
Por: Martín Yeza
El año pasado vi la película Luces rojas, protagonizada por Robert De Niro, que trataba sobre un hombre con aparentes poderes sobrenaturales que era desafiado por un equipo científico. La película en sí no es ni buena ni mala pero me despertó la curiosidad sobre un fenómeno extraño que es el de los “médiums”-psíquicos que aparentan capacidades paranormales a los que la gente acude para conocer su futuro o conectarse con alguien que ya no está y supuestos poderes de sanación-.
A raíz de esta curiosidad di con el libro The psyquic mafia, escrito en 1976 por Lamar Keene, ex médium, quien se propone un experimento científico: realizar sesiones como médium y al final de cada una de ellas contarle a cada persona y grupos de personas cómo los intentó estafar revelándoles cómo les mintió. Así es como da con un extraño fenómeno al que denomina “Síndrome del verdadero creyente”, que consiste básicamente en que hay personas o grupos de personas a quienes a pesar de explicarles racionalmente algo que es mentira siguen creyendo que es verdad.
El síndrome del verdadero creyente se reproduce patológicamente en distintos ámbitos. No es extraño que por las tonalidades de la política argentina, que a veces toma cauces cuasi religiosos, se evidencie esta fe fanática que intenta justificar absolutamente todo a través de la fe a pesar de las contundentes e incontrastables evidencias empíricas.
Hay una militancia -que en general existe en casi todos los partidos políticos pero que abundan en algunos- que reproduce este comportamiento y cree que es una virtud ser un “verdadero creyente”. Nada tiene que ver esto con la individual creencia religiosa que puedan tener los ciudadanos, sí merece una advertencia ver cómo a partir de esta arquitectura religiosa unos cuantos vivos intentan trasladarla a la esfera de la discusión pública.
No quiero caer en lugares comunes por todos conocidos respecto a los elementos sobre los que se miente, así de cómo a veces intentan imponernos relatos como realidades, pero sí reflexionar sobre esta convicción cultural de que los “verdaderos creyentes” son necesarios como militantes políticos para defender más que ciudadanos reflexivos para transformar.