La carga de la cruz

Mundo Asís

Sergio Schoklender, El Cuadro, es, a la señora Hebe de Bonafini, lo que Amado Boudou, El Descuidista, es a la señora Cristina Fernández, Nuestra César.
La representación viva del error cometido.
Hebe, por instinto autoritariamente maternal.
Cristina, por crepitante caprichito de adolescente tardía.

Arrastran -ambas- la carga de la cruz, pesada y permanente. Con alguna diferencia sustancial.
Por ejemplo Hebe no puede decirle a Cristina lo que Cristina sí pudo decirle a Hebe.
“Sacate a ese tipo de encima, por favor, por el bien de las Madres”.

Aparte, Hebe no puede pedir que lo bajen a Amado porque, con las Madres, el “muchacho encantador” de Mar del Plata jugó muy bien.
El Descuidista tenía la instrucción de Nuestra César. Cuidarla a Hebe. Resolverle todos los problemas políticamente inmobiliarios.

La Bolita y El Paragua

Consta que Cristina, según nuestras fuentes, le pidió a Hebe la cabeza de Sergio.
Fue durante la aún confusa invasión del Parque Indoamericano. Instancia que reclama un émulo romántico de Rodolfo Walsh. Faena demasiado honorable que aquí no interesa.
Cuando todavía estaban tibios los cuerpos de los dos asesinados que no movilizan el menor afán de esclarecimiento. Pese a (o por) ser inmigrantes y pobres.
Trátase de una mujer boliviana y un señor paraguayo. La “Bolita” y el “Paragua”.
Sospechosamente ninguna venerable organización de derechos humanos los toma como causa.
Nadie planifica organizar siquiera una miserable marchita por la memoria de Rosemari Chuna Puña y Bernardino Salgueiro.
Los Kosteki y Santillán del cristinismo.

Chuna Puña y Salgueiro, La Bolitay el Paragua, son los dos extraños garrones que supieron digerirse entre las dos policías. La Federal y la Metropolitana.
Aunque los “canas”, los “federicos” o los “metropolitanos”, estaban ubicados, según nuestras fuentes, a 300 metros del obrador de Madres, desde donde partieron los disparos.

¿Quién mató -entonces- a La Bolitay El Paragua?
(En el Portal nadie tiene el Complejo de Rodolfo Walsh)

Dragón de Tierra como el Ché

Hebe es consciente que su capacidad ambulatoria se la debe a Nuestra César. Porque debería estar, por lo menos, en encierro domiciliario.
Por lo que firmó. O por -en su versión de la historia- todo aquello que El Cuadro, su máximo error de autoritaria, le hizo inocentemente firmar.

A los 84 años, Dragón de Tierra como el Ché Guevara, mientras carga con la cruz, Hebe experimenta que El Cuadro se luce como víctima. Con declaraciones televisivas de analista convincente y desapasionado.
Hebe sabe también que Madres, como organización, carece de destino estratégico. La biología resulta -aquí- duramente inapelable.
Por más que la ayude un experto en descuidismo, como el simpático encantador de Mar del Plata, tampoco tiene la menor posibilidad de justificar, administrativamente, entre 500 y 700 millones de pesos. El faltante que, entre tanto fragor socialmente humanitario, alguien, acaso una banda, se los supo evaporar.

La respetabilidad de Madres -“emblema de lucha y resistencia contra la Dictadura”- quedó definitivamente salpicada por las evidencias macabras del vaciamiento. Del delito.
Con la epidemia del kirchnerismo, Madres alcanzó el punto más alto en materia de reivindicación. Para estrellarse, de pronto, como cualquier constructora fraudulenta y quebrantada.
Como si fuera una inmobiliaria irresponsable, dilapidada por magníficos truhanes.

Las facturas del error

Nuestra César -mientras carga con la cruz de El Descuidista- tampoco tiene otra alternativa que respaldarla a Hebe, que arrastra la suya. La cruz de El Cuadro. Que le gana ampliamente. La golea por Cuadro.

Paga Nuestra César la doble factura. Correspondiente al error (el autoritarismo maternal) de Hebe. Como paga la factura cotidiana de respaldar a El Descuidista.
Al que aborrecen, a coro, tanto Zannini, El Cenador (ampliaremos), como el Niño Máximo.
La estampilla del error está pegada en la frente de Nuestra César. Mantiene el rostro sonriente del muchacho encantador.

Debe Cristina respaldarla a Hebe, primero, porque ideológicamente la respeta. Y personalmente la quiere. Solidaridad barrial de La Plata.
Pero también persiste la conveniencia inconfesablemente política.
Aunque las admirables dirigentes humanitarias, Hebe y Estela, se detesten con énfasis entre sí, Madres y Abuelas resultaron escenográficamente fundamentales para proporcionarle -al gobierno específicamente recaudador-, la aureola protectora del progresismo, que suele brindar garantía de impunidad.
Para obtener la simpatía relativamente redituable de los sectores emotivos de la izquierda. Los que participan de las glorias de la Revolución Imaginaria. Y se permiten digerir, incluso, hasta la piadosa actualidad de la señora Felisa Miceli. Hoy apartada hasta de Madres, tratada a ostensible distancia.

Pobre Felisa

Pobre chica, de pasado honestamente militante. Felisa, otra Dragona, pero de Agua, supo elevarse, por el dedo de El Furia, hacia el Ministerio de Economía.
Hasta cometer el error involuntario de descomponerse en un almuerzo aburrido e institucional. Por la hipotensión que se extiende. Complemento elemental de las traiciones mínimas.

Aparte, como confirma la Garganta, El Furia “nunca aprobó el cuentapropismo”.

La llevaron desde el almuerzo con banqueros rápidos, a la señora ministra, hasta su hogar.
No pasó por su despacho a retirar la bolsita que, algún alma solidaria, le dejó olvidada en el baño.

Es -el baño- el único ámbito del despacho ministerial que, por lógica privacidad, nunca admite el alcance de las cámaras de seguridad.
Cuesta inexplicablemente averiguar quién le pidió prestado el acceso al baño, aquella maldita mañana, o en la semana, a la Ministra Miceli. Para hacer pipí.

En soledad, la pobre Felisa arrastra también la cruz personalmente intransferible.
Como Hebe arrastra la carga de El Cuadro.
Y como Nuestra César arrastra, transitoriamente, la cruz de El Descuidista.

Oberdán Rocamora
para JorgeAsisDigital.com