En el Día del Maestro, recordemos a Roca

Claudia Peiró

Podrá parecer extraño hablar hoy de Julio Argentino Roca, dos veces presidente de la Argentina (1880-1886 y 1898-1904), pero en tiempos en que un revisionismo anacrónico busca estigmatizar su figura y encasillarlo como un exterminador de indios, es justo recordar que a él le debemos la educación pública obligatoria y gratuita en el país. Durante su gestión se promulgó la Ley 1420 de Educación Común.

Contra lo que dice la liturgia del Día del Maestro –instituido en la fecha de la muerte de Domingo Faustino Sarmiento-, el sistema educativo argentino les debe tanto o más a otros protagonistas de nuestra historia, como Nicolás Avellaneda y el citado Roca, sin desmerecer el aporte del sanjuanino.

En el año 2005, un eurodiputado socialista francés, Bernard Poignant, escribió un artículo titulado “Francia, amo tu historia”, en el cual se quejaba de la moda de revisar y enjuiciar el pasado con categorías del presente. “Es cansador arrepentirse y disculparse por cada etapa de la historia de Francia”, decía.

En nuestro país, un síntoma de esta fiebre iconoclasta es el intento de reducir el papel de Roca a la Campaña del Desierto para etiquetarlo como “genocida”.

Recordemos entonces hoy a Roca, el creador del Consejo Nacional de Educación, en 1881.

El que, como presidente, convocó en 1882 el Primer Congreso Pedagógico en nuestro país.

El que en 1884 promulgó la Ley 1420 de Educación Común, por la cual la escuela primaria se volvió obligatoria, gratuita y laica, de los 6 a los 14 años. La ley fijó el mínimo de instrucción que debían recibir todos los niños argentinos, sin distinción de clase, etnia ni credo, impuso sanciones para los padres que no enviasen a sus hijos al colegio, promovió la educación rural y de adultos y eliminó los castigos corporales, entre otras disposiciones.

Esta norma dio marco a un impresionante desarrollo de nuestra educación –durante la presidencia de Roca se abrieron 600 escuelas-, pero también consolidó la identidad de los argentinos y favoreció la asimilación de los inmigrantes.

Nada de esto desmerece a Sarmiento, ni a su obra. Pero hay un “detalle” que el arrebato antirroquista actual desdeña: las presidencias de Sarmiento y de Avellaneda –predecesores de Roca- se desarrollaron en el contexto de un irresuelto e histórico enfrentamiento entre Buenos Aires y el Interior, al que sólo pudo poner fin el jefe de la Campaña del Desierto. La federalización de Buenos Aires también fue obra de Roca.

Este la tuvo que imponer a sangre y fuego contra la resistencia porteña y mitrista. Lo respaldaron en esa lucha hombres como Carlos Pellegrini, Dardo Rocha, José Hernández, el autor del Martín Fierro, y su hermano Rafael, Carlos Guido y Spano, Lucio Mansilla, etcétera. Todos ellos fueron “roquistas”. Hasta un joven Hipólito Yrigoyen se alineó con Roca en aquel último episodio de la resistencia porteña.

Hasta la asunción de Roca como primer mandatario, en 1880, los presidentes argentinos eran tratados por los porteños como huéspedes, por no decir intrusos. A Sarmiento no cesaron de ponerle palos en la rueda; a Avellaneda intentaron humillarlo. Frente a la victoria de Roca en las elecciones presidenciales de 1880, el partido porteño optó por desconocer el resultado y levantarse en armas. Roca tuvo que aplastar esa rebelión. Fue la última. Los combates, en Barracas, Puente Alsina y Plaza Constitución, dejaron 3.000 muertos. Pero Buenos Aires fue por fin declarada distrito federal y capital de todos los argentinos.

Recordemos entonces a Roca, el hombre que hizo efectiva la autoridad del Estado sobre todo el territorio nacional, un rasgo indispensable en la construcción de la Nación. Recordemos también al editor de la obra de Juan Bautista Alberdi y de Sarmiento, al que promulgó la Ley 1130 de moneda única, organizó los Territorios Nacionales, fundó el municipio de la Capital, los Tribunales de Justicia local, creó el Registro Civil de la Capital, etcétera.

Finalmente, recordemos también al Roca de la Campaña del Desierto. No son originales los iconoclastas de hoy. Ya les respondió en su momento Jorge Abelardo Ramos (1921-1994), historiador de la corriente de izquierda nacional, uno de los primeros en destacar el papel de Roca en la constitución del Estado nacional.

En su obra Revolución y contrarrevolución en la Argentina, Ramos pone la Campaña del Desierto en el contexto de la época, de una Argentina en el umbral de su desarrollo moderno y con fronteras todavía no del todo consolidadas: “Las estancias vivían bajo el constante temor del malón, escribe. No había seguridad para los establecimientos de campo. La provincia misma carecía de límites precisos. En sus confines, a una noche de galope, se movía la indiada. El malón, siempre presente en nuestra literatura, marcaba con su rastro de incendio las  ciudades ‘de frontera’. (…) Toda la estructura agraria del país en proceso de unificación exigía la eliminación de la frontera móvil nacida en la guerra del indio, la seguridad para los campos, la soberanía efectiva frente a los chilenos, la extensión del capitalismo hasta el Río Negro y los Andes. (…) Las anomalías y fricciones con Chile obedecían en esa época a la presencia de esos pueblos nómades que atravesaban los valles cordilleranos, alimentaban con ganado de malón el comercio chileno del sur y suscitaban cuestiones de cancillería”.

En referencia a la campaña diseñada por Roca, dice Ramos: “Sería de una exageración deformante concebir otros métodos para la época. Algunos redentoristas del indio del desierto derraman lágrimas de cocodrilo sobre su infortunado destino; pero la ‘exterminación’ del indio fue inferior a la liquidación del gauchaje en las provincias federales, tanto en números absolutos como en la importancia política y económica del procedimiento. Pero estos ‘indiófilos’ no se acuerdan del gaucho. (…) El puritanismo hipócrita de los historiadores pseudo izquierdistas juzgará más tarde ese reparto de tierras como expresión de una política ‘oligárquica’. En realidad, la verdadera oligarquía terrateniente, la de Buenos Aires, ya estaba consolidada desde el régimen enfitéutico de Rivadavia, que Rosas amplió y que legalizaron los gobiernos posteriores”.

Recordemos a Roca sin las anteojeras del presente y ponderemos su rol con más rigor histórico y menos hipocresía.

Así, parafraseando a Poignant, podremos decir: “Argentina, amo tu historia”.

 

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