Miopía diplomática con sabor a estallido social

La intransigencia de Venezuela para aceptar una mediación diplomática regional para contribuir a superar la grave crisis que enfrenta es desilusionante. La negativa de Caracas a los gestos de buena voluntad para encontrar una solución es de una miopía diplomática preocupante. La exposición de la canciller Delcy Rodríguez, en el Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos (OEA), sólo reafirma el grado de obsesión para mantener un cuadro político y de deterioro humanitario que puede llevar a Venezuela, lamentablemente, al borde de un estallido social.

La Argentina, que aboga por la defensa de la democracia venezolana y el pleno respeto a los derechos fundamentales, ha intentado ayudar para evitar que la escalada de tensión se convierta en un incendio descontrolado. El intento diplomático de Buenos Aires era, entre otros, el de generar una instancia de diálogo con el apoyo de distintas organizaciones regionales que permitiera reducir riesgos hipotéticos y, al mismo tiempo, poner límites a los excesos que quieren arrasar con los principios fundamentales de la Constitución de Venezuela. Continuar leyendo

La hora de una diplomacia inteligente

Estados Unidos ha iniciado una nueva etapa en las relaciones hemisféricas que previsiblemente tendrá influencia en el correr de la década y más allá de los resultados electorales de noviembre del 2016. Es probable que la reciente visita del Presidente de Estados Unidos a Cuba represente, entre otras cuestiones sustantivas, la vuelta de Washington al panamericanismo. También el viaje oficial presidencial a la Argentina reflejaría síntomas de la dimensión renovada de la política exterior norteamericana para la región. Ese enfoque coincide con una Argentina que se abre al mundo con responsabilidad, dejando de lado visiones concentradas en consideraciones poco efectivas en el siglo XXI.

Establecer una relación diplomática seria y madura con Estados Unidos es un punto de partida importante en términos bilaterales como regionales y globales. También que ese criterio guie el accionar diplomático con otros Estados igualmente significativos. La globalización obliga a comportamientos diplomáticos amplios y no excluyentes que respondan a una realidad internacional en permanente estado de trasformación.

La perspectiva de generar una nueva atmósfera entre Washington y Buenos Aires plantea, en definitiva, la voluntad reciproca de encarar el vínculo con una actitud constructiva tendiente a considerar con inteligencia diplomática la asimetría de percepciones y, al mismo tiempo, el complejo abanico de las relaciones bilaterales. También en lo que hace a la región y al mundo.

Existen valores compartidos que facilitan que el relacionamiento con Estados Unidos tenga solidez y permanencia en el tiempo. La democracia, los derechos humanos y la importancia que reviste el pleno ejercicio de las libertades individuales, son un ejemplo. También en términos de estabilidad internacional, en particular en lo que hace a la lucha contra el terrorismo internacional, el narcotráfico y, entre otros, la no proliferación de las armas nucleares y otras armas de destrucción masiva.

Una Argentina que pretende recuperar su ubicación diplomática conforme a la dimensión geográfica que representa, es también del interés norteamericano. Que el séptimo país más grande del planeta esté dispuesto a asumir la responsabilidad que le corresponde a su amplio territorio, marítimo y continental, tiene significación estratégica. En ese contexto, es probable que la visita del Presidente Obama represente la reactivación de mecanismos de consulta diplomática entre Washington y Buenos Aire en distintas áreas tanto de temas bilaterales como regionales y globales.

Era hora que ocurriese. En el mundo actual es beneficioso ampliar la capacidad de dialogo con todas las potencias principales. Es auspicioso que la Argentina haya empezado a ampliar el horizonte de oportunidades para afirmar y ampliar su relacionamiento externo. El interés nacional, público y privado, lo venía reclamando.

Las Malvinas vuelven a la ONU

La liturgia diplomática sobre el reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas, Sándwich del Sur y Georgias del Sur vuelve al ritual anual del Comité de Descolonización de Naciones Unidas a medio siglo de la primera resolución adoptada por la Asamblea General. Fue el 16 de diciembre de 1965 cuando, por mayoría y sin ningún voto en contra, se reconoció de manera “formal y expresamente” la existencia de la disputa de soberanía entre Argentina y el Reino Unido y se instó a estas dos únicas partes a encontrar una “solución pacífica, a la mayor brevedad, a través de negociaciones bilaterales y teniendo en cuenta los intereses de los habitantes de las islas”. El conflicto de 1982 no alteró la naturaleza de la controversia, que continuó pendiente de negociación y de solución, tal como lo reconoció la Asamblea General de la ONU ese mismo año. Continuar leyendo

Nuevo error diplomático de la Argentina

La amplia mayoría de la comunidad internacional vuelve a reclamar en la IX Conferencia de Examen del Tratado de No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP) la completa eliminación de las armas nucleares y un régimen de no proliferación, vertical y horizontal, que asegure eficazmente ese objetivo. Se reconoce que dicho armamento, por sus efectos de aniquilamiento, son contrarios al derecho internacional y al derecho humanitario internacional. El Secretario General de las Naciones Unidas ha afirmado que “un mundo libre de armas nucleares es una prioridad para la ONU y sería un bien púbico mundial de primer orden”.

La sesión inaugural contó con la presencia de los Cancilleres de la mayoría de los países. Fue decepcionante que la Argentina no haya sido representada a ese nivel. La ocasión diplomática lo merecía. Es la actualidad es indispensable mayor presión internacional para que las potencias poseedoras de estos artefactos den cumplimiento al TNP, en particular de países que integran zonas libres de armas nucleares como es el caso de América Latina a través del Tratado de Tlatelolco.

Es evidente que mientras existan estas armas el peligro que sea objeto de una detonación, accidental o intencional, seguirá latente. Ese riesgo sería una catástrofe de consecuencias incalculables para todos los países del mundo. Nadie, ni ninguna región del mundo, estaría exento de las consecuencias. Sin embargo, lamentablemente no existen mayores esperanzas que la Conferencia produzca resultados que puedan ser considerados alentadores para el propósito de iniciar un ciclo de desarme nuclear conforme a los objetivos del artículo VI del TNP.

La frustración diplomática tiene antecedentes. Hace cinco años se acordó por consenso un Plan de Acción de 65 compromisos que ni siquiera han sido mínimamente considerados. Por el contrario, el cuadro general en lugar de acercar la posibilidad del desarme nuclear, se ha alejado. Naciones Unidas ha denunciado que los arsenales existentes han crecido en número y calidad. También ha destacado que los programas de modernización de los arsenales existentes apuntan a un mayor control de los efectos radiactivos y, en ese marco, han aumentado de manera considerable las amenazas de utilización en futuros conflictos.

El grado de confrontación entre Estados Unidos y Rusia ha alentado el nuevo ciclo armamentista nuclear. Si bien ambas potencias se encontrarían aplicando el Tratado del 2010 sobre Reducción de Armas Estratégicas, no están negociando futuras reducciones de los arsenales ni limitación en las modernizaciones. Tampoco el resto de los países poseedores de estas armas han reducido o limitado los respectivos arsenales. Se estima que Francia dispondría de 300 y el Reino Unido y China de 240 respectivamente. Pakistán e India contarían con 110. Israel entre 200 y 400. Corea del Norte 10. Asimismo, un número no determinado de armas nucleares, se encontrarían desplegados en 15 países. También en mares y océanos, incluyendo quizás el Atlántico Sur.

La urgencia y prioridad que merece el desarme nuclear exige que todos los países levanten la bandera de la no proliferación de las armas nucleares. Ha sido lamentable que el Canciller argentino no haya estado presente. Nuevamente el mensaje diplomático, como ha ocurrido con otras cuestiones relevantes como ha sido el de la lucha contra el terrorismo internacional, es perplejo.

Excesos de represión y condescendencia diplomática

Los excesos de represión en Venezuela son cada día más alarmantes. Informes de Naciones Unidas confirman graves violaciones a los derechos humanos e incluso casos de tortura. Un número muy importantes de opositores se encuentran encarcelados y es muy difícil imaginar que el próximo proceso electoral de renovación de la Asamblea Nacional pueda desarrollarse en un marco transparente. Tampoco existen garantías mínimas para que la oposición participe con una opción electoral distinta a la del oficialismo. Eso es considerado de por sí como desestabilizante.

En ese marco pensar que Venezuela es aún una democracia representativa en el marco de su propia Constitución o en los términos de la Carta Democrática Interamericana, es una falacia. La realidad muestra una atmósfera política en la que se están traspasando todos los límites admitidos. Incluso el Estado de Derecho es de una gran precariedad donde se han desvanecido las garantías jurídicas.

En ese contexto, adquiere singular importancia la actitud del ex presidente de España, Felipe González, que ha expresado disposición de asumir la defensa legal de presos políticos, en particular de Leopoldo López y Antonio Ledesma. Otras personalidades de la región, como Fernando Enrique Cardozo, se han sumado a la iniciativa. La situación venezolana es tan grave que hasta el maniatado Secretario General de UNASUR ha ponderado el gesto de Felipe González.

Ya en noviembre pasado un grupo de ex mandatarios latinoamericanos habían expresado la preocupación por la falta de garantías jurídicas en Venezuela. El grupo estaba integrado por Ricardo Lagos (Chile), Alejandro Toledo (Perú), Fernando Enrique Cardozo (Brasil), Luis Alberto Lacalle (Uruguay), Oscar Arias (Costa Rica), Andrés Pastrana (Colombia), Jorge Quiroga (Bolivia) y Osvaldo Hurtado (Ecuador). Lamentablemente la lista no incluía a ex presidentes argentinos.

Es evidente que, ante el delicado cuadro venezolano y la absoluta inacción de la diplomacia regional, el único camino para ayudar a Venezuela es la asistencia internacional no gubernamental, compuesta por la voz de aquellos que no tienen temor por las represalias del régimen venezolano. Resulta penoso que los presidentes de América Latina sean tan condescendientes con un gobierno que se encuentra violando los principios esenciales sobre los cuales desde hace varias décadas se asienta la convivencia hemisférica, entre otros, la defensa de la democracia y los derechos humanos.

La Argentina, lamentablemente, parece haber descartado de la política exterior la importancia que revisten los valores y principios internacionalmente reconocidos. Un exceso de pragmatismo parece impregnar toda su diplomacia. El comportamiento con Venezuela es quizás la muestra más dolorosa de ese abandono y la pérdida de un comportamiento mínimamente ético en las relaciones internacionales.

Una diplomacia ambivalente y poco profesional

Concluyeron los dos años de Argentina como Miembro No Permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas con un balance pobre y que ha dejado en evidencia a una diplomacia ambivalente y poco profesional en el tratamiento de las principales cuestiones de política internacional. Las posiciones adoptadas en los temas más críticos que hacen a la paz y a la seguridad internacional fueron, cuanto menos, polémicos y han representado, entre otros, un abandono de ciertos valores esenciales de la política exterior. Ninguna de estas actitudes ha favorecido ni contribuido al fomento de la confianza y la credibilidad.

La defensa del principio de integridad territorial, clave en el reclamo de soberanía respecto de las Islas Malvinas, fue descartada en un caso específico al no haber cuestionado la anexión rusa de Crimea, en particular el referéndum de autodeterminación, o los intentos separatistas. Una decisión desilusionante. La defensa universal de los derechos humanos tampoco mantuvo constancia como quedó en claro en numerosas instancias en apoyo al régimen autoritario sirio. Recientemente con respecto a crímenes de lesa humanidad en Corea del Norte, expresó escepticismo sobre la conveniencia del recurso a la Corte Penal Internacional.

En la lucha contra el terrorismo fundamentalista islámico también la Argentina dejó dudas, al haber cuestionado, con ironía en una sesión formal, los riesgos que dichos grupos confesionales armados suponen para la paz y la preservación del derecho internacional humanitario, en particular en Irak y Siria. También al haber desechado en su momento la tradición de presidir el órgano subsidiario del Consejo de Seguridad sobre terrorismo, resolución 1267 (1999). Cuando le correspondió a la Argentina la Presidencia del Consejo de Seguridad, los temas propuestos fueron, en gran medida, insustanciales u obvios como fue el caso de la consideración de una mayor cooperación entre Naciones Unidas y los organismos regionales y subregionales. Un tema que, por otro lado, ya había sido materia de extenso tratamiento previo y que terminó, en definitiva, constituyendo un calco de lo hecho anteriormente por Chile o China ¿Acaso no había otros temas en agenda más urgentes, incluso para el interés latinoamericano?

Tampoco la Argentina aprovechó la ocasión de Miembro No Permanente para fortalecer los criterios que hacen a la necesidad de urgente reforma del Consejo de Seguridad como podría haber sido instalar la idea de representación regional o de mayor coordinación bilateral con algunos países como, en cambio, impulsó con imaginación estratégica Néstor Kirchner con Brasil en la anterior oportunidad que se integró dicho órgano. La coordinación con Chile, que se sumó en el 2014, brilló por su ausencia. Algunas posiciones fueron incluso dispares.

A la cuestionable tendencia de matizar posiciones históricas de política exterior, se podría agregar una reciente versión preocupante del Palacio San Martín que indicaría que la Argentina presentaría en las próximas semanas la candidatura al Consejo de Seguridad para dentro de 15 años en lugar, como lo venía haciendo desde la constitución de las Naciones Unidas, de intervalos regulares de cada seis o siete años. De confirmarse dicha intención, sería una decisión lamentable que dejaría por un período prolongado a los próximos gobiernos sin una herramienta clave de política internacional. También afectaría muchas de las posibles estrategias futuras de Argentina en Naciones Unidas y en otros organismos especializados del sistema internacional. Es de esperar que los desatinos del comportamiento diplomático multilateral no lleguen a tanto.

Argentina no estuvo a la altura de las circunstancias

La Cumbre del Cambio Climático en Lima (COP20) esquiva el fracaso con un acuerdo débil para mantener viva las perspectivas y esperanzas en la Conferencia de Naciones Unidas (COP21) que, en diciembre del 2015, debería adoptar un acuerdo de reducción de gases efecto invernadero que sustituya al obsoleto Protocolo de Kioto. La disminución del calentamiento global no puede ser más apremiante, tal como lo advirtieron el Papa Francisco y el Secretario General de Naciones Unidas  por cuanto el aumento de las temperaturas puede producir a los largo del siglo efectos ambientales y humanitarios devastadores.

Sobre la base de lo acordado, todos los países deberán presentar compromisos individuales ante Naciones Unidas para octubre del 2015. Esto implicaría que cada uno debería empezar a trabajar en distintos frentes que incluye frenar la deforestación, aumentar el desarrollo de energías limpias o reducir el uso de combustibles fósiles. Más allá de  acciones concretas, la negociación del futuro tratado en Paris se ha convertido en una controversia económica y financiera que divide y enfrenta a grupos de países.

A diferencia del fracaso de hace cinco años en la Cumbre de Copenhague, la falta de resultados suficientes en Perú no es únicamente atribuible a la posición de Estados Unidos o de China, los dos países de mayor contaminación. En esta ocasión, en cambio, la responsabilidad estuvo más compartida en particular por parte de los que han utilizado la Conferencia de Naciones Unidas como tribuna de diferencias políticas o económicas.

La Argentina, el segundo país más contaminante de Sudamérica según el Banco Mundial, tampoco estuvo a la altura de las circunstancias. El discurso del vicepresidente Amado Boudou, como jefe de la delegación, ha sido desilusionante y parece ignorar que la Argentina tiene un grave problema  por el nivel de emisiones efecto invernadero. La intervención ha sido más de coqueteo político con algunos países en desarrollo que una presentación técnica y constructiva con miras a concluir un acuerdo jurídicamente vinculante. No hubo ninguna idea ambiental aprovechable.

No es entendible que la Argentina continúe con la tendencia de mirar para otro lado en lugar de insistir en la adopción de medidas, económicamente convenientes, de mitigación o adaptación. Tampoco que  en las negociaciones se mantenga asociada a planteos excesivamente rígidos, con un marcado énfasis político, como es el caso de Bolivia, Cuba, Nicaragua, Venezuela o, entre otros, Siria e Irán.

Asimismo, es poco serio que se pretenda escudar detrás de aquellos económicamente más limitados como Haití o algunos países africanos para eludir de contribuir en alguna medida a solucionar el problema global cuando es uno de los países en desarrollo con mayores volúmenes de emisiones por habitante como consecuencia, entre otros, que el 90% de la energía primaria que  consume proviene básicamente de hidrocarburos.

Es evidente que quienes más contaminan deberán asumir la carga principal como es el caso de Estados Unidos, China, India Japón y Rusia, que representan alrededor del 60% de las emisiones de carbono del mundo. Sin embargo, es igualmente obvio que ante la emergencia que enfrenta el planeta cada uno de los 195 países deberá asumir la cuota de responsabilidad que les corresponda.

Es penoso que, en una cuestión tan trascendental para la humanidad, la diplomacia de la Argentina siga en una vereda ambivalente. Le corresponderá al futuro gobierno, quizás en una de las primeras tareas diplomáticas en la Conferencia de Naciones Unidas en Paris, lidiar con la falta de coherencia de Argentina para dar respuesta a los desafíos del cambio climático. El tema no es menor ya que el 75% del territorio nacional enfrenta vulnerabilidades que requieren urgente atención y, consecuentemente, una actitud de mayor responsabilidad y compromiso para contribuir a alcanzar un acuerdo multilateral que reduzca los efectos del calentamiento global.

Miradas cristalinas

El tratamiento de la cuestión de Crimea en Naciones Unidas ha divido aguas con un alcance que hace décadas no se percibía en los ámbitos multilaterales. Los distintos centros de poder conocen con mayor precisión en qué vereda se ubican los distintos países. La resolución aprobada por la Asamblea General es casi una radiografía. En contra de la acción de Rusia sobre Ucrania se han manifestado 100. A favor 11, de los cuales cinco son latinoamericanos. En el limbo de la abstención 58 (Argentina, Brasil, El Salvador y Uruguay) y 24 optaron por no participar en la votación.

De los quince miembros del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, solo Rusia votó en contra con tres abstenciones (Argentina, China y Ruanda). Los restantes once integrantes lo hicieron a favor, que incluye a Chile.
El balance de muchos votos, por consideraciones geopolíticas, no sorprende salvo en el caso latinoamericano. Tampoco la abstención de Brasil por la prioridad estratégica que otorga a la integración a los BRICS y por ser próxima sede de una reunión Cumbre tras el mundial de futbol en la que participaría Vladimir Putin.

Los casos más llamativos han sido los de Argentina y Uruguay. Ninguno de los dos necesitaba, en principio, quedar tan en evidencia ya que el Mercosur votaba dividido (Paraguay a favor). En particular en una cuestión de principio en la que habían anunciado estar a favor. Montevideo podría haber decidido ser más consecuente con Rusia para compensar el favor a la Casa Blanca con la próxima recepción de cinco presos de Guantánamo. También para seguir los lineamientos de Brasilia.

La actitud más difícil de entender es la abstención de Argentina. Primero por haber votado a favor de una resolución básicamente idéntica en el Consejo de Seguridad. Segundo, por tratarse de argumentos que le vienen al dedo por Malvinas al ser un respaldo al principio de integridad territorial e imponer un límite al de la autodeterminación además de insistir en el dialogo político para la solución de controversias. Tercero, por necesitar un clima más propicio en algunas negociaciones urgentes como podría ser las del Club de Paris.

La duda es si la tendencia de Argentina de mirar al mundo de reojo, en lugar de hacerlo de frente, es lo más apropiado. Los ejemplos de Chile y otros países que hoy integran el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, parecerían aconsejar lo contrario y que la contribución a la compleja realidad del mundo se asume con actitudes responsables y miradas cristalinas.