
Por: Martín Yeza
Son tiempos de fiesta y encuentro con nuestros seres queridos. También son tiempos de balance y análisis de cómo nos ha ido, en los que uno se plantea cómo seguir y qué nos depara el futuro.
La sociedad se encuentra en un estado de preocupante división. Cada uno tal vez encuentre sus propios desafíos, pero estos son para mí sobre los que deberíamos pensar en estos días:
La familia y los afectos. De una forma u otra todos tenemos conocimiento de amigos o familias que se han desunido por discusiones políticas. Para unos puede ser el proceso de la “recuperación de la política”, para otros la “tensión producida por la lógica amigo-enemigo”. Cuando la política pone en conflicto las relaciones cotidianas que nos unen como sociedad es momento de repensar la dirección por la que transita.
Efecto Rippley. Para John Heider, el Efecto Rippley o dominó puede simplificarse así: “Si tú funcionas, influyes en tu familia. Si tu familia funciona, influye en la comunidad. Si la comunidad funciona, influye en la Nación. Si la Nación funciona, influye en el mundo”. Es muy tentador pensarlo al revés, pero no hay que hacerlo. La unión debe ser practicada desde la individualidad para poder exigirla a la generalidad. No hay paz social sin paz individual.
Discurso binario. Debemos resistirnos a la implementación del discurso “ellos o nosotros”. No hay buenos y malos. No hay héroes y villanos. Ni Boca o River. Todos somos un poco ambas cosas y mucho más. Mejor que ubicarse en los grises es reconocer que existen las gamas de colores. No hay que resignarse a tener que oscilar entre unos y ceros. Nuestro único límite somos nosotros mismos y todos nosotros juntos.
Más gestión, menos política. El “regreso de la política” tiene un problema fundamental: si no sirve para solucionar los problemas más básicos entonces no sirve. Debe ser arrojado a las llamas y pensarse desde el momento original. Puede faltar definición ideológica sobre algún tema, pueden existir dudas, y también hasta puede existir un poco de sana discusión, lo que no puede faltar en ningún sistema político es humildad.
Imaginación. Se siguen pensando los problemas de la cotidianeidad con una lógica que atrasa por lo menos 40 años. No se pueden tratar fenómenos totalmente nuevos con las herramientas de un mundo que ya fue superado. Pretender hacer extensiva la lógica de un mundo que ya pasó, más que un conflicto ideológico-político es un tema de diván. El siglo XXI debe encontrar respuestas a las preguntas del siglo XXI. El futuro une, el pasado divide.
Recuperar el horizonte de progreso. Cuando la Presidente dijo el 15 de noviembre que también era de clase media le creí. No se puede reducir conceptualmente la pertenencia de clase a meras cuestiones estadísticas. El progreso siempre fue el factor transversal y tal vez una de las mayores y mejores herencias que dejaron el peronismo y el radicalismo. Se puede ser de clase baja, media o alta, pero trabajadores deberíamos ser todos. Sin trabajo ni educación no hay progreso. Tampoco democracia. Se deben repensar los mecanismos de redistribución de la riqueza para el progreso. Los institutos actuales que propone el gobierno nacional son insuficientes. No alcanzan.
Los espectros ideológicos. El mundo es capitalista. La ideología no es más un problema. Las prioridades no son más un problema. Todos coincidimos en cuáles son los problemas. La “derecha” era una referencia a los factores conservadores en el mundo, para los que nada querían que cambiara. En algunos países puede poder existir esta dicotomía pero en un país en el que hay tanto por hacer, nadie se admitiría en el sentido de esta clase de derecha. Todos, con matices, admitimos que hay muchísimo que cambiar.
Cooperación. El deseo y pretensión por mayor cooperación entre gobiernos locales, provinciales y nacional debe darse sinceramente. Hay segundas y terceras líneas opositoras que exigen cooperación insultando o faltando el respeto a la señora Presidente y sus adláteres. También hay segundas y terceras líneas oficialistas que fomentan este tipo de provocaciones con más provocaciones. Es posible cooperar pero por sobre todas las cosas, cuando la falta de cooperación afecta a los pueblos es momento de entender que la cooperación es necesaria.
Normalidad. Parecemos los Mayas, pero con la diferencia de que nosotros pensamos que el mundo termina en 2015. Ojalá pudiéramos vivir y convivir democráticamente entendiendo que se cumple una etapa histórica con sus virtudes y defectos. Que llega el turno de otra experiencia democrática. Aceptarlo con mayor naturalidad y menor sentido dramático. Recuperar la normalidad, dejar de producir enfrentamientos que son improductivos. La Patria necesita que todos podamos explotar al máximo nuestras energías para la transformación social. Generar las bases para poder vivir un poco mejor cada día.
Una sociedad pacífica es más feliz. En estas semanas se han desencadenado una serie de sucesos que han refrescado heridas sociales que son propias de otros tiempos. No importa quiénes son los culpables -más bien diría que “todos y ninguno”-. Hemos aprendido en mayor o menos medida que no queremos que nos gobiernen los militares ni tampoco políticos elegidos a dedo por la “endogamia política”. Es profundamente improductivo y endogámico estar pensando todo el día en echar culpas. Son tiempos para pacificar. Es necesario. O como dijo John Lennon “La guerra se termina: Si tú quieres”*.
*”War is over: If you want it”.