
Por: Martín Yeza
El mundo post caída del muro de Berlín se ha quedado sin interpretaciones. Quedó al desnudo y no ha surgido una respuesta cultural que sea paradigmáticamente representativa de lo que sucede más allá del aplastante silencio que nos inunda en todos los sentidos: artístico, político, científico y económico.
En su muy interesante ensayo Sobre lo bello y lo sublime, Kant abarca los dos grandes movimientos estéticos filosóficos y artísticos de la historia hasta ese momento: el apolíneo y el dionisíaco, basados en la cosmología mítica griega. Tema que retoma Nietzsche en El crepúsculo de los ídolos y configura una enorme disyuntiva que se repite en la historia, la pulsión entre el idealismo y lo humano.
Es inevitable tener que vernos a través del prisma del mundo en algún momento, un mundo que está cambiando y que viene a plantear un sistema de valores con los que no estamos familiarizados en absoluto. Un bagaje cultural prácticamente opuesto al que nos hemos acostumbrado en los últimos 50 años. China está cambiando tanto como está cambiando al mundo.
Todo cambio trae turbulencias y es en las turbulencias donde la diferencia la hacen los que planifican o, como decía Churchill,“no es el plan lo que importa sino la planificación”. Es en este contexto que entre algunas cosas que debemos resolver se encuentra el hecho de ordenar lo más básico de todo, que es cómo relacionarnos como comunidad o ciudadanía.
Se han escrito muchas páginas al respecto de los valores del ciudadano argentino, su moral y aparente tendencia a la corrupción. Se dice que la política es un reflejo de la ciudadanía, así como otros justifican que si algo es realizado por los políticos por qué no puede hacerlo uno. No sé cuánto hubiera durado Kant teniendo en cuenta su apego al imperativo categórico a partir del cual “toda la moral de una persona debe poder reducirse a una sola acción”, pero imagino que se hubiera sentido frustrado en distintas ocasiones.
En Argentina esta pulsión subyace y se refleja en nuestro Boca-River político, que es la disputa histórica entre peronismo y radicalismo, o si se quiere realismo vs idealismo a los fines de esta nota. El peronismo no ha sabido sortear el aura de picardía que lo envuelve así como al radicalismo le cuesta sacarse el trajín de idealistas en un país con tanta realidad.
Desde el contrato moral que propuso en su momento Elisa Carrió hasta “la profundización del modelo” y el “Ellos o nosotros” del kirchnerismo, tenemos un universo de propuestas contractuales extrañas. William James a fines del siglo XIX y principios del XX presenta un sistema basado en una herencia práctica que se denomina “pragmatismo”. El pragmatismo no niega la importancia de sostener un sistema con ciertos/algunos principios siempre y cuando tengan un correlato vinculado con la realidad.
Churchill también decía que el valor más importante de todos era el coraje, ya que sin él eran imposibles el resto de los valores. Aquí sucede algo similar pero con el respeto: sin respeto no hay sistema que pueda funcionar. Un respeto que no consiste en tener que anteponer “señor” y “señora” cada vez que hablamos con alguien.
Los modelos más exitosos de contrato social son los que delegaron en el Estado la responsabilidad de un sistema de control y fiscalización rígidos que los obligue a no fallar, que funcione a pesar de ellos. Prácticos, sinceros y realistas.
Sin embargo, y a pesar de mis deseos el primer paso para pensar en un contrato social práctico, basado en la sencillez, debemos comenzar un proceso de reflexión y sinceramiento sobre si creemos realmente posible que el problema de nuestra nación es un problema “moral o su contracara absolutista, la ausencia total de ella, o si parte de nuestros problemas pueden ser resueltos corrigiendo pequeños detalles de la vida cotidiana y construir así una moral de las cosas prácticas, ostensibles.
Creo que los dogmatismos y las presentaciones crudas o idealistas son parte del siglo XX. También creo que en el siglo XXI empiezan a configurarse los primeros movimientos que permiten percibir cómo deberemos adaptarnos para estar mejor, que es en definitiva para lo que se supone que sirven el progreso y la madurez.
Es por todo esto que debemos avanzar hacia una idea práctica contractual basada en la sencillez de las cosas que nos molestan y corregirlas. Es mucho menos grandilocuente que creer que todo debe estar inscripto en grandes teorías y grandes problemas, y no me parece imposible de realizar.