El colonialismo del discurso en América Latina

Al concluir en estos días una nueva cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) y ver los escasos resultados de estos encuentros, bien vale la pregunta de cuánto podría haber avanzado esta región si el tiempo invertido en criticar a otros países lo hubiera utilizado en ver cómo solucionar sus propios problemas. La última cumbre de la Celac realizada en Cuba, isla gobernada hace más de 50 años por un mismo régimen, ha estado marcada por una visión más bien divisionista de la política internacional basada contraponer a buenos y a malos.

En épocas ya pasadas de la historia, era común ver que la integración entre países se basara en compartir enemigos. Pero esa época de una integración fría ya pasó hace bastante tiempo y parece que gran parte de los países de América Latina no se han dado cuenta. Los proyecto de integración regional que realmente funcionan en la actualidad no se basan en compartir enemigos, sino más bien en trazar juntos proyectos hacia el desarrollo económico y social.

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El Mercosur flexible

El Presidente de Paraguay Horacio Cartes, ha insistido en que el Mercosur debe darle mayor “margen de maniobra” a los países pequeños para avanzar en la agenda externa; ésta sería una de las condiciones establecidas para que el país se reintegre plenamente al bloque regional.

Cartes, tras varias semanas de consultas y visitas oficiales a países de la región se ha dado cuenta que la negociación por el retorno de su país al bloque puede transformase en una oportunidad única para pedir mayor racionalidad a sus miembros.

Ojalá el Mercosur funcionara bien, lo que significaría cumplir sus objetivos fundacionales; pero sucede que este proyecto va en camino contrario al que se dirige el comercio y la economía internacional.

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La antesala de la próxima Cumbre del Mercosur

El próximo 12 de julio se realizará en Montevideo una nueva Cumbre del Mercosur en la que Venezuela asumirá la Presidencia Pro Témpore (PPT), país cuyo protocolo de adhesión, técnicamente aún no ha sido aprobado por uno de sus miembros como lo es Paraguay. Este último, aún no ha confirmado oficialmente si vuelve o no al bloque sudamericano sino que más bien ha dado señales claras de que buscará acuerdos extrabloque.

El pasado mes de mayo, el presidente de la delegación de Paraguay ante el Parlamento del Mercosur, Alfonso González Núñez, señaló a medios de su país que “el artículo 6 del Tratado de Asunción, que textualmente reconoce las diferencias puntuales de ritmo para Paraguay y Uruguay, señala también una aceptación de las desigualdades imperantes, que estipula la adopción de medidas orientadas a suprimirlas, entre las que se menciona la eventualidad de que las citadas naciones puedan concertar, por separado, acuerdos comerciales con terceros países o agrupaciones de países, la Alianza del Pacífico, como ejemplo, de la que Uruguay es miembro observador y recientemente también Paraguay” (Diario Última Hora, mayo 2013).

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La integración de América Latina, entre Sócrates y Confucio

El multipolarismo hacia donde camina el mundo desde el plano político y económico hace que los aportes al crecimiento global ya no estén monopolizados por unos pocos países.

Así lo confirman informes como el de OCDE (2010) donde se veía que si bien en el 2000 el 60% del PIB mundial pertenecía a los países desarrollados, las proyecciones muestran que en 2030 este porcentaje se reducirá a 43% y el 57% restante estará compuesto mayormente por nuevos actores globales. Visto de otra forma, se podría decir que el mundo del desarrollo está cambiando de generación y posiblemente también de concepto.

Sucede que entre los nuevos actores que comienzan a aparecer se plantean diversas miradas sobre el mundo.

América Latina es hoy un caso de estudio interesante para comprender cómo pueden convivir en una sola región dos visiones tan contrapuestas sobre el mundo económico y comercial.

Estos enfoques divergentes se traducen hoy en la región a través de dos ejemplos concretos como los son, por un lado, la Alianza del Pacífico (México, Colombia, Perú y Chile) y, por otro, el Mercado Común del Sur (Mercosur) conformado por Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Venezuela.

La Alianza del Pacífico nace en junio de 2012 y el Mercosur en marzo de 1991. El bloque sudamericano desde el inicio planteó una lógica restrictiva hacia sus miembros plenos en relación con los acuerdos con terceros países.

Esto tiene su razón de ser ya que el Mercosur busca ser una unión aduanera (hoy imperfecta), por lo tanto además de establecerse un arancel externo común, los países deben contar con una política comercial común hacia terceros países.

Esta base teórica tradicional en la que se fundamenta hoy el Mercosur tiene su origen en las excepciones que establece el artículo XXIV del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio.

Este acuerdo establece que las preferencias arancelarias pueden no hacerse extensivas a todos los países, siempre y cuando sean negociadas bajo el formato de una zona de libre comercio o de una unión aduanera. De estas dos excepciones, el Mercosur ha optado por la segunda.

La Alianza del Pacífico, por su parte, desde el comienzo ya plantea una concepción diferente de la integración, basándose en un regionalismo (realmente) abierto donde el elemento central no es la restricción a los miembros, sino potenciarlos a aumentar los acuerdos con terceros países, porque el resultado de esas negociaciones beneficiará al conjunto. Los pilares de este tipo de proyectos están en la confianza y la cooperación entre las partes.

Las Cumbres y los resultados económicos

Los resultados de las cumbres son otro ejemplo concreto para entender las diferencias entre un bloque y otro.

El pasado 23 de mayo se llevo a cabo en Colombia la Cumbre de la Alianza del Pacifico. En este encuentro se firmó el convenio de eliminación de aranceles en el 90% de su comercio de mercancías. También se pondrán de acuerdo sobre un calendario de no más de siete años para la eliminación de los aranceles sobre el 10% restante. Debe considerarse que hace un año ya eliminaron los requisitos de visado para los ciudadanos de cada uno. Pero lo más importante es que ya manifestaron los  países miembros la aspiración de avanzar rápidamente hacia la creación de un mercado común. Como traduciendo todos estos avances la actual presidenta de Costa Rica, Laura Chinchilla, cuyo país se está integrando oficialmente a la Alianza del Pacífico, dijo: “Ya basta de ideologías, ya basta de consignas, ya basta de buscar chivos expiatorios. Tenemos que asumir con responsabilidad las tareas que aún tenemos pendientes en materia de desarrollo”.

La otra cara de la moneda muestra que en los próximos meses (aún sin fecha definida) se llevará a cabo en Montevideo la próxima Cumbre del Mercosur en la que asumirá la presidencia pro témpore Venezuela, país cuyo protocolo de adhesión aún no ha sido aprobado por uno de sus miembros como lo es Paraguay, país que aún no ha confirmado oficialmente si vuelve o no al bloque.

Más aún, Paraguay ya empieza a dar señales claras de que buscará acuerdos extra-Mercosur. El presidente de la delegación de Paraguay ante el Parlamento del Mercosur, Alfonso González Núñez, señaló a medios de su país que “el artículo 6 del Tratado de Asunción, que textualmente reconoce las diferencias puntuales de ritmo para Paraguay y Uruguay, señala también una aceptación normativizada de las desigualdades imperantes, que estipula la adopción de medidas orientadas a suprimirlas, entre las que se menciona la eventualidad de que las citadas naciones puedan concertar, por separado, acuerdos comerciales con terceros países o agrupaciones de países, la Alianza del Pacífico, como ejemplo, de la que Uruguay es miembro observador y recientemente también Paraguay” (Última Hora, mayo 2013).

Los flujos comerciales de estos últimos años muestran que en plena desaceleración del comercio global, el intercambio entre los países de la Alianza del Pacífico creció 1,3% en 2012, mientras que el comercio entre los miembros del Mercosur cayó 9,4%, según datos de Cepal. En cuanto al crecimiento económico, se ve que los países miembros de la Alianza del Pacífico lo hicieron en 5% mientras que los países del Mercosur en 2% en 2012.

A todo esto debe agregarse que la OCDE ha invitado recientemente a Colombia a ser miembro pleno de este grupo de países desarrollados. Será el tercer país de América Latina que se suma, después de Chile y México (los tres de la Alianza del Pacífico).

¿Acaso faltan más ejemplos para darnos cuenta de cuál es el camino correcto para el progreso en América Latina? ¿La nueva lógica de la integración está siendo realmente comprendida por los países “sudamericanistas”? Cuando despierten los países “pro región”, ¿ya no será tarde para avanzar hacia una estrategia común hacia el desarrollo?

Más allá de todas las interrogantes que puedan existir sobre este tema, probablemente el punto más importante a considerar en el análisis sobre ambas miradas esté en las raíces filosóficas en las que se basan ambos proyectos de integración.

Los países del Pacífico basan sus proyectos en la filosofía oriental mayormente inspirada por Confucio (551-479 aC), reconocido pensador chino cuya doctrina se basa en la buena conducta en la vida, el buen gobierno del Estado (caridad, justicia y respeto a la jerarquía). Una de sus reflexiones más conocidas señala: “El que no es fiel y sincero con sus amigos, jamás gozará de la confianza de sus superiores”.

Mientras tanto, la otra mitad de la región, lejana a las costas del Pacífico, tiene una concepción filosófica distante a la de Confucio y quizá más influenciada por Sócrates (470-399 aC), el máximo exponente de la filosofía occidental. Sócrates insistía en el “conocimiento de uno mismo”, en mirar hacia el interior de la persona. ¿Acaso no es una visión muy similar a la de varios países de la región que han optado por una integración “hacia adentro”?

Recordemos también que Sócrates fue quien dijo la célebre frase “solo sé que no sé nada”; la misma que hoy puede ayudarnos a comprender la razón que hay detrás de la pasividad de varios países “sudamericanistas” ante un mundo que se desarrolló confiado en mirar hacia el mundo. 

Paraguay y el Mercosur: entre la dignidad y la dependencia

Realizadas las elecciones generales en Paraguay el pasado 21 de abril, donde resultó ganadora la oposición al ex presidente Fernando Lugo, en primer lugar, es importante resaltar que los demás países miembros del Mercosur cumplieron con demostrar la intención de que una vez concretados los comicios el país guaraní debía retornar al bloque regional. Así lo reafirmaron los saludos oficiales de ArgentinaBrasil y Uruguay. No sucedió lo mismo con Venezuela, país que aún no ha opinado oficialmente sobre los resultados de las elecciones paraguayas.

Desde el pasado mes de junio de 2012, cuando se decidió suspender a Paraguay de todos los órganos decisorios tanto del Mercosur como de la Unasur, han sucedido muchas cosas en la región que parecen haber quedado en el olvido.

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La democracia de hoy en América Latina

Hace algunos días las redes sociales se han inundado de la etiqueta  #SOSVenezuela aludiendo a la señal de socorro más utilizada internacionalmente, en este caso, para alertar sobre la difícil situación política que vive ese país. Asimismo, tras la forma en que actuó la Unión Naciones Suramericanas (Unasur), una vez que se desataron los conflictos en Venezuela, después de conocerse los estrechos resultados; el tema pasa a ser mucho más serio y trasciende las fronteras de un solo país.

La Unasur, lejos de mirar con objetividad lo que la mitad de un país reclamaba en las calles de Venezuela, se dio el lujo de decir desde Lima y a pocas horas de conocerse los resultados primarios: “respeten los resultados”. ¿Acaso hubieran dicho lo mismo si el escenario hubiera sido adverso a Maduro?

Si se hubiesen generado los conflictos que hoy vive este país en sus calles habiendo ganado Capriles, Venezuela seguramente ya estaría expulsada de la Unasur a las pocas horas de conocerse los resultados y se hubiera dejado sin efecto su proceso de adhesión al Mercosur, hasta tanto no se realicen nuevas elecciones. Si bien éstas son simples hipótesis, sabemos muy bien que no se alejan del escenario que podría haber existido si la balanza se hubiera volcado hacia el candidato opositor.

Esta situación actual de bloqueo para quienes se apartan del bloque ideológico mayoritario es totalmente perversa para nuestras democracias. Tal es la presión que ejerce esta nueva herramienta, que muchos países conocidos como moderados hasta el momento han acatado sorprendentemente mandatos que se alejan mucho de su histórico actuar diplomático. Tales son los casos de Perú, Chile y Colombia.

No debemos olvidar las penas que aplicaron a Paraguay por hechos que nadie puede negar que han sido dudosos desde el punto de vista constitucional, pero que pasan a ser excesivos al compararlos con el silencio que existió ante el accionar de Maduro cuando fallece el entonces presidente Hugo Chávez.

La Constitución de Venezuela indica que en caso de fallecimiento del mandatario, quien asume la presidencia es el titular de la Asamblea Nacional, es decir Diosdado Cabello, mientras que quien asumió bajo el rol de presidente encargado fue el entonces vicepresidente Nicolás Maduro. La respuesta que se dio a esta inconstitucionalidad fue que no se respetaría artículo 233 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, porque el fallecido presidente había pedido expresamente que Nicolás Maduro ocupe su lugar si “algo llegara a pasar”. ¿Basta ese pedido para pasar por arriba el artículo constitucional? ¿Para la Unasur es ésta una respuesta razonable? ¿Acaso se la miró con los mismos ojos críticos por los que se observó a Paraguay ante la destitución parlamentaria del ex presidente Fernando Lugo?

La misma América Latina que el mundo mira con atención por vivir uno de los tiempos de bonanza económica más importantes de su historia -básicamente por el alto precios de las materias primas- actúa hoy bajo mecanismos políticos que distan mucho de una región que busca alcanzar el desarrollo no sólo económico sino también social y político.

Es muy importante subrayar, como siempre lo hacemos, que cuando lo que se busca es sentido común jamás debemos hablar de derechas o de izquierdas, de buenos o malos. Simplemente darnos cuenta de que la región no merece ser vista por el mundo como lo está siendo hoy.

¿Acaso es digno que un candidato presidencial deba tener que escuchar de boca de una ministra de Estado en conferencia de prensa: “Capriles, te estoy preparando la celda?

Ésta no es la región que quisieron los libertadores que tanto citan los mismos que hoy, lejos de engrandecer un continente que tiene todas las condiciones para crecer, lo están aplastando por sus anisas de poder.

Resultados de la Cumbre de la Celac-UE

Desde que se establecieron las relaciones estratégicas entre América Latina y el Caribe (ALC) y la Unión Europea (UE) en 1999, cada reunión birregional acapara la atención económica y comercial, aunque desde hace algunos años, al finalizar las cumbres nos encontramos más bien con resultados de trascendencia política. Esta última cumbre no fue la excepción. 

La iniciativa, que reúne a dos continentes que sumados ocupan cerca del 20% de la población mundial, tiene su punto de partida en Chile en 1996, durante la VI Cumbre Iberoamericana. El entonces presidente del Gobierno español José María Aznar propuso la creación de un diálogo permanente entre ambas regiones. Después de las aprobaciones parlamentarias y de gobiernos, se concretó finalmente una asociación estratégica birregional a través la Declaración y el Plan de Acción adoptados en la primera cumbre que se llevó a cabo en Río de Janeiro en junio de 1999. Así fue que nació la Cumbre ALC-UE, hoy Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac)-UE.

La Celac es un grupo de 33 países que nació en febrero de 2010, en México. Su objetivo fundacional es “promover la integración y el desarrollo de los países latinoamericanos y caribeños”; y sus países siempre fueron enfáticos al resaltar la importancia que ejerce la democracia para alcanzar el desarrollo. En su carta constitutiva señalan que “la preservación de la democracia y de los valores democráticos, la vigencia de las instituciones y el Estado de Derecho y la vigencia de los derechos humanos son objetivos esenciales de nuestros países”. En 2011, la Celac ratificó una cláusula específica en ese sentido, en la que prevé que “si en un país hubiera violación del orden democrático, se abrirían consultas y ese país podría ser suspendido”.

Resaltamos estos aspectos porque sin dudas la nota más llamativa de la última cumbre fue que, finalizada la presidencia pro tempore de Chile, Cuba ha pasado a ser el país encargado de liderar por doce meses la conducción de este proyecto regional. Es decir, La Habana, al finalizar esta cumbre, además de ser el nuevo líder regional, pasa a ser el portavoz del diálogo entre ALC y la UE.

Al comparar las bases democráticas que se habían propuesto estos países al constituir la Celac, con los resultados de la última Cumbre en Santiago, la principal interrogante es por qué se eligió a ese país -la última dictadura que queda en el continente- para liderar este proceso de diálogo. Más aún con la UE, que ha sido un bloque perseverante en la defensa a nivel mundial de una “cláusula democrática” para negociar cualquier tratado comercial.

Además de este tipo de resultados se puede decir que lejos de unir, el modelo de integración que se ha dado en los últimos tiempos se basa en la división de América o “las Américas”. Los proyectos así lo demuestran explícitamente: la Celac, nace para dejar de lado a EEUU y Canadá; y Unasur, dando la espalda a toda América Central (México y el Caribe) y América del Norte (EEUU y Canadá).

Al confirmar esta tendencia, algo que llama la atención es la fuerte campaña que ejercen los “sudamericanistas” para que este proceso de “integración excluyente” no se detenga. A tal punto que países de la región, reconocidos por su pragmatismo (Brasil, Chile, Colombia, México, Perú y Uruguay), parecen cada vez más acallados ante este tipo de hechos. En algunos casos han preferido no participar y en otros no pronunciarse, pero desde hace algunos años ya nadie se opone enfáticamente a los hechos que suceden y que pocos contribuyen con la región. Esta última cumbre de Celac lo volvió a confirmar.

¿Acaso es lógico mostrarle al mundo que uno de los bloques regionales integrado por la mayor cantidad de Estados latinoamericanos y caribeños será presidido por un país que cuenta con un Gobierno dictatorial hace cinco décadas? 

Este silencio que se acrecienta en la región, al buscar respuesta a este tipo de preguntas -incluso de parte de aquellos promotores de la coherencia en la integración-, confirma las reflexiones del gran Cosme de Médicis, que comparaba a los moderados con los habitantes del primer piso de un edificio, “asediados por el humo de los de abajo y por el ruido de los de arriba”.

Este debate dista mucho de ser de “derecha” o  “izquierda”. Por el contrario, es de sentido común. Como diría un amigo “si ser derecha es defender a Pinochet soy de izquierda; y si ser de izquierda es defender a los Castro, soy de derecha”.  La libertad es una sola. No existen libertades a medias, o se cumple o no. Lo mismo con la democracia que tanto se defendió “como promotora del desarrollo” al constituirse la Celac. Por eso llama mucho la atención que los países de la región hayan elegido como su “nuevo líder” a Cuba.

También sorprende que esta decisión se tome en tiempos en los que la relación entre ambos socios debería basarse en aspectos comerciales y económicos; porque la crisis europea ofrece más oportunidades que amenazas para ALC.

Las intenciones que se presentan en el documento final de la cumbre muestran que las oportunidades son inmensas; tan grandes como la diferencia de criterio que existe en América Latina para alcanzar resultados comunes. Mientras algunos ven en la apertura al mundo un camino para aumentar la inversión, otros la confunden con invasión y por eso prefieren protegerse.

La pregunta es: cuándo la bonanza en América Latina entre en una meseta, ¿quiénes estarán más cerca del desarrollo? ¿Los que hoy apuestan a la apertura o los que prefirieron refugiarse en al proteccionismo?

Más allá de todo, es bueno resaltar que la cumbre también trajo consigo la formulación de varios desafíos para los países latinoamericanos y caribeños: el pedido de mayor seguridad jurídica de parte de Europa para colocar sus inversiones en la región (después de que Argentina expropiara en 2012 el 51% de las acciones que Repsol mantenía en la petrolera YPF); la voluntad de Alemania para avanzar en el tan ansiado acuerdo comercial entre la UE y el Mercosur (que de concretarse hasta incluso tendría consecuencias muy positivas sobre la Ronda de Doha); los acuerdos de cooperación, en medioambiente; y proyectos mayormente bilaterales que buscan “promover inversiones, emprendimiento e innovación para el Desarrollo Sustentable” tal como lo resaltara el título de la cumbre.

Debe considerarse que las inversiones de Europa en ALC representan el 43% del total de inversión extranjera directa, cuyo monto es de 385.000 millones de euros, mayor incluso que la que invierten en la región China, India y Rusia unidas. Europa también es el principal cooperante y el segundo socio comercial de la región (posición que hoy se debate con el avance que han tenido las relaciones entre ALC y China).

Los desafíos y las oportunidades son muy grandes para ambas regiones. Principalmente para ALC, que como región emergente cuenta con altas potencialidades de crecimiento para los próximos años. Asimismo, al igual que como sucede en la construcción de una casa, resulta difícil levantar el techo cuando aún no existen sus cimientos fundamentales. En el caso de ALC, la coherencia y la objetividad son dos pilares que aún faltan para poder construir un proyecto común. 

Desafíos de América Latina para 2013

Entre la incertidumbre y la expectativa se cierra un año marcado por grandes cambios en la economía internacional. Más allá de todo lo que se dijo sobre el 2012, si hay algo cierto es que el mundo tal como lo conocíamos hasta el momento ha cambiado y los actores económicos protagónicos ya dejan de ser los mismos. En este sentido, bien se podría empezar a hablar del final de un proceso histórico de la económica mundial.

América Latina no es para nada ajena a este cambio de eje que presenta la nueva geografía económica. Las transformaciones que implica el traspaso del núcleo del comercio internacional del Océano Atlántico al Océano Pacífico solo serían comparables con los que se dieron en el siglo XVI cuando el cambio de eje fue del Mediterráneo al Atlántico. Quizá por contemporáneos a estas transformaciones no nos demos cuenta de su real implicancia histórica. Los datos hablar por sí solos; según la Cepal, para 2014 el comercio Sur-Sur será mayor al flujo Norte-Norte.

Ante este nuevo escenario, el análisis ahora pasa más bien por ver si la región se encuentra preparada para enfrentar estos desafíos que tiene por delante. Porque a América Latina, ya consolidada como región emergente, aún le queda por resolver varios problemas si quiere avanzar un paso más y caminar hacia el desarrollo.

Entre los principales desafíos a enfrentar se encuentran los elevados índices de desigualdad y pobreza, el incremento de la productividad y la diversificación de las economías. Las cifras al cierre de este año muestran que de 18 países analizados por la cepal, el 32% de los ingresos totales se concentran en un 10% de la población, mientras que un 15% de la riqueza se reparte entre el 40% de la población más pobre. El número de ciudadanos que viven en la pobreza extrema en la región es de 66 millones.

Asimismo, las estimaciones de crecimiento económico para 2013 –después de varios ajustes– parecen auspiciosas, pudiendo encontrarse en torno al 3,8%, coincidente con otros informes como el de la agencia de calificación Fitch, que estima un crecimiento de la economía regional del 3,7% en 2013. Este porcentaje se respalda en la medida que la región cuente con un mayor dinamismo de la demanda doméstica, y una mayor promoción de políticas financieras sólidas y estabilidad macroeconómica.

Un factor fundamental para que se concrete el crecimiento estimado para la región es la fortaleza que tengan sus economías mayores. En el caso de Brasil, si bien este año cerrará con un crecimiento aproximado del 1,6%, se prevé que 2013 encuentre un mejor desempeño, con una expansión superior al 3%. México, por su parte, ha crecido un 2,1%, porcentaje sobre el cual jugó un papel central la crisis de Estados Unidos y la posible expansión para el año que viene también dependerán mucho del comportamiento de la economía norteamericana.

Otro de los desafíos pasa por la revisión de los planes de desarrollo económico existentes. Más allá de que todos los países no tienen por qué tener la misma estrategia, la disparidad de modelos que tiene la región en este sentido tarde o temprano le podría costar caro. Al cierre de este año y proyectando el que se inicia, se vuelve a repetir un tema que ya hemos resaltado en otras columna. Los que crecerán son aquellos que más abrieron sus economías durante estos últimos años. Según proyecciones Panamá, Perú y Chile serán los que más crecerán en 2013. Panamá, después de cerrar el 2012 con un 6,9% de crecimiento, en el 2013 superaría el 8%. El producto bruto interno creció en Perú un 7,1% anual en los últimos 6 años y se prevé una suba del 6% para 2013. Chile podría tener un crecimiento superior al 4% el próximo año.

Sobre la visión internacional, se ve claramente un continente dividido en dos. Oscilando entre la amplia apertura económica de algunos y la integración regional basada principalmente en una visión proteccionista del comercio de otros.  Es imperioso que se comprenda a la libre circulación de bienes, servicios y factores productivos como un elemento clave para atraer inversión extranjera directa y así el crecimiento económico. Esto se hace aún más evidente en una económica internacional con inversores en búsqueda de confianza.

Los desafíos también estarán puestos en temas sobre los que ya sobran propuestas y solo queda concreción, en políticas de desarrollo productivo, educación e innovación.

También la región debe seguir trabajando para disminuir los altos índices de violencia e inseguridad. América Latina, teniendo el 9% de la población mundial, tiene el 27% de los homicidios y según el Latinobarómetro 10 de los 20 países con mayores tasas de homicidios del mundo son latinoamericanos. 

También están aquellos factores exógenos ante los cuales la región no debe estar más que alerta y prepararse para enfrentar sus posibles consecuencias. En este sentido, los frentes a tener en cuenta son tres: a la crisis europea que parece no encontrar su fin próximamente, la situación económica en Estados Unidos y la posible desaceleración del Asia emergente.

Sobre China varios estudios confirman una posible desaceleración para el próximo año. Si bien seguirá siendo el gran motor de la economía mundial debe tenerse en cuenta que América Latina apuesta cada vez más a este gigante, lo que hace que pequeñas variaciones en dicha economía empiecen a tener consecuencias más importantes en el mercado regional. Actualmente, el gigante asiático es el destino de más del 10% de las exportaciones latinoamericanas y el origen del 15% de sus importaciones. 

La región hoy encuentra en un momento histórico para avanzar un paso más hacia el desarrollo. Para eso debe enfrentar eficientemente los desafíos que tiene por delante. Las oportunidades están dadas no sólo por un mundo en crisis que presta espacio para el crecimiento regional sino por los elevados precios de las materias primas, que deberían ser traducidos en planes de ahorros públicos contracíclicos; los que aún están lejos de implementarse en la gran mayoría de países de América Latina.

Por todo esto, el desafío central estará puesto en promover políticas domesticas que proyecten la región al largo plazo. Será muy importante seguir cuidando factores como la inflación, los desequilibrios fiscales y de las cuentas corrientes. Pero esto debe ser una apuesta de todos y nos de unos pocos.

Para mirar hacia el desarrollo tenemos que dejar de ser la región de los extremos. Donde aún conviven países (como Chile y Perú) con un superávit fiscal que ronda entre el 1,5% y 2% del PIB, con una tasa inflación estabilizada en el 3% aproximadamente; junto a otros países (como Argentina y Venezuela) con un fuerte déficit fiscal, alta inflación y escasez de reservas internacionales. Las oportunidades que hoy tiene la región podrán ser aprovechadas por todos, en la medida que las estrategias nacionales sean inteligentes y coherentes.   

Cómo hizo Uruguay para aligerar su deuda

Pocas dudas quedan en Uruguay de que toda crisis económica trae consigo buenas oportunidades para empezar de nuevo y reestructurar la economía.

Este pequeño país ubicado en una limitante zona geopolítica, encerrado entre Argentina y Brasil, tras pasar la peor crisis económico-financiera de su historia en 2002, ha dado lecciones claras de cómo se puede recomponer una economía bajo tres premisas básicas: el cumplimiento, la transparencia y la confianza. El himno nacional de Uruguay repite dieciséis veces la frase “sabremos cumplir”.

Los uruguayos -quizá por inconformistas- creemos estar aún muy lejos de ese modelo sobre el que comúnmente se habla al mirar hacia nuestro nuestro país. Pero si en algo existe una política de Estado, cuyo incumplimiento costaría muy caro a cualquier político, es el respeto a las normas internacionales. Es en este punto donde posiblemente radique el mayor secreto para explicar por qué en una región aún débil en estrategia financiera, un país pueda emitir bonos a 30 años por US$ 853 millones, justo a 10 años de su peor crisis económica.

El excelente libro Con los días contados del periodista uruguayo Clauidio Paolillo (Colección Busqueda, Ed. Fin de Siglo, 2004) relata minuciosamente los pasos que debió dar Uruguay para recomponerse de una de sus peores crisis financiera. Allí se puede ver claramente que el 2002 marcó un antes y un después en la historia económica del país.

Paolillo relata lo que fue “el día más negro” de ese año. El 28 de mayo de 2002, el Gobierno de la época se da cuenta que “ni el segundo ajuste fiscal ni las nuevas ayudas prometidas por los organismos internacionales de crédito conseguían reinstalar la confianza en los mercados financieros”.

Ese mismo día, “en que el Sr. Horst Köhler (director ejecutivo del FMI) había dicho que Uruguay merecía apoyo internacional […] para enfrentar la crisis, la calificadora británica Fitch bajó tres escalones la nota de la deuda uruguaya y la ubicó en la categoría de riesgo creciente”. Fitch advertía sobre “la severa y continua caída de los depósitos financieros y la pérdida de 1.400 millones de dólares de reservas” registrada en abril de ese año.

El resumen de esta historia es que a finales de 2002, la deuda pública alcanzó los u$s 11.400 millones, cifra que representaba más del 100% del PBI. Considerando números históricos del país se puede ver que con este monto de deuda externa se llegaría al equivalente del valor de las exportaciones de cuatro años y medio de ese entonces.

Es bueno aclarar que el entonces presidente Jorge Batlle debió enfrentar uno de los momentos más difíciles de la historia económica de Uruguay, pero también supo entregar un país que a finales de 2003 ya mostraba claros signos de recomposición. Fue durante ese mismo período de la crisis que se pusieron los cimientos fundamentales para que Uruguay pueda contar una historia muy diferente a la que le toca contar a Argentina en materia económico-financiera.

Las principales diferencias que hicieron que Uruguay no atraviese la misma situación de Argentina se basó en la persistencia del equipo económico del Dr. Batlle, liderado en un primer momento por Alberto Bensión y posteriormente por Alejandro Atchugarry, de resignarse a declarar el default y confiar en que, más allá de tardar en ver los resultados directos, una de las variables más importantes para una economía es darle confianza a los acreedores externos.

Es común escuchar en Uruguay que sea cual sea el presidente siempre cumplirá las normas. Por esta misma razón -y más allá de ser un tema aparte del que estamos analizando- el general de la población uruguaya no vio con buenos ojos que el actual gobierno se pliegue al acceso de Venezuela al Mercosur bajo un mecanismo que dejó mucho que desear desde el punto de vista jurídico.

Un legado histórico de este país es justamente el cumplimiento de las normas. Algunos dicen que este legado es justamente una condición de país pequeño que, como tal, debe ser un fuerte promotor y defensor de las normas internacionales.

Ese mismo legado permitió que durante 2012, al cumplirse 10 años de aquella crisis, la misma calificadora que aquel 12 de mayo ubicara a Uruguay dentro de la categoría de riesgo “creciente”; califique hoy a Uruguay (en moneda local) dentro de la categoría BBB-, alcanzando el grado inversor. En ese mismo comunicado en el que Fitch eleva la nota de Uruguay, resalta que las vulnerabilidades externas y fiscales “se han reducido” y señala como altamente positivo los acotados vínculos y comercio con Argentina.

Tras estos avances, sumados meses de trabajo, hoy Uruguay puede emitir bonos a más de 30 años por un monto de US$ 853 millones. Esta operación se concretó con la tasa de interés más baja en la historia del país, ubicada en un 4,125%.

En comparación con mercados emergentes de similar calificación, esta tasa estaría solamente por detrás de Chile.

La estructura de dicha emisión es muy positiva para el país. Según resalta un informe de Presidencia de la República sobre esta emisión, “hasta el año 2022 (salvo en un año) Uruguay no tendrá niveles de amortización que superen el 2% del PIB. Por ejemplo en 2013 y 2014 los niveles serán inferiores al 1,5% del PIB”.

Al releer los datos históricos y ver a la posición financiera que lleva Uruguay en relación con su deuda pública, se puede confirmar que no existe secreto peor guardado que el de la confianza económica. La estrategia es sólo una y trasciende cualquier teoría económica. Se resume justamente en una frase que se repite en Uruguay dieciséis veces al cantar nuestro himno nacional: “Sabremos cumplir”. Frase que, cuando se debe a un legado histórico, no hay idea ni partido que se anime a derribarla. Porque es la sociedad misma quien vela por ella.

Colombia, entre la paz y el desarrollo

Pocos países en la historia han estado oscilando en un rango de tiempo tan corto entre la búsqueda de paz interna y el crecimiento económico; como le está sucediendo a Colombia en estos últimos meses.

Siempre se supo -y es de sentido común- que difícilmente se logre el desarrollo económico en un país en el que no existe una convivencia pacífica. Pero ambas variables tienden a ser de largo plazo. Es decir, ningún país por el único hecho de contar con un ambiente pacífico dentro de sus fronteras lograría el desarrollo a la mañana siguiente.

La historia ha demostrado que la verificación de los resultados positivos que trae consigo cualquier proyecto que busque la paz tiende a demorar algunos años. Sucede que el desgaste de la violencia social siempre es difícil de recomponer cuando atañe a generaciones enteras. 

A pocos días de comenzar en la Habana el diálogo entre los delegados del Gobierno colombiano y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) para continuar con el proceso de paz; bien vale una reflexión sobre este tema, que en muy poco tiempo podría cambiar la historia de un país que viene mostrando un crecimiento económico sostenido para poder alcanzar el desarrollo en los próximos años.

El binomio que se plantea en Colombia entre el crecimiento económico y las actuales negociaciones de paz resultan un caso de estudio muy interesante. Y desde el punto de vista histórico, paradigmático.

Colombia es un país en el que más allá de reinar la violencia por varios años, se supo avanzar a paso firme hacia un modelo económico que, en la actualidad se ha confirmado, le sienta muy bien a varios países latinoamericanos.

El camino seguido por Colombia se basó en la apertura económica y en políticas de Estado para temas macro, cuyos planes de ejecución transcienden los Gobiernos de turno. El caso de Colombia, Perú y Chile se diferencia considerablemente del resto de los países de la región. Y justamente estos países hoy son los que más crecen.

A través de la reciente Alianza del Pacifico, los cuatro continúan intensificando la integración, profundizando las relaciones comerciales y mejorando las condiciones para el tránsito de bienes, capitales, personas y servicios.

Lo central que destacar es que Colombia, a diferencia de tantos otros en la región, sabe muy bien hacia dónde está su horizonte. En el camino deberá sortear varios obstáculos pero la mitad del proceso ya está definido y es saber hacia dónde camina.

Económicamente es un país que, en comparación con otros en América Latina, muestra un buen porcentaje de crecimiento. El PBI de Colombia creció 5,9% en 2011, sólo por debajo del crecimiento registrado por Panamá (10,6%), Argentina (8,9%), Ecuador (7,8%), Perú (6,9%) y Chile (6,0%). Para 2012, se prevé un crecimiento de su economía cercano al 5 por ciento.

En los últimos meses, incluso trascendió la información de que si se considera el tipo de cambio paralelo de Argentina a raíz de la restricción de dólares, Colombia estaría superando el PIB de ese país, pasando a ser la segunda económica de Sudamérica. Ya que bajo estas consideraciones el PIB proyectado de Argentina es de US$ 347.000 millones mientras que el de Colombia alcanzaría los US$ 362.000 millones. Con un PIB per cápita que ya ronda los 10.ooo dólares.

En materia de inserción comercial, los últimos datos muestran que en sólo 4 años Colombia logró conquistar más de 50 mercados. En agosto de este año, el país andino llegó a 170 países. Actualmente 20 naciones representan el 83% de los U$S 39.873 millones que exportó el país en ese lapso de tiempo.

Colombia se encuentra ante un momento único en su historia, pasar del desgaste y sufrimiento que implica un país en guerra al desafío y la inteligencia que requiere ser un líder regional. Las opciones ya están sobre la mesa, habrá que esperar a cómo termina la partida.