Dólar paralelo y realidades paralelas

Juan Gasalla

La arremetida del precio del dólar libre o “blue” volvió a encender señales de alerta sobre la dinámica de la economía argentina, en un año electoral en el que cualquier novedad que altere el humor social potencia su repercusión. Lo curioso es que ante un mismo fenómeno, las reacciones y opiniones generadas describieron realidades contrapuestas, como si se refirieran a países distintos.

La lectura del oficialismo fue la de estimar que el empuje alcista obedeció a una mera especulación financiera, para apurar una devaluación de envergadura (30 ó 40 por ciento) que termine por reducir salarios vía tasa de cambio e incrementar las ganancias de los tenedores de dólares y sectores exportadores.

Fuera de la esfera oficial, los analistas insisten en que hay otras causas para la “fiebre” delatada por el “termómetro” del mercado paralelo: la inflación y la fuerte emisión de pesos para cubrir el gasto público no sólo incrementan el precio de la divisa, también derriban expectativas y diluyen la confianza de ahorristas e inversores en la política económica. Más allá de las ponencias teóricas, la realidad habla de una dramática desaceleración de la actividad y el riesgo que ésta representa para el sostenimiento del empleo, el consumo y la inversión.

La actual inacción del Gobierno para poner límites al movimiento de este indicador, menospreciado por informal y reducido, contrastó con lo que en la plaza cambiaria definieron como la intervención de “manos amigas” que a fines de marzo aparecieron con una notoria provisión de divisas en el circuito paralelo para enfriar el dólar y alejarlo de los 8 pesos.

Ante la renovada suba del billete, se optó por ajustar los controles sobre financieras sospechadas de actuar en el mercado informal. Estrangular esta operatoria redujo las transacciones a la mitad y empujó al dólar por encima de los $9 el 25 de abril, apenas hace diez días. Hoy, ese precio, al filo de los 10 pesos, parece barato y muy lejano en el tiempo.

En ese contexto, las declaraciones del vicepresidente Amado Boudou, que definió al dólar “blue” como “una cuestión marginal y especulativa” no llaman la atención dentro de la retórica oficial, pero sí preocupan como muestra de que se insistirá en el mismo camino sin salida. El Gobierno le “soltó la mano” a una divisa que no puede controlar por los carriles oficiales, bajo el argumento de que “la política monetaria tiene que ver con la previsibilidad”.

Ahora, los agentes del circuito informal quieren llevar a la divisa a un nuevo piso de 10 pesos, precio que no se sostiene por argumentos propios, porque ni el nivel de reservas ni la inflación acumulada en la última década lo respaldan, pero que la indolencia oficial hace posible. Mientras, el devenir del dólar “blue” seguirá como una presencia molesta que deja en evidencia lo que el Gobierno prefiere esconder y postergar: el costo político de cambiar un esquema económico que agotó su potencial para generar crecimiento.