El precio del dólar blue sí es importante

El dólar blue vuelve a ser noticia. Luego de permanecer calmado e incluso deprimido durante la primera parte del año, la cercanía a la fecha de las elecciones y el continuo descontrol monetario colaboran para que su precio se ubique muy cerca de los máximos desde su nacimiento.

Frente a esta realidad, la estrategia discursiva del Gobierno es sencillamente el ninguneo. El jueves pasado, Axel Kicillof se preguntó retóricamente: “¿A quién le afecta la cotización del dólar?”. Durante el fin de semana insistió en la minimización del fenómeno al afirmar que el mercado del blue “mueve menos que la quiniela”.

Las declaraciones no sorprenden. De hecho, es una práctica común dentro del kirchnerismo. En 2012, el entonces ministro Hernán Lorenzino dijo que el dólar blue “no le importa a nadie”, en momentos en que este superaba los $ 10 por primera vez desde la convertibilidad.

Tal vez sea casualidad, pero justo los dos ministros que más devaluaron la moneda desde 2003 nos quieren hacer creer que el dólar no es un problema. Continuar leyendo

La deuda y el default no son problemas del capitalismo

Un día después de conocida la decisión de la Corte Suprema de los Estados Unidos de no tomar el caso de los holdouts contra el gobierno argentino, el ministro Kicillof se quejó porque debía “pagar los platos rotos de la fiesta neoliberal”. Hace pocos días, en la OEA, volvió sobre la idea al afirmar que las restructuraciones de deuda y los defaults soberanos “no son sólo un problema de la Argentina sino de todo el capitalismo mundial”.

Haciendo la enorme concesión de seguirle la terminología a Kicillof, lo que quiere decir es que todo este problema del gobierno-que-se-endeuda-y-termina-mal es una más de las supuestamente indeseables consecuencias de vivir en un sistema capitalista. El problema de esta afirmación, sin embargo, es que es totalmente errónea.

Si se puede definir al sistema capitalista en pocas palabras, tenemos que decir que es el sistema institucional basado en el respeto por los derechos de propiedad. En este sistema, el rol del Estado se limita precisamente a proteger esos derechos, y un Estado que se limita “solo a eso” no puede gastar mucha plata. En consecuencia, no tiene necesidades de endeudarse. De esta forma, un sistema capitalista también exige equilibrio presupuestario, dado que si este se viola y los gastos del Estado son persistentemente superiores a los ingresos, la diferencia terminará siendo cubierta con nuevos impuestos, inflación o endeudamiento, todas formas de gravar (a corto o a largo plazo) a la población, lo que la priva de disponer libremente de su propiedad.

Hasta aquí, como puede observarse, es poca la responsabilidad que el capitalismo pueda tener en el tamaño y la dinámica de la deuda estatal. Si hay equilibrio presupuestario y los gastos no superan los ingresos, no hay necesidad de endeudarse.

Fue Keynes, sin embargo, el que en su momento ridiculizó la austeridad y son los keynesianos los que hoy insisten en que el gasto y el déficit fiscal son un arma poderosa para sacar a los países de las recesiones. Si bien esta postura aplicada estrictamente a un contexto de crisis puede debatirse, lo cierto es que los políticos no tardaron en encontrar en dichas ideas un soporte intelectual a su natural inclinación hacia el gasto y hacia la ausencia de tributación.

En el paradigma keynesiano, el ahorro es vicio y el gasto es virtud, con lo que el equilibrio presupuestario pasa a un lejano segundo plano. Así, la deuda aparece como la mejor alternativa para financiar el déficit sin tener que lidiar con el costo político de cobrar más impuestos. Es evidente, entonces, que la deuda no es hija del capitalismo o del “neoliberalismo” sino del keynesianismo más básico, casualmente la tradición económica que nuestro ministro admira y a cuyo estudio ha dedicado parte de su vida.

Finalmente, se entiende que los funcionarios del Gobierno actual intenten desligarse de la responsabilidad por el problema de la deuda pública, pero no es admisible que, en aras de hacerlo, acusen al capitalismo, el único inocente de toda esta larga novela.

El sinceramiento del Indec no es el primer paso para bajar la inflación

A lo largo de estos siete años de manipulación de las estadísticas del Indec, que no solo afectaron el índice de precios al consumidor, sino estadísticas tanto o más sensibles como las del crecimiento del PBI y los niveles de pobreza e indigencia, muchos economistas y líderes opositores repitieron a coro que lo primero que se necesitaba para bajar la inflación era dejar de engañar a la gente con las cifras oficiales.

El argumento, en resumidas cuentas, era éste: el gobierno no puede resolver el problema de la inflación porque es un problema que, al tener estadísticas poco confiables, no puede reconocer. Se le atribuía al gobierno una “ceguera a la realidad”, como si fuera un conductor víctima de un velocímetro que indicara que la velocidad a la que va es mucho menor a la real.

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