Garantismo educativo

Walter Habiague

La política social del oficialismo ha consistido en naturalizar los problemas que no puede (¿o no quiere?) resolver, adornando la realidad con teorías de claustro y disimulándola a fuerza de “estadísticas”.

En ese esquema hoy se anota el “oficialismo a disgusto” de la Provincia de Buenos Aires al eliminar los aplazos de la educación primaria bajo la bandera de no estigmatizar al alumno.

No sorprende la medida ni el aval explícito del oficialismo nacional, que esta vez si se en columna detrás del gobernador Scioli. El oficialismo considera que es un estigma toda verdad desagradable y como tal, debe ser borrado. Borrar la mancha y ocultar el estigma. Nunca mirar de frente o modificar la realidad que lo genera.

Y si el estigma no se puede borrar, entonces hay que convertirlo en “cultura”, naturalizarlo, justificarlo y “aguantarle los trapos”. Esto configura la falta de sustancia convertida en filosofía política. Es el sofisma al poder.

No, no sorprende. Basta mantener unas charlas con docentes de escuelas públicas de la Provincia de Buenos Aires para enterarse de que desde hace años reciben presiones para aprobar a los alumnos sin importar si han incorporado o no los conocimientos mínimos. Eso se hace con el pretexto de “evitar la estigmatización del repitente” sin ver (¿?) que por esa gracia pasajera, se lo condena a un futuro de sub adaptación en un mundo interconectado.

Según la nueva norma, la nota más baja será el 4, el “aprobado”. Más allá de la torpe picardía de evadir las estadísticas internacionales que desnudan la desgracia de la educación pública argentina, la medida es tan absurda en sí y no cumple siquiera sus pequeños objetivos, porque no importa si la nota más baja es un 1, un 4 o un 9. Si 10 es “bien” y 9 es “mal”, sigue siendo mal por muy 9 que sea.

 

“Ya fue” 

No sorprende. Esta norma educativa se alinea con un modo de entender la función pública que posa de “garantista”. Es un fatalismo conductista que, bajo el pretexto de proteger, le quita a la condición humana toda dignidad y fuerza, relegándola a un plano de mero sujeto pasivo de las circunstancias.

Por ejemplo, se dice que la pobreza y la exclusión son madres del delito violento. De esa premisa, que tiene fundamentos de sobra, se deduce por malabarismo doctrinario que quien delinque es una víctima previa. De esta manera se vuelve al principio: se adorna la realidad con una teoría, se embellecen la consecuencias y no se hace absolutamente nada por solucionar las causas.

Entonces, es el “garantismo” el que estigmatiza a la pobreza y reduce al Hombre al nivel de los perros de Pávlov. Ente sin dignidad, sin voluntad y sin criterio, los actos de ese hombre-víctima deben ser apañados, explicados, teorizados, y disimulado en una supuesta garantía de sus derechos, se justifica y se fundamenta en última instancia el derecho a delinquir.

Mientras tanto, la vida vale nada. La dignidad vale nada.

¿Cómo explica el “garantismo” los delitos de guante blanco? ¿Cómo los delitos de corrupción? ¿Cómo el proxenetismo de alta gama? ¿Cómo la violencia criminal de la Tragedia de Once?

Con idéntica lógica, el “garantismo educativo” que nos quiso hacer creer que habiendo eliminado las amonestaciones protegía al niño que agrede a otro, ahora nos dice que eliminando los aplazos se logra la “inclusión” del chico que no aprendió lo mínimo.

Para el Relato la sustancia no existe. Esta medida oculta la Verdad y aplaza el derecho del niño de formarse íntegramente.

 

Pecadores y corruptos

Cuando el Papa Francisco salvó las distancias entre pecadores y corruptos lo fundamentó diciendo que el pecador sufre, se arrepiente y se supera, mientras que el corrupto se autojustifica y persiste.

Disimular las falencias, apañar los males, institucionalizar los dramas sociales, es en definitiva una justificación, una corrupción de la política como servicio. Porque la función pública debe tender a solucionar los problemas reales del pueblo, en servicio, atacando sus causas y no maquillando sus efectos.

Vale una pregunta inquietante: ¿el oficialismo cree en lo que afirma o solo monta un aparato ideológico de ocasión para distraernos de las consecuencias prácticas de sus “teorías”?

Quizá lo que se esté justificando hoy es un futuro cercano cuando el pueblo argentino sea convertido en una masa sin valores de superación personal y colectiva, indefensa ante sus precariedades, amparada en una ética individualista, chata y autojustificada en sus falencias.

Ante la contradicción irresuelta entre fines declarados y logros, ¿serán estas consecuencias, en realidad, un interés inconfesable?