Paraguay y el Mercosur: entre la dignidad y la dependencia

Realizadas las elecciones generales en Paraguay el pasado 21 de abril, donde resultó ganadora la oposición al ex presidente Fernando Lugo, en primer lugar, es importante resaltar que los demás países miembros del Mercosur cumplieron con demostrar la intención de que una vez concretados los comicios el país guaraní debía retornar al bloque regional. Así lo reafirmaron los saludos oficiales de ArgentinaBrasil y Uruguay. No sucedió lo mismo con Venezuela, país que aún no ha opinado oficialmente sobre los resultados de las elecciones paraguayas.

Desde el pasado mes de junio de 2012, cuando se decidió suspender a Paraguay de todos los órganos decisorios tanto del Mercosur como de la Unasur, han sucedido muchas cosas en la región que parecen haber quedado en el olvido.

Continuar leyendo

La democracia de hoy en América Latina

Hace algunos días las redes sociales se han inundado de la etiqueta  #SOSVenezuela aludiendo a la señal de socorro más utilizada internacionalmente, en este caso, para alertar sobre la difícil situación política que vive ese país. Asimismo, tras la forma en que actuó la Unión Naciones Suramericanas (Unasur), una vez que se desataron los conflictos en Venezuela, después de conocerse los estrechos resultados; el tema pasa a ser mucho más serio y trasciende las fronteras de un solo país.

La Unasur, lejos de mirar con objetividad lo que la mitad de un país reclamaba en las calles de Venezuela, se dio el lujo de decir desde Lima y a pocas horas de conocerse los resultados primarios: “respeten los resultados”. ¿Acaso hubieran dicho lo mismo si el escenario hubiera sido adverso a Maduro?

Si se hubiesen generado los conflictos que hoy vive este país en sus calles habiendo ganado Capriles, Venezuela seguramente ya estaría expulsada de la Unasur a las pocas horas de conocerse los resultados y se hubiera dejado sin efecto su proceso de adhesión al Mercosur, hasta tanto no se realicen nuevas elecciones. Si bien éstas son simples hipótesis, sabemos muy bien que no se alejan del escenario que podría haber existido si la balanza se hubiera volcado hacia el candidato opositor.

Esta situación actual de bloqueo para quienes se apartan del bloque ideológico mayoritario es totalmente perversa para nuestras democracias. Tal es la presión que ejerce esta nueva herramienta, que muchos países conocidos como moderados hasta el momento han acatado sorprendentemente mandatos que se alejan mucho de su histórico actuar diplomático. Tales son los casos de Perú, Chile y Colombia.

No debemos olvidar las penas que aplicaron a Paraguay por hechos que nadie puede negar que han sido dudosos desde el punto de vista constitucional, pero que pasan a ser excesivos al compararlos con el silencio que existió ante el accionar de Maduro cuando fallece el entonces presidente Hugo Chávez.

La Constitución de Venezuela indica que en caso de fallecimiento del mandatario, quien asume la presidencia es el titular de la Asamblea Nacional, es decir Diosdado Cabello, mientras que quien asumió bajo el rol de presidente encargado fue el entonces vicepresidente Nicolás Maduro. La respuesta que se dio a esta inconstitucionalidad fue que no se respetaría artículo 233 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, porque el fallecido presidente había pedido expresamente que Nicolás Maduro ocupe su lugar si “algo llegara a pasar”. ¿Basta ese pedido para pasar por arriba el artículo constitucional? ¿Para la Unasur es ésta una respuesta razonable? ¿Acaso se la miró con los mismos ojos críticos por los que se observó a Paraguay ante la destitución parlamentaria del ex presidente Fernando Lugo?

La misma América Latina que el mundo mira con atención por vivir uno de los tiempos de bonanza económica más importantes de su historia -básicamente por el alto precios de las materias primas- actúa hoy bajo mecanismos políticos que distan mucho de una región que busca alcanzar el desarrollo no sólo económico sino también social y político.

Es muy importante subrayar, como siempre lo hacemos, que cuando lo que se busca es sentido común jamás debemos hablar de derechas o de izquierdas, de buenos o malos. Simplemente darnos cuenta de que la región no merece ser vista por el mundo como lo está siendo hoy.

¿Acaso es digno que un candidato presidencial deba tener que escuchar de boca de una ministra de Estado en conferencia de prensa: “Capriles, te estoy preparando la celda?

Ésta no es la región que quisieron los libertadores que tanto citan los mismos que hoy, lejos de engrandecer un continente que tiene todas las condiciones para crecer, lo están aplastando por sus anisas de poder.

Resultados de la Cumbre de la Celac-UE

Desde que se establecieron las relaciones estratégicas entre América Latina y el Caribe (ALC) y la Unión Europea (UE) en 1999, cada reunión birregional acapara la atención económica y comercial, aunque desde hace algunos años, al finalizar las cumbres nos encontramos más bien con resultados de trascendencia política. Esta última cumbre no fue la excepción. 

La iniciativa, que reúne a dos continentes que sumados ocupan cerca del 20% de la población mundial, tiene su punto de partida en Chile en 1996, durante la VI Cumbre Iberoamericana. El entonces presidente del Gobierno español José María Aznar propuso la creación de un diálogo permanente entre ambas regiones. Después de las aprobaciones parlamentarias y de gobiernos, se concretó finalmente una asociación estratégica birregional a través la Declaración y el Plan de Acción adoptados en la primera cumbre que se llevó a cabo en Río de Janeiro en junio de 1999. Así fue que nació la Cumbre ALC-UE, hoy Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac)-UE.

La Celac es un grupo de 33 países que nació en febrero de 2010, en México. Su objetivo fundacional es “promover la integración y el desarrollo de los países latinoamericanos y caribeños”; y sus países siempre fueron enfáticos al resaltar la importancia que ejerce la democracia para alcanzar el desarrollo. En su carta constitutiva señalan que “la preservación de la democracia y de los valores democráticos, la vigencia de las instituciones y el Estado de Derecho y la vigencia de los derechos humanos son objetivos esenciales de nuestros países”. En 2011, la Celac ratificó una cláusula específica en ese sentido, en la que prevé que “si en un país hubiera violación del orden democrático, se abrirían consultas y ese país podría ser suspendido”.

Resaltamos estos aspectos porque sin dudas la nota más llamativa de la última cumbre fue que, finalizada la presidencia pro tempore de Chile, Cuba ha pasado a ser el país encargado de liderar por doce meses la conducción de este proyecto regional. Es decir, La Habana, al finalizar esta cumbre, además de ser el nuevo líder regional, pasa a ser el portavoz del diálogo entre ALC y la UE.

Al comparar las bases democráticas que se habían propuesto estos países al constituir la Celac, con los resultados de la última Cumbre en Santiago, la principal interrogante es por qué se eligió a ese país -la última dictadura que queda en el continente- para liderar este proceso de diálogo. Más aún con la UE, que ha sido un bloque perseverante en la defensa a nivel mundial de una “cláusula democrática” para negociar cualquier tratado comercial.

Además de este tipo de resultados se puede decir que lejos de unir, el modelo de integración que se ha dado en los últimos tiempos se basa en la división de América o “las Américas”. Los proyectos así lo demuestran explícitamente: la Celac, nace para dejar de lado a EEUU y Canadá; y Unasur, dando la espalda a toda América Central (México y el Caribe) y América del Norte (EEUU y Canadá).

Al confirmar esta tendencia, algo que llama la atención es la fuerte campaña que ejercen los “sudamericanistas” para que este proceso de “integración excluyente” no se detenga. A tal punto que países de la región, reconocidos por su pragmatismo (Brasil, Chile, Colombia, México, Perú y Uruguay), parecen cada vez más acallados ante este tipo de hechos. En algunos casos han preferido no participar y en otros no pronunciarse, pero desde hace algunos años ya nadie se opone enfáticamente a los hechos que suceden y que pocos contribuyen con la región. Esta última cumbre de Celac lo volvió a confirmar.

¿Acaso es lógico mostrarle al mundo que uno de los bloques regionales integrado por la mayor cantidad de Estados latinoamericanos y caribeños será presidido por un país que cuenta con un Gobierno dictatorial hace cinco décadas? 

Este silencio que se acrecienta en la región, al buscar respuesta a este tipo de preguntas -incluso de parte de aquellos promotores de la coherencia en la integración-, confirma las reflexiones del gran Cosme de Médicis, que comparaba a los moderados con los habitantes del primer piso de un edificio, “asediados por el humo de los de abajo y por el ruido de los de arriba”.

Este debate dista mucho de ser de “derecha” o  “izquierda”. Por el contrario, es de sentido común. Como diría un amigo “si ser derecha es defender a Pinochet soy de izquierda; y si ser de izquierda es defender a los Castro, soy de derecha”.  La libertad es una sola. No existen libertades a medias, o se cumple o no. Lo mismo con la democracia que tanto se defendió “como promotora del desarrollo” al constituirse la Celac. Por eso llama mucho la atención que los países de la región hayan elegido como su “nuevo líder” a Cuba.

También sorprende que esta decisión se tome en tiempos en los que la relación entre ambos socios debería basarse en aspectos comerciales y económicos; porque la crisis europea ofrece más oportunidades que amenazas para ALC.

Las intenciones que se presentan en el documento final de la cumbre muestran que las oportunidades son inmensas; tan grandes como la diferencia de criterio que existe en América Latina para alcanzar resultados comunes. Mientras algunos ven en la apertura al mundo un camino para aumentar la inversión, otros la confunden con invasión y por eso prefieren protegerse.

La pregunta es: cuándo la bonanza en América Latina entre en una meseta, ¿quiénes estarán más cerca del desarrollo? ¿Los que hoy apuestan a la apertura o los que prefirieron refugiarse en al proteccionismo?

Más allá de todo, es bueno resaltar que la cumbre también trajo consigo la formulación de varios desafíos para los países latinoamericanos y caribeños: el pedido de mayor seguridad jurídica de parte de Europa para colocar sus inversiones en la región (después de que Argentina expropiara en 2012 el 51% de las acciones que Repsol mantenía en la petrolera YPF); la voluntad de Alemania para avanzar en el tan ansiado acuerdo comercial entre la UE y el Mercosur (que de concretarse hasta incluso tendría consecuencias muy positivas sobre la Ronda de Doha); los acuerdos de cooperación, en medioambiente; y proyectos mayormente bilaterales que buscan “promover inversiones, emprendimiento e innovación para el Desarrollo Sustentable” tal como lo resaltara el título de la cumbre.

Debe considerarse que las inversiones de Europa en ALC representan el 43% del total de inversión extranjera directa, cuyo monto es de 385.000 millones de euros, mayor incluso que la que invierten en la región China, India y Rusia unidas. Europa también es el principal cooperante y el segundo socio comercial de la región (posición que hoy se debate con el avance que han tenido las relaciones entre ALC y China).

Los desafíos y las oportunidades son muy grandes para ambas regiones. Principalmente para ALC, que como región emergente cuenta con altas potencialidades de crecimiento para los próximos años. Asimismo, al igual que como sucede en la construcción de una casa, resulta difícil levantar el techo cuando aún no existen sus cimientos fundamentales. En el caso de ALC, la coherencia y la objetividad son dos pilares que aún faltan para poder construir un proyecto común. 

Desafíos de América Latina para 2013

Entre la incertidumbre y la expectativa se cierra un año marcado por grandes cambios en la economía internacional. Más allá de todo lo que se dijo sobre el 2012, si hay algo cierto es que el mundo tal como lo conocíamos hasta el momento ha cambiado y los actores económicos protagónicos ya dejan de ser los mismos. En este sentido, bien se podría empezar a hablar del final de un proceso histórico de la económica mundial.

América Latina no es para nada ajena a este cambio de eje que presenta la nueva geografía económica. Las transformaciones que implica el traspaso del núcleo del comercio internacional del Océano Atlántico al Océano Pacífico solo serían comparables con los que se dieron en el siglo XVI cuando el cambio de eje fue del Mediterráneo al Atlántico. Quizá por contemporáneos a estas transformaciones no nos demos cuenta de su real implicancia histórica. Los datos hablar por sí solos; según la Cepal, para 2014 el comercio Sur-Sur será mayor al flujo Norte-Norte.

Ante este nuevo escenario, el análisis ahora pasa más bien por ver si la región se encuentra preparada para enfrentar estos desafíos que tiene por delante. Porque a América Latina, ya consolidada como región emergente, aún le queda por resolver varios problemas si quiere avanzar un paso más y caminar hacia el desarrollo.

Entre los principales desafíos a enfrentar se encuentran los elevados índices de desigualdad y pobreza, el incremento de la productividad y la diversificación de las economías. Las cifras al cierre de este año muestran que de 18 países analizados por la cepal, el 32% de los ingresos totales se concentran en un 10% de la población, mientras que un 15% de la riqueza se reparte entre el 40% de la población más pobre. El número de ciudadanos que viven en la pobreza extrema en la región es de 66 millones.

Asimismo, las estimaciones de crecimiento económico para 2013 –después de varios ajustes– parecen auspiciosas, pudiendo encontrarse en torno al 3,8%, coincidente con otros informes como el de la agencia de calificación Fitch, que estima un crecimiento de la economía regional del 3,7% en 2013. Este porcentaje se respalda en la medida que la región cuente con un mayor dinamismo de la demanda doméstica, y una mayor promoción de políticas financieras sólidas y estabilidad macroeconómica.

Un factor fundamental para que se concrete el crecimiento estimado para la región es la fortaleza que tengan sus economías mayores. En el caso de Brasil, si bien este año cerrará con un crecimiento aproximado del 1,6%, se prevé que 2013 encuentre un mejor desempeño, con una expansión superior al 3%. México, por su parte, ha crecido un 2,1%, porcentaje sobre el cual jugó un papel central la crisis de Estados Unidos y la posible expansión para el año que viene también dependerán mucho del comportamiento de la economía norteamericana.

Otro de los desafíos pasa por la revisión de los planes de desarrollo económico existentes. Más allá de que todos los países no tienen por qué tener la misma estrategia, la disparidad de modelos que tiene la región en este sentido tarde o temprano le podría costar caro. Al cierre de este año y proyectando el que se inicia, se vuelve a repetir un tema que ya hemos resaltado en otras columna. Los que crecerán son aquellos que más abrieron sus economías durante estos últimos años. Según proyecciones Panamá, Perú y Chile serán los que más crecerán en 2013. Panamá, después de cerrar el 2012 con un 6,9% de crecimiento, en el 2013 superaría el 8%. El producto bruto interno creció en Perú un 7,1% anual en los últimos 6 años y se prevé una suba del 6% para 2013. Chile podría tener un crecimiento superior al 4% el próximo año.

Sobre la visión internacional, se ve claramente un continente dividido en dos. Oscilando entre la amplia apertura económica de algunos y la integración regional basada principalmente en una visión proteccionista del comercio de otros.  Es imperioso que se comprenda a la libre circulación de bienes, servicios y factores productivos como un elemento clave para atraer inversión extranjera directa y así el crecimiento económico. Esto se hace aún más evidente en una económica internacional con inversores en búsqueda de confianza.

Los desafíos también estarán puestos en temas sobre los que ya sobran propuestas y solo queda concreción, en políticas de desarrollo productivo, educación e innovación.

También la región debe seguir trabajando para disminuir los altos índices de violencia e inseguridad. América Latina, teniendo el 9% de la población mundial, tiene el 27% de los homicidios y según el Latinobarómetro 10 de los 20 países con mayores tasas de homicidios del mundo son latinoamericanos. 

También están aquellos factores exógenos ante los cuales la región no debe estar más que alerta y prepararse para enfrentar sus posibles consecuencias. En este sentido, los frentes a tener en cuenta son tres: a la crisis europea que parece no encontrar su fin próximamente, la situación económica en Estados Unidos y la posible desaceleración del Asia emergente.

Sobre China varios estudios confirman una posible desaceleración para el próximo año. Si bien seguirá siendo el gran motor de la economía mundial debe tenerse en cuenta que América Latina apuesta cada vez más a este gigante, lo que hace que pequeñas variaciones en dicha economía empiecen a tener consecuencias más importantes en el mercado regional. Actualmente, el gigante asiático es el destino de más del 10% de las exportaciones latinoamericanas y el origen del 15% de sus importaciones. 

La región hoy encuentra en un momento histórico para avanzar un paso más hacia el desarrollo. Para eso debe enfrentar eficientemente los desafíos que tiene por delante. Las oportunidades están dadas no sólo por un mundo en crisis que presta espacio para el crecimiento regional sino por los elevados precios de las materias primas, que deberían ser traducidos en planes de ahorros públicos contracíclicos; los que aún están lejos de implementarse en la gran mayoría de países de América Latina.

Por todo esto, el desafío central estará puesto en promover políticas domesticas que proyecten la región al largo plazo. Será muy importante seguir cuidando factores como la inflación, los desequilibrios fiscales y de las cuentas corrientes. Pero esto debe ser una apuesta de todos y nos de unos pocos.

Para mirar hacia el desarrollo tenemos que dejar de ser la región de los extremos. Donde aún conviven países (como Chile y Perú) con un superávit fiscal que ronda entre el 1,5% y 2% del PIB, con una tasa inflación estabilizada en el 3% aproximadamente; junto a otros países (como Argentina y Venezuela) con un fuerte déficit fiscal, alta inflación y escasez de reservas internacionales. Las oportunidades que hoy tiene la región podrán ser aprovechadas por todos, en la medida que las estrategias nacionales sean inteligentes y coherentes.   

Cómo hizo Uruguay para aligerar su deuda

Pocas dudas quedan en Uruguay de que toda crisis económica trae consigo buenas oportunidades para empezar de nuevo y reestructurar la economía.

Este pequeño país ubicado en una limitante zona geopolítica, encerrado entre Argentina y Brasil, tras pasar la peor crisis económico-financiera de su historia en 2002, ha dado lecciones claras de cómo se puede recomponer una economía bajo tres premisas básicas: el cumplimiento, la transparencia y la confianza. El himno nacional de Uruguay repite dieciséis veces la frase “sabremos cumplir”.

Los uruguayos -quizá por inconformistas- creemos estar aún muy lejos de ese modelo sobre el que comúnmente se habla al mirar hacia nuestro nuestro país. Pero si en algo existe una política de Estado, cuyo incumplimiento costaría muy caro a cualquier político, es el respeto a las normas internacionales. Es en este punto donde posiblemente radique el mayor secreto para explicar por qué en una región aún débil en estrategia financiera, un país pueda emitir bonos a 30 años por US$ 853 millones, justo a 10 años de su peor crisis económica.

El excelente libro Con los días contados del periodista uruguayo Clauidio Paolillo (Colección Busqueda, Ed. Fin de Siglo, 2004) relata minuciosamente los pasos que debió dar Uruguay para recomponerse de una de sus peores crisis financiera. Allí se puede ver claramente que el 2002 marcó un antes y un después en la historia económica del país.

Paolillo relata lo que fue “el día más negro” de ese año. El 28 de mayo de 2002, el Gobierno de la época se da cuenta que “ni el segundo ajuste fiscal ni las nuevas ayudas prometidas por los organismos internacionales de crédito conseguían reinstalar la confianza en los mercados financieros”.

Ese mismo día, “en que el Sr. Horst Köhler (director ejecutivo del FMI) había dicho que Uruguay merecía apoyo internacional […] para enfrentar la crisis, la calificadora británica Fitch bajó tres escalones la nota de la deuda uruguaya y la ubicó en la categoría de riesgo creciente”. Fitch advertía sobre “la severa y continua caída de los depósitos financieros y la pérdida de 1.400 millones de dólares de reservas” registrada en abril de ese año.

El resumen de esta historia es que a finales de 2002, la deuda pública alcanzó los u$s 11.400 millones, cifra que representaba más del 100% del PBI. Considerando números históricos del país se puede ver que con este monto de deuda externa se llegaría al equivalente del valor de las exportaciones de cuatro años y medio de ese entonces.

Es bueno aclarar que el entonces presidente Jorge Batlle debió enfrentar uno de los momentos más difíciles de la historia económica de Uruguay, pero también supo entregar un país que a finales de 2003 ya mostraba claros signos de recomposición. Fue durante ese mismo período de la crisis que se pusieron los cimientos fundamentales para que Uruguay pueda contar una historia muy diferente a la que le toca contar a Argentina en materia económico-financiera.

Las principales diferencias que hicieron que Uruguay no atraviese la misma situación de Argentina se basó en la persistencia del equipo económico del Dr. Batlle, liderado en un primer momento por Alberto Bensión y posteriormente por Alejandro Atchugarry, de resignarse a declarar el default y confiar en que, más allá de tardar en ver los resultados directos, una de las variables más importantes para una economía es darle confianza a los acreedores externos.

Es común escuchar en Uruguay que sea cual sea el presidente siempre cumplirá las normas. Por esta misma razón -y más allá de ser un tema aparte del que estamos analizando- el general de la población uruguaya no vio con buenos ojos que el actual gobierno se pliegue al acceso de Venezuela al Mercosur bajo un mecanismo que dejó mucho que desear desde el punto de vista jurídico.

Un legado histórico de este país es justamente el cumplimiento de las normas. Algunos dicen que este legado es justamente una condición de país pequeño que, como tal, debe ser un fuerte promotor y defensor de las normas internacionales.

Ese mismo legado permitió que durante 2012, al cumplirse 10 años de aquella crisis, la misma calificadora que aquel 12 de mayo ubicara a Uruguay dentro de la categoría de riesgo “creciente”; califique hoy a Uruguay (en moneda local) dentro de la categoría BBB-, alcanzando el grado inversor. En ese mismo comunicado en el que Fitch eleva la nota de Uruguay, resalta que las vulnerabilidades externas y fiscales “se han reducido” y señala como altamente positivo los acotados vínculos y comercio con Argentina.

Tras estos avances, sumados meses de trabajo, hoy Uruguay puede emitir bonos a más de 30 años por un monto de US$ 853 millones. Esta operación se concretó con la tasa de interés más baja en la historia del país, ubicada en un 4,125%.

En comparación con mercados emergentes de similar calificación, esta tasa estaría solamente por detrás de Chile.

La estructura de dicha emisión es muy positiva para el país. Según resalta un informe de Presidencia de la República sobre esta emisión, “hasta el año 2022 (salvo en un año) Uruguay no tendrá niveles de amortización que superen el 2% del PIB. Por ejemplo en 2013 y 2014 los niveles serán inferiores al 1,5% del PIB”.

Al releer los datos históricos y ver a la posición financiera que lleva Uruguay en relación con su deuda pública, se puede confirmar que no existe secreto peor guardado que el de la confianza económica. La estrategia es sólo una y trasciende cualquier teoría económica. Se resume justamente en una frase que se repite en Uruguay dieciséis veces al cantar nuestro himno nacional: “Sabremos cumplir”. Frase que, cuando se debe a un legado histórico, no hay idea ni partido que se anime a derribarla. Porque es la sociedad misma quien vela por ella.

Colombia, entre la paz y el desarrollo

Pocos países en la historia han estado oscilando en un rango de tiempo tan corto entre la búsqueda de paz interna y el crecimiento económico; como le está sucediendo a Colombia en estos últimos meses.

Siempre se supo -y es de sentido común- que difícilmente se logre el desarrollo económico en un país en el que no existe una convivencia pacífica. Pero ambas variables tienden a ser de largo plazo. Es decir, ningún país por el único hecho de contar con un ambiente pacífico dentro de sus fronteras lograría el desarrollo a la mañana siguiente.

La historia ha demostrado que la verificación de los resultados positivos que trae consigo cualquier proyecto que busque la paz tiende a demorar algunos años. Sucede que el desgaste de la violencia social siempre es difícil de recomponer cuando atañe a generaciones enteras. 

A pocos días de comenzar en la Habana el diálogo entre los delegados del Gobierno colombiano y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) para continuar con el proceso de paz; bien vale una reflexión sobre este tema, que en muy poco tiempo podría cambiar la historia de un país que viene mostrando un crecimiento económico sostenido para poder alcanzar el desarrollo en los próximos años.

El binomio que se plantea en Colombia entre el crecimiento económico y las actuales negociaciones de paz resultan un caso de estudio muy interesante. Y desde el punto de vista histórico, paradigmático.

Colombia es un país en el que más allá de reinar la violencia por varios años, se supo avanzar a paso firme hacia un modelo económico que, en la actualidad se ha confirmado, le sienta muy bien a varios países latinoamericanos.

El camino seguido por Colombia se basó en la apertura económica y en políticas de Estado para temas macro, cuyos planes de ejecución transcienden los Gobiernos de turno. El caso de Colombia, Perú y Chile se diferencia considerablemente del resto de los países de la región. Y justamente estos países hoy son los que más crecen.

A través de la reciente Alianza del Pacifico, los cuatro continúan intensificando la integración, profundizando las relaciones comerciales y mejorando las condiciones para el tránsito de bienes, capitales, personas y servicios.

Lo central que destacar es que Colombia, a diferencia de tantos otros en la región, sabe muy bien hacia dónde está su horizonte. En el camino deberá sortear varios obstáculos pero la mitad del proceso ya está definido y es saber hacia dónde camina.

Económicamente es un país que, en comparación con otros en América Latina, muestra un buen porcentaje de crecimiento. El PBI de Colombia creció 5,9% en 2011, sólo por debajo del crecimiento registrado por Panamá (10,6%), Argentina (8,9%), Ecuador (7,8%), Perú (6,9%) y Chile (6,0%). Para 2012, se prevé un crecimiento de su economía cercano al 5 por ciento.

En los últimos meses, incluso trascendió la información de que si se considera el tipo de cambio paralelo de Argentina a raíz de la restricción de dólares, Colombia estaría superando el PIB de ese país, pasando a ser la segunda económica de Sudamérica. Ya que bajo estas consideraciones el PIB proyectado de Argentina es de US$ 347.000 millones mientras que el de Colombia alcanzaría los US$ 362.000 millones. Con un PIB per cápita que ya ronda los 10.ooo dólares.

En materia de inserción comercial, los últimos datos muestran que en sólo 4 años Colombia logró conquistar más de 50 mercados. En agosto de este año, el país andino llegó a 170 países. Actualmente 20 naciones representan el 83% de los U$S 39.873 millones que exportó el país en ese lapso de tiempo.

Colombia se encuentra ante un momento único en su historia, pasar del desgaste y sufrimiento que implica un país en guerra al desafío y la inteligencia que requiere ser un líder regional. Las opciones ya están sobre la mesa, habrá que esperar a cómo termina la partida.    

 

Más allá de las elecciones de Venezuela

En medio del interés por las elecciones presidenciales en Venezuela que han marcado el centro de la atención regional; a inicios de este mes se desarrolló la III Cumbre de países de América del Sur y Países Árabes (ASPA). En la ciudad peruana de Lima participaron 12 representantes de países de América Latina y 22 de la Liga de Estados Árabes, y se sumaron más de 400 empresarios de ambas regiones.

 

Esta Cumbre birregional no debe pasarse por alto por varias razones. En primer lugar, Sudamérica hoy se encuentra en pleno esfuerzo por aprovechar una extraordinaria coyuntura económica regional buscando defender su posición como emergente. El tiempo de bonanza ya comienza a dar señales de alerta a través de los ajustes realizados por varios organismos internacionales para el crecimiento económico de la región.

 

Los Países Árabes atraviesan una nueva etapa en materia política y económica originada principalmente por las últimas revueltas. Si bien la cumbre tuvo un fuerte foco en los aspectos políticos; en este tercer encuentro se le ha dado un papel importante a la cooperación y el comercio.

 

La presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, reafirmó la necesidad de avanzar en la coordinación y la cooperación económica birregional. El canciller Antonio Patriota subrayó que, pese a la crisis económica, el intercambio comercial entre la región y el mundo árabe aumentó en más de un 100% entre 2005 y 2011, pasando de US$ 13.600 millones a US$ 27.400 millones.

 

En el caso de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner aprovechó una vez más para criticar al mundo desarrollado diciendo que las medidas de estos países no están haciendo más que agravar la crisis. La pregunta que bien vale ante esta afirmación es si Fernández se refiere a las mismas medidas que se aplican en Argentina, que originaron el llamado de atención de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

 

Perú mostró más claridad en su posición. Es de los pocos países latinoamericanos que avanza a buen ritmo para concretar un acuerdo comercial con el bloque de países árabes. El foco está puesto en el sector minero, donde hay proyectos que requieren más de US$ 50.000 millones.

 

Por otra parte, Perú es uno de los que mantiene mayor intercambio comercial con los países árabes. En 2011, el intercambio sumó US$ 105 millones, y para los próximos años se busca diversificar las exportaciones tanto para productos agrícolas, como del sector textil y pesquero.

 

Quedó en claro al cierre de esta cumbre que las dos regiones tienen intensión de trabajo en conjunto, pero aún la relación bilateral para ambos casos no es un tema prioritario. Menos de la mitad del total de los países participantes estuvo representado por su máximo líder de Estado.

 

Si bien el lobby bilateral que se da entre los países suele ser más importante que las declaraciones finales en este tipo de cumbres, en el caso del ASPA se volvió a notar una costumbre sudamericana: insistir en temas políticos que poco repercuten en nuestra realidad cotidiana.

 

Cuando se repasan las actas finales de cumbres en bloques asiáticos por ejemplo, no es común ver como centrales a temas exógenos a las realidades políticas inmediatas. No se acostumbra a insistir en repudios ni señales de entrometerse en temas políticos nacionales.

Seguramente lo anterior se base en aspectos culturales milenarios, pero hoy se transforman casi sin quererlo en eficiencia diplomática que contribuye con que los países se reúnen para ver cómo crecer en conjunto y no para repudiar, criticar y manifestarme gratuitamente sobre realidades lejanas.

 

Asimismo, esta Cumbre  ha sido muy positiva, y posiblemente marque una primera señal de esperanza para que la región, de una vez por todas, haga valer el comercio en su mirada hacia el mundo. La  nueva coyuntura económica y política en el mundo Árabe puede transformarse en una fuente de oportunidades para América Latina, siempre y cuando exista inteligencia para poder aprovecharlas.

 

La próxima Cumbre ASPA será en Arabia Saudí en 2015. Esperemos que, para ese entonces, exista una mirada común en Sudamérica que contribuya con mejores resultados y beneficien a la región como un todo. 

Por qué a ciertos países les va bien

Cuando desde América Latina se piensa en estrategias para alcanzar el desarrollo, ya sea para un país o la región en general, surge el inevitable análisis de modelos o casos de éxito. Dicho de otra forma, de países a los que “les va bien”. Pero, ¿realmente existen esos modelos? ¿O acaso son naciones que, en definitiva, supieron leer con mayor claridad hacia dónde va el mundo? 

Sorprende ver que países expuestos a similares contextos sociales, económicos y políticos muestren patrones de crecimiento tan distantes. Estos interrogantes, lejos de ser actuales, fueron formulados por varios teóricos del desarrollo hace bastante tiempo atrás. Uno de los más reconocidos para el caso latinoamericano fue Albert Otto Hirschman, economista alemán que dedicó gran parte de su vida a estudiar la región. Y entre sus obras se destaca La Estrategia del Desarrollo Económico (1958), una estudio que revolucionó el pensamiento y el bagaje de políticas para impulsar el avance de los países en vías de desarrollo.

Asimismo, la nueva geografía económica nos obliga a repensar estas interrogantes y ante todo analizarlas desde la perspectiva de nuestra región, que si bien es percibida por muchos como emergente; todo indica que aún le queda un largo camino por transitar para que ese adjetivo se transforme en desarrollo real.

Hace algunos días se conocieron los resultados del Índice Global de Competitividad 2012-2013, del Foro Económico Mundial. Este informe analiza los factores que generan mayor competitividad y productividad en 144 países. Otra calificación muy importante es la del Índice de Desarrollo Humano (IDH), realizada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) que mide en 187 países, indicadores nacionales de salud, educación e ingresos.

En ambos casos, al publicarse los resultados son muy pocas las sorpresas. La variación de los 10 primeros lugares es muy baja hace varios años. En el caso del IDH 2011, además de Estados Unidos, Alemania y Canadá; existe un grupo de países que siempre se posicionan en los primeros puestos: Noruega, Australia y los Países Bajos, Nueva Zelandia, Irlanda, Liechtenstein y Suecia.

En el último Índice Global de Competitividad, los primeros puestos los ocupan Suiza, Singapur, Finlandia, Suecia, Países Bajos.

¿Cuál es el secreto de estos países? ¿Qué los hace posicionarse en los primeros lugares de muchos rankings más allá de sus dimensiones geográficas o poblacionales? 

Cualquier de estos países son una demostración clara de que en la actualidad la teoría del  desarrollo se rige por otros parámetros. Las estrategias que adoptan, lejos de ser un secreto, no son más que la implementación racional de un conjunto de políticas con la mira fija en generar consensos hacia el desarrollo.

Si bien cada país adapta las estrategias a su propio contexto, el resultado de algunos de estos índices mencionados, muestra que entre muchos de ellos existen variables comunes. Más allá de diferir en las fechas de inicio de instauración de estas políticas.

La gran mayoría de estos países ha puesto a la reforma del Estado como uno de los ejes centrales en su estrategia hacia el desarrollo. Dentro de estas reformas, los ámbitos sociales para construir acuerdos juegan un papel fundamental.

Desde el punto de vista económico, entienden la apertura comercial como un concepto directamente ligado al crecimiento. Adoptan políticas contracíclicas del gasto público, buscando un manejo sólido en la conducción fiscal.

Sus estrategias de inserción internacional contienen un fuerte foco en la diferenciación y la  diversificación de los mercados tanto para las importaciones como las exportaciones.

En la mayoría de estos países se busca generar un equilibrio de las instituciones a través de actores empresariales, sindicales y del tercer sector; que cuentan con espacios para generar miradas comunes.

En todos los casos, la educación es la prioridad número uno. Contando con programas de educación técnica y con instituciones independientes que resguardan la calidad de la educación que se imparte. La descentralización de la educación es otra de las variables que se repite en relación a este tema.

En cualquier de estos países, hablar de políticas de innovación no resulta ajeno. Cuentan con instituciones que lideran estos procesos y generan una conexión con el sector privado para impulsarlas.

Al estudiar estos rankings y la historia reciente de estos países líderes de las primeras posiciones, cualquiera podría afirmar que no existe secreto peor guardado que el del desarrollo. Solo basta con querer entenderlo.

América Latina, lejos de una integración económica

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) presentó un informe en el que se confirma un menor crecimiento económico para la región. Concretamente, se señala que durante este año el crecimiento no será mayor al 3,3%, disminuyendo la proyección que se había dado en junio de una expansión del 3,7%; y la de 4% en 2011.

 

El mismo informe vuelve a confirmar que la región sigue siendo la más desigual del mundo. “Ningún país de América Latina y el Caribe ha conseguido con éxito aumentar los niveles de empleo y productividad para superar la pobreza y la desigualdad”, concluye.

 

Estos números y afirmaciones sirven para plantearnos varias interrogantes en medio de una coyuntura internacional única que le brinda un sinfín de oportunidades a América Latina para crecer y dar un salto histórico hacia el desarrollo.

 

Asimismo, las proyecciones se ajustan cada vez más y –aunque sin querer resignarnos todavía– nos empezamos a dar cuenta que el objetivo del desarrollo se aleja. La pregunta es: ¿Qué nos está faltando par dar ese salto como región? O quizá más a fondo pensar si realmente estamos preparados para darlo.

 

Sucede que mientras en América Latina las proyecciones se ajustan cada vez más, en el caso del sudeste Asiático las proyecciones en la mayoría de los casos marcan un crecimiento no menor al 5% para este año. Así, el sudeste asiático se presenta como la gran esperanza para inyectarle crecimiento a la economía global.

 

Por tomar como ejemplo a la subregión conformada en la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (Asean) integrada por 10 países (Tailandia, Indonesia, Malasia, Filipinas, Singapur, Brunei, Vietnam, Laos, Birmania y Camboya), se puede ver que no sólo se mantiene el patrón de crecimiento económico, sino que también aumenta considerablemente el comercio interregional que en 2011 incrementó el 26% con US$ 678.200 millones, según datos oficiales de la Asean.

 

Sobre este ejemplo, también es bueno resaltar el flujo de inversión externa directa (principalmente de China y Japón) a la Asean, que aumentó el 29,5% para llegar a US$ 41.400 millones el pasado año, a diferencia de los US$ 31.800 millones  de 2010.

 

La diferencia está en una integración económica bien entendida. Cuando se trata de pasar en limpio la situación entre una región y otra, surgen señales muy claras para ayudarnos a comprender por qué algunos saben aprovechar la coyuntura que se presenta más que otros. La razón más significativa está en la forma de entender la integración económica y comercial.

 

En los mismos días que América Latina recibía la noticia de que las proyecciones de crecimiento para este año se ajustan, en la ASEAN se realizaba la Conferencia de Ministros en la que se lanzó un proyecto de libre comercio del que participarían además de los 10 estados la Asean, China, Japón, Corea del Sur, India, Australia y Nueva Zelanda.

 

Si bien puede no tener relación directa un hecho con el otro, sirve de muestra para ver que en los mismos tiempos se viven avances dispares en las dos regiones percibidas como emergentes.

 

La actual lógica de integración en América Latina muestra que aún estamos lejos de una visión común hacia un proyecto de desarrollo Basado en mirar hacia adelante y dejando de lado prejuicios del pasado. Es aún más necesario en un mundo cuya coordinación global está cada vez más debilitada en términos comerciales, monetarios y fiscales.

 

Nos encontramos en un tiempo clave para generar políticas regionales que busquen  promover una agenda común hacia desarrollo que tenga a la igualdad como el punto central. Pero difícilmente se puedan concretar esto sin una base única desde el cual lanzarlo.

 

La mayoría de los países asiáticos que hoy propasaran, supieron comprender claramente el significado de una integración económica y comercial positiva. Por lo cual desde hace tiempo en esa región se habla de construir una economía integrada con características asiáticas.

 

El año pasado Zhou Wenzhong, ex embajador chino en Estados Unidos y actual Secretario general del reconocido Foro de Boao para Asia (FBA) fue enfático al señalar que “en un futuro cercano no será posible materializar en Asia un mercado común al estilo europeo o norteamericano, porque la integración de Asia se refiere a la integración del comercio y la economía pero no aborda aspectos políticos ni mucho menos la integración de seguridad”.

 

Contraria a esa visión que plantea Zhou Wenzhong, que sin dudas es una de las principales razones del crecimiento económico en Asia; gran parte de América Latina parece haber decidido comenzar por el camino contrario. 

 

Hace algunos años se decía que el futuro se encargaría de demostrar quién tendría la razón. Hemos llegado al tiempo presente y se empieza a confirmar cuál es el patrón de integración que sirve de herramienta para promover el crecimiento económico y comercial. El mismo que gran parte de América Latina parece seguir sin comprender.