La Nación en emergencia

Mundo Asís

La ley 25.561 terminó con el federalismo. Transformó a las provincias en mendigas. 

El objetivo consiste en aprovechar la indolencia parlamentaria. Coincide con la irresponsabilidad de los innumerables feriados acumulativos. Cuando concluya esta Feria de la Alegría, podrán conocerse, acaso, algunas medidas económicas que aludan al racionalismo.
Como evaluación del último relevamiento, Consultora Oximoron sugiere (incita, aconseja) a los señores legisladores que estudien, de una vez por todas, derogar la Ley 25.561.
Trátase de La Ley de Emergencia Pública. Instrumento de tortura aprobado en aquel enero crepitante de 2002, mientras el país se incendiaba.
Cuando Eduardo Duhalde, El Piloto de Tormentas (generadas), debía “sacrificarse” y asumir la Presidencia de la Nación, a la que había aspirado, sin mayor suerte, en 1999.
Después del tropezón institucionalmente atroz del solitario Fernando De la Rúa, y del minué inolvidable de los tres breves presidentes. Tendrán también, al menos, dos de ellos, su merecido busto de piedra.
Ramón Puerta, Adolfo Rodríguez Saa. Y el tercero, Eduardo Camaño, que supo elevarse como el mejor de todos los presidentes. En diez horas de mandato, Camaño ni siquiera tuvo tiempo para cometer sus personales errores.
En semejante marco de delirio, las provincias arrastradas decretaron, casi sin darse cuenta, la muerte cívica del federalismo.
Por su parte el parlamento decidió enrolarse en la extendida pasión por la inoperancia. Al trasladarle, al Poder Ejecutivo, los excesivos atributos que le correspondían.
En adelante, en desmedro del Legislativo (y de las provincias) el Poder Ejecutivo podía hacer (y deshacer) con las partidas, lo que arbitrariamente se le antojara a su inquilino.
Once años y dos meses después, con la jactanciosa consagración del modelo cristinista, “de producción con inclusión social”, ya nada justifica el mantenimiento de La Ley de Emergencia Pública.
Salvo que se opte, en bloque, por la placidez del sometimiento.
Si hoy el país se encuentra en emergencia, en todo caso, es sólo por encontrarse conducido por una triste conjunción de insolventes e incapaces. Sin relevancia ni idoneidad.

Osiris Alonso D’Amomio
Director Consultora Oximoron

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La Ley 25.561, llamada de Emergencia Pública, fue el regalito envenenado de Reyes del 6 de enero de 2002.
Surge como consecuencia de la caravana interminable de desatinos, que mantuvo consecuencias desastrosas.
Para la economía, pero también -sobre todo- para la política.

El país -es cierto- estallaba. Para esta primera entrega, Oximoron considera innecesario reintentar la confección de una historia. Basta con el “ayuda memoria” de subrayar el penoso desconcierto del presidente De la Rúa. Se sentía traicionado. Abandonado.
El pobre estadista arrastraba su banda, pero no precisamente la presidencial. Desde aquella abdicación torpemente espectacular de Carlos Álvarez, alias Chacho, El Ideólogo del Varela Varelita.
Se asistía a la aniquilación de la Convertibilidad que había signado la transformación profunda de la década anterior. Ya no podía evitar su final, siquiera, Domingo Cavallo, su creador. Resultaba insuficiente el recurso del “corralito”. Ninguna estrategia podía suplantar la desaparición total del concepto de autoridad política. Sobre todo cuando la señora Anne Krueger, del Fondo Monetario Internacional, disponía de luz verde para decidir la caída de la Argentina. A los efectos de brindarle una lección moral a los otros próximos audaces del mundo.
Diez años después la penitencia sería para Grecia. En doce, le iba a corresponder a Chipre. Castigados que dispondrían del consuelo de su unión continental.

Basta con enumerar, en la distante Argentina, aquel coctel explosivo de default, instruido por el presidente Adolfo Rodríguez Saa, ante la algarabía inexplicable de los parlamentarios que necesitaban festejar algo, lo que fuera. Con la devaluación, sin anestesia, perseguida por la letal pesificación asimétrica, decidida por Duhalde, ante la algarabía de determinados empresarios que debieron tomarlo como el Bañero Providencial. Emergía para salvarlos del naufragio.
“Clarín, Techint, teléfono”.

En su texto original, la “Emergencia” debía caducar cuando concluyera el mandato que se había estipulado para Duhalde. Diciembre de 2003.

Pero La Ley 25.561 fue sucesivamente renovada. Hasta la monotonía. Lo excepcional se transformaba, aquí, en habitual. Aun cuando ya no fuera necesaria. La soja elevaba su precio y se reproducía hasta en las paredes. Mientras el ejecutivo kirchnerista se acostumbraba a la libertad, casi autoritaria, de modificar partidas. De disponer de los fondos para disciplinar a los gobernadores.
Ahora Oximoron advierte que la ley caduca en diciembre de 2013.
Es de esperar -al menos es de desear-, que los legisladores se despierten de la siesta que lleva una década. Que se pongan las pilas y se calcen la casaca de sus respectivas provincias. Que se armen, en fin, de migajas de coraje. Y no se obstinen en dilatarla, por comodidad de la rutina o por los efectos de la presión, hasta finales de 2015.
Cuando expire, previsiblemente, el mandato de Nuestra César.

Para la salud de la república, en su relevamiento, Consultora Oximoron evalúa que La Ley 25.561 debe ser volteada antes. Este año. Ya.
A los efectos de poder mirarse, con seriedad, en el espejo. Y volver a encontrarse, de nuevo, con algo parecido al país federal.

El Esperpento

La Ley 25.561 es un esperpento jurídico”, confirma la Garganta sabia. Sirvió para que el Poder Legislativo se inmole. Se auto-destruya, como aquellas viejas grabaciones de las películas de espías, en blanco y negro. Y declare su propia caducidad.
Porque el Parlamento diluyó su condición de ser uno de los tres poderes del Estado.
Debió transferirle, en La Emergencia, que apenas se legitimaba por el incendio, al Poder Ejecutivo, sus atributos fundamentales.
Cederle las facultades claves que son reguladas por la Constitución Nacional. “Artículo 29”, ilustra la Garganta.

Al aprobarse el texto que concedía la suma del poder público al Ejecutivo, el Legislativo decidió cumplir, en adelante, en la escenografía, con el rol de plástico de la decoración. “Quedó pintado”, confirma la Garganta. Pintado, para colmo, mal. Sin respeto, a la bartola, con los peores trazos. Conformado con un morral.

Patologías

En su patología, el kirchnerismo supo exprimir, hasta el abuso, las ventajitas políticas de La Ley de Emergencia.
Con algún aporte significativo. A partir desde 2003, en todos los presupuestos, el Premier, o sea el Jefe de Gabinete -así se trate de El Abalito-, mantiene la insólita facultad de reasignar, a su criterio, las partidas. Sin siquiera rendir alguna explicación al ocio intelectual del Congreso.
Los superpoderes, en definitiva, le depararon un “poder omnímodo” al cristinismo. Y condenaron, a los dóciles gobernadores, a padecer el suplicio mendicante de los atragantados. Hasta reducirse, a la nadería casi patética, al propio parlamento.
A través de los dos instrumentos (de tortura) que fueron concedidos, La Ley de Emergencia y Los Superpoderes.
Dictaminaron, aparte, “la muerte súbita del federalismo fiscal”.

El Furia, primero, y Nuestra César, después, transformaron a los “Gobernadores Atragantados” en meros “representantes del poder central”. Embajadores huecos en su propia tierra. Deben aún mendigar, hacer buena letra, redondita y clara, para pagar las cuentas del consorcio. Como si fueran favores que el poder central le dispensa. Con la compulsiva retribución de la obediencia política.

Si no se atragantan, inclinados ante sus rodillas, los Gobernadores atragantados se arriesgan al retraso fatal de las partidas. Lo que en cualquier provincia es un abuso incalificable, en Buenos Aires, “la provincia inviable”, se transforma en un paulatino acto de genocidio administrativo.

Berreterías

“Cuando asumió Néstor, las provincias recibían, por la co-participación el 48 por ciento de lo recaudado”, confirma la Garganta. “En 2012, con Cristina, recibieron menos del 30”, prosigue.

Para sintetizar la berretería del final, el gobernador que no se alinea, y que no se atraganta, no recibe la soga de ningún financiamiento extra. La ecuación es, en el fondo, demasiado simple: “Si te alineás y pedís la reelección, cobrás”.

Significa confirmar que La Ley de Emergencia, que mantuvo la relativa legitimidad cuando debía apagarse la incompetencia del incendio, con la irrupción de la patología cristinista derivó en el efectivo instrumento de persuasión. Que alcanza, sin embargo, ribetes de inquietante perfeccionamiento. Con el puenteo inadmisible hacia los gobernadores.
Metodología utilitaria y eficaz para doblegarle a los intendentes de los municipios afines.
Obras y dinero, en la berretería del final, a cambio de alineación, humillación y atragantamiento.

Es el mecanismo que explica que los Gobernadores atragantados, ante sus representados que los votan, queden de adorno. Decorativos. Como los aplaudidores que morralean en el parlamento nacional.

Emerge la hora, acaso, para la vanguardia de Consultora Oximoron, de ponerse los largos. Y encarar el retorno. Hacia el federalismo real. A los efectos de rescatar -al federalismo- del territorio de la retórica. Ideal, apenas, para la confección de las gárgaras.