
Por: Christian Joanidis
Con muy buenas intenciones suele decirse que “hay que sacar a la gente de las villas”. Quienes lo dicen quizá pretenden que la gente que vive en las villas deje ese lugar y pueda insertarse por completo en la ciudad o en la parte de la ciudad que no es villa. Lo cierto es que esta frase encierra —más allá de la intención con la que se profiera— una serie de paradigmas y concepciones que pueden tornarse peligrosos para una sociedad.
La deconstrucción de esa idea, que incluso suele ser sostenida por figuras de la política, pone en evidencia la vieja contraposición entre civilización y barbarie que ha causado estragos en el mundo. Las potencias europeas adoptaron esta perspectiva cuando conquistaron sus colonias. Naciones civilizadas que se encontraban con pueblos “salvajes” que, para ingresar al mundo civilizado, necesitaban de la luz y la verdad de sus conquistadores. Con esto no quiero hacer un juicio histórico, porque no tendría demasiado sentido juzgar a alguien del 1800 a partir de nuestros criterios. Sin embargo, hoy en día muchas personas suelen ver a las villas así: como un lugar que debe ser “civilizado”.
Quien se cree un “civilizador” se coloca en una posición de superioridad con respecto a quien debe ser “civilizado”. Sin importar si a esto lo mueve la soberbia o la piedad, el resultado es que comienza a aparecer una brecha. De esta brecha comienzan a surgir dos culturas distintas y podría ocurrir que, en algún momento de intolerancia, hubiera un choque entre estas dos culturas. No quiero parecer apocalíptico, no imagino una guerra, pero sí veo una clara contraposición entre un “nosotros” y un “ellos” que propone una conveniente distancia que nos hace olvidar que “ellos” siguen siendo nuestro prójimo. Se trata de un “ellos” que vuelve lejana la problemática de quien está a unas cuadras de nosotros, de quien vive en nuestra misma ciudad.
No hay dos ciudades, hay una sola. Por una cuestión de humanidad, no se puede sacar a la gente de la villa. Para explicar esto se me viene a la cabeza este paralelo: yo vivo en San Cristóbal y me imagino a alguien de Recoleta diciendo que me tienen que sacar de San Cristóbal. Tal vez el de Recoleta lo diga con buenas intenciones porque, a su entender, yo no vivo como debería vivir. Y también imagino, por poner otro ejemplo, a alguien de Berlín diciendo que me tienen que sacar de Buenos Aires. Un berlinés se preguntará atormentado cómo vivo yo en un lugar tan inseguro, tan peligroso y creerá con sinceridad que lo mejor para mí sería que me sacaran de esta ciudad. Pero a mí nadie me ha preguntado qué quiero: yo creo que lo mejor para mí es transformar mi ciudad y hacer que sea un lugar más seguro, no extirparme de ésta, la cual considero mi lugar.
Lo mismo sucede con las villas. No se puede sacar a la gente de allí, lo que se puede hacer es ayudarla a transformar el barrio donde vive. Debemos generar proyectos que hagan de las personas líderes positivos, líderes que puedan desencadenar un cambio que convierta todo aquello que daña a la gente de la villa, sin que este cambio se lleve todos los aspectos positivos de esta cultura tan rica y particular. Aspectos positivos que yo vivo cada vez que la visito.