El remiendo tardío

Alberto Medina Méndez

La desesperada tentativa de cambios por parte del gobierno argentino parece ser sólo una reacción extemporánea que ni siquiera tiene pretensiones de apuntar al núcleo de las cuestiones que debe resolver.

Es lo que sucede cuando se llega tarde. No existe tiempo material suficiente para implementar las transformaciones necesarias, ni tampoco la voluntad política necesaria para hacerlo. Cuando no se puede ir al fondo de los problemas, se termina optando por el maquillaje, por los remiendos, por hacer como que se hace, en vez de proceder con seriedad.

Al elegir el camino de los parches, los funcionarios no están abocados a reparar cada uno de los inocultables inconvenientes que la gente los percibe con una intuitiva claridad.

La inflación y la inseguridad han sido temas determinantes en el último resultado electoral, y el gobierno ha tomado nota de semejante llamado de atención, aunque lo haga en silencio y sin reconocerlo públicamente.

Tenía muchas alternativas para seleccionar, pero la prioridad política nuevamente ganó la pulseada. Ya no se trata entonces de entender lo que la sociedad necesita, sino sólo de registrar el reclamo siempre bajo los paradigmas que propone la próxima compulsa electoral.

En ese contexto, el gobierno ha optado por quitarse la responsabilidad sobre la seguridad, aduciendo que son las provincias las que deben implementar políticas ya que de esa jurisdicción dependen las fuerzas policiales, omitiendo de ese modo su participación directa en la generación de las múltiples causas estructurales de la inseguridad que son alimentadas desde las inadecuadas decisiones nacionales.

Este discurso muestra que no serán replanteadas en lo más mínimo, por lo tanto es de esperar que nada cambie demasiado. La apuesta del gobierno es solo cambiar de culpables. No tienen la solución, no saben siquiera por dónde arrancar ni qué hacer al respecto. Sus urgencias políticas dicen que todo lo que se podría encarar, no tendrá impactos positivos de corto plazo y es mejor entonces no poner energías en lo que no se puede ni emparchar.

El otro gran frente de batalla, la inflación, es ciertamente el foco que han decidido enfrentar. En ello apelarán a remedios heterodoxos. No se ocuparán de enmendar la causa, es decir, el indisimulable exceso de gasto estatal que los obliga a emitir moneda desenfadadamente como lo han venido haciendo en estos últimos años, cada vez con menos pudor.

Recurrirán para ello a formulas tan inmorales como hipócritas. Saben, aunque no lo digan, que deben reducir la emisión monetaria que ha sido su fuente vital de financiamiento, y reemplazarla pronto.

Apelarán a una combinación de elementos encaminados a mitigar la consecuencia del desmadre de las cuentas públicas. Por un lado, ajustarán en silencio, porque su relato sostiene lo contrario, pero ahorrarán donde puedan, aunque no necesariamente haciendo lo adecuado. No serán austeros, tampoco desmantelarán el agujero eterno de la corrupción, sino que solo achicarán partidas donde no se note demasiado postergando pagos con instrumentos financieros que les permitan ganar tiempo y caja.

También apelarán a sacarle provecho al monstruo que han creado, licuando sus gastos, indexándolos por debajo de la inflación real y hasta es probable que reduzcan por etapas “algunos” subsidios que ya resultan insostenibles.

La estrategia más importante será la de hacer los deberes para endeudarse. Desde lo discursivo no tienen cómo justificarlo, pero ya encontrarán algún eufemismo para explicarlo, aunque nadie se los crea. El ingreso de divisas vía créditos, lo que implica gastar ahora para que lo pague otro gobierno y la siguiente generación de ciudadanos, es una herramienta que combina una perversa inmoralidad con un indiscutible pragmatismo. 

Algún recurso adicional de esos que necesitan a gritos vendrá de la mano de grandilocuentes inversiones foráneas, que serán anunciadas con bombos y platillos, pero que en su mayoría provendrán del habitual mecanismo de las inversiones prebendarías con contratos especiales y cláusulas ocultas.

El esquema general se apoya sobre una rara mezcla. Pero su objetivo final sigue siendo el político electoral. Pretenden llegar al próximo turno con alguna chance concreta de continuar en el poder. Suponen los gurúes de la planificación local, los mismos que recitaban que el modelo era exitoso y ahora se ocupan de emparchar como pueden, que estos giros les permitirán apostar por un nuevo mandato con un simple recambio de caras.

La sensación es que no les alcanzará el tiempo para hacer lo que esperan y mucho menos que la sociedad esté dispuesta a redimirlos de sus errores del pasado y el presente, sobre todo por su credibilidad en caída libre.

Los cambios son siempre bienvenidos cuando intentan aportar soluciones. Esta vez estamos frente a una burda tentativa de maquillar el presente sin arreglar nada, una grosera maniobra para esconder la basura debajo de la alfombra y construir un puente que les permita garantizarse impunidad y sostenerse en el poder. Solo un remiendo tardío.