es dueño del poder. No vayamos a creer que los votó la sociedad. Nada que ver. Sólo que la Presidenta votada por peronistas y otras gentes de miradas democráticas les dio un espacio de poder a los restos del Partido Comunista. Y esos sí que son revolucionarios. Los votos serán ajenos, pero los odios los ponen ellos.

Atilio Borón es un docente universitario que casi nunca da clases. Los alumnos no tienen el gusto de disfrutar de la amplitud de su mirada. Hubiera sido un excelente dirigente tanto en la Gestapo como en la KGB. En la Inquisición, un discípulo de Torquemada; en espacios menos pretenciosos, un simple denunciante de disidentes. Personas como Borón aportaron resentimiento y obsecuencia al actual gobierno, encabezaron “Justicia Legítima” y otras columnas de admiradores de la “Dictadura del proletariado”. Lo del proletariado lo cambiaron por burocracia. Lo de dictadura lo dejaron como sueño de eternidades.

Fue bueno viajar con Borón. Sirvió para saber cómo hubiera sido si ellos ganaban de nuevo la elección, si, como quería su hermana ideológica Diana Conti, nos dejaban a Cristina para siempre. Viajar con este humilde y democrático catedrático nos sirvió para recordar de qué nos salvamos, y un poco también para recordarle a Borón que estuvieron cerca pero no ganaron. La libertad de los que pensamos distinto se impuso otra vez a los que necesitan que todos nos achiquemos por igual. Gracias Borón, una alegría recordar de qué me salvé.

Ordenando la tropa

Me asombró verlo a De Vido dando cátedra de pureza revolucionaria y cuestionando a Scioli por haber saludado al enemigo elegido. Lo de la concurrencia a saludar a Magnetto era un golpe duro para el relato. Si le sumamos que Boudou había hablado en TN la noche anterior, nos queda claro que ese día fue decretado por la sociedad y parte del gobierno como el fin de la era del miedo. De Vido intentaba ordenar la tropa y daba pena, o mejor dicho, bronca, de ver semejante caradura con actitud de profeta poseído por la verdad intentando recuperar el orden con sus gritos. No le avisaron al ministro que va a pasar a la historia como un destructor serial, desde la energía al transporte. Ese mediocre gritón destruyó en exceso como para tener derecho a hablar.

Saludaron a Magnetto demasiados como muestra de haberle perdido el miedo al poder de turno. El Grupo Clarín podía tener muchos defectos, pero el gobierno lo odiaba por su virtud, que es el derecho a opinar libremente. Y Scioli fue a saludar al grupo supuestamente enemigo porque todavía tiene votos y gente que lo respeta, dos cosas que los De Vido hace rato que perdieron. Y derecho a hacer lo que quiera, aun cuando eso Scioli no lo ejerza demasiado.

El oficialismo armó una secta y en su seno se aplauden entre ellos, un mundo de cómplices que se imaginan estar haciendo politica. El lugar del vicepresidente refleja como pocas la imagen del conjunto.
Y en esto de ser valientes, Carta Abierta se anima y dice que Scioi no es revolucionario. Es el único dato que tenemos de que alguno de ellos lo sea. Pero no se animan a tomar distancia de Boudou. Para creerse revolucionarios resultan escasos de valentía…

Un final de ciclo a toda orquesta, lo que suponía ser la década ganada se les cae como arena entre los dedos. La secta organizada en torno a los beneficios del Estado y sus prebendas va quedando al desnudo, con demasiadas ganancias para la burocracia y pocas para la sociedad. Ahora van a medir hasta la audiencia en la televisión. Vendría a ser un premio consuelo para esos medios en los que gastan fortunas y no los sigue nadie. La secta necesita de todo un sistema de medidas propio y original. Desde los pobres a la inflación, desde la educación a las audiencias, todo exige falsificar los resultados para poder justificar lo que han gastado y disfrazar de éxito lo que a todas luces es un duro fracaso.

Verlo a De Vido a los gritos me trajo a la memoria alguna vieja película de Carlitos Chaplin, pero enseguida tome conciencia que la cosa era distinta, que no se estaba dirigiendo a la sociedad sino a los miembros de la secta, a esos que viven los beneficios del modelo en el mundo de ficción que llamaron “relato”. Y entonces me quedó claro que los héroes de ellos son para nosotros los villanos, que van a llegar al final sin tomar contacto con la cruel realidad, y que cuando se acaben los dulces del Estado la gran mayoría de los supuestos seguidores fieles y devotos van a hacer mutis por el foro y se van a ir a disfrutar en privado los beneficios de la década ganada. Porque es cierto que para la sociedad lo de ganada es casi una tomada de pelo, pero para ellos fue ganada en serio, y de eso nadie tiene derecho a dudar.

De Vido hizo mucho por imitar a Venezuela. Por suerte no lo logró. Es necesario que si le queda algún amigo le avisen que gastar fortunas en micros y artistas no es convocar multitudes, que los que se aplauden entre ellos están más cerca de ser extras que seguidores. Que su discurso amenazante es solo un patético recuerdo de lo que intentaron hacer de nosotros, degradarnos a la obediencia. Que no siga gritando, tiene menos audiencia que la Presidenta en cadena nacional. No midan la audiencia, es un gran riesgo, va a ser peor.