2015, del magnicidio a la esperanza

Cuando todavía quedaban en nuestros hogares resabios de los festejos por un nuevo año, cuando muchos de nosotros circulábamos distendidos por algún centro veraniego y cuando la reina del Plata transitaba la tradicional modorra estival, la noticia de la muerte del fiscal Alberto Nisman sacudió los estamentos sociales en lo más profundo.

Las patéticas imágenes del teniente coronel, médico Sergio Berni, inundando una escena de crimen en la que nada tenía que hacer, las mucho más patéticas expresiones de la ex Presidente de la nación, la controversia sobre lo ocurrido aquella madrugada, las dudas sobre si el médico de la prepaga pudo actuar o si no, y la vergüenza extrema por el accionar de una fiscal que nunca pudo concluir el primer paso de la investigación y determinar si Nisman se mató, si fue invitado a matarse o si lo hizo por propia determinación, marcaron el inicio de un 2015 que muy difícilmente será olvidado por aquellos a los que nos tocó vivirlo.

Es indudable que el suceso antes narrado, querido amigo lector, nos acompañó a lo largo de todo el año y aún hoy ocupa parte de nuestra agenda de interés, pero la vorágine de la política lo apartó muchas veces del foco de atención; aunque por su trascendencia, resulta inexorable que reaparezca una y mil veces hasta que lleguemos a la verdad. Continuar leyendo

Fue crucificado, muerto, sepultado

Casi 2000  años después y muy lejos de la Tierra Santa, sin pretender bajo pena de herejía comparar a persona alguna con el Mesías, las vueltas de la vida colocan a la República Argentina en el escenario en el que se ha desarrollado el pequeño “Via Crucis” de un ser humano curiosamente también judío como nuestro Señor, que intentó mostrar al mundo su verdad.

Si bien su calvario tal vez comenzó mucho antes, hoy sabemos que su llegada al país aquel doce de enero estaba siendo seguida muy atentamente por cámaras indiscretas y nunca sabremos a qué resortes del poder central obedecían.

El fiscal Nisman no llegaba al país para proclamar la palabra de Dios ni mucho menos. No traía consigo profecía alguna, simplemente el fruto de muchos años de trabajo silente, prolijo y profesional.  Vino a anunciar su verdad urbi et orbi y a poner en manos de la Justicia del hombre los presuntos delitos cometidos en perjuicio de otros hombres. No era una verdad revelada, era una verdad investigada.

Tembló ante su herejía todo el reino. Un ejército de gladiadores dispuestos a dar la vida por el antiguo “relato” no vacilaron en proclamar que “con los tapones de punta” irían a su encuentro para darle su merecido en el Parlamento.  Los propios sospechados anunciaron que estarían presentes en una reunión solo reservada para legisladores en un claro intento de amedrentarlo, de doblegar sus convicciones y de intentar alguna forma de hacerlo callar.

Así comenzó a ser clavado en la cruz Alberto Nisman. Legisladores, ministros, secretarios de Estado y toda una horda de voceros oficiales y oficiosos clavaron sus metafóricos clavos sobre la credibilidad del fiscal, aún sin haber visto ni oído sus argumentos. No importaba lo que podría haber descubierto. La nueva historia de la patria, el modelo y el relato no podían permitirlo.

Siete días de calvario y finalmente fue muerto. Porque fue muerto, a no dudarlo. De hecho, la propia cabeza del poder dice no tener dudas al respecto. Nisman no quería morir como el Mesías. Pero al igual que aquel sabia que podría morir en cualquier momento. Pilatos se lavó las manos antes del crimen, nuestros gobernantes intentaron hacerlo después de consumado el mismo. Pilatos dejó que el pueblo decida la suerte de aquel hombre; aquí el pueblo ansiaba la llegada de aquel lunes 19 de enero para que Nisman hiciera (hasta donde fuera posible) pública su investigación

Después, mucho después de consumado el magnicidio, la jefe de Estado, que vendría a representar la versión moderna de los emperadores o emperatrices de otrora , dio su versión de lo ocurrido. Siempre cuidadosa de la puesta en escena, eligió un blanco radiante como atuendo, como si no le importara que la sociedad argentina estaba de luto y con un dolor mucho más grande que el de aquellos tres días de duelo nacional en honor a Hugo Chávez.

Y Nisman finalmente fue sepultado. No habrá resurrección como hace dos milenios, pero hay un legado y debería haber 40 millones de apóstoles dispuestos a mantener vivo el mismo. A pesar de los esbirros del imperio vernáculo. A pesar del miedo a otras crucifixiones. A pesar de sus ejércitos visibles y ocultos, que se inmiscuyen en nuestras casas y en nuestras vidas.  A pesar de las secretarias generadoras del pensamiento único. De sus particulares métodos de persuasión no siempre muy apegados a la ley. A pesar de todos y cada uno de ellos.

Las lágrimas, las velas encendidas sobre un muro, los carteles, la bronca y las imagines del mártir serán antes o después superadas por el paso del tiempo y la inevitable máxima que sentencia que “ la vida debe continuar”

Pero si mantenemos viva en nuestra mente y nuestro corazón la imagen de un hombre que demostró no tener miedo a la verdad, seremos como aquellos cristianos de la nueva era, los portadores de su mensaje. Nadie nos pide arriesgarnos como Nisman hasta ofrendar su vida, pero sé ser firmes como él a la hora de exigir que los hechos denunciados se lleguen a esclarecer

Miles de pancartas con las palabras “Soy Nisman” se levantaron por estos días. Seamos Nisman desde el corazón y en cada uno de nuestros actos. Pero no nos confundamos.  No somos todos Nisman. Ellos, los del imperio vernáculo, ciertamente no lo son.

Sobre la conducta improcedente de Berni

Como bien lo usted lo sabe, estimado amigo lector, una columna como esta no es ni más ni menos que un espacio de opinión de quienes nos predisponemos a emitirla. Muchas veces, es cierto , mezclamos opinión con información.  La primera siempre es discutible; la segunda, si es profesional y fundada, no es ni buena ni mala, es simplemente eso,  información.

Así por ejemplo la columna de hoy está relacionada con el asesinato del fiscal Nisman.  ¿Como me atrevo a decir sin empacho “asesinato”? Pues… porque mi opinión es que al fiscal lo mataron.  Y muy difícilmente la llegue  a cambiar.

También tengo la plena convicción que el Teniente Coronel cuerpo profesional médico en uso de licencia antirreglamentaria Sergio Berni no ha parado de mentir en todo lo que ha contado a los medios en relación con su participación en los hechos de público conocimiento.

En este segundo caso, al margen de las informaciones que he podido recolectar, el propio relato del secretario de Estado deja más dudas que certezas.  Nos dice que llegó al lugar sin saber bien que pasaba. Bien, habría que preguntarle entonces si no sabía lo que ocurría, qué fue lo que lo motivó a desplazarse desde Zárate a Puerto Madero. Asimismo, asegura que una vez en el lugar nadie intentó entrar al baño donde estaba el cuerpo del fiscal, hasta que la funcionaria actuante lo dispusiera; parece entonces haber olvidado su condición de médico y su obligación de prestar asistencia a un ser humano en peligro.

Podríamos ahondar argumentando que si tal como el Teniente Coronel nos dice nadie sabía que pasaba, para qué se llama a un fiscal. Si el fallecido hubiera tenido un infarto o se hubiera caído en la bañera , lo más urgente era atenderlo con un médico, no abrirle un sumario. El relato de Berni lo deja tan expuesto que, si estuviéramos en un país con gobernantes serios, cuando usted lea esta columna el Teniente Coronel tendría que habar vaciado ya su escritorio.

Ilustrando al Secretario

El real propósito de la columna de hoy no es darle mi opinión sino brindar un poco de información, para dejar en claro que el señor Berni no tiene bien en claro para que está en el cargo que está.

Si hacemos un poco de memoria seguramente recordaremos que para el caso de las Fuerzas Armadas de la nación, durante muchos años sus máximos responsables se denominaban Comandante en Jefe de…. ( La Armada , El Ejército o la Fuerza Aérea). Luego la democracia generó un ligero cambio de denominación pero con trasfondo muy importante y se pasaron a denominar “Jefes de Estado Mayor”  Ya no son Jefes de las Fuerzas sino de los Estados Mayores de estas.

Este cambio dejó en claro que las FFAA tienen un solo jefe y comandante y este es el Presidente de la Nación. No es Milani el comandante del Ejército y no es Rossi el comandante de las tres fuerzas; es en esta caso la presidente Cristina Fernández. Tal es así que en el hipotético caso que el comandante de un buque debiera hacer uso de sus armas, le pedirá autorización a su comandante superior y este a la comandante en jefe a nadie más. Esto significa que el mando efectivo de las fuerzas armadas lo ejerce una persona. Obviamente en la práctica y en el día a día hay rutinas establecidas que son coordinadas con el ministro de Defensa, y que hacen al trabajo diario de las instituciones militares.

Para el caso de las FFSS, las Fuerzas de Seguridad, esto no funciona de la misma manera. La Policía Federal , La Gendarmería y la Prefectura Naval, sí tienen jefes.  Berni no es el jefe de las fuerzas policiales, Berni es el superior jerárquico de los jefes de estas, lo que no es lo mismo

Entre las muchas semejanzas que hay en la organización militar y policial se encuentra la verticalidad, el uso de armamento, el escalafón, etc. Pero hay sensibles diferencias de fondo y  de forma. Entre ellas se encuentra una muy importante: estas fuerzas policiales, si bien dependen administrativamente del Poder Ejecutivo, operacionalmente se encuentran al servicio mayoritariamente del Poder Judicial.  Excepto en la represión del delito in fraganti, por lo general el accionar de las fuerzas, máxime en casos como el que nos ocupa, se hace bajo control de un fiscal o un juez, no de un secretario de Estado.

En los escritos judiciales los magistrados siempre se dirigen al jefe de la fuerza, para ordenar algo y es este administrativamente quien lo deriva al área operativa correspondiente. Uno puede razonablemente suponer que el Jefe de la Policía federal no recibe cada mañana cientos de mandamientos judiciales en su despacho sino que estos ya tienen un recorrido aceitado que los lleva al lugar indicado.  Pero jamás un Juez llamará a un cabo para ordenarle hacer una escucha o una tarea de inteligencia criminal.

Berni repite hasta el cansancio que es el Jefe de las fuerzas policiales. Y que debe velar por el cumplimiento de “los protocolos”,  expresión puesta de moda para tratar de darle un contexto normativo a casi cualquier cosa.

Todos recordamos el siniestro de un avión privado frente a las costas de Carmelo. Un típico caso SAR (búsqueda y rescate marítimo). Nuestra ley pone este accionar en cabeza de la Armada Argentina y de la Prefectura Naval subsidiariamente.  A Berni poco le importó: no solo que invadió un área que no le compete sino que además se hizo retar por una jueza uruguaya que le recordó que la nave no estaba en aguas argentinas

Días pasados, la Prefectura Naval rescató exitosamente a una tripulante en riesgo de vida a bordo de un pesquero. Una tarea que exige un gran profesionalismo y que la gente de nuestra policía marítima tiene de sobra.  A la hora de difundir la información, la oficina de prensa de Berni obligó a colocar la leyenda “operativo realizado bajo supervisión del secretario de Seguridad”.

De la misma manera que Berni no puede supervisar ni ese operativo ya que no está capacitado, no tiene estado policial y no es auxiliar de la Justicia, tampoco puede entrar a un domicilio particular a su antojo, exista o no un muerto en su interior. No es esa su función y su mera presencia pone a los funcionarios policiales actuantes en la difícil disyuntiva de atender a sus directrices o ponerse a ordenes de las autoridades judiciales, que es lo que les marca la ley.