Tristes reivindicaciones

Las reivindicaciones de la lucha ciudadana de hoy en día, las que buscan apoyo en la sensibilidad de los partidos de izquierda, se encuentran plagadas de frases como:

“Se han robado todo nuestros ahorros, devuélvanlos”.

“Nos han desahuciado, nos quitaron nuestra propiedad”.

“El fondo de inversión era una tapadera y una estafa”.

“Las ayudas de miles de millones a la banca deberían dárnoslas a nosotros”.

“Los préstamos bancarios que firmé para hacerme con un piso nuevo con piscina y una 4×4 Land Rover, eran una estafa y me dejaron en la ruina, perdí mi puesto de maestro de obras en el que subcontrataba en negro a dos dominicanos, un boliviano y un marroquí que me trabajaban el doble por la mitad, y ahora Caritas me tiene que dar la ropa”.

“¡¡¡Viva Cáritas!!!”

Eslóganes que defienden exclusivamente “lo mío”, eslóganes de luchas burguesas. Están tan carentes de un sustento filosófico, político o ideológico que se sitúan incluso en el pre marxismo. Previos incluso a la aparición de los primeros anarquistas.

Marx hizo ver que pedir al aumento de salario aparte de que no contribuía en absoluto a cambiar la sociedad sino a asentarla, era contraproducente para el trabajador ya que únicamente le pagarían más si conseguían extraerle más plusvalía o reducir los costes de la empresa. Marx, hace ya unos cuantos años, advirtió a los trabajadores que romper la máquina de la fábrica no conseguía más que el nada desdeñable alivio de sacarse una gruesa espina devolviendo un golpe, no había que luchar contra la máquina sino contra su dueño y cambiar el orden de juego. Aquello que proponía el bueno de don Carlos demostró en la práctica ser una entelequia, pero en cualquier caso la sociedad ideal no es la que precedía aquella chapucería.

Son curiosas también las luchas de esas minorías que tanto incordian a los sectores más tradicionalistas, con el mismo cariz que las que enrabietaban a más no poder a los Partidos Comunistas de los países del Segundo Mundo y a los movimientos revolucionarios de hace no demasiado tiempo, el reclamo del derecho a la individualidad, a la libertad de elección en todo, más democracia, más participación critica, menos autoritarismo.

¡Precisamente lo que más detestaba y temía la izquierda clásica y tradicional!

Luego se festejan como logros propios de la emancipación diáfanos retrocesos conceptuales y concesiones a los estamentos del poder clásico, como por ejemplo los matrimonios de las personas del mismo sexo.

¿Qué es eso de presentar semejantes bodorrios como algo progresista? ¡Vayan a decírselo a los anarquistas de hace nada menos que dos siglos!

El matrimonio, esa institución tan conservadora contra la que parecía se habían manifestado esos mismos grupos que en cierto modo pretendían ser objetores de conciencia, para que al final todo terminase reduciéndose a marcarse como objetivo poder ser como aquellos a los que se decía denostar, dejando claro que aquellas peroratas no eran más que una demostración del fuerte deseo de ser tratados del mismo modo que sus verdugos e igualmente tenidos en cuenta.

Como las organizaciones del Black Power que sintieron que la cúspide de sus conquistas era lograr tener sus propios negros. Ascender como clase en lugar de erradicar la diferencia. Ocupar el lugar del esclavista.

Hoy la izquierda está en evolución, y de ello es prueba el hecho de que esté más perdida que perro en cancha de bochas, que parezca desaparecida, ya que de ahí saldrá algo nuevo y espero que también bueno, pero entre tanto ajetreo conviene cuidarse de no perder la brújula, y recordar que la finalidad debería ser buscar formas novedosas de sociedades más justas, y no precisamente convertirse en centinelas de aquellos prejuicios, vicios, reflejos y modelos acartonados y perimidos, cuyo hábitat es precisamente el génesis de todo este despropósito en que hemos desembocado como proyecto de convivencia.

Curioso que las reivindicaciones de izquierdas que toman las calles hoy en día, sean para defender el derecho a la tradición, la familia, el capital y la propiedad.

Verídico y veraz

El periodismo condescendiente, complaciente, obsecuente, se pregunta sorprendido y en voz alta, muy alta, para ser escuchado, exculpado y en la medida de los posible: bien pagado

¿Por qué son cada vez más repetidos los incidentes violentos en las cada vez más frecuentes manifestaciones de estudiantes, personal de la salud, mineros, barrenderos, bomberos, españoles en general? Y entonces aseguran asintiendo y batiendo brazos en el aire, mirando de reojo a aristócratas, ministros y banqueros:

¡Es que la violencia anti sistema de la ultra está liderando las manifestaciones de descontento!

Lo mismo que en Venezuela pero al revés. O sea, al revés que en Venezuela, pero lo mismo.

¿De verdad no tienen idea de por qué se ha tensado la cuerda de la convivencia social?

¿De verdad creen que todas esas amas de casa quieren estar desahuciadas en la calle bajo un puente, mientras el marido regresa de una gira con algo de comer y unos cuantos vinos de tetra brick entre pecho y espalda para soportar la catarata de abusos de la que súbitamente se conviertieron en acreedores?

¿De verdad creen que los médicos y enfermeras quieren estar en la calle protestando y siendo golpeados por las fuerzas de choque de la policía hasta que se deban curar los unos a los otros?

¿Creen que los mineros leoneses y asturianos quieren perder sus ojos con pelotazos de goma de las fuerzas represivas para defender su fuente de trabajo?

¿Creen que los estudiantes, todos ellos desean emigrar del país porque no hay nada para ellos, y aquellos bichos raros que no se van y salen a defender sus derechos son aprendices de terroristas, o peor aún, de la Gestapo como llegó a llamarles precisamente un político del gobierno nada crítico del franquismo y análogos?

¿Creen que cientos de miles de desahuciados querrán enloquecer, alcoholizarse, divorciarse, suicidarse de a poco o de un tiro, o de un sogazo en el cogote, para que los banqueros que ganan más de un millón de euros por mes, puedan cobrar sus indemnizaciones por incumplir sus deberes, para no responder por la estafa y la dejación en sus obligaciones?

¿No apreciaron estos periodistas que toda la masa social española en realidad merecería una medalla a la paciencia, al saber estar, al poner la otra mejilla, durante estos dos años de represión in crescendo de los antidisturbios, de destrucción de los puestos de trabajo, de la conversión gradual de la condición de ciudadano europeo del primer mundo, a deshecho de un mundo aún sin numerar?

Mis padres estudiaron periodismo ambos y ninguno de los dos ejerce. De manera completamente fortuita y curiosa yo les tomo de a ratos el bastón de relevo y dejo salir algunas criticas, unas crónicas de payador, unos análisis nunca demasiado pulidos, de manera tal de no tener tiempo de lidiar con el miedo, ni en exceso irreflexivos y temperamentales cosa de no tener que arrepentirme ipso facto de las bravuconearías aún tibias en la palangana.

Cualquier recurso al escribir, menos faltar a la verdad. Para eso ya contamos con el lenguaje hablado, centinela de los secretos del alma junto a otros ardides como las miradas y los ademanes.

Amigos periodistas: ustedes pueden respetarse mucho más que eso, pueden recuperar aquella ilusión temprana, primigenia, de disipar dudas y contar sospechas, de levantar manteles y dispersar las migas. Eviten que un día sea necesario un juramento hipocrático atendiendo a un código deontológico que mantenga cercada tanto la falta a la verdad, como el ceñirse en exclusiva a la veracidad del “asunto”, que nunca fue necesaria en una de las carreras más bellas y trepidantes a la vez que arriesgada e ingrata, en la cual era usual que quienes la ejercían supiesen que difícilmente consiguirían enriquecer, pero que con toda seguridad terminarían familiarizandose con no pocas incomodidades.

El fin de la historia

Aunque sea evidente que los llamados gobiernos de izquierdas latinoamericanos actuales, a la luz de un somero y elemental estudio con instrumental marxista no pasarían de ser en el mejor de los casos simple y llanamente populismos clásicos en sociedades capitalistas de mercado, y aún admitiendo que albergan algo de cierto ideario desestructurado de izquierdas, si bien jamás revolucionario en el sentido marxista, leninista, trotskista, guevarista, anarquista ni nada que se hubiere destacado en la lucha por cambiar las relaciones de producción, el tremendo problema actual al que se enfrentan es lo que Lenin ya analizaba como el peligro del aburguesamiento y el deterioro producto del ejercicio del poder.

Si encima se parte de una base escasamente modélica en ética revolucionaria, en ejemplaridad que pueda ejercer de “tracción paralela” para reclamar a toda los sectores de la población con cierta esperanza de éxito una actitud austera y solidaria para con el proceso, que como por ejemplo practicaba con rigor un claro referente de la izquierda mundial del siglo XX como el Che, poniéndose al frente cada fin de semana en los trabajos voluntarios, en la lucha, en el sacrificio que requería, en el desdén de los bienes materiales, con la segura salvedad hecha del presidente de Uruguay, Mujica, entonces tendremos que la proximidad de ese peligro que anunciaba Lenin, no sólo es más que probable sino que desde el inicio resulta inminente.

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La vendetta de las mulatas cubanas

Cuando vivía en Cuba, generalmente las mujeres de tez blanca eran las afortunadas para ascender en la escala social que instauró la “Involución”, a costa de casarse o ser amantes de “pinchos” o dirigentes.

La belleza necesaria para pasear por Coppelia, por Miramar, por Siboney, para acceder a los clubes náuticos de Santa María, Jibacoa o Barlovento, a los bares de moda de los hoteles, a las piscinas de lujo, a las casas de visitas de los dirigentes, a los yates o a las habitaciones de los buenos hoteles, era de sello hispana o de cualquier otra caucásica, yo no había conocido nadie más racista que los hijos de los “padres barbudos de la Patria”.

Para que las muchachas negritas pudiesen ser consideradas lindas, incluso entre ellas mismas, debían estirarse el pelo con un peine caliente hasta que parecían Nat King Cole o James Brown con un espantoso e impersonal casco protector. Muchas veces ellas mismas con ayuda de las blanquitas, solían llamarles cabeza de puntilla a las chicas que se dejaban el pelo rabiosamente enrulado y tenían peores epítetos para las que se dejaban el pelo “afro” a lo Angela Davis. Las muchachas que eran muy negritas no solían pasear por los barrios “bien” ni ir a las playas que estaban pensadas de común acuerdo y sin carteles para blancas. A ellas se las relegaba a las playas de diente de perro o a Bacuranao, o a la parte de atrás de Guanabo, los blancos revolucionarios decían que a los negros no les gustaba nadar, la playa sólo les gustaba para emborracharse y para rascabuchar mujeres blancas. Y además en adición había un cierto pudor, una autocensura promovida por esa lapidaria elección del patrón de belleza predominante, no muy distinto del que decían haber desterrado.

De repente empezaron a llegar turistas canadienses, italianos, españoles, franceses, que además de atender a los reclamos de la Isla revolucionaria, ya que estaban no desperdiciaban la inclusión de un romance en sus hojas de ruta. Obviamente iban al Caribe en la procura de brown sugar, aparte de que las muchachas blancas más finas y educadas se habían ido casi todas al exilio, expulsadas y propulsadas por las leyes del Templo de los Bárbaros Barbudos, así que con la salvedad de alguna belleza excepcional o de los turistas mejicanos, los europeos y los canadienses rara vez perseguían a las semi blancas.

Sus cabezas sólo pensaban en Revolución & Mulatas aderezado con sol, mar y ron. La mulata, que de una manera vil se llegó a admitir como un hecho que fue el mejor invento que dejaron los españoles en la isla. Incluso los españoles se vanaglorian de ser menos racistas que los ingleses ya que se mezclaron propiciando el mestizaje, lo que olvidan insulares y peninsulares es que las maneras de aparearse distaba mucho de ser a través de cortejos, de bodas, de familias, eran violaciones consumadas noche tras noche en las barracas, por capataces, hacendados e hijos.

De la noche a la mañana apareció en la escena de la calle 23, del Coppelia, del Habana Libre, del Nacional, de Varadero, una invitada inesperada: la negra despampanantemente bella.

Y empezaron a pasear de brazos de los turistas por la Rampa especímenes que no se sabía a ciencia cierta de donde salían, yo las recordaba de la escuela o de mis amistades por sus cuerpos esculturales como la pechugona Milagros del edificio, pero no con ese refinamiento, ese saber estar, la vestimenta, el perfume, la belleza descomunal, el desparpajo, no más el pelo planchado, sino afro suelto, trenzas afro o rasta, o peinado al peine caliente pero para darle formas con que las blancas jamás podrían ni siquiera soñar.

De repente todo pareció mínimo al lado de ellas. Las blancas, los blancos, los pinchos con sus enormes barrigas de patas de cerdo, cerveza y chicharrones, los Ladas, las casas de visitas, las cabañitas en Santa María, un cóctel Bellomonte en una piscina plagada de semen, flotadores, un bistec de palomilla y tres cervezas en el restaurante Conejito o en La Torre. Todo se les quedó pequeño, soñaban a lo grande, Robert de Niro poco antes en una visita a La Habana, se había enamorado de la modelo de la Maison, Alma, y no había podido salir con ella porque eran otros tiempos e impedimentos de la espía manía, pero un par de años más tarde habría encontrado el lobby de su hotel repleto de perlas, de esmeraldas, de hígados hinchados y labios carnosos, la bemba de las columnas de ébano.

Una rebelión en toda regla, una vendetta silenciosa contra las blanquitas de bajichupa y los pinchos sebosos de guayabera y tres plumas en el bolsillo que ni manejaban divisas ni viajarían fuera de la isla como reinas, mientras ellas con sus sonrisas de marfil sus estaturas de alfil y sus curvas de guitarra iban y volvían de las mejores ciudades del mundo. Había permanecido latente un tesoro escondido en Pogolotti, Palo cagado, Coco solo, La jata o Jesús María y nadie, ni ellos mismos lo sabían, hasta el Estado cubano se sumó a la fiesta del nuevo mercado de colores, ni lerdo ni perezoso en el arte parásito, comenzó a facturar el alquiler de sus preciadas mulatas y negras, de paso a ellas esto les garantizó que los galanes pretendientes al menos no eran esos pícaros, secos y palmados que aparecían por la isla recreando historias de las mil y una ensoñaciones.

Si lo hubiese visto Portocarrero y Carpentier se habría roto el pavimento y las columnas de la Ciudad calzarían cómodos zapatos de quitipón, rodillas para bailar.

La monarquía lumpen

De entrada debo decir en honor a la verdad, que al adquirir la doble nacionalidad española, fui conminado a jurar lealtad a España y al Rey en un acto solemne, y antes de aceptar hacerlo por la parte que correspondía a la monarquía medité profundamente sobre lo que iba a hacer: los actos no son gratuitos, atan a las personas a determinadas consecuencias, y a pesar de lo anacrónico y hasta disparatado que consideraba el procedimiento de la cópula y posterior fecundación del óvulo como único requisito para establecer la jefatura de Estado, y de lo injusta que me parecía históricamente dicha institución, convine hacerlo, porque ciertamente pude, tras escarbar mucho en razones que me socorriesen en mi cometido, encontrar virtudes en Juan Carlos Borbón Dos Sicilias, en su papel como una instancia supra partidista, en una España que no tenía ni mucho menos aún resuelto su horrible pasado reciente de dolor, sangre y lágrimas. Y por supuesto, nobleza obliga, también porque jurar la lealtad a su Alteza no es que conviniese a mis intereses más íntimos, sino que me agenciaba en aquel entonces una situación de normalidad en un país que crecía a un ritmo fabuloso y donde se encontraba más manteca pegada en el techo que toda la que había sobre la mesa en el resto del mundo.

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¿Monarquía, república… o falange?

El caso de la monarquía en España es complejo. Por un lado es cierto que cumplen un rol suprapartidista en un país que no ha abandonado la nostalgia por la riña de una mitad contra la otra. Y es cierto que Juan Carlos mejoró mucho a su prosapia borbónica compuesta por esclavistas y sanguinarios latifundistas. Así como es destacable que su hijo Felipe se casó con Letizia, nieta de un taxista de procedencia progresista, asturiana de larga tradición irredenta.

Pero también es cierto que es poco defendible una jefatura de Estado conseguida única y exclusivamente a través de la cópula y posterior fecundación del óvulo que resulte en un embrión varón. Probablemente sea complejo defender esto como procedimiento moderno y sofisticado para alcanzar la cúspide de un Estado democrático, aunque el rey se mantenga al margen de las decisiones políticas.

Uno tiene derecho a preguntarse: si no participan en ninguna decisión de peso, ¿cuál es el truco? ¿Por qué están ocupando el trono dado que muy baratitos no salen? Claro, aunque sólo sea una persona la que se declare legal y penalmente irresponsable, queda de ese modo sentado que es una sociedad de castas, jamás será una sociedad democrática. Democracia y monarquía etimológicamente son tan irreconciliables como paz y guerra.

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