Tarjeta de crédito única vs múltiples: pros y contras

Daniel Sticco

La preocupación del Gobierno por la aceleración de la tasa de inflación a un rango cercano a 30%, con freno del crecimiento de la actividad económica, lo está llevando a pensar más en cambiar el remedio del congelamiento de precios y la política de aumentos administrados, incorporando aún más medicamentos, que en revisar el diagnóstico. Mientras tanto, el enfermo empeora: continúa la pérdida de capacidad de compra de los ingresos de las familias.

Eso es lo que se advierte en la idea que trascendió de un encuentro de algunas cadenas comerciales con el secretario del Comercio de avanzar en una tarjeta de crédito única para pagar las compras en todos los supermercados del país.

La propuesta va en camino de sacar de competencia a las restantes emisoras y no explicita si el Banco Nación, que monopolizaría la emisión –no está claro si se sumará la tarjeta SUBE-, estará en condiciones de ofrecer la variedad de descuentos y promociones que ofrecen el resto de las entidades emisoras de tarjetas de créditos en diferentes días de la semana, a lo largo de los siete días. De ese modo, el supuesto beneficio quedaría limitado a parte de los nuevos consumidores que de otro modo no podrían acceder al plástico (los de bajo poder adquisitivo y quienes se ocupan en negro).

Por el contrario, la población bancarizada, en particular la de medianos ingresos que se mueve con varios plásticos para poder optimizar el aprovechamiento de las ofertas y promociones, verían perder capacidad de gasto, al caer los beneficios que obtienen actualmente, que pese a no estar publicitados en los medios gráficos masivos siguen vigentes.

Mientras tanto, del lado de las grandes cadenas de supermercados, las ventajas que obtendrían con un menor cargo del emisor de la tarjeta única sería menor a la posible pérdida de clientes que hoy le generan un volumen de operaciones suficiente como para poder solventar una comisión hasta tres o cuatro veces más alta.

En ese escenario, de esperable menor volumen neto de operaciones, volvería a ganar impulso la venta en los establecimientos chicos de barrios, muchos de los cuales no forman parte de cadenas comerciales internacionales o de comunidades asiáticas, pero que fueron adquiridas por familias chinas, coreanas o vietnamitas, ya que se encontrarían con un desplazamiento de la demanda del público que observaría que sus precios actuales se equipararían con el de las grandes cadenas.

Para el sistema bancario, la pérdida del canal de venta masiva de productos para sus tarjetas de crédito implicaría un duro golpe a la rentabilidad, que deberán compensar con suba de las tasas de interés de los créditos, dadas las limitaciones impuestas por el Banco Central al ajuste de las comisiones por sus servicios.

Ganadores y perdedores

De ahí que, como está planteada, de prosperar la instrumentación de la iniciativa de la tarjeta única para compra en supermercados los ganadores serían los consumidores no bancarizados, los súper que hoy no operan con tarjeta que serían atraídos por un cargo mínimo de 1% de sus ventas y el Banco Nación.

Por el contrario los perdedores serían las tradicionales emisoras de tarjetas de crédito, los consumidores bancarizados, -porque perderían los beneficios de las promociones y descuentos exclusivos que ofrece cada banco emisor-, el resto de la banca pública y privada -que perderán una significativa fuente de ingreso- y también la AFIP -porque la medida tentará al mayor uso de efectivo en operaciones no registradas, es decir en negro.

Por tanto, en lugar de buscar atajos para combatir la inflación y mejorar el poder de compra de los ingresos de las familias sería más fructífero revisar el diagnóstico y aceptar las recetas probadas en la mayor parte del planeta, para que la suba de los precios vuelva al rango de un dígito bajo.

Brasil está dando algunas pistas: baja de impuestos a los productos de la canasta básica, suba de las tasas de interés para desalentar el exceso de consumo y promover el ahorro, lubricante clave para reanimar la inversión productiva, y recuperar la solvencia fiscal, de modo de prescindir de la emisión espuria por parte del Banco Central.