La toma de la Bastilla

Hemos trazado, en una seguidilla de cuatro artículos, lo que creemos son las miras, los carriles por donde debe transitar lo que llamamos la Revolución Inversa, esa que no es violenta, la revolución que destruye un estado de hecho, para recuperar la vigencia de las leyes, el conocimiento y el bienestar general.

Pero ¿cuál es el cenit, la cumbre de la Revolución Inversa, a dónde vamos con ella, cuál es el fin revolucionario? Vamos a romper lógicas, que en definitiva son ilógicas. Y vamos a empezar por la lógica/ilógica de la política. No vamos a tolerar que se nos diga una cosa y se haga otra, y a castigar severamente con nuestro voto o con la ley ese incumplimiento. Vamos a observar a nuestros gobernantes y exigir mecanismos idóneos para ello, y a seguirlos de cerca, porque toda nuestra vida cotidiana depende de su accionar.

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Revolución cultural

Si bien abarca aspectos de lo más variados, que completan un panorama general del país que muchos queremos, la revolución inversa de la que venimos hablando es esencialmente una revolución de corte cultural. Porque la cercanía de un pueblo con sus leyes, con las normas de convivencia que se da a sí mismo, es un hecho cultural.

Cuando hablamos de lo cultural nos referimos a lo educacional, por un lado, porque el proceso cultural va de la mano con la educación, pero especialmente apuntamos a las conductas mecánicas, casi automáticas que todos tenemos, o casi todos. Desayunar, detenernos en un semáforo en rojo, cepillarnos los dientes o bañarnos, cuidar a nuestros hijos, trabajar. Son conductas culturalmente reconocidas, habituales, casi automáticas.

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La senda revolucionaria

Planteamos en nuestra columna anterior que la Argentina necesita una revolución inversa, es decir, un cambio de los parámetros sociopolíticos que llevan a que vivamos en un entorno donde el hecho se impone a la ley. Se dijo también que a diferencia de una revolución ordinaria, ésta es pacífica, porque justamente el apego a la ley hace repugnante cualquier modo de violencia.

Dicha revolución no es ni puede ser una declamación moralista o utópica, por el contrario, debe consistir en una secuencia de hechos concretos, realistas, necesarios. La revolución inversa incluye un plan de gobierno pero va mucho más allá de él, es en realidad un proyecto de país, que surge de esas añoranzas de una Argentina que tal vez nunca vimos pero creemos que alguna vez existió; de nuestras potencialidades intelectuales, pero también morales y emocionales; del ejemplo de los países que nos gustaría ser, pero en el marco de nuestra idiosincrasia y nuestras costumbres.

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