Postales de la historia, de Colón a Cabandié

Fernando Morales

Tal vez le ha pasado como a mí -amigo lector- que a lo largo de la vida he ido sufriendo reglamentarias desilusiones colocadas en el camino de manera organizada por alguna mente superior que nos pone pruebas día tras día para templar nuestro carácter.

Nunca olvidaré la angustia que sufrí cuando me notificaron de la cruda verdad acerca de los Reyes Magos y Papá Noel. Menos traumático, pero igualmente doloroso, me resultó descubrir la mentirita educativa sobre el 25 de mayo de 1810, los paraguas, French y Beruti con las cintas celestes y blancas y tantas otras que una y mil veces llevan a uno a preguntarse por qué no me enseñaron la verdad de la historia de entrada en lugar de hacerme aprender de memoria un montón de mentiras y encima calificarme por haberlas aprendido.

Sin embargo, estas cosas de las niñez el tiempo las va borrando y puedo tibiamente afirmar que no me han dejado secuelas que me impidan seguir con mi vida. Luego la adolescencia traería otras cuestiones que van surgiendo de manera directamente proporcional al desarrollo del intelecto, de la capacidad de razonar, de analizar y filtrar adecuadamente toda la información que recibimos, sea de parte de nuestros maestros, profesores, padres, etcétera. En algún momento todos llegamos a tener nuestra más o menos propia opinión sobre San Martin, Sarmiento y Rosas. Fuimos capaces de entender que Canning no era el nombre artístico de Scalabrini Ortiz, sino que eran dos señores distintos que se alternaban históricamente para “adueñarse” de una calle porteña. Aprendimos también que Cangallo no era un opositor a Juan Domingo Perón, sino que es un localidad de Perú a la que se echa mano cada vez que el general cae en desgracia, haciendo caducar miles de toneladas de papelería comercial, carteles y hasta guías telefónicas al cambiar el nombre a una muy importante arteria de la ciudad.

Lo que sin lugar a dudas puede generar trastornos de proporciones es llegar a la adultez y descubrir que hemos vivido la mayor parte de nuestra vida engañados y ciegos de ceguera absoluta. Así despertamos una mañana y de repente la realidad nos golpea la cara y nos grita “Colón no fue un gran almirante, fue un genocida, torturador, ladrón, un ‘ocupa’ a gran escala, violador serial, peor que el peor de los dictadores; el terrible y diabólico Hitler no hubiera llegado a ser el lustra botas del maléfico súbdito de la corona española si hubiera tripulado La Niña, La Pinta o La Santa María”.

Y pensar que durante siete años de colegio estatal primario, cada 12 de octubre con el guardapolvo blanco recién almidonado por mi vieja, asistí al acto del “Día de la Raza”, y para colmo de males al menos en tres de esos siete años me vestí de Colón y subí a las “tablas” del salón de actos del colegio para emular al ilustre navegante (tanto me metí en el papel que terminé siendo marino). Si lo pienso bien, estaría en condiciones de iniciarle un juicio al Estado que me obligó a hacerle propaganda a semejante engendro del demonio.

La grandeza y virtudes del actual “modelo” sin lugar a dudas sirven para ir poniendo cada cosa en su lugar; desde hace meses, los cada vez más numerosos “sin techo” que moran en la recova del Paseo que aún conserva descaradamente el nombre de “Colón” ven por las noches cuando se acuestan en el piso, tapándose con harapos, que el otrora poderoso conquistador duerme tirado en el piso al igual que ellos. Seguramente, durante las últimas gélidas noches capitalinas, sus pieles amanecieron tan heladas como el frío y ostentoso mármol de Carrara de nuestro ahora descastado don Cristóbal (recuerde el lector que siempre cuando hablo de Cristóbal me refiero a Colón, no al otro). Si esto no es inclusión, ¿la inclusión dónde está?

Tal vez lo particularmente maravilloso del proceso involutivo al que parecemos estar condenados y que hace que ya casi nos encontremos sin posibilidades serias de discutir nuestro presente para mejorarnos el futuro, sea que la visión sesgada y retrospectiva de la historia tal cual la aprendimos se proyecte en reversa hasta llegar quién sabe si al origen mismo de la humanidad, siendo que al no existir “partícipes necesarios” vivos, hemos hecho solidariamente responsables a las imágenes, estatuas, bustos, billetes de papel moneda y cuanta cosa se nos ocurra para sembrar cada día un poco más de discordia en la ya literalmente destrozada convivencia de la sociedad de nuestra patria.

Nutriéndonos de diferentes plumas, podremos tener más o menos claro el panorama de aquellos finales del siglo XV, en donde el imperio de la monarquía era un tanto más duro que las tiernas imágenes que las oficinas de prensa reales nos envían de -por ejemplo – el rey Guillermo y nuestra reina Máxima. Épocas en que los papas emitían solemnes “bulas” que creaban o hacían desaparecer países. En aquellos días los sumos pontífices no llamaban al diariero para pedirles que anulen la suscripción del periódico, ni se hacían un tiempito para hacerle un sándwich al guardia suizo que velaba su sueño (¡grande Francisco!). Igualmente, la “civilización” del Nuevo Continente no fue seguramente muy respetuosa que digamos con los derechos civiles, comerciales y humanos de los originales moradores del continente descubierto por Colón pero llamado “América” en honor a Américo Vespucio. Es muy probable además que Colón y sus muchachos se hubieran llegado a sentir infinitamente superiores a aquellos primitivos indígenas a los que estaban sometiendo. Algo muy muy feo, de más está decirlo.

Y lo cierto es -amigo lector- que la única manera de poder analizar la historia -sea esta remota, medianamente antigua o de ayer nomás- es poniéndose íntegramente en contexto de tiempo y espacio y juzgar a los protagonistas de cada momento con el metro del bien y del mal vigente en la época analizada. Le debo a Belgrano mi profesión, él creó mi escuela con una absoluta visión de futuro; pero prohibió a los negros entrar a las aulas salvo para limpiarlas y encender las velas (según indica su reglamento original). ¿Era Belgrano un racista? ¿O será simplemente que en 1799 ese era el rol asignado por la sociedad porteña a la raza africana? Quédese tranquilo, a mí también me eriza la piel el solo hecho de pensarlo, porque no estoy entrenado para retrotraer mi mente doscientos años hacia atrás.

Pero para ir redondeando esta columna, como hago a veces le propongo un juego. Tomemos una foto de una pequeña porción de la actualidad argentina y hagamos con ella una bonita postal.

La Presidente de la Nación se ha enfermado. En un primer momento buena parte de la ciudadanía, en lugar de rezar por su recuperación, creyó que era parte de una campaña electoral. Luego cuando la cosa pintó seria, la incertidumbre se apoderó de aliados y adversarios, quienes eran informados de las novedades sobre la salud presidencial no por un neurocirujano de prestigio, tampoco por un médico de planta del sanatorio en donde se encontraba, ni por un residente de guardia, ni tan solo por el brujo de la tribu (como se hubiera hecho en la América que descubrió Colón), sino por un señor muy amable pero a todas luces no idóneo en cuestiones médicas y con serios problemas de dicción y poder de comunicación.

Paralelamente, la Presidencia del país es ejercida por un ciudadano que tiene el escritorio lleno de expedientes, siendo que éstos no son inherentes a la administración del Estado sino correspondientes a sus numerosas causas judiciales. Para más datos la oposición lo detesta casi tanto como el oficialismo. Pero mágicamente allí está, hablando en los actos públicos mientras sus subordinados le cortan el sonido para minimizar el daño de sus huecas palabras.

Y para darle un toque de color (negro) a nuestro retrato, agreguemos a un legislador de la Ciudad y candidato a diputado de la Nación que es sorprendido en un control rutinario de tránsito sin los documentos que cualquier ciudadano de la república necesita para circular, resultando que en lugar de avergonzarse por el descuido, busca la prebenda de manera cobarde, amenazando desaforadamente a una uniformada que por el solo hecho de toparse con un miembro de la casta superior, vio cómo se desvanecía en el aire todo aquello que le han enseñado los actuales gobernantes sobre violencia de género, acoso laboral, etcétera. Luego, en su defensa el “funcionario público” violador de la ley declararía que se “enojo porque lo quisieron sobornar”, asumiendo públicamente que volvió a violar la ley; ya que si esto hubiera sido así, y en virtud de su cargo público, debería haber hecho inmediatamente la denuncia penal respectiva.

Finalmente, querido amigo, traslade esta situación absolutamente normal en el presente argentino, a los próximos quinientos años, o cien o cincuenta o tan solo a diez años vista. Y póngase en el lugar de quien tenga que analizar lo aquí descripto. ¿No cree que tal vez el analista llegue a la conclusión de que al igual que Colón y sus muchachos, nuestros actuales colonizadores se creen que son superiores al resto de nosotros?

¿Se dio cuenta? Pasaron quinientos años y estamos igual. Así que por favor pongan de una vez la estatua de Colón en su lugar y dejen de pensar que más que indios somos estúpidos.