Desmitificar el engaño oficial

Cuando me empeñé, durante los años 1990, en hacer algunas reformas y modernizar la estructura productiva de Brasil, tanto de las empresas privadas como de las estatales, no lo hice movido por caprichos o por subordinación ideológica. Se trataba, pura y simplemente, de adecuar la producción brasileña y el desempeño del gobierno a los nuevos tiempos (sin discutir si son buenos o malos, mejores o peores que las experiencias de tiempos pasados).

Eran, como lo son todavía, tiempos de globalización impulsados por las nuevas tecnologías de comunicación e información, como la Internet, y por los avances en los medios de transporte, como los buques portacontenedores, que permitieron maximizar los factores productivos a escala mundial. De ahí en adelante, la producción se repartió por todo el mundo, con independencia del país de origen del capital. Los mecanismos financieros, a su vez, englobaron todos los mercados, interconectados por las computadoras.

En las nuevas condiciones mundiales, o Brasil se integraba en los flujos productivos del mercado de manera competitiva y, en la medida de lo posible autónoma, o perecía en el aislamiento y la desventaja competitiva, por el atraso tecnológico y por la ineficiencia de la maquinaria pública.

Las privatizaciones fueron sólo una parte del proceso modernizador, tan importante como lo fue la transformación del sector productivo estatal. El objetivo era transformar las empresas estatales en compañías públicas, sometidas a reglas de administración, fuera del control de los intereses político-partidistas, capaces de competir en el mercado y de beneficiarse de su dinámica.

El alboroto de la oposición, con Luiz Inácio Lula da Silva y su Partido de los Trabajadores (PT) a la cabeza, fue enorme. Acusaba al gobierno de seguir políticas ”neoliberales’’ y de haberse sometido al ”consenso de Washington’’. A cada licitación pública para la exploración de un campo de petróleo (especialmente de aquél donde se vino a descubrir petróleo en el manto pre-salino) llovían protestas y movilizaciones de ”organizaciones populares’’, así como acciones judiciales para paralizar las decisiones.

Con igual o mayor vigor, la oposición y los sectores de la sociedad que todavía no se daban cuenta de las transformaciones por las que estaba pasando la economía global, protestaban contra las concesiones de servicios públicos, como en el caso de la telefonía y llegaban a la desesperación cuando se trataba de privatizar una empresa como la Vale do Rio Doce, que era una de las compañías mineras más grandes del mundo, o las siderúrgicas (que, ¡ay!, fueron privatizadas en los gobiernos de los presidentes José Sarney, 1985-1990, e Itamar Franco, 1992-1995).

Se alegaba que las empresas se malbarataban y vendían a precios irrisorios. En realidad, en el caso de la telefonía, se vendieron 20 por ciento de sus acciones, que garantizaban su control, por 22 billones de reales, precio que superó en más de 60 por ciento el valor mínimo establecido. Además de eso, la privatización permitió un gran volumen de inversiones en los siguientes años, sin faltar el salto tecnológico y el aumento de producción que rindieron las privatizaciones al país. Por ejemplo, pasamos de 2 millones de teléfonos celulares en los años 1990 a 260 millones hoy en día.

Se decía que las privatizaciones reducirían el número de empleos, cuando en realidad hubo una expansión laboral extraordinaria. Que la compañía Vale estaba siendo entregada a cambio de nada, cuando fue difícil encontrar participantes en la licitación porque su valor, en esa época, parecía elevado. Y si hoy vale billones es porque hubo inversiones y acción empresarial competente (digamos de paso que, en impuestos, Vale paga hoy al gobierno mucho más de lo que pagaba en dividendos cuando era una estatal). La Empresa Brasileña de Aeronáutica, Embraer, de estar casi quebrada pasó a ser una de las mayores compañias del mundo: en cuarto lugar después de Bombardier, Airbus y Boeing.

Todo eso se suspendió a partir del gobierno del presidente Lula da Silva, en su afán de mantener el estigma de ”vendedor del patrimonio nacional’’ y neoliberal sobre el gobierno anterior. Nada de concesiones, privatizaciones o modernizaciones que olieran a globalización.

Cuando los vientos del mundo favorecieron la valorización de las mercancías agromineras, gracias a China, y hubo abundancia de dólares, la máquina económica echó a andar a todo vapor y creó la ilusión de que bastaba con expandir el crédito, bajar los intereses e incentivar el consumo para que el producto interno bruto creciera y se generalizara el bienestar.

La crisis financiera global de 2007 a 2009 le dio al gobierno de Lula da Silva la oportunidad, bien aprovechada, de hacer políticas anticíclicas con resultados positivos. Pero una vez terminados los efectos de la crisis, los gobiernos de Lula da Silva y de la presidenta Dilma Rousseff hicieron una lectura errónea. Estaba dada la licencia para enterrar el pasado reciente de los años 1990 y adherirse sin embozos al populismo económico: más Estado, más impuestos, menos intereses, más salarios, más consumo y al diablo con las concesiones y las modernizaciones, al diablo con el papel regulador del estado – a través de sus agencias – en relación con el mercado.

Pero no dio para más. El gobierno de Rousseff, presionado por las dificultades de hacer funcionar la maquinaria pública y por la sociedad que exigía servicios de mayor calidad, redescubrió las concesiones (ah, pero no son privatizaciones, dicen, como si se hubiera hecho otra cosa con las telefónicas …). Y las hizo pero mal hechas: poco dinero privado y mucho crédito público.

Ahora se da cuenta de los malos resultados producidos por la recuperación de las empresas estatales por los partidos, como se ve en la compañía de Petróleo Brasileño, S.A. (Petrobras) y en la Caja Económica Federal, así como en el uso abusivo del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social. E incluso hubo una pérdida millonaria de recursos, se crearon nuevos ”esqueletos’’ (deudas no reconocidas públicamente) y contabilidades creativas impuestas para esconder las transferencias de recursos no declaradas en el presupuesto.

¡Cómo debe estar arrepentida la presidenta Rousseff, en el caso de Petrobras, de no haberse desembarazado de la responsabilidad política legada por su antecesor, que permitió que los intereses privados y públicos penetraran a fondo en las empresas estatales!

A pesar de todo, el PT y el gobierno ya se están preparando para engañar al pueblo en la próxima campaña para las elecciones de octubre, presentándose como defensores del interés popular, como si éste fuera lo mismo que la estatización y la hegemonía partidista, y estigmatizando a sus adversarios como representantes de las élites y fiadores de los intereses extranjeros.

Le corresponde a la oposición desmitificar tanto engaño, echándose a la uña el trompo de los escándalos de Petrobras, rechazando el matiz ideológico de ”neoliberal’’ y reafirmando la urgencia de cambiar los criterios de administración de las empresas estatales.

La diplomacia inerte de Brasil

El domingo de Carnaval, lo reconozco, no es el mejor día para leer un artículo sobre política internacional. Pero, ¿qué se la va a hacer? Coincidió que el día de mi columna fuera hoy y no tengo ni aptitud ni voluntad para escribir sobre las alegrías del Rey Momo (un personaje del Carnaval). Por más que nos anestesiemos con el Carnaval, el medio que nos rodea no da para alegrías duraderas.

Comencemos desde el principio. Me parece que hubo un error estratégico desde el gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva en la evaluación de las fuerzas que predominarían en el mundo y de la posición de Brasil en el orden internacional que se trasformaba. No me refiero a lo que me gustaría que hubiera ocurrido, sino a las tendencias que objetivamente se fueron configurando. Nuestra diplomacia se guió por la convicción de que estaba surgiendo un nuevo mundo e hizo que el presidente, en su búsqueda natural de protagonismo, fuera el heraldo de los nuevos tiempos.

La convicción implícita era que, después del la caída del Muro de Berlín, después de un breve periodo de casi hegemonía de Estados Unidos, predicada por los teóricos del neoconservadurismo y de la ristra de equívocos de política exterior de ese país (invasión de Irán y de Afganistán, aislamiento de Rusia, apoyo acrítico a Israel en su política de asentamientos de colonos, etcétera) y de los desastres provocados por esas actitudes, asistiríamos a la corrección del rumbo.

De hecho, hubo esa corrección de rumbo, pero la dirección que esperaban la cúpula de la diplomacia brasileña y los sectores influidos por el ala anti-estadounidense del Partido de los Trabajadores (PT) era la del ”ocaso de Occidente’’, con la pérdida relativa de protagonismo estadounidense y la emergencia de nuevas fuerzas: China (lo que ocurrió), el mundo árabe, en especial los países petroleros, África y, naturalmente, América Latina como parte de este ”tercer mundo’’ renacido.

Esta visión encuentra sus raíces en nuestra cultura diplomática desde los tiempos de la ”política exterior independiente’’ de Jânio Quadros (político que solo duró siete meses en la presidencia de Brasil en 1961), y tiene ecos en los sentimientos de buena parte de los brasileños, incluso del autor de estas líneas. Siempre soñamos con un mundo multipolar en el cual los ”grandes’’ tuvieran que compartir el poder y nosotros, los brasileños, poco a poco nos volveríamos actores legítimos en el gran juego de poder global.

Sin embargo, una cosa es desear un objetivo y otra es analizar las condiciones de su posibilidad y actuar para que, dentro de lo posible y buscando ampliar los límites, nos acerquemos a lo que consideramos el ideal. En eso fue donde el gobierno de Lula da Silva calculó mal. Si Europa, sobre todo después de la crisis financiera de 2008, perdió tiempo en tomar decisiones y está hasta ahora empantanada en la indefinición de hasta qué punto necesitará integrarse más (compatibilizando las políticas monetarias con las fiscales) o volver a ser, para usar los términos de Charles de Gaulle (presidente de Francia, 1959 a 1969) la ”Europa de las patrias’’, China no se perdió en los devaneos maoístas ni Estados Unidos en el neoconservadurismo que consideraba que podría actuar como si fuera una hiperpotencia.

Por el contrario, China lanzó reformas para invertir el polo inversión-consumo, disminuyendo la primera e incrementando el segundo; los estadounidenses, por su parte, hicieron a un lado la ortodoxia monetarista, recalibraron su política exterior y le apostaron a la innovación en fuentes de energía. Ahora proponen la coexistencia competitiva pero pacífica con China, basada en el comercio, y lanzan salvavidas para que Europa salga del marasmo y se incorpore a un Estados Unidos que actuaría como bisagra entre China y Europa, formando un formidable tripié.

En cuanto a eso, Brasil tuvo reuniones con árabes, que no dejan de tener su importancia, propuso negociaciones sobre Irán en coordinación con Turquía (imagínense si los turcos hicieran lo mismo, proponiendo ayudar a Brasil para resolver el litigio de las papelerías entre Uruguay y Argentina), y abrió embajadas en las islas más remotas para, con el voto de países sin peso en la mesa de negociaciones, llegar al Consejo de Seguridad. Por otro lado, se comporta tímidamente cuando la compañía de petróleo Petrobrás es expropiada por Bolivia, interfiere contra el sentimiento popular en Honduras, se abstiene de entrar en rencillas profundas, como el conflicto argentino-uruguayo, además de callar ante manifestaciones anti-democráticas cuando éstas ocurren en algunos países de influencia ”bolivariana’’ (los países ”bolivarianos’’ son seis: Perú, Bolivia, Ecuador, Colombia, Venezuela y Panamá).

En otros términos, nos equivocamos al elegir aliados, aunque en sí misma sea deseable la relación Sur-Sur, y menospreciamos a los actores que están saliendo de la crisis como principales conductores de la agenda global, excepción parcial hecho de China (en este caso, no hay menosprecio pero falta una estrategia). Estamos perdiendo liderazgo en América Latina, hoy atravesada por la cuña bolivariana que parte de Venezuela con el apoyo de Cuba, se extiende hacia arriba hasta Nicaragua, pasa por Ecuador abajo, desciende directamente a Bolivia y llega hasta Argentina. En el otro polo se consolida el arco del Pacífico, que engloba a Chile, Perú, Colombia y México, y nos quedamos acorralados en el Mercosur (Mercado Común del Sur), sin acuerdos comerciales bilaterales y, peor aún, callados ante las tendencias antidemocráticas que surgen aquí y allá.

Todavía ahora, en la crisis de Venezuela, es increíble la timidez de nuestro gobierno para hacer lo que debe de hacer: no digo apoyar a alguno de los bandos en que se ha dividido el país, sino por lo menos actuar como pacificador, restableciendo el diálogo entre las partes, salvaguardando los derechos humanos y la ciudadanía.

El Mercosur se ha puesto desabridamente del lado del gobierno del presidente Nicolás Maduro. Brasil, se encoge tímidamente en tanto el partido de la Presidenta Dilma Rousseff apoya al gobierno venezolano sin ninguna reserva por las muertes, el encarcelamiento de opositores y la cortina de humo que quiere hacer creer que el peligro viene del exterior y no de las pésimas condiciones en que vive el pueblo venezolano. Actuando así, ¿cómo podríamos esperar que, llegada la hora, la comunidad internacional reconozca el derecho que nosotros los brasileños creemos tener (y que de hecho, podríamos tener) de ocupar un asiento en las grandes decisiones mundiales? Fuimos incapaces de actuar y nos quedamos paralizados en nuestra área de influencia directa.

De continuar así, ¿qué contribución daremos al nuevo orden mundial?

Llegó la hora de corregir el rumbo. Que la crisis venezolana nos despierte del letargo.

Cambiar con los pies en la tierra y la mirada en el futuro

Los sondeos de opinión indican que los electores están empezando a mostrar cansancio. Fatiga de material. Hace 12 años que Luiz Inácio Lula da Silva y la política del Partido de los Trabajadores (PT) imponen un estilo de gobernar y de comunicarse que, si bien tuvo éxito como propaganda, ahora está dando señales de fragilidad.

Toda la comunicación política se centralizó, se creó una red eficaz de difusión de versiones y difamaciones oficiales por todo el país, los asesores de comunicación y los blogueros distribuyen comunicados y materiales a granel (pagados por las arcas públicas y las empresas estatales) y se difundió el ”Brasil Maravilla’‘ que habría empezado en 2002. Pero ocurre que la realidad existe y que a veces se produce lo que los psicólogos llaman ”disonancia cognitiva’’.

Mientras los efectos de las políticas de distribución de ingresos (creadas por los miembros del Partido de la Social Democracia Brasileño, los tucanes) eran novedad y la situación fiscal permitía aumentos salariales sin acarrear consecuencias negativas en la economía, todo iba bien. El cántico de alabanzas de la propaganda encontraba ecos en la percepción de la población.

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Cambiar el rumbo de Brasil

Año nuevo, esperanzas de renovación. Pero ¿cómo? Sólo si cambiamos el rumbo, empezando por la visión del mundo que resurgirá de la crisis de 2007-2008. El gobierno del Partido de los Trabajadores (PT), sin decirlo, le apostó todas sus fichas a la “declinación del Occidente”:

  • De la crisis surgiría una nueva situación de poder en la cual los países de BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), el mundo árabe y lo que sería el antes llamado Tercer Mundo tendrían un papel destacado.
  • Europa, abatida, haría contrapunto a unos Estados Unidos menguantes.

No es eso lo que está sucediendo: los estadounidenses salieron adelante, después de cierta confusión para salvar su sistema financiero y ahogar al mundo en dólares, logrando además un fuerte arranque en la producción de energía barata. Y el mundo árabe, después de la primavera, sigue desgarrándose entre chiítas, sunnitas, militares, laicos, talibanes y lo que más haya. Rusia se convirtió en productora de materias primas.

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Señales alarmantes en Brasil

Finalmente se hace justicia en el caso de las mensualidades (un esquema de compra de votos de parlamentarios) en Brasil. Escribo sin ningún júbilo: es triste ver en la cárcel a gente que en otras épocas luchó con desprendimiento. Está presa al lado de otros que se dedicaron a forrarse los bolsillos y a pagar sus campañas a costa del tesoro público.

Más melancólico aún es ver a personas que antes se la jugaban por sus ideales –aunque fueran éstos controvertidos– levantando el puño como si vivieran una situación revolucionaria en el mismo instante en que juran fidelidad a la Constitución. ¿Dónde está la revolución? Gesticulan como si fueran un Lenin que recibiera dinero sucio y lo usara no para construir una “sociedad nueva”.

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Vandalos y demandas justas

Las noticias de la semana que acaba de terminar no fueron nada auspiciosas, ni en el plano internacional ni en el local.

Una decisión de la Suprema Corte de Argentina, bajo fuertes presiones del gobierno, dio el visto bueno a una ley que regula la concesión de los medios de comunicación. En teoría, no habría nada extraordinario en hacerlo. Pero en la práctica se trata de una medida específicamente contra el grupo que controla el periódico Clarín, firme opositor del ”kirchnerismo’’ (la política de los Kirchner, Néstor y su esposa Cristina). Se restringe a un grupo de comunicación opositor al gobierno con el pretexto de garantizar la pluralidad de las normas de concesión. Con todo, ya hay un trato privilegiado para el Estado y para las empresas amigas del gobierno.

De Venezuela vemos noticias de una parranda increíble: las ciudades del país amanecieron cubiertas de carteles en contra de la ”trilogía del mal’‘, es decir, los principales líderes opositores a los que se les atribuyen todas las dolencias del gobierno. Es por causa de ellos, acusan, que hay desabasto, falta de energía y crisis de divisas, además de inflación. Todo para atizar el odio popular contra los adversarios políticos del gobierno, presentándolos como enemigos del pueblo.

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