Somos el futuro de la política

Yamil Santoro

Más allá de los slogans que las distintas fuerzas políticas utilizan en sus campañas publicitarias, más allá de la sensación de “lo nuevo” que intentan transmitir con carteles luminosos, sonrisas photoshopeadas y capas de maquillaje, cabe decir que está naciendo algo nuevo entre las grietas de lo viejo que quizás resulta invisible a los ojos incautos. Para verlo, debemos recordar que el gobierno es una tecnología más, una tecnología de organización social.

El costo de las tecnologías en el mundo viene bajando a ritmos acelerados. Podemos hacer cada vez más cosas a un precio cada vez menor. Los avances más significativos están vinculados a formas más eficientes de manipular energía e información. Progresivamente estamos pasando de métodos de producción con gran desperdicio o derroche de energía a formas más eficientes.

Es hora de empezar a debatir la estructura gubernamental. Creo firmemente en que debemos trabajar para ofrecer las condiciones necesarias para que todo argentino goce de una vida digna, pero… ¿a qué costo lo estamos haciendo? ¿Cuánto nos cuesta la búsqueda de Justicia? Lo genuinamente llamativo es que mientras que prácticamente todas las tecnologías han ido mejorando su rendimiento, es decir, la relación insumos/resultados, el gobierno como institución parece regirse por una lógica contraria.

En Argentina el gasto de gobierno por habitante ha crecido de forma sostenida durante esta década. Las erogaciones aumentaron en un 65% sobre el PBI entre 2003 y 2013, alcanzado hoy un 46% aproximado sobre el total. El sistema tributario argentino sigue siendo fuertemente regresivo con impuestos al consumo de primera necesidad, altísimos impuestos al trabajo que promueven la informalidad laboral y el uso de la emisión monetaria (que hoy se traduce en impuesto inflacionario) que perjudica principalmente a los sectores más vulnerables.

En qué se gasta y cómo se gasta es la pregunta más importante. Una buena política pública, si es ejecutada de forma ineficiente, puede volverse en contra de sus fines nobles. Yendo al caso argentino, la cantidad de empleados públicos se ha incrementado en más de un 100% en esta última década, pasando de 1,5 millones a más de 3. ¿Era necesario este aumento? La relación entre punto de PBI ejecutado y empleados aumentó un 21%. Es decir, ahora se necesitan 1,21 personas para ejecutar cada punto de PBI en comparación a 10 años atrás. 

¿Por qué tenemos un gobierno cada vez más caro y con más personas? Diferenciemos el costo de gobierno entre esencial y residual, y distingamos y sumemos el costo político. El costo de gobierno esencial es aquel imprescindible para mantener las estructuras necesarias para garantizar los derechos vigentes. El costo de gobierno residual es aquel costo que persiste a pesar de que el proceso ya no requiere de ese factor (ejemplo extremo: un ascensorista). Dicho recurso podría reubicarse en otra función o ser entregado a quien lo requiera o demande. Por último tenemos el costo político que, a diferencia de los otros dos que tienen una causa anterior (un derecho a garantizar-prestar un servicio), se crean para darle vida a la estructura política y financiar la militancia o acción política. Mientras que los costos del gobierno tienden a decrecer y se van liberando recursos, los costos de la política tienden a crecer y captan nuevos recursos ociosos a la par que tienden a expandir el gasto.

La política no va a cambiar. Muchos tratan de obtener ventajas de las fallas del sistema. La política no va a cambiar porque los seres humanos no vamos a cambiar. Pero el gobierno sí está cambiando a pesar de la política, a pesar de los humanos. Las técnicas para ejecutar los presupuestos destinados a mejorar la calidad de vida de todos nosotros a menor costo ya existen. Sospecho que poco a poco, a partir de pequeñas concesiones y conquistas tecnológicas, la clase política deberá ir renunciando a sus privilegios tradicionales de financiar su gasto.

Es fundamental entender que en Argentina el sector político (la estructura de partidos) se encuentra altamente apalancada y financiada por el Estado, haciendo que tengamos un sistema político artificialmente inflado en sus costos. Esto impide que nuevos actores puedan ingresar y genera una fuerte distorsión en la democracia. El círculo vicioso partido-Estado hace que métodos más artesanales de hacer política se vuelvan ineficaces, salvo honrosas excepciones como el equipo vecinalista de Con Vocación por San Isidro liderado por Marcos Hilding Ohlsson.

Debemos trabajar juntos para que el sistema político ofrezca cada vez menos posibilidades de repartir premios discrecionalmente y desperdicie recursos que caen lejos de quienes más lo necesitan. Las técnicas de crowdsourcing, la posibilidad de procesar datos e información de forma cada vez más eficiente y económica, nos invita a repensar el Estado. Más allá de lo que cada uno de nosotros pueda creer que es “lo justo” y que podamos debatir cuál es el rol del Estado, de lo que estoy seguro es que ningún ciudadano está de acuerdo en que se desperdicien recursos de más para realizar alguna tarea.

Empezar a repensar los límites entre ciudadanía y gobierno nos ayudará a mejorar muchísimo las posibilidades efectivas de encontrar soluciones a nuestros problemas cotidianos a la vez que permite disminuir significativamente los costos. Tender a acercar los costos del gobierno a los costos de la ejecución de las políticas públicas en función de la tecnología disponible es el desafío principal de “la nueva política”. Sólo requiere, para empezar, que pienses si algo podría hacerse de mejor manera y no tener miedo a decirlo y denunciarlo.

Pretender que este cambio se dé súbitamente es insensato, una utopía absurda y contraria a las posibilidades reales de los procesos de transformación de las instituciones. Pensar en dar un paso a la vez y trabajar para que eso pase es el camino seguro hacia una nueva política.