El poder en tiempos de Facebook

Ya estaba preparándome para apelar a los brasileños, a fin de firmar un enérgico texto exigiendo acción en Asia del Consejo de Seguridad, castigo ejemplar para el terrorismo islámico e incluso un armisticio en la guerra de poderes entre nosotros. Sin embargo, viendo y oyendo los noticieros de esta semana, tuve la impresión (o la ilusión) de que se ha alejado el riesgo de la guerra atómica que podría desencadenar Corea del Norte. El atentado en Boston fue obra de un estadounidense naturalizado y no de terroristas de Al-Qaeda. Y el choque inevitable en Brasil entre el Congreso y el Supremo Tribunal Federal terminó en abrazos. Así que di marcha atrás y pude leer tranquilamente dos libros interesantes.

El primero fue el libro del sociólogo español Manuel Castells, Redes de indignación y esperanza. Con precisión, vivacidad y una enorme cantidad de información, Castells pasa revista a lo que sucedió en Islandia, Túnez, Egipto, España (el movimiento de los “Indignados”) y en Estados Unidos, donde el movimiento por la ocupación de los espacios públicos (“Ocupemos”) cobró cierta importancia.

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Razón y sentido común

Pese a que parece difícil mantener el optimismo y las esperanzas ante el cuadro actual de crisis financiera y desatinos políticos, siempre hay que tratar de construir un futuro mejor.

El filósofo, físico y matemático René Descartes (1596-1650) decía que el sentido común era la cosa mejor distribuida entre las personas. En su época, el sentido común equivalía a la razón. En el lenguaje actual equivaldría a decir que el coeficiente de inteligencia (CI) se distribuye entre todas las personas siguiendo una curva que se mantiene inalterada en el tiempo, generación tras generación. ¿Será así? Es posible e incluso probable. Pero el sentido común también implica inteligencia emocional y prudencia al tomar decisiones. No basta ser inteligente: es necesario ser razonable y prudente para evitar que las pasiones se sobrepongan a la razón. Es preciso tener juicio.

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Sin disfraces ni miopía

En Brasil, las fuerzas gobiernistas, después de que se precipitaron en la campaña electoral, regresaron al diapasón antiguo: comparar los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) con los del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB). ¡Llega a ser enfermizo!

¿Será que no saben mirar para adelante? Las coyunturas cambian. Lo que es posible hacer en una fase dada no se puede hacer en otra; las políticas pueden y deben perfeccionarse. No obstante, en la lógica infantil prevaleciente, en lugar de preguntar qué cambió en el país en cada gobierno, en qué dirección y con qué velocidad, se hacen comparaciones sin sentido y se imaginan que todo empezó de cero en el primer día del gobierno de Lula.

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Conversaciones entre intelectuales

Después de los cálidos días del cambio de año, San Pablo se volvió más amena. Las vacaciones escolares, el tránsito menos atormentado, los cines más vacíos y la temperatura agradable invitaban al descanso.

Fui a ver una película admirable, Amour (2012), en la que los actores Emmanuelle Riva y Jean-Louis Trintignant, dirigidos por Michael Haneke, desarrollan la trama de la relación entre una pareja de viejos músicos que lleva una vida confortable, para las normas europeas, aunque sin servicio doméstico y aislada de los familiares.

Además de eso, en la vejez se padecen contratiempos. El derrame que sufre la mujer no debilita la ternura del marido. Pero la vida cotidiana es dura: él tiene que cargarla para ir al baño, le tiene que dar de comer en la boca, etcétera.

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Sin añoranzas

Es casi una constante empezar un año nuevo con un balance sobre lo que agoniza y con votos de esperanza para el futuro. En este enero, de no ser por la reiteración de la esperanza, habría dificultades en mantener el ánimo. Es mejor imaginar que ocurrirá algo positivo en el futuro, pues del año que terminó poco queda de bueno. En la vida personal es distinto. Cada quien hará el balance que más le agrade; yo en lo personal no tengo nada qué lamentar. Pero en los acontecimientos públicos, ¡cuánto desaliento! Aunque es bueno que la historia no se repita automáticamente. ¡Vade retro!

Comencemos con la economía y las finanzas internacionales. Cuando parecíamos estar saliendo de la recesión que arrastrábamos desde 2008, la recuperación mundial resultó más lenta y la crisis en Europa aún más profunda. Hay desolación por todos lados. Los estadounidenses, más pragmáticos, nadan de brazada en un mar de dólares convertidos en títulos de difícil solvencia, a costa del resto del mundo. Este no sabe qué hacer con la tasa de cambio para defenderse de la inundación de dólares, mientras Estados Unidos posterga el día del ajuste final. Su índice de desempleo se mantiene elevado, aunque ya no en aumento; no muestra una recuperación vigorosa de la economía, sin caer todavía en el abismo fiscal vaticinado por la prensa, el temido “fiscal cliff”. O mejor, está sumidos en él pero con escafandra; mantiene tranquilas las calles y va esquivando sin violencia a quienes protestan en las plazas, como es el caso del movimiento “Occupy Wall Street”. No logra, es verdad, escapar del abismo político de las posiciones radicalmente distintas entre republicanos y demócratas, abismo mucho más profundo que aquel en el que está hundida el Tesoro. Los dos partidos no se ponen de acuerdo para definir una política fiscal que alivie las aperturas de la Fed, pues los republicanos no aceptan impuestos que graven a los más ricos ni apoyan medidas que den alivio a las dificultades de los más pobres, sobre todo en la cuestión de la salud. La sociedad estadounidense parece bloqueada.

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Es difícil ocultar la desilusión

No soy propenso a quejas ni desalientos. No obstante, al pensar en lo que diría en este artículo sentí cierta melancolía. ¿Escribir otra vez sobre el escándalo del “mensalão” -las “mensualidades” (un sistema de compra de votos en el Parlamento)- y sobre el papel seminal del Supremo Tribunal Federal? Ya todo se sabe y todo está dicho. ¿Entrar en un nuevo escándalo, el del gabinete de la presidencia en San Pablo? No es mi estilo; no me da gusto escarbar en fechorías y refregar más piedras en quien, en esta materia, ya se desmoralizó bastante.

Traté de cambiar la atención dirigiéndome a la economía. Pero ¿de qué sirve repetir las críticas a los equívocos de la política petrolera, que comenzaron con la redefinición de las normas para la exploración del manto presalino? Las nuevas reglas crearon un sistema de reparto que se presentó como inspirado en el “modelo noruego” (en el cual, los resultados de la riqueza petrolera se quedan en un fondo soberano, lejos de los gastos locales, para asegurar el bienestar de las generaciones futuras), cuando la verdad es que se asemeja al modelo adoptado en países con regímenes autoritarios.

Hasta ahora, el nuevo modelo solamente ha generado atrasos, costos excesivos y estancamiento, además de una lucha mezquina (e injusta para los estados productores) respecto de regalías que todavía no se producen y que, cuando existan, serán una llave abierta para el gasto corriente y las presiones inflacionarias.

La contención del precio de la gasolina ya se volvió rutina, aunque afecta la rentabilidad de Petróleo Brasileiro SA (Petrobras) y desorganiza la producción de etanol. El objetivo es asegurar la inflación mediante artificios y garantizar la satisfacción de los usuarios. Guardo silencio sobre los efectos de la reducción continua del impuesto sobre productos industrializados para vehículos y del combustible artificialmente barato. Ya los prefectos se ocuparán de ampliar calles y avenidas para dar cabida a tanto bienestar.

¿Y qué decir del intento de recortar el costo de la energía eléctrico, que tuvo como resultado inmediato la pérdida de valor de las acciones de las empresas? ¿Y esa asamblea de altos funcionarios que desdijo lo anunciado y, sin ninguna seguridad de cómo se ajustará el valor del patrimonio de las empresas, provocó una alza súbita de las acciones? Lo peor es que nadie será responsable por las posibles ganancias especulativas ocurridas por la falta de compostura verbal.

¿Valdría la pena insistir en que el tren bala es un desvarío en la coyuntura actual, pues terminará siendo pagado por los contribuyentes, como están siendo pagadas las fábricas mal licitadas? Para la construcción de éstas sólo acuden empresas estatales financiadas por el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social, con dinero transferido de la Tesorería, es decir, el de usted, el mío, el nuestro. ¿Y las carreteras? ¿Y los aeropuertos? Y así sucesivamente.

Mirando en retrospectiva, en los años de la gran ilusión, allá por fines de los años 1970 y mediados de los 1980, nos aterrorizaban los “proyectos de impacto”, como la Autopista Transamazónica, el Ferrocarril de Aço y otros tantos, elaborados a partir de decisiones tecnocráticas de los gabinetes ministeriales. Protestábamos también por los indicios de corrupción.

No podríamos imaginar que después de las huelgas de los metalúrgicos de Sao Bernardo (duraron 41 días, a partir del 12 de mayo de 1980), y de las Directas Ya (el movimiento civil en 1983-1984 que exigió elecciones presidenciales directas), las mismas distorsiones serían practicadas por quienes entonces las combatían.

Se criticaba tanto al nepotismo como al compadrazgo, la falta de profesionalismo en la administración y la falta de transparencia en las decisiones y se imaginaba con tanta fe que un Congreso libre pondría coto a los desmanes que es difícil esconder la desilusión. Las proezas del cinismo y la lenidad practicadas por algunos de los personajes que aparecían como héroes salvadores son chocantes. Da lástima ver hoy a unos y otros confundidos en una cohorte de personajes dudosos que alegan no saber nada de fechorías.

Lo que entristece, empero, no es sólo la conducta de algunas personas. Es el silencio de las instituciones democráticas. Los medios hablan y cumplen con su papel. Lo cumplen tan bien que son confundidos por quienes soportan las fechorías como si fueran ellos y no la policía los que descubren los desatinos o como si sirvieran a la oposición, interesada en desgastar al gobierno.

Recientemente, algunas instituciones del Estado en Brasil han empezado a actuar responsablemente: el Ministerio Público poco a poco ha perdido su pátina ideológica para concentrarse en lo que es debido, la defensa de la ley a nombre de la sociedad. Los tribunales, especialmente después de que se organizó el Consejo Nacional de Justicia (creado en 2004, el CNJ desarrolla programas y proyectos para garantizar el control procesal y administrativa, la transparencia y el desarrollo del Poder Judicial), empiezan a sacudirse la pereza y a juzgar, dándoles igual si el reo es potentado o pobretón. Pero el Congreso y los partidos están lejos de corresponder a las ansias de quienes redactamos la constitución de 1988.

El congreso, que en la Carta Magna de 1988, por su inspiración inicial parlamentarista, quedó con enormes responsabilidades de fiscalización, prefiere callar y someterse dócilmente al Ejecutivo. Volvemos a los tiempos de la Antigua República (o la Primera República) de 1889-1930, con unas elecciones a punta de castigos (una forma de elección en la que el voto era abierto y no secreto, y los caciques políticos controlaban a los electores) y las Comisiones de Verificación de los Poderes, que anulaban a los oposicionistas. Sólo que ahora somos “modernos”: no se hace fraude en el voto; las mayorías se aseguran en los mostradores de los ministerios, ricos en contratos, y por torcidas enmiendas parlamentarias. Con mayorías de 80%, parece hasta injusto pedir que actúe la oposición. ¿Cómo?

De todas maneras, es necesario vociferar y mostrar indignación y repulsa, aunque poca se consiga en la práctica, aun sin esperanzas de victoria o retribución inmediata, como se hacía en tiempos del autoritarismo. No hay bien que dure toda la vida ni mal que no se acabe. Llegará el momento, como llegó en los años 1980, en que, con toda la apariencia del poder, el sistema hará agua. Entre los cientos o quizá miles de personas que se benefician con la maquinaria del poder y los millones de personas “emergentes”, ávidas de mejorar sus condiciones de vida en este Brasil eterno, hay espacio para nuevos sermones.

¿Nuevas ilusiones? Quién sabe. Pero sin ellas, queda sólo la rutina de lo ya visto, de las fechorías y de los “no sé, no vi, no me comprometo”.

 

© 2012 Agencia O Globo (Distribuido por The New York Times Syndicate)