El infierno ajeno con acento extranjero

El extrañamiento o expulsión de extranjeros que delinquen es tan viejo como la civilización misma. No es el antecedente más remoto pero sí el más demostrativo: todo delincuente no romano condenado por su ilícito era echado (por lo menos) “Trastevere”. Se los exiliaba más allá del límite del río Tiber que marcaba el límite de la ciudad estado.

Hoy, hasta en los países más progresistas (en serio) como los escandinavos, la condena por determinados delitos cometidos por no nacionales importa la expulsión.  Con particularidades técnicas que no vale la pena abordar aquí, la figura ya existe en nuestra ley 25871.

El debate reactivado por el nuevo proyecto de código procesal penal parece, sin embargo, una cortina de humo que no ataca el problema de fondo. Si se sigue discutiendo en esta superficie o se esconde el intento de distraer o el deseo xenófobo de creer que el infiero delictual argentino es sólo ajeno.  Continuar leyendo

Doctora Gils Carbó: corresponden sus disculpas

Hoy se vence el plazo máximo establecido por la ley para que José María Campagnoli sea destituido o confirmado en su cargo. Hoy, el fiscal, quedará eximido de sanción o de reconocimiento de inocencia por el paso del tiempo en el jury de enjuiciamiento que se inició hace 10 meses.  Como dijo hace 90 días el siempre lúcido ex presidente del Colegio de abogados de la Capital, Jorge Rizzo, el derecho volvió a ser abusado sin conceder la chance de una resolución justa, proclamando el “ni vencedores ni vencidos”.

Campagnoli, por default y no por un acto de voluntad ajustado a derecho, es inocente. O no culpable. De esta situación disparatada sí hay una responsable: la jefe de todos los fiscales, Alejandra Gils Carbó. La misma que arremetió contra él con terquedad (¿y rencor personal?) y hoy, con un fracaso estrepitoso, impidió que se produzca un pronunciamiento fundado sobre el tema que, se sabe, iba a absolver a Campagnoli. Antes que verse perdidosa, la máxima representante del pueblo que se sienta en la jefatura de los fiscales prefirió hacer caer la causa por el paso del tiempo.  Triste. Van a argüirse cuestiones de forma, renuncias de una integrante del jury, plazos que involuntariamente se complicaron. La verdad politica, es otra.

¿Va a pedir disculpas la doctora Gils Carbó? ¿Va a explicar cómo fue posible que impulsara de manera express un jury contra un fiscal que investigaba, por ejemplo, si Lázaro Baéz lavaba dinero con la complicidad del poder? ¿Nos dirá si no siente que hubo ensañamiento con el fiscal cuando pidió que durante el proceso, aún con la presunción de inocencia consagrada desde los romanos, se le quitara el sueldo a Campagnoli? Debería. Y, siguiendo su lógica, podría también pedir el descuento de su propio sueldo por los días de su trabajo dedicados a un proceso que, desde el comienzo, lucía antojadizo.

Gils Carbó acusó al fiscal de excederse en sus funciones de investigar (sic), de transgredir reglas formales de competencia (el fondo del presunto lavado de dinero, se ve, no le interesó) y de perturbar la confidencialidad de la investigación (lo que importa es que no se sepa públicamente si hay delitos para ella, no que existan). Algunos otros denostaron al fiscal asegurando que había confeccionado un listado de fotos de presuntos delincuentes para “estigmatizarlos” comparándolo con un moderno Cesar Lombroso que andaba por la vida deteniendo gente por cara “rara”.  Nada de eso se probó. Nada. Es más. Un integrante de ese jury de enjuiciamiento confiesa hoy en privado que pocas veces vio tanta superficialidad en la acusación y en su sustento probatorio.

¿Y entonces? ¿No va a pasar nada? ¿Campagnoli queda exento por el paso del tiempo y ya está? ¿Se puede acusar a alguien apuntando todos los cañones del Estado y, de repente, decir aquí no ha pasado nada? ¿Esta es la renovación de la “corporación judicial” que propone la Procuradora? ¿Esto es un modo de justicia legítima?

Uno puede equivocarse ejerciendo el derecho como sucede en todo ámbito de la vida. Hasta puede entenderse cierto ensañamiento y alevosía en el error. Pero verificado ese yerro con la realidad, lo único que le cabe a una persona de bien es pedir disculpas. Hoy vence el plazo del jury contra José María Campagnoli. Hoy, en cambio, empieza el de la doctora Gils Carbó para pedir disculpas y para exigir con todo empeño que aclaren si Lázaro Baez, Elaskar, Fariña y compañía merecen la sanción del código penal. Seguro que lo hará. ¿No?

Cutzarida: Perdón por pedirte perdón

Hace 20 días firmé en esta misma columna un pedido de disculpas al actor Ivo Cutzarida. Apenas había irrumpido en los medios con un discurso de supuesta “mano dura” para con los delincuentes en general y con el motochorro “Conejo” Aguirre en particular. Sentí que yo era intolerante con alguien que planteaba un sentir masificado en la sociedad. Fui crédulo, por decirlo suavemente. Hoy, quiero retirar ese pedido y avergonzarme por mis disculpas.

Cutzarida ahora se abraza con el ladrón. Que, de paso, sigue libre sin que siquiera la jueza  Susana Castañeda, o quien resulte competente, considere que merece una declaración en su despacho por presunta apología del delito, por haber hecho desaparecer el arma con la que intentó robar (¿eso no es obstaculizar el accionar de la justicia que amerita la pérdida de la libertad en el proceso?), por pavonearse en la tele jugando a justificar el delito. Ivo, a ese personaje, lo abraza. Le lee, con triste tono de recitador precario, el Martín Fierro y lo absuelve autoproclamándose como una especie de pastor ecuménico, líder de una secta cholula devota de la notoriedad a cualquier precio. Cutzarida, por si alguna duda cabe, se saca fotos con el chorro. Con eso alcanzaría para retirar el pedido de disculpas. Y sin embargo, hay más.

motivo

No me excuso por mis excusas por ese abrazo fotografiado. ¿Quién sería yo por criticar ese encuentro? ¿Me parece mal? Me parece una vergüenza. La publicidad de esa foto es legalizar lo ilegal. La piedad es una acto que reclama privacidad. Pero, por ahora, la vergüenza individual si no afecta el derecho de un tercero queda reservada a la esfera de la conciencia de cada uno.

Me excuso por haber creído que este actor revivido a la notoriedad era algo distinto al pensamiento demagógico que impera en la mayoría de la política que desea, apenas, un par de votos  más a costa de cualquier tema. Cutzarida no busca votos (creo, aunque…). Busca, en el mejor de los caso, vender alguna entrada más en su teatro o satisfacer su narcisismo mediático en base a un motochorro. Y eso, apena.

No sólo la política  no reaccionó frente a este caso que es la representación de tantos. No lo hizo tampoco la Justicia. Como agregado, un actor que pareció interpretar el sentir de muchos, se subió a la demagogia de aparentar un pequeño cambio para no modificar nada. Descreo que Cutzarida sepa quién fue el marqués de Lampedusa. Quizá le vendría bien asomarse a ese texto y entender que se nota mucho cuando uno cree que cualquier fin valioso justifica un medio mezquino.

La inseguridad es una preocupación crítica que amerita el respeto por las víctimas, por sus familiares y por todos los que seguimos reclamando que desde las instituciones asuman el problema. Las instituciones. Y no un actor de escasos recursos que aprovechó sus quince minutos de fama, su cuarto de hora de una tele que tampoco repara en límites, para jugar a su notoriedad personal. Cutzarida usó un medio fenomenal para amparar su fin chiquito, chiquito. Retiro mis disculpas. Y todo esto sin contar, como dice mi compañero de radio Oscar González Oro, que Cutzarida aburre con tanta perorata televisiva. El “Negro” dice que tiene colmada cierta parte de su anatomía. Nos pasa a más de cuatro.

Cutzarida, te pido disculpas

Acabo de entrevistar al actor Ivo Cutzarida en Infobae TV. Por casi media hora. Empiezo por donde debe ser: le pido disculpas.

Con sinceridad y de corazón. No por lo que piensa  respecto de cómo abordar el tema de la seguridad. Porque, en mucho, no lo comparto. Sino por haberlo prejuzgado. Por haberlo “condenado” con mi opinión pública sin antes escucharlo como hice en esta entrevista.

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Clausuremos los “tenedores libres”

Ahora resulta que el Estado va a decidir cuántas copas de alcohol puedo yo tomar en un boliche. ¡Vamos bien! No descartemos que en las próximas horas se dedique a controlar la cantidad de achuras que ingiero en un tenedor libre (yo casi propongo que los prohíban en honor al colesterol bueno) o, por qué no, el número de horas de sueño que le dedico en días laborables. Y todo con la excusa de que los gobernantes se preocupan por nosotros. Demagogia “facha”. La nueva categoría que enmascara la intromisión del estado en la vida de los ciudadanos. 

Los buenos y bien intencionados legisladores del PRO Cristian Ritondo y Roberto Quattromano propusieron que en la ciudad de Buenos Aires se legisle prohibiendo las fiestas de “canilla libre”. Lo cuenta en una nota de Infobae Leo Tagliabue explicando las fundamentos. De aprobarse la iniciativa habrá fuertes multas y clausuras a los dueños de locales porque “procuramos evitar que los jóvenes caigan en la trampa de los especuladores que aplican estrategias de promoción y captación de clientes con promociones que apuntan al consumo abusivo de alcohol”, dicen los diputados. Además, agregan que la modalidad de la “canilla libre”  busca “darle forma de prácticas y valores positivos a la cultura del descontrol”. El descontrol, se aclara, es tomar mucho alcohol. No refiere a la ausencia de control de parte del Estado ineficiente al que se le escapa una tortuga como si fuera una liebre. Ejemplos de esto, abundan.

¿Hay alguna duda que existe un problema social ante la combinación de alcohol y manejo de automóviles? ¿Alguien pone en tela de juicio que la violencia entre nosotros se potencia con el consumo desmedido de alcohol y drogas legalizado de hecho ante la ausencia de controles? Claro que no. El problema se plantea cuando la solución a esta preocupación nace por entrometerse en la vida privada jugando al “papá Estado” y no en mejorar, aumentar y sofisticar los controles públicos sobre los excesos de algo que debería quedar en aquella esfera privada.

Al Estado no le incumbe saber si yo tomo demasiado alcohol o, todavía, si decido evadirme consumiendo drogas. Debe advertirme de modo eficiente y profuso de lo pernicioso y riesgoso para mi vida si hago eso. Pero si yo asumo esa actividad aún a costa de mi vida, los funcionarios no tienen derecho a regular mis decisiones tan íntimas. Salvo que como consecuencia de este accionar yo provoque perjuicios a terceros. Entonces sí el Estado debe aparecer. Si manejo borracho deberá impedirlo con controles de alcoholemia y, en lo posible, sancionarme de por vida ante un accidente grave. Si perturbo a terceros con alcohol o lo que sea, debe hacer cesar la molestia sobre mi congénere sofisticando los controles de inspección, prevención y finalmente represión de mi conducta pública. Pero meterse a decidir de antemano cuántas copas puedo tomar en un boliche es, aparte de ingenuo (por ser suaves), autoritario. ¿Creen en serio Ritondo y Quattromano que la gestión municipal que, por ejemplo,  no puede evitar la superpoblación en boliches habilitados para 200 y saturadas por 2000, que no es capaz de no permitir que caigan obreros de construcciones indecentes, van a poder contar los vasos de champagne que cada uno toma en los boliches porteños? ¿Pretenden constituirse en policías de los barman, contadores de despacho de tragos? Suena, por ser benévolos, ridículo.

El Estado no está para hacernos “buenas personas con hábitos recatados” (ruego se resalte a la enésima potencia el uso de comillas). Al menos, los Estados democráticos. Todas las expresiones del autoritarismo en la historia de la humanidad comenzaron por invadir los derechos individuales bajo el pretexto de mejorar la calidad ciudadana en busca de hombres y mujeres probos que fueran “ejemplo” para la sociedad. Pura expresión del fascismo que se sabe cómo terminó. No creo que estos dos legisladores actúen así con deliberación. Quizá con desconocimiento grave del tema.

La ciudad de Buenos Aires (y vale para todos) debería ser competente para detectar que si un borracho se sube a un auto sea detenido ipso facto y sancionado de manera ejemplar. Debería poder controlar que los mismos bolicheros que son clausurados acá por repetidos incumplimientos de seguridad, salubridad y demás no abran más allá  otros comercios tan irregulares hasta la próxima clausura. Debería dejarse de embromar con ideas retorcidas y empezar a hacer lo que tiene que hacer: cumplir con los controles existentes que, en muchos casos, brillan por su ausencia causando daños muchos veces irreparables.

Marcelo Tinelli: todos a sus pies

Pareció espontáneo. El conductor de Showmatch llamó por teléfono a la Presidente de la Nación, al gobernador de Buenos Aires, al jefe de Gobierno porteño y al líder de la oposición con la excusa del matrimonio de un diputado con una conocida artista.

Tinelli volvió a demostrar anoche que tiene casi todo el poder. Entendido aquí al poder como la facultad de someter a los elegidos para ejercerlo. Y Marcelo sabe usarlo cuando quiere. Para eso, atropelló con su incomparable carisma como conductor de televisión viendo que había un enorme campo fértil de superficialidad política. En el giro de media hora de show, concitó la atención de altísimos funcionarios en actividad que, de ser llamados en sus foros naturales de actuación, no serían reunidos en menos de un año. Ganó MarceloPerdió la política en serio. Y por goleada.

¿Cambia la vida institucional porque un diputado cuente los detalles (casi todos, en capítulos y con la escenografía de su imitador que lo pinta rústico y superficial) de su matrimonio en un programa de entretenimientos? ¿Estamos en default o salimos de él porque un gobernador, un jefe de la ciudad más importante del país y un jefe de la oposición estén pegados al teléfono -no hay metáfora- para esperar el llamado del padre del show business que puede hacer bailar, por ejemplo, a una enana con una ex estrella del Colón o a una vedette con problemas de sujeto, verbo y predicado? Probablemente no. Casi con seguridad, no.

Sin embargo, la ostentación de la frivolidad sin freno es todo una muestra del desprecio por la función pública. Y anoche, como en los 90, la pizza con champagne pareció servida otra vez en la mesa de los políticos. No hay achaque que pueda hacérsele a este animador. Todo lo contrario. Él trabaja de ser popular, convocante y exitoso. Y lo consigue. En este caso, un conjunto de políticos se rindió (¿con sumisión pasmosa?) a su ejercicio profesional. ¿A cambio de qué? Esa es la pregunta.

¿Qué le suma a Martín Insaurralde coquetear en cámaras con su bella novia Jésica Cirio? ¿Qué la aporta al siempre mesurado para adjetivar o sustantivar sus dichos Daniel Scioli atender el llamado de Marcelo? ¿Y al casi siempre esquivo a los medios que preguntan y repreguntan Mauricio Macri? ¿Y al jefe de la oposición -según las encuestas- Sergio Massa- que insiste en “ser distinto y previsible?  La respuesta obvia parece ser notoriedad.  “Grado de conocimiento” dicen los encuestadores.  Parece que a Insaurralde eso le viene bien, pensando que al “gran público” aún le cuesta unir su nombre con su rostro. Alto costo el de exhibir tanta intimidad en un hombre que supo ser digno e hidalgo para jamás usar polìticamente una dura enfermedad que por suerte ha superado. ¿Algo más? ¿Respeto por su función? ¿Abordaje de los temas para los que fueron elegidos? Nada.

Anoche, mientras Macri, Scioli y Massa atendían el teléfono para ser consultados sobre la fiesta de boda del ex intendente de Lomas de Zamora, el paro docente más largo de la provincia de Buenos Aires seguía en pie, en la Capital continúan sin esclarecerse los crímenes de ciclistas en pleno Belgrano y los saqueos post mundial en el Obelisco y el cambio discursivo de los que ganaron en las elecciones pasadas se mantiene como una expresión dialéctica. Por sólo mencionar algunos ejemplos. La alegría no es una tara del espíritu. Todo lo contrario. Es un don de hombres y mujeres. Y está bueno hacerla pública. Niestzche dudaba con razón de los prolijos y acartonados. Pero despuntarla desde el cargo  funcionarios en un país que timbea día a día  el derecho a la vida por la inseguridad, al futuro por la inestabilidad económica y el derecho a ser dignos por la insatisfacción de necesidades básicas de muchos, luce como una innecesaria frivolidad. Casi un gesto cholulo de responderle a Marcelo que, de no conocerlo, pudo parecer como el bastonero sádico capaz de rendir ante sus pies del entretenimiento a cuatro de los más “poderosos” de al escena pública. “Carlos lo hizo”, señores. Ya lo vimos. Y, sobre todo, sabemos cómo nos fue.

Fue atinada e inteligente la ausencia de la Presidente de la Nación, que rechazó la invitación telefónica desde su quinta de Olivos. “La señora acaba de llegar y está cenando con su familia”, dijo el edecán de turno. Traducido: “No es momento, Marcelo. Me pagan para que trabaje de Presidente en un país con un par de problemas. En mis ratos libres, por decoro con lo que pasa,  prefiero estar con mis hijos en cambio de jugar a pensar en el trencito carioca, las ligas y la torta con el anillo de una boda que está por venir”.  Porque haya sido pensado o porque haya decantado espontáneamente, fue todo un mensaje.

El interrogante final es saber si en los espectadores, en el electorado, comer una de fainá con Dom Perignon sigue siendo un menú aceptado o quedó enterrado como una vieja historia nuestra. Este cronista, no lo sabe.  Sí está seguro que, en conciencia y cualquiera sea la respuesta, el fin no justifica los medios.