Tres años de Francisco

Unos días antes del cónclave de marzo de 2013, aquel que convertiría a Jorge Mario Bergoglio en el papa Francisco, un famoso vaticanista afirmaba que bastarían cuatro años de Pontificado de Bergoglio para cambiarlo todo. Y parece que tenía razón. Hace tres años que Francisco usa gestos simbólicos, genera procesos e involucra a personas para lograr un cambio cultural irreversible que quiere renovar la Iglesia y el mundo.

Un hombre común y sin privilegios: esa imagen de papa quiso mostrar desde el primer día, cuando, por ejemplo, acudió personalmente, ya como papa, a pagar la cuenta del albergue eclesiástico en que se alojaba antes del cónclave: ni el Papa, ni nadie, debe sentirse privilegiado. Al vivir permanentemente en Santa Marta (un hotel de tres estrellas dentro del Vaticano) se asegura estar accesible a las personas y también conocer los problemas de primera mano. Esa imagen de hombre simple y cercano es una opción personal, pero a su vez pedagógica, ya que le muestra a la clase dirigente (especialmente a la de la Iglesia) la importancia de una austeridad ejemplar en el ejercicio del liderazgo. Continuar leyendo

El profeta Francisco

Quizás al mundo contemporáneo no lo una el amor. Pero seguramente sí el espanto.

La humanidad que somos contempla atónita los altos niveles de conflictividad que crecen con expresiones de violencia inusitadas en casi todas las regiones del mundo y por las más distintas causas.

Somos testigos también del crecimiento de la pobreza en el mundo y de la brecha social que se hace cada vez más grande. Pobres que son empobrecidos por otros, excluidos y marginados. A la vez que vemos espantados amplias regiones del mundo donde pobreza significa hambre y muerte.

También nos afecta la crisis del medioambiente, que constituye una emergencia para el mundo entero y que amenaza el porvenir de nuestra casa común y, por ende, de la misma vida. El cambio climático, el exceso de productos químicos y deshechos, los desastres causados por las amenazas naturales y los conflictos vinculados al medioambiente y los recursos naturales, son algunos de los factores que inquietan nuestra conciencia de futuro. Continuar leyendo

Colecta “Más por Menos”: duelen la pobreza y la indiferencia

“La pobreza del mundo es un escándalo. En un mundo donde hay tantas riquezas, tantos recursos para dar de comer a todos, es imposible entender que haya tantos niños que pasan hambre, tantos niños sin educación, tantos pobres. La pobreza hoy es un grito”. Estas palabras decía el Papa Francisco en un diálogo espontáneo ocurrido durante el encuentro con jóvenes de escuelas jesuitas en junio de 2013. Este grito que es la pobreza sacude al mundo entero y también a nuestra Patria.

Duele el alma, revuelve las tripas, enterarse de la existencia de niños desnutridos y que mueren a causa de enfermedades ligadas a la desnutrición, que en definitiva es la consecuencia más fatal de la pobreza. No debemos mentirnos: los pobres se mueren antes de tiempo.

En ese sentido debe entenderse la opción preferencial (no exclusiva ni excluyente) por los pobres que explicitaron los obispos latinoamericanos hace ya algunas décadas en varios de sus documentos. América Latina es un continente de grandes desigualdades sociales con una población mayoritariamente cristiana y pobre. Y la Argentina es parte de esa situación. Ante la pobreza social y económica, la opción por los pobres será trabajar para que dejen de serlo. Trabajar para que nadie viva en condiciones infrahumanas, para que nadie se muera antes de tiempo. Continuar leyendo

La misericordia es el camino

“Que Dios te conceda el perdón y la paz”. Con ese deseo en forma de bendición los sacerdotes católicos concluimos el rito del sacramento de la reconciliación, más conocido como “confesión”. El sentido de tal sacramento está ilustrado en esa expresión, ya que la Iglesia cree que ha recibido de Cristo el poder de trasmitir el perdón de Dios. La confesión existe en la Iglesia para que las personas encuentren ese don de Dios que es la paz.

Ciertamente hay muchas imágenes de la Iglesia, y entre esas imágenes no pocas miradas negativas sobre ella, que lamentablemente pueden ser a veces consecuencia del mal testimonio de vida de los cristianos. Hace ya dos años que el papa Francisco usa una hermosa imagen que ayuda a explicar lo que él entiende que debe ser la Iglesia en estos tiempos. En julio de 2013 les decía a los obispos latinoamericanos presentes entonces en Río de Janeiro: “Estoy convencido que este es el tiempo de la misericordia de Dios para su Iglesia. Marcaría como prioridad la dimensión misericordiosa de la Santa Madre Iglesia, la maternidad de la Iglesia, que cura heridas. Este cambio de época está lleno de heridos, gente que dejó la Iglesia a mitad. Y uno puede comentar: ‘Vamos a hacer cursos, esto, aquello’. Después de una batalla, lo primero que hay que hacer en un hospital de campaña es curar las heridas. Yo creo que hoy día la pastoral tiene que plantearse eso seriamente. La pastoral de la Madre Iglesia: curar tantas heridas de gente que se fue, que se quedó a mitad de camino, que se confundió, que se desilusionó: pastoral de la misericordia.” Continuar leyendo

El histórico advenimiento de un Papa argentino

El ejercicio de pensar la historia ayuda a vivir. El mero transcurrir del tiempo no configura historia sino que es la reflexión, ese cierto volverse espejadamente sobre sí, lo que transforma el tiempo en historia.

La crisis del mundo es global. Abarca todos los rincones de la tierra.

La crisis del mundo es integral. Abarca todos los temas que incumben a la sociedad.

La crisis del mundo es humana. Una crisis que afecta a todo el hombre y de alguna manera a todos los hombres.

En una de las crisis más profundas de la historia de la Iglesia Católica (o al menos la más conocida globalmente en tiempo real por la inmediatez de la comunicación) irrumpe el acontecimiento histórico del papado de Jorge Bergoglio. 

Francisco y Francisco

Hasta hace dos años en la Iglesia hablar de Francisco era inequívocamente pensar en el Santo de Asís. El hombre que desde la pobreza, el amor y la fe, sintió el impulso de transformar la Iglesia para hacerla menos poderosa y más fiel al mensaje del Evangelio. No lo logró.

Su figura fue y es un gigantesco llamado al origen del cristianismo; su mensaje fue y es admirado y comprendido por todos como genuinamente cristiano –de lo más cristiano que se haya conocido-; su legado fue y es abrazado por millones de creyentes que encuentran en ese modo simple y pobre de vivir el mejor camino para seguir los pasos de Jesús de Nazareth. Pero la Iglesia como institución siguió siendo más una estructura de poder que una comunidad mística movida por la espontaneidad del Evangelio. A los fines prácticos una mirada cínica podría decir que Francisco de Asís fracasó. Quizás la Sevilla del Gran Inquisidor de Dostoievsky haya sido en realidad Asís. O Roma. Pero la semilla quedó impregnada para siempre en el deseo de la Iglesia. La semilla de una iglesia pobre para los pobres, de una Iglesia más genuinamente cristiana.

Ocho siglos después (¡ocho!) un Papa elige ese nombre. La reforma de Francisco de Asís quiere pasar de la mística a la estructura institucional. 

Hay muchas razones que podrían explicar el impacto profundo que produce el Papa Bergoglio en la Iglesia y en el mundo, pero creo que el factor determinante que hace que todo sea posible es un anciano intelectual llamado Joseph Ratzinger.

Ratiznger proclamó la necesidad de una “hermenéutica de la reforma” en la Iglesia ya desde su primer discurso a la Curia Romana el 22 de diciembre de 2005. Bergoglio asume ese mensaje y lo traduce a comunicación gráfica, gestual y hasta incluso en gestión de gobierno de la Iglesia. Pero el gesto disruptivo de la renuncia al papado es la primera gran reforma en la estructura eclesial.

A los dos años del inicio del pontificado de Bergoglio se intuyen en sus palabras y gestos el deseo de una Iglesia más lúcida en sus estructuras y en sus formas. Un deseo que vive desde los inicios en el corazón de la Iglesia: anunciar al mundo el mensaje de amor universal de Jesús de Nazareth. En sus gestos y enseñanzas, el Papa Francisco le dice al mundo que Dios es bueno y quiere abrazar a todos. Y le enseña a la Iglesia que esa “impostergable renovación eclesial”  tiene un fin: volverse una Iglesia en salida, es decir llena de amor hacia todos los hombres y con una mejor capacidad de comunicarles su mensaje de fe. La iglesia no debe estar enemistada con el mundo sino que debe amarlo y anunciarle el amor de Dios manifestado en Jesús. No se puede hablar de amor sin amor. 

Dos años de Francisco. Dos años de viajes, gestos, fotos, palabras, metáforas, mensajes que interpelan y desinstalan. Dos años de admiración y de resistencias. Creo que hoy el desafío es mirar el norte que él nos indica más que la mano papal cuyo dedo señala el rumbo. El horizonte al que Francisco nos invita es en definitiva la vida y las enseñanzas de Jesús de Nazareth, que vivió pobre entre los pobres con la vida siempre abierta a los otros y al Padre del cielo.

El fracaso real sería sólo admirar al Papa y aplaudirlo. El desafío de la Iglesia sigue siendo animarse más aún a renunciar a toda forma de poder y de autoritarismo que nos aleje del mundo y del Evangelio de Jesús.

Todavía hay mucho por hacer en este sentido.

Francisco, entre la libertad religiosa y la libertad de expresión

Si hay un líder que no necesita ser defendido, ése es el Papa Francisco. Y tampoco necesita “traductores” que digan después “en fácil” lo que el Papa quiso decir. Francisco habla claro porque piensa claro.

En el reportaje a la prensa que dio rumbo a Filipinas, el Papa habló sobre el fundamentalismo religioso y la libertad de expresión y, a una semana del atentado de París, sus palabras causaron revuelo.

No existe la violencia como una cosa en sí. Existen actos violentos que buscan lastimar o destruir a otros y existen personas que optan por la agresión. La peor violencia es la de matar. Por eso la primera reacción de todo bien nacido ante el atentado a la revista Charlie Hebdo es la del rechazo y repudio más categórico. La violencia no construye, la violencia destruye y matar es la peor de las violencias. Continuar leyendo

Misa Criolla y Virgen de Guadalupe en El Vaticano: América Latina al rescate espiritual de Occidente

La Misa Criolla y la fiesta de la Virgen de Guadalupe en el Vaticano, América Latina en el centro de la escena. América Latina: su cultura, su historia y su fe.

El día 12 de diciembre, la Iglesia Católica celebra la fiesta religiosa latinoamericana por excelencia: la Virgen de Guadalupe. El acontecimiento guadalupano es una estupenda síntesis histórica, social, cultural y teológica del encuentro entre los pueblos originarios de América y la fe cristiana, ocurrido hace más de quinientos años. En Guadalupe se percibe el deseo y la posibilidad real de mostrar cómo se puede asumir lo esencial del mensaje cristiano aún sin el ropaje propio de la cultura europea desde la cual llegó en el siglo XVI a estas tierras.

Ya en el siglo XX, a mediados de los años 60, la Iglesia se debatía en el Concilio Vaticano II en la búsqueda de la reforma y renovación que necesitaba para “aggiornarse” a los tiempos actuales. En Argentina, mientras tanto, Ariel Ramírez presentaba su “Misa Criolla”, una obra musical que sigue los textos litúrgicos que se rezan en la Misa con ritmos musicales folclóricos argentinos. El arte logró interpretar y expresar la profundidad de la búsqueda y el deseo del Concilio. Continuar leyendo

Una Iglesia que busca tender puentes con el mundo actual

Esta  jornada es sin dudas un día histórico para la Iglesia. Se trata del día en que en un mismo acontecimiento “convergen” quizás los tres Papas más influyentes de los tiempos modernos. Francisco, el Papa actual, declarará santos a Juan XXIII, Papa entre 1958 y 1963, y a Juan Pablo II, Papa entre 1978 y 2005.

En la canonización de estos dos Papas se les reconoce antes que nada su santidad de vida, es decir, que han vivido el mensaje de Cristo en grado heroico y la Iglesia puede afirmar que ya gozan de la gloria del cielo. Pero también hay en estas canonizaciones otros aspectos que podemos destacar.

Los tres Papas de los que hablamos son modelo de una Iglesia “en salida”, es decir con un estilo misionero y evangelizador que se propone salir al encuentro del mundo y busca tender puentes especialmente hacia los que están más lejos, en las “periferias” tanto geográficas como existenciales.

Juan XXIII, elegido Papa en 1958, hombre de fe sencilla y profunda, se ganó rápidamente el sobrenombre de “el Papa bueno” por sus gestos de cercanía y sencillez. Sin lugar a dudas el acontecimiento central de su pontificado fue la convocatoria al Concilio Vaticano II, una reunión de todos los obispos de la tierra para estudiar el modo de ser Iglesia en el cambiante y vertiginoso mundo moderno. El Concilio duró tres años y elaboró documentos que marcaron una profunda renovación en el modo de la Iglesia de vincularse con el mundo.

Juan Pablo II, un hombre de extraordinarias capacidades que había sido un joven obispo católico en una Polonia bajo el régimen comunista, asumió el papado en 1978, apenas trece años después de haber finalizado el Concilio Vaticano II. A él le tocó llevar a la práctica sus conclusiones. Curiosamente, él mismo había sido protagonista central de algunos de sus debates y documentos. Como Papa su misión de ser “mensajero de la paz” se extendió a lo largo de todo el mundo. Visitó ciento veintinueve países en veintiséis años viajó hasta todos los rincones del mundo, siendo el primer Papa en visitar muchos países. Encarnó de modo existencial la tarea de acercarse al mundo, de salir al encuentro del hombre de hoy.

El 13 de marzo de 2013 Francisco apareció por primera vez en el balcón de San Pedro y pidió la oración del pueblo, asegurando desde el principio que quería “una Iglesia pobre para los pobres”. Ya a los pocos días de asumido, los medios lo pusieron en el centro de la escena y ese cotidiano protagonismo mediático sigue en crecida hoy, un año después. Francisco, en la actualidad, también encarna ese mismo espíritu de una Iglesia que busca acercarse al mundo, ir a las periferias y ponerse junto a los más débiles y los más pobres.

Al Papa se lo llama “Pontífice” que significa “constructor de puentes”. Un puente es una estrategia inteligente para superar un obstáculo que impide el encuentro y la comunicación. El Papa tiene como misión construir puentes en la relación del hombre con Dios en el tiempo concreto que le toca desempeñar ese rol. Pero también está llamado a ser principio de unidad, es decir, a superar las barreras que nos impiden a los hombres encontrarse y dialogar.

Este domingo tres Papas protagonizan la historia en la Plaza San Pedro. La historia del mundo y de una Iglesia que busca ser cercana, ya que tiene una certeza que quiere comunicar: Dios está cerca de cada ser humano, no hace excepción de personas y quiere la felicidad de todos. Dos santos nuevos y un Papa todavía reciente nos lo recuerdan.

Los 4 ejes del éxito político según Francisco

En su reciente encíclica, Evangelii Gaudium, Francisco le habló de Dios a la Iglesia y señaló el camino por el cual ella debe hacer presente la fe en el mundo de hoy. También habló de política. No de esa que piensa sólo en coyuntura o en “rosca”, como a veces simplificamos el concepto en nuestra praxis habitual, sino de aquella que busca principios rectores que influyan en la acción política en sí misma.

En los puntos 222 a 237 del documento mencionado, Francisco retoma ideas que no son novedad en su discurso. Propone y desarrolla cuatro principios como ejes articuladores de todo el pensamiento y la acción en la tarea de construir poder. Un poder que se construye sólo para lograr el bien común y la paz social de los pueblos, que son en la mirada del Papa y de la Doctrina Social de la Iglesia, el horizonte y el sentido de toda acción política.

Esos cuatro principios son:

“El tiempo es superior al espacio”: el principio que permite trabajar a largo plazo sin obsesionarse por resultados inmediatos. Trabajar con convicciones claras y tenacidad pero sin ansiedad. La necesidad del largo plazo en la política.

“La unidad prevalece sobre el conflicto”: asumir los conflictos sin quedarse encerrados en ellos. El hombre político está llamado a la grandeza de animarse a ir más allá de la superficie conflictiva para buscar y desarrollar la comunión en las diferencias. Y mencionando un documento de los obispos del Congo, Francisco propone asumir y vivir en una diversidad reconciliada. La necesidad de la política de encontrar los lazos que nos unen y hacer que esos lazos sean más fuertes que las divisiones y diferencias.

“La realidad es más importante que la idea”: se trata de un diálogo permanente entre realidad y pensamiento, para evitar que las ideas se corten solas, ya que el reino de la sola palabra, de la sola imagen, del solo discurso, acarrea el riesgo de cualquier tipo de totalitarismo. La necesidad de la política de estar en contacto real con “lo que está ahí”. Más que las encuestas el político debe conocer a la gente real, sus necesidades y sueños.

“El todo es superior a la parte”: ampliar la mirada para no obsesionarse por cuestiones limitadas y particulares, encuadrarse en el bien mayor que beneficiará al conjunto. Sin perder de vista lo local que nos pone los pies sobre la tierra, atender a lo global que garantiza el bien y la paz de todos.

Así es como Francisco pretende influir en la política argentina y mundial: iluminando con sus ideas el pensamiento y la acción de los distintos líderes sociales. Un dato no menor es que aquí habla él mismo, sin lugar a dudas; Evangelii Gaudium es un documento oficial. Porque últimamente llegan a estas latitudes supuestos dichos del Papa a éste o a aquel donde apoyaría a tal o a cual, en asuntos de la doméstica rosca nacional…

En estos tiempos creo que debemos escuchar al Papa real para conocer su pensamiento y entender así su accionar como líder mundial. Si caemos en la irresponsable trampa de meterlo en cada cuestión localista, vamos a perder la posibilidad de comprender acabadamente la grandeza de su papado que consiste en ser un faro para la humanidad de nuestro tiempo. Un faro que, desde la fe cristiana, piensa, vive y trabaja para la paz social y el bien común del mundo entero.

Ojala todos los argentinos estemos a la altura de este tiempo privilegiado que nos toca vivir. Ojalá todos actuemos con grandeza interior y sepamos encarnar estos postulados del tiempo, la unidad, la realidad y el todo, incluso en nuestra lectura de los gestos de Francisco.

Si usamos mezquinamente su figura, seguramente nos perderemos algo -o mucho- de este enorme líder que con sus sólidas convicciones y sus principios de acción ya está cambiando el mundo. Y los argentinos, otra vez, habremos perdido una oportunidad histórica.