Mercosur ya no se escribe con K

Hace tiempo que el Mercado Común del Sur no es una fuente de buenas noticias para los países que lo conforman. Tanto en Paraguay como en Uruguay, la mayoría de los dirigentes plantean severas críticas a las decisiones que se toman en el bloque mientras que miran con interés los movimientos de la Alianza del Pacífico. Peleas, trabas, compensaciones, desavenencias, restricciones y negociaciones que no llegan a buen puerto son una constante en este Mercosur que no le hace honor al Tratado de Asunción que le dio inicio aquel 26 de marzo de 1991, al menos en el párrafo que establece “la libre circulación de bienes, servicios y factores productivos entre países”. Un sector industrial brasileño fuerte y subvencionado que se resiste a abandonar privilegios y un gobierno argentino que profesa vagas y desordenadas ideas proteccionistas no son elementos auspiciosos para un bloque que debe reformularse o caerá indefectiblemente en el estante de los cascarones vacíos. Continuar leyendo

¡Viva la inmigración!

A medida que se acerca el Mundial de la FIFA Brasil 2014, también proliferan las publicidades de empresas, instituciones y medios que aprovechan para poner énfasis en el patriotismo, la argentinidad y el nacionalismo. Con mayor o menor acierto y éxito tratan de tocar las fibras más íntimas de la emoción y la pasión por el deporte más popular y así vender mejor su producto, servicio o gestión. Lejos de mi intención está criticar esta estrategia de marketing que simplemente responde a lo que los publicistas intuyen que puede generar mayor impacto en la sensibilidad de los argentinos. En lo que me preocuparía caer es en la tentación de exaltar y homogeneizar ese ser nacional.

Seguramente, como producto de una fuerte ola migratoria de países vecinos que en los últimos años optó por la Argentina, las lealtades de cara a los cotejos de fútbol serán algo difusas y habrá grupos minoritarios que celebrarán victorias que no son las de la selección argentina. Lejos de enojarnos, esto tendría que gratificarnos puesto que personas de otros países eligieron Argentina para pasar al menos parte de su vida. Cuando eso sucede es porque en algún momento de la historia pasada o reciente el país receptor generó un proceso de expansión y mejora en la calidad de vida como para atraerlos. Los inmigrantes suelen prescindir de consideraciones político facciosas y se enfocan principalmente en las posibilidades concretas que perciben. Así como en la década del 90′ hubo una ola migratoria proveniente de los países de la ex Unión Soviética, la pasada década estuvo caracterizada por la llegada de inmigrantes de países vecinos y de algunas zonas de África. Por el contrario, como parece ser el proceso actual, cuando esa tendencia comienza a revertirse y muchos argentinos y extranjeros que aquí viven optan por el camino inverso, esto es una muestra de las dificultades que empiezan a florecer.

La inmigración ha sido y es, en condiciones saludables de recepción, una fuente de riqueza cultural y de dinamismo económico. Una política migratoria de puertas abiertas y leyes claras es un excelente recurso para países de gran tamaño y escasa población como el nuestro. No se necesita más que exigir tanto a extranjeros como nativos el cumplimiento de la Constitución Nacional y las leyes. El irrestricto acatamiento de este requisito es el principal incentivo (medios indirectos, en términos alberdianos) para atraer inmigración y que ella resulte productiva para el país. Con el criterio de la igualación de derechos y obligaciones entre nacionales y extranjeros es que podemos materializar las ideas de Sarmiento y Alberdi, con el agregado de saber que más importante que el origen migratorio es contar con una capacidad instalada e instituciones consolidadas que permitan el desarrollo individual y colectivo; algo en lo que ciertamente hubo una involución durante el kirchnerismo.

Obviamente, como todo aspecto de la política y la economía, la apertura hacia la inmigración tiene un componente moral importante. ¿Por qué negarles a los nuevos migrantes lo que tuvieron nuestros padres y abuelos? Muchos xenófobos usan el argumento de la diferencia en la disposición al trabajo y al progreso de las olas migratorias de principios del siglo XX con respecto a las contemporáneas (algo casi imposible de medir con certeza) pero, en caso de que fuera una afirmación cierta, la solución sigue estando en los incentivos a trabajar honestamente, en los premios y castigos estipulados por el país receptor. En este sentido también hay políticas activas que pueden acompañar a aquellos que, pese a las dificultades y la discriminación de la que muchas veces son víctimas, hacen notable esfuerzo por insertarse en la sociedad y evitar la tendencia a vivir en guetos. Una vez más, la dimensión humana es la que permite reconocer y valorar a un individuo más allá de su lugar de nacimiento.

En países que han ensayado un proceso de integración política y económica más profundo, como sucede con los miembros de la Unión Europea, también se alzan voces que pretenden desandar el camino y refugiarse en una brumosa identidad nacional tratando de obstaculizar quizás el más beneficioso de los logros de aquella integración como es la libre circulación de bienes, servicios y, fundamentalmente, de personas. De todos modos, si bien en algunos países como Francia cobran fuerza partidos de corte xenófobo y racista como el Frente Nacional (FN) de la heredera Marine Le Pen, Europa se consolida en su visión integradora de la mano de una Alemania que levanta las banderas de la unión.

Hay que resaltar también que la ignorancia y el miedo a lo desconocido son el combustible principal de la xenofobia aquí y allá. En Europa suelen crecer los partidos políticos antiinmigración cuando las crisis económicas afectan a sus países y la opción más cómoda es echar la culpa al trabajador extranjero. En este concepto hay también una incomprensión absoluta del desarrollo económico y de los factores que intervienen en un proceso productivo.

¿Hay mayor elogio que un extranjero quiera vivir en tu país? Ríos de tinta se han escrito con críticas a la dictadura de los Castro en Cuba pero la más devastadora a mi criterio es la permanente disposición de sus ciudadanos a huir de la isla. En tiempos donde la economía del comportamiento mide el nivel de felicidad de los países, los flujos migratorios deberían ser una fuente de conocimiento aún más relevante para este propósito.

Algunos programas de la televisión argentina han incorporado recientemente panelistas extranjeros que viven en nuestro país. Detrás de esta saludable decisión, en ocasiones hay que lamentar comentarios de los “nacionales” que se jactan de “permitirles” opinar sobre la coyuntura. El terror a la mirada exterior, muchas veces presente en el discurso de la presidente Cristina Kirchner, se materializa habitualmente en un furtivo contragolpe verbal que se desparrama ante la crítica de algún gobierno, organismo o de la prensa del exterior.

La radicación de extranjeros (con o sin documento), muchas veces denunciada en los medios de comunicación, en edificios y predios tomados responde sencillamente a un incentivo que en plena era de las comunicaciones instantáneas resulta determinante. La señal que los gobiernos y la justicia deben dar tanto para nacionales como para foráneos es que no se va a permitir violar la ley por más que se aduzcan razones “humanitarias”.

Sabiendo de las dificultades que tiene la implementación de estos conceptos cuando la inercia llevada por décadas va en otra dirección, el desafío primordial pasa por generar las condiciones para que todos quienes quieran habitar el suelo argentino puedan desarrollarse individualmente al tiempo que aportan al conjunto en el marco del respeto de la ley. Tan difícil y tan simple como eso.