Podés pensar distinto a Durán Barba

El sábado pasado salió publicada en La Nación una entrevista a Jaime Durán Barba que levantó una polvareda. Picante, irreverente, con algunas definiciones políticas interesantes que creo merecen algún comentario o respuesta.

El primer punto que me llamó la atención es que plantea que “el 80% de la gente odia a la ideología”. Precisando que en una encuesta reciente ante la pregunta “¿Usted se interesa mucho, algo o no le interesa nada la política? (respondieron) se interesa mucho por la política, 18%. Se interesa algo 30%. Y a los demás no les interesa para nada”. Contraria a la conclusión de Jaime diría que al menos un 48% se interesa algo por la política.

Sin embargo, para comenzar la polémica, creo que “la gente” no odia la ideología, en todo caso odia que se le hable en un lenguaje que no comprende o de cosas que no le interesan (además la pregunta habla sobre el interés en política). La ideología va mucho más allá de un conjunto de definiciones políticas, es el conjunto de valores y creencias que nos permiten a cada comprender nuestra realidad. Es el sistema operativo bajo el cual operan las personas. Todos tenemos ideologías más allá de que seamos o no capaces de definirla.

En segunda instancia, Durán Barba plantea que el PRO es un partido de nueva izquierda. Entiendo que esto es más una provocación que una precisión. Dudo que se refiera por “nueva izquierda” a la corriente ideológica que durante los 60 y 70 en EEUU se asociaba a la lucha “anti-establishment” con una estética contracultural o a su expresión inglesa signada por un revisionismo marxista. Para sostener su definición dice que “es un partido totalmente inclusivo, respetuoso. Hay armenios, judíos, islámicos en las listas. (…) Hay respeto total a los homosexuales.” ¿Eso es la nueva izquierda? Creo que lo que quiso decir es que no es un partido conservador.

Dudo que la definición de Durán Barba haya sido inocente. Es una persona sumamente formada y que maneja un gran volumen de información. La pregunta es “por qué” Jaime anima una definición de ese tipo. La oferta electoral o posiciones políticas suelen explicarse a partir del teorema del votante mediano. El votante mediano es un sujeto que divide al electorado a la mitad. Hay tantos votantes de un lado como del otro en torno al conjunto de variables bajo análisis. Ese votante define al “centro” político.

Todos los candidatos presidenciables suelen aspirar al votante mediano que concentra a su alrededor al grueso electoral. La definición de Jaime Durán Barba nos ofrece dos indicios: a) la mayoría de los electores se identifican más con “la izquierda” que con “la derecha” (corriendo el “centro” hacia la izquierda); b) el PRO debe ser identificado aún por algunos sectores como de derecha (construcción que se ha instalado más por insistencia mediática que por algún sustento empírico sobre el análisis de la gestión).

Voy arrimar alguna definición sobre la ideología del PRO. En mi experiencia en el frente me he cruzado tanto con gente de centroizquierda y de centroderecha. La verdad es que si tuviéramos que definir una ideología a partir de quienes integran al universo PRO tendríamos un problema. Si miramos la gestión tampoco podríamos sacar una conclusión acerca de si es de izquierda o de derecha. Mauricio Macri suele sostener: “¿el Metrobús es de derecha o de izquierda?”

El foco está puesto en brindar soluciones a los ciudadanos. Es una estructura política de servicio. Más allá de que el PRO no posee una ideología definible “a priori”, existe un paraguas contenedor que representa la ideología de base sobre la cual se dialogan las diferencias que contiene el espacio: el New Public Management.

El NPM es una corriente modernizadora que busca generar una gestión eficiente y eficaz al servicio de las necesidades reales de los ciudadanos. Busca poner al Gobierno al servicio del ciudadano. Buscando así disminuir el daño que le genera al contribuyente la ineficiencia y la corrupción. Cambiando así al rol del Estado.

Peter Drucker, uno de los mayores especialistas en administración, sostuvo que el management es hacer las cosas correctamente y liderar es hacer lo correcto. Quienes integramos Unión PRO partimos con ventaja por tener el ojo puesto en la gestión, pero tengamos siempre presente que toda decisión contiene ideología y liderar implica ponerla en práctica.

Cómo define la tecnología a la política moderna

¿Por qué votamos lo que votamos? Simpatía, expectativas de estar mejor, algún gesto que nos sedujo… Generalmente los motivos que definen nuestra elección dependen más de alguna sensación que de fundamentos complejos o abstracciones.

En su libro “Homo Videns. La Sociedad Teledirigida”, Giovanni Sartori  explicaba hace años cómo la comunicación audiovisual -liderada en aquella época por la TV- generaba una primacía de la imagen por sobre las abstracciones, de lo visible sobre lo inteligible en la formación cultural de las personas. Esto, finalmente, empobrecía la calidad de los ciudadanos y de las instituciones políticas. Por otra parte, rescata Internet como un canal que fomenta el diálogo y la discusión, aunque también sirve para propagar contenido “televisivo” que le resulta más cómodo a los perezosos.

Es innegable que las telecomunicaciones han incrementado exponencialmente el potencial humano vinculando a personas talentosas a lo largo y ancho del mundo facilitando el intercambio de ideas. El “costo” de dicha conectividad es también tener a disposición una infinidad de herramientas maravillosas para el ocio. Además, la falta de jerarquización de la información que permiten las redes sociales facilitan la desinformación, la manipulación y en última instancia la simplificación del pensamiento.

Nos encontramos entonces con un desafío por partido doble. Por un lado, las abstracciones o ideas complejas van perdiendo terreno ante formas de pensamiento más “light” por lo que el mensaje debe simplificarse. Y por otra parte la política debe disputar terreno ante una industria del ocio que cada vez encuentra formas más creativas de “empujar” su contenido al consumidor.

El compromiso con la política también cambió. El “militante” se convirtió en “voluntario” que presta una porción reducida de su tiempo para realizar alguna contribución por el candidato que le cae en gracia aumentando la cantidad de personas involucradas. Probablemente el voluntario desconozca la plataforma política, las propuestas concretas de gobierno y aún así estará convencido de las virtudes de su candidato.

Lo anterior no es para amargarse. En líneas generales se debe a que ha mejorado la calidad de vida de las personas: se han generado mejores instrumentos para divertirse y el compromiso con la política ha disminuido su rendimiento por el costo de oportunidad que representa. Internet facilita la participación política aumentando la “productividad” del tiempo invertido, facilita la auditoría permitiendo acercar información sobre el gobierno de manera más eficiente y potencia la participación ciudadana, tal como pudo demostrarse con experiencias como la presentada por el Partido de la Red con su plataforma DemocracyOS.

Esta nueva forma de consumir política empodera a los publicitarios y vuelve menos relevante el contenido del político. En este contexto necesitan reunir menos características asociadas al arte de gobernar para ganar las elecciones. Asimismo, los nuevos medios de comunicación disminuyen las trabas para que el mensaje llegue a los destinatarios por lo que disminuye la importancia del “aparato” tradicional y abre la política a nuevos actores. Todo esto permite que nuevas personas que antes no tenían posibilidad de acceder a la política lo hagan, “democratizando” la oferta electoral.

Las nuevas tecnologías redefinen el escenario político, acarrean el riesgo de resultar menos exigentes para los candidatos transfiriendo buena parte de la responsabilidad de su éxito a sus equipos de comunicación y creativos. Esto puede ser una oportunidad para que aparezcan nuevos actores menos dependientes de “aparatos” y con una cercanía más genuina con las personas. Será responsabilidad de todos nosotros trabajar para garantizar que todos los candidatos lleguen rodeados de equipos con idoneidad técnica suficiente y que cumplan adecuadamente los roles para los cuales resulten electos. Los riesgos pueden disminuirse con controles y mecanismos institucionales suficientes, pero ese es motivo para otra nota.

En defensa de la economía colaborativa

Siempre hubo personas que se opusieron al progreso, al menos entendido como modernización tecnológica. Recuerdo haber estudiado al movimiento obrero ludita o mecanoclasta que se caracterizó por destruir a las nuevas maquinarias que introducía la Revolución Industrial en señal de protesta. ¿Contra qué protestaban? Contra formas más eficientes de hacer las cosas que de golpe tornaron obsoletos ciertos roles, mecanismos que permitían que más personas puedan acceder a los bienes al reducirse su costo de producción.

Santiago Bilinkis, en su libro “Pasaje al Futuro”, comenta las nuevas tecnologías que nos depara el futuro y anticipa que la misma traerá asociada algún conflicto por trastocar las relaciones de poder existentes. Así como hace cientos de años, los sindicatos siguen oponiéndose a los cambios aunque beneficien al conjunto de la sociedad. Por ejemplo es elocuente ver cómo sostienen determinados puestos de trabajo que no le generan valor a la sociedad tales como los ascensoristas que existen en varias dependencias públicas o boleteros en estaciones de transporte público que bien podrían ser reemplazados por máquinas, entre otros.

El progreso hoy enfrenta nuevos obstáculos. Uno de ellos está dado por la resistencia de los gremios de taxistas al desembarco de la aplicación “Uber” en el mercado argentino. ¿Qué es Uber? Es una “App” que permite conectar a viajeros con choferes particulares. Hasta permite que pasajeros que no se conocen compartan un auto si van en la misma dirección.

El “problema” para los taxistas es que abre un mercado cautivo y le permite a los pasajeros elegir libremente entre múltiples opciones trayendo competencia a un sector donde se montó un oligopolio artificial. La aplicación perjudica fundamentalmente a los intermediarios y a los que apostaron a mantener los beneficios del sistema de oferta limitada. El sistema democratiza el transporte disminuyendo costos, ordenando de manera más eficiente la demanda y aumentando la oferta.

¿Quiénes se oponen a la llegada de Uber? Diversas entidades gremiales de taxistas (UPAT, SPT, ATC y la Cámara Empresaria de Autotaxis). Grupos que procuran mantener sus privilegios a costa de los consumidores. Enrique Celi, presidente de UPAT, dijo “Vamos a exigir al GCBA que no habilite el sistema Uber. Sería competencia desleal, no hay reglamentación en la ciudad para que funcione la aplicación”. Y agregó: “Ésta gente no va a cumplir nada y va a venir a romper el mercado”. Contradictorio: o no hay regulación, o no se cumple.

Es cierto que la legislación vigente no contempla específicamente la modalidad de UBER. Pero podemos procurar desentrañar la naturaleza de la actividad: ¿Es Uber un taxi o un remis?

El código de tránsito de la CABA (ley 2148) define remis en el punto 90 de su anexo como: “Automóvil de alquiler (…) con tarifa prefijada para el recorrido total(…).” y define Taxi como el: “Automóvil de alquiler (…) sin tarifa prefijada para el recorrido total(…)”. A su vez, la ordenanza N° 47561/94 establece en el punto 8.4.13 que: “Los conductores de vehículos afectados al servicio de remises sólo podrán tomar pasajeros en la vía pública cuando el servicio hubiere sido solicitado a la agencia prestadora, quedando prohibido pregonar y circular con tal propósito”.

Las diferencias operativas esenciales entre el servicio de taxi y el de remis son las siguientes: el remis no puede levantar pasajeros de la vía pública sin que hayan solicitado previamente el servicio y que el remis realiza trayectos con tarifas prefijadas. Uber sería algo intermedio: no levanta pasajeros en la vía pública circulando pero la tarifa no es prefijada. Ahí encontramos una primer particularidad: mientras que el remis debe exhibir su cuadro tarifario el taxista debe usar un taxímetro supervisado por el Estado para garantizar un servicio uniforme y “justo” para el pasajero a la hora de medir el recorrido y el tiempo. Uber en este punto es disruptivo: es una relación neta entre privados con un mediador imparcial que supervisa remotamente la relación controlando la tarifa y realiza la transacción sin posibilidad de defraudación entre las partes, tornando innecesaria la intervención del Estado dado que la empresa compromete su reputación al control justo y efectivo.

Por otra parte, en cuanto a la seguridad, mientras el remis debe estar inscripto en una remisería y en un registro especial (RUREM) siendo la agencia la que rinde cuenta de la identidad del remisero, en el caso del taxi el Estado es el fedatario sobre el servicio público. En el caso de Uber, más allá del alta inicial en Uber, que podría asemejarse al alta en la remisería, la reputación posterior del conductor depende del trabajo que realice. En este caso nuevamente el Estado no es necesario.

Cumpliendo los requisitos para operar como remis, conseguir la habilitación correspondiente para el vehículo y la licencia profesional, no habría razones para que dichos conductores operen bajo la órbita de funcionamiento de Uber. Si puedo arrimar una definición: Uber es la agencia de remis del siglo XXI. Claro que en mi opinión resulta innecesaria una licencia profesional para conducir bajo esta modalidad, pero dejamos este debate para otro día.

Dicho esto, no hay motivos para prohibir a Uber ya que sería absurdo exigirles requisitos mayores a los que se exige para un servicio similar (remise). Si queremos ponernos exquisitos con la ley alguien debería recordarle a los gremios que la Constitución de la CABA establece que “la Ciudad garantiza la defensa de los consumidores y usuarios de bienes y servicios, en su relación de consumo, contra la distorsión de los mercados y el control de los monopolios que los afecten” (art. 46) y que “Las autoridades proveen a la defensa de la competencia contra toda actividad destinada a distorsionarla y al control de los monopolios naturales y legales y de la calidad y eficiencia de los servicios públicos” (art. 49). Y Uber contribuye a disminuir las distorsiones que introducen los gremios en el mercado y a mejorar la calidad del servicio público de transporte automotor.

Además, según el art. 58 “El Estado promueve la innovación tecnológica, garantizando su difusión en todos los sectores de la sociedad, así como la cooperación con las empresas productivas. ” Si a Uber le niegan la habilitación bien podría demandar al Gobierno de la CABA en el marco de estos derechos que la Constitución le reconoce para operar.

Sin embargo, no escribo esta nota en apología de Uber sino de un nuevo esquema de organización económica que se viene. Uber es una herramienta insigne del esquema conocido como economía colaborativa. La economía colaborativa se caracteriza por la confianza y la relación p2p (peer to peer) o de persona a persona. Las “credenciales” que necesita un proveedor se obtienen a partir del reconocimiento (positivo o negativo) de pares del usuario que comparten sus experiencias y permite a las personas obtener eficientemente lo que necesitan los unos de los otros.

Gracias a la tecnología se puede lograr fondeo de proyectos (Crowdfunding) y préstamos entre personas eliminando así a intermediarios. Las nuevas tecnologías permiten que un montón de transacciones que antes requerían de instituciones “mediadoras” puedan ser resueltas ahorrando los costos de intermediación y simplificando los acuerdos entre las partes.

Los tiempos venideros enfrentarán a dos tipos de políticos: quienes queremos potenciar a los consumidores contra quienes quieren asegurarle sus beneficios a las corporaciones. ¿Vos de qué lado vas a estar?

Gane quien gane, ganamos todos

La decisión de la Coalición Cívica y de la Unión Cívica Radical de formar junto a Unión PRO una coalición que represente el Cambio que más del 70% de la sociedad demanda resulta auspicioso para el futuro de nuestra país. Hace casi un año escribí acerca de la necesidad de conformar este frente electoral y hoy los hechos acompañan aquellas expectativas.  Más allá de los distintos enfoques que pueda haber entre las tres fuerzas, lo cierto es que cualquiera de ellas trae algo que nuestro país necesita: estabilidad, seguridad y respeto a las instituciones.

En cuanto a la Ciudad de Buenos Aires, la semana pasada escribí sobre las internas que se llevarán adelante entre Cristian Ritondo, Gabriela Michetti y Horacio Rodríguez Larreta. La nota generó algunos reproches por parte de quienes no logran abstraerse de sus preferencias y son incapaces de pensar un proceso político desapasionadamente. Pensar nuestro contexto nos ayuda a curar heridas y nos cuida de cometer excesos. Creo que esta interna, tan novedosa, requiere que se la piense y quienes estamos dentro podemos contribuir con nuestras plumas a disminuir la angustia. No escribo a favor de ninguno de los candidatos. Reflexiono sobre lo que nos pasa, quizás así podamos manejarnos un poquito mejor.

Entiendo que no todos están contentos con cómo vienen dándose las cosas. Las reacciones de los voceros kirchneristas no se hizo esperar. El malestar que hoy se ve en varios de los actores del Gobierno Nacional es fruto de la inseguridad que proyecta el gran frente conformado. La inseguridad fundada en que la burocracia no cuenta con la independencia suficiente para que su suerte no dependa de quién sea la cabeza política del Gobierno. La falta de independencia burocrática deteriora la calidad democrática y hace que más allá de programas o visiones de gobierno muchas personas participen en una campaña por su subsistencia o continuidad laboral. Vale aclarar que la seguridad no puede venir sin exigirles que los puestos laborales se cubran por concurso, que el trabajo resulte auditado y se oriente la gestión al logro de objetivos que tengan al ciudadano como principal beneficiario y no sólo a grupos de interés.

La Argentina que viene nos ofrece grandes oportunidades para asentar las bases del Cambio necesario para promover el progreso en nuestro país. La meritocracia es uno de esos cambios fundamentales que necesitamos para que el Estado esté verdaderamente al servicio de los ciudadanos. Si logramos levantar juntos esa bandera, gane quien gane, ganamos todos.

La conquista de Michetti

Hace pocos días conversaba con un consagrado dirigente político sobre los procesos de internas. Dicho sujeto consideraba que la competencia entre diversas listas era propia de la “vieja política” y que lo “nuevo” era ponerse de acuerdo y resolver entre los aspirantes las diferencias constituyendo una lista única. Esta definición me hizo ruido y motiva la columna de hoy: ¿pertenecen las internas a la nueva o a la vieja política?

Siempre me sentí inclinado a promover la democracia dentro de las organizaciones. Por pura casualidad, durante mi adolescencia formé parte de la red internacional de jóvenes líderes llamada AIESEC, reconocida por la certificadora internacional Worldblu como una de las organizaciones más democráticas del mundo. La misma renueva anualmente de manera integral todos los puestos de liderazgo. En palabras de la certificadora, lo que define que una entidad sea democrática es que el sistema de organización se base en la libertad en lugar del miedo y el control. Esto es lo que permite amplificar las potencialidades del potencial humano.

Las organizaciones tienen una inercia hacia el conservadorismo. Quienes las lideran tratan de evitar que haya procesos que puedan cuestionar o rivalizar el orden que plantean por cuestiones de subsistencia de lo construido o de si mismos. En este marco es habitual ver que hay organizaciones con procesos formales de elecciones donde en realidad nadie rivaliza la distribución de poder y se replica incesantemente la voluntad de una persona o camarilla cumpliéndose así la máxima gatopardista: “si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”. Las internas representan la posibilidad de cuestionar efectivamente el orden coyuntural, el statu quo y permiten introducir innovaciones dentro de la organización.

La verdad es que la dicotomía “vieja” y “nueva” política empobrece el debate. Prefiero pensar qué instituciones garantizan una mayor democracia y un mayor desarrollo del potencial humano en libertad. Y en ese contexto creo que las elecciones internas libres son fundamentales para poder aspirar a una mejor calidad democrática.

Recuerdo que cuando me convocaron a formar parte del equipo nacional de juventud de Unión PRO hablé con el Presidente, Gustavo Senetiner, y coincidimos acerca de la necesidad de garantizar un proceso de elecciones libres y transparentes donde más de una lista pueda presentarse. En consonancia con eso, este año entre junio y noviembre la juventud nacional irá a elecciones internas para definir a sus representantes entre más de una opción. Estableciéndose así un excelente precedente.

Hay que destacar que esta práctica democrática ha sido aprovechada en el pasado por UNEN en la Ciudad de Buenos Aires y le sirvió al espacio para oxigenar a sus candidatos y visibilizar sus propuestas. Como estrategia electoral creo que ha quedado claro que una mayor cantidad de actores en pugna contribuye a mejorar las chances de éxito de un espacio y permite resolver contradicciones o diferencias de una manera ordenada. En esta línea creo que se inscribe la estrategia de Mauricio Macri a nivel nacional fomentando una PASO con Carrió y con Sanz.

Por otra parte Gabriela Michetti sostuvo su intención de ser candidata a Jefa de Gobierno contra viento y marea. Junto a Ritondo y Rodríguez Larreta disputarán en las PASO porteñas la prioridad de Unión PRO para ser el candidato de Unión PRO. Independientemente de quien gane la elección, y de las preferencias que cada uno de nosotros pueda tener sobre los pretendientes, la insistencia de Gabriela establece un excelente precedente de democracia interna dentro del espacio. Sin ánimo de exagerar, es la primera interna  de peso que existe en la historia de la fuerza liderada por Mauricio Macri. De hecho, logró extender la interna a la categoría de comuneros permitiendo una mayor oferta electoral para los porteños.

Si bien es entendible el enojo de algunos dirigentes por su decisión de competir, lo cierto es que es síntoma del crecimiento del espacio y un PASO en la dirección correcta: es válido que más de una persona aspire a un mismo puesto y debe poder competir por lo que quiere. Después de todo, ¿cómo podemos esperar calidad democrática si no tenemos democracia plena hacia dentro de las estructuras que definen a nuestros representantes?

Nos espera un año lleno de oportunidades para poder elegir e influir en el destino de nuestras ciudades y de nuestro país. Todos nosotros podemos hacer una diferencia con nuestra participación para asegurarnos de que gane el mejor.

Luis D’Elía y los difamadores seriales

Hace algunos días vi circulando en distintas páginas kirchneristas una foto que pretendía vincular a la diputada Patricia Bullrich con el ex asesor informático de Alberto Nisman, Diego Lagomarsino. Si bien la imagen era apócrifa, se viralizó rápidamente y recibí varios avisos de amigos y conocidos advirtiendo que se me estaba confundiendo con el colaborador del difunto fiscal. Lamentablemente mis advertencias a quienes posteaban el contenido mentiroso no fueron suficientes para que bajaran las publicaciones y las acusaciones se propagaron por la red más allá de su falsedad.

Algunos días después del inicio de la confusión un periodista amigo me llama avisándome que el piquetero Luis D´elía había utilizado la foto en cuestión para impulsar un ataque contra Patricia Bullrich. Para que la foto sea menos nítida el operador subió una versión fuera de foco para que no se note la mentira. Siendo que no es la primera vez que el operador kirchnerista sospechado de dirigir la embajada paralela con Irán difunde información errónea o falsa que me afecta de alguna manera. Esta vez decidí responderle y el intercambio tomó relevancia muy por encima de mis expectativas. Continuar leyendo

La marcha más grande de la democracia

El miércoles 18 de febrero se realizará la movilización más importante de la historia argentina. Lo de importante va por partida doble: estoy seguro que habrá más personas que en cualquiera de las anteriores y, a su vez, nunca hubo un tema de tanta gravedad e importancia institucional como la muerte en circunstancias sospechosas del Fiscal Nisman, encargado de investigar a Cristina Kirchner y otros miembros de su Gobierno por el encubrimiento de los responsables del atentado a la AMIA.

Si bien al comienzo se lanzaron diferentes convocatorias logramos consensuar que la movilización será el 18-2 arrancando a las 18hs en el Congreso de la Nación marchando hacia Plaza de Mayo para estar allí a las 20hs. En el resto del país los puntos de encuentro son los habituales. Continuar leyendo

La transparencia y el doble discurso kirchnerista

Uno de los últimos discursos de la Presidente procuró poner el problema fuera del área del Gobierno denunciando conspiraciones, corporaciones y la falta de transparencia de los otros poderes del Estado. Paradójicamente el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner ha sido uno de los que menos ha hecho en favor de la transparencia.

La mayoría de los países de la región ya cuentan con una ley de acceso a la información pública. Más allá del permanente discurso de democratización, el Gobierno ha eludido los proyectos de ley que se presentaron en el Congreso de la Nación para reglamentar el acceso a la información pública, herramienta fundamental para la investigación ciudadana y periodística para poder auditar al Poder y luchar contra la corrupción. Si bien cabe destacar el decreto 1172/03 sancionado por Néstor Kirchner que habilita la posibilidad de acceder a cierta información dentro de la órbita del Ejecutivo, el mismo resulta insuficiente para otorgarle al ciudadano el debido y suficiente resguardo.

El tema tuvo múltiples oportunidades de salir adelante: 2004, 2010 y 2014. Sin embargo, en ningún momento prosperó aun teniendo el kirchnerismo mayoría automática para sancionar cualquier ley sin siquiera generar un debate (metodología que el oficialismo ha optado por utilizar en proyectos importantes como el código procesal penal). Si bien el tema da para largo, prefiero no entrar en particularidades de los distintos proyectos sobre legitimación pasiva (quienes serían sujetos obligados a tener que brindar información). Lo que está claro es que, teniendo la posibilidad de resolver la controversia y optar por una opción, ha decidido abandonar el debate y dejarnos sin la tan necesaria ley. Ni debate, ni decisión unilateral. Ninguna ley.

En los hechos, el Gobierno Nacional ha atentado contra la información pública procurando resguardar los datos en sede judicial. Sin ir tan lejos en octubre del año pasado la Corte Suprema de Justicia rechazó el recurso extraordinario interpuesto por el Estado Nacional y dejó firme una sentencia de Cámara que condenaba a la IGJ a brindar información sobre empresas y sociedades vinculadas al caso Ciccone. Lo hizo por un amparo presentado por Gil Lavedra con el patrocinio de la Asociación por los Derechos Civiles.

Ahora, mientras se niegan a sancionar leyes de acceso a la información el público utilizan su influencia y posición privilegiada para difundir información de privados. El caso más reciente es el escrache del Gobierno Nacional al periodista Damián Pachter, compartiendo públicamente información privada sin ninguna ley que lo habilitara. Es una demostración de un Estado policíaco, fascista que viola garantías constitucionales con tal de generar un golpe de efecto mediático. Es de una miseria impresentable.

Niegan la posibilidad de que los ciudadanos controlemos y vigilemos al Gobierno pero se han esmerado en crear una agencia de inteligencia paralela en manos del militar Milani, ha avanzado ilegítimamente sobre la ciudadanía con el Proyecto X y ahora pretende crear una nueva agencia de inteligencia para ordenar la manera en que deben observar a los ciudadanos.

Sin embargo, de la posibilidad de que los ciudadanos controlemos a los funcionarios públicos, ni noticia. Esto es el kirchnerismo, una corporación que procura acumular tanto poder como sea posible, violando tantas reglas como haga falta y con el menor control posible por parte de los ciudadanos.

Los límites del multiculturalismo

El atentado a la revista Charlie Hebdo ha puesto en relieve algunos de los límites del multiculturalismo que hoy es, en general, el paradigma que gobierna la política interior de la mayoría de los países de Occidente. Esta visión enfocada en la diversidad busca reconocer la complejidad de las sociedad modernas donde no todos los ciudadanos pertenecen a una misma etnia o cultura, llegando en algunos casos a tener una población inferior al 50% perteneciente a la etnia “oficial”.

El multiculturalismo se ha visto en jaque por partida doble. En el frente interno el miedo producto de los atentados fortalece las posiciones xenófobas radicalizadas que buscan encontrar en el “diferente” un mal en sí mismo. Lamentablemente, en estos momentos de dolor la opinión pública es susceptible de ser manipulada en contra de los musulmanes, del Islam o de los árabes. Resulta triste pero necesario aclarar que los atentados son producto de un grupo de extremistas y no imputables a toda una religión.

Poder expresar ideas que ofendan a otros libremente es una conquista social, jurídica y cultural. Occidente ha librado una larga lucha contra la censura. Las bases del constitucionalismo republicano receptan la necesidad de poder expresar opiniones diferentes a fin de garantizar la libertad y el pleno ejercicio de la democracia. Eso incluye al derecho a ofender que, sin estar exento del deber de compensar al dañado, admite la posibilidad de que se realicen declaraciones sin tener que pedir permiso. Nuestra Constitución Nacional recepta esta idea en el artículo 14 que garantiza la libertad “de publicar sus ideas (…) sin censura previa”.

La historia está llena de casos de censura contra ideas que podían ofender. La obra “Lisístrata” de Aristófanes fue silenciada por promover un modelo de mujer “inapropiado” para su época y para la visión de varias personas en pleno Siglo XX. Poniendo un caso relacionado, es obligatorio recordar lo que le sucedió al escritor Salman Rushdie, quien fue perseguido y amenazado tras publicar su libro “Los versos satánicos”, produciendo que el ayatolá Jomeiní publicara una fatwa declarando que Rushdie debía ser asesinado por ofender a sus creencias sagradas.

Occidente es un complejo entramado de instituciones que permite contener una gran cantidad de contradicciones e ideas divergentes. El agravio, el exceso, el choque, son resueltos por nuestros sistemas normativos asignando “justicia” y evitando que la violencia escale a dimensiones privadas o al menos esa es su pretensión. A diario vemos que la pretensión de regular todo el conflicto resulta presuntuosa, la gente se mata por todo tipo de cuestiones pasionales y muchas discusiones terminan resolviéndose por “mano propia”. Cada uno de esos casos es una muestra de los límites de nuestra pretensión occidental de que las consecuencias de nuestros actos son conocidas o estimables. Y entonces llega ISIS a decir “no nos importa nada todo eso”, poniéndose por encima del entramado de confianza que nos da la paz cotidiana.

Hace poco el partido alemán liberal FDP postulaba en una publicación que su tarea era “reforzar la confianza del ser humano en sí mismo”. Y creo que es una de las definiciones más acertadas acerca de lo que entraña ser liberal: creer en el ser humano, en su capacidad y en sus elecciones. Eso nos lleva a comprometernos con la posibilidad de que cada individuo se desarrolle de la manera más plena posible en la búsqueda de su felicidad. Y creo que ante situaciones como esta es nuestro deber salir a reivindicar el derecho a expresar las ideas sin miedo y a dar la batalla contra todos aquellos que pretendan convertir el disenso en violencia. Las libertades que garantiza Occidente requiere, paradójicamente, su expansión o su blindaje. Hasta que logremos exitosamente alguna de las dos estamos expuestos a recibir golpes inesperados por nuestras ideas y declaraciones de parte de quienes operen por fuera de nuestras reglas de juego. Podemos elegir mirar para otro lado, pero tarde o temprano tendremos que atender al problema de los límites de Occidente.

¿Cuál será el saldo de estos atentados?

Para responder esta pregunta quisiera traer a colación algunas reflexiones vertidas en torno al caso Rushdie que podrían aplicarse con muy leves modificaciones al caso presente, esto decía un amigo del artista perseguido: “La fatwa creó un clima de terror y miedo. Los escritores tenían que pensarse dos veces lo que estaban haciendo. La libertad de expresión se convirtió de nuevo en un tema de debate cuando parecía algo ya totalmente superado. Los liberales tuvieron que dar un paso adelante para defender algo que por obvio y por supuesto ni se habían planteado con anterioridad. ¿Cómo les ha ido? Los ataques a Rushdie demostraron que las palabras pueden ser peligrosas. También demostraron que el pensamiento crítico es más importante que nunca, y que necesita ser protegido ante la blasfemia, la inmoralidad y el insulto. Pero la mayoría de la gente y de los escritores agachan la cabeza, prefieren tener una vida sin sobresaltos. No quieren una bomba en la puerta de su casa. Han sucumbido al terror”.

Más allá de las expresiones populares de repudio este tipo de hechos genera una consecuencia triste: la autocensura. El miedo sembrado en los corazones de quienes tienen una visión crítica genera nuevos costos psicológicos a la hora de expresar una idea. El terrorismo por este medio logra disciplinar a miles de personas matando a unos pocos. Nuestros mártires de la libertad deben ser honrados con el mayor homenaje de todos: no debemos tener miedo.

Saber morir cuesta la vida

El poeta italo-argentino Antonio Porchia abundó en reflexiones sobre la hora final (la frase que titula esta nota es una de sus varias líneas sobre el tema). Danzamos alrededor de la muerte con palabras para tratar de contenerla o comprenderla. Y este texto no es otra cosa más que una pieza más en este baile.

Nada nos hace ser más conscientes de nuestra vida que la muerte. El poder que tiene la idea de finitud sobre nuestras vidas es superlativo. Hemos inventado todo tipo de mitos para lidiar con ese momento: reencarnación, vida eterna, limbo, premios y castigos. Todas formas destinadas a enmascarar el miedo que nos produce el final o también lidiar con la frustración o dolor que nos causa nuestro presente. Para algunos el juego consiste en escapar de la muerte y para otros la muerte resulta ser el Gran Escape de sus vidas.

Acerca del valor de la vida, el filósofo Albert Camus plantea en su obra “El Mito de Sísifo” que sólo aquellos que se han quitado la vida pueden ufanarse de conocer el verdadero valor de la misma. Paradójicamente, el suicida es el único que logra darle un certero valor a la vida declarando, con su actuar, que no vale lo suficiente para ser vivida. El resto nos pasamos los días jugando a encontrarle un valor. Ese vacío propio de la indeterminación es lo que da a lugar a la singularidad y a la existencia de cada uno de nosotros como un sujeto único.

Más allá de lo que creamos que ocurre tras la muerte y del valor de la vida, resulta interesante dedicarle unos momentos de reflexión a la muerte en sí misma. Para los griegos existían dos deidades diferentes para la muerte, es decir, dos muertes: Tánatos, que representaba la muerte tranquila y Ker (o las keres), que representaban la muerte violenta.

El Estado trata, arrogantemente, de ordenar nuestra relación con la muerte y, por ende, con la vida. Estadísticas frías explican cuándo podrías morir y por qué, entonces, deberías ordenar tu vida de tal o cual manera. Esta función del Estado, de construcción cultural de la muerte, no suele ser debatida en público y, sin embargo, atraviesa una gran cantidad de políticas públicas.

Todas estas reflexiones sobre la muerte no son caprichosas. Hace unos pocos días el médico Richard Smith publicó una nota donde destacaba la virtud del cáncer como método de muerte dado que permite decir adiós y de disfrutar de todos placeres de la vida antes de la última campanada. Leí por casualidad la nota el 3 de enero, a 4 años de la muerte de mi madre en manos del cáncer y me sentí tentado a dialogar con las ideas del médico.

Si, es cierto, el cáncer da la posibilidad de ir cerrando nuestra historia aunque no todos aprovechan la oportunidad, al menos en nuestro caso mi mamá negó su muerte hasta el último momento. En paralelo a esto, el deterioro que genera la enfermedad produce un desgaste enorme en la persona afectada y en su entorno. Me resulta difícil afirmar si una muerte súbita o repentina es preferible, creo que depende de la forma en que cada persona y cada familia esté preparada para enfrentar la muerte.