Caracas y Kiev, dos caras de una misma moneda

María Belén Chapur

Durante las épocas de vacas gordas todo parece tolerarse bien. Aun las erradas políticas emanadas de los gobiernos, que más que estar dirigidas al bien común apuntan a perpetuarse en el poder. Pero el problema surge cuando toca la época de vacas flacas, que inexorablemente llega para todos. Es ahí donde se desatan todo tipo de tragedias. Violencia que emana tanto del Estado como de los oprimidos, ya cansados de ser ignorados, maltratados y privados de libertades básicas. La violencia engendra violencia, transformando las calles de estas dos ciudades en ríos de sangre, que recorren ambos países.

Venezuela y Ucrania son portada de todos los diarios del mundo como consecuencia de los terribles hechos ocurridos en los últimos días, que han dejado un saldo de injustificables muertes. No hay país en América que no se haya hecho eco del horror vivido en Venezuela, así como tampoco país europeo que no refleje las atrocidades ocurridas en Ucrania. Cada región está preocupada por el conflicto más cercano, y el miedo a que se desaten guerras civiles que no harían más que traer desgracia y miseria.

Por un lado tenemos una Venezuela colapsada económicamente, con un índice de inflación por encima del 50%, un bolívar completamente devaluado, escasez de bienes básicos como alimentos y medicamentos entre otros tantos. Un gobierno que ya no encuentra recursos, dado que privó a su población de todas las libertades posibles, pero no pudo quitarle su dignidad. La juventud lanzada a las calles pide una Venezuela más justa donde haya oportunidades para todos y no sólo para algunos. Una juventud cargada de bronca que siente que no tiene mucho que perder ya que le robaron el presente y el futuro.

Nicolás Maduro, por su parte, no debe olvidarse en primer lugar que está lejos del carisma que supo tener Chávez, más allá de sus aciertos y desaciertos; en segundo término, que ganó las elecciones hace poco menos de un año con tan sólo el 51% de los votos, el 49% no lo votó, que no es poca cosa, y dada la situación económica a la que llevó al país en estos meses de gestión, no extrañaría que este número haya aumentado, perdiendo hoy legitimidad su mandato, producto de sus propios errores. Por último, militarizó al Estado no siendo él un militar. Distribuyó hombres provenientes de las fuerzas armadas en distintos ministerios, confiando en que así le deberían lealtad, pero se olvidó de que en el mundo mágico del poder hay intrigas y traiciones palaciegas que son parte de la realidad más que de la ficción. Esos mismos militares, al observar el fracaso de sus políticas, lo dejarán caer pero querrán conservar el poder. El honor se perdió hace tiempo. En su vida republicana, Venezuela ha tenido más presidentes militares que civiles.

El encarcelamiento de Leopoldo López, uno de los líderes opositores más radicales perteneciente a Voluntad Popular, no hará más que mitificarlo, transformándolo en héroe nacional, asegurándole así la candidatura y hasta la presidencia de Venezuela en un futuro no lejano. Quizás a esto se deba el silencio de Henrique Capriles en un primer momento, hasta que finalmente decidiera el jueves salir del ostracismo para brindarle su apoyo. López definitivamente le quitó protagonismo. En la era democrática de Venezuela, desde el gobierno de Rómulo Betancourt (1959-1964) hasta el de Hugo Chávez (1999-2013), exceptuando sólo a Rafael Caldera -quien igualmente estuvo exiliado durante ocho años en Costa Rica y fue un perseguido político-, todos los presidentes que llegaron a ocupar la silla de Miraflores fueron presos políticos anteriormente a ser electos, bien sea por conspirar o por no estar de acuerdo con el régimen del momento.

Ucrania tiene una historia diferente ya que nació dividida. La mitad oeste es fiel a sus antepasados austrohúngaros inclinándose por el lado europeo, mientras que la parte este responde a Rusia. Si bien Viktor Yanukovich, su presidente, es el autor material de la represión llevada adelante en estos días, el actor intelectual e instigador es Vladimir Putin, el flamante y todopoderoso presidente de Rusia. No menos responsable es la Unión Europea quien al momento de intentar acordar una asociación con Ucrania exigió más allá de lo que ésta podía dar, dejando un espacio a Putin que supo aprovechar y muy bien. Dio ayuda que parecía incondicional, para luego comenzar a exigir.

Todo comenzó en noviembre pasado cuando Yanukovich rechazó asociarse a la Unión Europea, llegando su premio mayor en diciembre, cuando el Kremlin le otorgó un crédito de 15.000 millones de dólares (de los cuales ya le fueron entregados 3.000), y le concedió una importante rebaja en el precio del gas. Esto trae como consecuencia un descontento social que se manifiestó en un comienzo con protestas pacíficas que pedían la dimisión del gobierno. Si bien económicamente Ucrania no estaba pasando por uno de sus peores momentos, el descontento surge por la corrupción gubernamental y la falta de libertades. A partir del 2014 oportunistas extremistas -que siempre los hay en ambos bandos- se infiltraron y las protestas se tornaron más violentas. El gobierno salió a reprimir brutalmente, dejando un saldo hasta el momento de 75 muertos.

Tanto Putin como varios de los gobiernos europeos enviaron mediadores con el fin de pacificar la situación y encontrar una solución. Una sería adelantar las elecciones que tendrían lugar recién en el 2015. El problema es que no hay ningún candidato de peso con aceptación popular. Por un lado, Rusia ve la oportunidad de recobrar Crimea, otorgada en 1959 a Ucrania por Nikita Khrushchev en un momento de delirio, ya que nadie entiende por qué la entregó. Por otras parte, Europa ve el momento de enfrentar a Putin y demostrarle que todas las naciones que algunas vez fueron parte de la URSS hoy son independientes y ya no le pertenecen más.

Habrá que ver cómo sigue la historia de estas dos naciones unidas por el horror. Que la sangre derramada no sea en vano y encuentren una salida lo antes posible aunque no soy demasiado optimista al respecto.